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miércoles, 9 de noviembre de 2022

37 Mar del Plata: Pacifiction (Autoras y Autores)

El seudodocumental Crespia, the Film not the Village (2003) y la lasciva y vampírica Historia de la meva mort (2013) son las películas de Albert Serra con una narrativa más cercana a lo tradicional. Pacifiction (2022) no solo ingresa a ese grupo, sino que además se orilla a un cine de género, específicamente, el cine político con insinuaciones al thriller. Esta es la historia de un diplomático francés que comienza a ser víctima de la inquietud a raíz de unos rumores que indican una posible reactivación de prácticas nucleares en su área de vigilancia, la Polinesia Francesa. Tras la llegada de un cuerpo de marinos franceses a una de las islas del territorio, De Roller (Benoit Magimel) no deja de preguntarse si es acaso la confirmación de eso que advertían algunos locales dispuestos a anticipar una ofensiva. Lo que veremos entonces será al asignado francés intentando indagar y apaciguar, saltando de isla en isla, eso sí, siempre dominado por una personalidad serena, casi tomando la situación deportivamente. Su tránsito simula ser un tour vacacional. Tiene que ver también el que este sea un escenario con casinos, lugares de reposo, incluso una iglesia rodeada por una naturaleza paradisiaca. Iglesia que ciertamente está molesta por esa infestación de banalidad. No es gratuito que en algún momento al diplomático se le escapa una referencia a la Cuba antes de la revolución.

Es de esta manera que Serra comienza a insinuar un tono satírico, a propósito de cómo un tema político tan serio se desenvuelve entre borracheras, bíceps descubiertos y paseos en lancha. “Política de discoteca”, anuncia casualmente De Roller. Cualquiera diría que aquí no va a suceder una catástrofe, no si ves a los supuestos actores de esta tensión compartiendo una misma pista de baile. Es un cuadro entre absurdo y obsceno, no tan lejano al sentido de las secuencias libertinas que acontecían bajo las sombras de los bosques alemanes en Liberté (2019). Aquí la política va a contra natura. Pacifiction tiene varios de esos momentos en donde se describe un espacio de circuito cerrado con un ambiente pesado y embriagante. Es una simulación hipnótica, una puesta en escena que es constante en el cine de Albert Serra. La idea de crear un escenario escaso de luz natural que cobija a una sociedad secreta no es más que una forma de representar a una época o tradición aplastada por un sentimiento oscurantista. Sucede en casi todo el argumento de Liberté, en los aposentos de un monarca moribundo en La mort de Louis XIV (2016) o en el instante en que Casanova recibe el abrazo final del conde Drácula en Historia de la meva mort. Esas puestas son además una antesala al principio de un cambio temporal aparentemente calmo o romántico a uno caótico. Pacifiction es una película en donde la fiesta está a punto de terminar.

viernes, 13 de diciembre de 2019

6 Festival Transcinema: Liberté

Es ampliamente significativa la composición del espacio y los modos en que el libertinaje –y no el erotismo– se desata y define en la última película de Albert Serra. Lo atractivo de Liberté (2019) tiene que ver con la sintonización entre el escenario y las pulsiones perversas de sus protagonistas. El director se remonta a la etapa histórica de la censura a la inmoralidad a puertas a la Revolución Francesa. Nobles escapan de los ojos de las cortes puritanas de Luis XVI rumbo a Alemania y se refugian en una zona boscosa asesorados por un mentor de la materia del vicio sexual. No solo se representará un encuentro entre practicantes de la orgía, el sadomasoquismo y demás engranes, sino también el de la asamblea secreta entre corruptos, hipócritas, parias sociales acaudalados, los que agitan y presumen esas mismas prácticas. Es decir, somos testigos de otro relato decadente sobre una etapa histórica degradante.
Así como en La muerte de Luis XIV (2016), el filme de Serra, a primera impresión, parece ser un discurso celebratorio de un momento o personalidad histórica, pero lo cierto es que es más bien la agonía de esta misma. Si bien vemos a un grupo de personas dando rienda a sus goces carnales, estos no dejan de estar en el cautiverio, bajo el velo del crepúsculo y la posible invasión de sus verdugos. Por otro lado, y paradójicamente, este ambiente es también un estímulo de la acción. El sexo a campo abierto nos remite al concepto de la sexualidad en su práctica más incipiente. Los personajes de Liberté no están lejos a ser una versión salvaje e instintiva de lo humano –tomando en cuenta además que estos están liberados de cualquier gesto moral, aquello que nos separa de lo animal–. Adicionalmente, no deja de filtrarse una lectura voyerista. Mientras unos practican el sexo, otros integrantes observan, desde un plano general, medio o primer plano. En tanto, el espectador no deja de convertirse en otro comensal ocular de esta bacanal.

