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sábado, 19 de septiembre de 2026

Fantastic Fest 26: Roma elastica (Main Competition)

En Jay Kelly (2025), George Clooney encarna a un reconocido actor cayendo en una crisis existencial. No solo es su carrera, sino también su vida personal puesta en introspección. Esto lo terminará llevando a Roma, lugar en donde un festival lo condecorará por su carrera —indicio de que la misma está al borde de su fin— y que además reforzará su estado lacónico. Clooney dudará de su valor tanto paternal como para la industria. Obviamente, viniendo la idea de un director como Noah Baumbach, lo que termina por asomarse y reforzar es el cinismo natural e incorregible de un personaje que termina aplastando su conciencia a fuerza del “yo”. El autor estadounidense hace una referencia personal a 8½ (1963), de Federico Fellini, la película por excelencia que describe a un autor atravesando una crisis creativa, la que encalla a una crisis más amplia. Era algo similar a lo que había hecho Vincente Minnelli un año antes en Two Weeks in Another Town (1962), siendo el personaje de Kirk Douglas una excusa para retratar la ambigüedad de una industria que podía ser fábrica de tanto arte, pero también de tanta infamia tras las cámaras, y todo esto sucediendo en Roma. Se podría decir que Roma elástica (2026), lo nuevo de Bertrand Mandico, se suma a una lista de directores que coinciden similares premisas y escenarios.

Aquí tenemos la historia de Eddie (Marion Cotillard), una célebre actriz, una suerte de Marlene Dietrich imaginaria en una época también imaginaria. La europea que se convirtió en una estrella glamorosa en Hollywood a fuerza de sus roles como femme fatale, convirtiéndola además en símbolo de la mujer moderna. El asunto es que está muriendo, y no solo físicamente, sino también su carrera. La propuesta de ser la protagonista de una transgresora producción en la ciudad de Roma podría bien darle un giro positivo a su carrera o simplemente hundirla. Mandico define entonces su puesta menos kitsch hasta el momento. En su lugar, concentra esa extravagancia en la película en cuestión que interpretará su protagonista. En tanto, vemos a Eddie mentalmente titubeante entre cámaras y detrás de ellas. “¿A dónde he llegado?”, parece reclamarse. Esto incluso la obliga a enfrentarse a sí misma en la secuencia más memorable de Roma elástica. A diferencia de las otras referencias fílmicas, aquí el remordimiento se manifiesta, literalmente, como un grito detrás de la nuca. Esta es una película sobre una actriz cuestionándose tal vez ante desesperación por negarse a morir con dignidad. Ahora, lo interesante es que Bertrand Mandico se refiere tanto a la dignidad física como artística. Pienso entonces en Jean Luc Godard, este director que luego de tanta rebelión, sea ante la imagen y ante el cuerpo, se vio aventajado —o capaz hastiado— en un mundo en continua evolución.

jueves, 17 de septiembre de 2026

Fantastic Fest 26: Too Many Beasts (Next Wave Competition)

Una película que arranca como un thriller que demanda razonamiento, pero que poco a poco va careciendo de cordura. La ópera prima de Sarah Arnold es una sátira extravagante a la corrupción pública como aliada de los privilegiados. L'espèce explosive (2026) nos lleva a una zona rural francesa. En ese territorio, agricultores y cazadores por puro hobbie están enfrentados. Jabalíes mantenidos por los segundos están destruyendo la producción de los primeros. En tanto, el orden público no pone orden. No será hasta un asesinato y fuga que las cosas comenzarán a tomarse un poco más “en serio”. Ahí entra al juego nuestro protagonista. Fulda (Alexis Manenti) es un despechado policía recién divorciado, agudo sabueso, aunque continuamente disociando con la realidad. El tipo ha sido sublevado de su puesto en Córcega —esto no es gratuito—. Es decir, un sujeto abandona su habitad natural localizado en una zona del Mediterráneo acondicionada a la rutina violenta de la pugna entre mafias para ingresar a una zona de campiña habituada a la desigualdad de derechos. ¿Es que no se parece esto a una premisa western? De hecho, Fulda tiene pinta y personalidad de un arisco cowboy que no gusta de las injusticias. Ahora, más allá de ser un forastero, es un sujeto raro. El hecho es que lo vemos acondicionándose rápidamente a un lugar a fin de dar con la misión encargada: buscar a un fantasma vengador.

El argumento y dinámica de Arnold parece estar en una continua deriva. Decía, su película inicia como un thriller, sin embargo, lo que aparenta un caso oscuro se comienza a perfilar como una suerte de anécdota o lapsus de un pueblo en donde no debería pasar nada grave. El que un agricultor haya asesinado de un tiro a una importante personalidad pública y luego se diera a la fuga es cosa extraordinaria. El hecho es que pasó, y ahora el prófugo es un mito, capaz ejecutor de fechorías que inquietan a los comuneros, y la tarea de Fulda es atrapar al “mito”. En paralelo, acontece una subtrama. Stéphane (Ella Rumpf), la psicóloga pública, es la encargada de vigilar a que Fulda, dado sus antecedentes, no pierda del todo la cordura. Es a raíz de esta convivencia que L'espèce explosive se perfila a una comedia de situación —efecto de los tics de Fulda— apuntando incluso a una comedia romántica en una versión muy extravagante. Y es que a medida que nuestro cowboy comienza a encontrar pistas y evidencias de la normalización de un egoísmo de clase, su condición de despechado de mujeres comenzará a sanar para cuando interactúe más con la única mujer protagonista de un territorio que la discrimina por una masculinidad preponderante también normalizada. Dicho esto, dos denuncias cruzan caminos y deciden darse esperanzas mutuamente. Por consiguiente, Sarah Arnold hace coincidir a dos personajes dispuestos a transgredir un sistema. El orate y la cuerda hasta cierto punto estarán de acuerdo con iniciar una revolución, y para cuando suceda esta los niveles de demencia serán exorbitantes y triunfales.

jueves, 10 de septiembre de 2026

Venezia 83: Un peu avant minuit (Official Competition)

En plena revolución, un hombre hace una parada a la siempre efervescente Paris, la ciudad que tiempo atrás la sintió suya, pero ya no más, e inconscientemente comenzará a hacer una incómoda introspección de su vida a medida que se cruza con personajes de su pasado. Esa es más o menos la premisa de Un peu avant minuit (2026), premisa que tranquilamente podría referir a tantas épocas por la que transitó la “Ciudad de la Luz”. El director Nicolas Pariser realiza una película en donde la ciudad, la historia y la conciencia política asumen roles importantes para empujar un movimiento colectivo que está en contra de un bloque de poder. Pasó en la Revolución francesa, en la cruzada del #MeToo y pasará en las siguientes revoluciones. De la misma forma, cada una ha albergado a activistas, antagónicos y los infaltables espectadores. Dicho esto, Un peu avant minuit se asienta en un presente. Esta es la historia de Léo (Melvil Poupaud), un espectador. Acaba de morir un padre a quien nunca conoció, lo que lo obliga a abandonar por unos días la provincia francesa en donde vive para viajar a Italia y recibir una posible herencia. Antes, hace un alto en París, la ciudad que dejó muchos años atrás. Los tiempos han cambiado. ¿Él ha cambiado? O, sería mejor preguntar: ¿este personaje es consciente de lo que hizo, fue o representó en su pasado?

