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viernes, 4 de marzo de 2016

El hijo de Saúl

El hijo de Saúl (2015) es una película en continuo desplazamiento. La historia consta sobre una búsqueda; en tanto, es el protagonista principal y la cámara moviéndose de un lado a otro, a fin de hallar a un individuo que será crucial para efectuar una redención. El director László Nemes emprende un gran debut que responde a un montaje complejo. El contexto de su historia se desenvuelve en un campo de concentración. El reto que Nemes se plantea será el de hacer notar la amplitud de ese mundo. En efecto, los campos de concentración eran una suerte de mini ciudadelas, y no solamente por ocupar una gran porción de terreno, sino también por la misma estructuración de sus secciones, que muy bien se describen en un documental como Shoah (1985). Es de esta forma que esta búsqueda que realiza su protagonista principal es una suerte de excursión que muestra distintas versiones de un mismo lugar.
El filme de Nemes, desde cierta perspectiva, parece comportarse como una road movie. El viaje que emprende Saúl (Géza Rohrig) es personal. Es decir, la motivación de este periplo no tiene razón (o sensatez) para ningún otro más que para él mismo. Es, además, la búsqueda de alguien tangible que, en paralelo, significa también la búsqueda de algo que es intangible. Para Saúl, el hallar a un rabino significaría el hallazgo de su salvación moral. El solo hecho de realizar ese trayecto de búsqueda, que pondría en riesgo su vida, pone a prueba su determinación en pie a alcanzar su redención. Saúl es un sonderkommando, es decir, un judío preso asignado por los nazis a realizar labores dentro del Ghetto. ¿Qué implica esto? Una suerte de traición hacia los suyos a cambio de un aplazamiento de su condena; el morir como todo los otros judíos. Bastó un suceso inexplicable, casi una especie de milagro o epifanía, para que Saúl decidiera poner en desvío su humillante rutina.
En Kapo (1959), gran película del italiano Gillo Pontecorvo, vemos también a una mujer judía dispuesta a redimirse dentro de un campo de concentración. Sin embargo, a diferencia de la película de Nemes, la historia en Kapo consta principalmente en narrar las peripecias que motivaron a su personaje a traicionar a los suyos. En cuanto a su redención, esa es la resolución de la historia. László Nemes, en cambio, no responde ni avala a las razones que llevaron a su personaje a volverse un sonderkommando. El eje de su trama no es una justificación de los hechos, sino una ruta de expurgación a modo individual. El atractivo en El hijo de Saúl es su visión en primera persona, en donde el protagonista anda en primer plano, mientras que el contexto lo acompaña difuso. Lastimosamente, el filme en ocasiones recae ante el peso del imaginario fílmico sobre el Holocausto, por ejemplo, en el horror gráfico de una ultimación o la secuencia de un grupo de nazis humillando al protagonista con una danza típica. Ya no hay necesidad de regraficar ciertos eventos infaustos. La sola carga histórica tiende a hacer lo suyo.

viernes, 26 de febrero de 2016

Carol

Todd Haynes, por inicio de los noventa, se estrenaba con Poison (1991), un filme híbrido que abordaba el homoerotismo en clave alegórica. A este, le siguieron otras películas, que de igual manera exploraban un perfil de la homosexualidad, aunque con menos profundidad en comparación al tratamiento que se manifestaba en la mencionada ópera prima del director británico. En cierto modo, la homosexualidad en el cine Haynes no es el conflicto central de sus historias, sino apenas un subtema que funciona a manera de catalizador para la trama principal. Tanto en Velvet Goldmine (1998) o Lejos del cielo (2002) sucede esto. De pronto las vidas de sus protagonistas principales se ven emparentadas o relacionadas con la homosexualidad, a propósito de una coyuntura o una movida generacional, en referencia a los casos. En Carol (2015), sucede lo mismo. Una relación homosexual no es más que excusa para representar un melodrama que apasiona no por su historia, sino por su modo de representarla.
Carol inicia con la separación de una pareja. A continuación, se hará una remembranza al pasado. Será el antes; desde el instante en que las amantes se conocieron por pura casualidad hasta la perpetración de su romance, uno que se dio entre encuentros furtivos a causa de ser una relación “prohibida”. Es la década de los 50. Therese (Rooney Mara) es un joven dependiente. Carol (Cate Blanchett) es una mujer casada. Ambas pasan por una etapa de desilusión. La primera se resigna a seguir su rutina como trabajadora, mientras que su futuro se resume en ser la esposa de un hombre rico que la corteja. La segunda está aguardando por su divorcio y la custodia de su menor hija, sin embargo, el egoísmo de su esposo le impide ambos. Haynes arma su historia en base a la estructura y premisas de un melodrama clásico que aspira melancolía, y en donde el amor es obstruido por las circunstancias y las vetas de la sociedad.
La misma dirección técnica y artística de la película obedece a un estado anímico lánguido. Haynes es capaz de retratar con precisión los sentimientos de sus protagonistas en un solo encuadre. Sea Therese o Carol, en más de una ocasión, las veremos encerradas por marco baldío, separado por un vidrio difuso o vaporoso que trasluce tristeza e incertidumbre. Hay una separación literal entre el mundo y lo que está sucediendo en la cabeza de estas personajes. Es vísperas de Navidad, sin embargo, sus protagonistas están inmersas en su soledad. Tal vez sea dicho padecimiento compartido haya sido la motivación de la unión entre estas dos mujeres. La grieta social y circunstancial, muy a pesar, hacen lo suyo, y el romance se verá frustrado. Carol, a la línea de cualquier melodrama clásico, es también una vía de aprendizaje. Las amantes prosperarán en solitario, aunque su romance seguirá transcendiendo. 

