miércoles, 6 de febrero de 2013

El vuelo

Artículo publicado originalmente en Cinespacio.

Con Robert Zemeckis nunca hay pierde. Desde su filme de culto Volver al futuro (1985), pasando por su más laureada Forrest Gump (1994), la paranormal Revelaciones (2000) o la animada Cuento de Navidad (2009), el director sabe entretener; disponerse de una historia que siempre encuentra una brecha original; actores carismáticos, de buen talento y muy reconocidos; recreando escenas que saben explotar los efectos cada que sea necesario. Zemeckis sabe promover un cine de masas, sea el género cual sea, rodando películas con una duración que se digiere sin dificultad ni bostezo. El vuelo (2012) es el último aporte a su filmografía, una película que al igual que sus anteriores dramas, encuentra formas narrativas distintas, ejes temáticos disímiles, casos ajenos a los citados anteriormente.
Whip Whitaker (Denzel Washington) es un piloto de avión, tercera generación de aviadores de su familia paterna. Para Whip, más que un oficio una pasión, algo que es parte de su día a día, parte de su rutina, es por eso que cuando ocurrió un aterrizaje forzoso logró salvar muchas vidas. Whip es también alcohólico, algo que no asume con pasión, pero sí con conciencia. Para mala suerte, dicha rutina no fue ajena durante aquel vuelo fatídico, el mismo que lo convirtió por un momento en héroe, y que ahora está a punto de condenarlo por negligente. El vuelo presenta a un personaje tópico. Es la historia de una balanza que mide lo positivo y lo negativo de un sujeto que está envuelto en su propia realidad, una que ciertamente él mismo no la observa como un drama. He aquí el punto que diferencia a este filme frente a otras películas, aquellas en donde solemos ver a personajes que bien tocan fondo en sus vicios o que simplemente luchan para contrarrestar aquella rutina.

Whip es una especie de interrogante. Un sujeto que se bambolea entre enderezarse o seguir empinando el codo. Hasta antes del final, no se sabe a ciencia cierta en qué lado terminará este sujeto. Este es el plus de la película. No hay mucha habilidad en crear situaciones que compliquen el caso judicial de este personaje, pero es la misma personalidad de este la que mantiene atento al espectador. Se asoman también otras motivaciones, tales como el personaje de John Goodman, una especie de “yonki dealer” que a cada aparición es todo un suceso respaldado además por alguna pista musical de los Rolling Stones. En contraparte, el cliché toma por asalto al filme a medida que se va planteando el historial de Whip. Hombre divorciado y odiado, sin amigos, una nueva novia que también tiene un historial adictivo. Lo que se podría haber esperado de esto era una selección de regaños o “jaladas de orejas” al protagonista en pos al abandono de su adicción. Esto afortunadamente no ocurre, al menos de manera hostigante.
El vuelo, al igual que otras películas de Zemeckis, tal como Forrest Gump o Contacto (1997), cita el tema de la redención divina, solo que en esta ocasión se manifiestan a manera de pistas o situaciones que indirectamente tratan de calar a un despistado y agnóstico Whip, detalle que en otro sentido abren paso a que el espectador obedezca más a ese mensaje celestial antes que las acciones desinteresadas del mismo protagonista. En momentos Robert Zemeckis parece ser pregonero de fe, algo que sí sentaba bien en la personalidad del joven Forrest, pero que en El vuelo más bien desentona o hasta suena insistente.

viernes, 25 de enero de 2013

El final original de El resplandor: una mirada al optimismo superficial

Sin duda uno de los finales más intrigantes nos lo proporciona El resplandor (1980), para muchos la película de terror por excelencia, que esconde un mensaje que da lugar a una interpretación más allá de lo que se había observado durante toda la película. ¿Será que el personaje de Jack Torrance (Jack Nicholson) no es nada más que un ente reencarnado, un alma perturbada que retorna del otro mundo para poner en orden esa tradición trágica y cíclica del Hotel Overlook? O, ¿es acaso esa foto una ilusión más, un producto fantasmagórico que se revela luego que Torrance pasara a formar parte de la lista de los caídos en los alrededores de dicho hotel, es decir, ya tendría licencia para penar en ese lugar? Tantas hipótesis son las que convierten a este filme en un material sustancioso, algo que podría esperarse de un director como Stanley Kubrick, siempre deseoso de compartir su obsesión con el espectador.


