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jueves, 10 de septiembre de 2026

Venezia 83: Un peu avant minuit (Official Competition)

En plena revolución, un hombre hace una parada a la siempre efervescente Paris, la ciudad que tiempo atrás la sintió suya, pero ya no más, e inconscientemente comenzará a hacer una incómoda introspección de su vida a medida que se cruza con personajes de su pasado. Esa es más o menos la premisa de Un peu avant minuit (2026), premisa que tranquilamente podría referir a tantas épocas por la que transitó la “Ciudad de la Luz”. El director Nicolas Pariser realiza una película en donde la ciudad, la historia y la conciencia política asumen roles importantes para empujar un movimiento colectivo que está en contra de un bloque de poder. Pasó en la Revolución francesa, en la cruzada del #MeToo y pasará en las siguientes revoluciones. De la misma forma, cada una ha albergado a activistas, antagónicos y los infaltables espectadores. Dicho esto, Un peu avant minuit se asienta en un presente. Esta es la historia de Léo (Melvil Poupaud), un espectador. Acaba de morir un padre a quien nunca conoció, lo que lo obliga a abandonar por unos días la provincia francesa en donde vive para viajar a Italia y recibir una posible herencia. Antes, hace un alto en París, la ciudad que dejó muchos años atrás. Los tiempos han cambiado. ¿Él ha cambiado? O, sería mejor preguntar: ¿este personaje es consciente de lo que hizo, fue o representó en su pasado?

Pienso ahora en películas como 8 ½ (Federico Fellini, 1963), La strategia del ragno (Bernardo Bertolucci, 1970), Caro diario (Nanni Moretti, 1993) o La grande belleza (Paolo Sorrentino, 2013). Toda una tradición de películas italianas en donde protagonistas hacen retrospectiva de sus vidas. Es una reflexión efecto de la vejez, la inminente decadencia de una escena “gloriosa” o el rechazo hacia una época que por mucho que no se desee forma parte de uno. A partir de este marco es que puede esclarecerse aún más la búsqueda de Pariser. Léo, allá por la década del 70, fue parte de una revista de intelectuales. Uno por instinto histórico se imagina a la generación del 68, jóvenes que lucharon bajo la consigna: prohibido prohibir. El asunto es que, en el presente, la generación del #MeToo los recuerda más bien como una legión de misóginos, personas que aprovecharon su seudointelectualidad para acostarse con chicas, normalizar el acoso, la violación, la no responsabilidad afectiva, así como la negligencia paternal. Se podría decir que Léo es un vestigio de ello, y no necesariamente en un sentido de que siga arrastrando añejas mañas, sino porque fue parte de ello. Entonces tenemos a este personaje que hace una parada a Paris para visitar a los amigos y su paseo, en lugar de ser ocasión para “recordar viejos tiempos”, románticamente hablando, se convertirá en una suerte de juicio itinerante.

Lo que más me suscita curiosidad de esta película es la personalidad de Léo. Sucede que aquí vemos a un hombre que, a medida que transita o se encuentra con alguien, distintas generaciones parecen recordarle los errores del pasado. Ojo, y no hablamos exclusivamente de “sus” errores, sino los de su generación. Ahora, en parte, es un desquite hacia su persona, pero es sobre todo una retroalimentación hacia toda esa tradición de comportamientos patriarcales que reconocieron un freno tras la ola de denuncias a tanto sexismo en su versión más pueril. Léo, en tanto, parece pasivo ante esos descargos. Es más, luego de la primera manifestación, es como si se sintiera en la necesidad de buscar o experimentar más de eso. ¿Tratamos con una real conciencia autocrítica o pura vanidad por querer buscar el perdón o la redención? Uno de los mejores mensajes de esta película es para cuando el protagonista consulta a una de sus antiguas amantes si la hizo sentir mal en algún momento. Esta parece responder: “Lo mío es lo mío, lo tuyo es lo tuyo”. Es decir, cuando pensábamos que estábamos ante un hombre que dentro de lo contado parecía lo más decente de su generación, lo ponen al descubierto como alguien que todavía cree ser el centro de todo. Es el ego de una vieja intelectualidad masculina francesa que todavía se remueve en su conciencia o sus entrañas. Y así se la pasa Léo, siendo juzgado por distintas mujeres, hombres e incluso ficciones —a propósito del rodaje a una secuencia que se inspira en él— y él escuchando con poca queja.

Nicolas Pariser nos plantea a un personaje que parece tener más deseo de aceptar que de contradecir. Y esto deviene a cierto ánimo de conformismo, derrotismo y hasta cansancio, más allá del querer recomponerse moralmente hablando. No olvidemos que estamos tratando con un sujeto que está de salida. El típico burgués que solo espera a desaparecer, consciente de que su época no solo ya no existe, sino que además no caminó de manera correcta. Es como el aristócrata durante la Revolución francesa que le tocó agachar la cabeza cada que veía cómo la de sus compañeros rodaban en la plaza pública. Me gusta que Un peu avant minuit no sea la típica historia de un hombre que se convierte en aliado de una revolución. Decide atender a un sujeto real o cotidiano. A propósito, aquí la revolución del #MeToo parece haber cumplido su temporada y ahora se acerca una nueva revolución. La película se pasará hablando de una purga machista, sin embargo, el trasfondo nos describe a una Paris alerta al ascenso de la ultraderecha. La represión pisa los talones de jóvenes activistas, pero estos no se amilanan y atacan por distintos flancos. Esta es una película que también hace relato sobre una revolución en tránsito, defensores de la igualdad siguen ahí, solo que esta vez la causa se orienta a un nuevo terror que invade Paris, Europa, el resto del mundo. Mientras tanto, los que deciden no cambiar o tomar acción, serán los eternos espectadores, al menos hasta lo duren.

lunes, 10 de agosto de 2026

30 Festival de Lima: El coloquio de los pájaros (Latinoamericana Documental)

La directora Sofía Velázquez realiza una búsqueda y en el camino va haciendo referencia a “El coloquio de los pájaros”. Este clásico poema espiritual escrito por Farid al-Din Attar narra la historia de un grupo de pájaros que decide ir al encuentro de su gran líder ante la vista de un mundo en caos. Hallar a su Rey implica una serie de sacrificios, desde exiliarse del terreno mundano hasta hacer una purga de los pensamientos que refieren a ese mismo escenario. Es un viaje externo que se convierte en un viaje interior. “El coloquio de los pájaros” es la alegoría por excelencia del sufísmo o la filosofía de la búsqueda de la máxima sabiduría para el islamismo, una historia que indica que no todos logramos alcanzar ese estado de iluminación o el divorciarse con el “yo” y lo mundano. Es mediante este antecedente literario que el documental El coloquio de los pájaros (2026) encuentra inspiración en su viaje. Velázquez intenta seguir las huellas de un desarticulado grupo de anarcos peruanos actualmente en estado clandestino. Para ello, describe un derrotero que se eleva a lo místico, a lo incierto, una suerte de tanteo a una agrupación que capaz sea imposible dar con su paradero, pero que la directora ejecuta por efecto de un compromiso personal.

Velázquez emula una similar cruzada que realizaron los pájaros protagonistas del célebre poema persa. ¿Es que su búsqueda también se tornará una exploración interna? Es así. La directora representa un desplazamiento por caminos, pueblos, tierras alejadas de la civilización; mientras tanto, recuerda al grupo político, sus credenciales, sus reuniones, la camaradería, su militancia, pero también la vez en que la bandada tuvo que separarse ante el peligro de las represalias. Entonces los pájaros reconocieron un mundo en crisis. Era momento de partir a encontrar la “iluminación”, la real independencia frente a las normativas estatales que su filosofía cuestionó. El coloquio de los pájaros no es un documental sobre la búsqueda de un encuentro físico, sino la reflexión de los antecedentes, la memoria, la esencia desapegada a la imposición pública para encontrar el sentido de una política. Esta es una película que, a la línea de su guía espiritual, se motiva por el reconocimiento de una filosofía de vida que es reaccionaria o revolucionaria a una realidad que contempla como caótica. Sofía Velázquez hace un tributo a los personajes que, hasta cierto punto de su experiencia, para cuando todo parecía perdido, decidieron aspirar al reto de buscar a su Rey y terminaron reconociéndose a sí mismos; alcanzaron independizarse del yo y el ego.

sábado, 20 de septiembre de 2025

Fantastic Fest 25: Night Stage

El homoerotismo y la política dialogan en este relato que combina melodrama e intriga. Matías (Gabriel Faryas), un joven actor de teatro, conoce a Rafael (Cirillo Luna) mediante una aplicación de citas. Este será el principio de una historia de deseo y amor, pero sobre todo un acto de resistencia frente a las apariencias y las viejas fórmulas del ciudadano correcto. Los directores Filipe Matzembacher y Marcio Reolon nos cuentan cómo es que los prejuicios sociales resultan ser una camisa de fuerza o incluso una careta para sus protagonistas. Ato noturno (2025) nos traslada a una provincia en Brasil, un escenario que transita por una alta tasa de violencia y que además está a vísperas de celebrar sus elecciones municipales. En ese panorama, los dos personajes principales se reunirán usando a la noche y ciertos escondites furtivos como tapaderas regulares para su relación, en cierta medida, anticipándose a la postergación. Sucede que Rafael no está en “posición” de exponerse, y esto tiene que ver con la próxima campaña electoral municipal. Los prejuicios aquí caen por su propio peso. Se podría decir que hasta entonces tenemos una convención del género LGTB; sin embargo, hay algo más. Un drama alterno compromete únicamente a Matías, situación que hasta cierto punto tensará el melodrama provocado por unos amantes que necesitan guardar las apariencias.

