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sábado, 17 de mayo de 2025

Cannes 2025: A Useful Ghost (Semaine de la Critique)

De la filmografía de Apichatpong Weerasethakul es que la cinefilia concientizó dos palabras claves que nos referían al cine tailandés: los fantasmas y la memoria. Estos dos conceptos están tan vinculados al punto que parecen ser sinónimos, ello desde el entendimiento de los relatos de Weerasethakul, en donde lo real y lo onírico comparten y se equilibran en una realidad misma. Estos conceptos y argumentos se replican en Phi Chidi Kha (2025), una muy atractiva ópera prima que debería ser motivo suficiente para seguir lo próximo que realice su director. Ratchapoom Boonbunchachoke nos cuenta una historia en donde existe la posibilidad de que los aparatos industriales puedan ser poseídos por espíritus que no descansan en paz. El imaginarnos esa premisa ya de por sí delata una discursiva cómicamente absurda. Y sí que lo es. Para cuando comiencen a suceder cosas raras, esta película parece encaminarse a una comedia que inquietaría a los gustos de John Waters. Es hilarante ver cómo es que los vivos comienzan a reaccionar y luego interactuar con estas manifestaciones paranormales. Pero no olvidemos las reglas a las que Weerasethakul nos acostumbró: los fantasmas en Tailandia son tan comunes como los problemas sociales. Y es a propósito de eso que se manifiesta otras clases de “fantasmas”.

Phi Chidi Kha si bien es excéntricamente jocosa tiene mucho por ofrecer como drama social. Decíamos que esta es una realidad en donde un fantasma puede poseer una aspiradora. ¿Por qué hacerlo? Boonbunchachoke empatiza con los fallecidos por negligencias o violencias en un escenario definido como desigual. Son esa clase de fantasmas los que están en la realidad todavía merodeando y reniegan a través de algún dispositivo a fin de boicotear la rutina de los vivos. Este acto es muy simbólico tomando en cuenta un discurso que surge una y otra vez. Estamos en un contexto tailandés que construye un nuevo futuro. “No se puede hablar de progreso sin polvo”, dice un burócrata para cuando responde ante las denuncias de una extrema contaminación atmosférica. Ante dicho cinismo público, los fantasmas decidirán interrumpir eso que representa o frena el supuesto progreso, el mismo que de hecho los llevó a la tumba. Empalmando con el cine de Weerasethakul, en Cemetery of Splendour (2015), el director se imaginaba una epidemia del sueño provocada por almas resentidas que decidían robar la energía de los que intentaban invadir un territorio sagrado mediante el uso de máquinas excavadoras modernas. Es así como vamos entendiendo que lo fantástico no es un mero capricho para crear risas involuntarias, sino una alegoría de la disconformidad.
Ahora, Boonbunchachoke tiene una inclinación aún más aguerrida cuando se trata de crear una denuncia. En cierto punto de la historia, acontece un giro dramático. De pronto, la idea de fantasmas haciendo protesta ante su derecho de reparación y preservación de su memoria —algo importantísimo para la trama— se verá traicionada por una suerte de conveniencia sentimental. ¿Es acaso posible sobornar a los espíritus? Acá sí que se puede. El conflicto central de Phi Chidi Kha tiene que ver con qué tan persuasivamente perversa es la élite progresista, aquella que puede comprar a cualquier agente real como también surreal. Es así como de pronto vemos que increíblemente se va proyectando una industria de fantasmas al servicio del desarrollo industrial. Nuevamente, resulta irónicamente divertido si lo vemos de manera superficial. Sin embargo, estamos ante un panorama dramático si se toma en cuenta la idea de que “fantasmas” es sinónimo de “memoria”. Pensemos en el drama de la película animada Coco (2017): un alma deja de existir si no hay alguien que pueda recordarlo. Esto mismo pasa en la película de Ratchapoom Boonbunchachoke, lo que nos lleva a la conclusión de que existe la posibilidad de que la memoria, reciente o histórica, la que incluye, por ejemplo, el genocidio del 2010 en Tailandia, pueda ser olvidada en beneficio de un “desarrollo”.

domingo, 24 de julio de 2016

Maligno

El filme dirigido por Paco Bardales y Martín Casapía reitera esa inclinación por amoldar al “maligno” bajo los prototipos de j-horror. El montar una aparición femenina de aspecto famélico, cabello negro enfrente, haciendo crujir su esqueleto, es totalmente desabrido a estas alturas, incluso viniendo de un género que hoy en día –la mayoría de dichas producciones– recicla mismos argumentos y estereotipos. Existen, sin embargo, clichés que hace rato han pasado su límite de reúso. El gran enemigo de Maligno (2016) es uno de esos clichés y, por lo tanto, degrada las expectativas. Cosa distinta ocurre con lo resto. El filme de Bardales y Casapía no posee percances técnicos o está representado por un elenco extenuado. Es decir, cumple con las exigencias mínimas que a grandes rasgos colaboran con las normas de la verosimilitud en toda película. Lo más representativo, su banda sonora y su dirección artística. Ambas recargando el drama y antecediéndose a cualquier acontecimiento.
La trama en Maligno es simple. Un recinto encierra un espíritu malvado que busca algún huésped que le servirá de conducto al mundo real. Como suele suceder, las principales víctimas aquí son las personas que están inmersas en un estado de fragilidad, en este caso, dentro de su alicaído círculo familiar. Durante la trama, la ingenuidad o el escepticismo ante lo que está sucediendo será el contrapeso para que el terror se dilate. Como recurso para el acecho o la cacería, es imprescindible el contexto del lugar. El “maligno” se desplaza enteramente entre los pasadizos y cuartos del oscuro y precario recinto. Esto lo convierte en un espacio laberíntico más efectivo que las tumbas de Cementerio general (2013). Ya para el final, el enfrentamiento en Maligno es el enfrentamiento de La noche del demonio (2010). Tal vez si no hubiera conciencia de esto, sería la mejor secuencia de la película. Al menos en este filme un chamán no se enfrenta con un espíritu a golpes.

