Luego de la hilarante Sin vagina, me marginan (2017), el director Wesley Verástegui realiza un segundo largometraje que pretende estar al otro lado de la orilla. Más allá de ser una historia que asiste al tópico de la venganza, es un argumento que tiene un gran interés por generar un alegato que manifiesta una preocupación social y ética. El niño que no quería matar (2020) es una película de postura aleccionadora. Su historia tiene el esquema y la personalidad de una fábula dado que las lecciones dramáticas o trágicas son un síntoma de los antecedentes amorales. Es decir, los que se portan mal en este relato reciben su merecido. Ahora, esto no significa que exista alguien que se ha portado bien y reciba alguna retribución. Eso estaría bien para una adaptación de Disney, pero este no es el caso. Verástegui nos introduce a un contexto depravado. No hay espacio público que no supure algún efecto nocivo e indecente. El ámbito educativo, político, judicial y los medios de comunicación están contaminados de agentes y mensajes deshonestos. Es un universo en donde la Caperucita roja estaría destinada a ser engullida por el lobo, a menos que ella se convierta en el lobo.
Mostrando entradas con la etiqueta Wesley Verástegui. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Wesley Verástegui. Mostrar todas las entradas
martes, 20 de octubre de 2020
Cineaparte: El niño que no quería matar
El niño que no
quería matar retrata la degeneración moral
de una víctima social como respuesta a la impunidad tolerada y hasta estimulada
por el propio sistema. El protagonista es un escolar que será una suerte de paredón
al que irán a estrellarse distintos flagelos sociales. La inasistencia de un
daño inicial no hace más que ceder el paso a nuevos perjuicios que tienen una
mayor magnitud. Es como un efecto de bola de nieve. Y el hecho es que por muy
severa que sea la agresión, ello no garantiza una protección. Verástegui pone
en claro que las injusticias existen en todos los niveles de denuncia, ya sea
en un colegio como en un órgano judicial. El
niño que no quería matar no tiene contemplación de un panorama ilusorio. Es
un tramo que no hace más que evidenciar un aire pesimista, y resulta lógico
dentro de este contexto en donde todo parte desde una línea de estereotipos: el
cholito, el hijito de papá, el político corrupto, los homofóbicos. Es una
película que desborda de fantasmas sociales y también de defectos
involuntarios. Wesley Verástegui decide inclinarse por el retrato serio, muy a
pesar, su deseo de modelar lo perverso es tan saturado que regresa a ese perfil
de lo excéntrico que sí era consecuente en Sin
vagina, me marginan.
Puedes alquilar o descargar la película en la plataforma de Cineaparte.
viernes, 10 de noviembre de 2017
3 Semana del Cine de ULima: Felices juntos y Sin vagina, me marginan
Dos películas que se
estiman a partir de sus imperfecciones de producción. En Felices juntos (2017), una mujer será extorsionada. La película de
Carlos Fernando Merino combina el melodrama, el suspenso y encalla en un drama
retorcido. A pesar de lo angustiante del asunto, los desniveles actorales convierten
a este drama en una simulación de tonos hilarantes. Es a propósito de esa
frecuencia que el filme se asume como una escalada hacia la farsa, en donde lo
teatral, en términos de comedia, antecede a cualquier efecto dramático. La película
se valora en consecuencia de esos defectos. Se aprecia también el itinerario de
su argumento. Por menesterosa que pueda resultar, argumentalmente, el filme de Carlos
Fernando Merino está un paso adelante de otras producciones que sí disfrutan
del profesionalismo técnico y actoral.
Sin vagina, me marginan (2017) pueda ser estimada si es vista bajo los
conceptos del circuito al que se quiere ver vinculada. El filme de Wesley
Verástegui en un mercado estadounidense sería acuñado al cine de serie B. Solo
se aproxima al cine trash dado que
tampoco genera una violencia gráfica, aunque eso se compensa mediante su coloquio
de humor negro, bromas en alto tono que no se lo permitirían ni si quiera al
mismo comediante Melcochita en una palestra de estreno comercial. Pero en medio
de la irreverencia y la creativa mordacidad de su juego de palabras se cobija
una demanda. Sin vagina, me marginan
tiene un lado pesaroso. Los protagonistas del filme están en un continuo
enfrentamiento. Sus acciones desaforadas no son producto de su condición, sino fruto
de un acondicionamiento ante las desventajas y el desprecio social que se fabrica
desde el círculo familiar hasta lo público.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


