De la filmografía de Apichatpong Weerasethakul es que la cinefilia concientizó dos palabras claves que nos referían al cine tailandés: los fantasmas y la memoria. Estos dos conceptos están tan vinculados al punto que parecen ser sinónimos, ello desde el entendimiento de los relatos de Weerasethakul, en donde lo real y lo onírico comparten y se equilibran en una realidad misma. Estos conceptos y argumentos se replican en Phi Chidi Kha (2025), una muy atractiva ópera prima que debería ser motivo suficiente para seguir lo próximo que realice su director. Ratchapoom Boonbunchachoke nos cuenta una historia en donde existe la posibilidad de que los aparatos industriales puedan ser poseídos por espíritus que no descansan en paz. El imaginarnos esa premisa ya de por sí delata una discursiva cómicamente absurda. Y sí que lo es. Para cuando comiencen a suceder cosas raras, esta película parece encaminarse a una comedia que inquietaría a los gustos de John Waters. Es hilarante ver cómo es que los vivos comienzan a reaccionar y luego interactuar con estas manifestaciones paranormales. Pero no olvidemos las reglas a las que Weerasethakul nos acostumbró: los fantasmas en Tailandia son tan comunes como los problemas sociales. Y es a propósito de eso que se manifiesta otras clases de “fantasmas”.
sábado, 17 de mayo de 2025
Cannes 2025: A Useful Ghost (Semaine de la Critique)
lunes, 12 de agosto de 2024
28 Festival de Lima: Pepe (Competencia Latinoamericana Ficción)
El hipopótamo de Pablo Escobar se ha extraviado. Esa es parte de la hilarante premisa de esta odisea fílmica propuesta por Nelson Carlo de los Santos Arias. Pepe (2024) inicia en Colombia con el anuncio de la muerte del reconocido narcotraficante. Entonces acontece un flashback y nos trasladamos al sudeste de África, el terruño de nuestro guía y narrador en off, el ánima de un hipopótamo. Entre frases incoherentes de aire místico y existencial, este ser intangible, más adelante autollamado “Pepe”, nos introduce a su historia: de cuando fue trasladado clandestinamente de África a la selva de Medellín como parte de un cargamento del “patrón”, y su posterior exilio de la manada por deseo de su belicoso hermano, otro hipopótamo de nombre “Pablo” —mismo nombre del patrón—. Entiéndase esta película como un relato en donde la vida de un animal parece emular la vida de un individuo que le tocó existir en una Latinoamérica violenta. Es a partir de sus incidencias y su trayecto, en donde se cruza con los locales, que reconocemos la cotidianidad de una comunidad periférica colombiana de principios de los 80. El director dominicano, así como en sus anteriores películas, hace una revisión etnográfica para comprender la violencia en territorios latinoamericanos. En Santa Teresa y otras historias (2015), mezcla ficción y documental para sonsacar en medio del terror los vestigios tradicionales de un México cosmopolita. En Cocote (2017), el retorno de un hombre al campo es entendido como el reencuentro con las tradiciones primitivas y violentas procedentes de una secta dominicana.
martes, 4 de junio de 2024
XV Festival Al Este: Disco Boy (Competencia Primera Línea)
La problemática del migrante se conecta con la crítica al colonialismo en este drama orientado por lo místico. Aleksei (Franz Rogowski) arriba ilegalmente a Francia, trayecto que asumirá para alistarse en la Legión Extranjera francesa y así ganarse un pasaporte francés. Jomo (Morr N’Diaye) es un líder guerrillero del Níger que lucha contra las compañías petroleras que empobrecen a su país. Disco Boy (2023) es la historia de dos vidas que, a pesar de abrazar una similar fantasía, siguen derroteros distintos. Tanto la migración como la lucha contra el colonialismo desembocan en la búsqueda de la independencia del individuo que la ejerce. Definitivamente, Aleksei ha decidido que esa la obtendrá por medio de la carrera militar, oficio que te entrena mediante la violencia física y mental, y te obliga a ser parte de una ofensiva contra un país subdesarrollado como Níger. En tanto, Jomo, en medio de la selva, responde qué hubiera sido de él de haber nacido en un país libre: “Sería bailarín”. En otras palabras, de tener la alternativa, Jomo asumiría su cuerpo como única arma para expresar su libertad. El baile entendido como un acto de liberación, expresado desde lo físico como lo espiritual. ¿Por qué no podría hacer eso Aleksei? El director Giacomo Abbruzzese nos adentra en este relato lleno de misterio, en donde el joven migrante aprenderá a reconocer su libertad desde la mirada de aquel hombre que se vio obligado a tomar las armas porque no supuso alguna otra salida en medio de sus circunstancias.