Matías ansía formar parte de una próxima producción de televisión. Ante esa búsqueda, es que se va creando ese drama y posterior conflicto alterno que al igual evoca a un juego de estrategias y apariencias. Tanto el actor de teatro como el político tienen en común un espíritu de superación. El hecho es que de pronto en ese escenario el obtener ello implica sacrificar desde lo personal hasta las propias convicciones. Es así como, en cierta perspectiva, Matías comienza a generar su propia campaña actoral para concretar su fantasía personal. Y aquí hablamos de tácticas, malas jugadas, sacrificios y, finalmente, crear una fachada, seguir el juego de ser alguien que no es del todo él. De pronto, aparece un contrato que remarca qué tan serio es eso de que así funcionan las cosas en esa realidad. Ato noturno abraza el mito de Fausto, a propósito de personajes atraídos por lo mundano, el insaciable deseo de experimentar el éxito y, en tanto, irán queriendo más, corrompiéndose, desviándose del verdadero estado de la felicidad. Ahora, Filipe Matzembacher y Marcio Reolon asumen el sexo como un camino a esa felicidad y no como un motor perverso o parte del festín superficial que corrompe. Es por eso que, hasta cierto punto, los protagonistas dejan de fantasear con sus búsquedas personales para más bien ver en la representación erótica expuesta a lo público como su fantasía idílica.

sábado, 10 de agosto de 2024

77 Locarno: Mexico 86 (Official Selection)

Luego del valioso testimonio posmemoria representado en Nuestras madres (2019), el director César Díaz alude nuevamente a los efectos generados por las dictaduras militares en Guatemala solo que en esta ocasión acudiendo a ese contexto histórico e inspirándose de sus propias memorias. México 86 (2024) narra la historia de un áspero reencuentro, el de una madre y su hijo, estos separados durante diez años a propósito del compromiso político de la mujer quien lucha contra del gobierno de Guatemala. Un detalle curioso es que gran parte de este relato acontece en territorio mexicano; sin embargo, todo el conflicto gira en torno al país centroamericano y los crímenes de lesa humanidad que vienen acaeciendo en su interior, los que a su vez son desconocidos por las sociedades internacionales. En tanto, esta característica da por hecho lo intimidante que puede ser el alcance de la violencia y el miedo que provoca un sistema dictatorial. María (Bérénice Béjo) es una de las tantas militantes de izquierda vinculadas a un grupo armado que dejó su país al ser reconocida como enemiga del Estado. Entiéndase que dentro de esas circunstancias el encarcelamiento sin derecho a un juicio justo era el destino más piadoso para esas personas. La mujer fuga a México con intención de poner a salvo su vida, algo que no es seguro pues elementos de la dictadura han ido a parar hasta ese extremo de América. Es mediante esa situación que María parece seguir sintiéndose en Guatemala, no solo porque en México también es intimidada, sino porque su activismo no se ha reducido.

Pero ante todo esta es la historia de un vínculo madre e hijo —también expreso en Nuestras madres—, lazo que está interferido por el vínculo político. México 86 nos descubre el dilema de una mujer que deberá equilibrar su compromiso maternal y su compromiso político para cuando su hijo de diez años, a quien dejó recién nacido en Guatemala, se deberá mudar con ella forzosamente. Pienso en el drama planteado en El edificio de los chilenos (2010), documental que alude a una situación similar solo que habituado a la dictadura chilena también entre la década del 70 y los 80. Esta película reúne testimonios de padres que tuvieron que separarse de sus hijos, quienes fueron a parar a las llamadas colmenas comunitarias o residencias que acogían a los primogénitos de perseguidos políticos de izquierda. Era el resultado de toda una organización que formaba parte de un plan revolucionario que emanciparía a América del control extranjero. Caso en la película de los chilenos, los padres decidieron dedicarse por entero a su lucha política y cancelar sus roles paternales. Caso en la película de Díaz, vemos a una madre esforzándose por no soltar ninguno de esos compromisos. María se niega a no separarse del niño, pero tampoco desea romper su activismo. Esto descubre, en cierta perspectiva, un juicio negligente. Algunos hijos chilenos se sintieron abandonados o relegados por la causa política de sus padres. El hijo de María, por su parte, observa lo mismo además de verse expuesto al miedo y violencia que persigue a su madre.
México 86 es una película que descubre a personajes presos de la persecución. María, su compañero sentimental y su hijo estarán en estado de alerta. Uno nunca sabe en qué momento podrían ser localizados por la dictadura guatemalteca que se define como un sabueso rabioso. En ese escenario, María se preocupa por la seguridad de su hijo. Ella capaz ha reforzado su sentido de alerta a fin de asegurar la integridad del menor. Ahora, ese carácter protector contrasta con la idea de no dejar ir al niño a una colmena comunitaria que implicaría mantenerlo a salvo. Es ese razonamiento ambiguo el que comienza a cuestionar a su protagonista, así como su pensamiento revolucionario que se percibe utópico. Posiblemente, la lucha de María sea inútil o desmedida. ¿Valdrá la pena su sacrificio personal? ¿Sigue siendo un plan justo el salvar al mundo mientras que tu mundo personal se desmorona? Es una interrogante que también se plantea en El edificio de los chilenos. El hecho es que tanto esa película como la de César Díaz no se quedan con una respuesta cerrada. Si bien hay un cuestionamiento al modo en cómo esos perseguidos políticos llevaron su guerra, no se cancela el valor y aporte humano, social y solidario de esas personas. Un mensaje importante de México 86 es la idea de que el no luchar contra la acumulación de injusticias te convierte en cómplice. De ahí por qué resulta significativo el lugar y el contexto en dónde se desenvuelve la historia. Tenemos a un estado mexicano a las expectativas de un mundial de fútbol, pero descuidando asistencias tan vitales como los afectados por el terremoto del 85.

sábado, 18 de mayo de 2024

Cannes 2024: Universal Language (Quinzaine des Cinéastes)

Matthew Rankin va camino a la lista de cineastas de culto. Los primeros minutos de su anterior película me recordaron automáticamente a Guy Maddin, otro director canadiense. The Twentieth Century (2019) era pues un relato en donde la fantasía, el surrealismo y la distopía se encontraban. Tenía sentido entonces relacionarlo a Maddin, a propósito de los tópicos desapegados de una realidad convencional y una escenificación sombríamente distorsionada. Claro que esto es apenas una mirada superficial tratándose que era una película con un argumento muy complejo y un sentido del humor ajeno al autor al que pretendía vincularlo. En esa fábula infame sobre un aspirante a primer ministro canadiense abriéndose paso, Rankin dejaba en claro un discurso que cuestionaba a un tipo de sistema explotando sus tradiciones históricas y políticas con el fin de inseminar un falso equilibrio democrático y moral en la conciencia nacional. En efecto, es un rollo que demanda seriedad si uno lo piensa desde una línea orwelliana. El hecho es que este es un director que en su lugar apuesta por satirizar, emplear la metáfora más absurda como método para enrarecer, ridiculizar, hacer más abyecto a estos agentes que adquieren poder en base a su vileza e hipocresía. Era además un argumento ágil, creativo e inesperado. Similares estímulos y valores se replican en su nueva alucinación cinematográfica.

