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lunes, 27 de enero de 2020

1917

La nueva película de Sam Mendes tiene momentos imponentes. Son las escenas en que la acción y el drama se combinan, instantes en que la cámara se obliga a correr estrepitosamente sin perder completamente la estabilidad, al menos lo necesario como para descubrir la coherencia que surge entre el ritmo cardíaco de los personajes y el panorama caótico del campo de batalla. Son en esos instantes en que el plano secuencia encuentra el mejor sentido de su naturaleza: combinar la fuerza dramática con la habilidad de un montajista. Es un modo de registro complejo que implica un alto riesgo. Son muchos elementos y pautas, y todos deben de cumplir una misma sincronía. Es un baile en el que cualquier paso en falso desmoronaría la iniciativa. Técnicamente, 1917 (2019) es un logrado desfile de planos secuencias que aparentan ser una única toma.
Argumentalmente, la última película de Mendes se queda corta. La historia se alinea al tópico de “rescate” en terreno bélico. Los dramas o motivaciones de los protagonistas no son ajenos a lo que el género ya antes ha manifestado: cumplir con una misión, disuadirse por lo personal o el simple deseo de no morir. La película no posee muchas opciones para estimular las expectativas argumentales, e incluso parece escatimar el desarrollo de eventualidades o intromisión de otros personajes. 1917 es un filme de sobrevivencia. Es decir, son los protagonistas resistiendo, siempre en movimiento y hacia una misma dirección. Lo único que cambia son los terrenos y extras que no tienen más meta que el de hacer pausa o ser puntos de tránsito o descanso. Sam Mendes no se empeña en desarrollar más personajes o dramas complementarios. Todo se concentra en las pruebas de riesgo que les espera a los protagonistas, que no es más que la definición de la espectacularidad de su montaje. A eso se reduce su filme.

domingo, 2 de junio de 2019

X Festival Al Este de Lima: En mi habitación

Atractivo filme el de Ulrich Kohler. Su protagonista es un hombre que tal vez ni llega a los cuarenta, sin embargo, algo en su actitud y postura encorvada lo denotan como alguien avejentado e infeliz. Armin (Hans Low) parece arrastrar algo de fracaso y frustración en su rutina. A este cuadro se suma una desdicha a puertas: su abuela agoniza. Vamos conociendo un poco más sobre su intimidad. Desintereses y resentimientos familiares expresan más razones para entender que hay mucho de desaliento en la vida de Armin. Sin ser literal, Kohler crea como una frontera entre el hombre y los suyos. Hay algo de solitario en él, que lo obliga a mantenerse al margen, que lo hace sentir un extraño dentro del territorio paternal o maternal. No se siente a gusto en un lugar o en otro. Entonces sucede algo. Justo cuando el drama va tomando forma, un inesperado giro acontece, y la película parte nuevamente de cero.
Después de “eso”, En mi habitación (2018) sigue siendo un drama, aunque ahora bajo un tópico diferente. Armin “despierta” en una nueva realidad que pondrá a prueba sus facultades y caracteres. El protagonista emprende una odisea en solitario, un momento a solas que podría ser el inicio de una tragedia, a propósito de los (pre)conceptos que tenemos de él. Lo cierto es que sucede todo lo contrario. De pronto lo que lucía defectuoso en un momento, en el nuevo presente, bajo las circunstancias cambiadas en que se encuentra Armin, es fructífero. En mi habitación es una película que reflexiona sobre el hombre y su entorno, las motivaciones humanas en relación a lo que le rodea. Lo que resulta ser una pesadilla para unos, para otros es un sueño hecho realidad, y a Armin se la ha cumplido algo que posiblemente deseaba en silencio.

