miércoles, 2 de enero de 2013

Una aventura extraordinaria (o Life of Pi)

Artículo publicado originalmente en Cinespacio.

Dado que ya muchos han comentado sobre los efectos visuales de Una aventura extraordinaria, de lejos lo más logrado del filme, nos centraremos en hacer análisis de su argumento.

Una constante en la fílmica de Ang Lee es sobre el tema del romance, el idílico y el tortuoso, aquel que tiene mucho de inocente o que representa el símbolo de la carnalidad. Por un lado están Sentido y sensibilidad (1995) o El tigre y el dragón (2000), mientras que por otro La tormenta de hielo (1997) o Crimen y lujuria (2007). Alternamente, Lee construye tanto a los personajes como a sus ambientes en base a precedentes. Es la necesidad de promover una radiografía social o coyuntural de una época en cuestión. Adaptar un evento o situación, implica que el director indague y respete las clausulas del mundo o cosmos al que hace referencia. En Hulk (2003), por ejemplo, antes de retratarse al monstruo verde, se rescata al hombre atormentado por su pasado, el mismo que posteriormente parece autodestruirse en medio de una coyuntura científica muy controversial.
Una aventura extraordinaria (2012) está al margen de esta frecuencia. Ang Lee adapta una historia sobre una ruta de aprendizaje en base al testimonio de sobrevivencia de Pi (Suraj Sharma), un joven que naufragó en una mínima embarcación junto a un tigre de bengala por más de 200 días, en medio de los bravos oleajes y el clima agreste de la naturaleza oceánica. Cual pasaje bíblico de Job, Lee sostiene su filme bajo un código de fe, uno que por cierto ha pasado por una serie de territorios religiosos, desde los más mundanos hasta los más conservadores. Es decir, la película no busca confrontación ni duda religiosa. La infancia y madurez de Pi logra captar lo que en principio o en términos generales desea germinar toda religión: la búsqueda de la fe. Vishnú, Alá, Buda o Dios son deidades que en la realidad traen bajo el brazo leyes o mandamientos. En este mundo, son estas presencias intangibles el único centro de atención.

El pequeño Pi, más que dialogar con cuestiones existenciales, dialoga con las cuestiones humanísticas o terrenales. Es así como los dioses se vuelven superhéroes a admirar, seres dignos de ser seguidos en referencia a sus historiales míticos o bíblicos. Ang Lee limpiamente empuja al espectador a admirar una perspectiva que no te persuade o te hipnotiza, actitud que podría esperarse de un fanático o predicador dispuesto a extenderte su religión, según ellos, la ideal o más acertada. Frente a este discurso pasivo, Una aventura extraordinaria construye una historia práctica y didáctica, de citados amenos, anécdotas graciosas, llenas de inocencia y mucho aprendizaje. Es la mecánica que Robert Zemeckis hizo en Forrest Gump (1994) y que luego Danny Boyle imitaría con menos ingenio en Slumdog Millionaire (2008). Lee, sin embargo, solo usa dicha narrativa para la antesala de su filme. La historia del naufragio, tema central de la película, traerá al recuerdo otro filme de Zemeckis, esto gracias a la presencia del tigre de nombre Richard Parker, el “elemento” que mantuvo cuerdo al “Robinson Crusoe hindú”.
No existe diferencia entre Wilson del Náufrago (2000) y el tigre de bengala de Una aventura extraordinaria, al menos eso nos da a entender el final de la película. Wilson, para el personaje de Tom Hanks, es el símbolo de la desesperación por mantener activo los estamentos de la sociabilidad. Mantener en actividad dicha aptitud nos provoca a despistarnos del fracaso o el extravío. Pi en su adultez reflexiona y dice que si no fuera por Richard Parker, tal vez nunca hubiera sobrevivido. En lectura existencial, el fin de la sociedad es el principio del fin del hombre, y eso ambos náufragos lo sabían. Una aventura extraordinaria, si bien posee una lectura interesante sobre el naufragio o la fe, es la conclusión de su historia la que termina por desbaratar lo construido al poner en cuestión lo que fuimos testigos. Posiblemente, esto con la intención de provocar una sensación parecida a lo sucedido en El gran pez (2003), solo que en el filme de Tim Burton la premisa de la imaginación ameritaba recrear una versión falsa y otra oficial. Ang Lee visualmente realiza un filme logrado, muy alegórico, pero con un final que al abrir una historia alternativa, puede decepcionar, resultando ya no una historia extraordinaria, sino una simple parábola.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Lo mejor en la cartelera comercial 2012

