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sábado, 6 de agosto de 2016

20 Festival de Lima: Aquí no ha pasado nada (Competencia Ficción)

Segundo filme en que Alejandro Fernández Almendras relata un conflicto que se nutre de la impotencia y la impunidad. Aquí no ha pasado nada (2016) es la historia de una desidia generacional provocada por una herencia histórica. El ingenuo Vicente (Agustín Silva), luego de una noche de juerga, será implicado en un acto que no cometió. Lo dramático no solo son las circunstancias que lo embrollan, sino la encrucijada que está a punto de enfrentar producto de un malévolo plan que llega de una de las familias más influyentes del país en pos de dejar limpio a uno de los suyos. Así como en Matar a un hombre (2014), lo inmune es producto de una ley fijada por las influencias, algo que por cierto no solo es propiedad o realidad de los espacios suburbiales en Chile. Aquí no ha pasado nada acontece en uno de los distritos veraniegos constituido por familias adineradas y de renombre. Es decir, si en Matar a un hombre veíamos los juegos de poder en una menor escala (una familia pobre versus un criminal acreditado), en el reciente filme del director chileno vemos a los “grandes” haciendo lo suyo.
Es preciso mencionar que ni uno ni otro contexto adquiere las consecuencias más dramáticas respecto al otro. Lo cierto es que Fernández Almendras en Matar a un hombre asume una resolución que bien podría ser universal, en referencia a un padre haciendo justicia con sus propias manos ante la negligencia policial; mientras tanto en Aquí no ha pasado nada la resolución es casi congénita o sintomática a una nación específica. Chile como una sociedad que ha venido arrastrando a los fantasmas de la dictadura, temporada en que se dio siembra a esa abulia social, ese “no querer saber” por miedo a la represalia, la institucionalización de una estructura social-política que si bien es intolerante es también intocable y aparenta ser indestructible. Las credenciales familiares de Vicente serán muy distinguidas, pero por encima de su linaje existe una familia más ilustre. Es a partir de eso que esos traumas retornan y el juicio moral pende de los apellidos o el prestigio ascendente.

Es interesante una lectura comparada entre Matar a un hombre y Aquí no ha pasado nada. A diferencia de la primera, aquí el asunto no llega a la violencia, sino se estanca en lo protocolar. Por otro lado, en ambas historias hay un momento para el hostigamiento (esa herramienta que agrieta la impotencia). Mientras que en Matar a un hombre veníamos a un padre siendo humillado entre la penumbra, en Aquí no ha pasado nada esto acontece a plena luz del día. Más que una advertencia o amenaza, es un vaticinio sobre lo inevitable. Fernández Almendras realiza su película más madura a causa de su modo cerebral para montar una farsa que hace alegoría a la Dictadura chilena. Así como en tiempos del desquite político, en Aquí no ha pasado nada la resignación y la mortandad del romanticismo están consolidados. Vicente no solo tendrá que ceñirse a lo que su abogado y tío le instruye en base a los prejuicios sociales y morales, sino que además se verá dolido ante la insensibilidad de un rechazo amoroso. No hay lugar en Chile para Vicente; quien curiosamente había retornado luego de varios años a su país natal (tal vez una enajenación territorial que viene de familia o a consecuencia de la Dictadura).
Vicente será más extranjero que nunca en su propia patria, huérfano de un padre ausente y que no solo se mantiene al margen, sino que también radicaliza la suerte de su hijo (otra herencia extremista). Aquí no ha pasado nada es un filme de denuncia, reflejo de una sociedad desmemoriada. Es como la remembranza de un ebrio. Este, al intentar recordar, todo lo ve borroso o simplemente decide saltar ese fragmento de su historia y echarlo al olvido; el tiempo curará las asperezas de lo que haya acontecido y aquí no pasó nada. Muy a pesar, siempre quedan los “otros” testigos, aquellos que por cierto no se “cristalizan” más que desde la periferia de la confrontación. Cercano a su final, la película de Alejandro Fernández Almendras expone una serie de comentarios del mundo digital; ese espacio real simulado, en donde todos opinan y la sociedad se alía o se divide. Es el lugar del partidismo por excelencia. Ahí unos recuerdan y otros no.