Une Langue Universelle (2024) nos contextualiza en un lugar y un tiempo difuso. Parece los 90, aunque más retrógrada. Dice ser Canadá, pero con más iraníes y menos canadienses. Lo que veremos serán historias cruzadas. Personajes coinciden en un mismo escenario. Tenemos a un exigente maestro, un hombre renunciando a un cargo público, unas niñas que se encuentran un billete y un guía turístico reseñando patrimonios sin sentido. De acuerdo, estamos en Canadá, sin embargo, los protagonistas son iraníes, algunos relacionados a los pueblos amerindios. Se habla francés y farsi, y cuando se habla en francés, los diálogos no dejan de incluir el vocativo agha (“gran hermano”, en farsí). Tiene el típico clima gélido del lado norte de Canadá, más la arquitectura de este escenario, por muy Winnipeg que sea, parece evocar a los complejos de la Unión Soviética, no solo por lo monocromático, sino también por su inmensidad y el modo cómo Rankin encuadra. Los edificios achican a sus personajes. Si se observa desde arriba sería como un sobrio laberinto en donde puntos no dejan de desplazarse. Esta es una comedia irónica con personajes que no se detienen. Siempre están yendo a algún sitio. Esta área parece inmensa, pero sus protagonistas terminan coincidiendo en más de una ocasión. Es como si estuvieran destinados a encontrarse o capaz solo sea porque comparten algo más que el territorio.
Lo que tenemos ante nosotros es una sociedad orientada por un sistema político que parece imitar al planteado en The Twentieth Century. Si bien en su ópera prima Matthew Rankin ponía en primer plano a los representantes y aspirantes al poder estatal, en Une Langue Universelle es el ciudadano común quien asume esa visibilidad. En tanto, el Estado no tendrá un protagonismo orgánico, pero estará omnipresente mediante paneles, programas de televisión, la fiscalización en un centro comercial o las ridículas tradiciones oficializadas bajo sus leyes. Aquí a los ciudadanos se les recuerda continuamente, desde los códigos hasta las edificaciones, quién manda dentro del escenario. Observamos a una sociedad adiestrada a seguir ese curso mediocre y contradictorio que el poder estatal le impuso bajo la norma o el ejemplo. Es un comportamiento o lenguaje universal adquirido por los protagonistas. Tal vez sea eso lo que los hace coincidir o los hace iguales -como se representa en su única situación surreal-. Todos están (des)orientados por una moral ambigua y un estado de decepción. Alguien podrá ser caritativo con una abuela en estado senil, pero luego este mismo podría arrebatarle los dulces -o un billete- a una niña. No se trata qué idioma hablas o qué identidad representas. Todo se reduce a bajo qué yugo estás sometido. Irán y Canadá no son distintas en esta nueva sátira al sistema estatal.

viernes, 16 de febrero de 2024

74 Berlinale: The Editorial Office (Forum)

“Aquí nadie te toma en serio”; es la respuesta que recibe Yura (Dmytro Bahnenko) tras preguntar por qué no esforzarse en decir la verdad en un país en donde la trampa está tan normalizada. The Editorial Office (2024), dirigido por Roman Bondarchuk, es una sátira sobre una realidad ucraniana inmersa en una crisis de la verdad. La distorsión de las noticias en este escenario es tal que hasta parece que los únicos personajes conscientes de esa deformación se están enfrentando ante un panorama absurdo. Si bien el contexto de esta película se refiere a una realidad ficticia, esta no deja de aludir situaciones e impresiones propias de la actual coyuntura. The Editorial Office se abre en el sur de Ucrania con un intertítulo que nos indica que los acontecimientos corresponden a seis meses antes de la guerra. No se dice frente a quién, pero nosotros sabemos. Luego conocemos a Yura, en calidad de investigador de una criatura casi extinta, quien por casualidad será testigo de un serio delito que compromete la salud del territorio ucraniano. Sin desearlo, se convierte en dueño de una verdad y, posteriormente, en un comprometido a difundirla. Entonces se convertirá en una suerte de periodista. ¿Pero cómo serlo en un escenario en donde el catalogado cuarto poder solo se dedica a difundir inventos como parte de una estrategia política? He aquí el conflicto de esta película, el de su protagonista haciendo una cruzada para ver cómo filtrar en medio de tanta bosta una noticia que amerita saberse.

Bondarchuk parece querer representar un estado social de su nación previo a la invasión de Rusia. ¿En qué situación se encontraba su patria meses antes del caos? En un contexto precario. De hecho, el caos ya se vivía al interior del país. Pero lo más ridículo del asunto es que ningún órgano oficial parecía reaccionar frente a ese incendio —y esto no es ninguna metáfora— que amenazaba su propia tierra. Dicho esto, la quema de árboles que atestiguó Yura sí que es simbólica. The Editorial Office alude a un territorio que anuncia una próxima catástrofe que, ciertamente, tiene que ver con una responsabilidad compartida. Las negligentes políticas ucranianas sufren del síndrome de la realidad digital. Su punto de vista los ha apartado del interés por las noticias reales y los ha acercado a las noticias interesadas en fabricar fantasías improductivas, las que provocan reacciones y no invitan a la reflexión de lo que está sucediendo más allá de la caverna de la ignorancia. Esto, en consecuencia, ha malformado a una sociedad a la línea de los comportamientos de las redes sociales. A nadie les interesa saber la política de un político, sino simplemente verlo bailar. Es un festín de lo artificioso y el comportamiento en modo aleatorio. Incluso el “héroe” tiene algo de ese síndrome. Yura es una persona que cual Homero Simpson cambia de oficio sin saber a ciencia cierta el compromiso que implica dicha actividad. The Editorial Office es una película sobre un hombre que no sabe cómo trasmitir la verdad en un contexto que ha desaprendido la difusión del contenido real.

sábado, 6 de agosto de 2022

26 Festival de Lima: El nacional (Competencia Documental)

Dos divergencias se definen en este documental. El nacional (2022) inicia con un antiguo metraje que hace alusión a la importancia histórica del Colegio Nacional de Buenos Aires. Se dice que de esa institución desfilaron importantes forjadores de la nación. Lo que sigue es un registro del presente, una mirada a una comunidad mixta que enarbola pañuelos verdes y reza los códigos del feminismo con una tendencia de izquierda. Ya de aquí es más que notorio ese gran contraste entre un antes y un después. Frente a ese panorama, el director Alejandro Hartmann cumple el rol de un cronista. La institución está a puertas de anunciar un nuevo rector. A propósito, la comunidad estudiantil hace sentir sus demandas. Estamos ante un estado de efervescencia política que recordaría al mayo del 68 en Francia. Lo curioso y a su vez lo estimulante es que aquí estamos tratando con niños y adolescentes. Este detalle, sin embargo, no parece descubrir desventaja alguna. Aquí los menores presentan un perfil prodigioso y nada improvisado. Estamos ante una generación reflexiva y además autosuficiente. La independencia de pensamiento y acción es casi un reflejo natural para los jóvenes que, así como sus antecesores, tienen toda la intención de crear un impacto en la nación, claro que bajo enfoques y dinámicas distintas a los razonamientos tradicionales.

Pero volviendo a la divergencia, Hartmann, como buen cronista, reconoce a los actores, pero también el escenario. Existe una relación física entre las fisuras de las paredes o las telarañas que cuelgan del techo y la plana de docentes, esos otros actores que están ahí, pero ciertamente postergados desde la mirada de la cámara y hasta de los alumnos. De pronto, los maestros parecen ser parte de ese mausoleo educativo asaltado por los estudiantes que pugnan por erradicar las viejas usanzas, incluyendo sus ejecutores. Los mayores son como las estatuas o los animales disecados. En teoría deberían ser símbolo y artífices de un modelo educativo que ha trascendido por décadas, pero más bien lucen como accesorios. Surge así esa segunda divergencia. Si en algún momento el Nacional fue equivalente a una enseñanza clásica, esa misma ahora sufre de un embargo. Vemos así a una comunidad que, contrario a los instantes de militancia política, dormita entre las clases de lenguas muertas u otras materias que entienden como un idioma que no les apetece hablar. Tal como lo señalará otro metraje rescatado y vaticinador, en ese recinto la educación ha sido desplazada por la política. El nacional es un documental que retrata a un colegio en donde se ha suscitado una paradoja. Se ha convertido en un espacio público de conciencia social que sigue formando a modelos de nación, pero que también está perdiendo su carácter educativo, lo que se supone la convirtió en un emblema respecto a otras instituciones.