martes, 14 de junio de 2016

El conjuro 2

Ed y Lorraine Warren se adentran a un nuevo caso de posesión demoniaca. Nuevamente, durante un espacio de unos días, la pareja de esposos tendrá que convivir junto a una familia en busca de pruebas contundentes que afirmen que “aquello” que atormenta a los implicados es “real”. El conjuro 2 (2016), al igual que su antecesora, es efectiva. Muy a pesar, su efectividad se inclina por un recurso que en la otra, levemente, se ve menos fortalecida. El director James Wan asienta una vez más el conflicto de su historia dentro de un ámbito suburbial, en esta ocasión, localizada en el país inglés. Una morada está siendo acosada por una presencia malévola, la cual ha reconocido en una de las menores a su huésped. En esta nueva trama coincide pues la temática de la posesión y el poltergeist, así como la historia de una familia que se halla sumergida en una etapa de incertidumbre. Típico del cine estadounidense más comercial, poco le motiva al director hacer alusión al drama social (coyuntural para el contexto), al que apenas hace alusión. En lugar de ello, es el drama humano el enfoque. Es decir, la sensibilidad familiar emerge a consecuencia de la ausencia del padre, más allá de la negligente y complicada normativa pública del Reino Unido de los setenta.
Se podría decir que El conjuro 2 se queda corto de inspiración en referencia a su argumento al usar la misma plantilla de su primera parte. Hay distinciones, sin embargo, que hacen parecer que se compone de una estructura argumental auténtica. En esta ocasión, es Ed, el teórico, el que asume un protagonismo más elemental para la trama y, a propósito de eso, se adiciona un asunto pendiente de su precuela. Por lo resto, ambas historias asumen similares dinámicas: una introducción a las intimidades de los Warren como de la familia antes del incidente, la manifestación del ente, la evaluación y, finalmente, la resolución del caso. Donde manifiesta un mayor estímulo es más bien en el tema del suspenso. El conjuro 2, en referencia a provocar el lado terrorífico, es más efectivo que su primera parte. Para esto, James Wan no escatima en recurrir a una serie de elementos o escenas, que van desde los más citados hasta uno que otro innovador. El gran enemigo de la historia es de hecho un cliché; sin embargo, es esta misma imagen la que encabeza una escena memorable y perturbadora, a propósito de una pintura.

lunes, 16 de marzo de 2015

The Babadook

La ópera prima de la directora Jennifer Kent es la película más atractiva correspondiente a la ola de terror que ha venido generando la industria fílmica en Australia durante la última década. Al igual que en películas como El exorcista (1973) o Evil dead (1987), The babadook (2014) arranca el suspenso con el descubrimiento de un objeto olvidado en el ático/sótano; un cuento de terror del cual ninguno de los miembros que habitan en dicha casa conocían de su existencia. Revelado este centro de atención, se abrirá paso a una serie de eventos inexplicables, los mismos que activarán el mal agüero, además de las frágiles mentes de dos personas con antecedentes funestos. Por un lado, es el pequeño Samuel (Noah Wiseman) lidiando con su soledad y “eso” que únicamente él puede ver. Por otro, Amelia (Essie Davis) adaptándose a su viudez (una que llegó con violencia) y a la excentricidad de su pequeño niño, quien parece que poco a poco se le va escapando de las manos.
Dos son los planos que se presentan a inicio de la película: el suspenso y sobre la intimidad de esta reducida y deprimente familia. Tal parece que Amelia, además de seguir arrastrando cuadros depresivos generados por la muerte de su marido, es también víctima de un desasosiego producto del desvelo y la ansiedad que le provoca su hijo Samuel cada vez que le anuncia que “el monstruo del cuento lo intimida”. Se contempla así esa doble crisis. La nerviosa y realista de la madre frustrada, y la terrorífica y fantástica del niño acechado por un espectro. Es el drama familiar y el suspenso ante lo intangible. Por dónde se contemple, el hogar parece estar destinado a su próximo hundimiento. Tanto los ánimos como la misma atmósfera están sobrecargados, y entonces la tensión parece sofocar a sus personajes. A un plano más profundo de la intimidad familiar, Amelia vive, además, sexualmente reprimida en su propia alcoba. Es hasta en su momento más íntimo que Samuel -el responsable de esto- parece privarle de su sexualidad.
En el largo de la historia, el único hombre más cercano a relacionarse con la madre, será repelido por la misma mujer, esto gracias a la complicada situación en la que se encuentra su hijo en esos momentos. Tal parece que el niño actúa en su madre como repelente sexual incluso hasta de forma omnipresente. Ya más adelante, y para cuando se haya manifestado sin asco esa criatura tétrica que parece sacada de algún  boceto de las películas de George Melies o Segundo de Chomón, la madre, quien ya venía trastocada por sus propios demonios, parece ser la víctima más indicada, dada su fragilidad mental, para ser la poseída. Amelia será el huésped perfecto de la criatura. “Babadook”, cual Freddy Krueger o hurtador de sueños, dejará de castigar externamente, para ahora hacerlo internamente. A partir de ello, The babadook se convierte en un reciclador de otras películas correspondientes a su género, siendo la más notoria El resplandor (1980), hurtando incluso frases textuales de la creatividad de Jack Torrance antes de intentar “aplastar la cabeza” de su esposa.

martes, 20 de agosto de 2013

El conjuro

Artículo publicado originalmente en Cinespacio.

