viernes, 30 de marzo de 2018

Video Ensayo: Una lectura a La masacre en Texas

Los invito a ver este video ensayo que de seguro será el primero de muchos. No tendrán la frecuencia de las críticas, pero igual espero darle la mayor fluidez. La idea de este primero es que además sea una antesala a la próxima difusión de cursos online que ya se estará anunciando. Suscríbanse al canal por YouTube y en Vimeo, en donde también postearé lo que se vaya realizando. La presentación de este primer video ensayo es la siguiente:

Una lectura a La masacre en Texas (1974), de Tobe Hooper, desde la perspectiva de los villanos.

Sinopsis de La masacre en Texas: Un grupo de adolescentes citadinos viajan a una comunidad rural en Texas para visitar la antigua casa del abuelo de dos de sus miembros, sin saber que por la zona habita una familia de sádicos.


jueves, 29 de marzo de 2018

María Magdalena

Una versión que hace ajustes frente a la vigente, la cual asocia al personaje bíblico a los antecedentes de cortesana, redimiéndose por pecados cometidos y posteriormente pasando a ser parte del pasivo séquito de mujeres seguidoras del Mesías. María Magdalena (2018) narra días previos a la llegada de Jesús (Joaquin Phoenix) a Jerusalén yendo camino a su destino, en donde la presencia de María de Magdala (Rooney Mara), mujer repudiada por su familia y comunidad por razones distintas a la glosa “original”, no solo es protagónica sino imprescindible dentro de la historia. El director Garth Davis desarrolla una trama digna de ser vapuleada y vetada por los ortodoxos. María figura como un precedente feminista resistiéndose desde principio a lo que entonces se calificaba como parte de una tradición. Claro que queda como incógnita cuál es la naturaleza real del porqué la mujer se niega a esposarse con alguien a quien no ama. Lo que queda claro es que ese pensamiento o espiritualidad siempre estuvo presente en ella.
María Magdalena puede ser interpretada como un argumento que retrata dos modos de padecer: el primero establecido por lo divino, el segundo estimulado por lo terrenal (social). Jesús tendrá que ser recibido por una nación como el “Salvador”, luego juzgado y crucificado por la gran mayoría de estos mismos, porque es así como lo dicta Lo intangible. Mientras tanto, María tendrá que unirse a una escolta compuesta por hombres quienes la miran con poco fiar, víctima del prejuicio y el menosprecio, pero esto por propia vocación. A diferencia del hijo de Dios, la mujer de Magdala tiene la opción de demitir a esa acción, el evadir a ese castigo, mas no lo hace. No la maltratarán físicamente, pero sí anímicamente. Al igual que Jesús, ella será tenaz ante su idea, aunque se exponga a un juicio injusto. La película de Davis narra la historia de dos tipos de calvarios sometidos por dos casos de intolerancia, ambos sobrevenidos a consecuencia de la difusión de una ideología distinta que será censurada.
Lo disímil entre los protagonistas sería que a diferencia de Jesús, María es la única que manifiesta su idea: la mujer no tiene por qué ser relegada por su condición de mujer. Jesús tendrá seguidores por donde vaya, pero María solo encontrará enemigo –o hasta neutrales– en su trayecto. No hay cómplices para este personaje, pues todos están modulados bajo el pensamiento social de entonces que es contrario al de ella. El mismo círculo de los apóstoles es prueba de este razonamiento. La fe o el fanatismo en construcción es una cosa, mientras que las costumbres es tema distinto. Entre dudas, algunos de sus miembros no saben cómo fabricar una expulsión a la mujer que posee argumentos con sentido. Por muy objetivo que por instantes sea su discurso, María Magdalena no deja de ser una lectura bíblica a valorar dado que no acude a la típica espectacularidad y además porque se ajusta a una reflexión que la coyuntura reclama. Escapa también de la representación habitual. Adicionalmente a María Magdalena, Judas (Tahar Rahim) y Pedro (Chiwetel Ejiofor) son otros personajes a atender. El primero, más que traidor, es el que creyó y puso a prueba. Al segundo lo vemos más defectuoso que en otras versiones.