lunes, 15 de noviembre de 2021

7 Semana del Cine ULima: Miss Marx

La biografía de Eleanor Marx (Romola Garai), por un lado, nos va definiendo el panorama del ejercicio socialista de por aquel entonces y, por otro lado, nos dispone un melodrama, a propósito de su tortuosa relación con Edward Aveling (Patrick Kennedy), también militante de la misma causa política. Ahora, no es gratuito que Miss Marx (2020) inicie con el funeral de Karl Marx, específicamente, mediante la apertura de un discurso declamado por la menor de sus hijas en donde hace memoria del amor leal que su padre tuvo hacia su madre —atención a ese detalle—. Se podría decir que a partir de dicho acontecimiento se irá percibiendo la disolución de ciertas fantasías que envolvían tanto a la imagen del pensador como a su propio pensamiento. La directora Susanna Nicchiarelli hace un resumen puntual e intensivo de situaciones generales que acontecen en la vida de su protagonista. Se podría decir incluso que pasa por alto ciertos instantes cruciales que bien enaltecerían la figura punk de Eleanor. La idea de esta historia es más bien percibir esos puntos “muertos”, instantes en el cual la activista comienza a percibir esas falencias y contradicciones que surgen desde el escenario de la lucha de clases, así como desde su escenario íntimo. De pronto, es difícil ser una militante socialista.

Miss Marx es la historia de una mujer desencantándose con las fórmulas de la causa política que han pasado por alto la opresión de género. Vemos de esa manera a Eleanor cuestionando la práctica y de paso reconociéndose como una víctima de esa dominación —que de paso consiente—. Es a propósito de esos desencuentros aparentemente intrascendentes que la mujer irá construyendo un vínculo entre el socialismo y el feminismo. Históricamente, mucho de ello tiene que ver con el hecho de que por entonces estaba asentada en Londres, palestra de las luchas feministas que iban en búsqueda del derecho al voto femenino. Dentro de esta ficción, esa concientización se suscita más bien a raíz de su convivencia con Aveling, quien a su vez le recuerda a la personalidad dominante y obstructora de su padre. Suma además la relación que tiene Eleanor con otras mujeres, también víctimas de la opresión masculina tan asimilada. Susanna Nicchiarelli se inclina por un relato en donde la militante hace una autocrítica, desde su posición socialista y su posición como mujer, y es a raíz de ese debate que va brotando las raíces de una nueva vertiente del pensamiento. Miss Marx relata los primeros pasos de una postura teórica, el feminismo socialista, la que, ciertamente, todavía su misma promotora no está acondicionada para ponerla en práctica producto de que ella es síntoma de una época arraigada al machismo.

martes, 31 de agosto de 2021

5 AricaDoc: Nos défaites (Largometrajes)

Un interesante documental que registra el acercamiento de un grupo de colegiales de un curso de cine hacia las políticas sociales. Nos défaites (2019) sigue el proceso de realización de un proyecto educativo que busca ampliar el panorama de los alumnos sobre el tema en cuestión. El director Jean-Gabriel Périot, conductor de dicha experiencia pedagógica, para ello asiste a un método de la dramatización y la posterior reflexión: los adolescentes representarán escenas de películas que luego ellos mismos comentarán. Es decir; la experiencia actoral como puente para reconocer los conflictos dentro de la trama y de paso evaluar el dominio de conceptos que giran en torno a estos casos que atienden a situaciones como la lucha de clases o laborales. El documental, por tanto, se convierte en un proyecto que obliga a los alumnos a evaluar las políticas sociales del pasado, ello a propósito del citado de estas películas procedentes de la década del 60, sin exigir una preparación previa. Es básicamente analizar temas tan sustanciales como el derecho laboral o la desigualdad social desde una perspectiva personal o lo que equivale a una percepción desde su presente o realidad social.

Es en este trayecto que el documental va gestando preguntas. ¿Qué tan familiarizados están estos jóvenes con esos temas? ¿Qué tan vigentes son esos casos en la actualidad? Périot establece una dialéctica entre el pasado y el presente. Existe pues una brecha de conciencia social entre, por ejemplo, la Revolución Francesa, el Mayo del 68 y el hoy. Se retorna entonces al propósito del proyecto educativo: ¿cómo estimular esa conciencia? Nos défaites asume al cine como experiencia que impulsa a la meditación. Definitivamente, es apenas un reconocimiento entre los sujetos y esos tópicos, lo que obviamente no alcanzaría a un estado de conciencia, efecto que sí se gestiona para cuando la experiencia sea “más” real. En una segunda parte del proyecto, Périot invita a los mismos participantes a ser parte de un plantón que demanda un acto de coacción policial sometido a un grupo de colegiales como ellos. O sea, es el tránsito de la experiencia con la ficción a la experiencia con lo real, lo que de paso resulta ser un caso más inmediato a la realidad misma del alumnado. Los protagonistas ya no son pues políticos radicales o líderes sindicales, sino adolescentes asumiendo un acto político. Se cierra de esa forma el ciclo de aprendizaje. La conciencia está activada.

Mira esta película gratis en la web de AricaDoc hasta el 12 de setiembre (desde Chile, Perú y Bolivia).

miércoles, 31 de marzo de 2021

Oscar 2021: Judas and the Black Messiah y One Night in Miami

Hasta el día de hoy, la ideología radical de los Panteras negras resulta ser una postura a cuestionar. En una realidad como la de la actual EEUU, ¿es consecuente considerar una confrontación desde lo racial mediante la violencia, incluso después del avance que aportaron las políticas progresistas para generar una concientización universal sobre el abuso histórico al que ha sido y sigue siendo sometido el sujeto afroamericano? Como algunos lo describen, sería inclinarse a un racismo a la inversa, adoptar el mecanismo del miedo que se ha venido denunciando desde los orígenes de la esclavitud, incrementar la brecha de una nación desde el concepto del “color” de la piel; es decir, caer en la contradicción. Dicho esto, resulta un tanto cuestionable la presencia de Judas and the Black Messiah (2021) en una edición de la Academia que, en teoría –aunque esta práctica ya se ha venido ejecutando hace unos años atrás–, invoca a que las producciones nominadas generen una conciencia de la inclusión. Ahora, esto, se debería entender no únicamente como una “inclusión” meramente física, sino también el de establecer el consenso, la no distinción, desde un plano social e ideológico. Pero la película de Shaka King define vagamente ese deseo al flotar en el ambiente el pensamiento de los Panteras negras.

Judas and the Black Messiah para el final pretende ser una oda a la figura de Fred Hampton (Daniel Kaluuya), sin embargo, ante todo es la historia de una traición, siendo el traidor el infiltrado Bill (resaltante interpretación de Lakeith Stanfield), topo del FBI. La misión de este es desactivar las funciones del área que domina Hampton. Por tanto, es el FBI versus los Panteras negras, dado que Hampton es presentado como el líder ejemplar de dicho pensamiento. ¿Por cuál pensamiento se inclina la película? Por un lado, el traidor está en el bando del FBI. No olvidemos sobre esa tradición representada en Hollywood: los soplones están destinados a la hoguera, la no redención, su trágico final es prueba de ello. Ahí están películas como The Informer (John Ford, 1935) o The Departed (Martin Scorsese, 2016). Luego, el agente Roy (Jesse Plemons) es presentado como un modelo neutral dentro de las oficinas del FBI. El hecho es que habrá una fractura moral en donde este termina cediendo al sistema de la conspiración tan característico del régimen de J. Edgar Hoover (Martin Sheen). Ese panorama versus el pensamiento de los Panteras negras, visto como una organización benefactora, que martiriza no solo de Hampton, sino de otros más de sus colegas, y que tiene apenas una leve reprimenda –Hampton cuestionado por su futuro paternal–. Shaka King decide ser flexible al mensaje violento y radical cobijándolo bajo una serie de mantos humanos. Judas and the Black Messiah es de débil autocrítica.