lunes, 24 de julio de 2017

Dunkerque

Interesante cómo la reciente película de Christopher Nolan reserva con discreción el lado espectacular que tranquilamente podría dinamitar su trama de cine bélico. A diferencia de El origen (2010) o Interstellar (2014), el director británico en su último filme no hace lujo de técnicas visuales. En su película tampoco veremos un despliegue de combate militar al estilo de La patrulla infernal (1957) o Rescatando al soldado Ryan (1998). Nolan coincide más bien a lo que, por ejemplo, ha realizado recientemente Clint Eastwood, tanto en tema como evadiendo el sensacionalismo y destacando lo dramático. Dunkirk (2017) es un retrato sobre héroes, pero no los que han sido registrados por el canon histórico, sino los que han pasado desapercibido. Mientras que las historias de El francotirador (2014) o Sully (2016) se basan en personajes reales y coetáneos, Nolan opta por el individuo anónimo y se remonta al pasado, y de paso, al igual que el veterano director, evalúa la naturaleza y el concepto de héroe, condición que enfrenta a este mismo a una dialéctica moral, lo pone bajo sospecha, lo hace vulnerable y hasta ambiguo.
Sobre la ambigüedad; los personajes del primer Nolan tienen mucho de ello. De Following (1998) a Insomnio (2002), vemos a protagonistas con credenciales poco claras y una moralidad cuestionable, aunque sin apartarse del todo de las orillas de la redención. Caso en Dunkirk, algunos de los personajes son igual de imprecisos. La sucesión de la trama y sus acciones serán las que comenzarán a definir los principios de algunos de estos, pero habrá uno que otro que quedará varado tal vez a una interpretación abierta u obligando al espectador a una segunda mirada. Lo que queda claro es que los protagonistas de los tres ámbitos –que contienen cuatro historias– que conforman esta trama, están en una constante evaluación de sus actos, a fin de definirse el heroísmo. Al igual que Sully, vemos un relato de sobrevivencia con consecuencia victoriosa producto de la ejecución de una orden que tuvo una asistencia en conjunto. Es decir; Dunkirk es una película sobre el heroísmo colectivo y gradual.

El salvamento a la tripulación que aterrizó en el río Hudson no está lejos de la proeza realizada en las playas de Dunkirk. Los que salvaron a miles de hombres atrapados en las orillas no fueron solo las embarcaciones pertenecientes a británicos civiles que se ofrecieron por propia voluntad, así como la sola acción de un aviador o el compromiso de un comandante inglés. Dunkirk reúne a distintos héroes y los vincula a una sola misión, a pesar de estar expuestos al continuo ataque del enemigo. Los protagonistas de Nolan, como los del último Eastwood, están a contrarreloj – agudizado por el tic tac sonoro de Hans Zimmer o el cronométrico –, tomando decisiones una y otra vez, las que podrían provocar daños colaterales irreparables. Mediante ello, sus acciones (acertadas) van generando un heroísmo progresivo. La historia que por ejemplo podría sintetizar este efecto es la de la embarcación conducida por el personaje de Mark Rylance. Es el jefe de embarcación que va generando una conciencia progresiva hacia sus tripulantes, los cuales más adelante manifestarán rasgos heroicos variantes. El heroísmo en Dunkirk varía además según el ámbito (mar, aire y tierra) o la situación (protegiendo a los suyos o salvaguardando al aliado).
Lo nuevo de Nolan es un filme que no busca extasiar mediante un rasgo estético o afilándose a la discursiva comercial. Dunkirk tiene la corrección del montaje, una  estimulante estructura narrativa no lineal –firma del director que alimenta también ese carácter ambiguo en la trama y sus personajes–, pero por encima sobresale un rastro primigenio del director inglés; el de apropiarse de un género como el bélico, no cediendo a lo que establece el reglamento. Su película evade al Hollywood de hoy al apuntar a un drama personal, que si bien no hurga en el raciocinio interno como sucede en los filmes citados de Clint Eastwood, contempla tomando distancia y de forma individual, bosquejando personalidades que se construyen en base a sus determinaciones. Se hace también un acto de ofrenda a la sentimentalidad nacionalista, acercándose el filme aún más a los retratos de héroes tradicionales, definidos por lo tradicional y constitucional. Curioso cómo a nivel de lengua, la inglesa es la única expresa. Casi no hay rastro del aliado ni del enemigo. Christopher Nolan convierte en oda triunfal a la conducta de la Gran Bretaña histórica, a partir de lo que fue considerada una derrota militar.