martes, 27 de marzo de 2018

Yo, Tonya

La historia de Tonya Harding (Margot Robbie) calza a la perfección con las crónicas endémicas de los tabloides en EEUU, a propósito de la caída de un ídolo o, como sucede en este caso, de una promesa. La patinadora que llegó a realizar dentro de una competencia la pirueta más compleja en dicho deporte, no conocerá más gloria que esa. Lo resto a narrarse en el trayecto de su biopic será pura desdicha. Yo, Tonya (2017) es una historia dramática sobre una mujer criada y asediada por lo indecente, sin embargo, el director Craig Gillespie opta por promover una comedia en tonos de sátira. El retrato que se fabrica en esta película no está concebido para redimir o liberar de culpa a los personajes envueltos en esta historia. Su intención no está lejos de los documentales de cable que abundan a granel, dirigiendo y estimulando los (pre)juicios y opacando la problemática social que acontecen en la trama, desde los modos de crianza hasta las políticas discriminadoras de las competencias en patinaje de hielo.
La película de Gillespie parece estar dirigida a la demanda voraz de un espectador a la expectativa de un protagonista defectuoso como los que se figuran en cualquier archivador escandaloso de la Discovery y demás. Sea por esa razón que Yo, Tonya se comporta como un documental en donde los personajes de un presente que hacen remembranza a su pasado dan pauta de sus imperfecciones desde el solo significado de sus vestimentas y las locaciones en las que se encuentran. A Tonya y LaVona (Allison Janney), la madre lapidaria, las conocemos en sus respectivas casas, ambas vistiendo como lo harían en su rutina: el fracaso es evidente y anticipado. Yo, Tonya es entretenida, tiene logradas actuaciones, un soundtrack de los setenta grato para cualquier melómano, pero peca de reusar ciertas usanzas que generan tonos ridículos y caricaturescos (todos tienen sus momentos, en especial el guardaespaldas) y sobretodo peca de un amarillismo rutinario.

jueves, 22 de marzo de 2018

Titanes del Pacífico: La insurrección

Hay que ser ingenuos para pensar que esta secuela tendría algún parecido con la realizada por Guillermo Del Toro. Titanes del Pacífico: La insurrección (2018) no solo ha perdido el atractivo visual de su original, sino que también se olvidó de la cuota de géneros a los que hacía referencia, desde el noir al kaiju, solo quedando el drama y la acción. Las criaturas niponas todavía estarán presentes en dicho universo, así como los robots gigantes, guardianes de un planeta en reconstrucción, más el espíritu de fascinación con que se describía tanto a los titanes buenos como malos, como si se tratasen de figuras intercambiables, se ha reducido. Como se nota la diferencia entre una película dirigida por un cinéfilo y un realizador de teleseries. A pesar de eso, el director Steven S. DeKnight hace lo posible para que la película no sea un fracaso argumental.
Lo mejor de Titanes del Pacífico: La insurrección es descubrir la manera cómo la historia hace revivir a los temibles kaijus que supuestamente habían sido erradicados de la Tierra. El chispazo que vuelve a abrir esa “caja de Pandora” tiene un origen desagradablemente atractivo. La humanidad es perversa y cuando tiene ganas de autodestruirse se la ingenia muy bien para resolver eso. La trama, que tiene como coguionista a Del Toro, también productor de esta entrega, manifiesta ese único rastro seductor. Lo resto es el reconocimiento a esa nueva generación de héroes que se encargará de subsanar la negligencia provocada por ciertos. Ya cada vez más típico de las películas comerciales en Hollywood, todas las razas son las que conforman este equipo, todos jóvenes, algunos casi en pañales. ¿Alguien acaso se ha percatado que cada vez son menos los actores mayores de 60 años?