lunes, 29 de enero de 2024
Pobres criaturas
“Apártate, que me tapas el sol”; se cuenta que le respondió Diógenes al mismísimo Alejandro Magno luego de que este gran conquistador de tierras, fanático confeso del filósofo cínico, le propusiera: “Pídeme lo que quieras”. En un momento de Pobres criaturas (2023), la protagonista Bella Baxter (Emma Stone) emula a Diógenes. Su amante de turno Duncan Wedderburn (Mark Ruffalo), el gran conquistador de mujeres, luego de ofrecerle todo de sí, le pide a la muchacha que deje de leer y le haga compañía. Ella le responde: “Me tapas el sol”. La última película de Yorgos Lanthimos, hasta cierto punto, sigue la senda de la filosofía cínica, pensamiento que poco tiene que ver con el sentido telenovelesco que se otorgó al término “cínico” con el paso del tiempo. Pobres criaturas es la historia de una creación contranatura. El doctor Godwin Baxter (Willem Dafoe) es una proyección del doctor Frankenstein. Él ha “revivido” un cuerpo y de este ha “nacido” Bella. Ahora, la diferencia entre esta película y la clásica historia de Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley, es que Lanthimos hace que la creación se tome más en serio lo del libre albedrío. Tanto Bella como el monstruo de Frankenstein son versiones groseras del humano civilizado, en un sentido orgánico como moral. Ambos manifiestan señas de piel lacerada y están dominados por un impulso primitivo. Respecto a lo último, los dos no dudarán en lanzar por los aires a una inocente niñita. Es comprensible dado que son recién (re)nacidos. Actúan por puro instinto o deseo pasando por alto las normas públicas al desconocerlas.
Ahora, no olvidemos que Bella se ha reiniciado. Ella es una bebé o una niña pequeña, lo que la ha hecho retornar a ese modelo ideal del cínico. Todos nacemos parcialmente cínicos al ser obedientes a nuestra naturaleza. Ya después vamos aprendiendo sobre lo civilizado y desaprendiendo —o reprimiendo— lo primitivo. Lo mismo tendría que suceder con Bella. El hecho es que Lanthimos quiere relatarnos una fábula sobre el libre albedrío no obstruido, la satisfacción de ser libre y que su protagonista no se sienta persuadida ante las convenciones sociales como el vivir los placeres de un buen burgués o conformarse con una hora de sexo. Debe ser mental y físicamente libre. Pero lo excéntrico de este plan es que quien lo ejecuta es una especie biológicamente imposible, una suerte de zombie. Eso lo hace significativo. Bella es tan alegórica como los muertos vivientes del cine de George Romero, cadáveres que replicaban de manera mecánica o no consciente sus viejas acciones como sujetos modernos. Lo de Romero era una dura crítica a un sistema que formó a una sociedad sonámbula y estúpida, a partir del consumismo y los mass media. La gente moría, pero la inyección del capitalismo era tan poderosa que seguía haciéndoles efecto después de muertos. En tanto, Bella es también un cadáver viviente, solo que consciente y tuvo además la suerte de tener los sesos de una criatura pura y no alterada por las convenciones sociales. En ese sentido; a diferencia de los zombies de Romero, Bella no replicará sus viejas acciones. ¿O tal vez sí?