Alfred Hitchcock pensaba que mientras más se oculte al gestor del crimen, más efectivo será el suspenso. Steven Spielberg aplicaría dicha regla en Duel (1971), su ópera prima, y la resultante sería uno de los filmes más perturbadores del director. Más adelante repetiría misma dinámica en Tiburón (1975). Spielberg nuevamente escondería al “criminal” y este no se mostraría sino hasta la última parte del filme. Esta película de terror fue igual de efectiva. De pronto ocultar al enemigo fue una estrategia clave para el cine del género de horror. Ridley Scott (Alien, 1979) lo hizo, y más tarde John Carpenter (La cosa, 1982). Lo cierto es que no basta con no mostrar al monstruo. Existen pues pautas a seguir, recursos que son inevitables pasar por alto, y los mencionados directores fueron conscientes de dichas normas. De nada vale privar al espectador del terror físico, si antes no has preparado el terreno. La tensión lo es todo.
James Wan con El conjuro (2013) se encabeza como uno de los pocos directores que prometen dentro del género de terror. Wan ya ha dejado al olvido su experiencia con El juego del miedo (2004), filme donde el gore primaba. En su lugar, ha comenzado a inclinarse por un cine más psicológico. Uno que prefiere antes que la sangre, la atmósfera tétrica, donde, en efecto, el enemigo también aguarda con mucha precaución antes de ingresar a escena. Al igual que Insidious (2010), Wan retoma el tema de lo sobrenatural, familias viviendo en casas encantadas, atormentadas por entes y espíritus que se ocultan entre los roperos o las puertas cerradas. A diferencia de los filmes sobre zombies o asesinos en serie, las historias de fantasmas tienen el factor de tensión más a su favor. No existe nada más pavoroso que no ver al enemigo. Es el mal resistiéndose a manifestarse. Primero juega con su víctima para luego arremeter contra ella con todas sus fuerzas.

Basado en hechos reales, El conjuro narra la historia de la familia Perron y su estadía en una casa ubicada en Rhode Island. Desde el primer día, sus miembros serán víctimas del acecho. La primera fase del filme es sobre cómo los personajes ignoran mientras el espectador va siendo testigo de lo inusual; algo no está cumpliendo con las pautas de lo normal. Los ladridos de un perro, golpes misteriosos que resuenan por la casa, contusiones en la piel que aparecen sin razón alguna. En paralelo, otra historia se va dictando. Los esposos Warren son investigadores de fenómenos paranormales. Hacer una antesala sobre las actividades y experiencias previas por las que pasó este matrimonio, es fundamental para el efecto de tensión. Mostrar al espectador el lado serio, casi una lectura académica, de los eventos paranormales que siguió la pareja, es crear verosimilitud. Hacer que el público asuma por un instante que lo que está ocurriendo es real y, por lo tanto, es cosa seria.
El conjuro aquí se diferencia con Insiduous, filme que mostraba más bien un lado paródico o cómico de los inspectores de fantasmas. Los Warren son todo lo contrario. Ellos no leen las cartas ni juegan a la ouija. En su lugar, formulan hipótesis, comparan casos, citan precedentes. El personaje de Ed (Patrick Wilson) es el lado teórico, mientras que Lorraine (Vera Farmiga) es el lado espiritual, uno que de por sí provoca una mirada escéptica. Lo cierto es que a la mano de la ciencia, hasta lo más retorcido resulta ser universal. El final de El conjuro es el final de The innkeepers (2011), de Ti West. Es una escena en que el espectador está a la espera del terror. La dilatación de pronto es efecto de tensión, no por el hecho de que esté sucediendo “algo”, sino porque nada está sucediendo y la expectativa de pronto alimenta el miedo. Tanto James Wan como Ti West se han apropiado de una de las semillas del terror. La sangre no es la clave, sino el miedo a temerle a lo que no estamos seguros irá a ocurrir. Ambos directores, son generados del terror en su estado más puro.

miércoles, 13 de febrero de 2013

Mamá

Artículo publicado originalmente en Cinespacio.

Basado en su propio cortometraje, Andrés Muschietti dirige Mamá (2012), película coproducida por Guillermo del Toro (Cronos, 1993), director que ha servido de trampolín a otros directores quienes han decidido iniciarse o hacerse notar dentro del género de terror. De las manos de Del Toro han pasado películas como El orfanato (2007) o Los ojos de Julia (2010). Vincenzo Natali, uno de los rostros más notables en el género de horror canadiense, ha recorrido también dicha productora con su película Experimento mortal (2009). Mamá, a diferencia de los mencionados, ha tenido un mayor énfasis promocional. Dentro de su estrategia estaba el rescatar el corto del mismo nombre (2008), aquel que por cierto prometía la producción de un interesante largometraje en manos de su mismo creador.

Mamá tiene buenos momentos y momentos indeseables. Los primeros, como ya se ha vuelto costumbre en distintos filmes de terror, están aglomerados en sus primeras escenas, las mismas que te introducen a una historia truculenta, en principio, sin ningún indicio o explicación. Muschietti se sirve del drama sobre la orfandad para revelar a un ente y otros dos personajes malditos. Por un lado una madre perdida en el limbo, mientras que por otro, dos pequeñas sobrevivientes de una tragedia familiar. Ambas historias desde el inicio convergerán y convivirán. Es pues la correspondencia de dramas; uno precisa del otro para complementarse y buscar su orden. Las cosas se complicarán cuando este “orden” se quiebra con la llegada de otros personajes. Han tenido que pasar cinco años para que Lucas (Nikolai Coster-Waldau) halle a sus dos menores sobrinas luego de ser raptadas por su desaparecido padre. Junto con su novia Annabel (Jessica Chastain) adoptarán a las niñas quienes hoy están convertidas en seres humanamente descuidados; pequeños salvajes.

