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lunes, 28 de marzo de 2022

CPH:DOX 2022: El gran movimiento (Artists & Auteurs)

El pasado miércoles 23 inició una nueva edición del Festival internacional de Cine Documental de Copenhague, CPH:DOX. Va hasta el 3 de abril su celebración presencial, continuado por su formato digital hasta el 10 de abril.

Dos ingredientes son los que retoma Kiro Russo en su nueva película: la imagen del irreflexivo Elder (Julio Cesar Ticoa) y una estilística fílmica inspirada en el cine soviético. En Viejo calavera (2016), sendos construían la fuerza dramática en la historia sobre mineros gestando una incidentada rebelión en medio de carencias y divisiones. A pesar de que el conflicto por sí solo nos hacía referencia a las épicas de las masas trabajadoras “cantadas” por Aleksandr Dovzhenkko o Sergei Eisenstein, aquí más bien lo coral está enlodado por un halo trágico y enfermizo. Ahí es donde entran en acción esos dos agentes revisitados por el director, los mismos que desalientan la pugna sindical y de paso contaminan -o hasta maldicen- todo el alrededor. En tanto, se podría decir que El gran movimiento (2021) no solo es la continuación de esta historia, sino la extensión de un drama que se ha expandido hasta el territorio de la urbanidad. Russo desciende metros sobre el nivel del mar y parece anunciarnos que no existe mucha diferencia entre la ciudad y las alturas mineras de Chuachuani. Los personajes y sus peripecias siguen siendo los mismos. Lo único que ha cambio es el escenario. El argumento inicia con un bloque de mineros proclamando sus derechos. En complemento, no dejamos de oír rumores de la represión policial mezclados con las arengas sindicales. Esta es una película que hace mucho ruido.

Pero hay algo antes de la introducción argumental. El gran movimiento se abre con una suerte de prólogo o reconocimiento a la ciudad: contempla la mezcla de texturas, colores y superficies metálicas que hacen reflejo a un espacio difuso y uniforme. De igual manera, el sonido diegético hace también su “acto de presencia”. La urbanidad es tan accidentada, tanto visual como sonoramente. Esa ambientación y actividad nos recuerda a la rutina maquinal en los socavones mineros en Viejo calavera. Siguiendo con el argumento, Russo mueve a la revolución en el área donde se concentra el poder. Es por esa razón que aquí recién es que se percibe la brecha social desde las alturas de los teleféricos. Ahora, lo cierto es que en este su segundo largometraje, el director boliviano no opta por montar una nueva aventura sindical o representar una lucha de clases. Esos cuadros están en un segundo plano; en tanto, Elder, así como otros personajes de una clase laboral baja que se mueven dentro de esta urbanidad, están en un primer plano. Si bien El gran movimiento hace un panorama a las rutinas laborales de un sector de la comunidad boliviana, salvo por la secuencia de la protesta, no hace más que sugerir un estado de demanda.
En Viejo calavera, hay un discurso ideológico de primera mano. En esta continuación no lo hay. En su lugar, los síntomas o achaques del negligente Elder se convierten en alarmas o reclamos sociales. Algo se está muriendo, consecuencia de la falta de trabajo y un exilio forzado. Es recién a partir de aquí que Elder figura como una víctima clara de un sistema desigual. Tal vez el hostigamiento de alcohol y la desidia que expedía en las minas de Chuachuani durante Viejo calavera, son efectos del desamparo social. Tal vez este hombre nunca fue negligente por razón propia. Vemos así entonces la historia de un toque de fondo, la degradación -o hasta consumación- de un hombre sin oportunidades que será rescatado producto de una epifanía a manos de un salvador místico perteneciente a su misma clase. Pero no es esa historia que representa a la agonía de una colectividad lo más atractivo de El gran movimiento. Kiro Russo, si bien hace un retrato sobre la postergación, alternamente, hace un culto a este escenario y sus protagonistas. Crucial es la banda sonora y la mezcla de sonido que entabla una oda al espacio, tal como décadas atrás lo hacía Walter Ruttmann en su Berlin Die Sinfonie Der Grosstadt (1927) inspirándose en el formalismo de Dziga Vertov. Las últimas secuencias de El gran movimiento son sin duda un tributo al cine de este director soviético, a propósito del montaje visual y sonoro en un estado de éxtasis.

