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lunes, 12 de marzo de 2018

La rueda de la maravilla

La tragedia oculta bajo la comedia. Esto también sucedía claramente en Blue Jasmine (2013). Era un filme sobre la decadencia económica y moral, encallando a un trastorno mental. Fatal el cierre que le aguardaba a la historia de la protagonista que en principio descubría un tramo optimista en donde la misma se esfuerza por hallar su redención. Woody Allen está seguro que algunas personas nacen con el estigma. La rueda de la maravilla (2017) tendrá todo un maquillaje de encanto empezando por su panorama central, Coney Island, cuna del concepto de la feria recreacional, además de los recónditos jardines chinos que reserva la zona sur de New York, la música entusiasta de los 50 y los atardeceres provocados por la deslumbrante –aunque por momentos surreal– fotografía del gran Vittorio Storaro, pero todo esto es ilusión dentro del terreno del infortunio.
Ginny (Kate Winslet), camarera y ex actriz –oficio fetiche que da indicio al fatalismo en el universo de Allen –, es una esposa y madre desdichada. Tanto su marido como su menor y pirómano hijo generan razones independientes para que la mujer viva con desencanto su día a día. Sin embargo, una segunda vida, el “salvavidas” o comodín, le dará el alivio, la oportunidad de ser feliz, de fantasear en medio del parque de ilusiones en donde ella labora. Claro que, como toda ilusión, esa realidad será efímera. Así como en Blue Jasmine, en La rueda de la maravilla vemos cómo la vida le sonríe –por segunda vez– a la protagonista en un tiempo limitado. Si bien la mujer ya habrá tenido un fracaso anterior, aún no ha tocado fondo. Está en el trabajo de la historia recrear una ruina, a partir de la integración de una hija pródiga, y darle un desenlace digno de la degradación personal del protagonista en cuestión.
Importante notar el asunto de la ruina “recreándose”. Tanto a Jasmine como a Ginny, Allen les asocia un pasado. Es a propósito de alguna remembranza que se gesta en la historia que nos damos cuenta cómo las protagonistas reinciden a sus delitos. Son las destinadas a tropezar con la misma piedra, culpa posiblemente de sus progenitores, quienes, cual tragedia griega, les han heredaron una maldición que trasciende y se agrava. La rueda de la maravilla es una tragicomedia que tiene toda la esencia del cine de Woody Allen, no dejando de ser atractiva y hasta por momentos auténtica. Sus historias que han caminado por esa línea argumental siempre han tenido una apariencia incierta, pero lo cierto es que todo tiene un destino prescrito dentro de sus ficciones. Lo que si no está claro es lo que le depara en adelante a las producciones del neoyorquino, pero eso ya no es terreno de la ficción.

viernes, 8 de enero de 2016

Hombre irracional

Existe apenas un paso que distancia al cinismo de la perversión. Este paso, sin embargo, es uno largo. Un paso que implica además una nueva visión (o perspectiva) en base a los conceptos de la moral. ¿Qué hallas en medio de ese tránsito? Lo posible es que te veas enfrentado ante una crisis existencial, mucho pesimismo, un estancamiento personal, negación o decepción frente a lo real. Son básicamente los síntomas por los que pasa un profesor de filosofía en la más reciente película de Woody Allen. Hombre irracional (2015) forma parte de un proyecto casi personal sobre cómo el director ha venido contemplando el comportamiento de la conciencia frente al dilema ético. En su historia un depresivo Abe Lucas (Joaquin Phoenix) ha llegado a una nueva universidad para enseñar. Ni la zalamería del campus ni las amantes “a disposición” parecen motivar al recién llegado. Si no son sus palabras, es su mirada gacha, su postura encorvada y su prominencia abdominal las que delatan su mentalidad sombría y desalentada.
Qué es sino Abe un prototipo sacado de la mentalidad romántica. No es de extrañar ver al desolado profesor flirtear con el suicidio o verlo contemplar la inmensidad del mar desde el vértice de un acantilado (como queriendo recrear el famoso cuadro de Friedrich). Lucas es síntoma del filósofo existencialmente bloqueado, es el poeta que rompió sus versos, que se dio cuenta que su proyección intelectual (tan aclamada por una mediocridad colectiva) no fue de utilidad para el mundo. Es decir, el problema radica tanto desde dentro como desde fuera, desde sí mismo como desde su propio contexto. Hasta ese momento Allen hace una recreación de sus personajes frustrados. Aquellos que se niegan a ser un “punto ciego” más dentro de la sociedad. Hay una necesidad de estar por encima del resto, como, por ejemplo, pasa con la protagonista de Blue Jasmine (2013). Lo cierto es que Abe no aspira a una mera banalidad o escala social. Su condición de filósofo lo incita más bien a una aspiración humanista.