jueves, 13 de octubre de 2016

Horizonte profundo: desastre en el Golfo

Lo mejor de Deepwater Horizon (2016) es el antes del gran climax. Peter Berg en esta nueva película de sobrevivencia marca el estado de ansiedad a consecuencia de una negligencia que es "palpable". Más allá de lo que pueda predecir un ave estrellándose en un helicóptero, es la lista de pendientes críticos que acontecen en la plataforma marítima las que provocan una severa inquietud de lo que está pronto a suceder. Berg promueve una bomba de tiempo a punto de estallar, y lo que desespera es que el azar parece darle la razón a los agentes del desorden, como el que representa el personaje protagonizado por John Malkovich, indolente supervisor a cargo y vigilante de la austeridad y demás intereses de la corporación petrolera. Ya cuando la Divina Providencia no soporta más la responsabilidad, el colapso de la torre de naipes es catastrófico. Al final queda el caos, víctimas, la descompensación de los que sobrevivieron, escándalo e impunidad.

lunes, 15 de febrero de 2016

El renacido

Lo inhóspito es palabra clave en el territorio western, y este no solo deviene del propio contexto, sino también de los personajes que lleva dentro; desde la multitud de tribus nativas hasta los colonos establecidos y nuevos invasores. Existe, por tanto, una continua lucha territorial, además de un oficio por hacerse de los recursos naturales. A grandes rasgos, la sobrevivencia para todo tipo de residente es una constante. El renacido (2015) se apropia de estas premisas. Aquí el protagonista principal tendrá que lidiar tanto con la naturaleza como con el hombre. A la primera tendrá que subsistir, a la segunda tendrá que imponerse. En la historia, luego de ser invadido su campamento, un grupo de exploradores tendrá que internarse a un territorio natural en gran parte dominado por los indios. En su camino, Hugh Glass (Leonardo DiCaprio), guía de la expedición, será gravemente herido y luego abandonado a su suerte. Es con este acontecimiento que Glass emprenderá su lucha con el entorno y el hombre que repercutió en su abandono.
A la línea de la trama, El renacido me trae a la memoria otra western. En Río sin retorno (1954), de Otto Preminger, Robert Mitchum estará decidido en atravesar la naturaleza hostil, también infestada por las comunidades indias, a fin de aplicar venganza ante un hombre que injurió contra él y su hijo. En el filme de Preminger, el romance es el otro centro de la historia. En la película de Alejandro González Iñárritu, es el tema de la identidad. Glass es un estadounidense emparentado con los pawnee, comunidad india a la que perteneció su esposa y con quien concibió a su hijo, Hawk (Forrest Goodluck). La presencia de Hawk como parte de la expedición de recolectores de pieles será motivo de tensión frente a uno de sus miembros. John Fitzgerald (Tom Hardy) será el némesis de la historia, un hombre del que tal vez sea una antigua mutilación la que responda su aversión hacia cualquier comunidad de indios. Ya para cuando Glass sea víctima del abandono, Fitzgerald le habrá otorgado más de una razón primordial para llevar a cabo su acto de venganza.

El renacido parece confirmar su nueva afición del director mexicano por emprender filmes corales, montajes que se prestan para retratar a personajes épicos, la explotación de elementos técnicos que apelan a la agudeza de la perspectiva visual. Su filme desea ser imponente por dónde se lo vea, y esto, al igual que en Birdman (2014), inicialmente es provocador, sin embargo, es su misma pretensión la que termina por devaluar el producto. González Iñárritu es un director que ha trepado sobre una valla creativa muy alta. Su aspiración, muy a pesar, no es suficiente al momento de fijar los límites de su expresión. El director mexicano sobrecarga las bondades que pudiera tener su película al punto de convertirlos en artificios. Por ejemplo, lo que en un principio resulta ser un acercamiento al imaginario real mágico de la tribu pawnee, más adelante se convierte en una fantasía exótica explotada. Técnicamente, González Iñárritu tiene la intención por crear grandes escenas de combate, sin embargo, impuesta la cámara a un plano medio, dejando casi siempre en un segundo plano a la toma general. El director prefiere el protagonismo antes que la colectividad.
Por solo nombrar dos grandes escenas, es la lucha con una bestia salvaje y una persecución entre un solo hombre y los indios. Lastimosamente, a González Iñárritu le gana el deseo de crear ciertos actos a un nivel espectacular que terminan por inflar, por ejemplo, las mencionadas secuencias. El personaje de Glass posee una vitalidad mesiánica que hace de su aventura sea un calvario hasta cierto punto inverosímil. Al final de la película, la historia además opta por otorgar a este protagonista principal una cuota piadosa, como confirmando su heroicidad a un nivel mítico; mitad pawnee, mitad estadounidense. Así como en el final de Birdman, Alejandro González Iñárritu convierte a su héroe en una especie de “elegido” que poco le falta para gravitar cual monje tibetano alcanzando la máxima sabiduría.

