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martes, 20 de mayo de 2025

Cannes 2025: Wild Foxes (Quinzaine des cineastes)

La exigencia anímica de la competencia deportiva pone contra la pared a Camille (Samuel Kircher) justo cuando se encuentra en su momento más vulnerable. La Danse des Renards (2025) relata la historia de una joven promesa del boxeo flaqueando ante su equipo. Todos comienzan a cuestionar su resistencia física, así como su compromiso para con el grupo. La presión asediará al protagonista y entonces las cosas comenzarán a salirse de control. El director Valery Carnoy nos expone un drama orientado por un conflicto interno, un dolor que es imperceptible para cualquiera, salvo para quien lo experimenta. Su idea es imaginarse la posibilidad de que sea un adolescente quien cargue con ese peso. Una persona que, ciertamente, no tiene la madurez o la fortaleza emocional para evacuar eso que le resulta incontrolable. Pero hay más presiones. Estamos tratando también con alguien que se dedica al boxeo, lo que implica una escena que demanda resistencia en toda su amplitud, saber lidiar con los roles masculinos y los impulsos volátiles de sus compañeros. Todo eso no resultaría intimidante de no ser porque Camille se encuentra transitando un postrauma.

Luego de mostrarnos las buenas aptitudes del protagonista para con el deporte en cuestión, vemos a este mismo joven sobreviviendo de milagro a la muerte. La Danse des Renards plantea de esa forma un antes y un después. Existe un Camille antes del accidente y otro muy distinto luego de ese. Ahora, es importante también concientizar sobre cómo el “otro” Camille creará un desorden dentro de su círculo de boxeo, y no solo para con sus compañeros de entrenamiento, sino para otros personajes que interactúan con él. A propósito de ese accidente/milagro, se provoca una reacción en cadena. Surge así la pregunta: ¿es acaso Camille culpable de las consecuencias? El juzgarlo implicaría juzgar su mala fortuna, aquella de la cual nadie está libre. Le pudo haber pasado a cualquier otro miembro del equipo, pero sucedió con la promesa. Valery Carnoy, sin embargo, no tiene en mente hacer que sus personajes se vayan enderezando en su camino fruto del aprendizaje o estado de conciencia. Aquí las cosas parecen ir cayendo por su propio peso. Por ejemplo, el tratamiento psicológico, tan mencionado en la película, nunca acontece. La Danse des Renards me suena más como una alarma. Esto es lo que pasa cuando el postrauma no se orienta y más aún tratándose de un adolescente y todavía en un espacio enérgico e impulsivo. Es como un zorro huyendo de una cacería.

jueves, 7 de noviembre de 2024

10 Semana del Cine ULima: Julie se queda callada

Por tradición, las películas sobre deportistas expuestos a las exigencias de una rutina competitiva nos han trasladado a historias que dialogan sobre la superación personal o revelan un panorama social desamparado, caso Chariots of Fire (1981) o The Loneliness of the Long Distance Runner (1962), respectivamente. Es decir, el deporte como excusa para mejorar o componer algo fracturado en la intimidad o entorno de los atletas. Ahora, en los últimos años, la frecuencia de este tópico, además de aumentar, nos ha venido revelando los “puntos ciegos” e insidiosos que a veces cobija dicha circunstancia. Desde I, Tonya (2017) hasta Nadia, Butterfly (2020), tenemos retratos de deportistas expuestos a una privación o violencia contra los estados naturales de cualquier persona. En otras palabras, si antes el mundo deportivo fue reconocido como lugar de refugio o método de rehabilitación, es partir de esas recientes películas que se lo expone como un espacio inseguro y nocivo producto de una toxicidad normalizada que se ha colado entre las rutinas o normativas deportivas. Por esa línea es que camina Julie se queda callada (2024). Esta es la historia de una talentosa tenista anímicamente paralizada ante un tema trágico que implica a su exentrenador. He aquí el caso de una “testigo” que opta por el silencio, lo que le irá generando un estado de conmoción y aturdimiento.


