lunes, 21 de septiembre de 2026

74 San Sebastián: Will You Still Be My Friend (New Directors)

Una película sostenida por conflictos en paralelo, siendo uno efecto del otro. Will You Still Be My Friend (2026), ópera prima del taiwanés Lu Po-shun, nos retrata la frágil e intermitente relación entre dos niños afectada por los problemas de adultos. La familia de Jasper (Aloysius Looi) deja Singapur para iniciar un negocio de paneles solares en una aldea pesquera de Taiwán. Ahí conocerá a Jun (Jaden Wang), el nieto de una familia asociada a la venta de terrenos. Ambas familias iniciarán negocios mientras los niños se dedicarán a pasar el rato juntos. Aquí vale poner en contexto el impacto de la proliferación de los paneles solares en zonas de pesquería artesanal, tecnología que ha presentado beneficios como desafíos, tales como el incremento inmobiliario o la alteración ecológica afectando la presencia de ciertas especies. Dicho esto, la película observa de manera superficial ese desequilibrio, lo suficiente como para que el espectador sea consciente de que existe una disputa en pie entre los que apuestan por ese negocio y la comunidad, en su mayoría dedicados a la pesca. Ahora, ciertamente, el director omite si sea mejor o peor el que este poblado continúe su sociedad con esa nueva industria, lo cierto es que su avance no cesa, así como los daños colaterales, siendo el caso de los niños el mayor interés para su trama.

Dicho esto, la amistad entre Jasper y Jun será una suerte de medidor sobre cómo va la relación entre los paneles solares y la comunidad. En tiempos tranquilos, los menores disfrutan de su mutua compañía; en tiempos de tensión, ellos se verán forzados a tomar su distancia uno del otro. Al margen de que los grandes incentiven a los menores de forma textual el no seguir con esa amistad -al mejor estilo de “Romeo y Julieta”-, lo más dramático es que los mismos niños comienzan a tomar esa iniciativa del distanciamiento por instinto. Es como tener una alarma interna que te indica que se acabó al juego hasta nuevo aviso. En tanto, el nombre del título se convertirá en una suerte de frase leitmotiv, un recurrente que los personajes intercambian continuamente en seña de que las riñas o discusiones nacidas por esa alarma no tiene la más mínima sinceridad en comparación a los sentimientos que comparten. Will You Still Be My Friend da señas de inicio a fin de que estamos ante una unión que nunca estará en condiciones normales. Lu Po-shun es realista en cuanto a esa brecha que generan los adultos. No es suficiente el diálogo. Es como si el problema fuese de raíz y, en tanto, no hay manera de llegar a un consenso por lo pronto. Esto deja a los menores a orillas del desaliento. Estamos ante una película desoladora que, ciertamente, no hubiera sido más o menos  dolorosa si se encaminara por el melodrama o la simple amistad.

sábado, 19 de septiembre de 2026

Fantastic Fest 26: Roma elastica (Main Competition)

En Jay Kelly (2025), George Clooney encarna a un reconocido actor cayendo en una crisis existencial. No solo es su carrera, sino también su vida personal puesta en introspección. Esto lo terminará llevando a Roma, lugar en donde un festival lo condecorará por su carrera —indicio de que la misma está al borde de su fin— y que además reforzará su estado lacónico. Clooney dudará de su valor tanto paternal como para la industria. Obviamente, viniendo la idea de un director como Noah Baumbach, lo que termina por asomarse y reforzar es el cinismo natural e incorregible de un personaje que termina aplastando su conciencia a fuerza del “yo”. El autor estadounidense hace una referencia personal a (1963), de Federico Fellini, la película por excelencia que describe a un autor atravesando una crisis creativa, la que encalla a una crisis más amplia. Era algo similar a lo que había hecho Vincente Minnelli un año antes en Two Weeks in Another Town (1962), siendo el personaje de Kirk Douglas una excusa para retratar la ambigüedad de una industria que podía ser fábrica de tanto arte, pero también de tanta infamia tras las cámaras, y todo esto sucediendo en Roma. Se podría decir que Roma elástica (2026), lo nuevo de Bertrand Mandico, se suma a una lista de directores que coinciden similares premisas y escenarios.

