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lunes, 12 de octubre de 2020

27 Festival de Valdivia: IWOW I Walk on Water (En Competencia)

Después de un buen rato de la nueva película de Khalik Allah, tengo la sensación que estoy tratando con una continuación de su ópera prima, Field Niggas (2015), o incluso una versión extendida de la misma. El director, una vez más, se posiciona tras su 16mm y se desplaza en la nocturnidad del barrio neoyorquino de Harlem para retratar a una comunidad negra desterrada. En su ya tercer filme, su estilo es reconocible. Sus imágenes tienen un sello que estimula la atmósfera dramática, ello a partir de su gusto por los primeros planos, la reproducción de la imagen ralentizada, la dureza de sus contrastes y la textura propia del registro por celuloide, características que a su vez enaltecen a los protagonistas y al espacio embargado por las drogas y la miseria que se resiste a languidecer a pesar de la negación social. Es un mecanismo y panorama que también se define en Black Mother (2018), película que de igual manera parece ser una imitación de su anterior, solo que cambia el contexto del Harlem por las barriadas jamaiquinas. IWOW: I Walk on Water (2020) es eso, claro que a primera impresión, porque, a medida que avanza el filme, vamos descubriendo un cambio revelador.

A diferencia de sus anteriores películas, en esta, la presencia de Allah es “más perceptible”. Si bien sus filmes denotan al director como un encuestador de vidas y posturas, a quien escuchamos y quien también opina, que hace además el papel de guía de ese contexto desconocido en cuestión que, por momentos, da la impresión de definir a una inmediación privada a la que solo sus miembros pueden ingresar, en IWOW, Allah se convierte en protagonista de su propio filme. Un detalle muy curioso de esta película es que el director se esfuerza por mencionar que su nuevo largo trata de una cosa u otra, pero lo cierto es que no deja de tratarse sobre él mismo. Él repite que la película llevará el nombre de su novia –cosa que no se cumple–, a pesar que no será una película sobre ella. Su largo presume también ser un acercamiento especial a “Frenchie”, el habitante del Harlem, a quien tiene un cariño especial, casi paternal. El hecho es que, hasta cierto punto, la presencia de Frenchie es evidencia o excusa de que Allah está orientando su película entre el autorretrato y el autoelogio. En esta ocasión, el director hace una oda a sí mismo.
IWOW se torna curiosa para cuando vamos evidenciando un comportamiento extraño en el director, personaje que en varias ocasiones parece apropiarse de una identidad mesiánica. Posiblemente, algo ha sucedido entre la producción de Black Mother y su último filme, algo que haya fortalecido su vínculo con la religión a un punto fanático. Allah está cerca de parecerse a los pregoneros de un próximo Juicio Final. Desde su punto de vista, él se denota como un modelo a seguir, pero, desde una perspectiva ajena, es un retrato perturbador. En efecto, hay algo de curioso, exótico y hasta agradable en este, pero por momentos esa misma personalidad inquieta, provoca alertas o hasta miedo. Es como esa escena de discusión entre Allah y su novia, pero es una discusión extraña, porque el director parece estar orbitando en otro universo, pero luego regresa y parece retomar los hechos, y luego, nuevamente, se despega de este mundo. Tiene sus momentos de lucidez y otras de locura. Es decir, Khalik Allah se ha convertido en uno de sus personajes. “Yo camino sobre el agua”; parece rezar, y ayuda a su prójimo en tierra de nadie. Es un sujeto extravagante, casi bíblico. Mezcla de real y ficción. En un momento reflexiona sobre la gentrificación en el Harlem, gesto altruista, y luego se autonombra el Mesías, gesto de un ególatra en potencia.

domingo, 2 de diciembre de 2018

VI Transcinema: Black mother

Khalik Allah se despliega por Jamaica y nos va registrando los rostros y los pesares de esta nación. La resultante de este documental no está lejos del panorama de Harlem visto en su Field niggas (2015). Salvo por la naturaleza de la ciudad, de pronto no hay mucha diferente entre este bajo fondo estadounidense y el contexto de Jamaica. La comunidad negra parece ser igual allá o en el país caribeño. Las drogas, la prostitución y la miseria son rutinas que no reconocen algún agente que la saquen de dicha situación. Así como en su anterior filme, en este nuevo documental lo gubernamental no hace presencia ni es mencionada. La realidad devastadora se denota por tanto como una gangrena que no deja de propagarse. Lo cierto es que en su tránsito callejero, Allah contrapone un optimismo. Ese es un punto vital de Black mother (2018), uno de los detalles que lo diferencia de Field niggas.
En paralelo al retrato dramático, Allah hace calendario de un suceso esperanzador, el embarazo de una jamaiquina. Ese registro se convierte en el punto contrario a los testimonios cortos, en su mayoría desoladores, de los personajes que posan para la cámara del director. A ese gesto de la espera o nacimiento de la esperanza, le acompañan algunas declaraciones que vitalizan el ánimo de una sociedad aguardando su reconstrucción. Es la Jamaica que reflexiona y cuestiona en base a su historia o su modo de crianza, hablando desde el título personal o desde sus creencias. Hay una petición, un rezo por el cambio, por la redención. Ese es otro detalle que la distingue de Field niggas. Claro que desde una vista general, Black mother (2018), además de redundarse por sí sola, parece transcribir lo ya expresado en la anterior película de Khalik Allah.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Festival Transcinema: Field niggas

Field niggas (2015) es el retrato a una comunidad. Esta es la de los habitantes negros de una calle en Harlem, compuesto en su mayoría por drogadictos. El director y fotógrafo Khalik Allah es un conocido del lugar. Él será mediador en plena nocturnidad. En lo que aparenta una sola noche, el director dialogará con homeless o gente que incluso llega de vecindarios cercanos a fin de negociar o consumir una diversidad de estupefacientes asequibles. La miseria salta a la vista. Los hay padres y madres de familia, ex presidiarios, pequeños traficantes y limosneros. Muchos de ellos son de pocas carnes. Algunos roban por costumbre pero varios por necesidad. Allah realiza un documental inspirado en la fotografía de retrato. Es decir, el encuadre que ajusta en los rostros y desenfoca el fondo. El lente dramatiza y compone la indigencia casi con lirismo, un tratamiento que décadas atrás había realizado el documentalista Lionel Rogosin en su película On the bowery (1957), un vecindario también ubicado en Manhattan, en donde retrata de una distinta manera a una comunidad de alcohólicos.
Hay sin embargo un discurso panegírico en el filme de Allah. A diferencia del documental de Rogosin, en donde se rescata el gesto humanitario en medio de la miseria provocada por el alcoholismo, en Field niggas existe una defensa por los derechos humanos. Este documental, a propósito del rescate estético que emerge del retrato mismo de la miseria y la drogadicción, abre el debate sobre la cuestionada normativa y proceder de la policía en New York. Allah va acallando los prejuicios sociales a medida que encuadra a estos personajes que transitan. Es su pase por un filtro humanizador. Ya luego, son estos mismos los que irán dando cuenta de sus exigencias a fin de frenar el abuso de las autoridades, quienes accionan bajo un mecanismo que patenta los estereotipos raciales del imaginario estadounidense.