Pienso ahora en películas como 8 ½ (Federico Fellini, 1963), La strategia del ragno (Bernardo Bertolucci, 1970), Caro diario (Nanni Moretti, 1993) o La grande belleza (Paolo Sorrentino, 2013). Toda una tradición de películas italianas en donde protagonistas hacen retrospectiva de sus vidas. Es una reflexión efecto de la vejez, la inminente decadencia de una escena “gloriosa” o el rechazo hacia una época que por mucho que no se desee forma parte de uno. A partir de este marco es que puede esclarecerse aún más la búsqueda de Pariser. Léo, allá por la década del 70, fue parte de una revista de intelectuales. Uno por instinto histórico se imagina a la generación del 68, jóvenes que lucharon bajo la consigna: prohibido prohibir. El asunto es que, en el presente, la generación del #MeToo los recuerda más bien como una legión de misóginos, personas que aprovecharon su seudointelectualidad para acostarse con chicas, normalizar el acoso, la violación, la no responsabilidad afectiva, así como la negligencia paternal. Se podría decir que Léo es un vestigio de ello, y no necesariamente en un sentido de que siga arrastrando añejas mañas, sino porque fue parte de ello. Entonces tenemos a este personaje que hace una parada a Paris para visitar a los amigos y su paseo, en lugar de ser ocasión para “recordar viejos tiempos”, románticamente hablando, se convertirá en una suerte de juicio itinerante.

Lo que más me suscita curiosidad de esta película es la personalidad de Léo. Sucede que aquí vemos a un hombre que, a medida que transita o se encuentra con alguien, distintas generaciones parecen recordarle los errores del pasado. Ojo, y no hablamos exclusivamente de “sus” errores, sino los de su generación. Ahora, en parte, es un desquite hacia su persona, pero es sobre todo una retroalimentación hacia toda esa tradición de comportamientos patriarcales que reconocieron un freno tras la ola de denuncias a tanto sexismo en su versión más pueril. Léo, en tanto, parece pasivo ante esos descargos. Es más, luego de la primera manifestación, es como si se sintiera en la necesidad de buscar o experimentar más de eso. ¿Tratamos con una real conciencia autocrítica o pura vanidad por querer buscar el perdón o la redención? Uno de los mejores mensajes de esta película es para cuando el protagonista consulta a una de sus antiguas amantes si la hizo sentir mal en algún momento. Esta parece responder: “Lo mío es lo mío, lo tuyo es lo tuyo”. Es decir, cuando pensábamos que estábamos ante un hombre que dentro de lo contado parecía lo más decente de su generación, lo ponen al descubierto como alguien que todavía cree ser el centro de todo. Es el ego de una vieja intelectualidad masculina francesa que todavía se remueve en su conciencia o sus entrañas. Y así se la pasa Léo, siendo juzgado por distintas mujeres, hombres e incluso ficciones —a propósito del rodaje a una secuencia que se inspira en él— y él escuchando con poca queja.

Nicolas Pariser nos plantea a un personaje que parece tener más deseo de aceptar que de contradecir. Y esto deviene a cierto ánimo de conformismo, derrotismo y hasta cansancio, más allá del querer recomponerse moralmente hablando. No olvidemos que estamos tratando con un sujeto que está de salida. El típico burgués que solo espera a desaparecer, consciente de que su época no solo ya no existe, sino que además no caminó de manera correcta. Es como el aristócrata durante la Revolución francesa que le tocó agachar la cabeza cada que veía cómo la de sus compañeros rodaban en la plaza pública. Me gusta que Un peu avant minuit no sea la típica historia de un hombre que se convierte en aliado de una revolución. Decide atender a un sujeto real o cotidiano. A propósito, aquí la revolución del #MeToo parece haber cumplido su temporada y ahora se acerca una nueva revolución. La película se pasará hablando de una purga machista, sin embargo, el trasfondo nos describe a una Paris alerta al ascenso de la ultraderecha. La represión pisa los talones de jóvenes activistas, pero estos no se amilanan y atacan por distintos flancos. Esta es una película que también hace relato sobre una revolución en tránsito, defensores de la igualdad siguen ahí, solo que esta vez la causa se orienta a un nuevo terror que invade Paris, Europa, el resto del mundo. Mientras tanto, los que deciden no cambiar o tomar acción, serán los eternos espectadores, al menos hasta lo duren.

jueves, 14 de mayo de 2026

Cannes 2026: Blaise (Acid)

Basada en el cómic de Dimitri Planchon y que tuvo su adaptación en una serie animada, Blaise (2026) es un satírico retrato a un retraído adolescente, que lleva el mismo nombre del título, y su disfuncional familia en una Francia cómicamente desvergonzada. Dirigida por el mismo Planchon y Jean Paul Guigue, esta historia está sostenida por una artillería burlesca que fascinaría a los consumidores de una sitcom. Aquí los complejos, prejuicios, traumas, desde los íntimos hasta los públicos, convergen en distintos escenarios. Si bien esta historia se obsesiona por seguir a los tres miembros de una familia, lo doméstico es apenas un ala de este universo. El mundo escolar, laboral, social y político forman parte de una normalidad anormal. El muchacho Blaise solo quiere seguir siendo un introvertido más, pero a fuerza de su madre se verá relacionado con una joven mayor que él, aristócrata e hija de un influyente empresario vinculado con altos cargos del Estado. En paralelo, la pareja tendrá fantasías de militantes radicales sin una causa clara o hasta diría absoluta. Así como varios de los actos que realizan los personajes, ellos simplemente actuarán por instinto.

A diferencia de Los Simpsons y sus similares, Blaise no tiene interés en siquiera asomar una lección o moraleja. Acá mientras más lecciones no aprendidas sumen, suma el atractivo de los actores. Estamos ante un relato que navega por el humor negro, lo absurdo e irreflexivo. Incluso la tragedia es motivo de burla y razón para seguir haciendo las cosas mal. Definitivamente, no es apto para niños, pero tampoco me atrevería clasificarlo como una “animación para adultos”. Tiene las referencias, aunque está muy lejos a comportarse como un South Park. Más me recuerda a un arquetipo de King of the Hill, a propósito de una animación falsamente desabrida, solo que con ese humor socarrón que le hacía falta a la serie estadounidense. Ese acartonamiento gráfico se integra a la perfección al discurso irónico. Es una película que cumple con el disfrute y su dosis de crítica a un sistema social basado en la hipocresía, la insistencia de una sociedad por “corregir” una inocencia que se verá corrompida al verse forzada a seguir las dinámicas del juego social.

jueves, 18 de septiembre de 2025

Fantastic Fest 25: The Piano Accident

La creatividad inagotable de Quentin Dupieux nos lleva en esta ocasión a una situación más orientada a lo real, aunque no por eso deja de ser otra de sus fábulas absurdas. L’accident de piano (2025) tiene como protagonista a una particular influencer refugiándose en un chalé tras un “accidente”. Ahora, gran parte del largo de esta película se alimentará de esa incógnita: ¿qué es eso tan grave que le sucedió y que una periodista usará como chantaje contra la famosa? La autodenominada Magaloche (Adéle Exarchopoulus), en tanto, pasará de un estado de indiferencia propia de su personalidad apática a una inquietud sombría. Acá el comportamiento y posterior reacción de la protagonista será responsable de los puntos dramáticos del relato que, ciertamente, no rompen con la lógica, pero sí que hacen afrenta al razonamiento civilizado. De ahí por qué Dupieux no deja de coquetear con lo absurdo. Este es un director que expira sátira y para generarla solo tiene que darle una ojeada a nuestra realidad minada de incoherencia y falta de razonamiento, escenario que incluso ha reconocido que los productos definidos por esos defectos tienen un valor monetizable. Magaloche en un plano es amada, pero en otro, uno coherente, es solo una demente que explota una discapacidad.