Hasta antes de la mitad, Hombre irracional nos muestra a un individuo dominado por la razón, o lo que es estar en función a las normas de su sociedad. Ya para cuando acontece un evento en donde el azar se abre paso en la vida del profesor, Abe no solo habrá encontrado un “sentido a su vida”, sino que además se habrá despojado de sus túnicas románticas para entonces ser un nuevo hombre, esta vez razonando librado de las condiciones de la sociedad, tales como la moral. A partir de aquí, Allen no solamente vuelve a Friedrich Nietzsche, sino que también revisita la literatura rusa, la de Fiodor Dostoyevski. Hombre irracional reformula lo que Allen había desarrollado en Match point (2005). Contemplar a las dos películas a la par es observar ese tránsito del cinismo a la perversión, o cómo es que el hombre justifica un delito moral. Mientras que el protagonista de Match point se queda aislado en su cinismo, Abe se convierte en un sujeto perverso, pues ha llegado a divorciarse por completo del razonamiento moral establecido. Libre de culpa o ley real que le impida aplacar lo que para él es lo justo.
Hombre irracional logra interesar más bajo dichos conceptos que por su sola trama, una que se desplaza por la comedia romántica, el drama criminal y luego el detectivesco. Claramente el atractivo de la película es la mentalidad de su protagonista principal. Abe es el centro de los otros personajes. Su presencia es objeto de deseo. Se ve en una profesora y una alumna, ambas obsesionándose con su retrato distante y sombrío. La misma fotografía incluso responde al estado emocional del profesor que para en principio es tenue y depresiva, posteriormente despejada y jubilosa. Woody Allen con Hombre irracional demuestra nuevamente sus dotes de trágico moderno. La historia en sí es truculenta, especialmente la mente perversa de su protagonista, sin embargo, las notas musicales no dejan de entonar brincos propios de una screwball o comedia sofisticada.

lunes, 12 de enero de 2015

Magia a la luz de la luna

El misterio o la magia como equivalente de lo que está más allá de la razón, eso que Stanley (Colin Firth), mago por oficio, cree y sabe firmemente no existe. Es un invento; una ilusión. Muy a pesar, conocer a Sophie (Emma Stone) será su punto de inflexión. Es así como el encuentro entre este mago pesimista y la bella médium será equivalente al encuentro entre Friedrich Nietzsche y el famoso caballo de Turín, es decir, el punto inicial (o causante) de que el razonamiento sea anulado y la demencia se pose en su lugar. Magia a la luz de la luna (2014) a medida que enfrenta lo empírico y lo irracional, va tejiendo otra lucha, igual de universal aunque menos teórica: la sentimental. Woody Allen revisita a sus personajes amargados, los alienados, conformistas y muchos otros que sobreviven en base a “falsas” satisfacciones; trucos auto medicados a fin de evadir sus propias frustraciones.
Lo mejor de Magia a la luz de la luna tiene que ver con los cambios personales o sentimentales de sus protagonistas. Nada más animado que ver a la razón embaucada por la sin razón, ya luego retornando airada, aunque con rezagos que son irreparables, al menos para la mente. En sintonía a esto, está la fluidez de las acciones, la comedia que sin grandes complicaciones se va abriendo paso. Allen deja transcurrir los eventos de su trama con un despliegue teatralmente dialéctico mas sacándole ventaja al frecuente cambio de locaciones. Lo más decepcionante es su final, uno compasivo y sentimental. Es tal vez un sentido que está más emparentado para una comedia que en cierta forma no quiere generar grandes aspiraciones, pero que sin embargo tiene el peso necesario para entretener no dejando de academizar.

