sábado, 21 de agosto de 2021

25 Festival de Lima: Objetos rebeldes (Competencia Ficción)

La directora y arqueóloga Carolina Arias reflexiona sobre la representación de los objetos y lo relaciona con su historia personal y la de su país. Sucede que, desde una perspectiva humanista, todo objeto posee una función, un conocimiento, sea inmediato o en condiciones de ser descifrado. En tanto, es el destino de todo objeto ser investigado, analizado, extirpado de su recinto original para su estudio. Es decir, todo objeto tiene como destino ser conquistado o colonizado, despojado de ese saber, y para ello será, por ejemplo, como esas misteriosas bolas de piedra que se extienden por distintos puntos de Costa Rica, diseccionado. Sucede que todo objeto tiene algo de resistencia, eso que llamamos misterio y la mente humana se esfuerza por comprender. El objeto ejerce rebeldía ante el saqueo de ese misterio, reacción que sucedió con las comunidades indígenas oprimidas por los explotadores de las plantaciones de plátano, es el mismo reclamo que le provoca a la directora esas fotos en donde se observa a ella junto a su padre. Hay un conocimiento que está ahí y tiene el deseo de descubrir. Objetos rebeldes (2020) es una película atractiva al generar una reflexión en cadena partiendo de lo íntimo, trepando por lo histórico y alcanzando lo universal o incluso existencial.

El retorno de Arias a su país implica una reconstrucción no solo íntima, sino también histórica. La directora vuelve a Costa Rica para recuperar el vínculo con su padre que en gran parte de su vida ha estado ausente. Es una recuperación lenta, pero progresiva, equivalente a la consumación del padre quien cede ante una letal enfermedad. Es una recuperación lenta como el reencuentro con su memoria histórica, por ejemplo, el de las comunidades originarias de su país aniquiladas o explotadas por la avaricia. Ahora, ese acercamiento hacia el padre o la nación que no ha asistido desde hace diez años es el reconocimiento de una remembranza fracturada, agrietada, maltrecha por el tiempo, y que precisa ser recompuesta a fin de rescatar el recuerdo y de paso conocer esa memoria no descubierta, ese enigma del padre que de repente dejó de asistirla, ese hecho inexplicable de la nación que floreció a costas de la devastación, o ese misterio como el que cobijan las esferas de rocas. Objetos rebeldes nos orienta a entender el destino de todo individuo: (re)construir su identidad a fin de aliviar esa curiosidad rebelde que conocer tus antecedentes para conocerse a sí mismo. Es en esa búsqueda que la naturaleza o función de los objetos se convierte en guía, siendo estos una fotografía de nuestra naturaleza o historia.

viernes, 20 de agosto de 2021

25 Festival de Lima: Memory House (Competencia Ficción)

La ópera prima de Joao Paulo Miranda imagina un escenario distópico, aunque inspirado en la realidad de la actual Brasil. Una comunidad angloparlante al sur de ese país planea emanciparse de la zona norte a fin de establecer su supremacía social y económica a medida que inyecta a su comunidad costumbres germánicas. Es como si las políticas ultraconservadoras de Jair Bolsonaro se encontraran con el divisionismo previo a la Guerra de las Sesiones y el nazismo de propaganda. En medio de esa comunidad de mayoría “blanca”, un hombre originario de la zona norteña vive con resignación en ese ámbito como una figura solitaria y marginal, eso hasta que una casa remueve su memoria. Memory House (2020) está a la línea de películas como Chuva é Cantoria na Aldeia dos Mortos (2018) o A febre (2019), a propósito de sujetos que parecen haber olvidado sus orígenes en medio de una sociedad que ha erradicado las tradiciones oriundas del país. El protagonista de Miranda parece experimentar una suerte de despertar similar al que tienen los protagonistas de las películas mencionadas. Fruto de esa epifanía o revelación mística, los recuerdos del hombre lo retraen a sus raíces de la región del sertón.