L’accident de piano toca temas sensibles, aunque lo expresa de manera que logra esquivar la cancelación. Su personaje principal está inspirada en la serie de culto Jackass. Magaloche crea contenido autoinfringiéndose daño. Unos dirán, es un tributo a ese grupo de comediantes. Otros, es una dura crítica a una generación desadaptada. El hecho es que hasta cierto punto esta fascinación por ser violento contra el propio cuerpo pasa a segundo plano para cuando vayamos conociendo de cerca a quien lo ejecuta. ¿Es posible que los actos bizarros que publica Magaloche en las redes sociales sean menos perturbadores respecto a la misantropía que la define? Estamos ante un personaje detestable. Es una simulación al tipo de persona que describiría una comunidad que odia a los influencers. Magaloche tiene una enfermedad congénita que le evita sentir dolor, entonces es como si esa condición la hubiera inculcado a creer que el resto de las personas tampoco siente dolor, emocionalmente hablando. La falta de empatía soslaya en esta mujer que ha generado paradójicamente mucha empatía ante el público a partir de su falta de dolor. L’accident de piano dialoga con mucha ironía respecto a cómo es que la sociedad digital ha demarcado unos gustos y demandas que se contradicen con el discurso de la corrección política que tanto se ventila.

miércoles, 21 de mayo de 2025

Cannes 2025: Dandelion's Odyssey (Semaine de la Critique)

Luego de sobrevivir a una catástrofe, cuatro hermanitos iniciarán un viaje sin rumbo en busca de un nuevo hábitat. Esta película trae spoiler si nos ponemos a pensar en las varias de las producciones estadounidenses destinadas para el público familiar que acontecieron entre la década de los 80 y los 90. Desde The Land Before Time (1988) hasta Homeward Bound: The Incredible Journey (1993) han sido diversas películas que han retratado historias de personajes obligados a emprender una arriesgada aventura consecuencia de un giro trágico. Es como una road movie solo que a pie. Al igual que dicho género, aquí también los personajes aprenden en el camino fruto de los retos que vayan experimentando o las riñas pasajeras que tienen entre ellos dado que cada uno tiene una personalidad distinta a los otros. Eso es más o menos lo que se representará en la ópera prima de la japonesa Momoko Seto. Con ello y todo, Planetes (2025) es una película atractiva y hasta original. Desde los primeros minutos, sabemos que estamos ante algo alucinante. Lo dicho anterior es algo que se percibe para cuando ya estás familiarizado con la historia. Sin embargo, su principio parece decirnos que estamos ante un documental animado que nos acerca a la naturaleza de manera que nos obliga a maravillarnos con lo que supuestamente nos debería resultar cotidiano.

Hecha la presentación, aparecerán los hermanitos de esta historia: cuatro filamentos de un diente de león. ¿A quién se le hubiera ocurrido? Planetes no solo se da la libertad de “humanizar” a estas semillas volantes —específicamente uno tiene una curiosa personalidad—, sino que además se impone el reto de no generar diálogo. Vuelvo a lo documental. Pienso en las películas de Ron Fricke y Godfrey Reggio, ambos directores que se olvidan de ponerle voces, contexto o historia a sus documentales para que lo visual y auditivo —siempre de la mano del espectacular montaje— sean únicos motores que logren enganchar al espectador a lo largo de sus “enmudecidos” relatos. Claro, la película de Momoko Seto no tendrá la banda sonora a nivel de un Philip Glass, pero eso no la hace menos estimulante y experimental. Planetes es un primerísimo plano a la vida microscópica. Es el momento del mundo vegetal y el de los insectos. Es como Honey, I Shrunk the Kids (1989) tras beber un trago de alucinógenos. Esta alucinación incluirá una serie de sonidos que por momentos estremecerán los sentidos. Es la realidad fílmica que imaginaron varios cineastas experimentales como Jean Cocteau o Stan Brakhage. Pero sería injusto relegar su trama. A propósito, es curioso —y hasta casi perverso— que, a diferencia de sus referentes de aventuras, aquí no sufrimos tanto con la dramática migración de los hermanitos. En su lugar, disfrutamos y recordamos lo maravilloso y complejo que es el tránsito de la vida.

martes, 20 de mayo de 2025

Cannes 2025: Wild Foxes (Quinzaine des cineastes)

La exigencia anímica de la competencia deportiva pone contra la pared a Camille (Samuel Kircher) justo cuando se encuentra en su momento más vulnerable. La Danse des Renards (2025) relata la historia de una joven promesa del boxeo flaqueando ante su equipo. Todos comienzan a cuestionar su resistencia física, así como su compromiso para con el grupo. La presión asediará al protagonista y entonces las cosas comenzarán a salirse de control. El director Valery Carnoy nos expone un drama orientado por un conflicto interno, un dolor que es imperceptible para cualquiera, salvo para quien lo experimenta. Su idea es imaginarse la posibilidad de que sea un adolescente quien cargue con ese peso. Una persona que, ciertamente, no tiene la madurez o la fortaleza emocional para evacuar eso que le resulta incontrolable. Pero hay más presiones. Estamos tratando también con alguien que se dedica al boxeo, lo que implica una escena que demanda resistencia en toda su amplitud, saber lidiar con los roles masculinos y los impulsos volátiles de sus compañeros. Todo eso no resultaría intimidante de no ser porque Camille se encuentra transitando un postrauma.

Luego de mostrarnos las buenas aptitudes del protagonista para con el deporte en cuestión, vemos a este mismo joven sobreviviendo de milagro a la muerte. La Danse des Renards plantea de esa forma un antes y un después. Existe un Camille antes del accidente y otro muy distinto luego de ese. Ahora, es importante también concientizar sobre cómo el “otro” Camille creará un desorden dentro de su círculo de boxeo, y no solo para con sus compañeros de entrenamiento, sino para otros personajes que interactúan con él. A propósito de ese accidente/milagro, se provoca una reacción en cadena. Surge así la pregunta: ¿es acaso Camille culpable de las consecuencias? El juzgarlo implicaría juzgar su mala fortuna, aquella de la cual nadie está libre. Le pudo haber pasado a cualquier otro miembro del equipo, pero sucedió con la promesa. Valery Carnoy, sin embargo, no tiene en mente hacer que sus personajes se vayan enderezando en su camino fruto del aprendizaje o estado de conciencia. Aquí las cosas parecen ir cayendo por su propio peso. Por ejemplo, el tratamiento psicológico, tan mencionado en la película, nunca acontece. La Danse des Renards me suena más como una alarma. Esto es lo que pasa cuando el postrauma no se orienta y más aún tratándose de un adolescente y todavía en un espacio enérgico e impulsivo. Es como un zorro huyendo de una cacería.

lunes, 28 de abril de 2025

XIII Festival de Cine Francés: Little Girl Blue

Tras el suicidio de la escritora Carole Achache, la directora Mona Achache se obsesionará con revisar los antecedentes de su madre. Para ello, convocará a Marion Cotillard a fin de delegarle la tarea de reencarnar a la fallecida. Little Girl Blue (2023) es un documental en donde la autora le traspasa su obsesión a la actriz. Lo que veremos entonces es la transformación de Cotillard a Achache y cómo en el proceso de paso se expone el registro doloroso y reprimido que cargó la desaparecida intelectual. Mona se valdrá de fotografías, grabaciones, cartas y toda la producción literaria de su madre. Ello será suficiente abastecimiento de información para que Cotillard regrese a la vida a Carole y de esta forma la hija pueda visualizar con claridad, comprender con cabeza fría, el porqué su madre llegó a tal decisión de terminar con su vida. Ahora, este documental que coquetea con la dramatización lo valoro más bien como un documental neto. Más allá de entender los monólogos como un registro ficcionalizado, lo contemplo como el registro documental de una actriz de método dándole forma a un personaje. Little Girl Blue es interesante y educativo para los actores y actrices en formación. Ver a Cotillard despojándose de su identidad hasta apropiarse completamente de alguien ajeno que en la actualidad es solo memoria, es casi como un acto milagroso que consta en etapas, ceremonias, intentos fallidos, repaso tras repaso. Es la compleja reconstrucción de un ser.

