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domingo, 22 de febrero de 2015

Una previa a los Oscar

A diferencia de otros años, este he podido lograr ver la mayoría de películas que han sido nominadas para los próximos Oscar. Es por ello me veo motivado a realizar una síntesis de lo visto, y de paso señalar cuáles serían aquellas que merecerían (o merecieron) ganar próximas estatuillas.

Para Mejor Película
Aún no estrenada, La teoría del todo (2014) es la única película que me falta ver. De las siete restantes, solo tres de ellas consideraría merecen aspirar al premio mayor. Pero empiezo con las descartadas. Vale mencionar que ninguna de ellas me ha resultado insoportable, salvo por algunas escenas de Birdman (2014) que ya aclararé. Lo que sí estoy seguro es que dentro de este grupo no he percibido un esquema fílmico distintivo que no se haya realizado antes. En películas como El código enigma (2014) o Selma (2014) se sostienen solo del carácter trascendental, sea biográfico e histórico de personalidades con dramas íntimos o colectivos que trastocan. De El código enigma se puede rescatar el cuadro conservador de la corona Británica empeñada en reprimir y engatusar a su conveniencia a los propios actores que colaboraron incluso para beneficio de la humanidad. Caso Selma el relato es más superficial, es más una crónica que un diario. Como un libro de historia o el informe mismo de la FBI; objetivo y directo.
Francotirador (2014) apela a la dialéctica paternalista. Por encima de un mensaje político, es más un boceto de una parte del imaginario estadounidense. Su protagonista como producto de una familia conservadora, criado bajo el seno de la biblia y el compromiso frente a los de “su rebaño”. Es la religión y el carácter nacionalista que se imprimen en un mismo individuo. Chris Kyle será una suerte de héroe sin ánimos de autoproclamarse como tal. A pesar de haber sido educado para tal, hay un conflicto interno que lo inquieta y lo desmotiva. Es la herencia Eastwood, sobre justicieros que no esperan convertirse en héroes, sino son simples móviles que frenan lo que reconocen como injusticia. Ellos mismos incluso parecen ser conscientes de sus imperfecciones. Respecto a esto, Francotirador no es algo que antes no haya planteado incluso el mismo Eastwood, sin olvidar que temáticamente ya se han visto dichas referencias en el cine de Kathryn Bigelow. Birdman, por su lado, es una película de buenos momentos y otros que simplemente sofocan. Alejandro González Iñárritu se deja arrastrar por el ego que comparte con su protagonista y su necesidad de promover “el gran espectáculo”. El filme no sabe pisar el freno ante la presunción que, literalmente, pone incluso a volar a su personaje.
De entre mis finalistas. El gran hotel Budapest (2014) tiene la apariencia de ser otra vuelta de tuerca de Wes Anderson si no fuera por el género al que se intenta evocar. Su historia le es fiel a su humor excéntrico y a su diseño artístico bien encuadrado y plagado de tonos pasteles, pero está también ese relato de intriga. El asalto a una herencia y el propósito de emprender el juego policial/detectivesco. Está también el escape al centro penitenciario y sobre todo esa estructura narrativa simulando una “caja china”. Es Anderson indagando nuevos espacios en dónde desenvolver su lenguaje fílmico. De Whiplash (2014) me atrae el manejo de la competitividad (no deportiva) elevada a un nivel bizarro. El poder de obstinación y obsesión de un músico por superar nuevas vallas que por un lado inspira pero por otro horroriza. Es un personaje con el que te encariñas aunque perturbe su severa rutina de entrenamiento o el mismo ego –que de paso es seguridad– que lo atrapa y hace revelar lo peor de sí. En contraparte está su instructor, uno que parece haber sido engendrado del mismo molde que el aprendiz. Él es su némesis, esa gran valla que el alumno tendrá que pasar, si no es saltando será pateando el tablero.
Ambas películas están entre las más atractivas en esta candidatura. Boyhood (2014), sin embargo, es de lejos la mejor de las tres. En síntesis; Boyhood se perfila a ser un drama épico. El seguimiento a un personaje, y de algunos que lo rodean, a través del pasar de los años, va más allá de una evolución física o de época. El anunciar que la película de Richard Linklater es nada más que una muestra que prevalece a partir de cómo Ellar Coltrane va abandonando su semblante virginal, o cómo Ethan Hawke o Patricia Arquette van sumando arrugas a sus atropellas vidas, es como haber visto la película en una versión acortada a media hora. Boyhood dialoga sobre la madurez, la física y la personal. El niño del inicio no es el mismo que el adolescente del final de la película. Hay en efecto una esencia constante en cada uno de sus personajes, más no existe la negación a una línea del aprendizaje. Es Hawke echando nuevas raíces en una nueva familia, o Arquette revitalizando su semblante de mujer “soltera”. Cada etapa es un síntoma de lo que sucedió en la etapa anterior, es por ello que las palabras finales de su protagonista principal parecen recoger toda la memoria de su pasado, aquella que forma parte de su presente y formará parte de su futuro.

