lunes, 7 de agosto de 2017

21 Festival de Lima: El color del camaleón (Competencia Documental)

Andrés Lubbert toma de la mano a su padre y lo conduce a despejar sus lagunas mentales ¿o es a confesar el recuerdo en reserva? El color del camaleón (2017) es un documental sobre la aclaración a algo que por momentos luce una memoria arrimada al subconsciente y por otros al esfuerzo por olvidar una temporada vergonzosa. Es el hijo que asume una postura desinformada del pasado del padre, pero que ocasionalmente confiesa antecedentes, sospechas y miedos, del historial de Jorge Lubbert, ciudadano chileno que para tiempos de la Dictadura fue usado como instrumento de coacción para con los conspiradores en contra del gobierno.
El color del camaleón despliega temas a debatir. ¿Es acaso culpable el que fue obligado a ser cómplice de crímenes por lesa humanidad?  Frente a esto, se gestan otras preguntas respecto al indeterminado caso de Jorge Lubbert. ¿Hasta qué punto el método de obligación pueda ser tan efectivo contra la ética personal? ¿Cómplice de qué o hasta dónde llegó esa complicidad? Todo el documental parece estar atado a una ambigüedad o no aclaración, tal vez producto de la poca claridad de la memoria o un esfuerzo por mantener la integridad. ¿Cuál entonces sería la gran motivación de este documental? ¿La necesidad del hijo por descubrir la identidad familiar o una búsqueda por resarcir el delito?
Sucede que durante el viaje mediante la indagación de los vestigios de esa complicidad, el director Andrés Lubbert no deja de subrayar la presión por recordar que recae en el padre. Es un hombre sufriendo por dentro, aunque sacrificándose a beneficio del conocimiento familiar. No surge además la necesidad de plantear un arrepentimiento o mea culpa por parte de este. El documental se posiciona en el retrato de una víctima más; un hombre separándose de su terruño y su familia, el Chile que no ha visitado en años, incluyéndose esa separación entre el hijo y su herencia sudamericana. El color del camaleón es un viaje personal que no deja de ser tema público, es decir, que va más allá del solo conocimiento.

21 Festival de Lima: Una mujer fantástica

Sebastián Lelio parece hacerse un calco de sí mismo. Una mujer fantástica (2017) usa misma plantilla argumental que Gloria (2013), a diferencia que aquí su protagonista es aspirante a mártir. La pareja de Marina (Daniela Vega) fallece inesperadamente. Además del duelo, la protagonista tendrá que enfrentar a la reacción hostil de la familia del finado y un peritaje público –que se queda estancado–, siendo su condición de transexual foco de prejuicios sociales. En Gloria, Lelio también expone a su protagonista principal a una serie de complejos del Chile actual; sin embargo, el personaje de Marina, o más bien su naturaleza, se convierte en una suerte de esponja de pensamientos inescrupulosos. Es decir; su trama camina entre un conflicto saturado e inmediato.
Cual héroe trágico, la protagonista de Una mujer fantástica transita de la estabilidad al descenso moral. De ahí en adelante, la misión de la película será retratar a una mujer resistiendo al castigo, la fabricación de una personalidad inquebrantable –como el personaje de Gloria–, que no se dejará mellar por cualquier agente que cuestione su integridad. Literalmente, este transexual caminará a contracorriente, recorriendo una pasarela de casa de los espejos que la deforman, la tientan a desligarse con “lo normal”. Marina caerá y se levantará, cantará, bailará, explotará, así hasta pasar la página. Una mujer fantástica tiene buenos momentos –la escena en una disco y la develación de un casillero–, muy a pesar, desde una visión general, la reciente película de Sebastián Lelio es tan familiar, adolece de argumentos forzados y abusa del sentido alegórico.

21 Festival de Lima: El otro hermano (Competencia Ficción)

Desde la primera impresión, el personaje de Duarte (Leonardo Sbaraglia) expira un aire de desconfianza. Hay una contradicción en su apariencia desaliñada que se esfuerza por fingir prolijidad. La mala espina es más pronunciada para cuando el recién llegado a la provincia del Chaco de nombre Cetarti (Daniel Hendler), un capitalino de aire inapetente, le asigne a este desconocido se haga cargo de los trámites del seguro de vida que dejó su madre. El otro hermano (2017) es el encuentro de dos lacras sociales, en efecto, uno más infame que el otro. El personaje de Cetarti considerado como un falso protagonista hitchcockiano, siendo el hombre común quien se habitúa de forma inmediata; en tanto, Duarte ya tiene un guion estudiado. Una aprende la lección del otro.
La película de Adrián Caetano se empuja al thriller, hombres guiados por su propia codicia o presentimientos. Esto desplegará un circuito de timo y violencia inmersos en un contexto western asociado a la “tierra de nadie”, pero es a partir de esa fascinación que se va generando un desencanto. El otro hermano se deja arrastrar por la depravación. En su argumento gobierna una dedicación por exponer el laburo de Duarte y su “perro guardián” –el tercer personaje–;    una vista a la perversión impostada. El filme no es aburrido como lo puede ser una película de terror de poca pretensión que se regodea entre la doblegación del débil y la del cazador cazado.

