sábado, 5 de agosto de 2017

21 Festival de Lima: A ciambra (Imprescindibles: las del 2017)

El director Jonas Carpignano hace un engrane con su anterior película. Sucede que en A ciambra (2017) vemos nuevamente al protagonista principal de Mediterranea (2015), interpretado por el mismo actor, mismo nombre y jugando mismas credenciales, solo que en esta ocasión él no es el centro de la historia. Pio (Pio Amato), un niño de catorce años, hijo de una familia de gitanos asentados en Italia, dedicados al hurto y otros pillajes, es el móvil de la trama. Lo que veremos será la escalada del muchacho a las grandes ligas delincuenciales. Para esto, Carpignano hace una antesala al círculo de los menores dentro de esa comunidad. Vemos a niños jugando a ser hombres, alucinando virilidad, asumiendo una personalidad belicosa asediada por el consumo de porros y la infiltración a fiestas de adultos. Desde principio, ya señala un mundo de por sí degrado, aunque sea la antesala a la ruta primordial, ruta de la perversión certificada.
A ciambra no estima a convertirse en una reflexión social ni tampoco alude al ultraje de la inocencia. Lo que sucede con el personaje de Pio no es más que un proceso de madurez. No hay un hecho específico indispensable o acto de coacción que obligue al protagonista principal a aspirar a lo que son los adultos. Una mora del servicio eléctrico o la persuasión a un evento que será el último vuelco en el desarrollo delincuencial del niño están antecedidos por el propio deseo de Pio. Como el protagonista de Buenos muchachos (1990), la aspiración de Pio es fruto del entorno que le rodea. Su crianza viviendo y viendo lo que sucede en el mundo del saqueo ha forjado un encantamiento. En consecuencia, Jonas Carpignano nos narra una historia en tono de épica. El protagonista principal generando usanzas que afloran casi de manera innata. Es la formación de la nueva camada de parias, la que fortalecerá el estereotipo étnico. Pio camina en dirección a su destino.

21 Festival de Lima: Los exiliados románticos (España en Lima: las nuevas caras del cine español)

Jonas Trueba, sin dramatizar, teje una sensibilidad emocional en esta travesía que es significativa para un trío de hombres que coinciden en emprender un viaje en busca de la posibilidad o la simple experiencia romántica. Como toda road movie, Los exiliados románticos (2015) es la exploración o descubrimiento a “algo” que ha permanecido inconcluso. En esta historia se refiere a la aventura romántica que los protagonistas experimentaron o se imaginaron. Hechos que, sin recurrir a algún flashback, acontecieron en un pasado considerable, y en razón a su obstrucción se ha generado una motivación presa de la perduración del sentimentalismo que dejó huella. Es preciso entonces ese viaje. Citando a José Luis Guerín, son los tres amigos en busca de Sylvia.
Es relevante además que dicho contexto sea París –que incluye locaciones de En la ciudad de Sylvia (2007) –, lugar idealizado para el amor, sin ser cuna del romanticismo. En esta ciudad, estos extranjeros (extraviados, por naturaleza) ajustarán su itinerario, según el propósito de cada uno: citarse con esas figuras idealizadas. El encuentro con las mujeres son el objetivo de la excursión. En tanto, los diálogos fruto de las entrevistas lucirán como la continuación de un receso emocional, al menos para ellos. Habrá un efecto de depuración, sin embargo, no existe veracidad si los hombres habrán subido un peldaño en su educación sentimental.
Los exiliados románticos da señas de una masculinidad vacilante, insegura, inmadura, en lo que se refiere al tema del amor. De pronto las mujeres son las que asumen un carácter sensato, conduciendo a sus “parejas” a la no improvisación. Basta recordar que la premisa de este filme es la de tres hombres aventurándose al viaje/encuentro. Sus acciones están en base a un acto de reacción, pura esencia e impulso de lo romántico. A propósito del romanticismo, el filme de Jonás Trueba es un caldo de la dialéctica intelectual. Así como sucede en su filme anterior Los ilusos (2013), lo secundario genera conversaciones que reservan esa otra pasión por el intelecto. Los exiliados románticos atrae por su simpleza en retratar lo que figura ser amplio, los modos de concepción de amores platónicos y la declaración sentimental como medio de purificación.

