viernes, 24 de enero de 2020

IFFR 2020: Bird Island

Hasta el 23 de febrero, la plataforma de Festival Scope habilita una selección de películas presentándose en el Festival de Rotterdam. Pueden acceder a las películas por 4 cada o 2 por adquirir cinco películas o más.

Es a partir del estilo de narración por el que opta este relato que podemos anticiparnos hacia el propósito sensible del mismo y la naturaleza del propio protagonista. Bird Island (2019) narra la historia de un refugio de aves que de paso se convierte en refugio para el personaje principal de este documental –que no deja de privarse de una pauta ficcional–. Antonin nos cuenta su llegada a este hábitat, sus funciones, sobre los otros colaboradores, pero también nos introduce a sus pensamientos, la evolución de su estado emocional, el significado, en principio, inapetente y después trascendental de este su primer trabajo que tiene luego de una larga etapa de postración. No nos queda duda que estamos tratando con un personaje frágil, y lo cierto es que esa misma fragilidad está estimulada en el modo en que se registra su oralidad. La narración en Bird Island tiene el carácter y la intencionalidad de un diario. Las palabras de Antonin no solo es un seguimiento a su rutina, sino también es una suerte de confesionario.
Si nos remontamos siglos atrás, a la línea de la tradición de la literatura francesa, el diario hace escala de los cambios o evolución, sea positiva o negativa, de los personajes. Por su lado, en Diario de un cura rural (1951), el diario se interpreta como una suerte de puerta a la conciencia del que la escribe. Es el sacerdote declarando sus “tentaciones”. Dicho esto, la narración en primera persona del protagonista de Bird Island, que nos remonta a una lectura de diario, cumple una doble función: el de línea de aprendizaje y de efecto de depuración. En el transcurso de la película, vemos a Antonin percibiendo los valores del oficio, habituándose, comprometiéndose, aunque no dejando de expectorar esos momentos en que su tranquilidad se agita, pero sin dramatismo. Anecdótico es el instante en que la narración se corta para representar una recaída del personaje. Los directores Sergio Da Costa y Maya Kosa tienen mucha sensibilidad para retratar lo dramático sin drama, como la formidable escena en que una cámara térmica atestigua la evanescencia de una vida. Es la muerte vista desde un filtro impasible. Es una nueva lección para Antonin.

Puedes ver la película por Festival Scope en este link: http://bit.ly/2RLKicT

jueves, 23 de enero de 2020

10 MyFrenchFilmFestival: Les confins du monde

La película de Guillaume Nicloux se inspira en la canónica Apocalypse Now (1979). En su historia también hay una búsqueda desesperada, obsesión que de paso es un preámbulo hacia lo demencial; pura esencia sintomática del enfrentamiento bélico. Los confines del mundo (2018) centra su atención en Robert (Gaspard Ulliel), un soldado francés confinado en la selva de Indochina durante la Segunda Guerra, único sobreviviente de una masacre que tendrá como única motivación el dar con uno de los que condujo dicha matanza. Nicloux no tiene complejos en mostrar una violencia gráfica. Es la guerra tal cual, sin pensamientos románticos o decoro, y eso incluye a los argumentos melodramáticos, los que interfieren en la historia de este hombre tocado por la venganza. Robert conoce a Mai (Lang Khe Tran) y con ello se abre un nuevo conflicto en la trama. Este, sin embargo, no es un aditivo que persuade su principal motivación, sino más bien es un complemento. De pronto, esa relación amorosa áspera, por momentos agresiva, resulta ser una proyección del estado desequilibrado del joven soldado. El amor, ese sentimiento que bloquearía cualquier estado adverso, luce impotente ante la realidad postraumática. En efecto, Los confines del mundo revelará una historia de amor, pero esta no deja de ser caótica. Es la guerra.
Puedes ver la película online de forma gratuita en este link: http://bit.ly/2urjsP4

10 MyFrenchFilmFestival: Duelles

Hasta el 16 de febrero va la nueva edición de My French Film Festival. Desde su web se podrá ver más de 30 películas de forma gratuita. Vamos comentando algunas de estas.