En definitiva el gran desacierto de Mamá es resolver anticipadamente el conflicto escondido, uno que después de todo recae en la revisitada leyenda de la mujer con problemas mentales, enclaustrada, solitaria, rodeada de monjas y elementos traídos de una prensa amarilla del siglo XIX. Por otro lado, Muschietti se inclina al thriller, el de resolver un caso olvidado por el tiempo, y es en este donde intervienen elementos de la ciencia, grabaciones, videos, apuntes, periódicos, una serie de evidencias que intentan armar un simple rompecabezas que no precisa de tanta fuente escrita o tecnológica para llegar a ser resuelto. Mamá está rodeada de elementos citados hasta el cansancio, sueños que se vuelven pistas, paredes humedecidas por aguas turbias, insectos nocturnos que sobrevuelan en una habitación, espíritus contorsionistas con los miembros dislocados.

Sin ir muy lejos, El aro (Gore Verbinski, 2002) sería un gran referente de esta película. Es una historia dramática que, en principio, nada tiene que ver con los fantasmas pero que de pronto se ve envuelta en un evento paranormal. En ambos el tema de la orfandad es ese drama, el mismo que también pesa en el historial del ente. Lo que sigue es la venganza o el desquite contra los vivos. Mientras no se resuelva la pena de este condenado, los vivos seguirán siendo acechados. Mamá termina con un final símil a El aro. Cuando parecía estar resuelto todo, el muerto dice “no, quiero más”. El filme está compuesto por una gran fotografía, Jessica Chastain está ahí sin ninguna pretensión. La figura de “mamá” de un momento a otro es tan expuesta que ya no provoca sensaciones tan profundas, esto a diferencia cuando todavía ni se asomaba o cuando la cámara se acercaba a la oscuridad poco a poco y uno decía “prepararse para lo que se viene”, y nada venía. Eso es suspenso, eso es tensión.

lunes, 4 de junio de 2012

Plato tradicional: Poltergeist, 30 años después

Un día como hoy se estrenó en EEUU Poltergeist, película dirigida por Tobe Hooper y producida por Steven Spielberg; ambos directores muy influyentes en el cine. Aquí un análisis del filme.

The Texas Chainsaw Massacre (1974), o también conocido como La Masacre en Texas, significó para Tobe Hooper el inicio de una carrera tempranamente prodigiosa. Este filme fue sin duda el referente directo para muchos directores durante la década de los ochenta. Antes que Jason Voorhees, Michael Myers o Freddy Krueger, estuvo Leatherface; uno de los personajes de terror más retorcidos en el cine estadounidense. Tobe Hooper, a diferencia de otros directores del género de terror, no se retrajo del género gore, tipo de cine que recién migraba de las producciones de serie B al cine comercial, luego que la censura frente a la violencia gráfica obtuvo mayor tolerancia, introduciéndose pronto a la gran industria. Lo cierto, además, es que el género gore dentro de este filme no significó una necesidad de depurar el comportamiento sádico o reprimido de un grupo de personajes que no justificaban la disección o mutilación de víctimas indefensas que encontraban a mitad del camino. Para Tobe Hooper, el gore no era más un anexo al realismo brutal, visión de un cine correspondiente a la coyuntura de aquellos tiempos violentos, tanto bélicos (la Guera de Vietnam) como suburbiales (de la familia Manson a otros casos "cotidianos" que dieron a parar en la contracultura).

El siguiente filme de Hooper fue Eaten live (1977), aludiendo nuevamente al estereotipo de los rednecks, aunque con un desacertado argumento y más abierto a la comedia (La masacre en Texas, en cierta forma, tiene de comedia). Más adelante, adaptaría un libro de Stephen King, renovando la atención del público. Salem’s Lot (1979) se estrenó en televisión a modo de miniserie, resultando una lectura moderna a la novela de Bram Stoker que se libra de lo gótico. Ese mismo año se estaría adaptando su versión al cine gracias a la buena recepción que tuvo en la TV. A inicios de los ochenta estrenaría dos nuevos filmes. La primera fue The funhouse (1981), filme que alimenta el terror desde su relación con lo circense. Nuevamente vemos a un colectivo asociado a lo retorcido y la violencia, pero con pautas infantiles. No se niega, sin embargo, que Hooper tenía la genialidad para recrear formas grotescas, imágenes que perturbaban a un espectador que recién se estaba acostumbrando a la virtuosidad de la nueva tecnología y al maquillaje realista. Fue así como Steven Spielberg, ya convertido este en uno de los directores más respetados dentro del mercado, se fijó en el aún desconocido director, cediéndole la dirección de un guión que había fabricado junto con Michael Grais y Mark Victor. Para entonces Spielberg ya tenía confirmado el inicio de rodaje de E.T. El extraterrestre (1982), esto evitándolo de dirigir un segundo filme al mismo tiempo.

Ese filme fue Poltergeist (1982), que en efecto nace de una idea original de Steven Spielberg. Se sabe también que el mismo Spielberg fue un director adjunto a Hooper, lo que ha traído la suspicacia entre comentaristas que más bien sería el creador de Tiburón (1975) quien realmente dirigió en gran proporción esta película. Cierto o no, Spielberg siempre ha tenido la genialidad de encuadrar la imagen, de puntualizar la historia y de evocar al maestro Alfred Hitchcock mediante el suspenso. Hooper, sin embargo, siempre ha preferido emular lo macabro, adjuntar lo cómico al terror, y fabricarlo sin necesidad de una antesala o suspenso. Poltergeist tiene más de esto último, y es en este filme que se expresa un gran logro desde La masacre en Texas; capacidad que el mismo director no superaría en el resto de sus filmes, hasta la actualidad. Entre Spielberg y Hooper, ambos comparten una habilidad creativa, sea en el argumento o en la exposición visual de sus imágenes, y esto se ve reflejado en el filme; una historia amoldada al relato “Spielberg” y al imaginario grotesco de Hooper.

