Muy bien realizado e instructivo documental que alienta a la conciencia sobre la biodiversidad en el Perú desde la preservación de los productos alimenticios originarios. Hatun Phaqcha, Tierra Sana (2020) no se acoge a un mensaje nacionalista o pretende explotar a partir de una mirada exótica el discurso místico de la cosmogonía andina o amazónica. El mensaje es puntual: se está desaprovechando la biodiversidad del territorio peruano. La directora Delia Ackerman emprende la labor de una exigente investigadora que se filtra en los campos de distintas especialidades inclinadas al conocimiento de la tierra, el de la variedad de productos naturales que existen desde tiempos milenarios, pero que en la actualidad ni se conocen ni se difunden, gesto que podría poner en riesgo su sobrevivencia. Se escucha mucho de miles de tipos de papas en el Perú, sin embargo, son apenas diez tipos de estos tubérculos los que se distribuyen entre los supermercados y los hogares. Ahora, y aquí viene lo alarmante de la situación, la extinción de una especie no solo implica la desaparición de esta.
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jueves, 19 de agosto de 2021
25 Festival de Lima: Hatun Phaqcha, tierra sana (Hecho en el Perú)
Así como se reza que la
desaparición de un animal generaría un gran impacto en un ecosistema, lo mismo
sucede con un producto natural. Si un fruto de la selva desaparece
consecuencia, por ejemplo, de la tala ilegal, se provoca una reacción en
cadena. La lista es larga. La pérdida de un producto podría implicar: un insumo
menos que salvaría familias de la desnutrición, un estudio obstruido de una
materia que podría contener elementos importantes para la medicina natural, el
olvido de un conocimiento comunitario que ha trascendido por generaciones, el
riesgo de que un animal de cualquier clase no sobreviva ante la falta de ese
nutriente o comida que está a su alcance y lo que conllevaría a que una nueva
especie se ponga en riesgo, y así sucesivamente. Es como en Matrix (1999)
o en Avatar (2009), la variante o ausencia de un elemento que forma
parte de la red alteraría a todo el escenario y se perdería una valiosa
información. Hatun Phaqcha, Tierra Sana nos expone una carencia de
conciencia que acumula capas y capas de conflictos, y lo más irónico es que el
atender ese efecto no solo resolvería esos conflictos, sino que además otros
que son identificados como problemas nacionales más inmediatos.
Otra ironía. El Perú, a pesar de
ser un país rico en su biodiversidad, padece de una alta tasa de desnutrición y
en menor grado de obesidad. ¿Cómo es posible que un territorio rico en insumos
le haga falta alimento y a su vez otro sector se sobrealimente de insumos transgénicos
o que incluso podrían tener un origen de exportación? Es con esta interrogante
que nos percatamos que son varias las oficinas, específicamente las
ministeriales, las que deben orientar una nueva política del consumo que
aproveche lo que está a nuestro alcance, que de paso es natural y rico en
nutrientes. Obviamente, estos son argumentos y soluciones que sugiere el filme
de Ackerman, ello gracias a la convocatoria de campesinos, chefs, antropólogos,
nutricionistas y tantos buenos elementos que están al pendiente de revertir
esta realidad. Hatun Phaqcha, Tierra Sana instruye a medida que dispone
ideas para prevenir futuros colapsos, preocupaciones no exclusivas del
escenario peruano. Ahí están temas como el cambio climático, la deforestación,
la erradicación de tribus aborígenes, la gastronomía responsable y
comprometida, el necesario consumo de alimentos estacionales o el problema de
los monocultivos. Adicionalmente, es un filme que registra una estética
naturalista. A cada entrevista que está al contacto con la naturaleza, Delia
Ackerman aprovecha para atrapar los rayos del sol filtrándose entre los árboles
o un ocaso saludando desde algún ventanal. La directora es cazadora de fondos
prodigiosos.