domingo, 10 de agosto de 2014

18 Festival de Lima: Matar a un hombre y Güeros (Sección Oficial de Ficción)

Alejandro Fernández Almendras deja de lado las preocupaciones que dividen a la ciudad/campo para centrar su último filme a una temática social cotidiana. Matar a un hombre (2014) es una historia sobre la violencia, la impunidad y la venganza. Un padre junto a su familia sufrirán el hostigamiento de un individuo y su collera delincuencial. El director chileno omite los tiempos muertos presente en sus primeras películas a fin de gestar un filme más catárquico, algo que dependerá de secuencias tensas que en su mayoría se premeditan. El problema de la trama surge cuando ya sabemos qué vendrá más adelante. El final es tal vez la cuota sorpresiva, muy a pesar con un alargue innecesario.
Güeros (2013), de Alonso Ruizpalacios, se presenta como una comedia de vagabundos, por momentos ingeniosa, por otros redundante. Un trío –y luego un cuarteto– de personajes treparán en un auto en busca de un mito de la música folk mexicana. De una estética en blanco y negro, esta road movie pretende el diálogo y la trama absurda e improvisada. Desde el principio su historia sufre de quiebres, vueltas de tuerca, lagunas y otras gestas lúdicas que dinamizan las acciones a la vez que tapa el limitado argumento. Técnicamente buena, Güeros cumple en línea general.

martes, 19 de junio de 2012

Festival de Cine Lima Independiente II: Sentados frente al fuego

El chileno Alejandro Fernández Almendras en Sentados frente al fuego (2011) se ajusta a un cine minimalista donde el tiempo y los planos secuencia se extienden lo suficiente para apreciar la vista naturalista de una zona distinta a la Gran Ciudad. Un espacio rural que actúa casi siempre de manera defensiva ante la modernidad que poco a poco ha comenzado a invadir sus campos; desgarrando cultivos, frustrando los conductos de sus ríos, empujando a sus habitantes a un próximo desamparo, a una tragedia que se asoma bajo previo aviso, no quedando más que sentimientos de impotencia y pura resignación. Todo esto sería el contexto anímico de este filme; aquel que narra la historia de una pareja que ha decidido mudarse al campo bajo positivas expectativas, sin saber lo que está a punto de ocurrir.

A diferencia de Huacho (2009), Fernández Almendras en su nueva película no provoca un enfrentamiento cara a cara entre lo moderno y lo tradicional. Si bien existe un discurso inicial sobre cómo la modernidad es aplastante ante el espacio rural, la trama prefiere ampliarse al retrato íntimo de una pareja que sufre una tragedia no predecible. La mujer ha comenzado a enfermar y el hombre ahora tendrá que ingeniárselas para cuidarla mientras realiza sus labores de cosecha. Lo que inicialmente se presentaba como una historia optimista sobre una pareja dispuesta a seguir una vida apacible muy propia del campo, se encamina más bien a lo trágico e inevitable, algo que podría ser correspondiente a la rutina urbana. Es a partir de esta situación que el director se las ingenia para –sutilmente –comparar a estos dos estilos de vida; ambos de una naturaleza antagónica.

Sentados frente al fuego se desenvuelve en gran parte dentro del campo, rodeado de las cadenas montañosas pobladas de nubes y breves nevados. Es la vegetación verdosa, los animales que pastan el césped, las llamaradas que queman tan solo lo necesario. Es alrededor de esto que convive la pareja, una que está rumbo a la desesperanza, pero que sin embargo siempre parece mantener la tranquilidad y la calma. Hay una necesidad por crear la armonía entre el hombre y la naturaleza, sujeto y catalizador. A forma de beatus ille, los personajes de esta historia insisten en vivir su romance olvidando sus penas, no dudando en emprender un paseo en trineo aún así no exista nieve por donde andar. Si bien el destino no sonríe a esta pareja, es esta “vida retirada” la que mengua su tragedia. Por otro lado, existen los momentos en que estos mismos se despegan de su contexto, trayéndolos de manera abrupta a su realidad agobiante.

Fernández Almendras promueve breves indicios que implican a la modernidad como un agente de mal presagio, un elemento maligno que cada vez que entra en escena no hace más que perturbar la estabilidad rural y de sus personajes. El televisor o el celular son ejemplos de cómo la pareja es contagiada de las malas vibras que brinda la tecnología. Por un lado, está el noticiario que abruma con una serie de eventos desafortunados, mientras que por otro, el timbrado que exaspera y sofoca el semblante de un hombre que reprime su insatisfacción, y que curiosamente la libera mediante citas que lleva a cabo en las afueras del campo. Sentados frente al fuego, desde este sentido, sugiere lo mismo que Huacho: la modernidad ha hecho un espacio dentro del campo, en medio de la apacibilidad de la naturaleza, no haciendo más que agudizar las miserias.