A primera vista, esta es una película que puede ser subestimada. Si bien la ópera prima de la directora Fernanda Tovar aborda un tema ya revisado en distintos escenarios y expuesto a variados efectos y sensibilidades, su historia asume una serie de argumentos que la convierten en un caso atípico o simplemente poco concientizado a través del cine. Chicas tristes (2026) nos cuenta la historia de dos mejores amigas y talentosas nadadoras que dividen su rutina entre prepararse para un importante torneo y vivir su adolescencia a plenitud. Esto cambiará una noche de celebración de Año nuevo: una se convertirá en víctima de un abuso sexual y la otra confidente de ese terrible hecho. En primer aspecto, la representación fuera de campo de la perpetración del delito será elemental para el principio de este drama. Es muy curioso cómo la reacción de la víctima va evolucionando. Acá no vemos un colapso anímico inmediato. Capaz estemos tratando con un efecto retardado, una respuesta ligada a la personalidad de la agredida o la simple ignorancia de lo que pasó. Sospecho que es lo último, sin embargo, no deja de ser diversa su interpretación y, por lo tanto, es evidente su complejidad. Chicas tristes desde un principio nos recuerda que no existe una reacción definitiva o universal cuando se trata de una violencia que atenta lo físico y anímico.
jueves, 4 de junio de 2026
Tribeca 2026: Chicas tristes (International Narrative Competition)
Y la
complejidad no termina ahí. Tovar se imagina también la posibilidad de lo
siguiente: ¿y qué pasa si el agresor tampoco es consciente de su condición de
agresor? Existe la posibilidad de que alguien haya cometido algo terrible y
simplemente ignora que haya hecho algo mal. No se confunda esto con el cinismo.
Veo Chicas tristes y pienso ahora en una generación que parcialmente no
ha sido instruida ante ese tipo de actos. Es diferente que te hayan hablado al
respecto y decides ignorarlo. Creo que esto no pasa aquí, al menos si pienso en
la víctima y el victimario. Resultado de ello, Tovar crea un clima de desconcierto.
El “qué pasó” queda chico. Hay un estado de turbación, confusión, una tentativa
de ambigüedad que bien podría hacernos pensar que no ha habido delito. Todo eso
se refuerza con el silencio que es primordial para enraizar el conflicto
emocional. Pienso en Julie Keeps Quiet (2024), la historia de una
tenista adolescente que no hace más mantenerse en silencio cuando una lluvia de
acusaciones recae en un conocido suyo. ¿Ella es cómplice o víctima, o todo se
trata de una falsa acusación? Cómo saberlo si el silencio frena el juicio
anticipado. Claro que en Chicas tristes es distinto. La etapa silenciosa
deviene de la digestión tardía de un hecho violento que se presentó a principio
como decepción, luego malestar y así hasta evolucionar a su verdadero impacto.
A pesar, ahí no termina la etapa del silencio.
Chicas
tristes, curiosamente, no consta de un primer plano a la
víctima y sus secuelas, sino que hace foco al punto de observación de la mejor
amiga de la violentada. Es a propósito de este personaje de que tenemos una
perspectiva distinta de esa misma generación. A diferencia de los implicados,
estamos ante el retrato de una adolescente que sí es consciente de los límites
entre una relación sexual consensuada y la que no lo es. En consecuencia, vemos
un conflicto aparte del de la víctima. ¿Cómo ayudar a alguien que se halla en
un estado de profunda vergüenza? ¿Cómo instruir a alguien que está en su
derecho de denunciar? Es un derrotero frustrante el que va reconociendo la
confidente, pues no solo se trata de lo difícil que es persuadir a su amiga,
sino de la imposibilidad de encontrar soporte que la aconseje con empatía o incluso
generar remordimiento en un agresor que no tiene absoluta sospecha de su
condición como tal. En cierta perspectiva, hay un aliento de pesimismo en el
final de Chicas tristes. Fernanda Tovar plantea una realidad en donde
las cosas simplemente tienen que sobrellevarse. Es un cierre impotente, pero, a
fin de cuentas, es lo que es cuando el mundo adulto e instructor permanezca
entre ausente y negligente.