El director Leonardo Van Dijl nos va describiendo con mucha cautela un delicado tema que ha vulnerado el campo de entrenamiento de una academia de tenis para adolescentes en Suiza. Hay cierto énfasis por escatimar los detalles de una denuncia aún por esclarecer. Podríamos decir que es un relato que parece pensar en los implicados, en especial en su protagonista. Julie (Tessa Van den Broeck) ha decidido no ser parte de los comentarios que recaen contra su exentrenador. A principio, se entiende como un gesto de respeto o fidelidad hacia el mentor. El hecho es que hay algo más que mantiene discreta a Julie. Dicho esto, la película se compromete a entender esa postura de la tenista al punto de que los argumentos que expone la trama, de igual manera, asumen cierta discreción. A propósito de ese misterio, Julie se queda callada parece comportarse como un thriller, solo que aquí la pesquisa o los impulsos detectivescos que desean forzar las confesiones son apaciguados. Ante un hecho violento, esta película se esfuerza por no gestionar otro tipo de violencia. Es el respeto hacia los damnificados o personas vulnerables ante una situación que ha golpeado a todos, aunque en distintos niveles. Entonces Julie se figura como una figura clave, alguien que merece toda la empatía posible, en espera de una declaración bajo libre voluntad.

martes, 15 de noviembre de 2022

34 Festival de Cine Europeo: Olga

Junto con Nadia, Butterfly (2020) y Slalom (2020), la ópera prima del director Elie Grappe podría formar parte de un ciclo de cine acerca de jóvenes atletas, un panorama a los retos físicos y mentales que implica la exigencia de un deporte y cómo esa interacción surge en sus protagonistas un conflicto interior no necesariamente vinculado al mundo deportivo. Olga (Anastasiia Budiashkina) es una talentosa gimnasta que solo quiere competir en el torneo europeo. Su obstinación es tal que no dudará en representar a otro país con tal de asegurar su presencia en dicho certamen. Es consecuencia de esa decisión que aflora el conflicto de esta película. Olga (2021) sucede en un contexto previo al euromaidán, la revolución más importante en la historia moderna de Ucrania. Mientras que la adolescente se encuentra entrenando en Suiza, el nuevo país al que representará en el torneo, las protestas en Ucrania explotan. Siendo su madre una influyente reportera opositora del gobierno de Viktor Yanukovich, Olga optó por la nacionalidad paterna a fin de poner a salvo su vida, pero más aún su deseo de seguir sus sueños. Entonces, será tras el estallido popular en Ucrania que la decisión de Olga comenzará a generarle un cargo de conciencia.

Esta una película sobre el brote de una conciencia social-política. Olga pasará de ser una persona concentrada en sus capacidades personales a verse inquieta por los acontecimientos de su país. La distancia física en esta historia resulta ser un estimulante de la impotencia y el estrés. Olga estará privada de ser testigo ocular y partícipe de una lucha nacional; he ahí la frustración de una ciudadana. Y para colmo está dándole vueltas a la cabeza esa decisión de inclinarse a una nacionalidad distinta en el momento más inoportuno. Lo significativo es que previo a todo este remordimiento, Elie Grappe nos presentaba la imagen de una adolescente con el potencial y el compromiso que la convertían en una gimnasta prometedora. Es decir, era un sacrificio que en cierta perspectiva valía la pena, pero que hasta cierto punto de la historia Olga pensará en sacrificar lo personal por una causa colectiva. Olga es interesante además porque no da vueltas únicamente en la idea del fortalecimiento de un vínculo nacionalista, sino también porque comienza a explorar las etapas de toda revolución. Hay un momento de éxtasis y otro de abatimiento. Eso último es la consecuencia de un combate no lejano a una guerra civil, esa otra clase de remordimiento que experimentaron muchos que se aferraron con violencia a la causa.

martes, 7 de junio de 2022

XIII Festival Al Este: Gentle

Esta es una película sobre el desaliento ante la rutina. El conflicto de Edina (Eszter Csonka), una madura fisiculturista, no deviene ante la proximidad de la vejez. A propósito, estoy pensando en The Wrestler (2008), de Darren Aronofsky, en donde el agotamiento físico sí se convierte en un problema para un veterano luchador y además apasionado de su oficio. En su lugar, la protagonista de los directores Laszlo Csuja y Anna Nemes ha comenzado a percibir cierta postración ante el hábito de exigir a su cuerpo frente al peso metálico, asistir a una rigurosa dieta o ahogarse de ansiedad tras los bastidores de los concursos. No es tanto el cansancio de un cuerpo que ya no demanda como en su juventud. Se podría decir que ello es una excusa o síntoma que la propia naturaleza aflora a fin de anticiparle que el encanto de ese deporte, al menos para ella, ya no genera entusiasmo alguno. Gentle (2022) relata la historia de una mujer haciendo las cosas por hábito; es decir, sin percibir algún rastro de deseo en lo que emprende. Aquí estamos hablando que ni el honor más emblemático la persuade, tomando en cuenta que la fisicoculturista es aspirante y hasta favorita para el próximo Miss Olympia, escenario que reconoce a la mejor dentro del rubro. Es un reconocimiento mundial que quedará grabado en la historia. Pero, simplemente, ella ya no lo desea.