Encantado sería presentar una “Lista de los 10 Mejores Estrenos del 2012”, lo incomodo es forzar o adulterar una. Nuevamente al mismo drama anual, la cartelera peruana es cada vez más deficiente, lo que no invita a fabricar una lista de 10. Ante todo, es preciso separar lo bueno de lo mejor. Es decir, la siguiente lista que presentamos, corta y diminuta, está compuesta por películas que difícilmente se nos irá de la mente. Personalmente, desde la primera vez que las vi, el encanto aún no se ha desvanecido. Ha habido buenas películas, aquellas que tienen buenas escenas, buenos actores, gratos momentos, pero que sin embargo con el tiempo dichos conceptos se han ido debilitando, más no han desaparecido, eso sí.

Entre ellas Un zoológico en casa, Los descendientes, 50/50 o Un método peligroso, no más. Son películas que de todas formas valen mencionar porque hay una brecha donde se filtra una simpatía especial, casi sentimental, aunque no por eso no dejamos de apartarlas de un grupo que merece una mención especial. Pero antes de esto, hagamos un recuento veloz sobre lo que nos trajo la cartelera limeña este año.  Para ser más directos y referenciales, un rápido recuento de los filmes ajenos a Hollywood que han despegado en nuestra cartelera. Estos son por orden descendente: España 11, Francia 6, Noruega 3, Chile 3, Italia 2, Argentina 2, India 1, Uruguay 1, Dinamarca 1, Colombia 1, Holanda 1, México 1, Alemania 1. Para no crear vanas ilusiones, España y Noruega han traído en mayoría filmes de terror, ninguno de ellos con mucha consistencia. Francia, asimismo, llegó con sus estrenos más comerciales. La fílmica asiática casi ausente.

El cine nacional ha estrenado 8 películas. Sin ambages, no ha sido un buen año para la fílmica peruana en referencia a este grupo. El buen Pedro, de Sandro Ventura, ya lo habíamos dicho, sobresale de este grupo. Así como está, sin premios o reconocimientos pomposos, es una película lograda. Alterno a la cartelera, Omar Forero con su doble estreno no comercial, El ordenador y Chicama, promete. Decir más, es hablar demás. Estos son los Mejores Estrenos de este año, sin orden de preferencia:


La piel que habito
Un obsesionado con la piel, el deseo y el recuerdo ha creado su versión de Frankenstein, una que en vista no es defectuosa, pero que alberga un oscuro secreto, igual de perverso, igual de macabro. Pedro Almodóvar en La piel que habito hace juego de un género que se entrecruza con el melodrama, el thriller y el terror. Siguiendo la escuela de Alfred Hitchcock, este filme construye de manera inteligente una historia que dispone de forma sugerente la mentalidad retorcida de sus personajes. Es pues una versión perturbadora y grotesca, la misma que se desborda hasta el punto de aflorar en los rostros; el curso de la ética biogenética.
Chronicle
El director Josh Trank y el guionista Max Landis, por encima de recrear un filme espectacular, adaptan una historia sobre la concepción de los héroes y los villanos. Al margen de la convencionalidad de las películas de superhéroes, el filme busca como primera necesidad indagar la psicología humana, aquella que carga dramas y frustraciones, la misma que se sana o termina por arrastrarte. Chronicle inicia como un cuento de hadas y finaliza como una historia de terror. Es el acercamiento al ser que desde sus orígenes estuvo corrompido, convirtiendo el “don” en un arma letal. Una película que abruptamente te vuelca de la simpatía a la perturbación.


El árbol de la vida
Apreciar con totalidad este filme, precisa de un seguimiento a priori de la filmografía de Terrence Malick, una que se alberga al ámbito existencial, sobre el origen no solamente del hombre, sino de la vida, de sus componentes y sus agentes. La historia de una familia en los suburbios es el bosquejo de lo que anteriormente el director ha explorado: el enfrentamiento interminable entre el bien y el mal. El árbol de la vida es la ruta del aprendizaje de esta dualidad, la convivencia inseparable con el bien y el mal, lo que se aproxima a través de las caricias o la tragedia en su versión más violenta. Un filme de una estética limpia.