miércoles, 24 de febrero de 2016

La chica danesa

Una decepción La chica danesa (2015), y recalco como decepción en respuesta a mi visión personal a las dos películas más recientes realizadas por Tom Hooper. Tanto El discurso del Rey (2010) o Los miserables (2012) fueron películas injustamente desestimadas en su momento. Frente a esto, en mis respectivas críticas a las mencionadas, expreso mi simpatía a estas al apuntar a detalles que emprenden un buen razonamiento en base a la relación entre sus respectivas tramas y estéticas (esta última, una carga muy explotada por Hooper y, además, una de las razones principales de la desaprobación por parte de sus detractores). Esta relación, sin embargo, no es motivo de inspiración en su último filme. Caso el trabajo artístico y técnico (uso de angulares, encuadres dimensionales, fondos texturizados) se pierde o simplemente no otorgan sentido dentro de su trama de género, que de paso no logra sobrecoger más allá de su carácter ensayístico.
La chica danesa tiene como atractivo principal la interpretación de Eddie Redmayne, protagonizando a Einar Wegener, quien más adelante será Lili. Así como en La teoría del todo (2014), aquí el actor británico nuevamente depende de su transformación física, aquella que exige una disciplina frente a su nueva corporalidad. Esto, sin embargo, se deprecia para cuando la película deja de observar en detalle el cuerpo de Lili y lo postra al drama. Hooper prefiere seguir el conducto de la historia, sobre la transexualidad del personaje principal. Nuy a pesar, todo es superficial. El tema de género se inclina incluso ante una visión primigenia; la clásica premisa de la mujer que nació dentro del cuerpo de un varón. No hay profundidad de ideas, pensamientos o sentimientos. El personaje de Gerda Wegener (Alicia Vikander), en principio, se reduce a un mero aferramiento por recuperar a su marido. Ya luego, la vemos comprometida o resignada (¿cómo saberlo con seguridad?) ante la situación. Bueno hubiera que se manifieste una reflexión sobre el género en base a una posible dialéctica constructiva entre los esposos.

lunes, 15 de febrero de 2016

El renacido

Lo inhóspito es palabra clave en el territorio western, y este no solo deviene del propio contexto, sino también de los personajes que lleva dentro; desde la multitud de tribus nativas hasta los colonos establecidos y nuevos invasores. Existe, por tanto, una continua lucha territorial, además de un oficio por hacerse de los recursos naturales. A grandes rasgos, la sobrevivencia para todo tipo de residente es una constante. El renacido (2015) se apropia de estas premisas. Aquí el protagonista principal tendrá que lidiar tanto con la naturaleza como con el hombre. A la primera tendrá que subsistir, a la segunda tendrá que imponerse. En la historia, luego de ser invadido su campamento, un grupo de exploradores tendrá que internarse a un territorio natural en gran parte dominado por los indios. En su camino, Hugh Glass (Leonardo DiCaprio), guía de la expedición, será gravemente herido y luego abandonado a su suerte. Es con este acontecimiento que Glass emprenderá su lucha con el entorno y el hombre que repercutió en su abandono.
A la línea de la trama, El renacido me trae a la memoria otra western. En Río sin retorno (1954), de Otto Preminger, Robert Mitchum estará decidido en atravesar la naturaleza hostil, también infestada por las comunidades indias, a fin de aplicar venganza ante un hombre que injurió contra él y su hijo. En el filme de Preminger, el romance es el otro centro de la historia. En la película de Alejandro González Iñárritu, es el tema de la identidad. Glass es un estadounidense emparentado con los pawnee, comunidad india a la que perteneció su esposa y con quien concibió a su hijo, Hawk (Forrest Goodluck). La presencia de Hawk como parte de la expedición de recolectores de pieles será motivo de tensión frente a uno de sus miembros. John Fitzgerald (Tom Hardy) será el némesis de la historia, un hombre del que tal vez sea una antigua mutilación la que responda su aversión hacia cualquier comunidad de indios. Ya para cuando Glass sea víctima del abandono, Fitzgerald le habrá otorgado más de una razón primordial para llevar a cabo su acto de venganza.

El renacido parece confirmar su nueva afición del director mexicano por emprender filmes corales, montajes que se prestan para retratar a personajes épicos, la explotación de elementos técnicos que apelan a la agudeza de la perspectiva visual. Su filme desea ser imponente por dónde se lo vea, y esto, al igual que en Birdman (2014), inicialmente es provocador, sin embargo, es su misma pretensión la que termina por devaluar el producto. González Iñárritu es un director que ha trepado sobre una valla creativa muy alta. Su aspiración, muy a pesar, no es suficiente al momento de fijar los límites de su expresión. El director mexicano sobrecarga las bondades que pudiera tener su película al punto de convertirlos en artificios. Por ejemplo, lo que en un principio resulta ser un acercamiento al imaginario real mágico de la tribu pawnee, más adelante se convierte en una fantasía exótica explotada. Técnicamente, González Iñárritu tiene la intención por crear grandes escenas de combate, sin embargo, impuesta la cámara a un plano medio, dejando casi siempre en un segundo plano a la toma general. El director prefiere el protagonismo antes que la colectividad.
Por solo nombrar dos grandes escenas, es la lucha con una bestia salvaje y una persecución entre un solo hombre y los indios. Lastimosamente, a González Iñárritu le gana el deseo de crear ciertos actos a un nivel espectacular que terminan por inflar, por ejemplo, las mencionadas secuencias. El personaje de Glass posee una vitalidad mesiánica que hace de su aventura sea un calvario hasta cierto punto inverosímil. Al final de la película, la historia además opta por otorgar a este protagonista principal una cuota piadosa, como confirmando su heroicidad a un nivel mítico; mitad pawnee, mitad estadounidense. Así como en el final de Birdman, Alejandro González Iñárritu convierte a su héroe en una especie de “elegido” que poco le falta para gravitar cual monje tibetano alcanzando la máxima sabiduría.