domingo, 9 de febrero de 2014

Blue Jasmine

Parece como si el mal hado de las hermanas no biológicas Jeanette (Cate Blanchett) y Ginger (Sally Hawkins) las hubiera tocado desde la infancia. Ambas huérfanas, apadrinadas por una prejuiciosa madre, y destinadas a una fatalidad por delante. Dos mujeres adoptadas de un mismo mundo, aunque criadas para mundos distintos. Blue Jasmine (2013) es una nueva ventana que mira a la tragedia humana. Claro está, no una tragedia amoldada a la clásica griega, sino una menos lapidaria. Es decir, la comicidad aquí tiene licencia para mezclarse con lo trágico, algo inconcebible en el terreno del Olimpo. Woody Allen asume la idea de la tragedia moderna como la combinación de sendos estados. Tanto lo dramático como lo gozoso fluyen al mismo tiempo. Si por un lado se va tejiendo una vida llena de gratitud, por el otro se va gestando la adversidad.
Jeanette o Jasmine –ese personaje que aprendió a “encajar”–  es, en un presente, víctima de un colapso nervioso luego que el fracaso, tanto íntimo como financiero, llegara a su vida a fuerza de un portazo. Está en el poder del destino castigar o premiar al individuo. Aquí no hay espacio para reflexiones morales. Como sucedía en la literatura clásica, existe un “deux ex machina” que se encarga de hacer la última alineación de las piezas en juego y poner en jaque todos los movimientos anteriormente expuestos. Nada está dicho. Desde ese sentido, Woody Allen tiene a su merced a la frágil Jasmine. En medio de las idas y venidas de una mujer madura tratando de reordenar su vida, no hay punto claro que prediga el cierre de esta historia. Al menos, no hasta se haya pronunciado textualmente una palabra clave en la trama: el pasado.

Blue Jasmine se narra en dos momentos. El antes y el después, el auge y la decadencia, la riqueza y la pobreza. Y según las leyes de la gravedad y el orden de las cosas, Jasmine en su segundo momento –en teoría– deberá tener una nueva oportunidad; por llamarlo así, su momento de redención. Lo cierto es que parece ocurrir todo lo contrario. El personaje de Blanchett se resiste a abandonar su anterior vida. Lo dice su viaje en primera clase, sus maletas, sus vestidos, sus aires de mujer fastuosa. La fantasía de Jasmine no se ha esfumado, y esto parece ser más complejo de lo que se espera. En Match Point (2005), Allen crea a un personaje fascinante, protagonizado por Jonathan Rhys Meyers. El hombre de campo que con empeño y un poco de suerte encumbró hasta lo más alto de la escala social. Muy a pesar, este arrastra sus antiguas costumbres. No existe vergüenza o negación de lo que fue, y lo más curioso es cómo es este mismo individuo quien recuerda, en lugar de que sean sus acompañantes los que le hagan recordar su pasado.
El pasado es una especie de amuleto en ambos filmes de Woody Allen. El llevarlo consigo resulta la simpatía de muchos, mientras que la negación a usarla es lo contrario a esto. Jasmine, en su camino a “reordenar” su vida, va acumulando una serie de apatías. Su carta de mujer rica es un karma, el imán a una serie de conflictos que la empujan a esa fatalidad predicha. Es el pasado que reclama justicia ante la indiferencia. Se entiende entonces por qué la suerte no está de lado suya. Blue Jasmine es también una fábula sobre los destinos impuestos. Por un lado Jasmine intentando llevar una vida de clase trabajadora, mientras en otro extremo Gina fantaseando con un hito social por encima del suyo. La migración al estilo de vida opuesto es equivalente al fracaso. Nuevamente la negación al pasado aquí prevalece. Está en el consciente de Gina el conformismo, como en la mentalidad de Jasmine no abandonar su esencia, una que fluye casi natural, como la estupenda actuación de Cate Blanchett.

jueves, 23 de agosto de 2012

De Roma con amor

Artículo publicado originalmente en Cinespacio.

Puede que intenten relacionar el último filme de Woody Allen con Medianoche en París (2011). Es decir, De Roma con amor (2012) sería una especie de homenaje a la “Ciudad Eterna”, cuna de un extenso listado de artistas, entre pintores, escultores y poetas. Podría ser incluso un acercamiento a su cine, no al neorrealismo, sino uno igual de crítico pero ameno. A la comedia italiana, por ejemplo, el que se burlaba toscamente de sus conciudadanos a partir de los estereotipos sociales. La Italia política incluso, otro tema robusto y muy tatuado en su imaginario social. Lo cierto es que poco o nada se tocan sobre estos asuntos. Woody Allen, a diferencia de su fábula fantasiosa en París, promueve, en gran parte, las experiencias de una colonia estadounidense en la capital italiana.
 
