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jueves, 1 de diciembre de 2016

Sully

La última película de Clint Eastwood tiene para convertirse en la crónica de un “milagro” presa del canibalismo mediático. Lo acontecido en el 2009 en New York fue de hecho eso. Sully (2016), sin embargo, no pretende aspirar a la moraleja o dinámica narrativa de una película como El vuelo (2012). La diferencia entre Clint Eastwood y un director como Robert Zemeckis es su punto de enfoque; desde qué perspectiva se gesta el conflicto. El cine de Zemeckis se ajusta a lo espectacular; caso en El vuelo, un piloto alcohólico es acusado de negligencia. Somos testigos de un drama judicial, el carga montón mediático y un hombre autodestruyéndose. Es un espectáculo que incluye además (y tal vez) la mejor escena de un avión en descenso vista en el cine. En distinción, Eastwood no apuesta por el exhibicionismo. Si en su argumento de igual forma un piloto será cuestionado por un acto temerario, su distinción radica en que hay un drama producto de una interiorización hurgada.

El drama de Sully (Tom Hanks) se gesta a consecuencia de una acción congruente puesta en tela de juicio. Luego de salvar a toda una tripulación ante lo que parecía una inminente catástrofe, el experimentado piloto de la US Airways será cuestionado frente al resultado de un peritaje técnico y una simulación de salvamento. Existe la posibilidad de que Sully pudo haber rescatado íntegramente a los pasajeros sin necesidad de generar pérdidas materiales, las que una compañía aseguradora tendrá que cubrir. Por lo tanto, el honor así como el futuro del piloto queda a manos de esta investigación. Sully sigue la línea de una búsqueda personal de Eastwood; es el hallazgo de héroes nacionales cuestionados por un reglamento moral. Es a propósito de ello que se genera un debate interno. Mientras que Sully en su exterior es acogido por la gloria y el vitoreo, internamente adolece de un sentimiento de culpa.

En El francotirador (2014) ocurre lo mismo. Mientras que el marine Chris Kyle genera el respeto de sus compatriotas, este carga con los achaques morales. Si bien su habilidad como francotirador salvó en incontables ocasiones la vida de sus compañeros, queda en su conciencia del soldado el número de víctimas en su historial, aquello que por cierto le valió un mote y la denominación de héroe nacional. Kyle, en tanto, toma distancia de ese reconocimiento, y asume sus acciones más bien como un acto normativo y humanitario. Sully, como en una escena crucial de El francotirador, tendrá que decidir entre los suyos (su tripulación) u obedecer los consejos del guía de la base aérea (el reglamento). Su decisión, en consecuencia, provocará una reacción social, su reconocimiento como héroe nacional al salvar a 155 pasajeros, así como un autocuestionamiento a su labor oficial y personal.
En ningún momento de la trama Sully se siente héroe. En soporte a esto, Eastwood lo convierte en un sujeto cotidiano. Hace remembranza a sus antecedentes. Nada insólito. Lo de su aterrizaje exitoso sobre el río Hudson no es algo extraordinario, sino fruto de una dedicación que ha ejercido desde hace cuarenta años. Fuera de eso, el personaje de Hanks tiene necesidades, preocupaciones y deudas como cualquier otro. Incluso miente en su intención de montar un negocio por la Internet, algo que su compañero y copiloto Jeff Skiles (Aaron Eckhart) expone sin cautela. Si había un ápice de perfección en el personaje de Sully, este se derrumba ante dicho comentario. Al igual que Chris Kyle, en el piloto contemplamos a un héroe por designación; es decir, acondicionado como tal por su sociedad (o la fantasía egocentrista estadounidense).

Eastwood en Sully descubre a un personaje que, al margen de la nominación otorgada por una nación, se gana el título de héroe mediante su modo de hacerle frente a la adversidad, durante el momento de riesgo como en instantes posteriores a dicho suceso. El tratamiento de la película, en tanto, se comprende. El director escapa a los modos en que pudo abordarse cualquier filme comercial. De pronto las visiones de Sully en que se sobreexponen los efectos visuales de aviones colisionando contra la ciudad hasta resultarían innecesarios. El mismo encierre mental o mirada perdida del piloto ya dicen mucho de su estado emocional posterior al evento. Por otro lado, la resolución de la película escapa a un drama lacerado por los argumentos judiciales. La misma estructura narrativa que la compone no colabora en la expectativa que alimentaría un drama de sobrevivencia. Para cuando incluso se narra la escena central de la caída del avión, los acontecimientos del aeropuerto al descenso se ven obstruidos por pequeños instantes de personajes secundarios. Clint Eastwood hace también breve apología a esos otros héroes que menciona el mismo Sully y que fueron también parte de la sobrevivencia de los 155.

domingo, 22 de febrero de 2015

Una previa a los Oscar

A diferencia de otros años, este he podido lograr ver la mayoría de películas que han sido nominadas para los próximos Oscar. Es por ello me veo motivado a realizar una síntesis de lo visto, y de paso señalar cuáles serían aquellas que merecerían (o merecieron) ganar próximas estatuillas.