Aquí tenemos la historia de Eddie (Marion Cotillard), una célebre actriz, una suerte de Marlene Dietrich imaginaria en una época también imaginaria. La europea que se convirtió en una estrella glamorosa en Hollywood a fuerza de sus roles como femme fatale, convirtiéndola además en símbolo de la mujer moderna. El asunto es que está muriendo, y no solo físicamente, sino también su carrera. La propuesta de ser la protagonista de una transgresora producción en la ciudad de Roma podría bien darle un giro positivo a su carrera o simplemente hundirla. Mandico define entonces su puesta menos kitsch hasta el momento. En su lugar, concentra esa extravagancia en la película en cuestión que interpretará su protagonista. En tanto, vemos a Eddie mentalmente titubeante entre cámaras y detrás de ellas. “¿A dónde he llegado?”, parece reclamarse. Esto incluso la obliga a enfrentarse a sí misma en la secuencia más memorable de Roma elástica. A diferencia de las otras referencias fílmicas, aquí el remordimiento se manifiesta, literalmente, como un grito detrás de la nuca. Esta es una película sobre una actriz cuestionándose tal vez ante desesperación por negarse a morir con dignidad. Ahora, lo interesante es que Bertrand Mandico se refiere tanto a la dignidad física como artística. Pienso entonces en Jean Luc Godard, este director que luego de tanta rebelión, sea ante la imagen y ante el cuerpo, se vio aventajado —o capaz hastiado— en un mundo en continua evolución.

Fantastic Fest 26: Princesa burro

Lúdica, excéntrica y por momentos bizarra adaptación libre al cuento “Piel de asno”, de Charles Perrault. En una comunidad antigua, un rey prohíbe el amor al denominarlo una enfermedad. Su hija, la princesa, se enamorará de un súbdito y con ello inicia un melodrama que expondrá a esta protagonista a los viajes por multiversos que combinan la realidad, la ciencia ficción y la estética acartonada del serie B. Princesa burro (2026), lo nuevo de Joaquín Cociña y Cristóbal León, reconfirma la personalidad y creatividad única de estos directores de culto. Luego de Los hiperbóreos (2024), los autores acortan ligeramente su representación como animadores para inclinarse más al montaje teatral que de paso se transmuta pasando por la puesta tradicional al uso de pantallas verdes. La princesa Diana (Antonia Giesen), gracias a una joya mágica, podrá escapar de la privación de su dictador padre, pero para ello deberá despegarse de su lugar y tiempo, lo que implica soltar sus privilegios y rutinas. Siguiendo la promesa del brazalete, quien use de esa prenda tendrá la oportunidad de amar, muy a pesar, tendrá que vivir otra vida, cambiar de piel. La pregunta es: ¿la joven podrá vivir del amor? Así como en su referente original, esta película aguarda una moraleja.

Princesa burro es una experiencia gratificante tanto visual como narrativa. Sin gestar una alegoría codificada como sí lo fue hasta cierto punto Los hiperbóreos, Cociña y León nos proponen un tour a realidades que nos serán familiares. Si en el cuento de Perrault la protagonista experimentará la pobreza, que sería la antípoda a su anterior vida como mujer rica, en este retrato fílmico veremos a la protagonista experimentado las tantas variantes de su antípoda. Diana saltará de la fantasía o eventualidad histórica a un escenario realista o presente. Varias de estas mudanzas temporales que vivirá la princesa hacen una descripción a qué poco romántico es nuestra realidad. En tanto, el vivir una historia de amor bajo esas condiciones lo hará poco atractivo. Pero hay más. Princesa burro no solo es una alegoría a un sujeto siendo persuadida a abandonar el territorio del pensamiento romántico, sino que además es una alegoría de qué tan ingenioso y tramposo es el autoritarismo. Desde cierta perspectiva, Joaquín Cociña y Cristóbal León nos cuentan la historia de una princesa que es una súbdita más de un rey egoísta. Aquí vemos a un paternalismo traicionando a los suyos a tal punto en que el destino de todos está en manos del monarca y, obviamente, su plan está acondicionado a su bienestar propio. Que no te engañe, esta película de los chilenos es tan política, terrorífica y vergonzosa como su anterior.