(A más de 30 años) Hace algunos días se ha dado al descubierto que El resplandor tendría un final original eliminado. Uno que al parecer se habría dado al descubierto en sus primeras funciones, pero que luego sería corregida por su autor por el final que la mayoría conoce o recuerda. No existe (por el momento) una prueba fílmica que revele ese “otro” final, uno donde los personajes sobrevivientes ya han sido auxiliados en un hospital, mostrando además señas de mejoría siendo el trauma ya superado. Es así como lo anuncia la coguionista del filme Diane Johnson, quien afirma que inicialmente Kubrick se habría inclinado a este desenlace a manera de compasión o debilidad por sus personajes, una muestra a los espectadores de que todo había vuelto a la normalidad. Para esto se ha publicado el extracto del guión de la escena anulada. En este se detalla conversaciones entre el señor Ullman (Barry Nelson), administrador del Hotel Overlook quien aparece en las primeras escenas de la película, junto con Wendy (Shelley Duvall), esposa de Torrance, y su pequeño hijo, Danny (Danny Lloyd). Hay además dos personajes más, un policía y una enfermera.


Son cuatro las páginas que conforman esta escena, las que a primera impresión resultaría sin duda un final desalentador e innecesario o incluso hasta impertinente. Es decir, en un final está la incertidumbre mientras que en el otro está la resolución. Es la ignorancia de los efectos posteriores a la tragedia frente a la sanación del trauma. Uno más manipulador que el otro, y cuando se trata de historias en el cine, algunos preferimos ser persuadidos hasta la perturbación. Ahora, luego de hacer una nueva lectura con mayor detalle al escrito, puedo percatarme que aquella impresión de Diane Johnson, coguionista, es en cierta forma una verdad a medias. O sea, no tengo la mínima idea que conversaron Kubrick y ella al momento de escribir este fragmento. De hecho comentaron entre sí, compartieron sus perspectivas sobre cómo debería de terminar la historia y eso los llevó a vomitar los sentimientos hacia sus personajes. Es lo que me imagino sucede cuando estás al final de una aventura creativa como esa.


Sin embargo, insisto, creo que no es tan exacto eso que afirma Johnson. Es decir, El resplandor trata sobre los trastornos mentales, y ver cómo los afectados se recuperan de ello con una facilidad tan misericordiosa, es de veras contradictorio. A las pruebas me remito; vamos al guión. La conversación entre el señor Ullman y Wendy se reduce a preguntarle cómo se encuentra, qué tal está Danny y a proponerle a que vaya a vivir a Los Angeles. En el inicio de la conversación ocurre algo que llama mucho la atención. Es de seguro que Wendy, como parte del proceso de investigación, ha declarado tanto al administrador como a la policía los sucesos precedentes a la locura de Jack Torrance, su marido. Esto incluye los avistamientos de presencias en el hotel, litros de sangre que brotan de los ascensores o niñas (algo habrá agregado el pequeño Danny) que juegan al “muertito” en los pasadizos. Esto de hecho habrá despertado el escepticismo de Johnson quien no vacila en decir: “It’s perfectly understandable for someone to imagine such things when they’ve been thru something like have…”. Esto le anuncia el administrador luego que los de la policía no han hallado ninguna evidencia (en referencia a lo declarado por Wendy) “fuera de lo ordinario”. ¿Qué ocurre aquí? 