Para Mejor Película
Aún no estrenada, La teoría del todo (2014) es la única película que me falta ver. De las siete restantes, solo tres de ellas consideraría merecen aspirar al premio mayor. Pero empiezo con las descartadas. Vale mencionar que ninguna de ellas me ha resultado insoportable, salvo por algunas escenas de Birdman (2014) que ya aclararé. Lo que sí estoy seguro es que dentro de este grupo no he percibido un esquema fílmico distintivo que no se haya realizado antes. En películas como El código enigma (2014) o Selma (2014) se sostienen solo del carácter trascendental, sea biográfico e histórico de personalidades con dramas íntimos o colectivos que trastocan. De El código enigma se puede rescatar el cuadro conservador de la corona Británica empeñada en reprimir y engatusar a su conveniencia a los propios actores que colaboraron incluso para beneficio de la humanidad. Caso Selma el relato es más superficial, es más una crónica que un diario. Como un libro de historia o el informe mismo de la FBI; objetivo y directo.
Francotirador (2014) apela a la dialéctica paternalista. Por encima de un mensaje político, es más un boceto de una parte del imaginario estadounidense. Su protagonista como producto de una familia conservadora, criado bajo el seno de la biblia y el compromiso frente a los de “su rebaño”. Es la religión y el carácter nacionalista que se imprimen en un mismo individuo. Chris Kyle será una suerte de héroe sin ánimos de autoproclamarse como tal. A pesar de haber sido educado para tal, hay un conflicto interno que lo inquieta y lo desmotiva. Es la herencia Eastwood, sobre justicieros que no esperan convertirse en héroes, sino son simples móviles que frenan lo que reconocen como injusticia. Ellos mismos incluso parecen ser conscientes de sus imperfecciones. Respecto a esto, Francotirador no es algo que antes no haya planteado incluso el mismo Eastwood, sin olvidar que temáticamente ya se han visto dichas referencias en el cine de Kathryn Bigelow. Birdman, por su lado, es una película de buenos momentos y otros que simplemente sofocan. Alejandro González Iñárritu se deja arrastrar por el ego que comparte con su protagonista y su necesidad de promover “el gran espectáculo”. El filme no sabe pisar el freno ante la presunción que, literalmente, pone incluso a volar a su personaje.
De entre mis finalistas. El gran hotel Budapest (2014) tiene la apariencia de ser otra vuelta de tuerca de Wes Anderson si no fuera por el género al que se intenta evocar. Su historia le es fiel a su humor excéntrico y a su diseño artístico bien encuadrado y plagado de tonos pasteles, pero está también ese relato de intriga. El asalto a una herencia y el propósito de emprender el juego policial/detectivesco. Está también el escape al centro penitenciario y sobre todo esa estructura narrativa simulando una “caja china”. Es Anderson indagando nuevos espacios en dónde desenvolver su lenguaje fílmico. De Whiplash (2014) me atrae el manejo de la competitividad (no deportiva) elevada a un nivel bizarro. El poder de obstinación y obsesión de un músico por superar nuevas vallas que por un lado inspira pero por otro horroriza. Es un personaje con el que te encariñas aunque perturbe su severa rutina de entrenamiento o el mismo ego –que de paso es seguridad– que lo atrapa y hace revelar lo peor de sí. En contraparte está su instructor, uno que parece haber sido engendrado del mismo molde que el aprendiz. Él es su némesis, esa gran valla que el alumno tendrá que pasar, si no es saltando será pateando el tablero.
Ambas películas están entre las más atractivas en esta candidatura. Boyhood (2014), sin embargo, es de lejos la mejor de las tres. En síntesis; Boyhood se perfila a ser un drama épico. El seguimiento a un personaje, y de algunos que lo rodean, a través del pasar de los años, va más allá de una evolución física o de época. El anunciar que la película de Richard Linklater es nada más que una muestra que prevalece a partir de cómo Ellar Coltrane va abandonando su semblante virginal, o cómo Ethan Hawke o Patricia Arquette van sumando arrugas a sus atropellas vidas, es como haber visto la película en una versión acortada a media hora. Boyhood dialoga sobre la madurez, la física y la personal. El niño del inicio no es el mismo que el adolescente del final de la película. Hay en efecto una esencia constante en cada uno de sus personajes, más no existe la negación a una línea del aprendizaje. Es Hawke echando nuevas raíces en una nueva familia, o Arquette revitalizando su semblante de mujer “soltera”. Cada etapa es un síntoma de lo que sucedió en la etapa anterior, es por ello que las palabras finales de su protagonista principal parecen recoger toda la memoria de su pasado, aquella que forma parte de su presente y formará parte de su futuro.