Caso distinto es la propuesta que se manifiesta en One Night in Miami… (2020). Al margen de lo que haya realizado Spike Lee, la película de Regina King junto con Detroit (Kathryn Bigelow, 2017) y Get Out (Jordan Peele, 2017) son buenos ejemplos de producciones recientes que hacen autocrítica de ciertos modos de discursos y acciones desde la comunidad afroamericana en referencia a la lucha contra el racismo. Es el principio de 1964. Estamos a vísperas del momento más álgido de esta demanda social. Cuatro personalidades afroamericanas referentes de la cultura estadounidense se reúnen. Su encuentro en el cuarto de un motel de mala muerte en Miami será punto de confrontación de pensamientos. El tema de fondo: ¿cuál es la manera adecuada de difundir la lucha por los Derechos Civiles? Es en este intercambio de formas de proceder que Malcolm X (Kingsley Ben-Adir) figura entre este grupo de cuatro como el militante modelo. No solo le apoya su compromiso comprobado, sino además su fama que está en el punto más alto de su carrera. El hecho es que en el transcurso veremos cómo ese “centro” se desequilibra en razón a su exigencia por imponer a sus otros compañeros sigan el modelo político que representa. El pensamiento Malcolm X, así como los Panteras negras, orientó su ideología a un discurso racista y pro violencia, aunque sin llegar a la confrontación armada.

Vemos así a un líder reconociendo esos puntos ciegos de su ideología, esas perspectivas o modos de lucha o insubordinación hacia esa comunidad que tradicionalmente “esclavizó” al sujeto afroamericano, por ejemplo, como la que asume el cantante, compositor y productor Sam Cooke (Leslie Odom Jr.), quien da lecciones de emancipación hacia el capitalismo “blanco” desde el escenario de la industria musical. No es gratuito que One Night in Miami… abre con un Malcolm X desencantado por el bloque musulmán al que se asocia, a propósito de los privilegios inmorales del gran líder. Este es un quiebre importantísimo en la vida del político que bien podría servir de ejemplo para cualquier militante apasionado, aunque cegado, por una causa. Es un despertar el que ha tenido, la antesala a una autocrítica que hace reformule su lugar de pertenencia. ¿Es a quién representamos o a quiénes? Lo que seguirá, consecuencia del encuentro entre amigos, es un pinchazo a su postura obtusa, posición que curiosamente lo salvó del infierno orquestado por Elijah Muhammad. El compromiso moral de Malcolm X ha sido probado –y eso se define aún más en Malcolm X (Spike Lee, 1992)–; sin embargo, eso no lo priva de ciertos contradiscursos. No hay seguridad que el líder haya logrado digerir esas lecciones expuestas en One Night in Miami…, pero la autocrítica está servida.

Judas and the Black Messiah está disponible en HBO Max y One Night in Miami... en Amazon Prime.

miércoles, 20 de enero de 2021

8 Festival Transcinema: Sección Oficial Peruana

En Lima, Lima (2020) vemos un pedazo de la capital peruana asentada en Milán. El director Roberto Valdivia se apropia del interior de una casa de transferencia de dinero ubicada en la ciudad italiana con el fin de descubrirnos un espacio que no parece responder al escenario europeo. Y no solo es por la nacionalidad de origen de las personas que atienden el lugar, sino también por las noticias que se escuchan desde la señal de Internet, así como los anuncios y artilugios que decoran sus paredes los que nos hacen referencia, por ejemplo, a un local comercial ubicado en el Cercado de Lima. No es una película que alude a nostalgias o que manifiesta a personas resistiéndose a una cultura que no sienten propia. Es más bien el panorama de una (micro)comunidad habituada a los comportamientos de un imaginario natural. Es puro ejercicio de rutina fuera del contexto habitual.

Por su lado, la directora Pamela Loli nos presenta una nueva perspectiva que retrata a la época del gobierno de Juan Velasco Alvarado. En nombre del archivo (2021) documenta los testimonios y sentimientos de los trabajadores de prensa impresa, varios de estos despedidos, consecuencia de la expropiación a los medios, según el dictamen del decreto de ley que señalaba que medios impresos pasarían “a favor de los sectores de la población organizada”. Hay un especial acercamiento al caso de El Comercio, posiblemente, debido a que uno de los miembros de la familia Miró Quesada fue uno de los firmantes del decreto en cuestión. La película se denota como una prueba antidemocrática del gobierno golpista que no solo atentó contra el derecho de libertad de expresión, sino que además provocó un debacle económico que afectó en el desarrollo nacional, aunque, específicamente, en el patrimonio de una familia.
Re(v)bela (2020), de Nicole H. Céspedes, junto con Lo que no pude contar (2020), de Antonella Bertocchi, son dos ejemplos fílmicos recientes que hurgan en los efectos de la violencia sexual desde los testimonios íntimos de un grupo de mujeres. En sendas películas, a partir de la testificación de los dramas pasados es que las emisoras gestan un acto de depuración. El acto de compartir esa vivencia dolorosa cumple una función terapéutica que alivia, pero sobretodo reordena las emociones y las ideas. El hablar implica concientizar el problema y, por tanto, reconocer al enemigo y las posibles formas de poder confrontarlo. Ahora, a diferencia de Lo que no pude contar, en Re(v)bela estamos tratando con una dinámica sujeta a una dialéctica más perceptible. Céspedes pone a socializar entre ellas a sus tres invitadas. Se forma así una especie de pequeña asociación femenina que, a pesar de que pertenecen a una generación distinta y además tienen caracteres muy distintos entre sí, tienen en común ese problema recurrente generado por los prejuicios machistas. Es una prueba más de una dolencia social arraigada, tanto en el ámbito familiar como el conyugal, que, por cierto, no siempre asegura una superación por parte de la víctima.
Persona perpetua (2020) es una ampliación de lo expresado en Connatural (2018), solo que en esta ocasión la carga dramática y personal es aún más patente. La anterior película del director Javier Bellido se representa mediante una contemplación objetiva y otra onírica. Ambas observaciones revelan un escenario de aproximación fatídica. En su última película, se renuevan esos tratamientos: el monocromatismo que anticipa el duelo, la austeridad de la luz de apunte expresionista, la quietud o los lentos movimientos de la cámara que concretan un escenario dominado por los rituales pausados y a veces lánguidos, el descubrimiento de objetos o presencias que simbolizan la agonía y el encierro, los quejidos fuera de campo evidenciando un padecimiento irrevocable tanto para la aquejada como para los que están al cuidado de la misma. La diferencia está en que aquí no se invocan testimonios orales. Si en Connatural hay intervenciones de una mujer puntualizando los antecedentes de su familia o su programa rutinario como cuidadora de su madre enferma, en Persona perpetua Bellido opta por retratar desde lo que acontece en un presente sin reseñas. Es la travesía de un diario que, por cierto, su director divide en capítulos o etapas que esquematizan todo lo que implica ese trayecto del cuidar de un ser querido que padece. Es una usanza dramática de la abnegación, la labor de repeler el sufrimiento ajeno y reprimir el desconsuelo.
Por último, Imapaqmi peliculata ruwasunman (2018), Tomas Saralegui y Luz de la Fuente, es un documental que sigue la relación de una madre y su menor hijo. El final del trayecto de este seguimiento me trajo al recuerdo la española La lengua de las mariposas (1999), un coming of age en donde un pequeño niño comienza a descubrir el mundo que le rodea, muy en parte, gracias a su maestro. El erotismo, el amor, el conocimiento cultural y científico, prestando especial atención a aquel que sale fuera del canon conservador; son tópicos que el menor va reconociendo y adquiriendo como parte de su desarrollo personal. El punto dramático surge casi para el final, cuando el franquismo comienza a asumir el poder. El final algo nos me dice que mucho de ese aprendizaje será coaccionado. Esta orientación percibo en Imapaqmi peliculata ruwasunman. Con total simplicidad, sin artificios ni mañas argumentales, observamos los primeros descubrimientos del pequeño niño a mano de la “maestra”, su madre. El menor vive en un entorno familiar, sin embargo, se retrata un lazo muy especial hacia la madre, la que desde el primer año comienza a inculcarle a su hijo sobre la cosmovisión andina. Es el amalgamiento del nexo entre el sujeto y su territorio desde la oralidad. Pero no es solo eso. Aunque no sean lecciones directas, se sobreentiende que el niño está expuesto a una serie de conceptos y rituales ancestrales. Estamos hablando de un sujeto criado desde un entorno que preserva el imaginario ancestral. Y entonces sucede esa “guerra civil”. (Nuevamente) Sin dramatizar la situación, Imapaqmi peliculata ruwasunman tiene un cierre conmovedor e incierto. Aquí también hay indicios de que se aproxima la ruina de una civilización y además la germinación de una generación desarraigada. Es lo mejor de la Selección oficial peruana del festival.
Puedes ver estas películas de forma gratuita hasta el 23 de enero por Retina Latina.

martes, 15 de diciembre de 2020

Estrenos pasados 2020: Feels Good Man y El dilema de las redes sociales

Dos documentales que se complementan, siendo uno el panorama general siniestro que ha germinado el uso de las redes sociales y el otro un ejemplo o caso específico de esa realidad. Feels Good Man (2020) pueda que disponga una novedad para muchos espectadores. Este documental realizado por Arthur Jones nos presenta a Matt Furie, artista y caricaturista que es nada más y nada menos que el creador de “Pepe The Frog” –así es, tenía nombre–. Entonces, la novedad deviene a raíz de que antes del meme, la creación de Furie era la versión oficial, la misma que sugería a un personaje con una personalidad particular, que formaba parte de un grupo de slackers y, por consiguiente, era parte de un universo. Tanto el batracio como los amigos del mismo, eran los alterego de Furie. Es decir, el universo al que formaba Pepe era el universo del dibujante. Seguido nos enteramos con mayor detalle eso que representa Pepe para su autor, su concepción, cómo se fue desarrollando y fue trascendiendo para sí mismo. Es el descubrimiento a la “intimidad” artística, esas emociones que se manifiestan antes, durante y posterior a la creación. Y es que como toda arte, esta gesta un ciclo emocional que describe al autor reaccionando ante su creación.

