miércoles, 8 de marzo de 2017

Adiós, entusiasmo

Hasta el 19 de marzo, el portal Festival Scope libera de forma gratuita algunas de las películas programadas en el reciente Festival Internacional de Cine de Cartagena. No se pierdan "Adiós, entusiasmo", película argentina dirigida por el colombiano Vladimir Durán, reconocida como la Mejor Película Colombiana y Mejor Director en dicho certamen. Aquí nuestra crítica:

Inquietante retrato sobre una figura maternal dominante y opresora. Lo curioso es que la historia de Vladimir Durán no decide esbozar a una madre. En su lugar, vemos más bien a los hijos, y es a partir de ellos que reconocemos a una conducta recalcitrante que pautea la conducta de otros. Es casi como acontecía en algunas películas de Alfred Hitchcock. Vemos a los hijos –siempre hombres– interactuando con “normalidad” en su entorno, cuando de pronto aparece la madre, y entonces se manifiestan (o es que siempre estuvieron ahí) los registros conductuales de un varón castrado. Adiós, entusiasmo (2017) aspira a desarrollar una personalidad materna desde el síntoma de los hijos. Es la rutina de cuatro personajes siendo afectada por una madre, aquella que por cierto es “invisible”.
El pequeño Alex (Camilo Castiglione) vive junto a su madre y tres hermanas mayores, estas ya adultas. El eje entre absurdo y perturbador de la trama se manifiesta desde un principio: la madre vive encerrada en un cuarto. Es desde ese lugar de donde se comunica con sus hijos, de donde recibe su ración de comida, medicinas, libros y películas o cualquier otro requerimiento que la mujer solicite. Adiós, entusiasmo no delata o siembra pista alguna del porqué de ese encierro. Hay alguna evidencia suelta, sin embargo, esta misma no deja de ser relativa. Es la cuota enigmática del filme, y que de pronto se digiere dentro de la ficción como una acción o comportamiento normal, esto a propósito de la visita de un ajeno del hogar, quien en ningún momento se escandaliza ante la evidencia. ¿Es que acaso habrá otras madres encerradas en ese universo?

El director colombiano, en tanto, desarrolla su relato en base a los hijos desenvolviéndose dentro de sus hábitos. El hecho es que estos siempre se verán interferidos por la madre; la voz recurrente que hostiga incluso para cuando una de las hijas se encuentra a las afueras de su casa. En Adiós, entusiasmo, además del estrecho formato de proyección, observamos un contexto espacial sugerente, casi siempre dispuesto de espacios cerrados o angostos, tales como un teatro, una venta de películas, una cabina de grabación (lugar en donde una de las hijas delata su convivencia con el miedo) o el mismo hogar de la familia, compuesto por ajustados corredores que alimentan esa atmósfera de encierro y agudizan la voz de la madre que sigue educando y que no ha dejado de fiscalizar, a pesar de su ausencia física. Es la voz que “todo lo ve” y que la convierte en una voz no solo omnipotente sino también omnisciente.
Un poco más de Hitchcock. En Psicosis (1960) vemos también el caso de un hijo conviviendo con una madre que no se encuentra físicamente, pero que todavía la escucha gritar desde su alcoba o el sótano, y no ha dejado de acudirla con obediencia, a pesar de reservarle ciertos resentimientos. Existe pues una correspondencia fraternal de parte del hijo en esta relación que lo martiriza y que influye mucho en su cotidiano. En Adiós, entusiasmo, adicionalmente la madre expande su territorio de dominio, esto reflejado en la secuencia de un cumpleaños adelantado, en donde la madre ha modificado incluso las leyes institucionalizadas. Ya entonces no solo son los hijos, sino otros cercanos de la matriarca viéndose afectados. Es la voz que embiste la quietud, rompe con la cordialidad y el juego que será depurativo para todos. Es la madre frustrando cualquier gesto de fantasía en donde no se le incluya.