Lo que acontece no es una dejadez u obstrucción de sus roles, sino la continuidad de sus rutinas, obviamente, en un estado lánguido. Edina es como un autómata. Su rostro está poseído por la indiferencia. La rigidez de su cuerpo nada tiene que ver con la sumatoria de sus músculos. El problema viene de dentro, pero a la vez es provocado por todo lo que le rodea. De ahí la propuesta fotográfica de la película que define con dureza las sombras, un alto nivel de contraste, la frecuencia de escenarios crepusculares. Muy poco los acontecimientos se expresan a la luz del día o en exteriores. Hay algo de deprimente y hasta sórdido en el circuito de este oficio, pero no una sordidez que se extiende a un circuito criminal, sino que empuja a Edina y a su pareja, vieja gloria del fisicoculturismo, a emplear oficios extras indeseados para poder financiar los gastos de la primera. O sea, una razón más para que la deportista se desencante de su rutina. El hecho es que es gracias a esos desvíos que sucederá un cambio o revelación en el ánimo de la mujer, algo que ni los dolores corporales pudieron despertar en ella. Gentle, hasta cierto punto, tiene algo de melodrama, solo que obstaculizado por lo reprimido y luego por las circunstancias. Edina abraza internamente una pasión, la posibilidad de una vida que no exige para conseguir la gloria. Es una fantasía que conmueve.

miércoles, 27 de junio de 2018

XV Outfest Perú: Hoy partido a las 3

Un rasgo de crónica manifiesta la historia de Clarisa Navas. En esta, un equipo de fútbol femenino aguarda su turno para participar en un modesto campeonato de barrio. En el transcurso no solo veremos el retrato de este grupo de compañeras, sino también a este interactuando con sus similares. Hoy partido a las tres (2017) hace bosquejo de una pequeña comunidad lésbica que juegan fútbol. Es su ocio por este deporte el que despliega una serie de (des)encuentros que van modelando o dando idea de un comportamiento propio de su colectividad fuera del campo de juego. Mientras que aguardan al encuentro, las mujeres se relacionan, conversan, se confiesan, se ilusionan, se resienten, y en ese largo es que se va gestando un pequeño universo, en donde el partido de balompié por momentos resulta ser una excusa para coincidir con los suyos.
Hoy partido a las tres podría definirse como una película sobre personajes huyendo a donde se sienten pertenecer. Existen varias de sus protagonistas que tras su rutina de fútbol cohabitan con una rutina “oficial” que no las estimula, situado en un lugar en donde no están sus compañeras de cancha. Muy significativo es el personaje de la que para en la banca, la que nunca eligen, pero ahí está. Será invisible dentro del campo, pero no lo es en el momento de joda, la verdadera convivencia. Es a través de ese personaje que el fútbol luce como pretexto. Similar hipótesis genera el personaje que juega bien con el balón, la misma que niega aprovechar un fichaje que posiblemente la lleve al fútbol profesional. No es el fútbol, es el equipo para quién juega lo que le conforta.
Sin embargo, existe un desnivel en esta reunión comunitaria. El que se congreguen no siempre implica un ambiente de bienestar, y con ello no hago referencia a los instantes en que pelean entre ellas –gesto que es más bien propio de la camaradería–. La película de Clarisa Navas, al ser crónica de una pequeña sociedad lésbica, cita también al entorno y los pertenecientes a este. Es casi una metáfora la que propone la directora. De pronto la desorganización de los organizadores de un campeonato, un puente caído, una lluvia, además de otros percances, parecen ser pruebas de que esta comunidad no es del todo bien asistida. Siempre está expuesta a contratiempos, roces que sí son serios, y que obviamente toca a las protagonistas. El final de Hoy partido a las tres es claro. El jolgorio, para ellas, tiene un límite de duración. El final de un partido es el retorno a una rutina que les resulta ajena.

