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sábado, 5 de diciembre de 2015

Festival Transcinema: Silvered Water, Syria Self-Portrait

A través de una compilación de videos caseros procedente de distintos autores y grabaciones realizadas por uno de sus directores en la ciudad de Homs, Silvered water, Syria self-portrait (2014) registra a una nación devastada por un gobierno opresor. En sus secuencias veremos protestas, masacres, tanto de rehenes como de turbas manifestantes, y brevísimos testimonios de deudos que fueron castigados bajo la orden gubernamental de eliminar a aquellos que estén en contra de la política en vigencia. Lo compilado por Ossama Mohamed y Wiam Simav Bedirxan son en su mayoría imágenes muy gráficas. El documental está cargado de un lenguaje que retuerce y conmueve a consecuencia de la violencia que se imparte. Las más impactantes tal vez sean aquellas en donde vemos a los más indefensos dañados directa o indirectamente por este conflicto desproporcionado.
Un ejemplo. En una larga secuencia se observa a un niño paseando entre la inmensidad de los escombros. Me viene un inevitable recuerdo a la Alemania, año cero (1948), de Roberto Rossellini. Lo que distancia sin embargo al niño italiano del niño sirio, es que este último preserva su inocencia, incluso ante la alerta de un temible francotirador. Silvered water, Syria self-portrait es también la charla entre sus realizadores. Ambos poetizando su dialéctica, o tal vez simplemente intentando rebuscar un idioma que ausculte (en vano) la impotencia sentida a igual por el director exiliado (Mohamed) como por la directora residente (Simav Bedirxan), quien además es educadora. El documental bajo ese sentido asume una postura comprometida. El testimonio de un individuo intentando fundar un cineclub en un pueblo en estado de crisis, en donde pasen películas realistas o de corte social, más que un gesto de afrenta es una acción de enmienda. La misma cacería de registros sobre este conflicto, en un estado en donde la presencia de una cámara es equivalente al ojo enemigo, es un acto cívico.

miércoles, 14 de agosto de 2013

17 Festival de Lima: Heli (Sección Oficial de Ficción)

Última crítica a la Competencia de Ficción; nuestra favorita.

Amat Escalante en Sangre (2005) dramatiza la tormentosa relación entre un hombre sometido por una mujer castrante, una que lo cela, lo controla, le prohíbe, lo cosifica. El director mexicano contempla con crudeza la convivencia de pareja y las consecuencias de ser parte de una familia fragmentada. En Los bastardos (2008), Escalante representa una ventana al problema de la inmigración, sobre la crisis laboral que se percibe en la nación mexicana y la violencia como respuesta a la superación. Es también una mirada a la familia disfuncional y la inocencia ultrajada. Heli (2013), su último filme, es sin duda lo más polémico en su filmografía. El narcotráfico y la violencia en México son tema central en esta historia que se limita a un plano objetivo. Escalante no es portavoz de una postura o un discurso social-político. Lo que sucede en el filme es lo que los noticiarios y sus conciudadanos comentan, escuchan, viven y padecen a diario.
A diferencia de El infierno (2010), de Luis Estrada, o Miss Bala (2011), de Gerardo Naranjo, además de otras películas mexicanas que han tomado por tema a la narcoviolencia, Heli se abstiene de mirar el rostro físico del narco, posiblemente el principal responsable de esta guerra campal que ha venido sacudiendo a dicha nación desde hace años. Si bien en el filme una familia no será víctima directa de la mafia organizada, sus verdugos serán, por el contrario, aquellos que con el tiempo pasaron a formar parte de esta guerra. Desde agentes del orden a simples habitantes, grupos rebeldes que a consecuencia del narcotráfico se fueron transformando en otro tipo de víctimas. Tanto la corrupción paramilitar como los asesinos asalariados son los colaboradores alternos al caos. La sola presencia de estos tendrá para el filme un rol intimidatorio. El acecho y el miedo serán sus armas letales.

La historia de Heli (Armando Espitia) es la contemplación a un caso de esos tantos. En medio del terreno agreste e infértil, una familia será víctima de las circunstancias. Escalante para esto no da lugar a tregua al optimismo. Si bien somos observadores de cómo una familia surge de entre sus carencias, ya en la introducción no han dado pautas de que el terror está próximo. Heli desde su inicio se muestra sincero. La violencia mora entre sus habitantes y ellos viven –o tal vez fingen– haciendo caso omiso. Este es un punto importante en el filme. La película de Escalante está dispuesta de escenas escalofriantes. La violencia es a carne viva, tal y cual como sucede a vista y paciencia a ojos de la ciudadanía mexicana a diario, en sus noticieros, periódicos o redes sociales, y esto no se escapa de las manos del director. En una escena de tortura no se concibe qué es más indignante: si las crudas imágenes de un castigo infrahumano o la admiración de ver cómo un grupo de personajes no hace un mínimo esfuerzo por frenar dicho acto.
Heli habla sobre la sumisión, sobre cómo una sociedad en medio de la muerte, viviendo entre los cuerpos inertes colgando de los puentes y las cabezas decapitadas, son abstemias al dolor ajeno. Hay incluso una mirada morbosa en este grupo de indolente –tal vez una de las consecuencias sobre qué tan nocivo son las acciones de los medios de comunicación–. La contemplación de un rehén siendo molido a golpes no es de la incumbencia de una madre que desde su cocina observa y prefiere proseguir con su rutina. En contraparte, un grupo de niños sí miran, pero con una curiosidad que implica una especie de goce audiovisual. En ambos casos, la mirada que vigila desde cerca o desde lejos pasa a ser un cómplice más de la tragedia. Al igual que en sus anteriores filmes, Escalante se remonta nuevamente a la inocencia interrumpida, la convivencia familiar como un espacio conflictivo, solo que en esta ocasión es la misma violencia externa la que altera e invade el ámbito íntimo. El final de Heli es más pesimista de lo que parece. Su cierre aspira a la normalidad, como si todo hubiera sanado o, incluso, como si nada hubiera pasado.