21 Festival de Lima: Los ganadores (Galas)

Una película que trasciende por su simpatía. Néstor Frenkel, o alguien que juega el rol del director, narra su encuentro fortuito con un mundo que le causa curiosidad e hilaridad (sin reírse). Es un filme documental que aparenta no tener hoja de ruta, y que se va construyendo en base a su investigación. Los ganadores (2016) toma como centro de atención los eventos de premiaciones de bajo presupuesto, sobre sus organizadores y sus asistentes, una serie de encuentros sociales en donde personajes son homenajeados, previa facturación de sus trofeos y medallas. Es decir; el director argentino se interna en un universo de personas sosteniendo o dando aires a sus fantasías. Desde locutores de radio hasta cineastas amateurs, serán galardonados por eventos que acumulan una serie de rubros, en donde ninguno será perdedor.
Frenkel no deja de captar la ironía sin dejar de ser complaciente, y es que este se presenta en calidad de intruso en dicho ambiente en donde romper con el protocolo o la ficción conllevaría el deceso de muchos egos. Estos “ganadores”, además, generan un aire de cordialidad. El mismo organizador de uno de esos eventos, a quien el director más adelante convierte en protagonista, luego de aparentar cierto hermetismo, no duda en descubrir el escenario que dirige. Después de la primera parte, en donde la voz en off nos guiaba entre el descubrimiento de afiches promocionales y videos de YouTube mostrando algunos de esos acontecimientos, en la segunda parte, a propósito del encuentro con el protagonista, el director se filtra en una de esas premiaciones. Los ganadores es el internamiento a un montaje de carácter ocurrente y entrañable.

21 Festival de Lima: La novia del desierto (Competencia Ficción)

El problema con la ópera prima de las directoras Cecilia Atán y Valeria Pivato es que su historia tarda en madurar el eje central de su película. Además de sus planos generales, lo estimulante de La novia del desierto (2017) es la relación entre los dos protagonistas principales, y no el retrato en solitario de Teresa (Paulina García), sobre su vida como empleada doméstica, la cual provoca una serie de flashbacks que resultan innecesarios y hasta redundantes. Es esa continua obstrucción la que aplaza y acorta el gran atractivo: Teresa conoce al Gringo (Claudio Rissi) y algo se va gestando.
Sin tanta complicación argumental, ambos personajes coinciden y comparten una misma ruta. Es la hermética y asustadiza Teresa y el hablantín y bonachón Gringo. Blanco y negro y colores comienzan a adquirir química. Podríamos suponer incluso que hasta los antecedentes son efímeros complementos, desde el abandono de un hogar hasta la revisión de un álbum de fotos. La novia del desierto quiere ser una anécdota mística, a propósito del inicio y final, pero es más una anécdota humana, tierna y cálida. Una escena que destaca: la de un baño. Instante romántico y erótico.

viernes, 4 de agosto de 2017

21 Festival de Lima: Wiñaypacha (Hecho en el Perú)

Una de las imperdibles en el Festival de Lima. La historia de dos ancianos inicia con un carácter contemplativo. El director Oscar Catacora registra cual etnógrafo, describiendo las costumbres y rituales de sus protagonistas. Son los solitarios habitantes en sincronía con la naturaleza de los Andes del Perú, desde el ganado a la intangibilidad de lo místico. En paralelo, se descubre una mirada sobrecogedora, a propósito de la congoja, tanto física como emocional, que emerge esta pareja de esposos. Son los achaques propios de la ancianidad y la añoranza a un hijo al que no ven desde que marchó a la ciudad. El principio de Wiñaypacha (2017) se alinea a los propósitos nostálgicos de un director como Yasujiro Ozu. La vejez como centro del universo, contemplado desde la abnegación y una rutina empeñada a subrayar un tradicionalismo en declive, en este caso, el andino. Es decir; se hace una antesala a lo decadente.
En medio de la normalidad, un mal presagio se asoma en la historia. A partir de entonces, los ancianos estarán a merced de un mal hado. Es como si la naturaleza y su misma cosmovisión conspirara contra ellos. Catacora obliga a sus protagonistas a enfrentar a una serie de desventuras. Aquí el beatus ille es una quimera. A pesar de la obstinación de sus protagonistas, la desesperación no deja de marchar en ascenso. Wiñaypacha se va convirtiendo en un relato angustiante, dado que la escasez y los quejidos se tornan también progresivos. Como para sofocar, de pronto cualquier singularidad se relaciona a un nuevo mal augurio, tal como el graznido de un ave o el derrumbe de un vestigio ceremonial. Catacora sincroniza el ritmo dramático de la historia. La proximidad de un nuevo vuelco en la historia está antecedida por una tregua que alimenta el optimismo, una falsa esperanza, la resistencia del imaginario milenario que en un principio lucía perpetuo.
Wiñaypacha no solo es lograda en su trama, sino también en un plano formal. Esta película hablada íntegramente en aymara posee una gran puesta en su modo de registro. El cineasta puneño encuadra a manera que el fondo y los objetos asuman perspectivas y un protagonismo recíproco. Es la correspondiente entre hombre y naturaleza, ambos intérpretes en la historia, cohabitantes y los que dan sentido a la cosmovisión andina, pero que más adelante revelarán una incompatibilidad que no descubre una racionalidad. Oscar Catacora hace un retrato conmovedor del declive de una herencia cultural, sin necesidad de recurrir al maquillaje dramático. Hay una ausencia de una banda sonora, la limpieza de un trabajo fotográfico, que apenas se remarca cuando existe la penumbra. Hasta el calvario no tiene inclinaciones infames. No existe un castigo expiatorio o un deus ex machina que ponga un orden de las cosas. Aquí todo luce sintomático.

