Superworld (2015) se inicia con mucha intriga. Una mujer, trabajadora y
ama de casa, de pronto comenzará a ser víctima de ruidos y acechos que
solamente ella puede percibir. Esto le provoca espasmos, cortas lagunas, e
incluso a comenzado a hablar sola. Lo curioso es que no se sabe a ciencia
cierta hacia dónde se dirige la película. ¿Es un drama sobre una persona
enfermando o es tal vez una película de terror sobre voces del más allá
manifestándose en la madura mujer? Bajo dicha intriga, el director Karl
Markovics encaminará su historia hacia a lo incierto, convirtiéndola hasta un
punto en una película absurda, con unas pinceladas de comedia que levemente
recuerda a las películas de Ulrich Seidl, que va entre lo sobrio y lo
excéntrico. Lo decepcionante ocurre más allá de la mitad, para cuando el misterio
quede al descubierto y este mismo simplemente no logra llenar las expectativas.
miércoles, 27 de mayo de 2015
lunes, 25 de mayo de 2015
VI Festival Al Este de Lima: La fábrica de la esperanza
Como si se tratase de
una historia sumergida en un drama social, La
fábrica de la esperanza (2014) a primer vistazo resulta una crónica sobre
la migración como urgencia o única alternativa. En Norilsk, una provincia en
Rusia, el panorama es deprimente. Las fábricas industriales, literalmente, han
contaminado y corroído la zona. En ella, una prostituta y una hija mimada
tienen motivaciones y excusas distintas para mirar la capital de Moscú como su
medio de escape. La ópera prima de Natalia Meschaninova, si bien posee los
recursos necesarios para promover un filme sórdido sobre una sociedad en
crisis, prefiere centrar su atención a un conflicto tan trivial como la
frustración de una adolescente por recuperar a un enamorado. Entonces el filme deja
de ser social o ser una historia sobre la migración, para convertirse más bien en
una mera rabieta con consecuencias trágicas.
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Natalia Meschaninova
viernes, 22 de mayo de 2015
VI Festival Al Este de Lima: Leviathan
Andrey Zvyagintsev es
un director que se hizo conocido por un cine de drama cargado, sea en su
historia sobre el tiránico padre que vuelve a casa en El retorno (2003) o la abnegada madre poniendo en pie un perverso
plan en Elena (2011). En ambos casos,
el lazo familiar es medular en las tramas del ruso, siendo este el eje
emocional y, hasta cierto punto, trágico. Leviathan
(2014) es eso, y más. Por encima de un drama familiar, Zvyagintsev promueve un
drama social. En paralelo, y a medida que se asoman los “enemigos”, se van
tejiendo las tensiones. Una familia enfrenta la expropiación de su terreno a
manos de un abusivo funcionario. A diferencia de sus anteriores filmes,
Zvyagintsev esta vez deja pasar al hogar a un “extraño”, y será este mismo el que
provocará la fuerza dramática. La película apunta a ser una denuncia frontal a
las malas dinámicas gubernamentales, al punto de someter a sus protagonistas
principales a una encrucijada que se complicada cada vez más.
En una escena, un
aficionado a la caza se ha tomado la molestia de escoger como blancos de tiro los
retratos de una serie de exlíderes rusos. El desencanto viene de una tradición
política e histórica, desilusión que incluso trepa a las escalas eclesiásticas.
El final de la película parece asociar a estas dos partes, tanto la autoridad
de gobierno como de la iglesia, ambos resultando ser cómplices que se
benefician mutuamente. Leviathan
posee también un discurso metafórico, uno que llega, por ejemplo, del paisaje
degradado que, a su vez, predice la degradación de sus mismos habitantes. Se
suma además la fuerza de su fotografía deteriorada, de tonos oscuros y
sombríos, que de paso se comunica con esa atmósfera tensa que evoca, por
ejemplo, el destino judicial que aguardan sus personajes. Hay, sin embargo, un gran
defecto en este filme. Andrey Zvyagintsev satura y a la vez desvía su drama central
al contemplar ese otro tipo de drama; el íntimo. Son los casos del hijo rebelde
o una relación extramarital. Al igual que en sus anteriores películas, el
director maquilla, sobrecarga y termina tropezando con el cliché.
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Tragedia familiar
jueves, 21 de mayo de 2015
VI Festival Al Este de Lima: Corn Island
Entre los nominados a
Mejor Película Extranjera para los Oscar del 2015 estuvo Tangerines (2013), un filme de Estonia que narraba la historia de
dos personajes tratando de sacarle provecho a un cultivo de mandarinas dentro de
un territorio en pleno conflicto armado. Corn
island (2014), de George Ovashvili, parece partir de similar idea. En esta
es un anciano y una adolescente migrando a una reducida isla que les servirá
como lugar provisorio para su campo de cosecha de maíz. De igual forma, los
protagonistas, además de disponer de solo una temporada para sacarle provecho a
esa tierra que emerge del agua únicamente en tiempos de primavera, serán
testigos también del ir y venir de tropas enfrentadas. En medio del sembrío y
la (aparente) soledad de la naturaleza, la hostilidad merodea, y el rumor de la
violencia parece convertirse en el rutinario ruido de ambos personajes.