Por consiguiente, en cierto punto del documental el espectador estará convencido que el Pepe de Furie se encuentra en un universo paralelo respecto al Pepe meme. Son muchas novedades para una introducción. Y es así como expuesto el valor artístico y sentimental del autor, el documental nos abre a la triste historia de una sociedad apropiándose de la creación y su creador mirando la agonía de su alterego favorito. Feels Good Man es atractivo a raíz de esa serie de incidencias que convierten a Pepe en un ícono plurisignificativo que no solo ha adulterado la naturaleza original del arte, sino que además la ha pervertido. ¿Y en dónde se origina todo esto? En las redes sociales. El día en que a Furie se le ocurrió digitalizar y subir el contenido de sus Pepes a un portal social pueda ser el mayor error que cometió el dibujante en toda su vida. Este es un buen momento para hablar sobre El dilema de las redes sociales (2020). En el documental de Jeff Orlowski, desfilan una serie de expertos en contenidos y programación de redes sociales. Desde ex empleados de importantes medios como Instagram o Twitter hasta catedráticos y autores de investigaciones y libros que atienden al tema en cuestión. Todos los comentaristas están de acuerdo con algo: las redes sociales es un modo de negocio que ha comenzado a pervertir al mundo entero.

El documental de Orlowski suena por momentos profético. Así como están las cosas, la civilización está destinada a la autodestrucción consecuencia de la difusión de información nociva que se despliega a cada segundo por las redes sociales. Y lo importante para los expositores de este vaticinio es entender que la culpa no recae tanto en los usuarios, sino en los gestores de esos medios digitales, los mismos que enfocan sus esfuerzos para complejizar una inteligencia artificial capaz de engatusar a sus consumidores en potencia. Si son palabras del Papa o fake news, eso no les importa. La cosa es mantener a los usuarios con sus cuentas activas para que puedan visualizar esos anuncios por los que facturan millones. Lo preocupante es que el margen de noticias falsas es muy superior a las noticias que cumplen la función de manifestar la realidad de la coyuntura. El dilema de las redes sociales tiene toda la buena intención de representar lo peligroso que es esta situación a partir de un caso que nos pueda ser familiar, pero este se queda corto. Nuevamente, volvemos a Feels Good Man o el caso que impactó a nivel masas más para mal que para bien.

Lo preocupante del documental de Arthur Jones no es cómo los medios de la Internet se apropian de lo ajeno y un artista sufre. La verdadera alarma radica en las dinámicas de las redes sociales, en cómo estas son nido de discursos de odio que, por ejemplo, han convertido un símbolo de ocio en un símbolo antisemita. “Los Pepes” de las redes sociales no son más que una proyección de una sociedad a la deriva de la perdición. El Pepe que llora, el que explota, el que sonríe mientras en un segundo plano están las Torres Gemelas entre humaredas, el Pepe que fue símbolo de campaña política para Donald Trump, y que además resultó ser el “as bajo la manga” para que el candidato se hiciera con una larga lista de simpatizantes apolíticos, pero que por el solo hecho de que su héroe digital era usado en campaña provocó la aprobación de toda una comunidad. En síntesis; el retrato de Feels Good Man es esa realidad a la que se refiere en El dilema de las redes sociales. El primer documental en cierta manera despliega situaciones cordiales y hasta cómicas que implicó la apropiación de una creación artística, pero es imposible no ser persuadidos y afectados por el marco de una degradación social de la que muchos expertos comentan se incrementará. No es invento. Esto ya está sucediendo.

lunes, 23 de noviembre de 2020

35 Festival de Mar del Plata: El año del descubrimiento (Competencia Internacional)

Interesante e ilustrativo panorama de la tradición sindical en Cartagena, España. El ex Colectivo Los Hijos realiza un segundo filme que, en un principio, asume similar modo de registro empleado en El futuro (2013). Luis López Carrasco graba de manera como si su cámara se infiltrase en un encuentro social. La idea es clara: incluso en los instantes de rutina u ocio no se puede dejar de pensar políticamente. El director gusta acercarse a espacios y reuniones sociales a fin de explorar la conciencia social-política. En El año del descubrimiento (2020) ese síntoma es más inmediato. Los asistentes a este documental son en su mayoría vinculados con el sindicato de la ciudad de Cartagena; unos activos, otros retirados. Ahora, lo importante para López Carrasco es que los límites generacionales no sean combinados. Es decir; veremos a los jóvenes por un lado, mientras a los veteranos por otro. Esta no es una intención únicamente ventajosa para crear una estructura de su película. La necesidad de separar estas mesas genera indirectamente una dialéctica entre ambas.

A medida que vamos escuchando a las dos generaciones por separado, se va respondiendo una pregunta crucial: ¿qué se piensa cuando se habla de sindicato en la ciudad de Cartagena? Entre los turnos resulta así un caldo de definiciones y sentimientos que podrían darnos un esquema que se mece entre el compromiso férreo y el desencanto, el alcance de importantes reformas y la inutilidad de una práctica. Lo cierto es que por mucho que se perciba una divergencia de conceptos es claro que el oficio sindical despierta el debate en esta comunidad. ¿A qué se debe? La respuesta está en los antecedentes históricos. Se podría decir que ese es el preámbulo de El año del descubrimiento, el cual, posteriormente, se centrará en los testimonios de las personas que fueron parte de la efervescencia laboral acontecida en 1992, un año de contradicción para la nación. Mientras que públicamente y exteriormente se rezaba que España gozaba de un apogeo del desarrollo, miles de trabajadores eran despedidos en la ciudad de Cartagena a propósito de la reforma del sector industrial. Ese es el contexto histórico por el que circundan las declaraciones de los que fueron parte de las varias huelgas que ocurrieron durante esa temporada y que tuvieron punto alto con el incendio del Parlamento municipal.

Se entiende entonces por qué la tradición sindical despierta emociones tanto en los jóvenes como en los ancianos. López Carrasco reconfirma que la discursiva social depende mucho de la eventualidad histórica. El pasado, el presente y el futuro están en continua interrelación en este documental, lo que genera un debate interminable del que todos se sienten cercanos y con derecho a opinar. Si los mozuelos no fueron parte de las acciones de los noventa, sí los fueron sus padres. Lo mismo estos padres hablan de los suyos. Es toda una cadena hereditaria, en donde el vivir en carne propia y la memoria de pronto no tienen mucha diferencia, dado que los jóvenes parecen haberse apropiado de esa herencia para solventar sus posturas, ya sea siguiendo los pasos de sus predecesores o evadiendo eso que embarrancó a varios al alcoholismo o la depresión. El año del descubrimiento es toda una paradoja, porque mientras se amasa lo que es una rememoración u homenaje a un acto social heroico colectivo estos mismos actos terminaron por encausar a un atasco emocional generalizado, un total estado de decepción, consecuencia de una lucha sindical que fue traicionada por el parlamento político que el mismo sindicato otorgó su voto de confianza.

