sábado, 14 de febrero de 2026

76 Berlinale: Paradise (Panorama)

La ópera prima de Jérémy Comte me recuerda a uno de los episodios de la impredecible Seules les vetes (Dóminik Moll, 2019). De hecho, el director canadiense toma las riendas de su historia de la misma forma que lo hizo el director francés en su película. En sendos casos, reconocemos historias que inician con una apariencia independiente respecto a la otra. Queda el misterio sobre cómo el autor decidirá descubrir el vínculo entre los personajes de escenarios distantes. Paradise (2026) establece una narración intercalada entre algún lugar de Ghana y otro en Canadá. Por un lado, en la escena africana, conocemos el pasado y presente de un joven huérfano: la pérdida de un padre durante la infancia y el sobrevivir en un territorio de bandidos durante la adolescencia encienden el drama social de la película. Del otro lado, en un suburbio canadiense, otro “huérfano” paterno combina su rutina entre el skate y la interrogante de quién fue su padre: ¿está vivo o está muerto? Parece haber una referencia inmediata hacia la otra historia, sin embargo, esta segunda descansa más en el ala del drama familiar. En cierta forma, los dos contextos descubren marginalidad, muy a pesar hay niveles, pues, ciertamente, el segundo territorio podría interpretarse como el “paraíso” para el primer protagonista.

Más o menos esa es la finalidad de Comte. El director crea una dialéctica entre dos mundos a propósito de un drama en común, pero luego decide fabricar un vínculo más fuerte entre las historias fruto de la resiliencia de un país dedicado a lucrar de los “privilegiados”.  Nuevamente, se me viene a la mente Seules les vetes. El descubrir toda una mafia en África dedicada a sacarle dinero a “blancos” mediante el uso de perfiles falsos no solamente es una necesidad, sino también un discurso cultural y hasta político. Paradise decide transcribirlo con más frontalidad: robar a los que les sobra no está mal. La película canadiense y la francesa hacen una muestra de cómo funciona el negocio y cuál es parte del germen de este. Moll se inclina al thriller, Comte hacia el drama. Ahora, ambos deciden crear también descubrir un punto ciego de ese perverso negocio. En los dos casos sus ejecutores se verán persuadidos por una sensibilidad humana y hasta sentimental. Moll decide tomar eso como razón para crear un cierre divertidamente cínico. Comte decide dilatar la humanidad de su protagonista africano. Ahí entra a tallar ese drama inicial: la orfandad. Esta pérdida que adolece de inicio a fin un adolescente, ¿es acaso un valor que impide a que tenga futuro en un negocio que ultraja las fantasías de desconocidos? No es gratuito que este personaje abrace la historia de un bote y un capitán que tal vez nunca existió.

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