miércoles, 28 de junio de 2017

7 Lima Independiente: La muerte de Luis XIV

Los largos de Albert Serra han hecho expedición a épocas y personajes que remiten a un imaginario universal. El director español manifiesta una atracción por la propiedad histórica, aludiendo, por ejemplo, a la vieja Europa y lo que esta representa. Hay un sentimiento por el arraigo, cuestión que podría adicionar también a su ópera prima Crespia (2003), asumida como una alegoría pastoril “moderna” de una comunidad de jóvenes en un ámbito catalán –lugar de origen del director– al desarticular un contexto tradicionalista, aún latente, mediante las vagancias y conciertos musicales de los protagonistas. Y, a propósito de ello, la afición de Serra por ese arraigo no le impide explorar una imagen distinta de lo que representa. Caso en Honor de caballería (2006), vemos a un Quijote abstemio de aventuras, en donde se incluye una secuencia de un Sancho rebelándose, mientras el caballero andante responde con una condescendencia casi paternal; en tanto, en Historia de mi muerte (2013), desde el título Serra adultera la biografía de Casanova, a quien pondrá como vecino al mismísimo conde Drácula.
La muerte de Luis XIV (2016) alude también a esa dinámica por desmitificar el pensamiento inmediato. Aquí vemos al monarca, gran ídolo del absolutismo, consumiéndose producto de una herida en la pierna. Todavía falta mucho para la Revolución Francesa, pero la agonía del rey parece un preámbulo de la decadencia del reinado. Así como lo hizo con el Quijote, Serra convierte a este monarca en una presencia lejana a las glorias que dictan los libros de historia. Lo único que nos hace recordar de sus logros son sus súbditos, quienes atienden con fidelidad a su benefactor a punto de morir. Un detalle interesante en la fílmica de Serra es el concepto de lo servicial que parece explayarse en los contextos históricos a los que ha hecho alusión. Es Sancho al Quijote, los reyes magos rindiendo tributo al niño Jesús (El canto de los pájaros, 2008), el criado de Casanova y luego Drácula mordiendo y sumando sirvientes. Hay una serie de hombres al servicio de otros, aquellos que son símbolo de una riqueza cultural tradicional.
A pesar, en La muerte de Luis XIV, al igual que en los filmes mencionados, la servidumbre no deja de reservarse en un segundo plano. Aquí lo que prima es el letargo del enfermo, los tiempos muertos y el silencio que estimulan la espera que parece extensa, rota ocasionalmente por una medicina ridiculizándose y el cuchicheo de los criados prediciendo lo que luce evidente. En ese aspecto, el nuevo filme de Serra se acerca a Honor de caballería; es el cumplimiento de una trama avanzando a pasos cortos. Por otro lado, la película encumbra un logro estético. La muerte de Luis XIV trasluce un acabado pictórico producto del diseño de arte y el de la luz, con una intencionalidad similar a la que el director había compuesto en Historia de mi muerte, en donde también vemos el ocaso de una época, marcada por las sombras y el oscurantismo, anunciando el declive de Casanova e inaugurando el dominio de Drácula. Albert Serra provoca la melancolía, a partir de la opacidad, las lumbres que anuncian lo mortuorio, el fin de un período, un universo monárquico tan opuesto a lo que representa Sofía Coppola en Maria Antonieta (2006), filme con el que valdría la pena hacer un comparativo.