viernes, 12 de febrero de 2016

En primera plana

En primera plana (2015) es una película que se apropia de un tema polémico en favor a hacer oda a un oficio; el periodístico. La mayoría de los personajes de esta película no son curas u abogados apañando un crimen masivo. Los héroes de esta historia son, en su lugar, un grupo de reporteros descubriendo la fechoría. Hay además una alusión a esta profesión sostenida por las normas de la “viaje escuela”. Es mediante esto que el compromiso y la maña se ponen a la orden, a propósito de que una sección de investigación del diario Boston Globe designa un caso muy delicado a un grupo de sus empleados. Hurgar sobre este, implica el riesgo que podría recaer tanto en los asignados como en la propia institución. Con esto se abre entonces el clásica enfrentamiento entre organismos; en este caso, es el poder de la Iglesia versus el Cuarto Poder. El director Thomas McCarthy, sin embargo, no convierte su película en un cuadrilátero. Aquí no veremos pugnas o periodistas recriminando cara a cara a los culpables. El filme, en su lugar, se inclina a un argumento de investigación, incluso hasta un nivel detectivesco.
De esta forma es que veremos a un equipo en constante movimiento. El ambiente periodístico es amplio y disperso, y eso lo dejan en claro los protagonistas de esta historia, quienes transitan tanto por oficinas públicas como privadas. Toda clase de reuniones o visitas se manifiestan en estas; las previstas como casuales, así como las clandestinas. La faceta de estos reporteros parece asemejarse a la de un detective privado, la diferencia es que, en este caso, no existe una persona real a quién perseguir. Tal como lo manifiesta uno de los periodistas a cargo de esta “misión secreta”, si bien el tema de investigación consta sobre los abusos sexuales a infantes cometidos por sacerdotes, los sacerdotes aquí no son los perseguidos. La persecución apunta a explorar a algo macro. Estas son las acciones sometidas por una organización.
Temáticamente, En primera plana no es novedad. Años atrás el documental Líbranos del mal (2006), realizado por Amy Berg, ya se había encargado de desvelar ese lado sórdido y “anónimo” de la Iglesia, en referencia a las denuncias acalladas por la misma institución eclesiástica. En cuestión de testimonios o sondeos, la película de McCarthy incluso queda corta al costado del documental. En primera plana, desde ese sentido, tiene una razón más para concentrar su atractivo en la praxis periodística. En razón a esto, es valioso evaluar los roles actorales, los cuales sobresalen de forma pareja. Si bien Mark Ruffalo es el que manifiesta una catarsis más plena respecto al resto, esto no minimiza a esas otras personalidades. Por otro lado, pueda que Ruffalo sea después de todo el retrato más atractivo, sin embargo, tiene algo de postizo, detalle que también comparten sus colegas. Una debilidad de En primera plana es ver a los protagonistas lidiando con sus propios conflictos, las cuales curiosamente se ven relacionados al caso en cuestión. Al parecer el guión quiere resaltar que, literalmente, estos reporteros están envueltos en una labor que se ha tornado en algo “personal”.

domingo, 31 de enero de 2016

Brooklyn: un amor sin fronteras

A diferencia de otras películas sobre migrantes europeos rumbo a los EEUU, Brooklyn (2015) no desea ser un testimonio sobre la persecución al “Sueño americano”. El filme de John Crowley es más bien un relato sobre la nostalgia. Una joven viajará rumbo a otro continente no por urgencia ni por obsesión, sino por mera oportunidad que le ha ofrecido desinteresadamente la iglesia a la que pertenece. Es así como se inicia el viaje a una nueva vida. El intercambio de la paisajista vida del terruño irlandés por el estilo citadino y agitado de una de las ciudades de New York. Aquí la historia no desata algún desencuentro o desencanto con el lugar. Crowley, por tanto, no asigna a su protagonista principal una serie de agonías propias del imaginario sobre la inmigración. Todo lo contrario. La joven Ellis (Saoirse Ronan) va calzando “cual anillo al dedo” en este nuevo contexto, espacio en donde no solo los irlandeses, sino también otras naciones, han comenzado a fundar sus comunidades en este lugar del que poco a poco están haciéndolo suyo.
La estadía de Ellis se convierte así en un proceso de adaptación. En distintos ámbitos y situaciones, veremos a la encantadora joven tomando partido de esas nuevas oportunidades que se le presentan y también de las experiencias que en su momento no acontecieron en su lugar natal, tal como el amor. Ya para la mitad de la historia, y para cuando Ellis parecía añorar menos ese lugar llamado Irlanda, un suceso le hará virar nuevamente a esa nación de la que un día partió. Es con este quiebre en su historia que Brooklyn afirma ese carácter nostálgico, a consecuencia de una partida. Muchas cosas cambiaron y otras no en el pueblo donde vivió, y, sin embargo, todas estas parecen atraer a la nueva Ellis, quien, de igual forma, no desencaja. Ni sus vestidos ni sus nuevas aptitudes crean un muro ante sus conocidos. En su lugar, son más bien ellos los fascinados por esta Ellis renovada. La joven, por su lado, se verá envuelta por la melancolía, sentimiento que para el final de la película le reclamará también desde el otro lado del Pacífico. Brooklyn no es una gran película, ni mucho menos manifiesta algo novedoso. Hay, sin embargo, un carácter emocional, en gran parte proyectado del carisma de la actriz Saoirse Ronan, que la hace reconfortante por momentos.