lunes, 16 de marzo de 2020
El precio de la verdad (o Dark Waters)
La reciente película
de Todd Haynes rebela un derrotero legal que podría ser comparado a la odisea
que esbozó Steven Soderbergh en Erin
Brockovich (2000). Ambas películas retratan historias de una comunidad
expuesta a una crisis sanitaria dado los actos de una vil corporación y, en
consecuencia, una persona se compromete a revelar dicho perjuicio, el cual, a
medida de su sondeo, va ampliando la responsabilidad de la entidad. Es decir;
el relato de David y Goliat son emulados, solo que sin cuotas románticas o de
fe, sino con una mirada crítica que responden al panorama social, político y
económico de una nación. Pueda que se obtengan resultados optimistas en este
pesquisa, sin embargo, se manifiesta mucho pesimismo en el camino. Al margen de
los resultados, sendas películas dejan en claro que el poder de las industrias
define las fronteras de la desigualdad, y eso se refleja en el terreno
judicial.
Rob Bilott (Mark
Ruffalo) es el protagonista de la historia, un abogado que pasa de protector a
denunciante de la compañía DuPont. Este personaje no tendrá el carisma de Erin
Brockovich, pero sí el conocimiento de la materia, algo que la defensora
ambientalista tuvo que aprender en el proceder. Ahora, esto deriva a un mayor grado
de responsabilidad frente al caso en cuestión. Dark Waters (2019) parece esforzarse en trazar una lucha en
solitario. Mientras que Brockovich tenía a su costado a un ambicioso abogado,
Bilott poco a poco va perdiendo el respaldo de su sostén laboral y personal. Aprovechando
esta situación, Haynes atiende al vaivén emocional que sufre su protagonista en
el transcurso de la penalidad; su tránsito del escepticismo a la revelación, su
investigación bajo un ritmo escueto y luego demencial, los momentos de aliento,
de incertidumbre y desesperanza. El drama no solo retrata a un país y una
justicia interpuesta por los intereses de una corporación, sino que también
trata sobre el drama de un hombre anímicamente extenuado, aunque constante en
su propósito.
Labels:
Dark Waters,
Drama Judicial,
Medio Ambiente,
Todd Haynes
domingo, 11 de agosto de 2019
23 Festival de Lima: Máxima (Hecho en Perú)
Claudia Sparrow nos
presenta el recorrido de la lucha de Máxima Acuña por defender su terreno
contra la Newmont Mining Corporation. La directora se remonta a los principios
de la disputa hasta el caso llevado al ámbito de la Corte Suprema. La
incidencia hace una remembranza al relato de “David y Goliat” tomando como
contexto los Andes peruanos. Es la campesina versus el socio mayoritario de
Yanacocha, la mina de oro más grande de Latinoamérica. El presente documental
testifica un combate desigual, un ejercicio de la intimidación promovida por la
corporación que despliega una red de corrupción e impunidad, y de paso define los
mecanismos de poder que pasan por encima de los derechos humanos y las defensas
medioambientales. Máxima (2019) hace
un panorama del estado de desamparo al que se expone un ciudadano que frustra
los intereses de un organismo privilegiado en terreno ajeno.
Si bien se define un derrotero
sobrecogedor que por momentos parece recaer únicamente en la protagonista,
Sparrow no vulgariza la figura de Acuña gestando en ella un estereotipo con la
finalidad de fabricar una compasión adicional. Máxima no opta por un falso dramatismo. Cualquier gesto de
estimación será producto de la imagen que la misma activista medioambiental se
ha venido construyendo. Caso contrario, cualquier ánimo de desazón que provoque
el asunto será en razón a las acciones ejecutadas por el infractor. La película
de Claudia Sparrow no se inclina a la ficcionalización con aspiraciones a incrementar
una agonía. En consecuencia, se vale de hechos concretos como los comentados
por Acuña, además de otros testimonios de ex colaboradores de la minera, así
como otros activistas y personalidades que han venido siguiendo de cerca este
largo episodio provocado por la negligencia minera dentro del Perú.
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