Este es un ejemplo histórico infame de la política vendiendo las utilidades de la comunidad. Los empleados nunca recuperaron sus puestos de trabajo y la larga lucha y sacrificios grupales y personales, en ese momento, “lucían” haber sido en vano. En consecuencia; dicho evento genera un cisma en la conciencia laboral, obviamente, entendible. Muchos de los sindicalistas dimitieron, otros decidieron continuar, y a esto se suma la interpretación de los hijos. Por un lado, El año del descubrimiento es el descubrimiento de un pasado. Por otro lado, es la revelación de un presente. Retornando a la introducción, sucede que son varios los cismas que han dividido a la nación española, y todos, definitivamente, responden a los antecedentes históricos. Franquistas o socialistas, fascistas o progresistas, sindicalistas o individuales. La película de Luis López Carrasco define a una España con muchas divergencias, muchos retos y fantasmas por derrumbar, y aunque muchos de estos están muy arraigados, el presente, la generación joven, no deja de rebelar un compromiso por neutralizarla. El año del descubrimiento tiene muchas chispas de optimismo.

viernes, 16 de octubre de 2020

7 Festival de Trujillo: Tatiana, Fabiola / A E I Perú / Voluntad (Cortos en competencia)

En el corto de ficción de Álvaro Figueroa, una adolescente ha comenzado a experimentar sentimientos y conflictos nuevos para ella. Tatiana, Fabiola (2020) parece sugerir una historia protagonizada por personajes femeninos carentes de una madurez sentimental. Desde la primera secuencia en que una madre se relaciona con su hija, se evidencia que la joven adolescente de nombre Tatiana no posee un modelo adulto que pudiera brindarle la experiencia sensata de una educación sentimental, tan necesaria para cualquier chica de su edad. Por tanto, estamos siendo testigos de un aprendizaje sentimental puramente empírico. La confusión de la inexperiencia es el conflicto de esta película que Figueroa pone en primer plano. Si bien esto se representa a partir de una relación entre personas de un mismo género, el director se niega a insinuar que esa naturaleza implique revitalizar o generar sus propios complejos. Tatiana, Fabiola retrata un lado difícil del enamoramiento, el transito del deseo físico a lo puramente sentimental.

Otro conflicto que es resultado de un síntoma, ya no natural, sino social, lo plantea la directora Mariana Flores Tuesta, a partir de un corto que documenta las respuestas de tres niños que comentan sobre la realidad política peruana. A E I Perú (2020) inicia con una pregunta simple: ¿qué es ser corrupto? De esta manera, vemos a un documental desarrollándose por sí solo. Sucede que la respuesta de los menores sugiere una nueva pregunta, y esto es un tránsito de no acabar a lo largo del filme. Por un lado, es un tierno descubrimiento. El espectador se verá encandilado y, hasta por momentos, sorprendido, ante esta sabiduría primaria, universal, pero siempre consecuente. Sin embargo, por otro lado, este desenvolvimiento “natural”, va proponiendo preguntas fuera de la cámara, además de reflexiones, frente a la idea de qué tan congénita resulta ser la práctica de la corrupción dentro de las esferas políticas, así como la negligencia de la sociedad que apuesta por esos malhechores. ¿Es que acaso la sociedad es incapaz de asimilar algo tan simple como las razones de nuestros problemas internos?
Por su parte, el director Roberto Julca representa un conflicto excepcional que rebasa las lógicas naturales como sociales. Voluntad (2020) narra la historia de un maduro hombre siendo víctima de un debate existencial estimulado por representaciones omnipotentes. Lo mesiánico, la paranoia, posesiones, epifanías, lo demencial o la crítica social son tópicos que van y vienen a medida que se desata el discurso de este hombre refiriéndose a un “Padre” e invocando a una “Madre”. Son notas en que el protagonista figura como un elegido, título que acepta, pero que luego reniega por el peso de la responsabilidad, o la negligencia. Más que una envestidura, es un peso que altera sus conceptos, su fe o devoción ante el que lo invocó. Voluntad luce como una alegoría que reflexiona sobre la colonización del cuerpo y la mente, conducida por fuerzas supremas, imposibles de confrontar, que te transportan de un lado a otro, te asignan tareas, rutinas, formas de pensamiento, te obligan a hacer cosas que no quieres, como a vestir saco y corbata cuando bien podrías disfrutar del sol veraniego. Son fuerzas que te manejan a su antojo, te trastornan, como la realidad misma.

Pueden ver todos los cortometrajes totalmente gratis en la página web del Festival: www.fecit.pe

lunes, 28 de septiembre de 2020

XI Festival Al Este de Lima: Epicentro (Al Este Especial)

Del 1 al 11 de octubre inicia una nueva edición del festival Al Este, en esta ocasión en modo online. Sus películas se proyectarán en la plataforma virtual El Ekran. Inicio la cobertura con una de las películas más interesantes del programa.

Las secuencias más atractivas en el documental de Hubert Sauper es cuando se define esa relación entre el concepto de la utopía y el cine como constructor de versiones históricas. A partir de una remembranza al hundimiento del acorazado Maine en aguas cubanas, Epicentro (2020) nos recuerda, por entonces, una nueva modalidad de colonialismo que emprendió EEUU. A un paso de ingresar al siglo XX, esta gran potencia puso en obra un plan que les sirviera de excusa para “liberar” a Cuba de España. La guerra entre EEUU y la antigua potencia colonizadora resultó ser una lucha de intereses económicos, y no solo fue el enfrentamiento bélico lo que definió el triunfo del país norteamericano, sino también todo un montaje que difundió esta misma nación mediante canales nacionales como internacionales. La prensa y el cine, en efecto, abrieron el telón del escenario, aquel que inauguraría la utopía en donde se presentaba a EEUU como un país democrático, comprometido a democratizar el mundo, especialmente a países dueños de fuentes por explotar o de territorios estratégicos que fundieran mercados o libre comercio para los liberadores.

En una secuencia, Sauper proyecta a un grupo de niños cubanos cortos fílmicos, antiguos montajes en donde los estadounidenses fingían ser los héroes que erradicaron el (viejo) colonialismo de la isla. Era la utopía imperialista, aquella que después se vendría abajo con la Revolución Cubana; lo que, en consecuencia, anidó en la sociedad cubana una utopía propia, el del socialismo coherente, fundador de una comunidad equitativa y desarrollada. Epicentro hace una relación entre el pasado y el presente, en cómo Cuba se convirtió en la pista de aterrizaje de utopías, ilusiones de realidades imposibles, pero que están encarnadas en sus habitantes. Lo manifiestan los niños cubanos de este documental, los instruidos para odiar al imperialismo estadounidense, quienes en el futuro alimentarán esa utopía socialista, por muy decadente que sean sus líderes políticos o la misma ciudad estancada en el tiempo. Pero no nos olvidemos de esa otra utopía, la imperialista, aquella que tuvo su temporada dentro de la isla, y, por muy archienemigos que sean sus promotores, los niños del presente, paradójicamente, no dejan de sentirse atraídos por esa fantasía imposible, por sus lujos, sus poses y las performances que interpretan dentro de una pantalla.

La invasión “pasiva” de EEUU a la gran isla habrá acontecido hace muchas décadas atrás, e incluso ya no hay presencia física de este enemigo dentro del territorio, pero lo cierto es que ello no garantiza se haya erradicado al imperialismo. El turismo, mecanismo propiamente lucrativo, industria capitalista por excelencia, es hasta la actualidad una de las grandes fuentes económicas de Cuba. De pronto, la visita de los protagonistas cubanos a la piscina de un hotel o un paseo por un flamante vehículo de museo no están lejos de esa idea utópica que EEUU quería para el país isleño. Es como si viéramos escenas a colores de la clásica Soy Cuba (1964), de Mijaíl Kalatozov. Epicentro descubre esa contradicción de una conciencia cubana, en donde una sociedad prohíbe el ingreso del invasor, pero no deja de fantasear con el estilo de vida que este propone. La crítica es sugerente, aquella que, por cierto, también toca al agente turístico. Con sutileza, Hubert Sauper descubre su lado estereotipado, y también añejo: el fanatismo banal que siente el extranjero promedio hacia la isla. Este es una suerte de individuo que se endiosa en un territorio que identifica como espacio de su pertenencia al convertirse en inversor. Son los delirios de un pensamiento colonialista inherente.

miércoles, 26 de agosto de 2020

24 Festival de Lima: Érase una vez en Venezuela (Competencia Documental)

Un documental que hace un duro registro sobre la negligencia estatal en el país sudamericano. El protagonista de este filme es el pueblo de Congo Mirador, lugar que, según uno de sus habitantes, hace años fue poblado próspero, no en vano se ubica a unos kilómetros de las principales zonas de reserva de petróleo del país. El hecho es que nada de lo que describe el anciano se transcribe en el territorio ahogado por la sedimentación. Así inicia Érase una vez en Venezuela (2020). La directora Anabel Rodriguez desde un principio ya da sentido al título de su película. El pasado y el presente de este territorio expresan un contraste de realidades. Somos testigos de familias resistiéndose al éxodo. A pesar del panorama inhabitable producto de la precariedad sanitaria, un ánimo optimista se extiende en toda esta comunidad. La población ha migrado considerablemente, sin embargo, la vida sigue en el Congo. La pesca, los certámenes de belleza, la rutina en general sigue su marcha, así como las funciones de dos órganos, los cuales parecen dar sustento a la resistencia comunitaria.