La relación entre dos madres se tensiona posterior a una tragedia. Desde el principio, Instinto maternal (2018) nos retrae a un drama psicológico. Una mujer está poseída por la sobreprotección hacia su pequeño hijo incluso mucho antes de que tuviera “las razones” para hacerlo. El director Olivier Masset-Depasse subraya y nos antecede ese lado perturbado de una de sus protagonistas con el fin de poner en tela de juicio la salud mental de esta. Alice (Veerle Baetens) será el motor del drama, el cual será estimulado por la presencia de Céline (Anne Coesens), la vecina que pasó de íntima amiga a enemigo. Es una historia en donde la presencia femenina toma las riendas, mientras que los roles masculinos no hacen más que complementar las pulsiones de las mujeres; eso sí, casi siempre predecibles. Instinto maternal se esfuerza por fabricar falsas sospechas, sin embargo, luce tan familiar por momentos.

martes, 21 de enero de 2020

Jojo Rabbit

Al igual que en What We Do in the Shadows (2014), la última película de Taika Waititi abraza la parodia siendo este su atractivo más inmediato. Lo cierto es que de ello no depende el éxito de la película. Respecto al primer filme mencionado, Taika Waititi se diferenciaba, por ejemplo, de otras comedias vampíricas como El baile de los vampiros (1967) o Dracula: Dead and Loving It (1995), a propósito de su premisa argumental: una introducción a la rutina macabra de un grupo de vampiros en clave de falso documental. Caso Jojo Rabbit (2019) no hace más que congregar premisas ya conocidas. De pronto, hubiera sido más atractivo que se concentrase en su versión nazi de El invisible Harvey (1950), siendo un compañero imaginario una proyección del imaginario ideológico, un análisis más profundo que la sátira que, en este caso, no hace más que poner en ridículo los argumentos ideológicos. Además, qué es más aleccionador y reflexivo que el solo ver a un infante expuesto y obedeciendo a una idea insidiosa. En su lugar, es el repetido truco moral y dramático de personajes redimiéndose en un terreno en decadencia. Eso hace de Jojo Rabbit predecible.

martes, 14 de enero de 2020

Video Ensayo: Amour (sin diálogos)


Un video que presta atención al valor sonoro de Amour (2012). La sumatoria del no diálogo y el sonido (extra)diegético en el cine de Michael Haneke es crucial. Importante y significativo en todas sus películas. Una especie de marca que firma un tránsito entre la calma y el caos, o es el propio caos reprimido dando signos de su punto más álgido. Sin embargo, la constancia de este mecanismo luce más enfática en esta historia en donde dos ancianos padecen a causa de una enfermedad, una experimentándola físicamente y el otro emocionalmente. Son dos registros distintos, dos modos de sufrimiento que se expresan, por ejemplo, mediante el estruendo de los quejidos y el mutismo de los pensamientos. Es un consenso sensorial comprometido a desestabilizar el orden incluso en los momentos más rutinarios, como el de una cena interrumpida por un grito fuera de campo. Este desequilibro sonoro no es más que un reflejo del rumbo que toma el drama central de la película. Fuera quedan las fobias de la cotidianidad, los traumas sociales, los del pasado, los de la infancia que carcomen la conciencia del protagonista en el corte original. Son los argumentos frecuentes de Michael Haneke para sus películas que retratan a personajes o colectivos reaccionando con violencia (que no es otra cosa que un gesto de liberación) ante dichos antecedentes. Amour (sin diálogos) es otra historia. Son los fragmentos de un padecimiento, la rutina que desea recobrarse con optimismo, a veces con desesperación, y, en extensión, es todo lo contrario, una desesperanza, en principio, reservada, después menos discreta, y luego áspera. En tanto, el sonido y no sonido insiste en invocar una consumación irreparable. Es, finalmente, un ejercicio de la percepción. La anulación de las palabras no genera vacíos ni pone en duda la sensibilidad del tema y la angustia de los protagonistas, al contrario, refuerza las intenciones de la secuencia dramática.