Respecto al argumento; Terror en Amityville (1979) ya antes había retratado una historia similar, sobre una familia que va experimentado sucesos sobrenaturales que más adelante tendrán una explicación casi razonable –además de un exorcista –. Poltergeist, a diferencia de la película mencionada, posee razonamientos casi ridículos en su historia. Si en el primer filme el argumento repasaba el espantoso asesinato de una familia a manos de un hombre seducido por la locura, en el filme de Hooper era la manifestación maligna de una casa y sus espíritus, luego que se profanara un cementerio indio que yacía en las profundidades de un jardín. A una familia se le ocurrió fabricar una piscina en un lugar maldito. Aunque parezca contradictorio, he ahí la primera evidencia provocadora de este filme. Steven Spielberg había creado la historia de una familia normal. La típica “american family” compuesta por dos padres de familia relativamente jóvenes, la hija adolescente y los dos pequeños. En el día, los mayores con su trabajo de oficina y los menores en la escuela; en la noche, los padres fumando hierba, mientras que los niños juegan en sus recámaras. La adolescente, quién sabe dónde andará. Todos estos habitando dentro de un suburbio. Es lo usual.

Spielberg, influenciado por el espíritu hitchcockiano, toma a un grupo de personas normales y los vuelca a lo imprevisto. Poltergeist es la historia de una familia brutalmente normal que de pronto se verán envueltos en una serie de hechos inexplicables; eventos que casi a mitad del filme serán justificados, y que para entonces se habrá disfrutado de avistamientos fantasmales y ruidos estrepitosos. Es mediante una larga introducción que Tobe Hooper va haciendo terreno de su afición por la dialéctica macabra, cocinada desde La masacre en Texas, y que más adelante directores como Wes Craven o Sam Raimi tomarían prestada. Poltergeist se inicia con un reconocimiento de lo intangible. En la escena, la angelical Heather O’Rourke se levanta luego que la TV rompe su emisión local. Una mano fantasmal atraviesa el televisor y el sonido sinfónico, compuesto casi enteramente por instrumentos de viento, explotan y alertan que algo desconocido ha invadido el mundo normal. El quiebre de la rutina se da, y Hitchcock diría: “es momento del suspense”. Es así para los espectadores, aunque no para los protagonistas. Se siembre el idioma macabro, entre leves carcajadas que erizan la piel y entablan el límite entre lo cómico y lo terrorífico. La familia sigue actuando de lo “más normal”, sin imaginarse con lo que se están enfrentando.

Es así como observamos escenas cuando la madre juguetea con los espíritus. Fraternizan, los conoce, se divierte de ellos (no con ellos), les pone pruebas, a medida que va subiendo el nivel de dificultad, o más bien, el nivel de irrealidad. Intenta con cosas, luego con su hija. Después le muestra al padre su gran descubrimiento - hilarante secuencia -. Hay una necesidad de entablar los lazos de lo normal con lo sobrenatural, esto como un gesto de afrenta o reto que deconstruye los miedos y los convierte en risas provisorias. Décadas anteriores, nunca habríamos visto a la víctima mofándose del “Hombre lobo” o el “Monstruo del pantano”. Tobe Hooper recrea una manera distinta de causar terror. Los personajes están expuestos al peligro, conviven con ello, y esto no causa más que pánico y desconcierto en el espectador preguntándonos o debatiéndonos una y otra vez sobre “¿qué pasará?” o “yo me lo tomaría en serio”. La familia ha sido seleccionada de tal manera que no cuestiona lo extraño. Ellos no tienen religión, son gente de clase media; ¿quién querría hacerles daño?. “No hay motivo para asustarse”, dicen sus miembros. Obviamente el espectador dice todo lo contrario. Ya más adelante ocurrirá la desaparición de la pequeña que había advertido a la familia: “There’re here” (Ellos están aquí). A partir de eso, la familia pasa de la normalidad a la perturbación.

martes, 1 de junio de 2010

Plato tradicional: El resplandor, 30 años después


El pasado 23 de mayo se cumplieron 30 años del estreno de El Resplandor, película de Stanley Kubrick, reconocida como una de las mejores dentro del género de terror y el cine en general. Este es un análisis del filme.