En paralelo, Little Girl Blue es un retrato sórdido de la vieja intelectualidad francesa que desboca a un mensaje de denuncia social y de género. A propósito de la indagación a la biografía de la escritora, es que se descubre una tradición del abuso sexual y mental contra los menores por parte de una intelectualidad consagrada. Este documental le da un vistazo a una temporada ambigua. Durante la década del 60 y 70, Francia transita por una nueva época dorada de autores procedentes de la filosofía, la literatura, el cine y más sendas humanistas. Vemos en ese contexto a una infanta Carole Achache extasiada con compartir tiempo con los colegas de su madre, la también escritora Monique Lange. Pero es en ese mismo escenario fanático que también nos enteramos del secuestro de su inocencia. La manipulación y la explotación de su identidad, por ejemplo, a manos de Jean Genet, reconocido artista multifacético de la época, autor de Un chant d’amour (1950), un cortometraje homoerótico de culto. He ahí la raíz de la respuesta que busca la directora Mona Achache, la misma que capaz también buscó en su momento su abuela Monique, quien escribió una novela sobre su relación con su propia madre. Aquí un detalle clave e inquietante. No solo estamos ante una tradición de mujeres víctimas de una intelectualidad corrupta y caníbal, sino que además de una tradición de mujeres asistiendo a la producción artística, sea a través de la prosa o la imagen, como medio de depuración de sus traumas y reconocimiento de su linaje e identidad propia mancillada.

XIII Festival de Cine Francés: El consentimiento

Del 1 al 11 de mayo va en Lima y provincias el Festival de Cine Francés.

El caso de abuso sexual infantil expuesto por la directora Vanessa Filho es un retrato descarnado que, curiosamente, no se sirve de la explotación gráfica. Aquí lo más perturbador deviene de una negligencia colectiva y que de hecho está en un segundo plano de la agresión en cuestión. Tan solo a principio, creemos que el mancillamiento a una niña ha sido únicamente por efecto de la verborrea de un profanador de menores y el fervor que la agraviada tuvo hacia una intelectualidad digerida como una fantasía romántica. Por un lado, un hábil y cínico escritor usando la palabra como método para atrapar y castigar a su presa. Por otro lado, el fanatismo hacia la literatura poniendo en desventaja a la joven Vanessa (Kim Higelin), quien imagina que todo lo que deviene de ese entorno es benevolente para su intelectualidad y la formación de su personalidad. Lo primero es un rasgo convencional y capaz el precedente más objetivo en casos de abusos. Lo segundo es menos notorio, pero no por eso menos frecuente. Demasiado son los hechos de menores siendo persuadidos de mano de sus aficiones, siendo varias de naturaleza inocente. Ahora, lo que interesa de El consentimiento (2023) es que decide evaluar el problema desde una perspectiva que atiende a una responsabilidad que en la última década se ha venido concientizando. ¿Hasta qué punto la comunidad puede ser parte del problema?

Vanessa es una niña con antecedentes de una familia disfuncional: un padre ausente y una madre alcohólica. Entonces, qué pasa si a esta seudofamilia la insertamos en una comunidad que toma por algo normal el degenerar a un menor de edad. Estamos hablando que Vanessa peligra, y más aún cuando se le ha enseñado a romantizar a esa comunidad de intelectuales de libre pensamiento. Obviamente, eso de la libertad es muy amplio y ambiguo, algo que la inexperiencia de la niña será incapaz de mediar y mucho menos cuestionar de ser necesario. El consentimiento es la historia de un abuso “consentido”. Definitivamente, nace un dilema moral si se la analiza de una manera arcaica. El abuso sexual, hoy en día, no se reduce únicamente al acto de poseer el cuerpo ajeno con violencia. Está también el acto violento de imponer un pensamiento adulto sobre el de un infante. Entonces, ya no solo se trata del agresor, sino también del consentimiento que nace de los testigos, desde la madre hasta el público sin ningún tipo de vínculo hacia la víctima. Vemos cómo, en cierta forma y en distintos niveles, estos “ajenos” al problema dan licencia o incitan al violador a continuar con sus fechorías. Esta es una película muy violenta dado que no hay evidencia de alguien que sea capaz de terminar con ese continuismo, y, de hecho, la elipsis de esta historia ratifica esa tragedia.

jueves, 7 de noviembre de 2024

10 Semana del Cine ULima: El reino

El principio de la ópera prima de Julien Colonna parece describirnos que estamos ante una coming of age. Lesia (Ghjuvanna Benedetti) es una adolescente que disfruta sus últimos días de vacaciones antes de retornar a la escuela. Las fiestas, las visitas a la playa y el descubrimiento sexual forman parte de su calendario diario. Esta agenda se cancelará abruptamente para cuando una moto la recoja sin previo aviso y la traslade a pasar unos días con un padre en estado de clandestinidad. El reino (2024) es la historia de una joven reconociendo un escenario que contrasta con las demandas de una chica de su edad. Muy a pesar, lo que veremos no deja de responder a la realidad en donde reposa su linaje, una feroz tradición a la que capaz la protagonista se adapta con naturalidad. De ahí los primeros minutos de la película, secuencia que además de augurar el sino de Lesia, puede ser interpretado como una suerte de ritual de iniciación al mundo de la camorra. Esto es importante si es que lo comparamos con una frase recurrente que pronuncia la muchacha cada que empuña un rifle de caza. Este es un relato sobre la corrupción, el ver o hacer cosas que tal vez no quieres, pero es necesario hacerlas porque los “tuyos” lo hacen. Estamos ante un entorno sostenido por un adiestramiento insidioso y progresivo que habitualmente no expone otras alternativas. Queda entonces ceder o asistir a la conciencia moral a fin de cuestionar el alrededor.

Pienso en A Chiara (2021), de Jonas Carpignano, una película en donde una adolescente comienza a concientizar el oficio familiar. El tránsito de la niñez a la adolescencia no es dulce cuando te encuentras en un entorno violento. Tanto las protagonistas de Colonna y Carpignano, reconocen que sus padres son cabezas de mafias. Surge así dos reacciones. Caso en la película de Carpignano, vemos un conflicto moral en proceso. Caso en la historia de Colonna, vemos un gesto de complicidad. El reino, por encima de ser un retrato criminal, es la historia de una relación padre e hija. A medida que reconocemos a un grupo del crimen organizándose con disciplina y exigencia, vamos siendo testigos también del fortalecimiento de una relación obstruida por las rutinas de una mafia. De pronto, el que la niña sea ahora adolescente, facilita de que la hija comprenda la ausencia del padre y de paso acepte cómo funcionan las cosas. Dicho esto, es que comienzo a percibir la posibilidad de que se pasa por paños tibios esa realidad que convulsiona a un presente. Contexto: esto sucede en Córcega, hoy una isla en donde se mezcla la cultura francesa e italiana, foco del turismo y la diversión, pero también es arena de mafias pugnando por el poder. El reino nos refiere a ese escenario en los 90, en tanto, su cierre deja un sabor de un drama familiar que aparta ligeramente a la reflexión social o el cuestionamiento moral, algo que, por ejemplo, sí percibo en Le Mohican (2024), de Frédéric Farrucci, película que objetivamente concientiza los efectos de una tradición que aparenta ser irrefrenable.

lunes, 2 de septiembre de 2024

Venezia 81: Le Mohican (Orizzonti Extra)

La referencia a la novela canónica de James Fenimore Cooper no es gratuita. “Eres como el último mohicano”, le dicen a Joseph (Alexis Manenti) sin saber que ese mote sería vaticinador. Le Mohican (2024) acontece en la actual Costa de Córcega, escenario de amplitud turística, pero que en un pasado fue territorio netamente rural. Es en esa realidad que Joseph, el último de los criadores de cabras, se convierte en un sujeto exótico dentro de su escenario natural. En tanto, el que se niegue a vender su terreno, que bien podría transformarse en un próspero sitio turístico, lo convierte en un saboteador para sus enemigos, aunque también en un emblema de resistencia para sus similares. Es a partir de esta premisa que el director Frédéric Farrucci se anima a hacer un comparativo de su relato con la novela El último de los mohicanos. Aquí estamos tratando también con un espacio reclamado por comunidades “extranjeras”. Colonizadores procedentes de la ciudad se han sitiado en estas tierras francesas. Fruto de ello, han transgredido no solo el ecosistema, sino que también las normas y tradiciones de esta costa. A propósito, lo que se describe no está lejos a un escenario western. Consecuencia del negocio de la expropiación de lotes, es que los locales se sienten en tierra de nadie. Las mafias de terrenos están asociadas con las autoridades y por eso tienen bandera blanca para tomar lo que mejor les plazca. En ese sentido, Joseph es un equivalente a uno de los tantos héroes del viejo oeste, quien tendrá que luchar si quiere conservar lo que es suyo.