viernes, 18 de septiembre de 2026

Fantastic Fest 26: La muerte no tiene dueño

Un relato sobre una herencia maldita. Una mujer de origen italiano (Asia Argento) llega a Venezuela para reclamar la sucesión de una finca cafetera tras la muerte de su padre, el terrateniente del lugar. La muerte no tiene dueño (2026) nos contará sobre la pugna de derechos territoriales entre la nueva dueña y la servidumbre afincada en el lugar. El director Jorge Thielen Armand se aparta ligeramente de la cadencia de cine de autor para inclinarse más a un cine de género; sin embargo, eso no lo obliga a dejar de reincidir en su interés por retratar historias asociadas a personas siendo desterradas en su propia tierra. Así como en La soledad (2016) y La fortaleza (2020), vemos en su reciente película a personajes también expuestos al desalojo forzado. Ahora, lo cierto es que esta vez Thielen no refiere como causante de ello a la crisis política venezolana. Es más, en cierto punto del argumento, una oficial pública anuncia: “Aquí las cosas han cambiado”. Esta frase se podría prestar para más de una interpretación, incluyendo el estado actual de la nación en cuestión. Entonces, tenemos a una italiana intentando persuadir a Sonia (Dogreika Tovar), la venezolana celadora de la mansión, de retirar sus pertenencias y a los suyos a fin de poder vender la propiedad. Aquí entran en juego argumentos que llegan de ambos lados: papeles de titularidad, reclamos por irresponsabilidad, posibles vínculos familiares, beneficios de un vividor, entre otros. Muy a pesar, el asunto clave es que esta pugna radica de algo más pretérito.

El conflicto en La muerte no tiene dueño deviene de una problemática poscolonial. Acá no solo se trata de una herencia terrenal, sino también de un resentimiento heredado. El personaje de Argento no solo es nueva propietaria de la finca, sino también de lo que hay dentro de ella, y esto implica a los empleados, los explotados y los tantos que perecieron en alrededor efecto de una precaria faena cafetalera. Estamos hablando de hacerse acreedora de un patrimonio que carga un presente y un pasado. He ahí el problema de la italiana, no ser consciente de ello. En tanto, es curioso cómo es que este personaje, quien en un pasado fue “rescatada” por su madre a fin de mantenerse al margen del terror laboral diario ejecutado por el patriarca, ha heredado casi por instinto el rol autoritario. De pronto, esa decadente casona ha despertado en ella eso que incluso le hacía aborrecer a su padre. Aquí no hay necesidad de hablar de posesiones; el fantasma colonialista es tan efectivo y patente en el sujeto privilegiado cada que reconoce a su otro. Jorge Thielen Armand parece imaginar que luego de los retos políticos, Venezuela ahora queda expuesta a los retos de enfrentar a una invasión. Piensa también en la violencia como acto de reacción. El saldo, obviamente, es trágico y un bucle maldito. Es un panorama pesimista el que avista. De nada vale haberse liberado de un dictador si más tarde vendrá otro intentando robar la propiedad.