De habla no inglesa
De las cinco, Timbuktu (2014) es la única que no logré ver. Entre las restantes Leviatán (2014) e Ida (2013) son las que más sobresalen. La estonia Tangerines (2013) y la argentina Relatos salvajes (2014) totalmente descartadas. Tangerines es la historia de un hombre benevolente y celador provisorio de dos enemigos por naturaleza. Un soldado georgiano y otro checheno, heridos de gravedad luego de un enfrentamiento, han sido cobijados por un anciano estonio. Una película sobre la redención y giros trágicos que invitan a la conciencia frente a los enfrentamientos bélicos entre ex comunidades rusas. Relatos salvajes es el menos serio de los cuatro. Damián Szifrón realiza una serie de episodios sobre ciudadanos argentinos de clase media a alta ejerciendo demencialmente la venganza luego de verse implicados en una serie de eventos fabulosos. Cada capítulo más absurdo que el otro. Szifrón parece apelar a la dialéctica de seriales de telenovela en clave grotesca.
Leviatán, de Andrey Zvyagintsev, es un drama social. Similar a anteriores películas del director ruso, este filme posee un discurso del desencanto además de un cierre pesimista. La historia de una familia que enfrenta la próxima expropiación de sus tierras a manos de un abusivo político, será el inicio de una lucha en vano que durante su curso irá sumando nuevas tragedias. A su relato Zvyagintsev va filtrando la metáfora sobre un ambiente degradado, como prediciendo la degradación de sus mismos personajes, o las ruinas de una iglesia convertida en antro de pandillas juveniles, señal de desmitificación de los referentes religiosos, los mismos que parecen delegar las infamias políticas degeneradas por el enriquecimiento. Prueba de ello es su final; el levantamiento de un nuevo recinto de la iglesia ortodoxa. Ida (2013), de Pawel Pawlikowski, es de lejos la mejor de las cuatro. Un filme sobre el (des)encuentro y la búsqueda de la identidad en todas sus formas. El relato narra la sociedad temporal de una aspirante a monja y una jueza comunista, sobrina y tía, ambas reprimiendo sus propias dudas o tormentos. Ida es compleja y además de una estética de interés.
En documentales
Solo pude lograr ver dos de ellos. La primera es Citizenfour (2014), película realizada por Laura Poitras, la cual narra su acercamiento a Edward Snowden, un trabajador de la NSA (Agencia de Seguridad Nacional en EEUU), quien decide compartir con la directora y dos reconocidos periodistas unas pruebas que incriminan a dicha agencia de realizar vigilancias ilícitas a ciudadanos comunes, proceso que el Estado ordenó llevar a cabo como prevención antiterrorista luego del ataque sucedido el 11 de setiembre. Tal como lo afirma uno de sus protagonistas, el “Caso Snowden” parece una historia sacada de un libro de espías. Citizenfour es un seguimiento al cautiverio de un empleado que ha decidido no solo descubrir a su propia delegación, sino también a todo un estado de gobierno. Dada las dimensiones del asunto, en el tránsito inicial veremos a Snowden exponiendo sus fundamentos éticos y morales, las razones del porqué revelar esta información top secret, a la vez que pone en peligro su integridad y la de los suyos.  A días de soltarse la noticia, entonces se van revelando –incluso hasta físicamente– los síntomas más severos de ansiedad y temor.
El segundo documental que vi fue Finding Vivian Maier (2013), dirigida por John Maloof y Charlie Siskel, que narra la historia de cómo el primero descubre por “pura casualidad” a Vivian Maier, una mujer de quien no se sabe nada más que fue dueña de una técnica fotográfica soberbia, prueba de ello son los millares de negativos que poco a poco fue recolectando Maloof. Si Citizenfour es un documental de espionaje, Finding Vivian Maier es detectivesco. En este veremos a Maloof indagando por espacios públicos como íntimos, sobre posibles familiares o amigos que puedan brindar algún detalle de esta artista que al parecer insistió en mantenerse en anonimato. El resultado será el descubrimiento de un personaje complejo. Vivian Maier, la mujer que fue por décadas niñera de muchas familias, mujer solitaria, excéntrica, misteriosa, amante de la fotografía, de buen sentido del humor, resentida, acumuladora compulsiva, sombría, misándrica, funesta. Finding Vivian Maier va tejiendo la historia de una mujer dual y un mecenas que se ha obsesionado con una fotógrafa anónima. Aunque Citizenfour sea favorito para ganar en esta sección, Finding Vivian Maier tiene una cuota universal. De esos documentales que de acá algunas décadas seguirá siendo valorado, esto a diferencia de la línea coyuntural del filme de Poitras.
La despreciada
Foxcatcher (2014) es la gran ausente a Mejor Película. El filme de Bennett Miller fue una de las mejores películas del año pasado. Al nivel –o hasta superior– de Boyhood. De igual forma la gran interpretación de Channing Tatum fue dejada de lado. La Academia tiene una debilidad por los actores que le dan vuelco a sus carreras y para ello tienen que ponerse kilos de maquillaje y prótesis en sus rostros. No se desdeña las logradas interpretaciones de Steve Carell o Mark Ruffalo, pero lo de Tatum va a un nivel superior.