I.
Antes de rodar El resplandor (1980), Stanley Kubrick ya había dirigido más de una película bélica, una de sci-fi, una erótica, una de comedia, un thriller con rasgos melodramáticos y uno de cine negro. En una entrevista con el crítico Michel Ciment, el director declaró que siempre había tenido una curiosidad por el tema de la parapsicología. Las cuestiones de fantasmas u almas en pena tal vez no podría ser una primera referencia que lo impulsó a realizar El resplandor debido a que Kubrick siempre estuvo afiliado a una imagen ajena de religiones y creencias que posiblemente para él significaban dolencias existenciales. Se sabe además que lo que provocó esta necesidad de hacer este tipo de película fue la intención de captar la atención de las masas comerciales, e indudablemente Kubrick se aprovecharía de esta para promover, como lo hizo con todas sus anteriores cintas, su lado artístico, lado que por cierto siempre fue minucioso, riguroso, casi exagerado, como todo artista.
El resplandor es la historia de cómo un escritor llamado Jack Torrance (Jack Nicholson), su esposa Wendy (Shelley Duvall) y su hijo Danny (Danny Lloyd) son designados a cuidar un majestuoso hotel que cerraba durante cada época de invierno. Muy pronto la familia se verá envuelta en un estado de tensión; algo no anda bien en ese hotel. Jack comienza a tener trastornos de personalidad, su hijo está visionando hechos paranormales y la madre comienza a hundirse en un estado de pánico. Kubrick construye así una película con un género tripartita. El resplandor pertenece a un género de thriller psicológico por contener la historia de un hombre que ha perdido la cordura a tal punto de querer matar a su familia, es un género fantástico al tratar de un niño que tiene la capacidad de ver el pasado y el futuro y por contar además con la presencia de seres fantasmagóricos, y por último hay un género de terror y suspenso a manos del estado de histeria de la madre. Cada personaje independientemente va construyendo un comportamiento distinto al otro. Los tres comparten el mismo techo pero ninguno comunica su estado de ánimo. Ninguno de los padres se logra enterar de los poderes escondidos de su hijo, el padre se reprime de una furia escondida propia de un malestar personal y la madre calla frente a su angustia. Un género real, como es el thriller psicológico o el problema mental de un hombre, y su combinación con lo no real, lo fantástico reflejado en el niño, dan por producto una alteración de lo cotidiano representado en la madre que parcialmente va presintiendo –más no enterándose –de ciertas situaciones alimentando así su estado de suspenso. El saber la verdad total va generar el terror.
La construcción del relato de comienzo a fin es de suspenso. La familia llega al hotel aglomerado por una multitud de personas, pero al rato vemos el mismo hotel baldío. Ese cambio brusco produce un estado de perturbación, tres personas exiliadas del mundo de los vivos (en dichas montañas no hay otra señal de vida más que el de la familia). La luminosidad opaca dentro del hotel y la venida del invierno fuera de esta contextualizan un lugar distinto al de su llegada como avecinando una futura tragedia. La construcción laberíntica del hotel (cuarto tras cuarto, pasillo tras pasillo) crea una sensación de vértigo que sensibiliza los sentidos. El suspenso toma presencia en la mudez de los personajes, el agudo tecleado de una máquina de escribir, el golpe seco de una pelota de tenis en medio de la sala, las ruedas de un vehículo de juguete que roza con el piso de madera e intercaladamente con la alfombra cuadriculada, tan geométrica como el lugar mismo. El suspenso también surge cuando aparece Dick Hallorann (Scatman Crothers), el cocinero del hotel, que antes de partir comienza a mostrar a Wendy y su hijo los ámbitos de la cocina. Nos enteramos ahí mismo que Dick tiene la misma capacidad del pequeño Danny, y el primero le advierte a este que no debe entrar por ningún motivo a la habitación 237, “¿de qué tienes miedo?” le pregunta el niño; no se explica el porqué. Es con la presencia de Danny que el terror se cristaliza. El pequeño antes de ingresar al hotel ha visto cosas extrañas: un mar de sangre que brota de un ascensor, dos niñas con un aspecto macabro a mitad de un pasillo; hay algo malo encerrado en ese lugar. Esto muy a pesar ha sido catalizado por la historia que esconde el hotel narrada anticipadamente por Stuart Ullman (Barry Nelson), el dueño del hotel, cuando cierra el trato de vigilancia con Jack. Un anterior guardián del hotel había asesinado de hachazos a su esposa y a sus dos hijas, luego se suicido de un tiro. Al parecer fue un efecto de claustrofobia producida por el hotel lo que lo habría enfermado de la cabeza. Entonces el espectador ya cuenta con antecedentes para sospechar de una próxima masacre. Kubrick crea ante todo motivos para dar paso al terror, el motivo mismo es una historia de terror y esta provocará una nueva, pero para eso primero tendrá que pasar por el suspenso.
II.
El resplandor para su estreno tuvo mucha controversia debido a que la naturaleza de Kubrick hasta ese momento no había sido del todo asimilada. La crítica y el mismo público habían reconocido en una primera mirada una película de terror nada memorable empezando por contener una sobreactuación de sus actores, un Jack Nicholson que posiblemente haya desempolvado a un repetido Randle McMurphy, el desquiciado de Alguien voló sobre el nido del cuco (Milos Forman, 1975), una Shelley Duvall con gestos de drama exagerados y la repetitiva mirada del gesto atónito del pequeño Danny. La segunda razón fue porque la película contaba con una trama predecible. La idea de narrar a un comienzo de la película el asesinato que había sucedido en el mismo hotel donde la familia de Jack iría a establecerse, era inferir que tendría que pasar lo mismo con ellos. El padre terminaría por volverse loco (además por ser Nicholson, actor que se había ganado la fama de interpretar papeles de personajes locos o excéntricos) e intentaría matar de hachazos a su esposa e hijo, y posiblemente se mataría al igual que el anterior vigilante. Dentro de esto la película de Kubrick había sido subestimada.