martes, 20 de marzo de 2018

Netflix: Annihilation

A diferencia de las películas de acción en donde los egos de hombres rudos se ponen a prueba al embarcarse a misiones peligrosas, en Aniquilación (2017) vemos a voluntarias que en el fondo son conscientes que formarán parte de un viaje sin retorno. Las protagonistas de la segunda película de Alex Garland no son personas en un declive físico anticipando el fin de sus historias. Ninguna de ellas es una militar cumpliendo una misión suicida de la que no tienen más opción que acatar. La razón de dicha acción es a propósito de una cuesta anímica. Cada una ha reconocido una justificación que las impulsa a atravesar ese velo extraño, excusa que nada tiene que ver con descifrar la naturaleza de esa incoherencia física, posiblemente, una emisión extraterrestre, sino que responde a una incapacidad por continuar una vida doliente.
Aniquilación narra la historia de Lena (Natalie Portman). Lo primero que se sabe de esta maestra en Biología es que, a pesar del tiempo, ella no ha sido capaz de sobrellevar la ausencia de su marido. Garland toma como premisa a una mujer anímicamente atrofiada. Sucesos que acontecen le hará conocer a otras mujeres también víctimas de sus propias inapetencias. Un asunto interesante es que el desconsuelo en las protagonistas es imperceptible. El tema del luto que resguardan estas mujeres se maneja en un plano reservado. Es el caso de Lena, manteniendo en secreto su motivación, mientras nos enteramos por medio de flashbacks su motivación exacta. De igual manera, a las otras las vemos fingiendo un estado de ánimo incongruente a sus penas. La sola misión resulta para la mayoría un artificio, un medio para acallar el desasosiego.
La historia sobre el internamiento a un espacio en donde los especímenes terrestres se unifican resulta ser un interés por excavar la naturaleza autodestructiva de la humanidad. De pronto los extraterrestres son una especie de macguffin que no dejan de empujar a los verdaderos protagonistas a esa autodestrucción. No suficiente con alistarse a dicha expedición de riesgo categórico, en un punto de la trama habrá un indicio de mutuo exterminio. En un momento crucial, para cuando Lena se encara a esa “manifestación” que en teoría es la razón de la misión, solo observa una representación suya asumiendo esa naturaleza exterminadora; la única respuesta de ese viaje alegórico. Aniquilación afirma el talento de Alex Garland dentro del género sci-fi ya expuesto en Ex Machina (2015). Su filme además es prueba que una película no necesariamente tiene que ser una comedia para asentar al género femenino como protagónico. Obviamente, esto no garantiza que haya un síntoma feminista en la trama (lo masculino es el centro de una de las protagonistas), aunque sí avala por una equidad protagónica.