En cierta perspectiva, al igual que el mohicano de Fenimore, el de Farrucci reconocerá un aliado foráneo. Su sobrina Vannina (Mara Taquin), la joven “de paso”, será su socia. Así como en los westerns, especialmente el de las colonias seminales en EE. UU., la transcendencia de los valores responde en gran medida a los fuertes vínculos sanguíneos o tradicionales. Curiosamente, son apenas unos minutos que veremos a Joseph y Vannina juntos. Lo resto es una conexión casi instintiva. El tío luchando por sobrevivir ante una persecución emprendida por una mafia. En tanto, la sobrina haciendo lo que tiene que hacer, tomar la posta del “rancho”. Ahora, definitivamente, no estamos tratando con un territorio arcaico. Mientras que los colonizadores europeos trajeron la pólvora a América, la joven sobrina proveerá las ventajas de las fuentes digitales. Saldo de ello, “el mohicano” no solo reconocerá el apoyo de extraños, sino que además será mitificado desde las redes sociales. Le Mohican si alinea a una serie de producciones francesas recientes que alientan la concientización del rescate del mundo rural, ello en complicidad con las nuevas generaciones. De pronto, la vitalidad y las políticas progresistas de los jóvenes puede servir de freno para la extinción de todo un imaginario. Algo similar que pretendió James Fenimore Cooper al escribir El último mohicano, quien más bien pensó había hecho aporte de una cultura desaparecida. Obviamente, se equivocó. Todavía quedaban mohicanos. Este fallo parece replicarse en Le Mohican.

sábado, 31 de agosto de 2024

Venezia 81: Mon Inséparable (Orizzonti)

Una grieta se manifiesta en la relación entre una madre y su hijo para cuando este último inesperadamente se convertirá en padre. Mon Inséparable (2024) es el retrato de una dependencia emocional en plena crisis. Mona (Laure Calamy) reparte su tiempo como madre y como hija. Por un lado, está pendiente de Joel (Charles Peccia), su único hijo, un adulto con discapacidad intelectual. Por otro lado, aunque con un aire pesimista, la protagonista no deja de asistir al hospital a visitar a su madre, quien se encuentra en estado vegetal. Sin una intención de generar un drama gratuito, la directora Anne-Sophie Bailly desde un principio decide enfrentar a su personaje principal a dos escenarios, dos realidades que ponen en contraste o balance el estado anímico de la mujer. Cuando Mona piensa en su madre, parece como si se anticipara a lo peor. Es como si fuera consciente de que su personalidad emocionalmente dependiente no estuviese preparada o simplemente no resiste a esa angustiante situación. Para su alivio, ahí está Joel. El hijo, ciertamente, pone en equilibrio la pesadumbre de Mona. El hecho es que ese equilibrio tiene que ver en cierta forma con la condición de Joel. De pronto, la discapacidad del primogénito, desde el punto de vista de la madre, se convertirá de manera inconsciente en un aval que asegurará esa estabilidad emocional que Mona necesita. He ahí el conflicto de este drama.

Mon Inséparable relata la historia de una mujer que va siendo víctima de la incertidumbre. Joel se había estado relacionando con una compañera de su trabajo y fruto de ello la joven ha salido embarazada. Mona no solo está a punto de perder a su madre, sino también a su hijo. Es a raíz de ello que la protagonista expresará un perfil ajeno a su círculo íntimo, capaz un efecto de la desesperación, que implica la urgencia de encontrar el refugio o sostén que precisará para cuando no cuente con el apoyo emocional de su inseparable hijo. Así como tantos dramas de adolescentes que optan por descarriarse al verse enfrentados a una realidad que les exige una madurez que no poseen, la película de Bailly nos presenta a una persona que al igual ha perdido su brújula. El que Mona recurra a los brazos de un nuevo amante, más allá de verse como un acto por comenzar a pensar en que no ha atendido a sus necesidades personales, es interpretado como un gesto por escapar de esas realidades que no está preparada a confrontar o, respecto al caso de su hijo, simplemente nunca pensó sucedería. Al respecto, Mon Inséparable nos orienta a reflexionar respecto a dos problemáticas hoy en día emergentes: la concientización de que las personas discapacitadas han sido históricamente limitadas y subestimadas por las normas sociales y el derecho al amor propio al margen del rol, género o edad con un fin de rebatir la dependencia emocional. En tanto, el conflicto planteado por Anne-Sophie Bailly obligará a su protagonista a superar o asimilar esos nuevos vientos.

martes, 4 de junio de 2024

XV Festival Al Este: Disco Boy (Competencia Primera Línea)

La problemática del migrante se conecta con la crítica al colonialismo en este drama orientado por lo místico. Aleksei (Franz Rogowski) arriba ilegalmente a Francia, trayecto que asumirá para alistarse en la Legión Extranjera francesa y así ganarse un pasaporte francés. Jomo (Morr N’Diaye) es un líder guerrillero del Níger que lucha contra las compañías petroleras que empobrecen a su país. Disco Boy (2023) es la historia de dos vidas que, a pesar de abrazar una similar fantasía, siguen derroteros distintos. Tanto la migración como la lucha contra el colonialismo desembocan en la búsqueda de la independencia del individuo que la ejerce. Definitivamente, Aleksei ha decidido que esa la obtendrá por medio de la carrera militar, oficio que te entrena mediante la violencia física y mental, y te obliga a ser parte de una ofensiva contra un país subdesarrollado como Níger. En tanto, Jomo, en medio de la selva, responde qué hubiera sido de él de haber nacido en un país libre: “Sería bailarín”. En otras palabras, de tener la alternativa, Jomo asumiría su cuerpo como única arma para expresar su libertad. El baile entendido como un acto de liberación, expresado desde lo físico como lo espiritual. ¿Por qué no podría hacer eso Aleksei? El director Giacomo Abbruzzese nos adentra en este relato lleno de misterio, en donde el joven migrante aprenderá a reconocer su libertad desde la mirada de aquel hombre que se vio obligado a tomar las armas porque no supuso alguna otra salida en medio de sus circunstancias.

Ante todo, Disco Boy es una película que polariza los escenarios en cuestión. Si bien la rutina del legionario y la del guerrillero son agresivas, una es profundamente insidiosa, mientras que la otra no frustra las expectativas románticas. Las prácticas de Aleksei como parte del entrenamiento legionario me recuerdan a ciertas secuencias de Beau travail (1999), de Claire Denis. El legionario no solo es adiestrado de manera extenuante a sobrevivir y destruir, sino también a odiar a un enemigo. En tanto, Jomo y los suyos fuerzan un rol tosco con el fin de no ser subestimados ante sus enemigos, pues cuando este no los mira comienzan a bromear o a soñar con el pacifismo. Es a raíz de esto que surge ese lado mágico de la película. Entonces me acuerdo de la argentina Jesús Lopez (2021). Ahí el director Maximiliano Schonfeld nos cuenta la historia de una transfiguración. Un hombre siente una gran admiración por otro. Eso será suficiente para que el protagonista se convierte en una especie de “huésped”. De pronto, su cuerpo será un canal para que un sujeto digno de veneración pueda reencarnar, saldar sus cuentas o incluso pueda ayudar a construir la identidad de su anfitrión. Esta relación se remeda en las vidas de Aleksei y Jomo. Pero hay algo adicional. Si bien Jomo tiene algo que Aleksei precisa para reorientar sus roles o reconstruir su identidad, Aleksei goza de esa realidad que no le tocó vivir a Jomo y, por tanto, le privó de esa fantasía que imaginó un día. Disco Boy es una película sobre dos personas encontrándose y ayudándose mutuamente a alcanzar su independencia o libertad, tanto física como espiritual.