domingo, 12 de enero de 2020

El caso de Richard Jewell

Otra de héroes que son cuestionados. Clint Eastwood asiste a una historia sobre un personaje calumniado por el solo hecho de romper con el estándar asociado a lo heroico. Richard Jewell (Paul Walter Hauser), un guardia de seguridad durante los Juegos Olímpicos de Atlanta, pasa de ser héroe a posible culpable del atentado que aconteció en el ínterin de la celebración. Eastwood nos presenta a un personaje que descubre un perfil que alienta a los demonios de una nación. Definir esta idea es imprescindible para la verdadera meta del filme. El compromiso del director no solo es el de hacer un acto de honor a su protagonista, sino también el de señalar y cuestionar los prejuicios arraigados de  EEUU, detonantes de una serie de negligencias que no hacen más que boicotear los ideales de una nación.
Al igual que en Sully (2016), en la última película de Eastwood vemos a un héroe sentado en el banquillo dado que ha puesto en duda o ridículo la labor de una institución emblemática. En consecuencia, estos “fuertes” ponen manos a la obra para revertir la hazaña de los héroes a fin de salvar sus propios nombres. En Sully, una industria aérea interpreta una maniobra de salvataje como un acto que puso en peligro a toda una tripulación. En tanto, en Richard Jewell, el FBI observa en un acto de prevención el indicio de un trastornado que urge del reconocimiento de su país. En efecto, Eastwood sigue amasando el discurso del héroe humilde, ferviente protector de sus compatriotas y la normativa que (en teoría) los protege; sin embargo, el drama de la película se concentra en los esfuerzos por desprestigiar el arrojo incondicional a beneficio de su nación de una persona.
El filme es Richard Jewell versus el FBI, la entidad que no es otra cosa que el último escalón de la ley, aquella que el mismo Jewell respalda ciegamente, a pesar del mal tributo que recibe de esta. Se podría decir que la película está destinada a ser una historia sobre un individuo desencantado con una fantasía, pero no es así. Eastwood está convencido de que su personaje es fiel a ese ideal de nación de inicio a fin, y no habrá ofensa que lo persuada a reprochar a su propio país. Richard Jewell es un filme que descubre a agentes que desprestigian la norma y la conciencia social, como bien lo refuerza el rol de una periodista oportunista. No es gratuito que por momentos esta personaje luzca forzada y caricaturesca. Básicamente, es un indicio del deseo de Clint Eastwood por subrayar los defectos de un sistema.

martes, 31 de diciembre de 2019

Mis favoritas de la década (2010 - 2019)

Las presentes listas son la que extendí para la encuesta a Las Mejores Películas de la Década – Ranking Perú. Ambas están ordenadas de manera cronológica. Son las películas de la década que “hoy” me fascinan más que el resto…mañana, tal vez, serán otras.

Mistérios de Lisboa (Raúl Ruiz, 2010): dobles identidades, cartas que se queman y nunca se abren. Es el decimonónico contemplado desde un filtro del cine contemporáneo.

Black Swan (Darren Aronofsky, 2010): perturbación psicológica sobre una castrada, aspirante a la perfección. Tengo una debilidad por las relaciones maternales tormentosas.

La piel que habito (Pedro Almodóvar, 2011): alto cine referencial. Almodóvar hace metáfora de la perfección corporal, como el de las divas del ayer que admiró, moldeadas por una industria malévola.

The Tree of Life (Terrence Malick, 2011): el equilibrio, la vida y la muerte, el abrazo y el dolor, la madre y el padre. Las memorias hacia una infancia contemplada desde un panorama onírico.

Holy Motors (Leos Carax, 2012): no hay película que mejor haya reflexionado sobre la escalada de la tecnología digital y su impacto (pro/contras) al cine. Es también un caldo del cine (auto)referencial.

Leviathan (Lucien Castaing-Taylor & Verena Paravel, 2012): un goce visual y auditivo. Un documental que tiene de objetivo y abstracto. Otra vez, lo digital (el handycam) haciéndola de cómplice para fabricar una mirada privilegiada.