martes, 27 de marzo de 2018

Yo, Tonya

La historia de Tonya Harding (Margot Robbie) calza a la perfección con las crónicas endémicas de los tabloides en EEUU, a propósito de la caída de un ídolo o, como sucede en este caso, de una promesa. La patinadora que llegó a realizar dentro de una competencia la pirueta más compleja en dicho deporte, no conocerá más gloria que esa. Lo resto a narrarse en el trayecto de su biopic será pura desdicha. Yo, Tonya (2017) es una historia dramática sobre una mujer criada y asediada por lo indecente, sin embargo, el director Craig Gillespie opta por promover una comedia en tonos de sátira. El retrato que se fabrica en esta película no está concebido para redimir o liberar de culpa a los personajes envueltos en esta historia. Su intención no está lejos de los documentales de cable que abundan a granel, dirigiendo y estimulando los (pre)juicios y opacando la problemática social que acontecen en la trama, desde los modos de crianza hasta las políticas discriminadoras de las competencias en patinaje de hielo.
La película de Gillespie parece estar dirigida a la demanda voraz de un espectador a la expectativa de un protagonista defectuoso como los que se figuran en cualquier archivador escandaloso de la Discovery y demás. Sea por esa razón que Yo, Tonya se comporta como un documental en donde los personajes de un presente que hacen remembranza a su pasado dan pauta de sus imperfecciones desde el solo significado de sus vestimentas y las locaciones en las que se encuentran. A Tonya y LaVona (Allison Janney), la madre lapidaria, las conocemos en sus respectivas casas, ambas vistiendo como lo harían en su rutina: el fracaso es evidente y anticipado. Yo, Tonya es entretenida, tiene logradas actuaciones, un soundtrack de los setenta grato para cualquier melómano, pero peca de reusar ciertas usanzas que generan tonos ridículos y caricaturescos (todos tienen sus momentos, en especial el guardaespaldas) y sobretodo peca de un amarillismo rutinario.

sábado, 4 de junio de 2016

VII Al Este de Lima: Koza

Koza (2015) es una película entrañable por su relato, pero sobre todo por su protagonista. El bautizado “Koza” (Peter Baláz) es el retrato de un boxeador que conmueve a partir de su carácter sumiso, torpe y benevolente. Esto, en relación con su historia, agrieta los rasgos de un drama social. ¿Qué lo diferencia de, por ejemplo, un Rocky? “Koza” tiene a un chatarrero usurero como representante y un ebrio como entrenador provisional. En su localidad no existen las oportunidades ni mucho menos el “sueño americano”. La gira pugilística que emprende junto a su socio es eso mismo; una sociedad en donde, ciertamente, el cogerá solo una rebanada del pastel. El director Ivan Ostrochovský emprende una historia ajena a las fantasías, aunque también salvaguardándose del miserabilismo que bien pudiera agravar y, de paso, cuartear una película que dentro de la sencillez de su argumento provoca emociones.
Koza se inicia con un conflicto que de paso moldea la conducta de su protagonista. Es a propósito de esto que se emprende un viaje; ir en busca de peleas que puedan resarcir a “Koza” de una carencia económica que le urge. Una dinámica de road movie se despliega, siendo el boxeador y el representante los únicos viajeros trepados en una destartalada camioneta. Al principio de la ruta, se manifiesta en el dúo un notorio contraste de carácter, el cual, más adelante, va diluyéndose a medida que se teje una fraternidad disimulada. Hay además un aire de comicidad resultado del drama, esto en orden de la convivencia áspera y la poca fortuna que va teniendo esta sociedad. Lo que “Koza” tiene de obstinación, no tiene de habilidad. Esto alimenta a la historia de una cuota de angustia, a consecuencia que el héroe estaría al borde del fracaso. Una formidable escena en un camerino resume esta turbación en un plano al rostro del representante. En toda la película, los rostros son significativos.

miércoles, 3 de febrero de 2016

Creed: corazón de campeón (y un brevísimo apunte a La verdad oculta)