miércoles, 14 de marzo de 2018

El sacrificio del ciervo sagrado

El cine de Yorgos Lanthimos desplaza sus tramas mediante un tono de extrañeza. Muchas cosas que suceden en un principio son ininteligibles. Existe además una sobriedad en la atmósfera que deviene de la parsimonia de sus personajes. Tonos claros asaltan sus locaciones que por cierto revitalizan el estado enfermizo y agonizante de los que integran la historia. El sacrificio del ciervo sagrado (2017), su última película, tiene como protagonista a Steven (Colin Farrell), un médico y padre de familia, quien sobrelleva una tercera rutina al lado de Martin (Barry Keoghan), un adolescente con quien pasa ciertas tardes junto. Ya para cuando la frecuencia y el consentimiento se lleven a cabo, el joven rebelará a su acompañante sus verdaderas intenciones. Es a partir de aquí que se devela el tópico de la insanidad mental, constante temático en la fílmica del griego.
El conflicto principal –o las reglas de juego– en El sacrificio del ciervo sagrado es claro, lo que es difuso son los mecanismos “sobrenaturales” que se establecen. Obviamente, esto no es esencial. Es en efecto un rasgo atractivo de la trama y a la vez huella del director quien siempre escatima argumentos. Por mucho que se aclaren los roles de los personajes se mantiene firme un perfil extravagante y enigmático. A esto se suman actos irracionales que se suministra a todos los personajes desproporcionalmente. Lo de la insanidad mental siempre tiende a recaer más en una figura. Caso en esta trama, Martin es ese personaje. Su presencia va generando un efecto de ambigüedad que encandila a algunos y perturba a otros. Es como una bomba de tiempo que en cualquier momento está a punto de estallar desatando una reacción visceral.
Así como otros filmes de Lanthimos, uno de los personajes es el huésped de un conflicto mental que de pronto comienza a expandirse en el resto. Todos, en cierta forma, son vulnerables a la locura. Ello, así como el sexo, son gestos o comportamientos naturales en las películas de este director. El sacrificio del ciervo sagrado tiene además otro común con otros de sus filmes: la solidez del símbolo patriarcal. Así como en esta historia, en Canino (2009) y Alpes (2011) vemos también a hijos rindiéndole tributo de alguna forma a sus padres, lo que a su vez les ocasiona un desorden en sus vidas. En el reciente filme de Yorgos Lanthimos vemos ese efecto en partida doble: un perturbado hijo reivindicando a su padre, mientras otros menguando por culpa del suyo.

lunes, 12 de marzo de 2018

La rueda de la maravilla

La tragedia oculta bajo la comedia. Esto también sucedía claramente en Blue Jasmine (2013). Era un filme sobre la decadencia económica y moral, encallando a un trastorno mental. Fatal el cierre que le aguardaba a la historia de la protagonista que en principio descubría un tramo optimista en donde la misma se esfuerza por hallar su redención. Woody Allen está seguro que algunas personas nacen con el estigma. La rueda de la maravilla (2017) tendrá todo un maquillaje de encanto empezando por su panorama central, Coney Island, cuna del concepto de la feria recreacional, además de los recónditos jardines chinos que reserva la zona sur de New York, la música entusiasta de los 50 y los atardeceres provocados por la deslumbrante –aunque por momentos surreal– fotografía del gran Vittorio Storaro, pero todo esto es ilusión dentro del terreno del infortunio.
Ginny (Kate Winslet), camarera y ex actriz –oficio fetiche que da indicio al fatalismo en el universo de Allen –, es una esposa y madre desdichada. Tanto su marido como su menor y pirómano hijo generan razones independientes para que la mujer viva con desencanto su día a día. Sin embargo, una segunda vida, el “salvavidas” o comodín, le dará el alivio, la oportunidad de ser feliz, de fantasear en medio del parque de ilusiones en donde ella labora. Claro que, como toda ilusión, esa realidad será efímera. Así como en Blue Jasmine, en La rueda de la maravilla vemos cómo la vida le sonríe –por segunda vez– a la protagonista en un tiempo limitado. Si bien la mujer ya habrá tenido un fracaso anterior, aún no ha tocado fondo. Está en el trabajo de la historia recrear una ruina, a partir de la integración de una hija pródiga, y darle un desenlace digno de la degradación personal del protagonista en cuestión.
Importante notar el asunto de la ruina “recreándose”. Tanto a Jasmine como a Ginny, Allen les asocia un pasado. Es a propósito de alguna remembranza que se gesta en la historia que nos damos cuenta cómo las protagonistas reinciden a sus delitos. Son las destinadas a tropezar con la misma piedra, culpa posiblemente de sus progenitores, quienes, cual tragedia griega, les han heredaron una maldición que trasciende y se agrava. La rueda de la maravilla es una tragicomedia que tiene toda la esencia del cine de Woody Allen, no dejando de ser atractiva y hasta por momentos auténtica. Sus historias que han caminado por esa línea argumental siempre han tenido una apariencia incierta, pero lo cierto es que todo tiene un destino prescrito dentro de sus ficciones. Lo que si no está claro es lo que le depara en adelante a las producciones del neoyorquino, pero eso ya no es terreno de la ficción.