The Master (Paul Thomas Anderson, 2012): el maestro y el esclavo. La historia de un “can” imposible de ser amaestrado, instintivo, lascivo, violento, condenado a quedarse sin dueño y ser un experimento.

The Act of Killing (Joshua Oppenheimer & Christine Cynn, 2012): la experiencia de conocer más al “enemigo” desde su representación en la pantalla. Las fantasías fílmicas de unos exgenocidas será el atajo para descubrir su perversión.

Post Tenebras Lux (Carlos Reygadas, 2012): la naturaleza es bella y también violenta. No es gratuito que Reygadas sea comparado con Malick, aunque el mexicano es crudo, no onírico sino crudo, a veces terrorífico.

Under the Skin (Jonathan Glazer, 2013): los extraterrestres llegan (una vez más) a la Tierra a descubrir lo mejor y peor de la humanidad. Es también el cine negando sus atributos tradicionales: Johansson no es Johansson, y los extras no saben que lo son.

Inside Llewyn Davis (Joel Coen & Ethan Coen, 2013): una balada a un talento destinado a no ser valorado. Los Coen crean a su perdedor más entrañable y menos humillado. Tal vez se lo merezca, pero conmueve.

Her (Spike Jonze, 2013): el (des)amor en tiempos de la tecnología y la imperfección, el de las parejas artificiales y la soledad. La triste forma de Phoenix y la seductora voz de Johansson; parecían la pareja perfecta.

Foxcatcher (Bennett Miller, 2014): la historia de dos hombres reducidos por sus ascendentes, uno por su hermano mayor, el otro por su madre. Una historia infama sobre ególatras y dominados. De las mejores interpretaciones de la década.

The Tribe (Miroslav Slaboshpitsky, 2014): el cine en su versión incipiente. La historia de sordomudos rompe el muro idiomático para convertirse en lenguaje universal. Como en el periodo silente, la manos hablan y la imagen hacen lo resto.

Boyhood (Richard Linklater, 2014): los tiempos cambian, pero los personajes parecen no cambiar del todo. Es un acercamiento hacia el lado incorregible, la maduración forzada, nunca perfecta.

Spring (Justin Benson & Aaron Moorhead, 2014): lo impredecible. Un melodrama, pero también una película de terror. Una convergencia de géneros que parece congregar a Linklater y Lovecraft.

The Visit (Michael Madsen, 2015): otra debilidad es la vida fuera de este planeta, pero este documental es más que asistir a esa fantasía. Es un ejemplo de qué tan efectiva es la simulación, el cine como constructor de posibilidades.

45 Years (Andrew Haigh, 2015): apasionante melodrama envenenado por la duda, la transcendencia de un amor puesta en duda y a puertas de la ceremonia. Lo momentos de Rampling encerrada en sus pensamientos son fascinantes.

Silence (Martin Scorsese, 2016): no está De Niro y su compañía, pero también dialoga sobre la fidelidad a una logia, y de la manera más férrea y en circunstancias más brutal que la misma mafia.

The Rider (Chloé Zhao, 2017): tiene unas secuencias bellísimas. Están tan bien hechas que hasta parecen acercarnos a la pasión por los caballos del protagonista, y conmueve porque esa pasión está a punto de caducar.

Top 3 Películas Peruanas de la Década
Chicama (Omar Forero, 2013): una película que si bien ofrece falsas expectativas, deja huella de una serie de eventos entrañables. Lo cotidiano resulta trascendente porque somos presa del valor de la intimidad.

Wiñaypacha (Óscar Catacora, 2017): es lo mejor de la década en el cine peruano. Cada atributo minimalista, los planos, el sonido, los no actores, son complementarios entre sí y partícipes de una historia universal.

Gen Hi8 (Miguel Miyahira, 2017): significativa desde su modo de registro hasta el cierre de su historia. Es un ejemplo de un cine comprometido, y también un modelo fílmico emancipado sin asumir un carácter experimental.