En efecto existen indicios de sanación mental en los afectados, más anunciado eso nuevamente aflorarán los traumas, y Wendy se preguntará: ¿Qué fue lo que vi? ¿Fue acaso producto de mi imaginación? ¿La policía en realidad habrá investigado de manera ardua todas las habitaciones del hotel? ¿Será que ellos tienen la razón? Ajá, Kubrick dice (y no creo que haya sido Diane Johnson, no después de lo declarado) que si bien hay una recuperación, esta es superficial o hasta posiblemente un modo de autodefensa, una especie de autoengaño que el paciente se fabrica a forma de escudo contra ignorantes como el señor Ullman, quien no vacila en quebrar esa defensa de una pedrada. Es de hecho la reacción natural cuando te encuentras con algo que no funciona al ritmo de “lo real”. Eso sí, esto es inconsciente. El administrador no se está dando cuenta que su idioma de las flores, sus consejos de “mejor” estadía, plagado de palabras arrulladoras, se traducen para Wendy como un: “estás loca”. Y de todo esto es testigo Danny, quien posiblemente no se dé cuenta de ello y de hecho no le afecte; claro, no hasta que el buen Ullman saca una pelota amarilla de su bolsillo (esa misma que rodaba por sí sola en los interiores del hotel) y se lo lanza a las manos del niño mientras dice “I forgot to give you this”. Gracias a Ullman ahora Danny se llevará un souvenir de su tormentosa estadía en el Hotel Overlook, lo que le hará recordar a esos pasillos malditos, a las gemelas y su padre persiguiéndolo con un hacha. Díganme si eso es volver a la “normalidad”, díganme si Stanley Kubrick no merece cárcel.

jueves, 17 de enero de 2013

"My French Film Festival", tercera edición.

Del 17 de enero al 17 de febrero, My French Film Festival celebra su nueva edición en la que competirán diez largometrajes y diez cortometrajes de lo último del cine francés. Al igual que sus años anteriores, este Festival se realizará vía online y de manera gratuita. Así mismo, el público podrá participar en la votación que posteriormente nombrará un ganador en la sección "Premio del Público". Para ver las películas se precisa crearse una cuenta previa al siguiente link: http://shop.myfrenchfilmfestival.com/customer/account/create/

Dirección del Festival: http://www.myfrenchfilmfestival.com/es/


sábado, 12 de enero de 2013

Lo imposible

Artículo publicado originalmente en Cinespacio

Cuando de filmes sobre catástrofes se trata, lo primero que se nos viene a la mente es la provechosa búsqueda al recurso de los efectos especiales, aquellos que nos aproximan a la cercanía de la destrucción masiva, la coalición de autos, el derrumbamiento de edificios, el quiebre de pistas o, como es en el caso de Lo imposible (2012), el maretazo que azota implacable las costas tailandesas. En Más allá de la vida (2010), Clint Eastwood cita la tragedia del Tsunami del 2004 para promover a una película sobre la temática sobrenatural. La primera escena donde se muestra como una población asiática es arrastrada por la tempestad de masas de agua que traen consigo postes, autos y casas, fue el eje de atención que provocó el veterano para introducir al espectador sobre testimonios cercanos a la muerte. Es decir, crea el evento y posteriormente representa el drama a modo de trauma. A diferencia, en Lo imposible es en el mismo evento donde el drama se dilata, y de forma muy severa.

El español Juan Antonio Bayona, también director de El orfanato (2007), ópera prima de terror, realiza un filme basado en un testimonio que ocurrió, es decir, alineado a su contexto, un drama real. Puntualizar esto es fundamental ya que lo usual en las producciones occidentales o, por así decirlo, hollywoodenses (Lo imposible será producción española, pero Ewan McGregor y Naomi Watts como protagonistas principales; por favor) es que exista un atropello frente a los “hechos reales”. De pronto lo testimonial es más ficcional. Hay una necesidad por crear prototipos, la pareja que sobrevive, el anciano que muere en su lecho de toda la vida, la niña que se salva como por arte de magia (magia del cine, le llaman). Existe esa inclinación por inmunizar a los personajes quienes escapan una y otra vez de los desastres naturales siguiendo las reglas de trama en películas como Día de la Independencia (1996) o 2012 (2009), filmes donde si se espera que los personajes vuelen o que cuelguen de un dedo en los acantilados recién abiertos, esto porque están construidos bajo las normas fantásticas; invasión extraterrestre, destrucción del mundo. El filme de Bayona, sin embargo, es distinto a lo descrito.