Drive
El western y las películas de acción de los 80’s se ven reflejados en el filme de Nicolas Winding Refn, protagonizado por un personaje anónimo y sin pasado, rudo pero complaciente con sus protegidos. Drive es la historia de un sujeto bipolar e impredecible, dueño de una violencia implacable y de un sesgo piadoso. De día actor doble y mecánico de autos, de noche un hábil conductor y cómplice de atracos. A pesar de su trama convencional, el filme haya de la riqueza de este protagonista los usos precisos para desatar un potente filme de acción ambientado por una tensión calculadora sobre una mente retorcida enfrentándose a una mafia.



Moonrise Kingdom
La complejidad del diseño artístico, la teatralidad de encuadre rígido, los tonos vintage, el aire de música nostálgica y una historia de amor de verano, fugaz e imperecedera, son los componentes que Wes Anderson recicla y revitaliza en el que sería su filme más logrado. Moonrise Kingdom es el juego de las personalidades frustradas, sobre adultos estancados y niños transgrediendo reglas impuestas; unos resignados, los otros soñadores. Es la lectura pues de la resistencia a una vida monótona abstemia de metas improvisadas y un espíritu idealista aniquilado. Una película que combina finamente el humor cruel, dulce y perverso.


jueves, 20 de diciembre de 2012

El hobbit: Un viaje inesperado

Muchos años atrás, Peter Jackson fue responsable de una película que provocaba como efecto el título que llevaba por nombre. Su ópera prima Mal gusto (1987), no por el hecho de haber sido un filme de serie B, automáticamente se debía ganar la licencia de ser una película absurda, lerda y repugnante. Jackson parecía haber hecho su mejor esfuerzo y con esto lograr correspondientes méritos para merecerse dichos calificativos. El filme es satisfactoriamente gore, mas es pobremente una historia de extraterrestres, usurpadores de cuerpos. Ahora, como muchas cosas en la vida, el público es ocasionalmente relativo. Mal gusto, irónicamente, al tiempo se iría a convertir en un filme de culto en ciertos sectores anglohablantes.

Peter Jackson, hoy en día, es un director muy distinto al de años atrás, uno más ajustado a las mecánicas comerciales, con menos humor negro y más aliento épico (El señor de los anillos) o mítico (King Kong, 2005). Lo que no ha dejado de ser, es un experimentador visual. Desde las masas viscosas que alucinan a los cerebros destrozados en Mal gusto, pasando por los efectos espectrales en Muertos de miedo (1996), la revolución del CGI (Imágenes generadas por computadora) en el personaje de Golum y su post mejoramiento de técnica en el rostro del majestuoso simio King Kong. El hobbit: Un viaje inesperado (2012) es una mueva marca en el cine de este director, algo que para “beneficio” de la película, comentaremos como punto aparte. De aquí en adelante, evitaremos mencionar su anterior trilogía, mucho menos al libro del que se adapta esta última historia. Es lo que usualmente se debe procurar en toda crítica. El mínimo roce con la ficción escrita desvirtuaría el punto de vista fílmico.

El hobbit: Un viaje inesperado es el viaje de aventuras de Bilbo Bolsón (Martin Freeman) junto a un grupo de enanos y el mago Gandalf (Ian McKellan) en camino a recuperar el antiguo reino de los segundos arrebatado por el dragón Smaug. En el tramo se interpondrán criaturas míticas, se despertaran resentimientos, revivirán viejos rivales y, sobre todo, se gestará un equipo. Son pues los guerreros de poca monta junto a un hechicero oportuno y un “ladrón”, un seudo “as” bajo la manga. Un grupo que en inicio tendría las de perder, pero que a pesar se las ingenian para sobrevivir. Peter Jackson recrea además un mundo de espacios abiertos, ricos en ambientes medievales, lugares tramposos a manera de reto para los viajeros, parajes donde actuarán ciertos enemigos, unos más temibles que otros. Una que otra lucha, uno que otro combate. Lo cierto es que para que esto suceda, el director se toma su tiempo. E ahí el defecto del filme.