De Roma con amor es en cierta manera una película muy floja. Siempre ha habido la concurrencia de los individuos neuróticos e indecisos dentro del escenario de Allen, pero lo cierto es que estos mismos han sido autores de diálogos interesantes, monólogos estridentes e hilarantes, de un tono familiar aunque con ciertos rasgos de autenticidad; inteligentes y nunca aburridos. Ninguno de los protagonistas logra alcanzar dicha aspiración, ni el neurótico “Mark Zuckerberg” ni el mismo Woody Allen, quien parece no encontrar las palabras adecuadas para agilizar el parlamento. Lo ágil en el director es un ejercicio de la mayéutica; precisa e instantánea. No ocurre esto. De Roma con amor en principio quiere hacer la de Ettore Scola en Gente de Roma (2003), una atractiva película en tono documental que es testigo de historias con “esencia italiana”. Allen se olvida de la ciudad, y se pierde más bien en una arquitectura de rascacielos.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Medianoche en París


Medianoche en París (2011) se inicia con una larga secuencia de planos generales que van pintando el rostro de la capital francesa. En principio, el sol que se va asomando al igual que los primeros rostros de la ciudad parisina. Es el cenit y el gentío ha tomado avenidas, galerías, museos, puentes y escalinatas, así hasta que la luz natural se va asiendo cada vez más tenue; el anochecer se acerca, es momento del espectáculo. La “Ciudad Luz” es majestuosa, las calles brillan, el ambiente toma ese aire mágico innato o abstracto, sentimiento que muchos posiblemente nos hemos contagiado luego de leer libros de tanto viajero excitado. Son casi dos minutos donde la ciudad, su gente y su clima, el ambiental y el anímico, dan apertura a la nueva película de Woody Allen, que luego de recorrer en anteriores filmes las calles más transitadas de Londres y Barcelona, se asienta en esta ocasión en París a rendirle tributo.
Allen parece tomarse su tiempo cuando se trata de hacer una buena película, siendo la más próxima Match point (2005) y no las siguientes, ya que la misma fama que se ha impuesto el neoyorkino provoca ser más exigente sobre sus diálogos de sujetos disparatados, los mismos personajes que no dejan de ser tan ricos y seductores. En Medianoche en París, Woody Allen introduce casi lo mismo que ha realizado en parte de su filmografía, crear una historia sobre la vida sofisticada a partir de la mirada de un sujeto que si bien pertenece a este círculo se abochorna, está aburrido de un espectáculo que juzga pero que reacciona –inicialmente –con un perfil bajo. Gil (Owen Wilson) es el típico escritor frustrado, guionista próspero en Hollywood que hasta ahora no encuentra la seguridad para escribir una novela, la misma que esconde a sus más cercanos por ser “seres” ajenos al tacto literario o al menos al egocentrismo que todo escritor nato posee.
Gil es el extranjero que ha viajado a Francia junto a un grupo social al que también es ajeno, conformado por Inez (Rachel McAdams), su prometida, y los padres de esta, dueños de una elegantísima casa en la zona más exclusiva de Hollywood. Doblemente extranjero. El personaje de Wilson se ve atrapado en un mundo insalubremente irreal, embarrotado a los viajes de la futura suegra a tiendas donde las cosas valen su peso en oro, aturdido ante la apatía natural de su posible suegro y sus relaciones en el Tea Party (persona que lo toma además por comunista al tener una ideología contraria al republicano), a los recorridos interminables al museo o alguna galería junto a su novia, lo cual no tiene nada de malo si no fueran acompañados por una pareja de amigos de lo más insoportable. Allen siembra su estilo, de tomar al protagonista y rodearlo de gente intolerable, la suegra metiche, el suegro conservador, la novia romántica, el tipo que “lo sabe todo” –o seudo-intelectual –y su pareja de este que no dice nada. Es la comedia irónica, todos poniendo de su parte para alimentar la inseguridad del aspirante a escritor, Gil, quien no tiene ningún otro deseo más que pasear por esa Francia que leyó de sus héroes literarios y todos los demás artistas que tomaron posada en la ciudad donde caminar bajo la lluvia es toda una experiencia.
Medianoche en París es la historia de un incomprendido que viaja cada medianoche a un mundo asincrónico, un lugar y tiempo de fantasía, el “viaje al país de la maravillas”, el escape perfecto de Gil que lo aparta de lo insignificante y lo enrumba a lo inspirador, a lo estimulante, a lo mágico, al amor. Tal como ocurre en La rosa púrpura del Cairo (1985), Allen acerca a su infeliz protagonista a lo imposible, a lo gratificante. El veterano director luego de enclaustrar a sus personajes les brinda luz, aquella que consiguen a través del deseo, una mezcla de sentimientos pasionales, prohibidos e incluso imposibles. Gil tendrá la oportunidad así de convivir con los suyos, con los que admira, personajes como Ernest Hemingway, Man Ray, Cole Porter, Gertrude Stein (Kathy Bates), quien le dará consejos sobre cómo llevar mejor su novela. Gil viaja a la Francia de los años 20, rodeándose de intelectualidad, de la bohemia, de su pasión como escritor, de Adriana (Marion Cotillard), bella, seductora y al parecer inalcanzable, doblemente deseable. Allen no responde a la razones sobre cómo ocurre eso, solo se da y se disfruta.
Medianoche en París es una suerte de comedia intelectual, donde la mayoría de bromas giran en torno a una profunda cultura general de los años 20, donde la risa que se provoca en el debate entre Salvador Dalí (Adrien Brody) y Gil sobre los “viajeros del tiempo y surrealistas” es lo más cómico en todo el filme. Ernest Hemingway (Corey Stoll) creando afrenta a todo el que se le cruce, un simpatiquísimo Dalí, genial y orate, un F. Scott Fitzgerald (Tom Hiddleston) enfermamente enamorado, cada uno de los personajes con una esencia carismática. Owen Wilson es distinto al de las comedias comerciales, e incluso a sus interpretaciones al lado de Wes Anderson, quien hace méritos protagonizando un “alter-ego” de Allen. Medianoche en París si bien no está entre las mejores de Woody Allen, es lo mejor que ha realizado desde Match Point, dejando un genial debate sobre si en verdad lo pasado o lo clásico es mejor que lo presente o actual. Tal vez esto solo pueda ser correctamente respondido por las póstumas generaciones.