Lo imposible inicia con el despegue de un avión (es el único spoiler, lo prometo). La pantalla oscura y el ruido que crece hasta confundirse con el de un grito o hasta un alarido. Esto no es nada más que la antesala a una historia que encierra momentos de tensión y angustia, efectos que de alguna u otra forma se incrementan al fraternizar con el retrato de una familia, una que juguetea, que abre sus regalos el día de Navidad, que admira el espacio natural embellecido por el cielo estrellado o la luminosidad paradisiaca, que incluso se preocupa por sus problemas laborales a pesar de estar de vacaciones. Frente a esto, el espectador no olvida que la película trata sobre el desastre ocurrido en el continente asiático; eso está muy en claro. Hay un plus entonces que nos empuja a la ansiedad: ¿Cuándo llegará? ¿En qué momento empezará todo? Cuando ocurre, el drama estalla y ciertamente los efectos visuales poseen los méritos adecuados para provocar el terror, el fastidio, la indignación de que algo podría estar falleciendo en las profundidades de las aguas, espacio donde todo es rápido y turbio, y nuevamente los efectos de sonido tienen una labor primordial aquí.
Momentos de gran tensión en Lo imposible es efectivamente cuando Bayona crea planos bajo el agua. Es la ignorancia de qué tan mal podría estarle sucediendo a la víctima que lucha por vivir. La imaginación del espectador entonces actúa, y son en estas ocasiones cuando el lado perverso se eleva y nos juega en contra. Lo que continúa es la tierra echa pantanos. Es el paraíso derruido y el asalto repentino de la soledad. Es el paso del ambiente familiar al de la incomunicación, un miedo que penetra más profundo que las lesiones físicas. En referencia a esto último, el director no tiene complejos en mostrar lo que para ojos humanos es perturbador. El filme desde este sentido roza con el género gore, uno muy distinto al que se saborea en una película de terror. El espectador será presa de la sensibilidad, esto a raíz de la afección, por ejemplo, creada por la madre que no hace mucho ofrecía amor a sus pequeños hijos. Lo imposible no es una odisea ni una historia milagrosa, es lo real, aquello que no roza con lo exagerado ni lo increíble o lo sobrehumano. No creo además que el filme contenga un happy ending, ya que hay sin sabores de por medio, rezagos que posteriormente se convertirán en traumas, escenas imborrables, marcas, cicatrices, huellas, y eso te lo demuestran al final sus mismos personajes.

miércoles, 2 de enero de 2013

Una aventura extraordinaria (o Life of Pi)

Artículo publicado originalmente en Cinespacio.

Dado que ya muchos han comentado sobre los efectos visuales de Una aventura extraordinaria, de lejos lo más logrado del filme, nos centraremos en hacer análisis de su argumento.

Una constante en la fílmica de Ang Lee es sobre el tema del romance, el idílico y el tortuoso, aquel que tiene mucho de inocente o que representa el símbolo de la carnalidad. Por un lado están Sentido y sensibilidad (1995) o El tigre y el dragón (2000), mientras que por otro La tormenta de hielo (1997) o Crimen y lujuria (2007). Alternamente, Lee construye tanto a los personajes como a sus ambientes en base a precedentes. Es la necesidad de promover una radiografía social o coyuntural de una época en cuestión. Adaptar un evento o situación, implica que el director indague y respete las clausulas del mundo o cosmos al que hace referencia. En Hulk (2003), por ejemplo, antes de retratarse al monstruo verde, se rescata al hombre atormentado por su pasado, el mismo que posteriormente parece autodestruirse en medio de una coyuntura científica muy controversial.
Una aventura extraordinaria (2012) está al margen de esta frecuencia. Ang Lee adapta una historia sobre una ruta de aprendizaje en base al testimonio de sobrevivencia de Pi (Suraj Sharma), un joven que naufragó en una mínima embarcación junto a un tigre de bengala por más de 200 días, en medio de los bravos oleajes y el clima agreste de la naturaleza oceánica. Cual pasaje bíblico de Job, Lee sostiene su filme bajo un código de fe, uno que por cierto ha pasado por una serie de territorios religiosos, desde los más mundanos hasta los más conservadores. Es decir, la película no busca confrontación ni duda religiosa. La infancia y madurez de Pi logra captar lo que en principio o en términos generales desea germinar toda religión: la búsqueda de la fe. Vishnú, Alá, Buda o Dios son deidades que en la realidad traen bajo el brazo leyes o mandamientos. En este mundo, son estas presencias intangibles el único centro de atención.