De habla no inglesa
De las cinco, Timbuktu (2014) es la única que no logré ver. Entre las restantes Leviatán (2014) e Ida (2013) son las que más sobresalen. La estonia Tangerines (2013) y la argentina Relatos salvajes (2014) totalmente descartadas. Tangerines es la historia de un hombre benevolente y celador provisorio de dos enemigos por naturaleza. Un soldado georgiano y otro checheno, heridos de gravedad luego de un enfrentamiento, han sido cobijados por un anciano estonio. Una película sobre la redención y giros trágicos que invitan a la conciencia frente a los enfrentamientos bélicos entre ex comunidades rusas. Relatos salvajes es el menos serio de los cuatro. Damián Szifrón realiza una serie de episodios sobre ciudadanos argentinos de clase media a alta ejerciendo demencialmente la venganza luego de verse implicados en una serie de eventos fabulosos. Cada capítulo más absurdo que el otro. Szifrón parece apelar a la dialéctica de seriales de telenovela en clave grotesca.
Leviatán, de Andrey Zvyagintsev, es un drama social. Similar a anteriores películas del director ruso, este filme posee un discurso del desencanto además de un cierre pesimista. La historia de una familia que enfrenta la próxima expropiación de sus tierras a manos de un abusivo político, será el inicio de una lucha en vano que durante su curso irá sumando nuevas tragedias. A su relato Zvyagintsev va filtrando la metáfora sobre un ambiente degradado, como prediciendo la degradación de sus mismos personajes, o las ruinas de una iglesia convertida en antro de pandillas juveniles, señal de desmitificación de los referentes religiosos, los mismos que parecen delegar las infamias políticas degeneradas por el enriquecimiento. Prueba de ello es su final; el levantamiento de un nuevo recinto de la iglesia ortodoxa. Ida (2013), de Pawel Pawlikowski, es de lejos la mejor de las cuatro. Un filme sobre el (des)encuentro y la búsqueda de la identidad en todas sus formas. El relato narra la sociedad temporal de una aspirante a monja y una jueza comunista, sobrina y tía, ambas reprimiendo sus propias dudas o tormentos. Ida es compleja y además de una estética de interés.
En documentales
Solo pude lograr ver dos de ellos. La primera es Citizenfour (2014), película realizada por Laura Poitras, la cual narra su acercamiento a Edward Snowden, un trabajador de la NSA (Agencia de Seguridad Nacional en EEUU), quien decide compartir con la directora y dos reconocidos periodistas unas pruebas que incriminan a dicha agencia de realizar vigilancias ilícitas a ciudadanos comunes, proceso que el Estado ordenó llevar a cabo como prevención antiterrorista luego del ataque sucedido el 11 de setiembre. Tal como lo afirma uno de sus protagonistas, el “Caso Snowden” parece una historia sacada de un libro de espías. Citizenfour es un seguimiento al cautiverio de un empleado que ha decidido no solo descubrir a su propia delegación, sino también a todo un estado de gobierno. Dada las dimensiones del asunto, en el tránsito inicial veremos a Snowden exponiendo sus fundamentos éticos y morales, las razones del porqué revelar esta información top secret, a la vez que pone en peligro su integridad y la de los suyos.  A días de soltarse la noticia, entonces se van revelando –incluso hasta físicamente– los síntomas más severos de ansiedad y temor.
El segundo documental que vi fue Finding Vivian Maier (2013), dirigida por John Maloof y Charlie Siskel, que narra la historia de cómo el primero descubre por “pura casualidad” a Vivian Maier, una mujer de quien no se sabe nada más que fue dueña de una técnica fotográfica soberbia, prueba de ello son los millares de negativos que poco a poco fue recolectando Maloof. Si Citizenfour es un documental de espionaje, Finding Vivian Maier es detectivesco. En este veremos a Maloof indagando por espacios públicos como íntimos, sobre posibles familiares o amigos que puedan brindar algún detalle de esta artista que al parecer insistió en mantenerse en anonimato. El resultado será el descubrimiento de un personaje complejo. Vivian Maier, la mujer que fue por décadas niñera de muchas familias, mujer solitaria, excéntrica, misteriosa, amante de la fotografía, de buen sentido del humor, resentida, acumuladora compulsiva, sombría, misándrica, funesta. Finding Vivian Maier va tejiendo la historia de una mujer dual y un mecenas que se ha obsesionado con una fotógrafa anónima. Aunque Citizenfour sea favorito para ganar en esta sección, Finding Vivian Maier tiene una cuota universal. De esos documentales que de acá algunas décadas seguirá siendo valorado, esto a diferencia de la línea coyuntural del filme de Poitras.
La despreciada
Foxcatcher (2014) es la gran ausente a Mejor Película. El filme de Bennett Miller fue una de las mejores películas del año pasado. Al nivel –o hasta superior– de Boyhood. De igual forma la gran interpretación de Channing Tatum fue dejada de lado. La Academia tiene una debilidad por los actores que le dan vuelco a sus carreras y para ello tienen que ponerse kilos de maquillaje y prótesis en sus rostros. No se desdeña las logradas interpretaciones de Steve Carell o Mark Ruffalo, pero lo de Tatum va a un nivel superior.

