Divertida
agonía es la ópera prima de Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini. Aquí tenemos un
retrato cálido y humano a propósito de una temporada crítica e insensible que
responde a la coyuntura argentina. Se dice que en tiempos ásperos hasta el
gesto de amor más humilde soslaya. Esto pasa en esta película sobre
desempleados y otros resistiendo a no perder un trabajo dentro de un estado de
inseguridad laboral. Pelu (Octavio Bertone) pierde su puesto como
proyeccionista en el cineclub municipal, así que acepta el nuevo puesto como
vigilante nocturno del lugar a fin de tener algo de dinero para pagar un piso
compartido. La noche está marchándose ya (2025) pone a interactuar una
arquitectura decadente con un protagonista también en situación decadente. Sucede
que se escuchan rumores de un cierre “temporal” del lugar como medida de un
recorte presupuestal. Es decir, se acercan los últimos días de proyecciones de
películas antiguas que pocos ven, así como los últimos días de Pelu teniendo
una paga. Espacio y sujeto no solo se ven afectados por la crisis económica
generalizada, sino que además se los reconoce como esa primera línea de
sacrificio público. El asunto es que Salinas y Sonzini deciden poner en segundo
plano ese vaticinio intimidatorio y ponen en primero una rutina que mezcla el
consumo del cine y el desapego a la realidad. En otras palabras, su
protagonista, así como algunos otros personajes, optarán por entregarse a sus
fantasías al margen de la crisis.

La
labor de Pelu podría describirse como el sueño de un cinéfilo o incluso la
utopía realizada de una generación perezosa o hasta oportunista. El tipo en sus
horas de trabajo se la pasa de lo lindo. Pero lo curioso de todo es que el
protagonista parece no ser consciente de eso que el espectador sí: una paga
menesterosa, el riesgo de que pueda perder el empleo por su negligencia en
horas laborales como por decreto municipal —que bien advertido lo tenía—. A
Pelu le dicen “podés terminar en la calle”, sin embargo, eso no le quita el
sueño o lo reprime a tomarse una birra de a gratis. Ahora, hay algo
significativo que, podríamos decir, hace contrapeso a su condición de gandul.
El tipo comienza a tener solidaridad para con otros, sea los que la están
pasando peor que él o incluso mejor. Dicho esto, vemos a Pelu compartiendo sus
“beneficios” provisionales y autoasignados. Ahora, no es que decide arriesgar
lo que tiene por otros, ya que el tipo es un total inconsciente. Es el acto de
consumir o distribuir lo que él reconoce como algo que es de todos porque es
público —y, en teoría, lo es—. La noche está marchándose ya pueda
interpretarse como la historia de un sujeto que parece tomar por sí mismo una
retribución o deuda que el Estado le debe. Pelu, hasta cierto punto, no se
comporta más como un empleado, sino como un inquilino al que le asignaron
habitar en un patrimonio que está a punto de desaparecer o clausurarse. No es
falta o crimen si lo tomas como una compensación. Digo, estamos en un escenario
donde el cinismo es necesario para subsistir.
A
propósito de gestos de humanidad y cinismo en tiempos de crisis generalizada,
se me viene a la mente el neorrealismo italiano. Salinas y Sonzini parecen
emular ese contraste provocado por los actos de sobrevivencia en tiempos de la
posguerra. Pelu y el resto sobreviven como pueden, y si hay que ser “hábil” o
poco recatados para ello, pues adelante. Todo vale mientras tengas qué comer y
dónde dormir. Y, ciertamente, en ese camino pueda que se fabrique un rastro de romantización
hacia la escasez y la pobreza, pero no olvidemos que eso son solo fantasías o
mecanismos de defensa definidos por los personajes ante los tiempos en donde
nada es seguro y las cosas se pueden poner peor. En extensión, ahora recuerdo
los musicales y las comedias sofisticadas en tiempos de la crisis económica en
EE. UU. El cine siempre al rescate de una sociedad desmoralizada, presto a
repartir esperanzas y mensajes de aliento desde la ficción. He ahí el argumento
más estimulante que también explota esta película argentina, porque la
significancia de un cineclub tradicional, así como las películas que Pelu y sus
amigos van viendo, son una suerte de terapia ante la precariedad de su
situación. En efecto, la ficción repele o contiene a la realidad, muy a pesar,
no deja de ser escuela para saber confrontar a la realidad misma desde la
historia de héroes ficticios. Los personajes de La noche está marchándose ya
asisten a las películas o la ficción para olvidar sus problemas, para ponerse a
salvo; en tanto, ellos mismos, mediante sus actos despreocupados, se convierten
en ficción, fantasía, falsedad o contradicción dentro de su propia realidad en
crisis.

Tiene
más sentido aún este argumento si prestamos atención a las acciones que se
descubren en la sala de cine. Pelu y sus amigos, en una de sus tantas
proyecciones privadas, comienzan a remedar una acción que ven en la pantalla.
Ellos deciden replicar la ficción desde su representación. Se convierten en
cine. Luego, la amiga de Pelu solicita la luz de una proyección para crear una
luz extra para cuando vaya a hacer su contenido en vivo. Acto seguido, vemos a
una joven representando un rol con ayuda del escenario y el clima del cine. En
tanto, la mirada voyerista de Pelu desde la ventanilla de proyección no hace
más que reforzar de que la chica es ficción y que Pelu es su espectador. Está
también el nuevo “piso” de Pelu ubicado detrás del ecrán. Podríamos decir que
su realidad se enmarca en la pantalla, literalmente. Por último, en el escenario
donde está el ecrán, un conducto secreto —oscuro como una sala en penumbra
iluminada por un halo de luz— nos conduce a la ciudad o la realidad. Glorioso
será el instante cuando emerja del conducto secreto —que es el escenario con un
ecrán invisible— una legión de personas que llegan de la calle o la realidad.
Es el realismo social ingresando o asaltando por una puerta falsa ese espacio
público o ficticio que creen les pertenece o han comenzado a representar a
fuerza de la necesidad. La noche está marchándose ya es una película muy
dramática y deprimente, sin embargo, a causa del filtro ficticio que siempre el
arte del entretenimiento ha refractado incluso en los momentos más difíciles,
es que se digiere como una comedia, una farsa optimista como la que gobiernos representan
ante una sociedad a partir de sus discursos y planes embusteros.