martes, 26 de enero de 2016

La habitación

La habitación (2015) es lograda en su primera parte. Lástima que esta logra extenderse solo hasta antes de la mitad de la película. Es en este fragmento en que la historia narra el cautiverio de una madre y su hijo, hallando su gran clímax para cuando la primera comienza a reeducar y luego imponer con tensión dictatorial al pequeño, quien se arrepiente de haber cumplido cinco años, edad en que, según la madre, ya está preparado para conocer la “verdad”. El director Lenny Abrahamson hace un vuelco emocional de lo que hasta hacía poco parecía un mundo de fantasía, idea complaciente y optimista que obviamente hace contraste con la cruda realidad de un secuestro. A partir de entonces cualquier rastro de cuentos de hada se habrá extinguido. Bastará un par de días para que Jack (Jacob Tremblay) se enterara que existe un mundo afuera de la “habitación”. Además de su celador y su madre, el niño se enteró que existen más personas en esa llamada verdadera realidad.
La segunda parte de la película es después de la “liberación”, una que si bien libra a los protagonistas del horror del encierro, les trae nuevas consecuencias dramáticas, incluyendo los rezagos postraumáticos, especialmente en la madre. La habitación, a partir de entonces, se torna trivial. El regreso a casa abre paso a las tensiones entre los nuevos personajes que aparecen en la historia. El filme se inclina al drama familiar, a propósito de cómo la madre de Jack tendrá que lidiar en solitario su conflicto interno. Entonces las cosas comienzan a manifestarse en un ritmo acelerado. Un abuelo que toma distancia ante el “problema”, Jack abriéndose al mundo, la madre rozando con todo lo que le rodea, la prensa que hostiga por el amarillismo. De pronto todo parece haber hallado su rehabilitación (o al menos el camino correcto) y ni si quiera se percibe qué tanto ha pasado el tiempo para los personajes. Un punto más a favor, la notable actuación de Jacob Tremblay, quien incluso es más vital que Brie Larson.

viernes, 22 de enero de 2016

Los 8 más odiados

The killing (1956) narra la historia de un robo que, si bien parece el atraco perfecto, de pronto todo comienza a salir mal. Esa premisa es la que plantea Quentin Tarantino en Reservoir dogs (1992) y toma además como centro de atención. A diferencia de la película de Stanley Kubrick, aquí la historia inicia con el robo perpetrado. Incluso hasta el final, poco nos hemos enterado del mismo. Lo que prevalece en el relato es cómo los implicados irán perdiendo el control luego de reunirse en un mismo lugar. En Los ocho más odiados (2015) nuevamente esta rúbrica se ve aplicada, solo que esta vez un robo no es el motivador para un grupo de personajes. ¿Qué diferencia percibimos del Tarantino de la ópera prima frente al Tarantino de su “promocionada” octava película? No hay duda que lo más visible es su nivel de producción. Hoy en día Tarantino es sinónimo de carta segura para la gran industria, lo que le permite poder darse el lujo de crear una película de altos costos. Por lo resto, Tarantino ha sido siempre fiel a su estilo hasta el día de hoy.
En adición, si algo ha venido enriqueciéndose en el director son sus modos en cómo descubrir la tensión. El cine de Tarantino es violento, o sea, prevalece de la tensión para que la violencia sea consecuente. Pueda ser por eso que Django sin cadenas (2012) es por momentos desabrido por el propio hecho de manifestarse una violencia injustificada y hasta pueril. Los ocho más odiados, sin embargo, revitaliza ese poder de generar la tensión. La película en principio parece querer asegurarse en dar forma y sentido a las personalidades de John Ruth (Kurt Russell) y el mayor Marquis Warren (Samuel L. Jackson). El conocer los antecedentes de estos dos cazarrecompenzas es prioritario, como, por ejemplo, el saber sobre las tensiones de la coyuntura de entonces. La Guerra Civil en EEUU recién había terminado y en términos que en parte beneficiaba a los de la Unión y obviamente disgustaban al bando de los Confederados. Son también las justificantes del porqué Ruth decide llevar “viva” a una buscada prisionera. El concepto que tiene este mismo sobre la ley y el castigo, tomará sentido para el final de la película.

Por lo tanto, el largo inicio y “sin balas” dentro de una diligencia, no solo servirá para presentarnos a los personajes que viajan en esta. La prioridad aquí es establecer el orden de la tensión y comprender los comportamientos de los protagonistas que posteriormente serán puestos a prueba en una conocida fórmula del director. Lo que le claro a Tarantino es que para dar rienda suelta a la tensión –entendido como un preámbulo a la violencia–, es de carácter obligatorio reunir a sus protagonistas en un mismo lugar, sea un depósito, una iglesia en un desierto o un bar nazi. Es de absoluta importancia además que este sea un lugar no público, y si lo es, los límites del recinto deben simular el encierro, sea a través de sus ajustadas dimensiones o la poca concurrencia. Si somos conscientes de eso, entonces sabremos que la llegada de los dos cazarrecompensas a una posada en donde se aloja un grupo de desconocidos es el lugar en donde correrá un río de sangre.
Los ocho más odiados, en efecto, logra dar aviso de la proximidad de su clímax para cuando todos los personajes coinciden –algunos premeditadamente– en ese espacio reducido. El primer y gran imprevisto se genera con la llegada de una tormenta. Entonces los forasteros tendrán que hacer posada contra voluntad hasta que el clima vuelva a la calma. Hasta entonces, y sin suponer lo que se propone el director, ¿qué tenemos? Están un mayor negro que perteneció a la Unión y un general de los Confederados veterano, además de un cazarrecompensas resguardando celosamente a su presa de un grupo de desconocidos; todos bajo un mismo techo. Pero hay más, pues de hecho la trama es más complicada. Se podría decir que a medida se iba tejiendo una historia, otro grupo de personajes estaba fabricando una propia, la misma que se narrará a su momento. Tarantino, al margen de la tensión, gusta filtrar una historia alterna a modo de dar el “tiro de gracia”. Caso similar, es el secreto de Mr. Orange en Reservoir dogs. En Los ocho más odiados está también esa otra historia que una parte de los personajes ignora y que el director descubre al espectador para el momento más adecuado.