Fantastic Fest 26: No Rest For The Wicked

La fe cristiana parece dar venia a una relación queer a partir de un “milagro”. No Rest for the Wicked (2026) nos cuenta la historia de amor que surge entre dos pescadores en las retiradas Islas Feroe del siglo XIX. El director Kasper Kalle adapta libremente un relato corto para retratarnos un melodrama dentro de un contexto que refiere a lo gótico. El resultado podría ser calificado como un relato folclórico. Baldur (Egor Venned), un joven pescador que nunca ha abandonado el perímetro de las islas, conoce por incidente a Helge (Pilou Asbaek), un hombre que contrario al protagonista es un aventurero empedernido. Surge un vínculo amoroso que por cosas del destino será tempranamente interrumpido por un hecho trágico. Ese será momento para dar pase a la fantasía, aunque manifiesta de manera particular. Un punto curioso de esta película danesa es que decide promover un hecho profano a partir de una motivación cristiana. A propósito, no dejo de pensar en una secuencia en que los dos hombres, antes de que expresaran su amor, encuentran miradas en una iglesia mientras una homilía habla sobre el amarse los unos a los otros. Ya más adelante, veremos a Baldur, fiel creyente, haciendo una petición, mezcla de rezo y ritual, para alargar su romance. Consecuencia de ello, acontece el milagro, aunque apoyado por las fantasías zombis y vampíricas.

Ahora, ¿por qué reconocerlo como un relato folclórico? No Rest for the Wicked si bien está centrada en la historia de Baldur y Helge, hasta cierto punto esta tragedia/milagro comenzará a proliferarse. Entonces, ya no solo hablamos de un hecho extraordinario, sino un ciclo que se repite dentro de una comunidad y, en consecuencia, transita de hecho a conocimiento o vivencia exclusiva de la zona. Ahora, esto no es suficiente para asegurar su trascendencia. Ya para cuando Baldur logre obtener esa suerte de consuelo surrealista, quedará expuesto su secreto amoroso. Kalle en su camino evita los clichés de siempre. En efecto, estamos tratando con una sociedad que tiene prejuicios hacia la homosexualidad, pero eso no lo obliga a impulsar un castigo o revuelta homofóbica. En su lugar, decide imaginarse una manera en que la comunidad pueda sacar algún tipo de reflexión de todo eso. En No Rest for the Wicked el hecho fantástico en cuestión perderá su valor terrorífico para luego reconocer en este un valor humano. Pienso en Drácula, de Bram Stoker (1992); la inmortalidad y el succionamiento de sangre como sacrificio para reencontrar a una amada perdida. Es por ese camino que va la película de Kasper Kalle. Vemos a personajes convirtiéndose en malditos en espera de lograr recuperar el amor perdido, pero de paso el reconocimiento colectivo. Por tanto, una comunidad no solo gana un nuevo relato folclórico, sino que también aprende algo nuevo, una lección de amor.

jueves, 17 de septiembre de 2026

Fantastic Fest 26: Too Many Beasts (Next Wave Competition)

Una película que arranca como un thriller que demanda razonamiento, pero que poco a poco va careciendo de cordura. La ópera prima de Sarah Arnold es una sátira extravagante a la corrupción pública como aliada de los privilegiados. L'espèce explosive (2026) nos lleva a una zona rural francesa. En ese territorio, agricultores y cazadores por puro hobbie están enfrentados. Jabalíes mantenidos por los segundos están destruyendo la producción de los primeros. En tanto, el orden público no pone orden. No será hasta un asesinato y fuga que las cosas comenzarán a tomarse un poco más “en serio”. Ahí entra al juego nuestro protagonista. Fulda (Alexis Manenti) es un despechado policía recién divorciado, agudo sabueso, aunque continuamente disociando con la realidad. El tipo ha sido sublevado de su puesto en Córcega —esto no es gratuito—. Es decir, un sujeto abandona su habitad natural localizado en una zona del Mediterráneo acondicionada a la rutina violenta de la pugna entre mafias para ingresar a una zona de campiña habituada a la desigualdad de derechos. ¿Es que no se parece esto a una premisa western? De hecho, Fulda tiene pinta y personalidad de un arisco cowboy que no gusta de las injusticias. Ahora, más allá de ser un forastero, es un sujeto raro. El hecho es que lo vemos acondicionándose rápidamente a un lugar a fin de dar con la misión encargada: buscar a un fantasma vengador.