Recientemente, el cine latinoamericano ha comenzado a producir una serie de historias en pie a revalorar las culturas originarias, siendo en muchos de los casos en que lo mágico religioso se presenta en sus argumentos como un punto de inflexión para estimular la invocación de los conocimientos aborígenes. Ahora, caso de Memory House, se distingue a la mayoría dada la reacción de su personaje principal. Este anciano, luego de descubrir una casa abandonada, rescatará costumbres aniquiladas en ese escenario distópico, pero su experiencia estará vinculada a un estado de demencia. Es decir; es un “despertar” agresivo que, definitivamente, ampliará la brecha social que existía entre él y esa comunidad que combina a extranjeros y alienados. El anciano se convierte en un sujeto irreal, casi una aparición mítica y de un comportamiento combativo. Posiblemente, algo tenga que ver sus antecedentes de sertanero; belicoso y aguerrido con todo aquello que pretende definirlo como representante de una identidad o raza inferior, tal como lo catalogaba a los sertones Euclides da Cunha en su crónica Os Sertoes.
Pero retornando a un vínculo con el Brasil del presente, la historia se perfila también a un panorama laboral explotador, un modelo que el patrón “formaliza” por oral o escrito sus criterios abusivos, y que no lo hace ajeno a los optados en una época previa a la independencia de esa nación. Resulta significativo además que estamos tratando con una fábrica lechera que difunde propagandas que definen al territorio como una economía fuerte, mientras que tras bambalinas se habla de despidos y reducción de ganancia para el personal. No solo a raíz del COVID, sino incluso antes de ello, las fuertes industrias de materias primas en Brasil han reducido sus producciones, en parte, consecuencia de las negligencias desatadas por actos de sobornos empaquetados en el Caso Lava Jato. Memory House pueda también persuadir a grabar en la memoria una realidad actual, la que, ciertamente, no debe de ser desvinculada con la memoria histórica. La película de Joao Paulo Miranda, así como varios filmes brasileños, insiste en una nación dividida, en donde la preservación de una parece estar siempre destinada a la confrontación aniquiladora, como emulando a la Guerra de Canudos.

25 Festival de Lima: Las mejores familias (Competencia Ficción)

En su última película, Javier Fuentes-León se inspira de una “leyenda urbana” para crear una sátira de clases. Las mejores familias (2020) narra el encuentro entre los integrantes de dos familias prósperas -posiblemente, sobrevivientes de alguna descendencia aristocrática- y empleados del hogar entrando en pugna a raíz de la visita de la nueva novia del hijo que retorna de España. El director parece esforzarse en incluir a esta reunión gastronómica todos los aderezos posibles. Ahí están el racismo, la infidelidad, la paranoia roja, la homofobia, la hipocresía, las drogas y otros vicios, y tantos más. Todos prejuicios que estimulan a que la discordia y las brechas sociales se amplíen. No necesariamente se trata de un retrato en donde los pobres y los ricos se escupen entre sí. Aquí vemos sobre todo a los adinerados tirándose lo trapitos al aire en menos de un parpadeo. Es un festín en el cual curiosamente la comida brilla por su ausencia, y en su lugar se manifiesta una orgía de revelaciones, que a su vez es liberación de conciencia, que bañan con humor una historia de por sí dramática e infame y que se volvió una tradición reprimida en muchas familias de bien.

El gran conflicto de Las mejores familias es el producto de una negociación del pasado. Es el pacto entre agresores y agredido, quienes, por entonces, eludieron las consecuencias no inmediatas -y qué decir de los valores éticos y humanos-. El pasado los condena. Es un drama de clóset de esos que te mencionan, pero en voz baja, a veces sin dar nombres o detalles que podrían exponer a los implicados o remover un recuerdo “zanjado”. Es casi un equivalente a los delitos por lesa humanidad que, por ejemplo, un Estado ejecutaría dentro de su propio territorio. Son cosas que el ciudadano sabe o a escuchado en algún momento, pero que normalmente no exige reparación. Fuentes-León parece armar ese escenario desde un caso doméstico que implica un delito en donde no hay inocentes; todos son pues cómplices, obviamente, en diferentes grados. Ello lo narra con exageración como toda sátira. La impostación es un ingrediente de este discurso que, definitivamente, emana un mensaje reflexivo, aunque sin dejar de ridiculizar. La realidad es la realidad, y por mucho apretón de mano, las cosas no cambiarán. Habrá más pactos por debajo de la mesa y la gente seguirá marchando y el Estado gaseando.

