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lunes, 28 de mayo de 2018

IX Festival Al Este: Cercanía

La proyección de esta película programada el viernes 25 en el CCPUCP no estuvo en su formato original (cortada por arriba y abajo), y además no tenía una buena resolución.

Una relación clandestina revela la posibilidad de que está apunto de gestarse un melodrama que confrontará a los miembros de una familia, sin embargo, un acontecimiento corta esa atención y de paso despierta un viejo fantasma que cobijan las tantas etnias asentadas en los territorios rusos. Cercanía (2017) toma como primer giro dentro de su historia el rapto del hijo de una familia judía a manos de rebeldes. Una fuerte suma de dinero a cambio de la liberación es la que a fin de cuenta genera el enfrentamiento y resentimiento entre los personajes. La ópera prima de Kantemir Balagov toma como protagonista central a Ilana (Darya Zhovnar), la “oveja negra” de la familia, siempre yendo a contracorriente a las peticiones de sus padres. La intención de todos por rescatar al miembro faltante encontrará un punto alto de tensión para cuando la hija sea expuesta a un sacrificio.
El problema de Cercanía es su dispersión al gestarse su premisa. El secuestro, que lucía ser la motivación primaria, por momentos actúa como mcguffin al ir la historia prestando atención a otros trances. La hija recriminando varias escalas de dominación, además de un afecto desigual que percibe dentro de su círculo familiar, toman vitalidad respecto a la ausencia del hermano, el conflicto medular. A esto se interpone otro dilema: la relación amorosa entre la joven judía y un cabardino, algo no bien visto socialmente por la diferencia de etnias, provocándose un nuevo tema coyunturalmente importante. El filme de Bagalov sucede en territorio caucásico en 1998, a muy poco de haberse resuelto un tratado de paz en donde Chechenia otra vez pasaba al control de Rusia. El conflicto de etnias y recelo por lo territorial aún está en ebullición, y eso solo se manifiesta en la secuencia de un snuff.
Varios son los temas que se citan, mas poco se profundizan. Algunos incluso no reconocen los engranes pertinentes dentro de la historia en donde pesa la trama de la hija rebelándose. Cercanía pone en segundo plano casos extraordinarios, el del mismo secuestro o el conflicto limítrofe, y en su lugar da palestra a discusiones menores, como la relación madre e hija, que luce más irreconciliable que la misma separación entre rusos y chechenos. La película de Kantemir Balagov desaprovecha focos que estimulan, y en su lugar alarga la frustración filial mediante actos que asedian a la protagonista y aseguran su martirio. Larga coda le precede a la conclusión del conflicto solo para reafirmar sentimientos, gesto tan innecesario como el testigo que firma la presentación y despedida del filme.

lunes, 12 de junio de 2017

VIII Al Este de Lima: Zoológico

Natasha (Masha Tokareva) es una mujer ya madura, solitaria, viviendo con su madre y sufriendo las bromas que le hacen sus compañeras en el área administrativa del zoológico en donde trabaja. Las cosas cambiarán a raíz de un hecho absurdo y grotesco –aunque plausible en el universo de David Cronenberg–, lo cual antepondrá a su protagonista a una renovada vida, pero también hacia dos realidades a las que hasta ese momento, como ciudadana promedio, no había experimentado, o hecho caso. Zoológico (2016) no parecería una película rusa, de no ser por su crítica objetiva hacia la normativa social. Ivan Tverdovsky nos enreda en una comedia provocativa y risueña, y un romance simpático y espontáneo, que no deja de ser fastidiado por el protocolo médico y el imaginario del cristianismo ortodoxo, de unas pautas folclóricas al nivel de un paganismo arcaico.
La nueva vida de Natasha parece ser una balanza emocional. Su “mal” le ha alimentado de un prejuicio y obligado a lidiar contra una ridícula burocracia, pero, por otro lado, le ha abierto al amor y a la liberación de ciertas pautas inconcebibles en su etapa estancada a una realidad sin motivación. Zoológico da panorama de una fantasía jubilosa, pero siempre la realidad, una agria, lo hecha a perder. Aquí lo cotidiano perturba más que lo irregular, frustrando el clímax y los momentos gloriosos que la protagonista nunca antes había experimentado. Ivan Tverdovsky emula un “cuento de hadas” en un tiempo en donde los príncipes visten de bata blanca y la princesas rompen con los cánones de belleza, y, obviamente, todos dependen de la opinión final de un médico o un sacerdote.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Festival Transcinema: Strange Particles

La tercera edición del Transcinema Festival Internacional de No Ficción va del 4 al 12 de diciembre. Iniciamos con los post a las películas que se ira viendo.