El pequeño Pi, más que dialogar con cuestiones existenciales, dialoga con las cuestiones humanísticas o terrenales. Es así como los dioses se vuelven superhéroes a admirar, seres dignos de ser seguidos en referencia a sus historiales míticos o bíblicos. Ang Lee limpiamente empuja al espectador a admirar una perspectiva que no te persuade o te hipnotiza, actitud que podría esperarse de un fanático o predicador dispuesto a extenderte su religión, según ellos, la ideal o más acertada. Frente a este discurso pasivo, Una aventura extraordinaria construye una historia práctica y didáctica, de citados amenos, anécdotas graciosas, llenas de inocencia y mucho aprendizaje. Es la mecánica que Robert Zemeckis hizo en Forrest Gump (1994) y que luego Danny Boyle imitaría con menos ingenio en Slumdog Millionaire (2008). Lee, sin embargo, solo usa dicha narrativa para la antesala de su filme. La historia del naufragio, tema central de la película, traerá al recuerdo otro filme de Zemeckis, esto gracias a la presencia del tigre de nombre Richard Parker, el “elemento” que mantuvo cuerdo al “Robinson Crusoe hindú”.
No existe diferencia entre Wilson del Náufrago (2000) y el tigre de bengala de Una aventura extraordinaria, al menos eso nos da a entender el final de la película. Wilson, para el personaje de Tom Hanks, es el símbolo de la desesperación por mantener activo los estamentos de la sociabilidad. Mantener en actividad dicha aptitud nos provoca a despistarnos del fracaso o el extravío. Pi en su adultez reflexiona y dice que si no fuera por Richard Parker, tal vez nunca hubiera sobrevivido. En lectura existencial, el fin de la sociedad es el principio del fin del hombre, y eso ambos náufragos lo sabían. Una aventura extraordinaria, si bien posee una lectura interesante sobre el naufragio o la fe, es la conclusión de su historia la que termina por desbaratar lo construido al poner en cuestión lo que fuimos testigos. Posiblemente, esto con la intención de provocar una sensación parecida a lo sucedido en El gran pez (2003), solo que en el filme de Tim Burton la premisa de la imaginación ameritaba recrear una versión falsa y otra oficial. Ang Lee visualmente realiza un filme logrado, muy alegórico, pero con un final que al abrir una historia alternativa, puede decepcionar, resultando ya no una historia extraordinaria, sino una simple parábola.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Lo mejor en la cartelera comercial 2012

Encantado sería presentar una “Lista de los 10 Mejores Estrenos del 2012”, lo incomodo es forzar o adulterar una. Nuevamente al mismo drama anual, la cartelera peruana es cada vez más deficiente, lo que no invita a fabricar una lista de 10. Ante todo, es preciso separar lo bueno de lo mejor. Es decir, la siguiente lista que presentamos, corta y diminuta, está compuesta por películas que difícilmente se nos irá de la mente. Personalmente, desde la primera vez que las vi, el encanto aún no se ha desvanecido. Ha habido buenas películas, aquellas que tienen buenas escenas, buenos actores, gratos momentos, pero que sin embargo con el tiempo dichos conceptos se han ido debilitando, más no han desaparecido, eso sí.