lunes, 20 de mayo de 2024

Cannes 2024: Block Pass (Semaine de la Critique)

Willy (Sayyid El Alami) y Jojo (Amaury Foucher) son dos amigos inseparables. Tal vez su conexión nació por la pasión hacia el motocross. Jojo es uno de los favoritos en conseguir el triunfo en una importante competencia dentro de su comunidad; mientras tanto, Willy es su animador más apasionado. La Pampa (2024) inicia con una prueba de fuego. Jojo cruzará una vía de doble sentido a toda velocidad desde su moto. Willy intenta frenarlo, pero su compañero sigue su instinto. En cierta perspectiva, esta secuencia predice lo que pasará en esta historia. El director Antoine Chevrollier, por un lado, nos presenta el caso de un vínculo amical férreo, y, por otro lado, el peligro al que se expone cuando alguien sigue su naturaleza. No estamos ante un coming of age, sino un drama enfocado a un conflicto en específico. Jojo tiene una relación clandestina con otro hombre. Gran dilema tomando en cuenta estamos inmersos en un escenario conservador y porque la persona en cuestión es una inesperada. Willy, accidentalmente, será testigo de ese idilio. A partir de ese momento, será amigo y cómplice de un secreto. Esta es una película con un aliento esperanzador en medio de tanta exhalación putrefacta, pues seremos testigos de cómo la decencia y el respeto se empodera, mientras que la hipocresía y la ignorancia se hunden en el fango.

La Pampa es una historia con una conciencia ejemplar. La amistad se perfila como un don que repele todo tipo de ofensas. Willy tranquilamente podría ser vulnerado o persuadido a traicionar a su amigo, sin embargo, este se mantiene dentro de su compromiso. Ahora, esto no solo se basa en un acto por remunerar el aprecio hacia alguien. Willy manifiesta pensamientos o comportamientos que lo separan, por ejemplo, a esos otros amigos no dignos de seguir. Este es un personaje con una base moral firme. Su orientación está guiada por sus sentimientos, razón y solidaridad. Para la última parte de la película, Willy parece actuar no mediado por sus deseos, sino por los ajenos, aquellos que rinden culto a esa amistad que tanto aprecia. Es una persona con cierto aire de abnegación. Algo que, curiosamente, contrasta con su otro perfil, aquel que manifiesta en la intimidad de su hogar. La Pampa divide su película en dos dramas: la que enfrenta Jojo públicamente y la que enfrenta Willy en casa. Este segundo resulta convencional respecto al primer drama. A pesar de que ambas situaciones tienen un protagonismo equilibrado, no se gesta una atracción igualitaria. Willy como el hijo rebelde a causa de un luto no superado se me hace artificioso, un complemento secundario como lo es su relación “situacional” con una muchacha.

domingo, 19 de mayo de 2024

Cannes 2024: The Story of Souleymane (Un Certain Regard)

La nueva película de Boris Lojkine se empalma con Hope (2014). Su ópera prima fue una de las obras cinematográficas que inauguró una nueva mirada realista al dramático tránsito de las comunidades africanas rumbo a Europa mediante una vía ilegal y hostil. Era un viaje de supervivencia adoptando un registro del cinema verité, un tour de force que empoderaba la obstinación de sus protagonistas por alcanzar una meta tal vez idealizada. L’histoire de Souleymane (2024) es una extensión al drama de la comunidad migrante, la cual descubre en la “meta” otra odisea, aunque también con ciertos gestos de aliento. Souleymane (Abou Sangare) cuenta con un par de días para memorizarse una biografía que no le pertenece, fuente que podría servirle de sustento para ser aceptado como un refugiado en la nación francesa. Pienso en el cine de los hermanos Dardenne. El estilo narrativo, además del argumento, infieren un trayecto a contrarreloj. El protagonista tiene mucha presión sobre los hombros. Mientras que repasa mentalmente el guion de su falsa biografía, tiene que lidiar con el tránsito parisino y la impredecible reacción de la gente que conoce como repartidor a delivery, labor que desempeña para un explotador que no le reconoce su paga desde hace días, ello a pesar de que urge del dinero para cancelar al asesor que le está ayudando con su próxima cita en el OFPRA (Oficina Francesa de Protección a los Refugiados y Apátridas). A esto suma el ritmo que implica vivir en un albergue y los dramas personales que dejó en su natal Guinea. Estamos hablando de una exigencia física como mental.

Ahora, Souleymane, a diferencia de los personajes de los Dardenne, no tiene el arranque para defenderse. Pueda que sea su personalidad o el efecto de un estado de alerta producto de su condición de ilegal, algo que le demanda pasar desapercibido o, en otras palabras, le generará desventaja frente a ciertos. Ello es lo que estimula el dramatismo y la expectativa en esta película. ¿Habrá descanso para Souleymane? ¿Conseguirá su permiso como refugiado? Pero hay otra interrogante en el aire: ¿quién es Souleymane? Lojkine nuevamente establece una cercanía de corta distancia con su protagonista. El espectador le seguirá los pasos muy de cerca. Tendrá una mirada privilegiada. Observará su rostro incómodo, su andar dubitativo, oirá el traqueteo de su lesionada bicicleta. De igual forma, sabremos que tiene una madre enferma y una chica a quien quiere, ambas en Guinea. Pero no hay más. L’histoire de Souleymane es un título irónico. La película empieza con la voz en off del protagonista diciendo que era un militante político hostigado por el estado de su nación. Así conocemos a Souleymane, mediante una historia ajena, y no desde su propia historia. De esta sabemos poco y podemos completarla haciéndonos idea en base a otros antecedentes fílmicos o verídicos. Boris Lojkine realiza un relato sobre una identidad cancelada a conveniencia por miedo al rechazo y la deportación. Temor a que no le vayan a creer su versión de los hechos, una realidad que es cotidiana en su país, pero puede interpretarse como ficticia desde los oídos occidentales.

viernes, 17 de mayo de 2024

Cannes 2024: Holy Cow (Un certain regard)

A primera impresión, pareciese una de las tantas historias sobre un adolescente que deberá sentar cabeza consecuencia de una tragedia. Totone (Maiwene Barthelemy) se la pasa de lo lindo mientras las responsabilidades recaen en su padre. Esto cambiará para cuando un accidente deje huérfano al protagonista y su pequeña hermana. Si bien se abre el telón para una historia dramática que podría predecir el toque de fondo de alguien que no está preparado para enfrentar su nueva vida, la directora Louise Courvoisier decide en su lugar desmentir de inmediato esa posibilidad al descubrir una senda que bien podría enderezar a su personaje. Vingt dieux (2024) es una película de mirada optimista, casi romántica tomando en cuenta el escenario o las circunstancias. Estamos en una comunidad rural francesa. Este es el caso de todavía un menor de edad cargando tremenda responsabilidad en un espacio de granjeros y productores, tanto chicos como grandes. A esa realidad, se le suma lo difícil que es conducir un oficio tradicional achicado por la producción industrial. Muy a pesar, esta ópera prima decide no pensar al respecto, sino contemplar un campo visual en donde la producción artesanal es posible, remunerable y hasta valorada. Dicho esto, no trataremos con una película dramática, sino inspiradora, ello a propósito de un emprendimiento.