A diferencia de Tangerines, Corn island es menos argumental y más contemplativo, especialmente
en su primera parte. Lo cotidiano toma presencia en el filme y, a medida de ese
tramo, se va perfilando algo sugerente. Lo mejor de la película tiene que ver
con esa intimidad frustrada de una menor. Es la femineidad expuesta de la niña
que se está convirtiendo en mujer no solo en un contexto reducido, sino también
en un contexto continuamente vigilado. Por un lado es su anciano acompañante, y
por otro las improvistas apariciones de los paramilitares que hacen acecho por
los alrededores. Ya para la mitad, la película se torna más narrativa. Un
repentino visitante nuevamente recuerda a Tangerines,
además del tema sobre el gesto humanitario en tiempos de guerra. El final de Corn island es el otro punto a favor del
filme. Es el dramático éxito que evoca a un triunfo sobre la tierra y las
circunstancias. Muy a pesar, es también el reinicio de un ciclo. Nuevamente,
los personajes estarán expuestos a los riesgos de una posible tragedia.
lunes, 4 de mayo de 2015
Persecución virtual (u Open windows)
Lo que a comienzo
parecía ser su gran virtud, para el final se vuelve su gran verdugo. Open Windows (2014) es una película
impredecible de punta a punta. Nacho Vigalondo es un director fascinado por la
informática y las trampas del tiempo. Esto además ha promovido su creatividad
para armar el suspenso. En su última película observamos cómo de pronto un
individuo común y corriente será abordado por una aventura/pesadilla
informática. Con esto nacen las interrogantes, se genera el mal agüero, se
huele la trampa y la historia apunta a un héroe caminando de a puntillas y con
los ojos vendados. El inicio de Open Windows,
aunque partiendo de una idea familiar de películas sobre peeping tom informáticos, tiene fuerza creativa. A pesar de los recursos
increíbles que la avanzada tecnología dispone dentro de la ficción, Vigalondo
no da pie a cuestión ya que la secuencia avanza a paso acelerado.
El punto de partida de
Open Windows es el inicio de una
reacción en cadena. Una película que se complica, pero que también va timando y
promoviendo continuos giros inesperados. El filme, no contento con los mecanismos
habituales, se inclina además a una lectura más técnica. Por momentos, Vigalondo
me recuerda a Alejandro Amenábar o Jaume
Balagueró, directores también españoles, que, de igual forma, saben componer el
suspenso. Entre ellos hay un pequeño culto a los rituales hitchcockianos. Muy a
pesar, Nacho Vigalondo tiene una gran cuota de barroquismo. Ese es el pecado
del director, algo que lastimosamente mancha todo lo que se ha venido
construyendo desde su inicio. A orillas del final de Open Windows, sabes que seguirá girando y girando su trama. A esas
alturas queda complemente claro que el director se niega a que el espectador
genere una conclusión premeditada. Lo cierto es que hay un punto en que esa
dinámica sofoca, es hostigante y hasta desanima ver que tantos “as bajo la manga”
guarda la historia.
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Nacho Vigalondo,
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Suspenso
miércoles, 22 de abril de 2015
Una mirada al cine soviético durante el "Deshielo"
Leyendo un reciente
escrito de Martin Scorsese sobre su afición al cine polaco (artículo aquí), me hace pensar que
un filme como Generación (1955),
ópera prima de Andrej Wajda, de no ser por su línea argumental, tranquilamente
podría ser confundida como una película concebida dentro del territorio
soviético. Wajda, al igual que sus contemporáneos rusos, también poseía similar
uso distintivo del discurso y la estética. La gran divergencia surgía que
mientras la mayoría de filmes soviéticos se dedicaban a construir una
dialéctica partidista en favor del comunismo, Wadja hacía lo contrario. Generación no solamente se reduce a ser
un testimonio que demanda un sector de la Polonia ocupada contra las normativas
del fascismo alemán durante la Segunda Guerra Mundial. Su idea radica de un llamado
más amplio; la de alentar un frente contra las políticas represoras. Y aquello,
transmitido en su correspondiente actualidad, era lo que representaba el comunismo
para Polonia. Wajda, al igual que los soviéticos, había emprendido su propio
cine como medio de adoctrinamiento. Lo cierto es que dicha mecánica, el de usar
al cine sea como folleto o panfleto político, no viene de esa década.