Entre ellas Un zoológico en casa, Los descendientes, 50/50 o Un método peligroso, no más. Son películas que de todas formas valen mencionar porque hay una brecha donde se filtra una simpatía especial, casi sentimental, aunque no por eso no dejamos de apartarlas de un grupo que merece una mención especial. Pero antes de esto, hagamos un recuento veloz sobre lo que nos trajo la cartelera limeña este año.  Para ser más directos y referenciales, un rápido recuento de los filmes ajenos a Hollywood que han despegado en nuestra cartelera. Estos son por orden descendente: España 11, Francia 6, Noruega 3, Chile 3, Italia 2, Argentina 2, India 1, Uruguay 1, Dinamarca 1, Colombia 1, Holanda 1, México 1, Alemania 1. Para no crear vanas ilusiones, España y Noruega han traído en mayoría filmes de terror, ninguno de ellos con mucha consistencia. Francia, asimismo, llegó con sus estrenos más comerciales. La fílmica asiática casi ausente.

El cine nacional ha estrenado 8 películas. Sin ambages, no ha sido un buen año para la fílmica peruana en referencia a este grupo. El buen Pedro, de Sandro Ventura, ya lo habíamos dicho, sobresale de este grupo. Así como está, sin premios o reconocimientos pomposos, es una película lograda. Alterno a la cartelera, Omar Forero con su doble estreno no comercial, El ordenador y Chicama, promete. Decir más, es hablar demás. Estos son los Mejores Estrenos de este año, sin orden de preferencia:


La piel que habito
Un obsesionado con la piel, el deseo y el recuerdo ha creado su versión de Frankenstein, una que en vista no es defectuosa, pero que alberga un oscuro secreto, igual de perverso, igual de macabro. Pedro Almodóvar en La piel que habito hace juego de un género que se entrecruza con el melodrama, el thriller y el terror. Siguiendo la escuela de Alfred Hitchcock, este filme construye de manera inteligente una historia que dispone de forma sugerente la mentalidad retorcida de sus personajes. Es pues una versión perturbadora y grotesca, la misma que se desborda hasta el punto de aflorar en los rostros; el curso de la ética biogenética.
Chronicle
El director Josh Trank y el guionista Max Landis, por encima de recrear un filme espectacular, adaptan una historia sobre la concepción de los héroes y los villanos. Al margen de la convencionalidad de las películas de superhéroes, el filme busca como primera necesidad indagar la psicología humana, aquella que carga dramas y frustraciones, la misma que se sana o termina por arrastrarte. Chronicle inicia como un cuento de hadas y finaliza como una historia de terror. Es el acercamiento al ser que desde sus orígenes estuvo corrompido, convirtiendo el “don” en un arma letal. Una película que abruptamente te vuelca de la simpatía a la perturbación.


El árbol de la vida
Apreciar con totalidad este filme, precisa de un seguimiento a priori de la filmografía de Terrence Malick, una que se alberga al ámbito existencial, sobre el origen no solamente del hombre, sino de la vida, de sus componentes y sus agentes. La historia de una familia en los suburbios es el bosquejo de lo que anteriormente el director ha explorado: el enfrentamiento interminable entre el bien y el mal. El árbol de la vida es la ruta del aprendizaje de esta dualidad, la convivencia inseparable con el bien y el mal, lo que se aproxima a través de las caricias o la tragedia en su versión más violenta. Un filme de una estética limpia.


Drive
El western y las películas de acción de los 80’s se ven reflejados en el filme de Nicolas Winding Refn, protagonizado por un personaje anónimo y sin pasado, rudo pero complaciente con sus protegidos. Drive es la historia de un sujeto bipolar e impredecible, dueño de una violencia implacable y de un sesgo piadoso. De día actor doble y mecánico de autos, de noche un hábil conductor y cómplice de atracos. A pesar de su trama convencional, el filme haya de la riqueza de este protagonista los usos precisos para desatar un potente filme de acción ambientado por una tensión calculadora sobre una mente retorcida enfrentándose a una mafia.