Strange particles (2015) es un documental que sigue la rutina de un físico, tanto fuera como dentro de la sociedad. Primero dentro de su hogar, una vivienda ubicada en medio de un contexto de apariencia boscosa, atiborrado de libros, anotaciones y fórmulas; luego formando parte de un campamento juvenil, esta vez siendo educador y a la vez vigía de los adolescentes expectantes por la diversión que les promete la temporada de verano. Es síntesis, vemos a nuestro protagonista principal como una figura ermitaña y además como una figura de autoridad. Es decir, es como si su presencia vaticinara una introversión, siempre marcando una distancia con la rutina de los demás, o al menos para con los que no están en sintonía con su retórica matemática.
El director Denis Klebleev, más que verse encandilado por la sabiduría numérica  de este personaje, observa a este laborioso físico como una presencia que va generando un punto de inflexión dentro del espacio. Es una visión exótica la que se proyecta en este individuo quien cita continuamente teorías y paradojas. Términos que podrían llamar la atención del Christopher Nolan de Interstellar (2014). Esto indudablemente lo pone en contraste frente a un círculo púber, del que poco entiende (o viceversa). En una secuencia anecdótica, alguien hace notar al matemático que tiene manchada su espalda de pintura. “Debe ser que me he apoyado en algún cerco recién pintado”, resuelve el físico. Qué es sino la marca de pintura fresca dibujada en la espalda la evidencia del exilio de este matemático, una prueba de su naturaleza incomprendida a consecuencia de su extravagancia y pasión por los números, y que lo ha convertido en esta “extraña partícula” que desencaja en un universo que parece no pertenecerle, ¿o es tal vez el mundo que simplemente no quiere que forme parte de sí? Es de hecho ese cuestionamiento pesimista lo mejor de Strange particles; observar a alguien tan lógico dudando de la validez de sus aptitudes.

lunes, 25 de mayo de 2015

VI Festival Al Este de Lima: La fábrica de la esperanza

Como si se tratase de una historia sumergida en un drama social, La fábrica de la esperanza (2014) a primer vistazo resulta una crónica sobre la migración como urgencia o única alternativa. En Norilsk, una provincia en Rusia, el panorama es deprimente. Las fábricas industriales, literalmente, han contaminado y corroído la zona. En ella, una prostituta y una hija mimada tienen motivaciones y excusas distintas para mirar la capital de Moscú como su medio de escape. La ópera prima de Natalia Meschaninova, si bien posee los recursos necesarios para promover un filme sórdido sobre una sociedad en crisis, prefiere centrar su atención a un conflicto tan trivial como la frustración de una adolescente por recuperar a un enamorado. Entonces el filme deja de ser social o ser una historia sobre la migración, para convertirse más bien en una mera rabieta con consecuencias trágicas.

miércoles, 29 de octubre de 2014

Festival Transcinema: Nepal forever y Buzzard

Dos de las comedias programadas en el Festival Transcinema comparten un par de de similitudes. Nepal forever (2013), de Aliona Polunina, narra la historia de dos caricaturescos personajes, ambos únicos miembros de uno de los tantos partidos comunistas aún existentes en el territorio Ruso. A manera de documental, la directora va captando por fragmentos las actividades partidarias de estos individuos. Líder y secretario se enrumban a Nepal con intención de globalizar su política comunista, cuestión que sus mismos personajes asumen de manera enérgica, aunque irrisoria. Es mediante esto que el filme se convierte en un arma satírica. Una mirada ridícula hacia una idea que en la actualidad parece no encajar.
Buzzard (2014), de Joel Potrykus, junta de la misma forma a dos personajes cómicos, aunque no igual de ridículos. Marty y Derek, un par de amigos que laboran en una oficina hipotecaria, se la pasan gastándose bromas mutuamente. Marty, sin embargo, tiene un gran defecto. Él es un estafador empedernido. Frente a esto, Potrykus nos irán sumergiendo en una comedia excéntrica donde un joven tramposo dictará cátedra de cinismo, mientras que su colega irá poniéndole a la trama un sentido del humor más burlesco. Ya pasado la mitad de su duración, ambos filmes sufrirán una seria transformación. Ocurrido ciertos sucesos, la comedia se irá apagando para entonces perfilarse a otro sentido. Este cambio por cierto será sutil y totalmente contrario a la iniciativa de las dos películas.
En Nepal forever, luego que sus personajes irán fraternizando con ciertas comunidades rurales del país asiático, la directora se irá inclinando a un tono más serio. Polunina descubre un lado reflexivo en donde grupos comunitarios practican el comunismo no por convicción, sino por necesidad o, incluso, por modo de vida. En contraste al dúo ruso, dirigentes y pobladores nepalíes le otorgan al comunismo un sentido lógico desde su ámbito. Muy a pesar, dicha política no abandona esa aura utópica. Por otro lado en Buzzard, luego de una serie de situaciones hilarantes, Marty se verá frente a una encrucijada. Sus embustes tal parecen haber dado malos frutos y esto lo obliga a tomar ciertas medidas. Potrykus descubre un lado oscuro tanto de su personaje como de su historia. Aquí, sin embargo, el vuelco es más brusco. Entonces para cuando desea volver a ser graciosa, Buzzard luce más bien escalofriante; eso la hace atractiva.