Puedes ver la película aquí: http://bit.ly/2lYDNBk

lunes, 6 de marzo de 2017

Toni Erdmann

Lo atractivo de la reciente película de Maren Ade es su alusión a una representación absurda. El hecho es que Toni Erdmann (2016) nunca rompe con alguna lógica de la realidad, sino es solo uno de sus protagonistas que siempre reserva una prótesis dental en el bolsillo de su camisa, y además cita mismas bromas que desencajan en un circuito que exige total seriedad. Winfried (Peter Simonischek) es todo un personaje, ¿o es que tal vez es así a propósito del contraste respecto a su desabrida hija o el mundo en donde esta se desenvuelve? La trama de la directora alemana consta pues de un hombre desestabilizando un contexto. Winfried sería un equivalente a Jerry Lewis en un hotel o en una fiesta, creando el caos o poniendo en aprietos a otros personajes, de no ser porque este hombre maduro tiene sus propias muecas y gags, igual de desencajados y excéntricos.
Luego de un reencuentro sobrio entre Winfried y su hija, este hombre decide hacerle una visita imprevista a Bucarest, lugar en donde trabaja como consultora para una gran empresa. Es así como el padre empaca su dentadura y caja de bromas y va al encuentro de Ines (Sandra Huller), próspera mujer que lleva una agenda apretada, siempre rodeada de empresarios, asistiendo a charlas y cocteles. Al igual que en Entre nosotros (2009), película anterior de Ade, en Toni Erdmann contemplamos a una pareja y una relación áspera, ello a pesar del lazo que los vincula a ambos. Vemos a la hija luchando por reprimir su molestia ante la presencia del padre. Este, en tanto, no deja de ser impertinente. Muy a pesar, sus acciones no dejen de ser bienintencionadas. Si en Entre nosotros la hostilidad es mutua durante las vacaciones de una pareja de novios, en Toni Erdmann la incompatibilidad se gesta ante la reacción adversa de la mujer que no observa con sensatez el verdadero propósito de su padre.

Winfried, similar a Monsieur Hulot suelto en París, aunque en una versión consciente y comprometida, hará relucir a una especie de alter ego y desenmascarará el lado nocivo de la actualidad en sectores privilegiados del mundo corporativo. Hay una dura crítica a la normatividad impuesta por los fuertes. Así como en Up in the air (2009), el despido masivo se ha convertido en un oficio para algunos. Es la insensibilidad habitando dentro de un sistema gremial, el inconformismo ante el estancamiento profesional que ha convertido lo emocional en un afecto mecánico. Elemental es la secuencia del encuentro entre dos amantes y ese juego fantasioso que cancela la propia fantasía y todo gesto de erotismo. Es además la revelación de caducos demonios como el machismo restringiendo o subestimando la labor de la mujer en un área sustancial, o la eterna separación de clases que parecen ser literales en una capital como Bucarest, lugar que funda muros fronterizos y que goza de excesos como también de carencias.
Toni Erdmann, en medio de la realidad miserable y vacía, gesta a un personaje que remueve ese autocuestionamiento soterrado (¿eres feliz?), mediante gestos inapropiados y extravagantes, disfraces que invitan a lo lúdico y lo ridículo. “Toni” es una parodia de lo que se cuestiona en esta película. Así de grotesco Winfried observa a la hija y su pandilla. Su estadía no es más que un producto de abnegación, un gesto por ayudar a Ines a salir de ese hoyo que la empaña de lo esencial. La mujer, ya después, comienza a recapacitar. Es la táctica molestosa dando resultados. El desequilibrio causando el caos; en este caso, la vuelta al orden. Entonces veremos a Ines quebrándose en su realidad. Suceden las hilarantes secuencias de canto y una inusual fiesta de confraternidad. Winfried, en tanto, siente fracasar, y pone en marcha su último acto, uno que arranque de raíz la estadía de la hija dentro de ese contexto en donde las fantasías lucen muertas. Toni Erdmann, luego de tanta mofa, termina con una secuencia que invita a Ines a recapacitar sobre lo aprendido. Así como en Entre nosotros, lo último que veremos es a un personaje observando el horizonte. Es la herencia de la filosofía alemana, la mirada romanticista ante lo inexplorado y que invita a la reflexión.