Independientemente de la extensión de la película, El hobbit: Un viaje inesperado no resuelve con ingenio los sucesos que van ocurriendo. Existe una variedad de momentos en que la historia debería recurrir a las elipsis, especialmente durante su  introducción, instantes en que los diálogos no aportan a la trama, son más las ganas de desplazarse a las bromas o a trabajar los estereotipos, recurso que está bien ser usado en un mundo en que cada especie tiene un rasgo distintivo, solo que Peter Jackson confunde lo descriptivo con la caricatura. Es así que somos testigos de las bravuconadas de los enanos, quienes visten barbas forjadas por distintos estilistas, está la competencia de eructos, el juego brusco, los cánticos de taberna, mientras el hobbit interpreta gestos de “comediante de serie”. Más adelante, un mago orate, trolls que nos traen a la memoria Los tres chiflados, un combate contra los orcos que más parece una persecución a lo Chaplin o Keaton, con gags incluidos. Lo único bueno de todo el filme, Golum (Andy Serkis) y dos titanes de roca. Lo demás, solo para fanáticos.

48 fps: la nueva tecnología, ¿bienvenida?
Ya lo dijimos más arriba, Peter Jackson es un director que crea aportes a la tecnología visual. El cine es visto por este autor como un medio que añora burlar la percepción del espectador. Es ese fragmento de imagen que de pronto confunde los límites de la ficción, sobre qué es real o qué es fantasía. Los gestos del simio Kong son sin duda una espectacularidad de señas que manifiestan emociones, evocando en las mentes más frágiles aquellas antiguas teorías de científicos darwinianos: “ciertamente, mi antepasado fue un mono…un incomprendido mono”. En efecto, el CGI renueva laureles en la nueva entrega de Jackson. Golum es la prueba infalible, nunca antes se le había visto tan arrugado y de gestos tan pronunciados, muy meditados, casi reales, casi humanos. Un punto más para Jackson.

Lo que viene a continuación es lo último de lo último. Es la reproducción de 48 fps (fotogramas por segundo), es decir, el doble de velocidad de lo normal, que es 24 fps. ¿Qué significa esto? La velocidad del nivel tradicional, además de ser superada, capta una percepción más cercana a la vista humana. La nitidez que promueve esta nueva fuente tecnológica, que captura el doble de la cantidad de información, provoca un género hiper-realista en los personajes y contextos. La piel y la textura están sobreexpuestas, visiblemente notorias al visor de la pantalla. No son los lentes oscuros, es la velocidad en que se reproducen las imágenes, que por cierto al inicio del filme el espectador presiente que está observando una versión acelerada. No se preocupe, es algo pasajero, luego uno se acostumbra. Ya más adelante uno recién comienza a cuestionarse.

¿Qué implica albergarse a un avistamiento más real? ¿Es esto impertinente para un ámbito tan irreal como el filme de Peter Jackson? Adentrarse a un marco más real, más “palpable”, por así decirlo, implica que el espectador de pronto sea burlado por su propia vista, lo que posiblemente ocurrió, por ejemplo, en el famoso corto Llegada del tren a la estación de La Ciotat (1895), de los Hermanos Lumiere, donde repentinamente el móvil parece salir de la pantalla. En pocas palabras, es el asalto de fronteras, de cómo la ficción por un momento invade el territorio de lo real. Los franceses de entonces al rato se rieron y se habrán sentido absurdos; reacción natural. Pero qué ocurre en El hobbit: Un viaje inesperado, una película hiper-fantasiosa, ¿será posible que logre ser hiper-realista? La respuesta es simple. Aspiración, a lo mucho. Es así como la tecnología se frustra frente a un elemento fílmico tan perceptible: el género. Usar un 48 fps es presuntuoso en un filme de dragones y orcos, sin embargo, en un documental o una videograbación de pasarela de modas, sería más lógica o adecuada.

¿Cuál sería el futuro de esta nueva tecnología? Se predeciría lo mismo que está sucediendo con el 3D. La recurrencia de su uso en películas innecesarias, aquellas que incluso, casi casi, pasan sus efectos desapercibidos. Eso sí, vale mencionar; El hobbit: Un viaje inesperado es la tercera película que hace el mejor uso en el efecto 3D, después de Avatar (2009) y Hugo (2011), pero en lo que se refiere al 48 fps, resulta ser una experiencia que intenta o, más bien, se esfuerza por recompensar esa carencia que el director no pudo adaptar a su trama. El buen guión o la simulación de grandes aventuras de pronto son reemplazadas por pieles suavizadas que se acercan a las imágenes de videojuegos, una continuidad de primeros planos, aquellos que el director redunda con intención de dar énfasis a una nueva tecnología que se estrena con un traspié.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Argo

