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jueves, 8 de septiembre de 2022

TIFF 22: El agua (Contemporary World Cinema)

El arraigo y el agua son dos palabras claves que la directora Elena López Riera ya venía mencionando desde los primeros minutos de su ópera prima. En su secuencia de apertura, unos adolescentes matan el tiempo mientras sueñan con marcharse rumbo a la capital y cuentan la vez en que se inundó la ciudad y el río secuestró a una mujer. Se mezclan de esta manera las fantasías de los jóvenes con la de los más adultos, dos pensamientos de naturalezas distintas que, ciertamente, hallarán un punto de coincidencia a propósito del enigmático vínculo que existe entre los habitantes y esa comunidad rural. El agua (2022) es atractiva porque se apropia de temas vigentes, aunque reconfigurados a una sensibilidad que solo los lugareños entienden o perciben. López Riera desliga el tema de la migración y el impacto ambiental con lo dramático o realista y, en su lugar, promueve un argumento de apunte folclórico e intimista. Es decir; son percepciones exclusivas a un escenario, cultura o tradición. De ahí tal vez por qué varias de las cosas que suceden se perciben como difusas, extravagantes, bajo un idioma con códigos que podrán comprenderse hasta cierto punto, pero que siempre dejan incógnitas.

Ana (Luna Pamiés) es la hija de la dueña de un concurrido bar del lugar, pero que a pesar muchos de la zona miran con desconfianza. Se dice que las mujeres que habitan esa casa están malditas. ¿Cómo así? Solo ellos saben, y lo curioso es que las mismas mujeres no cuestionan. Se podría decir que incluso hay un impulso de estas por reconocerse como tal: las abyectas del lugar. A partir de eso es que puede irse entendiendo esa forma particular de asimilar o llevar las cosas en ese escenario de Valencia. Muchas actitudes aquí no se cuestionan, simplemente se toman como algo natural. Esta es una población que se ha criado bajo rituales, el repetir una idea, hacer trascender costumbres y comportamientos sin ánimo de cambiar el orden. Dicho esto, tiene sentido que esta película inicie con un grupo de mozuelos renegando de esos rituales monótonos, cosas de viejos que nadie quiere escuchar o interpretar. El agua es una historia sobre una generación que está a punto de transitar a la madurez, pero no una madurez a la forma foránea, sino según el punto de vista de los adultos del lugar. Lo que les acontecerá a los dos jóvenes protagonistas es un equivalente a un ritual de iniciación, un proceso en donde comenzarán a echar abajo sus fantasías o rituales ajenos a su imaginario, y aprenderán sobre la propiedad.
El agua habla sobre el arraigo hacia ese territorio que, en efecto, no trasluce esa luminosidad o diversidad que visualmente aparenta la vida de las grandes ciudades. De hecho, es un lugar que cada largo tiempo tiene que sobrevivir a una nueva inundación, razón suficiente para abandonar el terruño. Sin embargo, y aquí nuevamente el factor de lo inexplicable, nadie opta por la migración. Acá la gente no se va. Ellos están atados al lugar, encantados, malditos. En palabras de sus creencias, esta población ha sido poseída por el agua. Tienen el agua adentro. Elena López Riera, así como muchos autores, recurre al terreno de la fantasía o lo mítico para comprender la racionalidad de un grupo de personas. El agua por momentos se comporta como un documental asesorado por una perspectiva etnográfica. No es una historia más sobre doncellas siendo raptadas por la naturaleza. Estos cuentos que se repitieron en distintas épocas, no es más que una forma de comprender la inevitable renovación de una reacción natural. Ahora, lo importante es cómo esta renovación se asume. Esta también es una historia en donde las personas han reconfigurado el concepto de la maldición y la han concebido como parte de sí mismos. Las inundaciones son tan propias y normalizadas como el agua que se mete dentro de las mujeres o las mujeres que aprendieron a ser las estigmatizadas. Atención a la lectura de género.