Qué más se puede valorar de una película como Los ocho más odiados. La riqueza de sus personajes, desde los que tienen más protagonismo como los que tienen menos. El cinismo del mayor Marquis Warren es de hecho lo más atractivo del grupo. Es en su diálogo con el general confederado, este interpretado por Bruce Dern, en donde se observa de lo que está hecho. Ofreciendo en principio un plato de comida y luego regodeándose ante el sufrimiento de su interlocutor. Warren es maquiavélico. A este le sigue la prisionera Domergue, muy bien interpretado por Jennifer Jason Leigh. De las pocas grandes actrices subvaloradas actualmente. Su personaje desmitifica el género que representa, sin embargo, no cabe incluso denotarla como un personaje masculinizado. Domergue es una de las villanas más buscadas, es perversa y rastrera, y eso es lo que representa y nada más. Caso de la fotografía y sobretodo la banda sonora, bien interpretados por colaboradores frecuentes de Tarantino, Robert Richardson y Ennio Morricone. Si bien es la primera vez que Tarantino trabaja junto al compositor italiano, las bandas sonoras de Morricone siempre han sido citadas u omnipresentes en otras de sus películas.
Los ocho más odiados es de lejos mejor que Django sin cadenas. A pesar de esto, ciertos asuntos no la convierten por sí sola en un gran filme. Al igual que en otras de sus películas, Tarantino estructura su relato mediante capítulos. Lo cierto es que, a diferencia de Pulp fiction (19949 o Kill Bill Vol. I (2003) en donde se aplica este uso, en su último filme dicha estructura no resulta necesaria, incluso tratándose de un extracto en donde el director decide emprender un flashback. En Los ocho más odiados no existe un héroe cumpliendo fases como tampoco personajes desarrollando una historia desde su propia perspectiva. Por otro lado, ese ingenio de Tarantino para los diálogos resulta menos elaborado, y eso se percibe sobretodo en la secuencia dentro de la carroza, en donde el diálogo toma cierta monotonía. El ser transcendental no necesariamente lo convierte en una conversación atractiva. Quentin Tarantino filma además en 70mm, un formato propiamente paisajista, pero que se desenvuelve en gran parte en interiores. Por último, el final de su historia, uno que está entre lo complaciente hasta decepcionante. Es tal vez lo más cercano a un happy end a lo Tarantino.

domingo, 10 de enero de 2016

La gran apuesta

Si algo hemos aprendido del mundo de la bolsa de valores, es que los que triunfan son los que arriesgan. Invertir implica tomar un riesgo, no solamente económico, sino también personal. Eso quiere decir que si es necesario sacar a alguien del camino para alcanzar una ganancia, se hará. Qué implica esto: no todo triunfador es necesariamente correcto. “La avaricia es buena”; decía Gordon Gekko. Pero, ¿hasta qué punto? No lo responde, sin embargo se sobreentiende que no hay límite para este, o al menos no para el individuo-calaña que representa el protagonista de Wall Street (1987). Es mediante dicha lógica que se inaugura un pensamiento moral en el área de las finanzas neoyorquinas, y de hecho ese es el punto al que quiere llegar La gran apuesta (2015) muy por encima de querer convertirse en un “manual práctico” sobre cómo la economía en EEUU se tropezó con su propia agujeta desamarrada.
Dos puntos importantes y atractivos de la película de Adam Mckay. Lo primero es su modo en cómo se desarrolla. Todo empieza en el 2005, años previos a la crisis del 2008. Un grupo de personajes descubrirá cómo el mercado de la subprime hipotecaria funciona a modo de bomba de tiempo. Todo el mundo hipotecario ha colaborado para activarla, sin embargo, nadie se ha tomado la molestia (o simplemente no les ha importado) en desactivarla. Es entonces, dentro de un plazo estimado, que los protagonistas indagarán sobre este asunto. La gran apuesta consiste en el proceso de convencimiento de un grupo de personas, hasta cierto punto, escépticas ante un próximo cambio. La suerte de la bolsa la conocemos, lo novedoso es cómo los personajes irán descubriendo las aberraciones de una normativa económica colectiva. Casi tres años tendrán que pasar para que esto se resuelva, muy a pesar, los sucesos no dejan de manifestarse a contrarreloj. Ese es el segundo punto atractivo del filme. La rutina de Wall Street es agitada, todo es think fast, y eso se manifiesta en la edición final de la película.
Existe sin embargo una desventaja en dicha dialéctica vertiginosa. Por muy básico que se manifiesten los conceptos financieros, el tiraje de información es incesante, lo que va creando dudas si en verdad se entendió o no, desplazando o retrasando frente al ritmo que no pisa freno. Por otro lado, más que cómico, creo que burlesco son los cameos a los que se recurren para dosificar ciertas explicaciones más densas. ¿Anthony Bourdain? ¿Selena Gómez? Mckay no reprime su formación de director de comedias para Hollywood. Otro asunto débil tiene que ver con la construcción de los personajes, en su mayoría estereotipos incluso poco trabajados por el hecho de abarcarse más en el universo financiero. Los personajes de Steve Carell y Brad Pitt son los únicos bien parados. Caso de Carell, es el más elaborado. Su personaje tiene todo un antecedente, y esto es fundamental para crear ese dilema moral que al final de la película golpea a todos por igual. El personaje de Brad Pitt mientras tanto convierte su escasa aparición en algo significativo luego de dar una reprimenda a sus dos pupilos. El personaje de Pitt, a pesar de sus grandes aptitudes, decidió a realizar un “no protagonismo” en Wall Street, tratándose este de un contexto turbio y cínico. Muy a pesar, esta no deja de ser la economía de su nación y la de otros.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Mis Favoritas del 2015