martes, 20 de enero de 2015

Francotirador (o American Sniper)

Mucho que desear deja la última película de Clint Eastwood sobre el héroe de guerra que planea entre lo patriota y lo personal. Chris Kyle (Bradley Cooper), similar a los otros personajes del director, justifica su moral y personalidad a través de sus precedentes. Ocurre con el general japonés de Cartas desde Iwo Jima (2006), el veterano de guerra de Gran Torino (2008) e incluso con el protagonista principal de su más reciente, Jersey Boys (2013). Hay una necesidad por argumentar una integridad que desde una perspectiva cotidiana puede ser cuestionada, o incluso amoral. Eastwood, de igual forma que en sus otros filmes, tendrá una responsabilidad paternalista para con su personaje principal. La biografía de Kyle, antes de la guerra, va construyendo su discurso a través de sus vivencias que van desde una riña infantil hasta su encuentro en un bar con una joven prejuiciosa. Todo ello, a propósito de esa escena que introduce al filme; la acción “más cuestionable” que tendrá que ejercer el soldado.
American sniper camina sobre la edificación de un héroe nacional, uno que para final de la película intenta razonar que su motor siempre fue la protección hacia sus colegas, que son a su vez representantes de la patria; salvándolo así de cualquier duda moral. Esto se complementa con su acto caritativo, una suerte de “limpia” espiritual. Ello, sin embargo, no corresponde al razonamiento de la última salida de Kyle, quien retorna por un objetivo claro: un amigo caído. Esta situación se remarca. Dicho énfasis es puntual y lo obliga ha regresar al campo de batalla (y no para ser mitificado o hacer honor a su nombre de pila, eso está claro). Lo de él es personal, ya no un interés colectivo, esto al punto de ponerlo en balanza con su familia. Su esposa parece decirle: “¿o somos tú o tu guerra?”. El filme termina siendo un experimento más sobre lo que busca o le fascina al espectador: gestar a un héroe. Chris Kyle defiende a su país, es paternalista (como su director) para con sus compañeros, encuentra a su camino antagónicos (a su nivel) y los derrota, finalizado el combate sigue proveyendo a su nación lo que además lo redime para con su círculo íntimo.
Eastwood además quiere hacer las de Kathryn Bigelow. Realizar su The hurt locker (2008) al enfrentar las rutinas contrarias del soldado dentro del campo de batalla y dentro de su vida familiar. Parece también la recreación de una escena de Zero dark thirty (2012) cambiando la penumbra por una tormenta de arena.  American sniper, sin embargo, no tiene ni la psicología ni la tensión de ambas películas. La paranoia del soldado que retorna a casa, además de ser tema ya casi reciclado, es maquillada, tan forzada como la actuación de su protagonista femenino. Por otro lado, el montaje de Clint Eastwood durante el acorralamiento del enemigo se prevalece de un plano zenital para fabricar el encierro. Por último, Bradley Cooper tampoco es una de las actuaciones del año.