A partir de ese incidente, Bella será una cínica al practicarla y ser consciente de su filosofía, o que la realidad social está infestada de normas que coaccionan la libertad de todo sujeto. Obviamente, esta trama enfatiza que son las mujeres las más afectadas, siendo agredidas desde distintos niveles y contextos. Claro que ese panorama no tendría que calificar a Poor Things como una película feminista. Sucede que Bella no logra concientizar de que los condicionamientos sociales pesan más sobre las mujeres. Bella cuestiona la naturaleza del sistema social, aunque no percibe su carácter patriarcal, esa fuente mental de donde radica el problema para el feminismo. En efecto, vemos argumentos como la violencia doméstica, la mujer vista como mercancía o artefacto de (re)uso y apropiación, la expresión de una colectividad femenina apoyándose en más de un sentido, todos síntomas o efectos del patriarcado, aunque ninguna reflexión o acción que pretenda desestabilizarlo de manera progresiva. Contemplo más bien a la última película de Yorgos Lanthimos como una fábula utópica, el de un sujeto que va a contracorriente del escenario anacrónico, como atreviéndose a insinuar de que esta privación de la naturaleza humana es tan del pasado como del presente. Capaz basta la orientación de un buen tutor. De ahí por qué me resulta crucial la educación del doctor Godwin “El perro” Baxter —nuevamente, un guiño a Diógenes, autollamado “El perro” —. El hombre que curiosamente se apropió del cuerpo de Victoria para crear a Bella, será quien más adelante, desprendido de su egoísmo científico y paternal, le ofrezca plena libertad o la deje seguir su libre albedrío al marcharse con Duncan Wedderburn.
jueves, 10 de agosto de 2023
27 Festival de Lima: Yana-Wara (Competencia Ficción)
Un anciano está a punto de enfrentar a un juicio público. Él ha matado a su nieta. Es así como inicia Yana-Wara (2023), un relato que en gran parte es fruto de una reminiscencia, los recuerdos o descargos de un hombre caído en desgracia que narrará la historia de las desdichas que recayeron en su difunta nieta. He ahí una tragedia griega. Está la estructura; una historia que inicia con el final, solo que en lugar de un coro vaticinador es la voz del propio desgraciado quien hará remembranza de manera cronológica de una línea de infortunios. Están las convenciones argumentales; a propósito de una relación filial en donde las desgracias son heredadas, en tanto, el sobreviviente se convierte en un alma en pena, confinado por su propio linaje y destinado a cargar una memoria pesarosa hasta que una muerte natural lo alcance. La tragedia de Edipo no está lejos a la tragedia que está viviendo don Evaristo (Cecilio Quispe), un habitante de las alturas de los Andes peruanos, quien asesinó a alguien de su propia sangre no antes de que la víctima sufriera un calvario fruto del destino. Yana-Wara es prueba de que las culturas, por muy diversas o extrañas que sean entre sí, expresan una universalidad, un punto de encuentro que las vincula y las pone a dialogar entre sí. Y es que resulta muy estimulante cómo es que una película que descubre mucho del imaginario andino tenga una coherencia similar a los relatos primigenios de la cultura occidental.