jueves, 19 de agosto de 2021

25 Festival de Lima: Hatun Phaqcha, tierra sana (Hecho en el Perú)

Muy bien realizado e instructivo documental que alienta a la conciencia sobre la biodiversidad en el Perú desde la preservación de los productos alimenticios originarios. Hatun Phaqcha, Tierra Sana (2020) no se acoge a un mensaje nacionalista o pretende explotar a partir de una mirada exótica el discurso místico de la cosmogonía andina o amazónica. El mensaje es puntual: se está desaprovechando la biodiversidad del territorio peruano. La directora Delia Ackerman emprende la labor de una exigente investigadora que se filtra en los campos de distintas especialidades inclinadas al conocimiento de la tierra, el de la variedad de productos naturales que existen desde tiempos milenarios, pero que en la actualidad ni se conocen ni se difunden, gesto que podría poner en riesgo su sobrevivencia. Se escucha mucho de miles de tipos de papas en el Perú, sin embargo, son apenas diez tipos de estos tubérculos los que se distribuyen entre los supermercados y los hogares. Ahora, y aquí viene lo alarmante de la situación, la extinción de una especie no solo implica la desaparición de esta.

Así como se reza que la desaparición de un animal generaría un gran impacto en un ecosistema, lo mismo sucede con un producto natural. Si un fruto de la selva desaparece consecuencia, por ejemplo, de la tala ilegal, se provoca una reacción en cadena. La lista es larga. La pérdida de un producto podría implicar: un insumo menos que salvaría familias de la desnutrición, un estudio obstruido de una materia que podría contener elementos importantes para la medicina natural, el olvido de un conocimiento comunitario que ha trascendido por generaciones, el riesgo de que un animal de cualquier clase no sobreviva ante la falta de ese nutriente o comida que está a su alcance y lo que conllevaría a que una nueva especie se ponga en riesgo, y así sucesivamente. Es como en Matrix (1999) o en Avatar (2009), la variante o ausencia de un elemento que forma parte de la red alteraría a todo el escenario y se perdería una valiosa información. Hatun Phaqcha, Tierra Sana nos expone una carencia de conciencia que acumula capas y capas de conflictos, y lo más irónico es que el atender ese efecto no solo resolvería esos conflictos, sino que además otros que son identificados como problemas nacionales más inmediatos.
Otra ironía. El Perú, a pesar de ser un país rico en su biodiversidad, padece de una alta tasa de desnutrición y en menor grado de obesidad. ¿Cómo es posible que un territorio rico en insumos le haga falta alimento y a su vez otro sector se sobrealimente de insumos transgénicos o que incluso podrían tener un origen de exportación? Es con esta interrogante que nos percatamos que son varias las oficinas, específicamente las ministeriales, las que deben orientar una nueva política del consumo que aproveche lo que está a nuestro alcance, que de paso es natural y rico en nutrientes. Obviamente, estos son argumentos y soluciones que sugiere el filme de Ackerman, ello gracias a la convocatoria de campesinos, chefs, antropólogos, nutricionistas y tantos buenos elementos que están al pendiente de revertir esta realidad. Hatun Phaqcha, Tierra Sana instruye a medida que dispone ideas para prevenir futuros colapsos, preocupaciones no exclusivas del escenario peruano. Ahí están temas como el cambio climático, la deforestación, la erradicación de tribus aborígenes, la gastronomía responsable y comprometida, el necesario consumo de alimentos estacionales o el problema de los monocultivos. Adicionalmente, es un filme que registra una estética naturalista. A cada entrevista que está al contacto con la naturaleza, Delia Ackerman aprovecha para atrapar los rayos del sol filtrándose entre los árboles o un ocaso saludando desde algún ventanal. La directora es cazadora de fondos prodigiosos.

25 Festival de Lima: Songs of Repression (Competencia Documental)

Son distintos los conflictos y debates que gravitan entorno a los actuales habitantes de Villa Baviera, antes conocida como “Colonia Dignidad”, asentamiento fundado en Chile en la década del 60 por Paul Schafer, quien incitó a un número de familias alemanas a formar parte de una comunidad religiosa que mantuviera las tradiciones alemanas. Songs of Repression (2020) es un documental que hace un repaso general de los abusos acontecidos dentro de este círculo habituado a la rutina de castigo y perversión que se ejecutaban mutuamente sus miembros, siempre bajo ordenanza del dictador Schafer, nazi prófugo de la justicia en su país. Los directores Marianne Hougen-Moraga y Estephan Wagner se internan en la actual comunidad a fin de contemplar las reformas que entraron en rigor décadas atrás para cuando su líder enfrentara cargos judiciales por parte de sus delitos en la comuna. La intención del filme es atender a los síntomas de un colectivo que ha vivido por años bajo un sistema de represión, tiempo en que podías ser molido a golpes por una razón que nunca te enterabas. No importaba si era hombre o mujer, niño o anciano. Si el líder decidía que debías ser castigado, al instante tus iguales se iban contra ti, y diariamente había un linchamiento.