Remontarnos a un cine
que instruye políticamente, implica mirar al primer cine soviético, el de
Serguei Eisenstein, Vsevolod Pudovkin o Aleksander Dovzhenko. Países como
Polonia, República Checa y Rumania, le deben mucho a dicho bloque del cine silente.
Las rigurosas restricciones durante la Guerra Fría obligó a varios directores a
producir un cine políticamente contestatario, y que, además, supiera evadir o
burlar la censura regulada por el mismo Partido Comunista. En URSS, por su
lado, siendo la cuna del comunismo, las cosas se concibieron de una forma
distinta. Instalado Lenin como líder supremo del Partido, las reformas incluyeron
educar a la población en referencia al respaldo y lucha en pos de la causa. El
cine soviético se inició de igual forma de manera contestataria y propagandista
al componer una estructura que graficara los antecedentes y consecuentes de la
Revolución Rusa. Bajo ese plan, por ejemplo, aparecen tres películas de
Eisenstein: La huelga (1925), El acorazado Potemkin (1925) y Octubre (1928). Cada filme es
consecuente de su antecesor, resumiendo así el padecimiento, reacción y acción
del proletariado frente al enriquecimiento de los terratenientes. Similar
intención sigue Arsenal (1929) y Tierra (1930) de Dovzhenko, sumándose a
este último un llamado al acogimiento de las nuevas tecnologías provenientes de
la Segunda Revolución Industrial, estas débiles debido al estancamiento industrial
que tuvo dicha nación.
En una siguiente
etapa, ya durante la era de Stalin y la IIGM, el cine y las demás artes tuvieron
un ligero declive. La denominada “Gran Purga” entraba en operación, cosa que no
era más que la cacería y represión política, la que implicaba además una severa
acción de censura contra pronunciamientos que mellaran la integridad del
socialismo. Dicha regulación afectó, por ejemplo, a la segunda parte de Iván el terrible (1958) de Eisenstein, siendo
reservada al público durante más de una década debido a que se podría causar
malas interpretaciones al relacionar el reinado de terror del zar con la política
de Stalin. Trazada la línea de advertencia, el cine soviético comenzó a
producir películas que no asumieran riesgos al veto. El género bélico y el
musical tuvieron mayor presencia, uno haciendo épica de los valerosos soldados
soviéticos luchando contra los nazis, mientras el otro abarcando de temas totalmente
ajenos a la política. Esto cambiaría a la llegada de la década de los 50 y los
60, temporada que, por el contrario, fue un momento glorioso e importante para el
cine soviético, esto gracias al deceso de Stalin y el nombrado “Deshielo”
provocado por Nikita Jrushchov, quien otorgó flexibilidad a la represión
política y a la censura.
El cine soviético
entonces tuvo mayor libertad de expresión al punto que ya no se observaba el
cine solamente como materia de propaganda, sino también como obra de arte. Dos
directores importantes que iniciaron esta etapa: Mikhail Kalatozov y Grigori
Chukhrai, siendo su materia de inspiración la herencia del primer cine
soviético, específicamente el de Aleksander Dovzhenko. Películas como Cuando pasan las cigüeñas (1957) y La carta que nunca fue enviada (1959) de
Kalatozov, o El cuarenta y uno (1956)
y La balada del soldado (1959) de
Chukhrai, manifestaron la esencia del cine de Dovzhenko, de una estética simbólica
y de gran fuerza discursiva, y que de paso no extraviaba esa mecánica del
adoctrinamiento. La dialéctica del cine soviético había cambiado, sin embargo,
a un idioma más subjetivo. Las cuatro películas mencionadas se construían sobre
melodramas. Historias de amor de parejas separadas por una guerra, ese gran
trasfondo que, a propósito, afloraba la valentía y el compromiso de los
“camaradas”. En La balada del soldado vemos,
por ejemplo, como la ruta del soldado va creando un perfil del modelo ideal del
soldado soviético, esto a través de los percances y desventuras que sufre el
joven personaje. El compañerismo, la lealtad, la valentía, la angustia de ver a
los suyos caídos durante un atentado a un tren. Toda una cadena de valores que
fundamentalmente marcan un interés comprometido. Hay una necesidad por poner en
riesgo la integridad e incluso los sentimientos de los personajes a modo de
gratitud para con el Partido.
