martes, 17 de febrero de 2026

76 Berlinale: Narciso (Panorama)

Lo más interesante de la nueva película del paraguayo Marcelo Martinessi es que plantea un drama criminal sin evidencias, pero con un culpable evidente. Ahora, esa curiosa paradoja es la que de paso podría definir al gran enemigo “invisible” de esta historia. Basada en hechos reales, Narciso (2026) se inspira en la historia del joven locutor de radio Bernardo Aranda en el Paraguay de fines de los 50. El relato inicia con la muerte de quien será el protagonista. Lo siguiente es una reminiscencia a su trayectoria en el oficio referido, un año atrás a su extinción. Un detalle importante es que Martinessi no se dispone a realizar una pesquisa a lo que oficialmente se definió como un síntoma de la perversión moral. La idea del director es más bien hacer un panorama a una época que, en diálogo a los acontecimientos globales, suponía debía transitar por un cambio cultural. No solo se trataba del rock and roll, sino todo lo que conllevó este género musical, símbolo de la libertad, la rebeldía y hasta el desenfreno. Socialmente, generaciones sintieron un choque cultural frente a esta oleada de adolescentes que bailaban y actuaban en orden al libre albedrío. Incluso Estados Unidos, escena que vio nacer esta tendencia, expresó facciones adversarias al rock and roll. ¿Qué pasó entonces con los escenarios que vivieron bajo un estado ultraconservador? Ahí está el caso de Narciso.

En primer lugar, la película describe a un protagonista que juega a ser embajador del rock and roll, aún no explorado por la sociedad paraguaya; objeto del deseo, tanto para mujeres como para hombres; un híbrido cultural al describirse como una suerte de forastero por el solo hecho de haber vivido un tiempo en Argentina. En segundo lugar, una radio, medio popular por excelencia para la época y el lugar donde se desenvolverá su protagonista. Se plantea así una interacción peligrosa tratándose de una nación que se encontraba bajo el yugo de lo que sería una de las dictaduras más largas de la historia. Vemos cómo Narciso va inseminando a través de una estación radial una fantasía extranjera en un territorio que prohibía cualquier ideología ajena a su pensamiento tradicionalista. En ese sentido, el gobierno de Alfredo Stroessner se convierte en un personaje más, lo cierto es que su presencia no es física, sino a través de noticias, recordatorios a reglamentos y otras imposiciones que cualquier medio de comunicación tenía que obedecer. La radio para la que comienza a laborar Narciso se convierte en arena ideológica, pero también el cuerpo del mismo Narciso, alguien que no discrimina género o edad. Estamos ante un personaje que es puro deseo. En tanto, en una coyuntura en donde se reprimió la libertad de expresión, los días de Narciso están contados. Luego de Las herederas (2018), el director Marcelo Martinessi reincide al escenario reprendido por un ambiente fiscalizador, prohibido de soñar con Dráculas o practicar el amor libre.

76 Berlinale: El tren fluvial (Perspectives)

Un gesto mágico y misericordioso es adaptar una inocente fantasía. La sociedad entre los directores Lorenzo Ferro y Lucas Vignale se orienta a la tradición de una generación infantil tomando las riendas de la ficción/realidad. Ahí están varios clásicos franceses como Cero en conducta (Jean Vigo, 1933), La guerra de los botones (Yves Robert, 1962) o L'Argent de poche (Francois Truffaut, 1976). Pero si vamos al terreno argentino, ahí está la reciente filmografía de Iván Fund. Películas como Vendrán lluvias suaves (2018), Piedra noche (2021) y El mensaje (2025) obligan al espectador adulto a mirar, empatizar e imaginar como a un niño. Y también está Crónica de un niño solo (1965), el clásico argentino realizado por Leonardo Favio, de quién podemos ver un fragmento de su Soñar, soñar (1976) que funcionaría como una suerte de trampolín para el personaje de El tren fluvial (2026). Esta historia inicia con la manifestación de una rutina disciplinada. Milo (Milo Barría), un niño, es entrenado por su padre para ser un bailarín de malambo. Es casi un ejercicio militar el que recae sobre su corta edad. Es por eso no lo culpamos cuando emprende su sueño y travesura de escaparse de su localidad rumbo a Buenos Aires. Capaz no es tanto su hartazgo sobre la vida que le tocó, sino el deseo de alcanzar esa vida que no le tocó, idea que le sembró, por ejemplo, el cine, a través de la travesía del protagonista de Soñar, soñar, de Favio.