El resplandor originalmente tenía una duración por encima de los 140 minutos. A la semana de su estreno fueron amputados casi 20 minutos del final a partir de la escena donde aparece una foto del 4 de julio de 1921 –escena que hasta el momento se le conoce como el final –. En estos 20 minutos de más se narra la llegada de Wendy y su hijo al hospital y la confirmación de la policía sobre el encuentro de un solo cadáver, este perteneciente al cocinero Hallorann, mientras que el de Jack nunca fue localizado. Comentar esto está demás por ya no formar parte del producto, aunque si todavía lo fuera hubiese sido parte de un grupo de acertijos que ya guardaba la película. Luego de dicha modificación el enigma se redujo, y es que el nuevo final también traída cuestionamientos extraños. En la última escena se enfoca una foto del año de 1921 donde reconocemos la presencia de Jack, pero la pregunta es, ¿será en verdad Jack?, ya que el personaje de la foto tiene una apariencia distinta a la del escritor, pero muy a pesar son los mismos. Se especularon muchas cosas pero la respuesta la extendió el mismo Kubrick años después, esta también contenida en la entrevista con Michel Ciment: Jack sería la reencarnación del que fuera un personal del Hotel Overlook. Las razones del porqué Kubrick asumió dicha solución no se explican pero sin embargo si pueden interpretarse.
III.
El Hotel Overlook contiene tres historias, tres temporalidades que se han encerrado en sus aposentos. La primera está relacionada a sus orígenes. El hotel habría sido levantado encima de un cementerio indio, según lo cuenta Ullman a la familia de Jack: “hubo un enfrentamiento con los indios mientras esta se construía”. La segunda historia es la del 4 de julio de 1921, historia que no se explica mucho en la película. Y la tercera sería la de Charles Grady, y de cómo este asesinó a su familia. La tragedia de Jack está en relación con las dos últimas historias. Si hay algo que se han preguntado mucho los críticos es sobre si las visiones que tiene Jack son reales, desde una perspectiva paranormal, o son imaginarias o producto de su locura. Lo que experimenta Jack son ambas. Él es una persona que está mentalmente perturbada y su locura es manipulada por agentes espectrales que rondan en el hotel. Hubiese sido tan solo locura si hubiésemos visto el encuentro de Jack con el cantinero Lloyd en el “The golden room” o en el baño con Delbert Grady; un simple monólogo que su imaginación habría creado. Pero lo que no es posible es que con su sola imaginación haya salido de la despensa de la cocina luego que Wendy lo haya encerrado con un seguro externo. Es obvio que el que le hablaba fuera de la despensa y lo ayudo a salir era una presencia externa a su mente.
Otro enigma es también el caso de Grady. El tipo que había asesinado por los 70 a su familia se llamaba Charles Grady, mientras que Jack conoce en el “The golden room” a un Delbert Grady, el mismo que más tarde lo liberaría de la despensa. En una conversación con Delbert, Jack afirma reconocerlo como el padre que mató a su familia. Delbert confusamente lo niega pero luego acepta haber “castigado” a su esposa e hijas. Entonces Delbert y Charles serían los mismos. En esa misma conversación dentro de un baño Delbert anuncia a Jack: “siempre he estado aquí”, cita que nos recuerda al de las hermanas fantasmas (de hecho hijas asesinadas de Grady) que dicen a Danny: “ven a jugar con nosotras por siempre, siempre y hasta siempre”. Cabe la posibilidad que también Delbert haya tenido su reencarnación en Charles respondiendo a que entonces las reencarnaciones han sido maldecidas por su pasado, pasado que como dijimos más arriba no se explican, sino hasta la primera historia que habíamos clasificado.
IV.
Kubrick dentro de El resplandor crea una serie de mensajes escondidos a partir de su ideología o cuestiones que él miraba con contemplación. Uno de los mensajes y temas más sugerentes está relacionado con la primera historia del Hotel Overview. Este se había construido encima de un cementerio indio. Posiblemente desde una perspectiva religiosa esta resultaría una actitud inadmisible que atenta al límite de propiedad entre los vivos y los muertos. Kubrick sin embargo no era ningún abanderado religioso. Desde una perspectiva del género de terror, la ocupación de un hotel encima de un cementerio indio infiere una futura maldición. Son las almas de los indios que reclamarán su territorio, tal vez se podría decir. Kubrick por su lado veía el poder del capitalismo, de cómo el actual dueño del hotel habla de dicha masacre como un simple comentario alterno a la historia ignorando que hay una colonización a la que se está negando. El hotel, en medio de una naturaleza que un día perteneció a un pueblo indígena nativo, es la representación de una mecánica capitalista que arrasa con la cultura y la memoria. La memoria fue el cementerio que ahora es más que un mito, su cultura se vería representada en un tapizado. Un estudio de Bill Blakemore comprueba que los tapizados y mantos que se encuentran en casi todo el Hotel Overview contienen figuras con motivos indios. En la escena donde es asesinado Hallorann, el cadáver del cocinero es irónicamente hallado encima de uno de esos mantos. Es la cultura muerta de los indios nativos. Un estilo recurrente en las películas de Kubrick es la ironía representada en lo mencionado y además en la foto de final del filme. La foto de un 4 de julio hace referencia a una fecha que supuestamente debe ser conmemorativa a esa igualdad de géneros, razas y culturas arraigadas dentro de la nación estadounidense, sin embargo esta se relaciona con cuentos de indios exterminados o una persona, casualmente de raza negra, asesinada. Es la negación de una igual de razas y una cultura en la escena donde Hallorann yace muerto.
Kubrick en El resplandor hace también una serie de alegorías a temáticas que posiblemente siempre hayan sido de su atención. Una de las más curiosas están en las continuas citas que realiza de los cuentos de hadas o infantiles. Según Rob Ager se puede localizar en el guión citas específicas sobre estas, una es en la cocina del hotel que al ser muy grande Wendy comenta que tendrá que dejar migas de pan para no perderse (Hansel y Gretel). En la escena del ataque con el hacha, Jack antes de romper la puerta llama a los chanchitos que le abran. Al ver la negativa dice que soplará y soplará hasta derrumbar su casita (Los tres chanchitos). El caso de Hansel y Gretel, agrega Ager, se incrementa con la entrada de Jack al cuarto 237 que cambia sus tonalidades redundantes a multicolores, como si fuese una casita de chocolate. Dentro del cuarto Jack encontrará a un fantasma que es una bella mujer pero que resulta ser una vieja, como si fuese la bruja disfrazada para engañar a los niños. Lo dicho por Ager podría ser complementado con el verdadero significado de los cuentos de hadas que en realidad tuvieron sus orígenes como cuentos destinados para adultos. Kubrick en su Hansel y Gretel no pone a una amable anciana, sino a una bella mujer, y si bien no es chocolate lo que ofrece es su sexo. Hay una revisión de lo que fueron originalmente los cuentos de hadas, la mezcla entre el deseo y el erotismo y cómo se da paso a lo grotesco o terrorífico. Continuando además con el cuento de Los tres chanchitos, no es coincidencia que puedan ser solo tres los de la familia que están dentro de una segura casa, pero sin embargo hay un lobo que los acecha que es además supremo a ellos, incapaces de enfrentarlo o saber de él. Volvemos una vez más en el “The golden room”; Jack al querer pagar al fantasma del cantinero Lloyd su trago este le responde que su dinero no es bienvenido y es que alguien superior a él es quien le invita. No se sabe a quién exactamente se refiere. Esto nos puede llevar a una cita de Fausto de Goethe. En primer momento, si bien nunca aparece un Mefistófeles o un lobo, podemos reconocer en Jack un Fausto que firma un contrato a inicio de la película, en la parte de “Closing day”. Es el pacto entre el escritor y el dueño del hotel. El segundo le promete tranquilidad, para escribir su novela, y Jack le promete que su familia lo disfrutará, sin imaginarse claro que no cumplirá su palabra y más adelante firmará un nuevo contrato.