21 Festival de Lima: La región salvaje (Competencia Ficción)

Desacertado filme del mexicano Amat Escalante, quien se deja arrastrar por el tributo, sustituyendo el realismo por surrealismo, y convierte su filia por la sordidez en pura explotación morbosa. Desde Sangre (2005), el director ha abrasado los defectos humanos, aunque siempre dejando una huella del panorama social, casi siempre llegando a una representación carnavalesca o del exceso, pura sustancia de lo que figura el lado nocivo, por ejemplo, de la inmigración ilegal (Los bastardos, 2008) o la criminalidad institucionalizada (Heli, 2013). En La región salvaje (2016), sin embargo, lo social es relegado por un asunto doméstico; la historia de una relación extramatrimonial. Escalante aborda un amorío que ni si quiera escala a lo melodramático, aspirando solo a lo escandaloso. A ello se suma una historia fantástica.
El mexicano hace tributo explícito a Posesión (1981), de Andrzej Zulawski. Es de hecho la cuota interesante del filme, que para mal hace un alargue como para cerrar su primera parte. La región salvaje encuentra sus logros fuera del contexto citadino. El campo abierto y una cabaña son sus mejores momentos. Cuál película de terror, responde por un estado atmosférico, aunque no llegando al estado psicológico del director polaco al que hace memoria, pero si generando desasosiego. A diferencia de un Tiburón (1975) o Alien (1979), para cuando aparece el némesis, la película no tiene más sentido. La idea de la carnalidad y su relación con la pulsión de muerte personificada en un solo ente, ya está más que definida, mas Amat Escalante insiste en “cerrar” lo anterior. La argumentación de un liberado parece más un remordimiento del director por esquematizar una cuota comprometida que no calza entre la fábula. 

21 Festival de Lima: I am not your negro (Imprescindibles: Las del 2017)

Iniciamos nuestra cobertura al 21 Festival de Lima, que va del 4 al 12 de agosto.

A partir de Now! (1965), un corto documental del cubano Santiago Álvarez, el director Alex Johnston realiza Now! Again! (2014), filme que genera un doble rostro, un antes y un ahora frente a la coacción policial desatada contra la comunidad negra en EEUU. El mensaje es claro y directo: nada ha cambiado entre la década del 60 y la actualidad. I am not your negro (2016) tiene mucho en común con este corto. El documental de Raoul Peck es también producto de una referencia que genera misma observación. Es a partir de un libro inconcluso, escrito por James Baldwin –académico e ideólogo, defensor influyente de la igualdad racial en la década del 60–, que el director establece esa dialéctica entre el pasado y el hoy. A pesar de los mártires caídos, las enmiendas de ley y la renovación de las políticas raciales, el flujo discriminatorio sigue un mismo ritmo.
A diferencia de Enmienda XIII (2016), de Ava DuVernay, los anales de Baldwin no motivan una extensión histórica ni tampoco a profundizar en el análisis antropológico y social como herramienta de respuesta. I am not your negro son remembranzas a la época vertiginosa de los 60, tiempo en que la comunidad negra en EEUU reconoció a sus líderes en distintas versiones y propuestas. Estos recuerdos son dolorosos. El académico describe un instante trascendental, aunque con consecuencias fatídicas. Hay un descubrimiento de lo personal a partir de sus amistades y admiración para con los activistas Medgars Evers, Malcolm X y Martin Luther King; todos ellos desaparecidos por un final trágico. Lo que complementa al filme es un síntoma de esa congoja.
I am not your negro va evocando a un discurso con un tufillo pesimista. Baldwin, luego de compartir sus recuerdos y la historia de su autoexilio, se establece en el presente y menciona su retorno. Se emerge entonces un lado desilusionado y de no correspondencia. Es como si todo lo construido hubiese sido en vano y como si su destierro no hubiera generado un mínimo de desconsuelo al despegarse de su terruño. Raoul Peck retrata mediante el found footage y los registros actuales para dar sentido a las notas de James Baldwin y su sentimiento de frustración ante la persistencia de un comportamiento apático inventado por el esclavismo.