viernes, 3 de marzo de 2017

Logan

El retiro de Logan (Hugh Jackman) cierra un círculo vicioso que, en efecto, le otorgó esa cuota más humana y compleja, respecto a sus otros congéneres. En la última película de James Mangold vemos nuevamente al mutante solitario, hostil y recio ante cualquier sentimentalismo. No es la primera vez que lo conocemos en esa faceta. De hecho, siempre fue así. Desde su primera aparición en X-Men (2000), al término de la historia, veremos a Logan “tomando prestada” la moto de uno de sus compañeros y huyendo sin una dirección clara de los que lo acogieron. Salvo en X-Men: Primera generación (2011), vemos a un Logan establecido, algo inusual para esta nómada. Incluso en una secuela como X-Men: Días del futuro pasado (2014), vemos dos finales de este personaje: siendo acogido por su mentor y siendo capturado por los antagónicos (aunque hay algo que no está del todo claro). Es como si el destino siempre le fuera adverso a Logan; un mutante de tinta trágica.
En Logan (2017) está esa misma personalidad, solo que enfatizada. El personaje de Jackman aquí es un alcohólico, de aspecto desgarbado, asumiendo un oficio que lo acerca a un “sueño” que dentro de su realidad es utópico y hasta absurdo, y es seguro que hasta él mismo es consciente de ello. El deterioro del ex X-Men es claro, y tal parece que ni su reconstrucción celular parece frenar algunas heridas, las grietas de su rostro, la canosidad. Es el “inmortal” queriendo morir. Ni si quiera su responsabilidad frente a Charles Xavier (Patrick Steward) lo detiene, a quien cuida del acecho humano, pero de paso lo estimula a menguar mediante un asilo y una frecuente medicación. La rutina monótona y la soledad de estos personajes se alterarán a la llegada de una desconocida en busca de ayuda. Lo que sucederá será un salvamento heroico al estilo de Logan; es decir, haciéndolas de héroe, aunque manteniendo ese sesgo de antihéroe.
Entonces se convocan mismos antagónicos, mismos retos y miedos que, de igual manera, siempre han rondado en el historial de este mutante. Aunque indirectamente, una vez más vemos a la humanidad perversa queriendo experimentar con Logan. Científicos y militares hacen su aparición. Son los enemigos por excelencia del llamado Wolverine. Contra su voluntad, Logan tendrá que hacerse cargo de una niña acosada por estos humanos. No es la primera vez que Logan hace las de niñero. Se abre de esta forma una brecha camino a la redención. Es a propósito del reto que Logan hace frente a sus miedos; la negación a lo solitario, a la hostilidad. James Mangold le otorga una dosis de cine de género al filme y de paso manifiesta sus filias. Cine de persecución (que da como resultado a una secuencia que es un gran guiño a Mad Max: Furia en el camino), road movie, un citado a Shane (clásico western decadente de George Stevens). Decepcionante es su inserción a un cine gore. Una despedida “digna” no implica tenga que ser una sangrienta.

jueves, 2 de marzo de 2017

Casa Roshell

Hasta el 13 de marzo, en la plataforma de Festival Scope están disponibles algunas películas que se programaron en la reciente edición del Ficunam. El acceso es gratuito y con tickets limitados. Aquí una crítica a Casa Roshell, la cual trajo buenos comentarios en su premiere en la última Berlinale.

En la última película de Camila José Donoso los escenarios son austeros. Aquí el encuadre se ciñe en registrar individual o grupalmente a sus protagonistas. Las dimensiones de esta casa, esencialmente, pensada en albergar a una comunidad transgénero, no se delata con claridad. Ni si quiera vemos el interior de ese misterioso “cuarto oscuro”, lugar en donde suceden los encuentros sexuales y furtivos entre los asociados y los clientes frecuentes o de paso. En lugar de eso, la directora se empeña por contemplar, mediante primeros planos o planos medios, los antecedentes íntimos de los parroquianos de este lugar. Casa Roshell (2017) alude a un espacio físico, sin embargo, más allá del lugar, lo que captamos son a los personajes que forman parte de esta, la intimidad de cada uno, y que de paso son la esencia y la motivación del sitio. Área en donde, irónicamente, es una reunión de gente asumiendo disfraces, aunque descubriendo su lado más personal, sin miedo y sin caretas.
A diferencia de una película como La noche (2016), en donde también el espectador es testigo de una rutina nocturna ajena, en Casa Roshell no se delata ese lado pudoroso o gráfico, a pesar de que el mismo contexto pueda sugerirlo. La película de Donoso conscientemente evade todo gesto de anomalía a fin de respaldar el verdadero propósito de “Casa Roshell”, un lugar que es una suerte de confesionario con finalidades terapéuticas para sus miembros. En la atmósfera circulará la opacidad de las luces, el alcohol y el sexo; muy a pesar, serán los testimonios de sus protagonistas los que remontan ese universo en donde se congrega una porción de una sociedad. Casa Roshell hurga diversas intimidades con intención de no solo hacer una radiografía a la comunidad transgénero, sino también a los que se relacionan con esta. Se distingue así esa división del espacio público y el íntimo o fantasioso, en donde el hombre puede ser mujer, y las inclinaciones sexuales tienen licencia a liberación. Ya afuera, la historia es otra, y según los testimonios, muchas son historias de represión.

Aquí el enlace para poder ver Casa Roshell, de Camila José Donoso: http://bit.ly/2lhKCT0