miércoles, 2 de junio de 2010

Una referencia a Los amantes


James Gray en We own the night (2007) nos mostraba el lado del crimen en New York; una ciudad aglomerada de fiestas nocturnas, de violencia, alcohol y drogas. Era además la contemplación íntima dentro una familia fragmentada que a raíz de una tragedia inicia una conciliación en pie de recuperar una moral extraviada. Para Gray en esta película la familia significa reivindicación, es un motivo para que el más obtuso pueda enderezarse. We own the night era la convivencia genérica entre el intercambio de balas y la carga dramática por la que pasaba una familia. Los amantes o Two lovers (2008) en un primer vistazo resultan ser una cinta lejana a su anterior. Es la historia de Leonard Kraditor (Joaquin Phoenix) un joven que ha vuelto a enamorarse luego de pasar años deprimido por el abandono de una prometida suya. Leonard sin embargo se encuentra en el dilema de decidir por este amor pasional o el amor que sus padres le disponen, la hija de un negociante que promete una buena sociedad con el negocio de su padre. Tanto We own the night como Los amantes plantean el tema de la familia. James Gray en la primera crea un drama que se generaliza a todos los miembros familiares mientras que en Los amantes el drama está concentrado tan solo en uno, en Leonard. Gray recurre al estereotipo de los judíos para dar prueba que tan importante es el asunto familiar y monetario dentro del contexto en el que se encuentra Leonard, es por eso que su dilema gira en torno a un amor asignado por algo tan importante como su familia o el amor que él observa como su exilio a su vida hostigante, producto de las sobreprotecciones que recibe de sus padres como del compromiso laboral hacia estos mismos.