Ferro y Vignale entonces inician la deriva infantil con una fuga maravillosa. Ahí está a lo que me refería más arriba. Esta es una película en donde el pequeño protagonista tiene la licencia de hacer las cosas a su manera y no habrá realidad o fiscalización que lo detenga. De pronto, se difumina cualquier factor moral o razonamiento adulto y solo queremos que el muchacho vaya a buen puerto. Creo que con esa escapada inusual queda claro que Milo posee cierta inmunidad a donde vaya. Más allá de ser un giro dramático, es más bien el punto de arranque que avisa nos preparemos para lo inesperado. Reconozco El tren fluvial como un cuento infantil. Aquí encontrarás otros personajes, unos variopintos, exóticos, los que refuerzan el deseo del descubrir esa Buenos Aires idealizada, curiosa, igual de improvisada como los pasos del protagonista. Claro, no dejan de sonar las alarmas de peligro a cada que Milo podría enfrentarse a un problema; sin embargo, no nos olvidemos que los autores de esta fantasía están de lado de su personaje. Es la dulce complicidad del dejarlo ser, dejarlo conocer eso que es imposible desde sus circunstancias. Ahora, eso no significa que se dará carta blanca a sus aspiraciones. Ya lo dije, veo esta película como un cuento infantil, y, por tanto, debe de haber retos, complicaciones, aprendizaje y una moraleja. Incluso al momento de darle una dosis de realidad, Lorenzo Ferro y Lucas Vignale son compasivos frente a su pequeño héroe.

domingo, 15 de febrero de 2026

76 Berlinale: Papaya (Generation)

Planetes (2025) es un reciente filme de animación que narra las aventuras por las que pasa un grupo de dientes de león. De producción francesa, aunque realizada por la japonesa Momoko Seto, esta película sin diálogos que aparentaba ser una historia que se agotaría anticipadamente, es un encantador viaje visual que por momentos parece comportarse como un documental de cadencia contemplativa. En este nos divertimos con los acontecimientos de los filamentos, pero más aún nos admiramos con la realidad o comportamiento de la diversidad micro orgánica. Es una película sobre la botánica, la biología, la existencia. Dentro de un ciclo de cine animado, Papaya (2026) quedaría estupendo junto a su compañera francesa. Esta ópera prima realizada por la brasileña Priscilla Kellen es otra expresión similar sobre cómo una premisa entre simple y ocurrente podría convertirse en el trayecto de una realidad que definitivamente nos hace concientizar sobre ese fragmento de realidad que si bien forma parte de la nuestra no es normalmente perceptible ante nuestros intereses comunes.

Entonces, tenemos la historia de una semilla de papaya. Fascinante. A quién se le ocurriría. Aunque, de igual forma, no deja de acecharme el prejuicio: ¿se desgastará la idea antes de que termine la película? No. Acá hay una buena escala de guion. Podríamos partir la historia en dos partes y a su vez cada una está dividida en dos momentos fraccionado por un conflicto. Así que sucede que una semilla de papaya despierta y con ello su deseo por volar. Esta semilla quiere ser un ave. ¿Podrá lograrlo o no? ¿Será esta una historia de superación o de fortalecimiento de una naturaleza propia? Creo hay de ambos. A diferencia de Planetes, que asiste a la contemplación para concientizar el valor de la micro vida, Kellen asiste a un mensaje objetivo. De manera frontal, en cierto punto de la búsqueda personal del protagonista y su deseo de volar, se reconoce un escenario que nos hace distinguir la crianza natural y la crianza industrial de un árbol de papaya, así como de otras tantas plantaciones del escenario en Brasil. A propósito, no dejo de pensar también en la estética y la dinámica de Planetes y Papaya. El primero luce entre solemne y majestuoso, el segundo entre versátil y trepidante. La película de Priscilla Kellen tiene una personalidad muy de su país natal; desde sus colores, su banda sonora y sus trayectos.

sábado, 14 de febrero de 2026

76 Berlinale: Paradise (Panorama)

La ópera prima de Jérémy Comte me recuerda a uno de los episodios de la impredecible Seules les vetes (Dóminik Moll, 2019). De hecho, el director canadiense toma las riendas de su historia de la misma forma que lo hizo el director francés en su película. En sendos casos, reconocemos historias que inician con una apariencia independiente respecto a la otra. Queda el misterio sobre cómo el autor decidirá descubrir el vínculo entre los personajes de escenarios distantes. Paradise (2026) establece una narración intercalada entre algún lugar de Ghana y otro en Canadá. Por un lado, en la escena africana, conocemos el pasado y presente de un joven huérfano: la pérdida de un padre durante la infancia y el sobrevivir en un territorio de bandidos durante la adolescencia encienden el drama social de la película. Del otro lado, en un suburbio canadiense, otro “huérfano” paterno combina su rutina entre el skate y la interrogante de quién fue su padre: ¿está vivo o está muerto? Parece haber una referencia inmediata hacia la otra historia, sin embargo, esta segunda descansa más en el ala del drama familiar. En cierta forma, los dos contextos descubren marginalidad, muy a pesar hay niveles, pues, ciertamente, el segundo territorio podría interpretarse como el “paraíso” para el primer protagonista.