Durante gran parte del filme, el protagonista principal de Atracción peligrosa (2010) intenta ocultar su verdadera identidad a su amada. Primero, porque ser descubierto sería una gran decepción para ella, y, segundo, porque esto implicaría arriesgar la vida de la joven. Con esto recuerdo una escena en donde el antagónico del filme está a punto de ser descubierto. Un tatuaje suyo está al descubierto. Una imagen que desbarataría el plan del protagonista principal y que, además, automáticamente pondría en peligro la vida de su conquista. Sin duda, una escena tensa. Argo (2012), tercer y último filme de Ben Affleck, es un hilo de tensiones. Una película que desde su inicio está destinada a gravitar por el suspenso que irá in crescendo.
Basada en la crisis de la toma de la Embajada de EEUU por militantes políticos iraníes, Argo concentra su argumento en el plan creado por Tony Méndez (Ben Affleck), agente de la CIA y experto en la extracción de rehenes en territorios extranjeros. Todo el argumento del filme consta básicamente en el proceso arriesgado que Méndez tendrá que accionar para sacar de Irán a seis de los trabajadores ocultos de las fuerzas políticas, quienes poco a poco van olfateando la ubicación de estos prófugos. A este plan se unen a la sociedad el maquillador John Chambers (John Goodman) y el productor Lester Siegel (Alan Arkin), personajes que insertan la cuota de humor en el filme. Alternamente a los hechos reales, esta es una estrategia fundamental en la historia de Affleck.
Argo se introduce con un preámbulo histórico para luego abrirse a un argumento más creativo, sobre cómo se construye la estrategia de Méndez y cómo sus compinches van colaborando en lo que mejor saben: construir algo ficticio, un filme. En medio de esto se dan citados a bromas, son las estrategias de Siegel por conseguir apoyo financiero, las de Chambers por ingeniarse a falsos directores o guionistas de cine. Paralelamente, los cautivos aguardan. Surgen entonces las siguientes interrogantes: ¿Saldremos a salvo?, ¿ese plan absurdo e inconsistente funcionará en realidad? Se va despertando el suspenso. Los últimos minutos del film son momentos de clímax. La tensión llega a su máxima expresión. Desde el recorrido de los auxiliados hacia un mercado populoso hasta su pase por la aduana.
Ben Affleck va desarrollando un lado cómico o entretenido, a medida que va construyendo o dilatando el suspenso. Ese es el logro de Argo. Invertir el género del espionaje light al catártico, el paso de la comedia a la tragedia. Lo cierto es que el director peca en aglomerar la tensión, hechos que se alinean uno tras otro, provocando una especie de cadena de infortunios que rozan con lo exagerado o simplemente desvirtúan el drama. Existe un momento en la etapa final de la película en que te esperas una nueva traba en la siguiente escena, lo que ciertamente ocurre y de paso reduce la sudoración y la sorpresa. El suspenso entonces es casi familiar, muy a pesar, a fin de cuentas, sigue siendo suspenso. Ben Affleck con esta última película se comienza a encasillar a un cine comercialmente correcto, es decir, el director convierte lo convencional en algo más elaborado, como la cita al hombre de familia y el espía, una vida frustrada y otra anónimamente gloriosa.

domingo, 11 de noviembre de 2012

Un Reino bajo la luna

Wes Anderson durante su filmografía ha sido creador de una encantadora serie de personalidades excéntricas, individuos hiperactivos –a la línea de su fetiche Owen Wilson– o sujetos casi inanimados –como roles cumplidos por Bill Murray, otro de sus fetiches–. Anderson es además un exquisito arquitecto escénico, lo que por cierto lo motiva a repetir primeros planos, encuadres donde se encierra a sus personajes junto a sus mundos bien maquillados, casi estridentes y aglomerados. Cada elemento u objeto bien cuadrado, será complemento fundamental para estos seres complejos e irreales. Lo cierto también es que Anderson ha sido promotor de pequeñas historias, aquellas que ciertamente se frustran a consecuencia de sus personajes, sujetos que van recreando sus relatos a medida que van improvisando sus acciones.
 
Rushmore (1998), a diferencia de otros filmes del director tejano, contenía una trama con un mayor atractivo. Anderson ante todo es un constructor de personalidades, es decir, un obsesionado a retratar perfiles o indagar intimidades antes que impulsar un argumento que apunta a lo ingenioso. No es extraño entonces que el director en pleno relato se vaya por las ramas a contar un trauma infantil de su protagonista. Anderson cree en los antecedentes, estos son material que enriquece y justifica a sus seres curiosos e incomprendidos. Es por esto que su tipo de cine es escaso de conflictos, trampas, giros dramáticos, y, en su lugar, es la recurrencia a usos que finalmente estan pendientes a la riqueza descriptiva de sus individuos.
 