Una lista que originalmente salió publicada en Páginas del diario de Satán y que ordeno según se fueron estrenando o las fui viendo. El porqué me gustaron se hace respuesta en las críticas que he redactado durante el año sobre dichas películas o en el breve comentario a aquellas que no logré reseñar, sea porque no las vi en su momento o porque nunca se estrenaron localmente (caso la lista de “Circuito alternativo”).

Estrenos comerciales
Foxcatcher (Bennett Miller, 2014).- Ha sido la mejor que he visto en la cartelera.
Whiplash (Damien Chazelle, 2014)
Vicio propio (Paul Thomas Anderson, 2014)
Mad Max: Furia en el camino (George Miller, 2015).- Miller conserva el universo de su saga. Es el mundo apocalíptico de aspereza visual, también representado en la entrega anterior, aunque explotando la tecnología de hoy. Mad Max (salvo por una escena) sigue siendo el personaje frío, sobrio y pesimista, además de un nowhere man. Incluso la vocalización de Hardy recuerda a Gibson, incluyendo sus tics actorales. Max, nuevamente, no es el centro de atención. A este lo acompañan otros aspirantes a personajes de culto.
Esta chica es un desastre (Judd Apatow, 2015).- Por encima de su comicidad de stand-up (citas propias de la cultura en EEUU, dobles sentido, humor ácido) me atrae del último filme de Apatow ese lado romántico que se abre paso entre la comedia irreverente. Lo mejor de Esta chica es un desastre es para cuando su protagonista se enamora. Parece decepcionada de sí misma, se frustra, llora, tiene miedo. Se diría que se abre paso a un melodrama sino fuera porque Amy Schumer no deja de repartir su parlamento de comediante. Un filme que por momentos se abre emocionalmente.
Incluida en mi lista del año pasado, aunque estrenada comercialmente este año: Está detrás de ti (David Robert Mitchell, 2014)

Festivales y muestras locales
Primer amor (Mia Hanse Love, 2011)
The look ofsilence (Joshua Oppenheimer, 2014)
Invierno (Alberto Fuguet, 2015)
The visit (Michael Madsen, 2015)
Autorretrato de Siria (Ossama Mohamed y Wiam Simav Bedirxan, 2015)

Cine Peruano
Solos (Joanna Lombardi, 2015)
Videofilia (Juan Daniel F. Molero, 2015)