En síntesis; estamos tratando con individuos que desde pequeños se habituaron al estado de coacción, a violentar a los suyos, a obedecer sin preguntar, a asentir así piensen lo contrario, y aceptar los golpes o el ultraje sexual cada que el jefe o sus adjuntos lo ordenasen. Lo terrible era pues que todos fueron víctimas y a la vez partícipes de esos hábitos. Pero, en el presente, todo eso ha terminado. Queda como materia de consulta, ¿cómo fue el tránsito del estado salvaje al civilizado? Es algo que no se pregunta este documental. Su punto de vista es mirar desde el presente, apenas introduciendo intertítulos con hechos puntuales del pasado. Se observa y escucha sin intromisión a las declaraciones de algunos de los habitantes, todos no menores de cuarenta años. Es una situación muy complicada y delicada para los directores. Pasa que dentro de la comunidad hay opiniones divididas cuando se trata de opinar sobre el pasado, y a esto se suma los que no lo hacen, sea por impotencia o porque es un tema “superado”. Importante esta palabra para un tiempo en que las memorias se remueven por propia voluntad o por instigación de colectivos, ello con el fin de curar o de clamar justicia. El líder Schafer ya no existe; muy a pesar, ¿estamos tratando con una comunidad en paz, sea mutua o personal?

Songs of Repression nos descubre un espacio minado por temas pendientes. Incluso los mismos que han decidido superar esa etapa, perdonar a los adjuntos del líder y asumir esas vivencias como una instrucción que tuvo una prioridad espiritual y benefactora, manifiestan achaques, tics, dolores de cabeza, malos sueños. Si antes visitaban la enfermería para curarse de las palizas, ahora lo hacen para menguar las heridas no superficiales. Y, a propósito de esa línea de pensamiento, se abren distintos debates: ¿resignación o superación? ¿olvidar para curar o para escapar de la justicia pública? Recordemos pues que muchos o todos fueron cómplices de abusos contra el cuerpo, desde infantes hasta adultos. Es así como se devela un pequeño grupo que piensa distinto a la mayoría. Ellos son los que concientizaron ese estado de represión y entienden a Shcafer y sus secuaces como unos nazis y pederastas. Son estos además los convertidos en renegados de la comunidad, los apartados sociales, los que forman parte de, pero no tanto. Posición contradictoria —rechazar, aunque seguir viviendo en la zona—, pero ello en razón a la complejidad de una situación que tiene que ver con el estado de propiedad e identidad de todos los que nacieron y vivieron bajo el rezago de esta excomunidad fanática.

Ahora, sin ánimo de enumerar todas las divergencias que acontecen actualmente dentro de este espacio, la Villa Baviera pueda ser entendida como un microcosmos que experimenta lo mismo que cualquier nación en donde surgió una dictadura, la negligencia colectiva y convive diariamente con la impunidad, escenario que además se compone tanto por miembros partidarios como los opositores de esa realidad. Sin irnos lejos, es equivalente al actual Chile y su pasado en referencia al gobierno de Augusto Pinochet. Uno de los habitantes de esta comunidad alemana parece decir a los chilenos que critican la apertura de la villa al turismo: “Vamos, ¿ustedes hablan de injusticia?”. Claro que lo que no reflexiona este habitante es que dichos ciudadanos, posiblemente, no fueron parte de la ideología del terror que difundió el dictador chileno. De la misma forma, el pasado de Baviera no debe ser razón para que ajenos levantaran un cerco de la vergüenza o que exijan cierren sus fronteras, lo que equivaldría al ostracismo, un gesto dictatorial, tan deplorable como la complicidad de los ex “Colonia Dignidad” que colaboraron con la dictadura de Pinochet. Como en muchos países, hay mucha memoria, culpa, resignación, necedad y exención junta en un mismo territorio.