Creed (2015) aborda y provoca afecto por la nostalgia. La sola presencia del “Semental italiano” es un factor de nostalgia. Verlo como un retrato que no ha perdido su esencia promueve un sentimiento entrañable. Una imagen que si bien ha envejecido, no ha transitado por la decadencia, sino pasó a convertirse en un mentor fílmico más, como Yoda. En paralelo está un nuevo personaje, Adonis (Michael B. Jordan). Nuevo, parcialmente, pues este es una proyección de un precedente también conocido (y, por lo tanto, nostálgico). Él es hijo de Apollo Creed, personaje que fue fundamental para que Rocky (Sylvester Stallone) se convirtiera en mito. La trama misma provoca un efecto de nostalgia para el ex boxeador italiano. Su encuentro con Adonis lo empuja al pasado. Tanto el rostro como la personalidad testaruda del joven, le recuerdan a su amigo y, por qué no decirlo, eje de inspiración para su carrera. El retorno de Rocky, al igual como sus “otros retornos”, nuevamente será personal.
Creed remueve también el pasado a través de una historia que parece repetirse. Lo que le pasará a Adonis, es por lo que un día pasó Rocky por sus inicios. Es el ascenso apresurado de un deportista. El querer ser alguien siendo nadie. Rocky fue movido por ese imaginario llamado “sueño americano”. Adonis (aunque lo niegue) será movido por la herencia. Es la sangre que lo llama, la pasión que hierve desenfrenada. El ser linaje Creed no se manifiesta como responsabilidad, sino como un efecto innato. El director Ryan Coogler presenta su película tal como lo presentaría un fan de la saga y el personaje. Es preciso que ciertas cuotas de la saga sean inamovibles. Stallone es perfecto, y no porque interprete una magistral actuación, sino porque se expresa según las expectativas requieren. Rocky, al ser mito vivo, requiere sea manejado con respeto. Ni la vejez ni la enfermedad pueden lograr que este ídolo se vea derrumbado. Hay personajes del cine que son intocables al drama trágico.
Creed no está mal. Sin embargo, la sola nostalgia a veces no es capaz de embaucar por sí sola a la trivialidad. Pienso en los nuevos espectadores, ¿la figura de Adonis les será suficiente para disfrutar esta película? ¿Qué pensarán de ese ex boxeador encurtido y anticuado aunque divertido? Frente a esto, el filme pueda obedecer a una senda convencional, aunque tampoco no decepciona. En relación a otras películas de boxeo recientes, tales como Cinderella man (2005) o The fighter (2010), Creed recaptura ese lado apasionado por un deporte. Por muy dramática que sea la historia, el drama no puede opacar al boxeo. Este es el atractivo principal de la película. Una gran escena de la secuela de Ryan Coogler ocurre en la segunda pelea. La cámara sigue el ritmo de la lucha y no opta por mirar o hacer toma a los espectadores. Hay una gracia por cómo el lente se mueve al ritmo de la batalla sincronizada. Es el deporte visto desde los ojos de un fanático, como esas escenas penetrantes de La verdad oculta o Concussion (2015), en donde vemos a los jugadores de fútbol americano atropellándose unos a otros. Una plasticidad poética que hace olvidar con cinismo la peligrosidad de dicho deporte. Lo único rescatable de esa película, por cierto.

domingo, 6 de septiembre de 2015

Venice Sala Web: The fits

Artículo publicado en Cinencuentro.
The fits se inicia con la figura “masculinazada” de una niña. Su presencia rodeada de testosterona y prácticas de boxeo de inmediato contrasta con ese otro sector ubicado en el mismo complejo deportivo, uno que está conformado por el grupo de chicas, en su mayoría adolescentes. En paralelo, veremos a la protagonista de la película ejerciendo las mismas labores que las de su hermano mayor, sea ayudando con los tareas como empleado del complejo o haciendo rutinas de entrenamiento propio de un aspirante a boxeador. La ópera prima de la directora Anna Rose Holmer en principio parece apuntar a un drama de identidad, sobre la niña que siente curiosidad por ese club femenino de danzantes urbanas. Hay algo que le atrae de esta práctica. Es tal vez la naturaleza de compartir lo mismo que los de su mismo género. La película, sin embargo, apunta a una naturaleza más compleja.