Vingt dieux es una película que todo estado que goza de una comunidad que depende de la producción rural debería de ver. Aquí la gran fuente es el queso, pero este alimento podría suplirse por alguna planta o cualquier otro producto procesado bajo métodos tradicionales, aquellos que no demandan de toda una movida industrial. Sucede que Totone, luego de fracasar en una y otra cosa producto de su inexperiencia frente a su rol de “adulto”, observará en la producción de queso artesanal su oportunidad para salir de tanta incertidumbre. Él está decidido a concursar en una selecta competencia de quesos a fin de hacerse con un jugoso premio compuesto por muchos euros. Solo tiene que hacer un queso, su propio queso. ¿Qué tan difícil puede ser? Vingt dieux se convierte así en un tutorial para principiantes de producción de queso comté. Ahora, no es que se nos dispondrá una receta básica para hacer queso. La idea de esta película es que la historia de Totone sirva de modelo inspiracional para jóvenes generaciones sin miedo al emprendimiento. Eso está genial. Es como si el emprender fuese un nuevo “yoga” para que adolescentes reconozcan una pasión, dejen la vagancia y maduren en distintos sentidos. Pero hay algo también muy importante. Louise Courvoisier se interesa en que se rescate una sabiduría: el proceso de queso artesanal. Y como lo señalé líneas arriba, no solo se trata del queso, sino de muchos otros oficios que absurdamente se los asocia a las generaciones muy adultas. Esta película es un freno a la extinción de esos conocimientos.

jueves, 7 de septiembre de 2023

Venecia 80: On The Pulse (Official Selection - Out Of Competition)

Así como All the President’s Men (1976), de Alan J. Pakula, o Spotlight (2015), de Tom McCarthy, la nueva película de Alix Delaporte hace un tributo al periodismo. Ahora, la distinción de esta producción francesa respecto a esas, así como muchas otras similares, radica en que el ejercicio de dicho oficio no se expresa a propósito de un único conflicto. Por ejemplo; en la película de Pakula, somos testigos sobre cómo los esfuerzos de un grupo de periodistas se concentran en los antecedentes que darán como origen al destape del Watergate, mientras que en la película de McCarthy pasa lo mismo solo que el centro de atención son los casos de pedofilia provocados por curas que fueron cubiertos por la archidiócesis de Boston. Es decir; ambas son historias en donde un hecho mueve a un equipo periodístico convirtiendo a sus miembros en figuras comprometidas y apasionadas por un oficio realmente estresante. Por su parte, lo que vemos en Vivants (2023) es más bien el panorama a la rutina energética de un tipo de periodismo, a veces planeado, muchas veces improvisado, asistiendo a un programa de noticias. En ese sentido, no estamos tratando con un espacio periodístico que demanda un único escenario informativo, sino diversos, aquellos que están mediados por la coyuntura, las primicias, el ocio, las convenciones y las modas. He ahí un aditivo de dosis enérgica que se le otorga al oficio, pero que también agrava el efecto agotador, tanto físico como mental.

Vivants inicia con el ingreso de una novata al colectivo periodístico. Gabrielle (Alice Isaaz) hasta cierto punto dejará de ser espectadora de ese nuevo escenario para luego comenzar a asimilar lo aprendido e ir definiendo su propia identidad dentro del terreno. Pienso en el aprendiz de la estupenda Nightcrawler (2014). Aquí el novato sería un equivalente a un simple testigo. Más allá de aprender, sus acciones están reducidas a las direcciones (o exigencias) de su superior reduciéndolo a una suerte de herramienta periodística. Eso no sucede con Gabrielle. Es en una escena en especial en que comienza a brillar por sí sola. Ella ha generado su propia chispa porque ha aprendido la lección de la improvisación y el del punto de vista personal. Pero la película tiene más. No solo se trata de un aprendizaje lucrativo. Vivants atiende también a los efectos secundarios provocados por la responsabilidad de esa labor. Es a partir de ello que se define la figura del héroe. El periodismo, por muy moderno que sea su interpretación, siempre estará asociado a un perfil romántico. Ahí están los dramas personales de los implicados producto de su convenio para con su oficio. En cierta perspectiva, el periodista es un mártir. Este expone su vida, sea en un sentido físico, sentimental o emocional. Vivants me recuerda Deadline USA (1952), de Richard Brooks, de esas pocas películas que muestra a un periodismo diversificado, alentador, vital, pero también ocultando un lado triste y hasta depresivo.

miércoles, 6 de septiembre de 2023

Venezia 80: For Night Will Come (Orizzonti)

My Heart Can’t Beat Unless You Tell It To (2020), ópera prima de Jonathan Cuartas, es una de esas pocas buenas películas de terror que se asocia fuertemente con el drama para narrar una historia vampírica. Aquí el ser una criatura de la noche tiene una asociación igual de trágica y maldita al argumento clásico, solo que en lugar de asentarse en el terreno romántico se manifiesta en un terreno realista. Esa película relata la historia de dos hermanos haciéndose cargo del menor, la “oveja negra”, el maligno, el nacido vampiro por quien se sacrifican. Estamos hablando de un esclavismo muy distinto a la relación entre un Renfield y el conde Drácula. Aquí los guardianes de la criatura, se podría decir, son cautivos por compromiso personal. Ellos no están hipnotizados o a merced de una trampa mental. Estamos tratando con personas asistiendo al “amo” o hermano menor en atención al orden familiar o consanguíneo. Esa situación lo postra a un drama familiar. My Heart Can’t Beat Unless You Tell It To relata la historia de personas que tienen que cancelar su vida normal al estar supeditadas a las demandas del que nació con un estigma. Esto también sucede en En attendant la nuit (2023), solo que su directora no deja de abrazar ciertos patrones románticos. A pesar de que Céline Rouzet menciona su historia como “basada en un hecho real”, hay cierta sensiblería (en un buen sentido) en su historia lo que la aparta de un realismo.

La ópera prima de Rouzet inicia con una familia mudándose a un nuevo barrio. Estos se traen algo entre manos. Por alguna razón, los miembros han pactado recitar la misma excusa para cuando algún vecino les consulté qué los llevó a trasladarse a un vecindario tan alejado del centro de la ciudad. En attendant la nuit tiene un aire a coming of age con esos toques de nostalgia infantil y adolescente. Vemos muchachos de la misma edad vagando, un lago en donde nadan, cervezas, visitas al cine, un amor de verano o quien sabe algo más. En cierta perspectiva, la trama alude a un The Wonder Years. Muy a pesar, hay algo siniestro que oculta esta familia, algo que tiene que ver con la salud Philémon (Mathias Legout), el hijo mayor, un adolescente de rostro pálido y pocas carnes, siempre forrado de ropa holgada, caminando entre las sombras, alimentándose del sol a diario por un tiempo límite, lo suficiente para que…Sí, la trama no te lo cuenta, pero nuestra conciencia cultural (o folclórica) trabaja. Y nuestras sospechas se alimentan aún más para cuando suceden esos pocos momentos en que el muchacho se pierde entre el crepúsculo. Es un personaje sombrío por las noches, pero no nos dábamos cuenta porque a la luz del día es todo lo contrario, alguien solitario y sufriente.
A este punto, podríamos cuestionar de dónde vino esa loca idea de mencionar esta película como una historia basada en un hecho que aconteció. Según declaraciones de la directora, así fue. Su primer largometraje está inspirado en sus vivencias de niña, tiempo en que fue testigo del drama que surgía en su familia, a propósito de la condición de su hermano mayor, la cual lo hacía “diferente” del resto. Dicho esto, En attendant la nuit no está lejos a My Heart Can’t Beat Unless You Tell It To. Ambas historias son dramas familiares. Somos testigos de personas sacrificándose por uno solo. En los dos casos, es un sacrificio perverso el que se ejecuta. Como toda historia vampírica, surge una ambigüedad a raíz de esa acción que los miembros repiten con el fin de mantener aliviado a su miembro “diferente”: ¿Los actos de la familia son un gesto maligno o un acto de abnegación? Esta es una historia que promueve una doble moral o juicio. Es depende de dónde se la vea que pueda resultar infame o dramática. Me acuerdo de Martin (1977), clásico de George A. Romero, película de terror psicológico que piensa en una generación de incomprendidos vistos como los malditos de la familia. Ellos son los monstruos. Eran los 70, tiempos de satanización, miedo y los rezagos de la paranoia. El conflicto devenía de un choque ideológico. Por su parte, el conflicto de En attendant la nuit es causado por un prejuicio hacia lo físico y la personalidad. Céline Rouzet hace su propia versión dramática de una generación de incomprendidos, solo que narrado desde una visión más personal y entrañable.