El argumento y dinámica de Arnold parece estar en una continua deriva. Decía, su película inicia como un thriller, sin embargo, lo que aparenta un caso oscuro se comienza a perfilar como una suerte de anécdota o lapsus de un pueblo en donde no debería pasar nada grave. El que un agricultor haya asesinado de un tiro a una importante personalidad pública y luego se diera a la fuga es cosa extraordinaria. El hecho es que pasó, y ahora el prófugo es un mito, capaz ejecutor de fechorías que inquietan a los comuneros, y la tarea de Fulda es atrapar al “mito”. En paralelo, acontece una subtrama. Stéphane (Ella Rumpf), la psicóloga pública, es la encargada de vigilar a que Fulda, dado sus antecedentes, no pierda del todo la cordura. Es a raíz de esta convivencia que L'espèce explosive se perfila a una comedia de situación —efecto de los tics de Fulda— apuntando incluso a una comedia romántica en una versión muy extravagante. Y es que a medida que nuestro cowboy comienza a encontrar pistas y evidencias de la normalización de un egoísmo de clase, su condición de despechado de mujeres comenzará a sanar para cuando interactúe más con la única mujer protagonista de un territorio que la discrimina por una masculinidad preponderante también normalizada. Dicho esto, dos denuncias cruzan caminos y deciden darse esperanzas mutuamente. Por consiguiente, Sarah Arnold hace coincidir a dos personajes dispuestos a transgredir un sistema. El orate y la cuerda hasta cierto punto estarán de acuerdo con iniciar una revolución, y para cuando suceda esta los niveles de demencia serán exorbitantes y triunfales.

lunes, 14 de septiembre de 2026

TIFF 26: Soy Mario (Discovery)

Mario (Oustin León) es un taxista transexual en espera de realizar su cirugía de afirmación de género. El problema es que luego de un encuentro furtivo él quedará embarazado. Soy Mario (2026) relata una historia sobre una identidad todavía en proceso de formación, pero lo curioso es que esto no deviene tanto de un proceso físico o biológico a medio camino, sino del estancamiento mental del protagonista. La ópera prima de Sharon Kleinberg, aparentemente, nos presenta a una persona decidida a cumplir su deseo de transición, sin embargo, incluso antes de que tuviese ese “incidente”, Mario manifestaba ciertos complejos o miedos hacia su identidad en proceso. Su círculo de amistad, definitivamente, no ayuda. Al protagonista lo conocemos interactuando en una comunidad en donde el machismo y la homofobia son normalizados o motivo de bromas. Dicho esto, la idea de la película no será responsabilizar del todo al protagonista en cuanto a las razones de sus prejuicios hacia su cuerpo e identidad, sino inspeccionar cuáles son esos motivos que empujan al personaje de Mario a accionar de esa manera. Y aquí no solo hablamos de los círculos públicos, sino también los íntimos.

De pronto, Mario se percibe como un problema familiar. Estamos hablando de una persona que se nota reconoce a la familia como parte importante de su vida. Es por ello se toma muy a pecho lo que cada miembro piensa de él. En tanto, similar, aunque en menos grado, pasa cuando se relaciona con el resto de las personas. Soy Mario es una película que toma por escusa un embarazo para mostrarnos qué tanto una persona convive con lo que el resto piensa de uno. Ahora, obviamente, Kleinberg lo que menos quiere es que su protagonista aprenda a desaprender esa forma de ser. La idea es más bien encontrar aceptación y buena convivencia, y esta no se alcanzará si antes no existe una visibilización. Mario andará por distintos territorios, el laboral, la asistencia de salud, el romántico y el familiar, y, en efecto, varios de estos expresan asperezas o trabas hacia su identidad; muy a pesar, ninguno resulta lo suficientemente obstructivo como para orientarlo al exilio. En cierta perspectiva, el panorama que nos dispone Sharon Kleinberg es optimista. No todo puede terminar de manera ideal en la vida de Mario, pero es innegable de que en su trayecto ha reconocido la comprensión y la aceptación. Dicho esto, socialmente, estamos ante un escenario público también en transición.