21 Festival de Lima: La defensa del dragón (Competencia Ficción)

Una película sobre la amistad encurtida. La ópera prima de Natalia Santa retrata a un trío de personajes maduros, abrazando los juegos de mesa y charlas durante la nocturnidad como rutina central. La defensa del dragón (2017) avanza con levísimos conflictos. Es más bien un filme destinado a la presentación de personalidades que se relacionan entre sí, a pesar de la aparente disparidad. Estos tres amigos tienen sus propias vidas y complejos, lo que gesta por instantes roces entre sus miembros, además de algunos percances que le disponga su entorno. Es mediante ello que se descubren las frustraciones y fracasos en cada uno. La película tendrá como meta empujarlos a una resolución complaciente. No hay más.

domingo, 6 de agosto de 2017

21 Festival de Lima: Pinamar (Múltiples Miradas)

Dos hermanos de personalidades distintas, asumiendo un luto también de manera dispar. Pinamar (2016) luce como una historia de vacaciones, de no ser porque está el trasfondo de la reciente muerte de una madre. Pablo (Juan Grandinetti) y Miguel (Agustín Pardella) han retornado luego de años al balneario de Pinamar para vender una propiedad familiar; será el modo de romper con ese lazo emocional, al menos para el mayor de los hermanos. Pablo, de serio semblante, será quien tome las riendas del proceso de venta; mientras tanto, para Miguel será la oportunidad de renovar lazos de amistad o de adoptar alguna relación amorosa. El director Federico Godfrid emprende una historia de dos familiares dirigiéndose a un mismo lugar, aunque cada uno adoptando sus propios planes.
Pinamar es atractiva sin manosear o saturar los efectos dramáticos o cómicos, esto último ocasionalmente proveídos por el hermano menor. Es una historia de “verano” en época de “invierno” con leves conflictos. Lo que era un viaje protocolar, resulta un instante de descanso, aunque sin liberación de lo emocional. Tanto Pablo como Miguel, optan por la omisión o la represión del dolor. Es también el destino influyendo en el cambio del itinerario, las fiestas –literalmente– sin guardianía de los adultos, la presencia de un personaje que dispone un ménage a trois, el amor que florece. Federico Godfrid endulza a sus protagonistas, momentáneamente los hace olvidar a qué fueron, para después enfrentarlos a lo que podría ser decisivo para sus nuevas vidas. Es la última herencia de la madre no reconocida en el valor material.

21 Festival de Lima: Últimos días en La Habana

Una película que suma clichés del cine cubano reciente; es decir, el de la etapa del desencanto comunista, la memoria como presente, los síntomas de la pobreza que ha degradado la moral o hace brillar la inocencia cual faro, la prostitución, la homosexualidad y el SIDA, además de la infaltable fantasía migratoria del “sueño americano”. La película del director Fernando Pérez apela además a la colectividad; un cine de estampas que para bien le otorga instantes de afección cómica a una trama de dirección dramática que no dispone muchos caminos alternativos para llegar a su conclusión.
Miguel (Patricio Wood) ha venido cuidando por años a su amigo de la infancia postrado en cama, mientras espera con ansias una entrevista de la Embajada de EEUU. Alrededor del caserón, único patrimonio del condenado, sobrevolarán familiares aguardando su cuota hereditaria. Últimos días en La Habana (2016) es “literalmente” (a propósito de su final), un pronunciamiento más de la desafección territorial como única herencia.

21 Festival de Lima: Vazante (Competencia Ficción)

Un filme que se inspira de un solo perfil de la novela decimonónica hispanoamericana. En Vazante (2017) los protagonistas son habitantes de un latifundio esclavista en Brasil. Tras la muerte en pleno parto de la mujer del dueño de la hacienda, una serie de infortunios recaerán en este habitad, a propósito del desencanto personal. António (Adriano Carvalho) se casará con su joven sobrina política y, en paralelo, acogerá a un nuevo esclavo. Lo que sigue es el tránsito de la fidelidad al desengaño por parte de estos dos personajes designados a una función dentro de la propiedad. La directora Daniela Thomas retrata una época de rebeldía; son los últimos días del romanticismo.
El argumento de Vazante toma sentido a partir del desarrollo de las personalidades. La nueva esposa de aire extraviado y solitario, siendo una niña empujada a una labor precoz. El nuevo esclavo de aire dominante y hostil, forzando (o fingiendo) lealtad ante su amo. Mientras tanto, António está atado a una rutina de oficio y un desapego emocional. Está también la familia política de António, una angustiada parentela de latifundistas en vía a la decadencia, que ofrece a su hija como último movimiento para preservar su descendencia. Cada uno de estos asume un protagonismo independiente, guiando una trama contemplativa que toma un giro melodramático.