martes, 5 de septiembre de 2023

Venezia 80: Making Of (Official Selection - Out Of Competition)

Un aclamado director se encuentra rodando lo que sería su nuevo éxito, una película que tratará la historia de una huelga laboral que tendrá una conclusión pesimista. Todo iría bien de no ser porque los productores han decidido presionarlo a cambiar el final del guion con un cierre de carácter optimista. Es a partir de ahí que comenzamos a percibir qué tanto de esa representación ficticia se parece a la realidad de su autor. Making Of (2023) pone a dialogar la creación fílmica con el “yo”. La nueva película de Cédric Kahn nos hace reflexionar qué tan consciente es a veces todo producto creativo. Simon (Denis Podalydes), director aparentemente comprometido con un discurso social y contestatario, tendrá que ceder a los ajustes de sus financistas. Al parecer, la personalidad revolucionaria solo es posible dentro de un escenario ficticio. Mientras que los personajes que creó Simon se la juegan para hacer respetar sus derechos laborales, él se sienta a ver cómo es que sus jefes financieros poco a poco lo acondicionan a las reglas comerciales. Capaz todo empezó para cuando el autor decidió asociarse a esa liga que desde un principio ya le imponía condiciones como la que tal actor famoso debía ser quien asuma el rol protagónico de su película. Ante este caso, Simon no solo tendrá que acoplarse al estilo actoral del mencionado, sino que también deberá aguantar la petulancia que carga el divo. Naturalmente, hay un choque de egos. No solo es lidiar con un criterio artístico, sino también con un tipo de personalidad.

Es consecuencia de esa dialéctica entre la ficción y la realidad que Kahn nos hace notar que el desarrollo de una película no puede reducirse a un debate artístico. Mucho tiene que ver el tema político, especialmente, si se trata del caso de un cine de autor intentando navegar en las aguas de la industria comercial. Simon todavía no ha concientizado que es un empleado más dentro de una enorme fábrica que en cualquier momento puede cambiar las condiciones laborales y salariales del jefe de obra y el resto de los empleados. Dicho esto, Simon verá cómo su gran equipo de filmación será damnificado por el comportamiento volátil de los productores. Queda clara la ironía de la situación. La ficción se ha convertido en una realidad. Simon viviría su propio desenlace dramático si continúa con su ruta autoral. Esa relación ya de por sí crea una meditación interesante; muy a pesar, Kahn decide introducir otro aspecto a su drama. Making Of (2023) trata además de que mientras surge dicha dialéctica, un observador mira a distancia, registra, atestigua, pero, curiosamente, no reflexiona en base a los razonamientos que surgen de esa realidad, sino que está acondicionado a sus propias aspiraciones o fantasías. Simon ha encargado a un extra realice un “making of” del rodaje y el asignado en algún punto olvida su misión y se apropia de la oportunidad. Saldo de ello, estamos ante otro director, en este caso, principiante. Es la formación de un nuevo ególatra, tal vez, la retrospectiva de Simon o de Cédric Kahn. Es un citado al “yo” novato, el que convoca romances, dramas personales y que, en efecto, contrastan y restan palestra al debate aparentemente central.

jueves, 25 de mayo de 2023

Cannes 2023: Rien a perdre (Un Certain Regard)

Una película que va acumulando ansiedad y frustración a causa de una serie de negligencias que su ejecutora es incapaz de reconocer. Sylvie (Virginie Efira) es una madre soltera. En su mente, ella cree conducir una vida decente junto a sus dos menores hijos. Es la proyección de una realidad que no comparten los miembros del hogar de acogida que decidirán retirarle la custodia del pequeño de los hijos. Rien a perdre (2023) es un drama familiar que se oculta bajo un drama social. Se podría decir que el caso de Sylvie y su familia nos sirve de ejemplo para comprender lo urgente que es la intervención de este tipo de entidades que pugnan por salvaguardar la seguridad de los menores así tengan que pasar por encima de la angustia de una madre por tener nuevamente a su hijo entre sus brazos. La directora Delphine Deloget nos va describiendo esta historia de la manera que el mismo espectador pueda anticipar por sí mismo que algo no está bien dentro de la convivencia de sus personajes. La película arranca con un accidente. Sylvia trabajaba durante el momento en que su pequeño hijo se quemó cuando intentaba freírse unas papas. Sería obtuso asumir que dicho evento se reduce únicamente a la ausencia de la madre. Ese tipo de situaciones son las que lastimosamente suelen suceder cuando una madre soltera trabaja sin una ayuda económica adicional. El problema es que Sylvia padece de una deficiencia cuando se trata de responder con madurez hacia ese tipo de hechos inesperados y no deseados.

No pasa mucho tiempo para darnos cuenta de que esta madre de familia ha venido acumulando sus percances domésticos y los ha ido amontonando en un cerro de la indiferencia. Antes de que se llevaran a su hijo, ya estamos casi seguros de que no tiene ánimo por reparar la vida de sus hijos y de sí misma. Simplemente acepta que ella es un caos y sigue haciendo lo suyo en espera de que las cosas sigan “bien”. Mientras sus hijos sigan riendo, no habría de qué preocuparse. Error. Entonces sucede ese conflicto que fractura esa tranquilidad que la madre pensaba vivía, y con ello es que comienzan las pruebas. ¿La madre será capaz de lograr adaptarse a la burocracia y ganarse el derecho de recuperar a su hijo o será presa del pánico o su propia personalidad? No suficiente con describir la separación de una madre y uno de sus hijos, la ópera prima de Deloget decide mantenerse al lado de esta mujer a fin de convencernos de que tal vez es mejor así. Vemos momentos en que las cosas parecen equilibrarse. Sylvia contiene su rabia, atiende a los asesores y parece entender las normativas que dicen que no le será fácil recobrar a su hijo si no pone de su parte. El panorama parece cambiar. Contemplamos la fantasía de la renovación personal, un nuevo trabajo, por fin un orden en casa. Pero todo se viene abajo como un castillo de naipes. En cierto punto, luego de haber visto a Sylvia culpando a todo su alrededor menos a ella, solo podemos esperar que las cosas se pondrán peor.
Por momentos, esta persuasión por enderezar a una madre no está lejos a una terapia que incentiva a un drogadicto a dejar los estupefacientes. Parece que Sylvia ya actúa con cordura, pero luego reincide en ser ella. De ahí la frustración que provoca Rien a perdre. No es solo la compasión que se siente hacia los niños, sino también hacia la protagonista, quien soslaya una obstinación por aferrarse a su personalidad, resentimiento e inmadurez. Y lo desesperante es que comienza a maltratar lo poco que le queda. La vemos patear cada prueba u oportunidad que se le extiende. Su acción es de temer sin si quiera haber alcanzado la violencia física. Esta es una batalla emocional y psicológica. Los hijos de Sylvia han recibido y siguen recibiendo tanta violencia emocional por parte de su madre, y las marcas en sus cuerpos lo prueban. “Mi cuerpo se está expresando”; dice en un momento su segundo hijo cuando intenta decirle a su mamá a qué se debe su ataque de ansiedad. La película de Delphine Deloget ataca los nervios, trae abajo la fe de un sistema hacia ese tipo de caso. Ahora, y a propósito de casos clínicos críticos en infantes, la interrogante que no deja pasar la película es si los grupos de asistencia social están preparados para enfrentar ese tipo de situaciones. Así como la madre restringe su responsabilidad maternal a alimentar y hacer reír a sus hijos, vemos cómo los agentes de una beneficencia social están modulados a reaccionar siempre bajo un mismo código. Del otro lado de la madre, hay también un acto de negligencia por parte de un sistema burocrático que capaz estimule un problema clínico o engendre uno nuevo en los menores acogidos dada la obstinación por ver cambios inmediatos en la salud mental de estos. Es como la reacción de la madre que quiere apurar el proceso de recuperación de la custodia.