sábado, 12 de enero de 2013

Lo imposible

Artículo publicado originalmente en Cinespacio

Cuando de filmes sobre catástrofes se trata, lo primero que se nos viene a la mente es la provechosa búsqueda al recurso de los efectos especiales, aquellos que nos aproximan a la cercanía de la destrucción masiva, la coalición de autos, el derrumbamiento de edificios, el quiebre de pistas o, como es en el caso de Lo imposible (2012), el maretazo que azota implacable las costas tailandesas. En Más allá de la vida (2010), Clint Eastwood cita la tragedia del Tsunami del 2004 para promover a una película sobre la temática sobrenatural. La primera escena donde se muestra como una población asiática es arrastrada por la tempestad de masas de agua que traen consigo postes, autos y casas, fue el eje de atención que provocó el veterano para introducir al espectador sobre testimonios cercanos a la muerte. Es decir, crea el evento y posteriormente representa el drama a modo de trauma. A diferencia, en Lo imposible es en el mismo evento donde el drama se dilata, y de forma muy severa.

El español Juan Antonio Bayona, también director de El orfanato (2007), ópera prima de terror, realiza un filme basado en un testimonio que ocurrió, es decir, alineado a su contexto, un drama real. Puntualizar esto es fundamental ya que lo usual en las producciones occidentales o, por así decirlo, hollywoodenses (Lo imposible será producción española, pero Ewan McGregor y Naomi Watts como protagonistas principales; por favor) es que exista un atropello frente a los “hechos reales”. De pronto lo testimonial es más ficcional. Hay una necesidad por crear prototipos, la pareja que sobrevive, el anciano que muere en su lecho de toda la vida, la niña que se salva como por arte de magia (magia del cine, le llaman). Existe esa inclinación por inmunizar a los personajes quienes escapan una y otra vez de los desastres naturales siguiendo las reglas de trama en películas como Día de la Independencia (1996) o 2012 (2009), filmes donde si se espera que los personajes vuelen o que cuelguen de un dedo en los acantilados recién abiertos, esto porque están construidos bajo las normas fantásticas; invasión extraterrestre, destrucción del mundo. El filme de Bayona, sin embargo, es distinto a lo descrito.

Lo imposible inicia con el despegue de un avión (es el único spoiler, lo prometo). La pantalla oscura y el ruido que crece hasta confundirse con el de un grito o hasta un alarido. Esto no es nada más que la antesala a una historia que encierra momentos de tensión y angustia, efectos que de alguna u otra forma se incrementan al fraternizar con el retrato de una familia, una que juguetea, que abre sus regalos el día de Navidad, que admira el espacio natural embellecido por el cielo estrellado o la luminosidad paradisiaca, que incluso se preocupa por sus problemas laborales a pesar de estar de vacaciones. Frente a esto, el espectador no olvida que la película trata sobre el desastre ocurrido en el continente asiático; eso está muy en claro. Hay un plus entonces que nos empuja a la ansiedad: ¿Cuándo llegará? ¿En qué momento empezará todo? Cuando ocurre, el drama estalla y ciertamente los efectos visuales poseen los méritos adecuados para provocar el terror, el fastidio, la indignación de que algo podría estar falleciendo en las profundidades de las aguas, espacio donde todo es rápido y turbio, y nuevamente los efectos de sonido tienen una labor primordial aquí.
Momentos de gran tensión en Lo imposible es efectivamente cuando Bayona crea planos bajo el agua. Es la ignorancia de qué tan mal podría estarle sucediendo a la víctima que lucha por vivir. La imaginación del espectador entonces actúa, y son en estas ocasiones cuando el lado perverso se eleva y nos juega en contra. Lo que continúa es la tierra echa pantanos. Es el paraíso derruido y el asalto repentino de la soledad. Es el paso del ambiente familiar al de la incomunicación, un miedo que penetra más profundo que las lesiones físicas. En referencia a esto último, el director no tiene complejos en mostrar lo que para ojos humanos es perturbador. El filme desde este sentido roza con el género gore, uno muy distinto al que se saborea en una película de terror. El espectador será presa de la sensibilidad, esto a raíz de la afección, por ejemplo, creada por la madre que no hace mucho ofrecía amor a sus pequeños hijos. Lo imposible no es una odisea ni una historia milagrosa, es lo real, aquello que no roza con lo exagerado ni lo increíble o lo sobrehumano. No creo además que el filme contenga un happy ending, ya que hay sin sabores de por medio, rezagos que posteriormente se convertirán en traumas, escenas imborrables, marcas, cicatrices, huellas, y eso te lo demuestran al final sus mismos personajes.