El tema de la martirización
dentro del cine soviético durante el “Deshielo” es ese gran punto de inflexión
que convierte a estas películas en grandes dramas humanos. Ninguno de los
filmes posee un merecido happy ending,
muy a pesar, existe en algunos una especie de júbilo u celebración en favor a
los personajes que han cumplido sus respectivas misivas. En el final de Cuando pasan las cigüeñas una mujer, en
medio de su congoja, tras haber perdido en batalla a su amante, celebra el
regreso de la cuadrilla soviética que además de volver triunfante lleva en la
memoria a un héroe caído. En La carta que
nunca fue enviada y La balada de un
soldado el factor premonitorio no evita que la película deje transitar a
sus personajes por un camino risueño. Es, por ejemplo, en el primer caso, los
geólogos que celebran el hallazgo del territorio de diamantes o, en el filme Chukhrai,
el joven soldado que conoce el amor en uno de sus puertos. A pesar de los
momentos gloriosos, en ambas historias hemos sido prevenidos (sea por el título
o mediante una voz omnisciente) que el final del viaje será funesto. Hay un
sentimiento optimista por lo trágico. En las dos historias, los personajes se
convertirán en mártires del Partido. La inmolación de uno será motivo de un
orgullo colectivo.
Según lo expuesto, el gran
móvil de los protagonistas de estos relatos trágicos era definitivamente la
causa socialista. El imaginario del militante soviético coexistía con el
Partido. El protagonista emprendía un viaje y finalizaba el mismo evocando
siempre a una doctrina al que le rendía culto, y que además la ponía encima de
todo. En Cuando pasan las cigüeñas, La carta que nunca fue enviada y La balada del soldado los hijos
abandonan a sus madres, los amantes sacrifican su unión a fin de cumplir con
las órdenes, algo que incluso transciende de forma espontánea, tal como sucede
en Cuando pasan las cigüeñas. La
madurez soslaya de forma innata cuando se trata de defender los principios. En El cuarenta y uno sucede el único caso
en donde el sacrificio sentimental es literal. El mensaje aquí sí es objetivo.
Por encima del amor, está la misión encomendada. Luego de que dos enemigos
compartieran juntos una serie de momentos de profunda sensibilidad humana, la disciplina
política retorna para poner en cumplimiento la misiva.
De Mikhail Kalatozov y
Grigori Chukhrai es preciso comentar también su práctica estética. Ahí es donde
prima la influencia del cine de Dovzhenko. Son de inspiración, por ejemplo, la
escena de Arsenal en donde el contraluz
dibuja a un soldado ultimando a otro del bando enemigo, o la escena de la
marcha fúnebre de un campesino caído en Tierra.
De la misma forma, Kalatozov y Chukhrai manifiestan un lado esplendoroso de lo
trágico. El cine soviético ha inmortalizado muchas escenas funestas desde una
perspectiva estéticamente bella. Está también el simbolismo de los encuadres y
planos que enaltecen a los mártires, la iluminación cristalina que alumbra el
rostro como descubriendo el alma o la humanidad misma y, por último, el gran
dominio de la movilidad de cámara que ni Eisentein ni Dovzhenko pudieron
recurrir debido al equipo incipiente que usaban. Chukhrai y Kalatozov lo
manejan y con maestría, convirtiendo sus películas en lienzos vivos, de amplia
interpretación y gran fuerza visual.
lunes, 20 de abril de 2015
Asu mare 2
El atractivo de ¡Asu mare 2! (2015) no está relacionado a
su reciclado argumento sobre choques sociales al mejor estilo del cine mexicano
de época o los parafraseados chistes de barrio que Cachín (Carlos Alcántara) y
su collera se sortean continuamente, sino al recurso que, con similar fuerza,
se vio explotado en su precuela. Ricardo Maldonado nuevamente apela al montaje
de un periodo y a los ritos correspondientes, en este caso, de la década de los
noventa. Ahora, no se confunda con asociarla a un gesto de celebración o
nostalgia por un entonces. Al igual que sus personajes, bromas y su misma
historia, aquí el tiempo funciona bajo la mecánica de una parodia. El filme, de
esta forma, no construye un retrato glorificado de un momento histórico, sino
más bien una ridiculización. Un espejo al pasado que se observa con una
curiosidad burlona. Ese es el bastón del filme.
¡Asu mare 2! actúa como una sitcom
gringa, pero, obviamente, ajustada y hablada bajo un idioma que el público
local entiende y, en el mejor de los casos, se siente identificado. Son las
referencias reales las que crean empatía y hacen seguir el hilo, por muy
conocido que este sea. La historia es lo de menos; es lo asociado a esta la que
posee el “menjunje”. Apenas iniciada la película, ya sabemos por dónde y en qué
irá a terminar esa historia de amor entre el chico de Mirones y la chica de La
Planicie. ¿Qué es lo que queda? El fondo, la puesta en escena, los eventos
secundarios y apariciones (o cameos) de personalidades que transcriben un
código de identidad. Ahí aparecen Calígula, la tropa de Torbellino, los
infaltables miembros de Pataclaun, Jerry Rivera, etc. Toda una serie de
personajes de “accesorio”, pero que de hecho es el ánimo que nos hace olvidar
que estamos viendo algo repetido. Como ocurre con la saga de Rápidos y furiosos; que se esfuerza por
inventarse nuevas piruetas automovilísticas en cada número.
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