viernes, 11 de diciembre de 2015

En el corazón del mar

Cuando se trata de filmes sobre marineros y capitanes lo que apasiona es ver cómo esa naturaleza hosca de dichos personajes sirve como herramienta de sobrevivencia para cuando se encuentren batallando contra las feroces aguas. Es la lucha entre el hombre y la naturaleza acuática, una a la que no se extermina, sino simplemente se somete de manera provisional. Es también la afrenta entre navíos enemigos, piratas u otros mercantes, generándose de esta forma una competencia en donde el mar pone trabas. No hace mucho estuve viendo El mundo en sus manos (1952) de Raoul Walsh, en donde vemos a un capitán de barco interpretado por Gregory Peck mostrando dos rostros distintos. En tierra enamorando a una condesa rusa, en mar compitiendo ferozmente con Anthony Quinn, otra personalidad hosca por naturaleza. Demás está explicar por qué el contexto marino es más motivador que la tierra firme.
En el corazón del mar (2015) es atractiva si la contemplamos con distancia. Es una historia que va asumiendo nuevos conflictos. Su trama de pronto es tan impredecible como el mar. En consecuencia a esto, lo único que prima es la incertidumbre. Ron Howard adapta el relato que habría inspirado a Herman Melville para escribir Moby Dick. Ese es de hecho la historia que engloba a la película. Vemos en primera instancia a Melville entrevistándose con un marinero retirado, uno de los sobrevivientes del navío Essex. La hostilidad y la resistencia de este último por dejar al descubierto los sucesos que vivió en sus tiempos de juventud solo corroen aún más la curiosidad del escritor. Ante la insistencia, el alcoholizado viejo decide por fin revelar lo que ocurrió con el barco y su tripulación. Se manifiesta así una historia de un argumento que puede ser dividido en partes. Es la tensión entre un capitán y su primer oficial, luego la codicia por recolectar la mayor cantidad de aceite de ballena, más adelante el encuentro/enfrentamiento con una bestia marina, y finalmente el naufragio y viaje sin rumbo por 3 meses.
Al igual que en otras películas sobre aventuras marinas, los personajes y la trama de En el corazón del mar están a merced del océano y de lo que este esconde en sus entrañas. Howard imparte un relato de sobrevivencia logrado, sin embargo su narrativa secuencial hace que no haya mucha profundidad en el desarrollo de sus personajes. Es, por ejemplo, para cuando capitán y primer oficial son presos de la obsesión y la codicia, como según define la voz en off del narrador, mas esto no se aprecia debido a que Howard acorta o salta acontecimientos. De un momento a otro los dos miembros enemistados son cómplices de una acción que más adelante tendrá trágicas consecuencias. Lo que sí queda claro, y es de hecho lo más logrado de la película, es cómo el viaje en altamar es filtro que diluye los prejuicios terrenales. Durante el naufragio a una reducida y desértica isla, el capitán, encarnado por Benjamin Walker, dialoga con su primer oficial, interpretado por Chris Hemsworth, con sabiduría. El primero ha extraviado en algún punto del mar su prepotencia e inmadurez heredado por su inexperiencia y el apellido proveniente de una familia de bien. Dicha actitud le será marca indeleble hasta su posteridad.