En extensión, a este punto, podríamos insinuar que Yana-Wara es una película que se inspira en las desventajas de ser mujer en este tipo de comunidades cerradas y que orientan sus leyes en base a sus pensamientos. Por el lado de la violencia sexual está claro. Caso ese otro flagelo que castiga a Yana-Wara y tiene que ver con el acecho de un espíritu maligno; muchas tragedias griegas cuentan sobre dioses transfigurándose en animales con el fin de poseer a las mujeres vírgenes, algo que también se emula en este ente aimara que se apodera de la protagonista, situación que evoca la oralidad andina, donde se cuentan historias de mujeres poseídas y no tanto de hombres. Asimismo, desde una vista general, esta lectura de la violencia de género alcanza la coyuntura nacional peruana y de otros tantos países. Eso es lo que no deja de cautivarme de la producción de los Catacora: cómo es que su película adaptada a un escenario tan cerrado deja en evidencia que puede adaptarse a otras comunidades que, en teoría, presumen ser más civilizadas. Caso Lima, no se precisa de entidades multiformes para hallar la multitud de casos similares al de Yana-Wara. Esta película tiene mucho de su propiedad, pero no deja de referir al exterior. A propósito de la propiedad, pienso en ese demonio de los Andes emitiendo el barrullo de todo un bestiario, tal y cual lo describen los mitos y leyendas andinas, aunque, ya lo había mencionado, nos recuerda también a Zeus convirtiéndose en cisne o en un hermoso becerro. Pero no solo hay referencias mitológicas en esta película.
miércoles, 22 de febrero de 2023
73 Berlinale: Almamula (Generation 14plus)
Los tópicos adoptados por la ópera prima de Juan Sebastián Torales me recuerdan a otra ópera prima argentina. En Matar a la bestia (2021), de Agustina San Martín, tenemos a una comunidad de desterrados, espacio en donde una bestia ha comenzado a exterminar a sus mujeres, criatura que según se cuenta en algún momento fue otro humano víctima de la deportación a causa de las faltas cometidas en el espacio público. Almamula (2023) tiene mismas características, aunque su realidad es distinta. En su historia, Nino (Nicolás Díaz) y su familia se verán obligados a migrar al campo luego de que el adolescente fuera condenado por su vecindario. Ya en el nuevo refugio, la familia se enterará de la reciente desaparición de un niño. Dicen algunos que ello fue obra de la “Almamula”, un ser que castiga a aquellos que se atrevieron a cometer actos sexuales impuros. Si en la película de San Martín los condenados tienen antecedentes de distintas clases, en la de Torales son los actos o impulsos puramente sexuales la razón de una reprobación social acondicionada por los valores cristianos. Esta es una película que se inspira de un ser ficticio cuya invención posee un trasfondo moral creado por un pensamiento cristiano que condena el incesto, además de otras perversiones. Lo cierto es que, en lugar de ser intimidado por dicha leyenda, el joven protagonista se sentirá atraído por ella.
domingo, 30 de octubre de 2022
8 Semana del Cine ULima: Lamb
lunes, 23 de noviembre de 2020
35 Festival de Mar del Plata: Atarrabi y Mikelats (Panorama Autores)
Al margen de la representación fantástica, el mito siempre está vinculado a los tópicos universales, aquellos que dialogan sobre algún culto incipiente, sea cultural o religioso, y nos den idea de las dinámicas de la naturaleza y el juicio humano. Dicho esto, toda la filmografía de Eugene Green tiene algo de mitología. En su última película, esta característica es puntual. Atarrabi et Mikelats (2020) se basa en una leyenda vasca. En virtud de darle contexto a este relato, el director francés crea una adaptación hablada íntegramente en euskera. Claro que esta formalidad no impide al creativo acondicione este mito a las particularidades que describen a su cine. Es así como vemos a personajes sacados de algún cuento legendario, pero que se codean con las rutinas propias de una realidad contemporánea. En consecuencia, aquí el mismísimo Diablo se capacita en cursos de negocios –se intuye, no presenciales– y gusta del rap. Este panorama curioso genera ese otro distintivo de Green. Este filme es para el espectador una experiencia que le provoca una risa involuntaria, aunque siempre moderada.
jueves, 15 de octubre de 2020
7 Festival de Trujillo: El silencio del río / Hatsu / Herencia clandestina (Cortos en competencia)
Hasta el 18 de octubre se celebra una nueva edición online y gratuita del Festival de Cine de Trujillo. En su página web podrán verse la selección de cortos en competencia, mientras que por la plataforma de Retina Latina podrán verse los largos en competencia. Iniciamos nuestra cobertura.