miércoles, 18 de agosto de 2021

25 Festival de Lima: LXI (Competencia Ficción)

El cuadro trágico de la nueva película de Rodrigo Moreno en principio me retrae a Maridos (1970), de John Cassavetes, a propósito del deceso de un miembro del “grupo”. El hecho es que el vínculo que se establece entre los protagonistas del peruano es completamente distinto a la del director estadounidense. Cassavetes emprende una historia sobre la amistad, tópico que es un tanto dudoso en LXI (2021). Sucede que aquí estamos tratando con personas que no se han visto desde hace mucho tiempo, ello efecto de uno o varios resentimientos que se originaron años atrás en una fecha específica. El internamiento a este círculo, en consecuencia, equivale a la indagación de las incidencias de ese evento, el reavivamiento del recuerdo y las emociones del pasado que los obligaron a distanciarse. Ahora, al igual que en el filme de Cassavetes, en la historia de Moreno la muerte genera un punto de inflexión en la cotidianidad del resto. Se inaugura de esa manera un panorama sobre individuos cargando un aire de resignación, tocados por la incertidumbre o el fracaso personal. Es decir, la muerte cumple con esa función natural y cuestionadora que recae en los vivos, los expuestos a la mortalidad, quienes parecen haber despertado de un sueño.

Ciertamente, es significativo que la mala noticia sorprenda a Humberto (Javier Saavedra) en cama a plena madrugada. Es justo este personaje el que parece ser el más expuesto a una constante introspección personal. Como todo estado de meditación, es un recorrido que es preciso se haga en solitario, lo que se concreta en esa historia alterna a la principal: él rodando por las pistas en dirección a un lugar que tal vez le ayude a ordenar sus pensamientos o hallar las respuestas a sus interrogantes. LXI es un relato en donde los personajes están en cierto modo a la deriva. Aunque digan lo contrario, siempre la muerte altera el orden o descubre eso que siempre ha estado desorientado. Es también una realidad que alienta a ser espontáneo, sincera hasta el más cerrado, ablanda al más duro. Un personaje de Moreno me recuerda nuevamente a los protagonistas de Maridos, típicos estereotipos machistas que se resisten a hincarse ante el dolor, posición escapista. Ahora, este personaje no garantiza que el resto muestre susceptibilidad ante la pérdida o dé la cara a los conflictos internos o externos que se suscitan en el escenario. En LXI, vemos a personas que reaccionan indistintamente de los otros, obviamente, basadas en lo que fue su relación con el ausente y en su propia personalidad. El luto no se ajusta a uno o un par de moldes.
Así como en tantos filmes sobre reencuentros, la conmemoración de algo o alguien no es más que una excusa para que el autor describa diversos sentimientos personalistas o uno generacional. LXI tiene de ambos. Si bien gran parte del drama rueda en torno a la pérdida del (ex)amigo o a los conflictos personales de cada uno, existen conflictos compartidos propios de su generación. Moreno pone a interactuar a sus personajes mediante argumentos universales, pero también están los propios de una coyuntura del pasado. Esta reunión improvisada no solo es el escenario para reavivar conflictos naturales, sino también los sociales, los de una época específica, que contuvieron traumas políticos o malentendidos ideológicos que al preservarse ampliaron la brecha política y social. Por un momento, la historia de esta generación resignada y melancólica me recordaba al cine de Ezequiel Acuña -productor de este filme-, sin embargo, el argentino es de un idioma tragicómico. Por su parte, Rodrigo Moreno orienta su historia a una tendencia puramente dramática. Su acción, en gran parte, circula en plena nocturnidad. No es como Maridos que inicia a pleno día y se abre al ocaso. No es el trago ni lo ausente o el mismo pasado del grupo; los personajes de LXI, desde un principio, ya estaban dominados por una tendencia afligida.

25 Festival de Lima: Noche de Fuego (Competencia Ficción)

Del 19 al 29 de agosto se realizará una nueva edición del Festival de Lima de manera no presencial. Comienzo a publicar críticas de sus películas programadas.