V.
Jack es un escritor frustrado. Es además una persona con un carácter muy voluble. En su conversación con Lloyd él le confiesa que un día golpeó a Danny por haber tirado sus papeles. Estamos reconociendo así a un hombre que no se volvió loco por los sucesos paranormales del hotel, sino más bien porque llevaba consigo una carga que lleva reprimido pero que poco a poco va cediendo. Es entonces cierto que Jack nunca mintió al dueño del hotel que una casa o un efecto de claustrofobia lo volvería loco, fueron sus mismos estados de ánimos, sus frustraciones personales, y posiblemente sus problemas de alcohol los que lo llevaron a reaccionar así. La llegada de Jack al hotel ya tiene un terreno preparado para su desatar su ira. Jack llega ya como un sujeto perturbado. Kubrick motiva esta al crear una pareja muy opuesta. Es el esposo fornido y con mala actitud, es la esposa menuda y llena de debilidades. Hay una polaridad conyugal donde se reconoce de inicio a fin a la esposa como la víctima. La sensibilidad quebradiza de la mujer para Jack no le provoca un estado de regocijo, sino todo lo contrario. Jack incrementa su estado colérico al reconocer en su mujer una actitud totalmente indefensa.
El oficio de escritor también es un medio que desvía a Jack de su cordura. El escritor es aquel que tiene por oficio imaginarse, mimetizar la realidad, esto quiere decir, modificarla o mal formarla. En ese caso hablamos de un hombre que vive de una realidad parcial; está ubicado entre la realidad y la imaginación. Este estilo de vida adherido a su frustración le ha causado una alteración a sus sentidos y confundir entre lo real y lo imaginario. La locura de Jack se amplía a lugar que él se adentra a la escritura, escritura que nunca logra manifestarse en sus hojas en blanco. Estamos hablando entonces de un escritor frustrado y además que reprime sus ideas, su voz, su palabra, la incapacidad de comunicarse. Jack en su enfado gime, gruñe, se agita. Él ha perdido su idioma y ahora está subyugado a lo irreal, ha dejado de pensar con la razón, es por eso que decide matar a su familia y hace un nuevo contrato. Jack al ingresar por primera vez al “The golden room”, está enfadado, estresado y pronuncia que vendería su alma al diablo por una cerveza: él será Fausto y Grady será Mefistófeles.
Sobre la palabra y la razón también se ve reflejada en Danny. Él es un niño corriente pero su habilidad de ver el pasado y el futuro lo hace diferente y víctima de sus miedos. Sus preocupaciones están en referencia con su habilidad. Él cada vez que se entera de un nuevo avistamiento reacciona parcamente frente a su alrededor. Sus visiones sin embargo no son manifestadas por él, sino más bien por Tony, su amigo imaginario. A palabras de Danny, Tony es un niño “que vive en mi boca”. Tony es el amigo imaginario que Danny se ha creado con la intensión de responsabilizarle su habilidad psíquica. Tony es también el que le comunica de todo lo visto. Danny por lo tanto es incapaz de asumir una habilidad como la que él tiene, es por eso que crea a otro para asignársela. Danny también es incapaz de comunicar los avistamientos, es por eso que Tony también se convierte en su voz o palabra, de ahí por eso habita en su boca. Por último, es a través de Tony que Danny intenta razonar con su habilidad que aún no conoce ni sabe aceptar.
VI.
Una de las grandes genialidades artísticas dentro de El resplandor, así como de la mayoría de sus cintas, es una buena fotografía que declara los contrastes de un medio fantasmal y apartado como es el hotel muy a pesar de tener espacios abiertos. Se puede reconocer que siempre está presente el color rojo u ocre, este como pronosticando un posible asesinato o dando marcas que ocurrió hace años uno en ese lugar. La palabra invertida de “MURDER” (asesinato) escrita por Danny es “REDRUM” que sería pronunciar “RED-ROOM” (cuarto rojo). Las tonalidades del rojo se reconocen en todos los espacios (a excepción del cuarto 237), desde un cuarto pintado de dicho color o la prenda que lleva uno de los personajes o hasta una mínima campana contra incendios en medio de colores claros. Kubrick sabe esclarecer las tonalidades de color rojo en medio de los espacios difuminados. La espesa bruma de las nevadas, la misma nieve, las puertas de color blanco son escenarios que revitalizan el color rojo.
Kubrick con El resplandor fue uno de los que inauguró el steadycam, eso dio control a su movilidad de cámara cuando había una persecución a la pequeña moto de Danny o a la escena dentro del laberinto. Kubrick además crea un contraste de cortes de escenas repentinas con las desvanecidas, una se diferencia de la otra por la aparición de los seres sobrenaturales. Cuando esto ocurre los cortes son repentinos y violentos. Gran cantidad de los planos son medios o primeros planos tanto abiertos como cerrados graficando motivos de sorpresas o terror. Los acercamientos abruptos son una dinámica de espasmo. La música y los efectos de sonidos son una mezcla que el director recrea con la necesidad de crear nuevas sensaciones de terror. Los que habían juzgado negativamente frente a El resplandor con los meses o los años cambiaron de opinión. Stanley Kubrick habría creado una gran película dentro del género de terror. El suspenso en esta es la que reina y motiva a que todo el largo tenga una sensación terrorífica. Las imágenes de las gemelas en el pasillo del fondo, el hacha atravesando una puerta de madera, el escape en un jardín laberíntico es el idioma de un terror que deja en segundo plano lo que en un momento pudo haber sido una trama con distintos puntos cuestionables. Kubrick ha hecho lo que no muchos directores realizan, crear una coincidencia valorativa entre el público y la crítica.