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jueves, 4 de agosto de 2022

26 Festival de Lima: El visitante (Competencia Ficción)

Lo más atractivo de la película de Martín Boulocq es cuando el protagonista se sirve del discurso evangélico de su suegro para despegar su emprendimiento. Por un lado, es una mirada crítica a sobre cómo dicha práctica comunitaria se inspiró de las dinámicas de un sistema capitalista para robustecer sus arcas a partir de la explotación de “la palabra de Dios”. Por otro lado, no deja de ser una mirada irónica a las dialécticas de los líderes mercantes y su sistema de masificación de obreros, quienes no están lejos de comportarse como borregos convocados por una secta. Lo resto de El visitante (2022) tiene de conocido. Humberto (Enrique Araoz) se reinserta a la sociedad y va en busca de su redención: recuperar a su hija. Lo cierto es que no la tendrá fácil a causa de un viejo resentimiento que viene de los tutores de la niña, sus exsuegros. Esta es una historia que combina un trauma familiar y un choque de ideologías. Aunque la película nos orienta a observar a Humberto como víctima de ambos conflictos, es el personaje de la hija que se perfila como la gran damnificada. Hasta cierto punto, la menor estará en una doble encrucijada. En tanto, su padre se verá relegado a un fracaso personal. Aunque El visitante cierra con un aire de frustración, no deja de tener un final abierto.



lunes, 28 de marzo de 2022

CPH:DOX 2022: El gran movimiento (Artists & Auteurs)

El pasado miércoles 23 inició una nueva edición del Festival internacional de Cine Documental de Copenhague, CPH:DOX. Va hasta el 3 de abril su celebración presencial, continuado por su formato digital hasta el 10 de abril.

Dos ingredientes son los que retoma Kiro Russo en su nueva película: la imagen del irreflexivo Elder (Julio Cesar Ticoa) y una estilística fílmica inspirada en el cine soviético. En Viejo calavera (2016), sendos construían la fuerza dramática en la historia sobre mineros gestando una incidentada rebelión en medio de carencias y divisiones. A pesar de que el conflicto por sí solo nos hacía referencia a las épicas de las masas trabajadoras “cantadas” por Aleksandr Dovzhenkko o Sergei Eisenstein, aquí más bien lo coral está enlodado por un halo trágico y enfermizo. Ahí es donde entran en acción esos dos agentes revisitados por el director, los mismos que desalientan la pugna sindical y de paso contaminan -o hasta maldicen- todo el alrededor. En tanto, se podría decir que El gran movimiento (2021) no solo es la continuación de esta historia, sino la extensión de un drama que se ha expandido hasta el territorio de la urbanidad. Russo desciende metros sobre el nivel del mar y parece anunciarnos que no existe mucha diferencia entre la ciudad y las alturas mineras de Chuachuani. Los personajes y sus peripecias siguen siendo los mismos. Lo único que ha cambio es el escenario. El argumento inicia con un bloque de mineros proclamando sus derechos. En complemento, no dejamos de oír rumores de la represión policial mezclados con las arengas sindicales. Esta es una película que hace mucho ruido.

Pero hay algo antes de la introducción argumental. El gran movimiento se abre con una suerte de prólogo o reconocimiento a la ciudad: contempla la mezcla de texturas, colores y superficies metálicas que hacen reflejo a un espacio difuso y uniforme. De igual manera, el sonido diegético hace también su “acto de presencia”. La urbanidad es tan accidentada, tanto visual como sonoramente. Esa ambientación y actividad nos recuerda a la rutina maquinal en los socavones mineros en Viejo calavera. Siguiendo con el argumento, Russo mueve a la revolución en el área donde se concentra el poder. Es por esa razón que aquí recién es que se percibe la brecha social desde las alturas de los teleféricos. Ahora, lo cierto es que en este su segundo largometraje, el director boliviano no opta por montar una nueva aventura sindical o representar una lucha de clases. Esos cuadros están en un segundo plano; en tanto, Elder, así como otros personajes de una clase laboral baja que se mueven dentro de esta urbanidad, están en un primer plano. Si bien El gran movimiento hace un panorama a las rutinas laborales de un sector de la comunidad boliviana, salvo por la secuencia de la protesta, no hace más que sugerir un estado de demanda.
En Viejo calavera, hay un discurso ideológico de primera mano. En esta continuación no lo hay. En su lugar, los síntomas o achaques del negligente Elder se convierten en alarmas o reclamos sociales. Algo se está muriendo, consecuencia de la falta de trabajo y un exilio forzado. Es recién a partir de aquí que Elder figura como una víctima clara de un sistema desigual. Tal vez el hostigamiento de alcohol y la desidia que expedía en las minas de Chuachuani durante Viejo calavera, son efectos del desamparo social. Tal vez este hombre nunca fue negligente por razón propia. Vemos así entonces la historia de un toque de fondo, la degradación -o hasta consumación- de un hombre sin oportunidades que será rescatado producto de una epifanía a manos de un salvador místico perteneciente a su misma clase. Pero no es esa historia que representa a la agonía de una colectividad lo más atractivo de El gran movimiento. Kiro Russo, si bien hace un retrato sobre la postergación, alternamente, hace un culto a este escenario y sus protagonistas. Crucial es la banda sonora y la mezcla de sonido que entabla una oda al espacio, tal como décadas atrás lo hacía Walter Ruttmann en su Berlin Die Sinfonie Der Grosstadt (1927) inspirándose en el formalismo de Dziga Vertov. Las últimas secuencias de El gran movimiento son sin duda un tributo al cine de este director soviético, a propósito del montaje visual y sonoro en un estado de éxtasis.