Hay una situación a la que mi crítica está dirigida y es a la posible referencia, a mi parecer directa, de la película de Gray a la de Woody Allen, Match point (2005). Las razones son las siguientes. La existencia de un triangulo amoroso de personajes que comparten tanto las apariencias físicas como los de comportamiento. En el caso de comportamiento me refiero a que cumplen o comparten una naturaleza símil. Iniciándonos por el caso de los personajes femeninos encontramos a dos mujeres en sendas películas, una de cabello oscuro y otra de cabello rubio, en Match point a Chloe Hewett (Emily Mortiner) y a Nola Rice (Scarlett Johansson), mientras que en Los amantes está Sandra Cohen (Vinessa Shaw) y Michelle Rausch (Gwyneth Paltrow) respectivamente. Chloe es una mujer de familia adinerada que vive dentro de una cúpula de exclusividad, rodeada por un mundo lleno de banalidades que son herméticas a situaciones ajenas, como la original pobreza de su marido, por ejemplo. Sandra es una mujer hija de una familia de judíos de clase media que promueven un negocio fructuoso a futuro. Sandra está rodeada por un mundo rutinario y minimalista, no se sabe de ella mucho pero sí que también es manipulada por sus padres, aunque no en el mismo grado como Leonard, su formal enamorado. Nola es una estadounidense, una extraña dentro del contexto británico. Ella es actriz y voluble (es insegura respecto a sus decisiones). Es poseedora de una sensualidad encantadora que provoca un estado de mujer prohibida, sería entonces lo relativo a una mujer pasional. Michelle es una mujer que se acaba de mudar (algo que según comunica no es usual para ella) a una ciudad que no está a su ritmo de vida. Nos percatamos que ella es una mujer nocturna que además consume drogas y es la amante de un abogado casado. Michelle dentro de su contexto libertino muestra una volubilidad de la que se quiebra fácilmente. El caso de los personajes masculinos, Chris Wilton (Jonathan Rhys Meyers) es un irlandés procedente de una familia humilde que poco a poco va escalando al mundo del éxito y de pronto en Londres encuentra el amor de Chloe pero alternamente reconoce en Nola una obsesión a la que se ve atado e incapaz de obviar. Chris se casará con Chloe pero no dudará en tener una relación extramatrimonial con Nola. Muy pronto se verá en apuros al tener que tomar la decisión de abandonar a una de las mujeres, el dilema está en dejar a su esposa, mujer que representa su estabilidad económica y su éxito asegurado, o a su amante, la mujer que representa el deseo, la sensualidad, el lado carnal y pasional que Chris tanto obsesiona. El caso de Leonard es de reconocer en Sandra esa prometida estabilidad económica que el padre de ella le otorgará al fusionar negocios con el padre de Leonard. Hay más que un compromiso familiar en esto, es también la segura estabilidad a futuro de Leonard. Por otro lado Michelle para Leonard representa su vida ajena, aquella que él desea pero no es real por vivir dentro de un contexto cerrado, a un estilo de vida que a pesar de los tiempos parece cargar una ortodoxia generacional. Chris y Leonard comparten las mismas naturalezas y los mismos dilemas, ambos tienen un origen calmado, uno es de familia humilde alejado de las pomposidades, él otro es de una familia de clase media pero también alejados de una vida más animada como la que se puede encontrar en su misma ciudad, New York. Ambos tienen que decidir por la mujer que les dará estabilidad tanto personal como económica o por la mujer que está dentro de sus deseos y sus pasiones. La mujer rubia para ambos representa el símbolo del deseo que da paso a una obsesión, por lo tanto la obsesión será un motivo para meditar las cosas y negar por un momento su misma prosperidad. Los desenlaces son distintos por su puesto. Si bien Chris y Leonard comparten una similar naturaleza, ambos reaccionan distintos frente a su situación, uno es racional y el otro es pasional. Leonard termina siendo un sujeto más reprimido de lo que puede ser.
Hay dos datos curiosos que deseo agregar, y es el de la utilización de la pieza de ópera “Una furtiva lagrima” en ambas películas y el parecido entre Jonathan Rhyms Meyers y Joaquin Phoenix. Los amantes no es una mala película. Existe un buen escenario ubicado en Brooklyn inundado por una espesa bruma y espacios abiertos pero baldíos que están en sintonía con la personalidad de Leonard. La observación del contraste escénico como es el apacible barrio de Leonard y en mundo nocturno cerca a la ciudad principal de New York son también referencias que nos ayudan a comprender al personaje principal. James Gray independientemente ha trabajo bien a sus personajes e inclusive ha seleccionado a los actores precisos, desde Phoenix hasta Isabella Rossellini, como la madre de Leonard, han expresado una naturaleza arraigada en sus personajes. Lo curioso (que se ha visto reflejado en gran parte del artículo) está en que Los amantes toma un mayor interés si se hablaría conjuntamente con Match point pues insisto en la existencia de una referencia directa. Tomarlo independientemente sería observar en el filme de Gray una película replanteada, el tema de los triángulos amorosos, las obsesiones, el compromiso familiar, los conflictos emocionales, el desamor, el suicidio. A mi punto de vista Los amantes no es la gran película. Si hay algo que se puede rescatar de esta sin embargo sería su final, final muy reconfortante y no esperado por tener un razonamiento contrario frente a una actitud de parte de Leonard que va en contra de la imagen que teníamos de él.