domingo, 26 de octubre de 2014

Festival Transcinema: Hard to be God

Existe un planeta en donde humanos viven estancados en la peor versión de la Edad Media. Se dice que en su tiempo el Renacimiento aún no ha llegado. La intromisión a este mundo será pues el paseo a una jungla plagada de retratos grotescos. Duro ser un Dios (2013), filme póstumo de Aleksey German, desde su primera escena se despliega como un montaje fascinante. La película juega a ser la ilación de planos secuencias simulando, aunque no siendo, un falso documental. Cierta comisión investigadora ha llegado a esta tierra extraña, exótica, aunque también familiar (muy importante esto último). La naturaleza aquí es deplorablemente caótica. El fango y la pestilencia emanan a cada paso, así como las figuras extrañas de personajes excéntricos y burlescos. La cámara (ese ente espectador que forma también parte de la escena) mientras tanto promueve una práctica totalmente testimonial. Su mirada es intrusiva. Se va meneando entre la multitud de obstáculos inertes, el cruce improvisto de los cuerpos pueriles o rostros furtivos que buscan repentinamente un instante de protagonismo. Solo uno, sin embargo, será el centro de atención.
El científico Don Rumata (Leonid Yarmolnik) será nuestro guía. Él estará a cargo de una expedición que lo llevará a conocer a fondo esta extraña realidad.  Hard to be God se convertirá así en el recorrido de un guía, uno que será infiltrado y además confundido por primogénito de un Dios, el mismo que no podrá intervenir a bien de la investigación. Don Rumata será parte de la comunidad, miembro provisional de una fauna salvaje e iletrada. Aquí la barbarie es dominante de este contexto, lugar en donde la sapiencia es perseguida. Se asume que existe una “cacería de bruja” a los letrados. Como si fuera una relectura de la Historia, este filme sutilmente va descubriendo esos rasgos patrimoniales de la humanidad. Lo que fue en un tiempo algo cotidiano, en un presente utópico resulta la muestra carnavalesca para un grupo de forasteros. Y, a propósito de carnaval, es preciso citar a otra personalidad rusa.
Mijail Bajtin, en sus estudios sobre la “carnavalización” en tiempos de la Edad Media y el Renacimiento, mencionaba que el carnaval era la ventana a la realidad de entonces solo que en un código inverso o exagerado, es decir, grotesco. Duro ser un Dios de la misma manera se rige mediante las mismas dinámicas. Lo grotesco actuando como una sátira a la humanidad. El saber, la religión, la esclavitud y la tiranía –todos  moduladores de esencia humana– están manifiestos en esta trama donde lo grotesco habita en todo. Lo cierto es que en el filme de German aquí el carnaval no es temporal, sino perdurable. Una comunidad en donde la ley pública parece no existir (o respetarse) y lo grotesco es parte de lo cotidiano, desde sus miembros hasta su hábitat, que reacciona igual de feroz y agreste. Frente a esto, se despliega además un lado sublime de la fealdad. A la línea de la estética de ciertos referentes del cine ruso, Duro ser un Dios recuerda la fuerza visual propia de películas como Tierra (1930), La infancia de Iván (1962) o La voz solitaria del hombre (1987), donde lo fúnebre o lo caótico se contemplan desde un perfil alegórico.
Aleksey German usa lo grotesco como artificio decorativo y, ocasionalmente, poético. A pesar que su película está compuesta en su mayor parte por planos secuencias, el director no deja de promover planos estáticos y contemplativos que enmarcan una intensidad lírica que deviene de la misma fealdad aglutinada. Duro ser un Dios tiene una gran valoración barroca desplegada de inicio a fin. Hay un ensamblaje bien meditado respecto a la acumulación de utilería que no deja espacio vacío. Soberbio es también la sincronía casi teatral en la que se desenvuelven los personajes obsesionados con las secreciones nasales y la desnudez de las nalgas (recinto del excremento), esto muy propio de lo grotesco. Las humaredas que brotan, la viscosidad del lodo que brilla, los insectos que zumban. Esa tecnología tan rústica como ingeniosa. Son puntos a favor. Duro ser un Dios sin embargo no compensa del todo. Su trama de viaje exótico sostenida por su dicotomía de civilización/barbarie queda corta para un filme que se prolonga en el tiempo y que por cierto va devaluando ese barroquismo que no sabe igual en sus últimos instantes, sino más bien resulta cíclico o repetido, como la misma Historia.

jueves, 14 de agosto de 2014

18 Festival de Lima: The major (Semana de la Crítica de Cannes)

Lo mejor de The major (2013) ocurre durante la escena en una estación de policía invadida por un maniaco vengador. El acorralamiento de un grupo de guardias no solo provoca la tensión, sino que además termina por convencer a su protagonista principal que merece el castigo de la justicia. Esta película dirigida por Yuri Bykov lastimosamente decrece luego de ese evento. La inverosímil tregua entre el agresor y su víctima es el inicio de una serie de situaciones cada vez más banal. La redención, como tema central de la película, es un cosquilleo que se maneja de manera superficial. Lo que pudo haber sido el conflicto interno, moral o hasta sentimental de un mayor de policía, se termina tratando con un razonamiento contradictorio. The major, luego de intentar crear quiebres argumentales, resuelve su drama con un hecho que plantea un final forzado a la frustración.