Circuito Alternativo
Phoenix (Christian Petzold, 2014).- Una historia sobre la reconstrucción de un individuo. Una mujer sin rostro y una identidad que niega a causa de un trauma. Hay un riesgo incluso de que su pasado (o memoria) se extingan. Aquí el melodrama es parte de esa camisa de fuerza. La misma mujer negará sus propios principios con la intención de “retener” a su amante. Es la simulación de pasarse por una persona a fin de rescatar su antigua vida. Lo curioso es que en su camino ella reconstruirá su identidad. En una fascinante secuencia, la protagonista de esta película deja de ser fantasma al revelar su inmutabilidad. Nuevamente el arte es cómplice de la identidad y las paces con uno mismo.
Spring (Justin Benson y Aaron Moorhead, 2014).- El valor de este filme tiene que ver con esa capacidad de generar dos historias y sensaciones distintas y distantes. Por un lado es la historia de amor, dialécticas aunque (eso sí) menos apasionadas que las caminatas de Richard Linklater. Mientras que por otro es ese secreto de espanto. Es la mujer imposible que guarda un historial, cuestión que no cercena a su otra historia. Contemos además su introducción, deprimente y sombría. Pinta casi a drama social. Su final no pierde ese semblante enigmático, entre escabroso y romántico.
Creep (Patrick Brice, 2014).- De entre las películas de found footage de terror, la más valorable de las últimas realizadas. Creep inicia con ese rostro cómico de Mark Duplass jugando al adulto adolescente. Las cosas de pronto se van poniendo incómodas y sin darnos cuenta el estado de ansiedad se hace presente. La película es de hecho predecible. Muy a pesar, su valor se asomará con un doble quiebre en su narración. El filme de Brice se abre al metarelato. La historia dentro de la historia, o la historia vista desde los ojos del cazado y luego del cazador. Dentro de su modestia, esta película supera a otras de su género sin emplear efectos u otras trampas.
World of tomorrow (Don Hertzfeldt, 2015).- Un cortometraje que no pasa los 20 minutos y pone a dialogar el futuro apocalíptico con la inocencia. World of tomorrow provoca humor, tristeza, invita a la reflexión y a la melancolía. En un futuro hipotético, el ser humano ha ido perdiendo de a pocos su esencia. Queda solo la memoria, la misma que también se va extraviando. Lo emocional está ausente, pero la muerte y la soledad están perennes. Una gráfica existencial que en su final conmueve. Una tragedia animada que supera a otras realizadas por Hertzfeldt.
The end of the tour (James Ponsoldt, 2015). - A consecuencia de una entrevista, dos personas se conocen, dialogan, ríen, comen juntos, se enemistan, se cuestionan, pero se respetan el uno al otro. Lo mejor del filme de Ponsoldt tiene que ver con ese tejido de conversaciones y acciones triviales que en consecuencia van generando una reflexión en base a la fama y el fracaso. La estadía provisional entre un prometedor novelista y un periodista de revista se convierte además en un relato de amistad. Una convivencia que aflora desde gestos cordiales hasta una absurda riña. Es, por último, la diferencia entre ser un genio o una farsa, la distancia entre lo mitificado y ese sujeto común que fue David Foster Wallace. Jason Segel hace una impecable actuación sin subir o bajar de peso.
Eden (Mia Hansen Love, 2014).- Por los 90, en Francia, un adolescente descubre el mundo de la música electrónica, y con este su rutina de vida. Eden no es un filme para aspirantes a DJ ni tampoco apunta a convertirse en un manual histórico sobre este género musical. Como en todas las películas realizadas por Hansen Love, sus relatos obedecen a un personaje inmerso a su temporalidad y generación, y cómo este va lidiando con triunfos y asperezas. Aquí el tiempo es distante aunque conciso, una suerte de línea de tiempo que obliga a su protagonista a madurar sin sus obsesiones. Es la historia sobre éxitos, frustraciones, toques de fondo y rehabilitaciones.
Red Army (Gabe Polsky, 2014).- Documental que evoca una época y mitifica a un grupo de deportistas que fueron emblema de toda una nación. Es el nacimiento, la rutina, las glorias y derrotas, el auge y la decadencia, la separación y el reencuentro, de un equipo de hockey sobre hielo perteneciente a la ex Unión Soviética. ¿Qué hace de este filme sea complejo? Red army aspira al relato épico. El retrato de sus protagonistas marca una visión tan global como íntima. La remembranza al pasado de la URSS incluso parece responder al presente de Rusia. Polsky recopila y reconstruye en base a testimonios históricos y personales sobre personajes abrazando su historia con melancolía aunque reviviendo una profunda decepción.
Queen of earth (Alex Ross Perry, 2015).- Inquietante filme sobre la insanidad mental y el masoquismo emocional. Dos amigas se apartan del mundo para dar rienda suelta a sus depresiones y frustraciones. Ross Perry establece esa línea delgada entre el amor y el odio entre estas mejores amigas que se humillan y castigan mutuamente de forma consciente. Un homenaje al cine de Roman Polanski sobre personajes encerrándose, visitantes inesperados que provocan tensiones, la soledad que agrieta la cordura. Una historia que promueve un humor sombrío y se tuerce a lo terrorífico. Hay mucha inestabilidad emocional. Buenas interpretaciones.

martes, 27 de octubre de 2015

Puente de espías

Ver reunidos los nombres de Steven Spielberg, Tom Hanks y los hermanos Coen en una misma película es más que motivador. Puente de espías (2015), sin embargo, no logra hacerse un espacio entre lo mejor que hayan realizado, protagonizado o escrito alguno de los mencionados. Muy a pesar, tampoco es que exista alguna razón que la identifique como una muestra deficiente o que merezca ser arrinconada por la memoria. A estas alturas poner a prueba a Spielberg, Hanks o los Coen, sonaría absurdo, siendo cada uno de ellos (desde el principio de sus carreras) piezas fundamentales para la Industria, sea por lo que han hecho o siguen haciendo en la actualidad. El talento nato no se mancha. Centrándome en Spielberg; eso ha quedado claro en sus más recientes películas, ninguna de ellas memorables a grandes rasgos, pero que sin embargo no dejan de ser modelos fílmicamente disciplinados. Ni sus historias ni sus montajes apelan a conformismos. Su cine no ha dejado de ser referente, tal vez no realizando grandes obras, pero sí engendrando secuencias desplegadas con maestría y que sobretodo evocan a un cine conservador.
Puente de espías se basa en hechos reales acontecidos en EEUU durante la temporada de la Guerra Fría. En la historia dos momentos serán percibidos: el proceso judicial del espía ruso Rudolf Abel (Mark Rylance) y la posterior negociación e intercambio de prisioneros/espías con la URSS, siendo James Donovan (Tom Hanks) pieza clave en ambos protocolos. Él en primera instancia será el abogado defensor del espía ruso. Más adelante, el moderador de un acuerdo entre naciones que transitan por una temporada de tensión. Ambas tareas serán fichajes contra su voluntad, órdenes asistidas que, a pesar, Donovan irá asumiendo con obediencia, pero sobre todo con compromiso. Lo alarmante llegará a un nivel crónico para cuando este abogado se verá enfrentado contra los intereses políticos de cada estado. Donovan se irá convirtiendo en un actor neutral, lo que erróneamente lo volverá un traidor (desde la perspectiva del ojo público de su propia nación) y un informante (desde la perspectiva del enemigo).