Más o menos esa es la finalidad de Comte. El director crea una dialéctica entre dos mundos a propósito de un drama en común, pero luego decide fabricar un vínculo más fuerte entre las historias fruto de la resiliencia de un país dedicado a lucrar de los “privilegiados”.  Nuevamente, se me viene a la mente Seules les vetes. El descubrir toda una mafia en África dedicada a sacarle dinero a “blancos” mediante el uso de perfiles falsos no solamente es una necesidad, sino también un discurso cultural y hasta político. Paradise decide transcribirlo con más frontalidad: robar a los que les sobra no está mal. La película canadiense y la francesa hacen una muestra de cómo funciona el negocio y cuál es parte del germen de este. Moll se inclina al thriller, Comte hacia el drama. Ahora, ambos deciden crear también descubrir un punto ciego de ese perverso negocio. En los dos casos sus ejecutores se verán persuadidos por una sensibilidad humana y hasta sentimental. Moll decide tomar eso como razón para crear un cierre divertidamente cínico. Comte decide dilatar la humanidad de su protagonista africano. Ahí entra a tallar ese drama inicial: la orfandad. Esta pérdida que adolece de inicio a fin un adolescente, ¿es acaso un valor que impide a que tenga futuro en un negocio que ultraja las fantasías de desconocidos? No es gratuito que este personaje abrace la historia de un bote y un capitán que tal vez nunca existió.

viernes, 13 de febrero de 2026

76 Berlinale: Iván & Hadoum (Panorama)

¿Acaso una identidad se construye únicamente desde el género? Esta es una película que nos hace atender a toda una serie de fronteras a la que cualquier persona común está expuesta. ¿Hasta qué punto no nos damos cuenta de que no somos dueños de nuestra propia identidad? He ahí el conflicto de Iván & Hadoum (2026) que asiste al melodrama como excusa para definir a un protagonista que podría ser un buen ejemplo de sujeto auténtico. Iván (Silver) es un hombre transexual. Ahora, el argumento no desea remembrar el trayecto de su conversión ya realizada. Muy a pesar, es seguro que estamos ante un individuo que ha tenido que sobrellevar o ignorar toda una serie de prejuicios, miedos y posibilidades agresivas contra su persona a fin de alcanzar lo que él percibe como lo sano para sí. Podríamos decir que la transición de Iván es prueba de que un día decidió no negar su identidad así tenga que contrariar la satisfacción de un resto. Iván es ejemplo de valentía y autorespeto. El asunto es que la ópera prima de Ian de la Rosa trata más bien de vulnerar o poner en duda esos valores que, en un contexto diferente, se podría asumir estaban asociados a Iván. Iván & Hadoum es una película en donde la batalla por definir una identidad no ha terminado.

Iván es un trabajador modelo en un almacén de plantaciones. Su futuro es prometedor, así como el de su familia, quienes dependen de él. Entonces llega un día una nueva empleada, Hadoum (Herminia Loh), y comienza el titubeo. Las dudas y los temores invaden la rutina del protagonista. Aquí tenemos una historia ya vista. Personas que se juntan, se “quieren” amar, pero las familias chocan. Algo tiene que ver aquí la herencia marroquí de la mujer. Pero hay más. Iván comienza a tener privilegios en el ámbito laboral y entonces se abre una nueva brecha. Ya no solo son las asperezas familiares, culturales e incluso las de género, sino también las laborales o, para verlo desde un sentido más amplio, las políticas. Ian de la Rosa nos recuerda sobre la compleja tarea de percibirnos en cualquier comunidad o sociedad. Son varios los mecanismos a considerar para que uno mismo pueda —o hasta decida— construir su identidad dentro de un ámbito que te pone muchas fronteras. Iván se enamora y de pronto tendrá que tomar muchas decisiones claves para poder preservar a Hadoum a su lado. Esta es una película que depende de los valores de una persona. Cuando capaz pensaba que había logrado superar a la sociedad, se ha dado cuenta que solo fue un escenario.