El silencio del río (2020) fue uno de los cortometrajes que tuvo su premiere mundial en la reciente edición del Festival de Berlín y fue recientemente anunciada como precandidata para los premios de La Academia en la sección de cortometrajes. La película de Francesca Canepa a primera vista atrae por su propuesta visual. La historia en primera persona de un niño relacionando los malestares físicos de su padre con las tradiciones propias de la selva peruana, se orienta a la introducción de una narración alegórica y asentada en un contexto propiamente místico. Canepa nos describe este espacio bajo un ambiente nebuloso y sombrío. Esta composición definitivamente se ajusta a la naturaleza de su relato. En un principio, El silencio del río da la impresión de asentarse únicamente a la contemplación del vínculo ancestral entre el sujeto y su espacio, pero lo cierto es que el contenido nos deriva a una historia que es escabrosa, por un lado, un cuento de terror, por otro, una expresión consecuente del entorno. A propósito de esto último, lo mágico religioso como la representación de lo fantástico siendo posible y, por lo tanto, lógico o aceptable dentro del entorno en cuestión.
miércoles, 7 de octubre de 2020
Netflix: I'm Thinking of Ending Things
Nueva proeza de Charlie Kaufman. Él es uno de los guionistas y también directores más ingeniosos de la actualidad. Su no tan merecido reconocimiento, posiblemente, se debe a que a diferencia de otros autores, Kaufman siempre se inclina a reincidir en su universo personal, siempre extravagante, hasta cierto punto hermético. Pienso en el final (2020) es en definitiva su película más difícil. Ahora, esto no quiere decir impenetrable. Existen pues directores que creo valen la pena seguirlos de manera cronológica, y este es uno de ellos. Pienso en el inicio. Kaufman junto con Spike Jonze y luego en Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (2004). Son sus autorías como guionista más exquisitas. El futuro director ya había invocado una serie de tópicos a su creación que se convertirían también en puntos referenciales para su filmografía. Temas como la memoria, la frustración personal, el fracaso –íntimo o artístico–, la apología al yo, la vejez y la muerte. Su cine tiene una alta dosis de conflictos introspectivos, siempre desde una mirada en primera persona. Los personajes de Kaufman son paradójicos. Ellos están obsesionados con visionar un futuro desalentador, pero también son unos nostálgicos empedernidos. Es decir, están amarrados a su pasado y fantasean con su final –o el olvido de su pasado–. Eso los despega de su presente.
A partir de aquí se va perfilando ese culto al yo. Los personajes de Kaufman son ególatras. Lo es John Malkovich en Being John Malkovich (1999) quien ama ser John Malkovich, así como el Philip Seymour Hoffman de Synecdoche, New York (2008) jugando a ser un director de teatro que desea crear una puesta que lo inmortalice, o el protagonista de Anomalisa (2015) que no deja de pensar en sí mismo cada que se relaciona con alguien. Lucy no deja de pensar en ella y en el final, que es su final, a pesar de que Jake se esfuerza por “entretenerla” –o prepararla– en el camino a la casa de sus padres. Ella disfruta de su abstracción, sin embargo, valora las atenciones de Jake. Ella cree que su novio es tierno, como cuando se interesa en el poema inédito que ella escribió. Jake le pide lo recite. Lucy dice que no, pero solo finge. Ella recita. Ella y su ego. El poema habla sobre lo terrible que es retornar a casa, la presión de enfrentarte nuevamente con los que te has criado y observas cómo has envejecido. “Es como si hablara de mí”; dice Jake. Lucy pensará que es lindo que Jake piense y sienta como ella. Pero el hecho es que, literal, el poema habla sobre Jake. Está sucediendo: es el hijo que regresa a casa, un acto odioso, terrible, pero, a fin de cuentas, una necesidad de retornar. Lucy y Jake son los mismos.