El inicio de Moonrise Kingdom (2012) es, por ejemplo, las introducciones de Los excéntricos Tenenbaums (2001) o Vida acuática (2004), entradas que simulan a la puesta teatral, la presentación individual de los personajes más relevantes de la historia, es la cámara fija que pasea –sin perder el primer plano– por las habitaciones que varían sus escenarios a pesar de ser un mismo edificio. La decoración en cada habitación es la enorme brecha que diferencia a cada personaje de sus familiares o su grupo de boys scouts; muy a pesar, todos comparten similar velo absurdo propio del excentricismo que lidia con lo cómico, lo ridículo y lo agresivo. Los mundos de Anderson son mundos al revés, lugares donde el niño juega al adulto y el adulto se comporta como un niño, esto producto de sus temas fílmicos sobre las aspiraciones y las frustraciones en sus personajes.
 
Sam (Jared Gilman) y Suzy (Kara Hayward) tienen un plan, burlar la seguridad de sus actuales refugios para luego juntos escapar a un territorio inhabitado, virgen, sin normas o prejuicios que puedan frustrar la nueva y verdadera familia que piensan formar. Moonrise Kingdom es una historia de fugitivos, sobre los amantes prófugos de la ley, personajes idealistas y soñadores dispuestos a transgredir el orden si fuera necesario, como los protagonistas de Badlands (1973), agrediendo sin ser de una naturaleza agresiva, apenas violentando contra aquel que se le interponga en su camino, esto por dos razones fundamentales. Al igual que Anderson, Terrence Malick en su ópera prima coincide en recrear a un par de individuos sin cargo de culpa, es decir, seres cínicos, casi invadiendo el ámbito de lo perverso, mostrando actitudes malvadas que en Moonrise Kingdom funciona a modo de humor negro, mientras que en Badlands resulta ser un drama oscuro. A este comportamiento, sin embargo, existe una motivación.
 
Las historias de Wes Anderson siempre han retratado a personajes frustrados. En Bottle rocket (1996) un trío de inútiles deciden tener como oficio el asalto de bancos, en Rushmore un orgulloso estudiante intenta enamorar a su profesora, en Los excéntricos Tenenbaums años después una familia se vuelve a reunir desde el repentino abandono del patriarca, en Vida acuática un náutico retoma una expedición a raíz de la trágica muerte de uno de su tripulación. Anderson promueve sus argumentos fílmicos a partir de los traumas y frustaciones de sus personajes. Sam y Suzy escapan de sus realidades con una única motivación: liberarse de sus frustraciones. Aquello que usualmente viene a mano del círculo familiar, conformado por seres que de paso son también personajes frustrados y que encuentran un sentido en sus vidas frustrando las vidas ajenas.
 
Similar a otras de sus peliculas, existe una especie de frustración generacional en el último filme de Anderson. En Moonrise Kingdom los niños son adultos y los adultos parecen ser los seres más frágiles e incompletos, de metas truncas, viejos solitarios, seres resignados o incapaces de enmendar sus problemas, usando libros que den lecciones o desquitándose a hachazos con un viejo árbol; esto frente a los pequeños románticos, aventureros, de libros que hacen volar la imaginación, fumando pipas o apuñalando con tijeras para cortar hojas bond. A fin de cuentas, ambos seres frustrados, aunque son los menores quienes están en pie de lucha, ingeniándoselas para darle vuelta a sus soledades, producto de la orfandad real o simbólica.
 
Moonrise Kingdom es sin duda la mejor película de Wes Anderson. El director no ha abandonado sus constantes, al contrario. Su último filme se empeña en revitalizar esas marcas peculiares plagadas de encuadres rígidos, el diseño de interiores ajustado a las personalidades de sus protagonistas, una fotografía cargada y camaleónica aferrada al ambiente nostálgico-retro que despierta cada vez que el sol del ocaso tuesta a los personajes y sus escenarios. Anderson se sostiene de una banda sonora precisa a la trama del filme, usando pistas soft que enarbolan romanticismo o sinfónicas que se estructuran de similar forma a la introducción de su historia.
 