En su primera incursión a un relato ficticio, la directora Tatiana Huezo no desatiende a los testimonios femeninos sobrecogidos por la violencia. Noche de fuego (2021) se asienta en una comunidad rural mexicana capitaneada por el narcotráfico. Así como varias películas que abordan el crimen organizado provocado por el comercio de drogas, no vemos que se apunta a la violencia armada como única consecuencia de este conflicto interno. La inmigración, la explotación laboral infantil, la pobreza y el estancamiento educativo son algunos de los síntomas de esa agresión sistemática, efectos que se ven representados en el filme de Huezo. Pero en medio de toda esa serie de achaques sociales, el que más le importa contemplar a la directora es el de la violencia sexual que recae en las menores. La historia inicia con una niña y su madre escarbando desesperadamente la tierra con sus propias manos a fin de crear un escondite ante los narcos. El acto de ocultarse será una suerte de rutina que indirectamente desconfigurará la naturaleza femenina de la protagonista y de otras niñas iguales a ella. En tanto, se devela cómo una estrategia de salvamento es escudo que daña por su reverso.

Noche de fuego, a vista general, nos describe a un poblado conviviendo con el miedo. Uno nunca sabe cuándo vendrán los narcos a hostigar a sus pobladores o llegar por sorpresa exclusivamente para secuestrar a sus niñas. Estamos hablando de una sociedad adulta que habita constantemente con un sentimiento de incertidumbre. A ello, se establece una perspectiva un tanto contraria. Huezo nos orienta a asimilar su argumento desde la vivencia de las generaciones pequeñas. Sus personajes principales son un trío de niñas; en tanto, el espectador observa este panorama dramático desde un filtro de la inocencia. Mientras que los adultos viven subordinados a la tensión, las niñas juegan según sus curiosidades naturales. Ellas crean su propio juego con sus propias reglas, seleccionan su espacio de diversión, se maquillan, crean sus fantasías, se reconocen unas a otras. Ellas están construyendo su identidad. Todo eso se frustra cuando una niña de su comunidad es raptada. Con ello se inaugura la estrategia para camuflar a las pequeñas. Para las madres es un modo de defensa, pero para las niñas es una experiencia que va en contra de sus fantasías o su misma naturaleza.

En complemento con el refugio que únicamente entra en función cada que los narcos sorprenden a la población, Huezo enumerará otras estrategias más recurrentes al ser parte de la cotidianidad de las niñas, tácticas que merman contra su manera de percibir el mundo, su imagen y su cuerpo. Claro que todas esas prácticas resultan ser un medio para que sobrevivan las niñas, ¿pero a costa de qué? Noches de fuego parece describir los hábitos sociales que recaen en las menores en cualquier escenario a propósito de su género. No hay necesidad de asentarnos en un contexto en donde existe el narcotráfico para contemplar una realidad en la cual las niñas son acosadas o ultrajadas, lo que obligaría a muchos padres a restringir hábitos o apariencias en sus hijas, cuando más bien el problema radica del exterior o de quien coacciona ese acto violento. En la película de Huezo, estamos hablando de adultos que no se concentran en erradicar el mal, sino que en su lugar imaginan las maneras para esquivar el problema a cuestas de un adiestramiento que va contra la naturaleza de las infantes, algo que las obligaría a percibir costumbres que atentan contra su libertad o a mirar el mundo de una manera instintiva y no racional.

Es por esa razón que sería impreciso se determine el filme de la mexicana como un coming of age, ello a pesar de que vemos a las niñas trepar la etapa de la adolescencia, pues eso no implica que estamos tratando con menores madurando en base a sus propios propósitos o perspectivas personales. Estamos ante un caso de vidas creciendo bajo una serie de restricciones. ¿Se podría hablar de una maduración “normal” dentro una realidad que te obstruye? Noche de fuego, definitivamente, se esfuerza por perfilar a adolescentes que van generando una conciencia sobre su identidad, pero no deja de ser una percepción parcializada. En efecto, en varios puntos de la película una de las menores demanda en favor a la libertad de su imagen, reclama no se observe su ciclo menstrual como un gesto incorrecto o se le prive de la libertad pública; sin embargo, es solo la reflexión desde una perspectiva natural o adolescente, y no tomando en cuenta la realidad social, aquella que los adultos se niegan a comunicar. Noche de fuego, en cierta medida, hace una crítica a los mecanismos sociales que ni si quiera ayudan a erradicar a la violencia sexual —que no es exclusiva en un escenario del narcotráfico—. Adicionalmente, hay una alerta a la postura pasiva de sociedades que son parte de la producción de las drogas ilegales con el fin de sobrevivir. Claro que fuera de lo representado, son varios los responsables y los problemas que incentivan al conflicto.