Moonrise Kingdom
La complejidad del diseño artístico, la teatralidad de encuadre rígido, los tonos vintage, el aire de música nostálgica y una historia de amor de verano, fugaz e imperecedera, son los componentes que Wes Anderson recicla y revitaliza en el que sería su filme más logrado. Moonrise Kingdom es el juego de las personalidades frustradas, sobre adultos estancados y niños transgrediendo reglas impuestas; unos resignados, los otros soñadores. Es la lectura pues de la resistencia a una vida monótona abstemia de metas improvisadas y un espíritu idealista aniquilado. Una película que combina finamente el humor cruel, dulce y perverso.


jueves, 20 de diciembre de 2012

El hobbit: Un viaje inesperado

Muchos años atrás, Peter Jackson fue responsable de una película que provocaba como efecto el título que llevaba por nombre. Su ópera prima Mal gusto (1987), no por el hecho de haber sido un filme de serie B, automáticamente se debía ganar la licencia de ser una película absurda, lerda y repugnante. Jackson parecía haber hecho su mejor esfuerzo y con esto lograr correspondientes méritos para merecerse dichos calificativos. El filme es satisfactoriamente gore, mas es pobremente una historia de extraterrestres, usurpadores de cuerpos. Ahora, como muchas cosas en la vida, el público es ocasionalmente relativo. Mal gusto, irónicamente, al tiempo se iría a convertir en un filme de culto en ciertos sectores anglohablantes.

Peter Jackson, hoy en día, es un director muy distinto al de años atrás, uno más ajustado a las mecánicas comerciales, con menos humor negro y más aliento épico (El señor de los anillos) o mítico (King Kong, 2005). Lo que no ha dejado de ser, es un experimentador visual. Desde las masas viscosas que alucinan a los cerebros destrozados en Mal gusto, pasando por los efectos espectrales en Muertos de miedo (1996), la revolución del CGI (Imágenes generadas por computadora) en el personaje de Golum y su post mejoramiento de técnica en el rostro del majestuoso simio King Kong. El hobbit: Un viaje inesperado (2012) es una mueva marca en el cine de este director, algo que para “beneficio” de la película, comentaremos como punto aparte. De aquí en adelante, evitaremos mencionar su anterior trilogía, mucho menos al libro del que se adapta esta última historia. Es lo que usualmente se debe procurar en toda crítica. El mínimo roce con la ficción escrita desvirtuaría el punto de vista fílmico.

El hobbit: Un viaje inesperado es el viaje de aventuras de Bilbo Bolsón (Martin Freeman) junto a un grupo de enanos y el mago Gandalf (Ian McKellan) en camino a recuperar el antiguo reino de los segundos arrebatado por el dragón Smaug. En el tramo se interpondrán criaturas míticas, se despertaran resentimientos, revivirán viejos rivales y, sobre todo, se gestará un equipo. Son pues los guerreros de poca monta junto a un hechicero oportuno y un “ladrón”, un seudo “as” bajo la manga. Un grupo que en inicio tendría las de perder, pero que a pesar se las ingenian para sobrevivir. Peter Jackson recrea además un mundo de espacios abiertos, ricos en ambientes medievales, lugares tramposos a manera de reto para los viajeros, parajes donde actuarán ciertos enemigos, unos más temibles que otros. Una que otra lucha, uno que otro combate. Lo cierto es que para que esto suceda, el director se toma su tiempo. E ahí el defecto del filme.

Independientemente de la extensión de la película, El hobbit: Un viaje inesperado no resuelve con ingenio los sucesos que van ocurriendo. Existe una variedad de momentos en que la historia debería recurrir a las elipsis, especialmente durante su  introducción, instantes en que los diálogos no aportan a la trama, son más las ganas de desplazarse a las bromas o a trabajar los estereotipos, recurso que está bien ser usado en un mundo en que cada especie tiene un rasgo distintivo, solo que Peter Jackson confunde lo descriptivo con la caricatura. Es así que somos testigos de las bravuconadas de los enanos, quienes visten barbas forjadas por distintos estilistas, está la competencia de eructos, el juego brusco, los cánticos de taberna, mientras el hobbit interpreta gestos de “comediante de serie”. Más adelante, un mago orate, trolls que nos traen a la memoria Los tres chiflados, un combate contra los orcos que más parece una persecución a lo Chaplin o Keaton, con gags incluidos. Lo único bueno de todo el filme, Golum (Andy Serkis) y dos titanes de roca. Lo demás, solo para fanáticos.