Pero no nos olvidemos de Lucy, quien se reconoce en una fotografía pegada en el muro de la casa de infancia de Jake. Coincidencia o apropiación; sea lo que sea, Kaufman converge a todos estos personajes –o los pone a alucinar–, a fin de dar sostén a ese goce de naturaleza sádica en donde la memoria es una suerte de cruz que está por todas partes, en donde menos lo imaginas. Lucy y Jake ven sus recuerdos por todas partes, y les duele, pero ellos van hacia estos. Y, en paralelo, no dejan de imaginarse su futuro, ellos languideciendo, imaginando sus finales, el de sus padres o el de los padres de su pareja, que bien llegaría a ser lo mismo. Existe la posibilidad que mucho de lo que sucede en la granja de los padres de Jake no aconteció, y solo fue Lucy/Jake pensando, imaginándose el final de los dueños de casa. A veces los vemos rejuvenecidos. Pueda que sea la reminiscencia de Jake como también un invento de Lucy, invento que por cierto no se aleja de su propia biografía. Tomemos en cuenta que Lucy y Jake parecen ser conscientes que tienen mucho en común. Son apenas seis semanas que ellos están juntos, pero Lucy se atreve a afirmar que siente como si hubiera estado con él toda una vida.
domingo, 6 de septiembre de 2020
3 Frontera Sur: Vermelha (Foco: Ficciones Fronterizas)
Una movida estimulante y
extraña está sucediendo en el cine brasileño independiente. Pienso en dos
producciones recientes: Azougue Nazaré
(2018) y A febre (2019). Sendos
filmes establecen un contenido realista que posteriormente converge con tópicos
propios del cine fantástico, pero de una manera ciertamente extravagante. No me
estoy refiriendo a un sentido como lo han venido aplicando el dúo Marco Dutra y
Juliana Rojas, que es más bien un estado de rutina que se desplaza a lo
surreal. Las óperas primas de Tiago Melo y Maya Da-Rin nos presentan retratos
sociales o hasta costumbristas, lo que invita a observar, y además reflexionar,
sobre el panorama social de los entornos en cuestión. En Azougue Nazaré, vemos tradiciones en confrontación; en A febre, tenemos a comunidades (o
estilos de vida) repeliéndose. Ahora, luego de asentarse ese cuestionamiento,
las dos películas manifiestan un quiebre de eso que figuraba como una imagen puramente
real, “nueva realidad” que, en cierta manera, complementa la lectura del estado
de tensión inicial. Ese quiebre es casi una jugada abrupta, transgresora. Es un
burla a la mirada “documental” que se embarranca a lo puramente ficcional y
alegórico.

Vermelha (2019), de Getúlio Ribeiro, se alinea a esta fila. En principio, tenemos el descubrimiento de una rutina. En efecto, esto no la refiere necesariamente a un retrato social. Sin embargo, es el modo de registro, el acercamiento casi íntimo y personalizado, que en una secuencia se atreve además a hacerse pasar por un documental, que define como realista a su contenido y me tienda de paso a relacionarlo con el cinema verité. Lo cierto es que de manera sutil se ha ido construyendo algo que la desvía de una contemplación objetiva. Acontecimientos ponen en duda la naturaleza de las cosas. La dirección nos va empujando a lo enigmático, y era algo que desde un inicio ya se estaba preparando, a propósito de los comentarios aparentemente intrascendentes de los personajes hablando sobre la luna y cuándo es que deben de cortarse el cabello. Una escena de lucha parece una situación tan absurda como irreal que finalmente pone en evidencia las intenciones de Getúlio Ribeiro, quien estimula la proposición de su trama en base a los espacios y el ambiente, así como las breves referencias que hacen sus protagonistas. Hay mucha libertad en el gesto enigmático de esta propuesta.




