La escuela y la administración de la comunidad, a cargo de la profesora Natalie y la líder chavista Tamara, respectivamente, son esos espacios que determinan el deseo del pueblo por salir adelante. Por mucho que las personas al mando de estos espacios tengan ideas políticas muy contrarias, las dos están de acuerdo que no quieren dejar morir a su amado Congo. Todo sea por Congo. Ambas, de alguna forma y a su manera, lidian contra las circunstancias para que las últimas familias de Congo no abandonen el lugar y a su vez este poblado no sea tragado por el efecto de la contaminación. Lo cierto es que la condena luce inminente. Érase una vez en Venezuela, luego del contraste entre el pasado y el presente, el de las posturas políticas que representan Natalie y Tamara, va descubriendo otros tantos más. Vemos jugar a niños en el lago y luego limpiándose las capas de petróleo que se les queda en los pies. Vemos a los pescadores haciendo la faena del día, pero también flotan los peces infectados por la contaminación de las aguas. Los días de Congo están contados.
Rodriguez parece crear una suerte de épica a propósito de la degradación progresiva de esta comunidad. Ciertas eventualidades internas nos han despistado de una muerte próxima. Mientras que el pueblo triunfaba frente a los sobornos del chavismo como estrategia para ganar votos electorales, mientras que Natalie confrontaba las observaciones insignificantes de una supervisora educativa del Estado o mientras que Tamara demandaba a las autoridades una draga para salvar a la comunidad de las aguas; Congo se estaba muriendo. De un momento a otro, el pueblo se vio infestado de plantas como telarañas en una casa abandonada. Los momentos más conmovedores de este documental sucede en la última media hora, para cuando el reloj del tiempo apretó el paso y la población se redujo al ritmo del mismo. Érase una vez en Venezuela representa un caso sobre cómo las normativas chavistas han perjudicado a ciertas comunidades venezolanas a partir de su difusión política de ejercicio improvisado y desinteresado. Una síntesis de esa conducta se manifiesta en dos reuniones. En la primera, Tamara, en calidad de funcionaria de Congo, se reúne con su comunidad. En la segunda, un funcionario provincial se reúne con Tamara, en calidad de representante de Congo. En sendos, los que comandan la reunión no dudan en contestar al celular a mitad de la tertulia.

miércoles, 8 de abril de 2020

La memoria en digital: Un reconocimiento a nuestra historia desde El betamax de Genaro

Publico para Bitácora de El Hablador un artículo sobre memoria peruana desde una percepción digital a propósito de mi visión a El betamax de Genaro, largometraje que tiene emisión libre en YouTube.

“Un resumen de mi vida comenzó a pasar frente a mis ojos”, es de las frases más citadas por aquellos que por un instante acariciaron la muerte. “¿Y qué viste?”. La mayoría respondería que los momentos más importantes de su existencia. “Era como ver una película sobre mí mismo conformada únicamente por las mejores secuencias”. Pienso, entonces, qué veré yo en mi lecho de muerte. De seguro también serán las mejores secuencias de mi vida, pero, ¿cuántas de estas serán sobre mi propia vida? Me explico. Soy hombre de cine. Veo películas a toda hora, en horario de trabajo, en matiné y a deshoras. Las veo en cualquier momento, incluyendo las situaciones más absurdas. Muchos de mis sentimientos, desde los más apasionados hasta los más vergonzosos, los he vivido a través del cine. Dicho esto, ¿cuánto de ficción tendrá esa última película que veré antes de dar mi último respiro? Agrego, ¿cuántos de mi generación verán más ficción que realidad en su conteo final? Ten por seguro que en nuestras grabaciones personales veremos algo o mucho de ficción. Qué esperabas. Fuimos criados frente a una pantalla. Algunos verán escenas de películas, otros un desfile de fotos trucadas por filtros de Instagram. Aceptémoslo, gran parte de nuestra memoria es una ficción.
No hay razón para avergonzarnos. Seguimos siendo humanos con sentimientos y razonamientos. Nos apegamos a la ficción, pero no hemos anulado (del todo) nuestro conducto humanista. El cine y las redes sociales no son más que un síntoma de una nueva forma de consumo y aprendizaje de las cosas. Nos aburrimos de tanta tradicionalidad. No lo olvides; en estos momentos, profesores dictan clases online usando memes. Yo, por ejemplo, proyectos escenas de la saga zombie de George A. Romero para comentar en torno a la sociedad mundial de los 70 reaccionando frente al consumismo galopante. Es bajo esa lógica que no me parece en lo absoluto descabellada la propuesta de impartir algo de historia del Perú a partir de un collage de filo satírico, amenizado por texturas de la imagen, la degradación del sonido original y continuamente sometida a una sobreimpresión de fotogramas que los pioneros del cine usaron para fabricar magia a lo Georges Mélies o para crear poesía en la imagen desde lo experimental a lo Jean Epstein (siempre los franceses). Es lo que veo en El betamax de Genaro (2020), de Miguel Villalobos. Su digestión no se reduce al trolleo cibernético dirigido a tantas personalidades infames que han pervertido nuestro país a puertas del nuevo milenio.

En una época en que hemos perdido la fe ante el gesto conservador, el chiste frente a un tema serio o la formalidad del documental convertida en pieza del YouTube Poop pueden asumirse como actos de transgresión comprometidos a reformular los modos de discursos sin extraviar el enfoque esencial, sea académico, periodístico, social, etc. Siguiendo esa línea, El betamax de Genaro está compuesto por retazos televisivos y, en menor grado, de cine, en general, producidos entre el primer y el segundo gobierno de Alan García. En el largometraje reconocemos los rostros, escenarios y situaciones más extravagantes y humillantes de la política peruana. Las reuniones en la oficina del SIN, el “no” rotundo de PPK, el autogolpe fujimorista, Mercedes Aráoz, José Barba Caballero, Luciana León; no hay orden cronológico para la depravación. A estas escenas, se intercalan las de los programas cómicos y de entretenimiento más emblemáticos de ese largo período. Una dialéctica esperpéntica, aunque coherente, se establece entre estos dos escenarios. A esta mezcla, se suma un (d)efecto visual y sonoro. Toda la recopilación, salvo por breves secuencias, ha sido trucada o distorsionada. Es decir; es el found footage alterado, y no a un grado mínimo como sucede en la fílmica de Yervant Gianikian y Angela Ricci –rescatistas de valiosísimas fuentes visuales que van desde peregrinajes colonialistas hasta los siniestros durante la Primera Guerra Mundial–, sino a un nivel que deja en total evidencia la deformación del producto original.
La deformación del metraje entendida como un gesto de oposición o de blasfemar los acontecimientos históricos en cuestión. Es criticar, ironizar, repudiar dichas fuentes históricas, o también interpretadas como la memoria del ciudadano promedio, sujeto que le tocó convivir con el montaje político y televisivo. ¿Qué pensamos pues cuando nos consultan sobre el gobierno de Alberto Fujimori? Automáticamente, a nuestra mente llegan las imágenes de Vladimiro Montesinos repartiendo dinero a diestra y siniestra a distinguidos miserables. Nuestros recuerdos del país son las imágenes que en un momento se proyectaron en un televisor o en un cine. Nuestra memoria está hecha de registros digitales. Citando a Gen Hi8 (2017), de Miguel Miyahira, una de las más notables películas que haya engendrado el reciente cine peruano; nuestra memoria es la pantalla de un televisor que reproduce una grabación en donde nosotros hemos sido personajes que han actuado bajo la percepción de una realidad selectiva. Hemos sido los que nos han hecho ver o consumir. Hemos sido adiestrados desde la señal abierta a ser inconscientes. Muchos de los nuestros fueron convertidos en cómplices de segunda, testigos de la infamia. Cuánta inocencia rota, cuánta nostalgia ultrajada provocará el visionamiento de El betamax de Genaro. Me acordé de mi infancia. Fueron tiempos de fantasía, pero también de mucha ignorancia.