48 fps: la nueva tecnología, ¿bienvenida?
Ya lo dijimos más arriba, Peter Jackson es un director que crea aportes a la tecnología visual. El cine es visto por este autor como un medio que añora burlar la percepción del espectador. Es ese fragmento de imagen que de pronto confunde los límites de la ficción, sobre qué es real o qué es fantasía. Los gestos del simio Kong son sin duda una espectacularidad de señas que manifiestan emociones, evocando en las mentes más frágiles aquellas antiguas teorías de científicos darwinianos: “ciertamente, mi antepasado fue un mono…un incomprendido mono”. En efecto, el CGI renueva laureles en la nueva entrega de Jackson. Golum es la prueba infalible, nunca antes se le había visto tan arrugado y de gestos tan pronunciados, muy meditados, casi reales, casi humanos. Un punto más para Jackson.

Lo que viene a continuación es lo último de lo último. Es la reproducción de 48 fps (fotogramas por segundo), es decir, el doble de velocidad de lo normal, que es 24 fps. ¿Qué significa esto? La velocidad del nivel tradicional, además de ser superada, capta una percepción más cercana a la vista humana. La nitidez que promueve esta nueva fuente tecnológica, que captura el doble de la cantidad de información, provoca un género hiper-realista en los personajes y contextos. La piel y la textura están sobreexpuestas, visiblemente notorias al visor de la pantalla. No son los lentes oscuros, es la velocidad en que se reproducen las imágenes, que por cierto al inicio del filme el espectador presiente que está observando una versión acelerada. No se preocupe, es algo pasajero, luego uno se acostumbra. Ya más adelante uno recién comienza a cuestionarse.

¿Qué implica albergarse a un avistamiento más real? ¿Es esto impertinente para un ámbito tan irreal como el filme de Peter Jackson? Adentrarse a un marco más real, más “palpable”, por así decirlo, implica que el espectador de pronto sea burlado por su propia vista, lo que posiblemente ocurrió, por ejemplo, en el famoso corto Llegada del tren a la estación de La Ciotat (1895), de los Hermanos Lumiere, donde repentinamente el móvil parece salir de la pantalla. En pocas palabras, es el asalto de fronteras, de cómo la ficción por un momento invade el territorio de lo real. Los franceses de entonces al rato se rieron y se habrán sentido absurdos; reacción natural. Pero qué ocurre en El hobbit: Un viaje inesperado, una película hiper-fantasiosa, ¿será posible que logre ser hiper-realista? La respuesta es simple. Aspiración, a lo mucho. Es así como la tecnología se frustra frente a un elemento fílmico tan perceptible: el género. Usar un 48 fps es presuntuoso en un filme de dragones y orcos, sin embargo, en un documental o una videograbación de pasarela de modas, sería más lógica o adecuada.

¿Cuál sería el futuro de esta nueva tecnología? Se predeciría lo mismo que está sucediendo con el 3D. La recurrencia de su uso en películas innecesarias, aquellas que incluso, casi casi, pasan sus efectos desapercibidos. Eso sí, vale mencionar; El hobbit: Un viaje inesperado es la tercera película que hace el mejor uso en el efecto 3D, después de Avatar (2009) y Hugo (2011), pero en lo que se refiere al 48 fps, resulta ser una experiencia que intenta o, más bien, se esfuerza por recompensar esa carencia que el director no pudo adaptar a su trama. El buen guión o la simulación de grandes aventuras de pronto son reemplazadas por pieles suavizadas que se acercan a las imágenes de videojuegos, una continuidad de primeros planos, aquellos que el director redunda con intención de dar énfasis a una nueva tecnología que se estrena con un traspié.