Lo que parecía lejano a la niña, de pronto forma parte de su nueva rutina. La menor cuelga los guantes y pasa a formar ahora parte del grupo de chicas practicando coreografías que son todo un reto para la recién integrada. Junto a ella, se unen otras de su edad, quienes junto a las más mayores serán entrenadas para un próximo desfile. Algo inesperado, sin embargo, sucedió en la primera práctica. Una de sus líderes ha sufrido un repentino ataque de convulsiones. Las noticias no son claras de lo que sucedió, pero tal parece que no fue nada grave. Las sesiones de baile siguen su curso. En el transcurso, un cambio se percibe. Es el del divorcio fraternal. Es la niña pasando cada vez menos tiempo junto a su hermano mayor. La distancia es cada vez más notoria, aunque sin dramatismo. ¿Es acaso ese el conflicto de la historia? Una nueva víctima de convulsiones afirma que no lo es.

The fits me recuerda a algunas películas de Serie B en EEUU durante la década de los 50, sobre las paranoias colectivas, hechos inexplicables que sacuden a un grupo de personas, especialistas y noticieros lanzando hipótesis que como espectadores estamos seguros son erradas. Ya después del segundo desmayo, el ambiente en la película de Rose Holmer se torna pesado. La banda sonora se manifiesta misteriosa y amenazadora. Lo desconcertante se expande para cuando comenzamos a oír los testimonios de las víctimas ya recuperadas, cada una explicando a su manera esa suerte epifanías. Tal parece que la experiencia se va convirtiendo en una moda y, como en el inicio, la protagonista ahora busca ser parte de esta. The fits sigue siendo en cierto modo un filme sobre la búsqueda de la identidad o la inclusión, muy a pesar lo enigmático desplaza cualquier huella dramática. Anna Rose Holmer en su debut de ficción recrea su propia versión de las modas adolescentes desde una lectura un tanto retorcida como mesiánica. Es por un lado el clímax grotesco producto de parálisis y desmayos, es por otro lado la señal que simboliza la cumbre de la perfección; ambos casos relacionados a la danza que de paso abrió las puertas de la adolescencia a una niña.

lunes, 9 de febrero de 2015

Foxcatcher

En medio de la arena, dos hermanos se ponen en posición para iniciar su práctica rutinaria de lucha libre. Luego de una serie de caídas e intercambio de golpes, se hace notoria la desigualdad de habilidades y tácticas que posee cada uno. A diferencia de Dave (Mark Ruffalo), Mark (Channing Tatum) no posee ni la cautela ni la serenidad al momento de la lucha. En su lugar cede al impulso y a la potencia de su musculatura. Frente a esto, Dave no recrimina, en su lugar aconseja a medida que adiestra. Es decir, mientras que Mark lucha con el cuerpo, Dave lucha con el cuerpo en sintonía con la mente. Uno es el aprendiz y el segundo el mentor. Son las dinámicas del hermano menor frente al hermano mayor. Muy a pesar, parece haber una separación que va más allá de la estrategia deportiva. Foxcatcher (2014) va persuadiendo a esa clásica dicotomía sobre hermanos disímiles y, más adelante, posiblemente, confrontados.
Ciertas evidencias parecen apuntar a ello. Desde un inicio vamos a ser testigos de ese hermano que simula ser la sombra del otro. En un auditorio, Mark será el reemplazo a último minuto de Dave; ya existe una razón para subestimarlo. Sin haber aparecido en escena, el espectador además ya está al tanto de Dave a través de Mark, de quien solo sabemos parece estar envuelto en una rutina ermitaña. A cada lugar que visita el hermano menor, la soledad se abre paso. Caso contrario a la primera aparición de Dave, a quien lo veremos rodeado de otras personas. El hermano mayor no solo congrega sino que genera simpatía. A esta escena le sigue el de la lucha, zona en donde el mejor impone respeto y el perdedor revela su frustración. Tal parece que Dave siempre está un paso adelante de Mark, personaje que incluso “habla” con el cuerpo. Mark es el sujeto cohibido, y esto lo refleja a través de su mirada gacha, su postura tensa y reacia a asumir una distinta. Mark parece haber convertido su integridad en su mecánica de defensa, una vigorosidad muscular que busca reemplazar su inseguridad ante los demás. Su rostro ceñudo y esa caminata “astronáutica” son siembras de su incertidumbre.