Spielberg retrata a un héroe en el corazón de la tormenta. Desde los suburbios de Brooklyn hasta las áreas que rodean el muro que divide a las dos Alemanias, se percibe un ambiente plagado de desconfianza y hostilidad, comportamientos propios de la coyuntura durante la Guerra Fría. Todos dudan de todos, pero especialmente del abogado defensor del espía ruso. Es tal vez ese el momento más dramático de las dos misiones del encomendado Donovan, un personaje que por encima de las conveniencias políticas de su estado prefiere operar bajo las normas constitucionales. El personaje de Hanks es de seguro uno de los pocos hombres justos y obstinados que existió durante esa época álgida de la posguerra. Un individuo modelo que es cercano al personaje de la anécdota que narraba el espía Abel desde su cautiverio, sobre un hombre común y corriente, pero que se mantuvo en pie a pesar de las adversidades. Y a propósito de constitucionalistas en tiempos de adversidades, quién sino el mismo Abraham Lincoln como otro modelo a citar, personaje histórico que de igual forma actuó como moderador entre dos bandos durante la Guerra Civil.
Puente de espías, junto a Lincoln (2012), forman parte de lo que parece ser un proyecto histórico sobre el razonamiento constitucional en EEUU, espacio en donde la ley abraza al hombre por igual. Al igual que Lincoln, Donovan simula personificar el carácter tutelar y paternalista que promueve la constitución. Ni sus jefes ni la gripe provocada por el crudo invierno centroeuropeo mellan su convicción. Puente de espías es una película que si bien no sobrepasa las expectativas, es correcta de inicio a fin, dejando secuencias memorables como un grupo de niños siendo educados por la propaganda nuclear o el cerco de Broadway que remueve un trágico recuerdo que Donovan trajo de la Alemania dividida. Steven Spielberg no deja de revisitar en los recuerdos o en la memoria individual; el gran perjudicado de los errores humanos a través de la Historia. Un guión realizado por Matt Charman y los hermanos Coen, siendo el exquisito humor sobrio del ruso Abel la firma del dúo. La impecable fotografía de Janusz Kaminski. Una siempre correcta interpretación de Tom Hanks, además del interpretado por Mark Rylance. Pueda que este último de la sorpresa para las próximas premiaciones.

sábado, 20 de junio de 2015

5to Festival Lima Independiente: The look of silence

El ejército desnudo del Emperador sigue marchando (1987), de Kazuo Hara, es un documental japonés en donde vemos a un anarquista acosando a un grupo de veteranos de la Segunda Guerra Mundial. A estos últimos se les culpa de ser responsables de los asesinatos de los familiares de las dos personas que también harán compañía al radical durante las mencionadas visitas no planificadas. El resultado de estos encuentros será un encaramiento al pasado, un rescate de la memoria, pero, sobre todo, la búsqueda del perdón que hasta dicha actualidad pesa sobre los deudos. Esa premisa parece repetirse en The look of silence (2014), un documental que resulta tan emotivo y perturbador como su antecesor. A diferencia de The act of killing (2012), Joshua Oppenheimer es esta ocasión pone como protagonista al familiar de uno de los tantos desaparecidos durante el genocidio desatado en Indonesia, a partir del golpe de estado en 1965. Lo curioso es que está víctima no es cualquiera, sino un caso en especial que incluso parece cumplir una representación simbólica más amplia.
Aquí el deudo es un hombre que nunca conoció a su hermano. Él fue concebido dos años después del atentado contra su familiar, y lo que supo de este fue en base a lo que sus padres numerosas veces le contaron. Es decir, él heredó un luto, uno que en su momento no padeció ni fue testigo, pero que sin embargo lo vincula. El protagonista en The look of silence me recuerda al mismo protagonista del documental de Hara, el ex soldado japonés que apenas conoció a sus compañeros caídos, pero que asume por compromiso averiguar la verdad de los hechos acontecidos en el pasado y de paso reclamar el arrepentimiento de los culpables a fin de acudir al derecho de los deudos. Hay un compromiso cívico de por medio. Una necesidad de excavar en la Historia para reavivar la memoria y exigir el perdón. Ambos parecen demandar un reclamo histórico en nombre de toda una comunidad. Lo cierto es que en el documental de Oppenheimer, los sucesos están más que aclarados. Resta recurrir al acto de contrición de los asesinos que hasta el momento siguen siendo los líderes de dicha nación, y justamente ese es el camino más sensible de la película.

The look of silence no solo rememora con crudeza los hechos acontecidos durante la matanza en el “rio Serpiente”, lugar donde fue violentado el hermano del protagonista junto a centenares de detenidos, sino que además registra los testimonios de los culpables e implicados quienes justifican sus propias barbaries con un cinismo “lúcido”. Ya en The act of killing había quedado en claro cómo el discurso egocéntrico de los ex miembros militares en Indonesia ha calado en el imaginario de toda la nación. La cacería y el aniquilamiento a los comunistas en la actualidad, sigue siendo símbolo de heroísmo y congratulación para muchos de los ciudadanos comunes de esa localidad. Es bajo dicho pensamiento colectivo que hay una negación al arrepentimiento. En consecuencia a esto, durante el documental seremos testigos de la frustración del protagonista, quien finalizada cada visita mirando silenciosamente al vacío, como contemplando un luto infinito, fruto de la negligencia y alimentado de mucha impotencia.
En El ejército desnudo del Emperador sigue marchando un ex soldado japonés “literalmente” exige a golpes la verdad y el perdón que los asesinos le deben a los deudos. En The look of silence veremos también a un protagonista exigiendo lo que le corresponde. El último Oppenheimer incluso es distinto al director que percibimos en The act of killing, uno que es silente, que se plantea a ser simple oidor de las recreaciones macabras que en un pasado practicaron los cazadores de hombres en Indonesia. En una escena, Joshua Oppenheimer pasa de ser un director pasivo a uno que obliga a que también debe existir una herencia de culpa. Son los hijos de un fallecido militar, quienes con incredibilidad observan cómo el heroísmo de su padre fue en realidad los honores de un verdugo.