sábado, 10 de octubre de 2020

27 Festival de Valdivia: Chaco (En Competencia)

 “El corazón de las inieblas” boliviano. El director Diego Mondaca hace una introducción oscura a un evento histórico. Chaco (2020) no apunta a ser un filme bélico, el de la confrontación de dos bandos o los apuntes de una ideología patriótica, a propósito de la guerra entre Bolivia y Paraguay. Su historia se sitúa en un momento en que el conflicto era vigente, sin embargo, los padecimientos que esta sugiere parecen ser un anticipo de las consecuencias de la batalla. Es decir, ni si quiera el conflicto ha acabado, pero ya estamos viendo los rastros de la miseria, la cristalización de la locura o efectos postraumáticos, todos esos daños colaterales que implica la confrontación entre dos naciones o más. Ahora, por muy curioso o contradictorio que sea, esos efectos surgen por el estado de guerra, mas no por la acción en sí. Mondaca narra la marcha de una milicia en busca de un enemigo que nunca encuentra, pero eso no los libra de una batalla que pone en riesgo sus cuerpos y sus juicios.

Chacho se alinea a las películas en donde los disparos o bombardeos son reemplazados por agresiones del clima o las emocionales, las imperceptibles o sugerentes, aunque no por eso menos trágicas. Aunque los personajes se encuentren a campo abierto, es como si estos estuvieran confinados a vagar dentro de un perímetro cercado. Es la convivencia forzada de un grupo de soldados que, apuntando a la lógica del encierro, en algún momento comenzarán a imaginarse cosas. Mondaca reflexiona sobre cómo el marco de guerra distorsiona las mentes y programa a las huestes a reconocer a un enemigo, y si este no aparece, se lo imaginan, por ejemplo, tomando como base sus resentimientos o miedos sociales o culturales. No es gratuito que este pequeño regimiento de aymaras o quechua hablantes esté dirigido por un alemán. A propósito de la naturaleza lingüística de sus personajes, Mondaca pronostica las barreras que dividen a un mismo bando. Las condiciones reales o cotidianas de esta sociedad están destinadas a generar un conflicto interno que será un polvorín.
Chaco narra la historia del discernimiento cuesta abajo, algo que de hecho ya se orientaba desde el principio de la película tras la intempestiva aparición de una lluvia que alivió la tranquilidad del pequeño regimiento desorientado en un área de extensión desértica. La reacción de los beneficiados equivale a la experiencia frente a un acto prodigioso. Algo que no se repetirá ni en visiones. En su lugar, contemplamos actos de hostilidad entre algunos hombres, la carencia de alimentos y sobretodo situaciones extrañas. Las acciones más curiosas devienen de la relación entre el alemán y el asignado para repartir la comida. Es como una relación entre el amo y el servil, una proyección de cómo funcionan las dinámicas del poder dentro del campo de batalla, siendo el segundo un móvil sumiso, presto a seguir órdenes, a pesar de que estas no manifiesten objetivos o razones claras. Los que obedecen están hundidos en un estado de catatonia, bloqueo de lo moral y lo real, síntoma que en cierto momento de la película también recaerá en el amo, pues, después de todo, ese mismo también es un servil más dentro de la guerra.

sábado, 8 de diciembre de 2018

VI Transcinema: Algo quema

El director Mauricio Ovando mediante su documental sigue la tradición de sucesores afrontando las culpas ejecutadas por sus predecesores. Él es el nieto del general Alfredo Ovando Candia, militar y político boliviano que estuvo al frente de la ejecución del Che Guevara, acusado de numerosos actos de represión durante cuatro gobiernos al que se incluye un acto de magnicidio. Mediante la recopilación de filmes caseros, el menor Ovando (re)construye el perfil del personaje amado por una familia, el patriarca amoroso y compasivo que ponía a su familia sobretodo. Asentada la imagen, la historia toma acción. Son los noticieros, diarios y grabaciones públicas las que comienzan a contradecir esa definición.
Algo quema (2018) obviamente no desea hacer un retrato biográfico asumiendo las dos posturas hacia el abuelo del director. El documental de Mauricio Ovando se resuelve en respuesta a un conflicto y trauma familiar/personal. Algunos de los familiares se disponen a hablar del militar en tono de mea culpa. Es un modo de descargo público frente a un pasado que fue difuso para los hijos y nietos no enterados al historial del político dentro de la convivencia. El final del filme es prueba de eso: puro dolor y vergüenza ajena ante lo que es irreparable.

sábado, 3 de diciembre de 2016

4to Festival Transcinema: Viejo calavera

El día de ayer se inauguró la cuarta edición del Festival Transcinema. Las funciones van hasta el 9 de diciembre. Aquí nuestra primera crítica, y además una de las que no deben perderse.