Lo mejor del filme es su trama, una que no decrece frente a la pluralidad de personajes, cada uno con sus propios detalles y complejos. Moonrise Kingdom es un retrato que evoca a los amores de verano, los melancólicos e irrepetibles. Es la mezcla de dulzura infantil y la precocidad cruel, los efectos de la nouvelle vague, sobre la libertad sin estribos y complejos, los que traen víctimas y demás heridos sentimentales. Es la reacción frente a la manipulación, frente al estancamiento. Es la inversa al modelo familiar, la negación de ser un frustrado más.

domingo, 4 de noviembre de 2012

¿Sabes quién viene? (o Carnage)

Cierto día dos niños de la edad de once años pelean. El resultado: uno de ellos ha sido herido en el rostro. Lo siguiente que sucede es la trama esencial de Carnage (2011), película dirigida por Roman Polanski que de una manera simple y amena reúne a dos parejas, padres de los niños, con la intención de conciliar roces y malentendidos provocados por sus inmaduros hijos; gesto que solo será al principio. Un mal karma ha comenzado a invadir la gentil conversación de estos sujetos que poco a poco van descubriendo sus franquezas e, incluso, sus puntos frágiles. Más que una historia, el último filme de Polanski  se acerca a la puesta en escena –no en vano es la adaptación de una obra de teatro–, una teatralización de un grupo de personas que dialogan y asumen facetas, rostros, estados y uno que otro comportamiento neurótico.
 
Roman Polanski se acerca al comportamiento sintomático de sus personajes, aquel que se va derivando a medida que esta historia puntual y minimalista se va dilatando sin la necesidad de hallar nuevos argumentos que compliquen la trama.  Carnage se limita de distintas formas, tanto en su historia como en su propio contexto. El ambiente teatral en esta película es inevitable, uno que posee su punto fuerte en la performatización de sus actores, bien escenificados e interpretados, cada uno con una gestualidad y un rol, en algunos casos engañosos o en otros siempre francos. Pero es esa teatralidad la que provoca también el estancamiento. A medida que la película ha avanzado ya tenemos una noción clara en cómo van a terminar las cosas. Entonces, lo que ocurra más adelante dependerá de dos puntos: el buen diálogo y la buena interpretación. El primero no parece tener el ingenio ocasional, mientras que lo segundo se va superando. Carnage no pasa de ser una sátira superficial.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Soul Kitchen

Dentro del marco del Festival del Cine Europeo, se presenta Soul Kitchen, de Fatih Akin, una de las películas más vistozas del programa. Aquí una reseña del filme.
 
Se dice que nuestras posesiones están ligadas a nuestra forma de vida; cierto o no, esta regla obedece a Zinos (Adam Bousdoukos), hombre de raíces griegas, habitante del suelo de Hamburgo, dueño de un restaurante “chiquero”, que de pronto su vida será un imán que atraerá todo lo negativo. Fatih Akin, director de origen turco, durante su corta y respetada filmografía siempre ha vivido fascinado de las vivencias de los migrantes en Alemania, aquellos que se mezclan en medio de una sociedad distinta, pero del que han sabido adaptarse. Akin cree en la culturalidad híbrida de ciertos individuos, es decir, aquellos personajes que además de resistirse a abandonar sus costumbres originarias, sean turcas, griegas o hindúes, están abiertos a las otras culturas. Alemania se vuelve así en un espacio multicultural, aquel que asimila una multitud de imaginarios sociales, incluyendo sus respectivos prejuicios, pero que de manera inconsciente han aprendido a convivir mutuamente.
 
Soul Kitchen (2009) es una ventana a este tipo de sociedad, una que muestra a una variedad de personajes nacidos en distintos puntos del mundo, todos reunidos bajo un mismo techo. A diferencia del estilo francés o africano que toma el tema de la migración como una referencia a la marginalidad o la otredad, Akin recrea en su lugar comicidad y encanto. Zinos y su grupo de amigos son el retrato ameno de las tragedias humanas de sujetos comunes y defectuosos que tienen que lidiar con las normas sociales –como todo el mundo– y con sus propios comportamientos. En este filme no existen más estigmas que los mismos prejuicios, algo que de paso no se juzga, sino que es parte de la misma rutina. Soul Kitchen es un filme lleno de optimismo, un homenaje a la música alternativa, al ambiente rústico y de passarella. Es la experimentación de lentes que revitalizan la profundidad, el zoom y demás efectos que avivan la imagen coloridamente pop de su cine.