sábado, 3 de diciembre de 2016

4to Festival Transcinema: Viejo calavera

El día de ayer se inauguró la cuarta edición del Festival Transcinema. Las funciones van hasta el 9 de diciembre. Aquí nuestra primera crítica, y además una de las que no deben perderse.

Si nos remontamos al cine soviético durante su etapa muda, Viejo calavera (2016) resulta una propuesta apasionante. El solo hecho que un sindicato de mineros (protagonizado por miembros “reales” pertenecientes a un sindicato en Huanuni, Bolivia) se convierta en uno de los focos temáticos de este filme, a propósito de sus demandas laborales contra el Estado, hace referencia a un argumento de discursiva laboral que, por ejemplo, ejerció un director como Serguei Eisenstein mediante el uso de actores no profesionales y el emprendimiento de un cine colectivo y social comprometido, reconociendo a una sociedad desprotegida como un solo protagonista, a consecuencia de la desigualdad de clases. El protagonismo de los exteriores en la película del boliviano Kiro Russo tiene además una carga dramática también provocada en el cine soviético. Es la naturaleza exterior como el plató por excelencia que de alguna forma personifica a los protagonistas que están inmersos en esta.
Viejo calavera inicia con la presencia conflictiva de Elder, un joven de malos hábitos y costumbres. Su salida de la ciudad y retorno a Huanuni acontecerá luego que su padre falleciera por consecuencias trágicas. A partir de entonces, veremos al perturbado Elder desencajando dentro de las labores de esta austera comunidad compuesta por trabajadores del sector minero. Russo desde un principio promueve una estética visual a través de los contrastes provocados por la fotografía que explora la nocturnidad que transita de la artificialidad estridente de una discoteca a la composición elegiaca de las montañas, en donde, por ejemplo, vemos clamar a una madre ante la ausencia de su hijo. Ya más adelante, esa atmósfera anímica se alinea a un asunto decadente, pero también de tensión. Además de ver a Elder sometiéndose a rigurosas terapias de alcohol, observamos de cerca a ese segundo protagonista de la historia. Es el sindicato minero ejecutando reuniones a fin de compartir sus intereses laborales y de paso exponer sus molestias ante la llegada del muchacho que está provocando un malestar general.
De pronto es importante notar que el escenario de aquellas reuniones se da lugar en las entrañas de las minas. Es esta misma clandestinidad la que descubre las fronteras espaciales que la dividen de sus antagonistas estatales, a quienes reclaman calidad de vida dentro de un oficio que va en vía de lo incierto. Ahora, lo curioso es esa contraparte, la representada por Elder, quien, a pesar de haber sido acogido por la comunidad minera, no deja de autodestruirse y generar el estrés entre sus “compañeros” (nótese ese apelativo que parece haber sido prestado de la discursividad socialista). Así como en Octubre (1928) existen “topos” o agentes externos que comienzan a desnaturalizar a la comunidad desde dentro y que es necesario expectorar. Viejo calavera alude también a esas generaciones irreflexivas, agentes de malos hábitos (que, contradictoriamente, hasta cierto aspecto, los viejos parecieron haberles heredado). Kiro Russo realiza un filme arriesgado y sugerente. No dejo de pensar en esos instantes en donde vemos a las maquinarias mineras haciendo lo suyo mediante un juego de sobreimpresiones; técnica muy explotada en el cine mudo en general. Fue el cine soviético además el que otorgó a la máquina un significado simbólico.