Si nos remontamos al cine soviético durante su etapa muda, Viejo calavera (2016) resulta una propuesta apasionante. El solo hecho que un sindicato de mineros (protagonizado por miembros “reales” pertenecientes a un sindicato en Huanuni, Bolivia) se convierta en uno de los focos temáticos de este filme, a propósito de sus demandas laborales contra el Estado, hace referencia a un argumento de discursiva laboral que, por ejemplo, ejerció un director como Serguei Eisenstein mediante el uso de actores no profesionales y el emprendimiento de un cine colectivo y social comprometido, reconociendo a una sociedad desprotegida como un solo protagonista, a consecuencia de la desigualdad de clases. El protagonismo de los exteriores en la película del boliviano Kiro Russo tiene además una carga dramática también provocada en el cine soviético. Es la naturaleza exterior como el plató por excelencia que de alguna forma personifica a los protagonistas que están inmersos en esta.
Viejo calavera inicia con la presencia conflictiva de Elder, un joven de malos hábitos y costumbres. Su salida de la ciudad y retorno a Huanuni acontecerá luego que su padre falleciera por consecuencias trágicas. A partir de entonces, veremos al perturbado Elder desencajando dentro de las labores de esta austera comunidad compuesta por trabajadores del sector minero. Russo desde un principio promueve una estética visual a través de los contrastes provocados por la fotografía que explora la nocturnidad que transita de la artificialidad estridente de una discoteca a la composición elegiaca de las montañas, en donde, por ejemplo, vemos clamar a una madre ante la ausencia de su hijo. Ya más adelante, esa atmósfera anímica se alinea a un asunto decadente, pero también de tensión. Además de ver a Elder sometiéndose a rigurosas terapias de alcohol, observamos de cerca a ese segundo protagonista de la historia. Es el sindicato minero ejecutando reuniones a fin de compartir sus intereses laborales y de paso exponer sus molestias ante la llegada del muchacho que está provocando un malestar general.
De pronto es importante notar que el escenario de aquellas reuniones se da lugar en las entrañas de las minas. Es esta misma clandestinidad la que descubre las fronteras espaciales que la dividen de sus antagonistas estatales, a quienes reclaman calidad de vida dentro de un oficio que va en vía de lo incierto. Ahora, lo curioso es esa contraparte, la representada por Elder, quien, a pesar de haber sido acogido por la comunidad minera, no deja de autodestruirse y generar el estrés entre sus “compañeros” (nótese ese apelativo que parece haber sido prestado de la discursividad socialista). Así como en Octubre (1928) existen “topos” o agentes externos que comienzan a desnaturalizar a la comunidad desde dentro y que es necesario expectorar. Viejo calavera alude también a esas generaciones irreflexivas, agentes de malos hábitos (que, contradictoriamente, hasta cierto aspecto, los viejos parecieron haberles heredado). Kiro Russo realiza un filme arriesgado y sugerente. No dejo de pensar en esos instantes en donde vemos a las maquinarias mineras haciendo lo suyo mediante un juego de sobreimpresiones; técnica muy explotada en el cine mudo en general. Fue el cine soviético además el que otorgó a la máquina un significado simbólico.

jueves, 30 de mayo de 2013

II FIACID: Pacha (Competencia Internacional)

La historia de un pequeño lustrabotas se debate entre sus vivencias en tiempos de la efervescencia social y sus viajes oníricos hacia un espacio donde se reencuentra consigo mismo y con su alrededor. Pacha (2012), de Héctor Ferreiro, más que una trama, adapta un discurso sobre la eterna confrontación entre lo mundano y lo intangible. Es como el viaje de Dante a los círculos que nos aguarda después de la muerte, un lugar donde se reconocen los pecados del mundo, solo que también hay un reconocimiento a la Cosmogonía Andina, sobre sus deidades y los respetos hacia un origen extraviado. Todo esto sin embargo se hace extenso y repetitivo, plagado de simbolismos desgastados (cementerio es a muerte, paños de oro es a una deidad, carteles y pintas como mensajes subliminales) y líneas que no poseen la vitalidad al margen del lirismo representado. Fácilmente este pudo haber funcionado más como cortometraje.