Como si se tratase de un guión escrito bajo el modelo del cine clásico, el director Bennett Miller no iniciará con la trama no sin antes habernos descrito primero a dos de sus protagonistas principales. Lo mejor de Foxcatcher de hecho tiene que ver con el modo en que se compone a sus personajes. En lugar de construirlos mediante el diálogo, Miller prefiere argumentar la personalidad de sus protagonistas mediante situaciones. Las actitudes de los personajes nunca son pronunciadas, solo se infieren o se manifiestan a la vista de los demás, y esto tomará más sentido a la introducción del tercer protagonista del filme. John du Pont (Steve Carell) es el personaje del que más se puede interpretar en la película. Complejo desde sus antepasados hasta su actualidad. Du Pont, el hombre de más de 40 años viviendo aún con su anciana madre, ambos únicos dueños de un vasto suelo. Él, amante de la ornitología, coleccionista de pájaros disecados. Ella, madre lapidaria y castrante. Miller hace de Du Pont su Norman Bates (también ornitólogo), y lo convierte de igual forma en un “pájaro” de nariz aguileña, ese animal pacífico que Alfred Hitchcock convirtió en un animal impredecible. Du Pont, sin embargo, posee algo que lo distancia del clásico personaje de Psicosis (1960). Él es un ególatra.
John du Pont, heredero de un linaje y una abundante riqueza, es el cazador de glorias, aquellas que por su condición de hijo castrado no pudo alcanzar. Du Pont no tendrá ni la habilidad ni la musculatura de los hermanos Schultz, sin embargo tiene los medios para conseguirlos. Los logros que ellos alcancen, serán sus logros, cura de su frustración heredada por su madre, esa mujer que en un principio vimos de lejos, como la madre de Norman cuando dejaba ver su silueta desde la ventana de la residencia Bates. Miller convierte a la anciana madre de Du Pont en una especie de mito o deidad, una que no fraterniza ni cruza palabras con el resto de lacayos. Mencionarla incluso no es apropiado. Más razón para que Du Pont se sienta minimizado ante la sacralidad de su madre. Es por ello que ha hecho de su ego su elixir, y ha convertido de Mark en su nuevo trofeo, aunque en principio haya sido amigo o padre para él. La relación entre Du Pont y Mark pasa por etapas, aquellas que además de fraternizarlos más, los hace semejantes.

Tanto Du Pont como Mark son huérfanos de padre, víctimas de la frustración que tratan de enmendar a través de sus únicas ventajas. Es decir, hay razones para que exista una buena convivencia, más que de padre a hijo, una relación amical. Una escena de Foxcatcher me hace recordar a la secuencia tan sugerente de Women in love (1969), de Ken Russell, donde vemos a dos amigos de toda la vida luchando desnudos frente a una fogata a mitad de la noche. Fuera de la lectura homoerótica que resulta de esta, se alinea también otra lectura sobre la necesidad por compartir la intimidad, fruto de las vivencias que sus personajes comparten, esto llevado a un nivel masculinizado en donde el golpe de cuerpos resulta ser ritual que afianza los lazos de amistad. Tal cuestión parece suceder también en Foxcatcher en una escena donde Du Pont cita a Mark a luchar entre la penumbra. Ambos huérfanos encerrados en un cuarto y peleando a la vista de los “padres”, esos cuadros históricos de personalidades que fueron parte de alguna guerra o evento fundamental para la historia de EEUU.
No hay duda que Foxcatcher es lo mejor que hasta el momento ha realizado Bennett Miller. Solo para citar otras dos escenas fascinantes. Una en donde la madre junto a su séquito irrumpe el área de entrenamiento de los luchadores. Seguido, John du Pont humillándose frente a sus “protegidos”. Otra donde Dave, cual padre, resguarda a su hermano menor de la posible fiscalización del mecenas Du Pont. Un detalle importante de esta escena tiene que ver con la actitud que asume Dave frente a este tipo de percances. Miller se niega a mostrar a este personaje como alguien colérico, no después de haberlo matizado con semblante benefactor y calmado. Es por ello que el espectador no logra ser testigo de cómo Dave enfrenta (y lo posible es que con gran molestia) a Du Pont. Solo lo vemos haciendo ademanes y expulsando al rico dictador de la escena. Por último, y sin menospreciar al resto, Channing Tatum haciendo la mejor actuación del elenco. En la primera escena de lucha de Mark frente a Dave, la inseguridad y el retraimiento del hermano menor se ve completamente reflejada en ese paseo circular que realiza Tatum, cual gran fiera enjaulada muestra su frustración ante su instructor.