miércoles, 7 de mayo de 2014

V Festival Al Este de Lima: Ida (Sección Competencia)

Hoy se inaugura el V Festival Al Este de Lima. Va hasta el 17 de mayo. A partir de ahora iremos publicando críticas de algunas películas que forman parte de su programación.

Criada bajo el seno de un convento, Anna (Agata Trzebuchowska) no conoce nada más allá del claustro que la adoptó. No sabe de sus orígenes. No sabe de su familia. No conoce ni el pasado ni el presente de la Polonia de los 60. Ida (2013), de Pawel Pawlikowski, es un filme sobre el descubrimiento de la identidad en todas sus formas; sea étnico, nacional, político, moral, como espiritual. El relato de una joven que visita a su tía a días previos de celebrar su voto de castidad, no es más que un punto de partida que contempla los modos sobre cómo un grupo de personajes asume, o reprime, uno de los sucesos más atroces en la historia polaca. Anna no solo se enterará de sus orígenes judíos y la existencia de Wanda (Agata Kulesza), su tía materna, sino que además descubrirá el destino trágico que décadas atrás puso fin a la vida de sus padres.
A través de una mirada monocroma y realista, Pawlikowski se proyecta al pasado polaco durante su apogeo comunista, una nación que por aquel entonces contenía un pasado propio. El holocausto nazi se revela como un suceso que arrastra consecuencias y que, a pesar del tiempo, no ha dejado de perturbar a los que la vivieron en carne propia e incluso también a los que no. Es así como de pronto el peregrinaje de Ida –que es el nombre de bautizo de Anna–, junto a su tía, rumbo a la búsqueda de sus padres “no habidos”, se convierte en una suerte de catalizador que irá despertando los pesares de ambas mujeres y el de los habitantes que irán entrevistando durante su exploración al pasado. Ida apela a las dinámicas de una road movie, sobre personajes en vía a la reflexión o al enfrentamiento de aquello que desconocían o han ido evitando en el transcurso de su vida. Por un lado Wanda, una ex fiscal del partido, tendrá que encarar el luto a su hermana, mientras que por otro Ida conocerá aquello que habita fuera de las inmediaciones del convento.

El contraste de personalidades que existe entre ambas mujeres es también parte de la dialéctica de la road movie. Wanda, una mujer madura, sarcástica, consumidora de alcohol y amantes furtivos, es lo opuesto a Ida, una joven novicia y de pocas palabras, rehuyéndole al vicio, escapando de lo pasional y lo carnal. Dicha comunidad provisoria provocará un fuerte cambio de actitud en ambas para cuando hayan puesto fin a su viaje. Los personajes de Ida son individuos que están en la búsqueda de lo ausente, sea desde la presencia física de un familiar, como del sentido propio de la vida vista desde una postura política u otra más espiritual. Wanda, quien ocasionalmente se presenta como un miembro del poder vigente –el comunista–, a pesar de su carácter dominante (ella es la que siempre toma las riendas), no deja de proyectar una fragilidad e impotencia que ni su oficio como fiscal pudo subsanar: la muerte de su hermana. Wanda es al desencanto político, uno que para los excesos del holocausto solo funcionó como verdugo. En medio del libertinaje y los vicios, Wanda intenta curar un sentimiento de culpa, algo que sin duda varios de los pobladores de este circuito de viaje también padecen. Hay huellas de una redención irreparable.
La búsqueda de Ida es más compleja ya que apunta a distintas vías. La ruta de la joven novicia como judía es un desencuentro. El judaísmo para los no judíos en la Polonia de entonces era digerido como el grupo de los estigmatizados. Es decir, llevan la marca de la tragedia, consecuencia de los estragos nazis y del miedo de los mismos pobladores quienes se convirtieron contra su voluntad también en cómplices. Es así como ocasionalmente Ida se presenta como judía, mientras que en otras no. Hay una búsqueda de aceptación de la identidad, una que le ha sido heredada pero que a vista de muchos está ultrajada. En otro aspecto, Ida también va en búsqueda de su identidad espiritual, una que ha sido trastocada por la carnalidad motivada por el estilo de vida que lleva su tía materna. Ida en parte recuerda a Diario de un cura rural (1950), solo que a diferencia del personaje de Bresson, Ida es hermética, se asumen sus pensamientos a través de sus acciones finales, aunque también comparte ese conflicto moral, una crisis de fe que incluso se arrastra a un plano existencial.