sábado, 1 de julio de 2017

7 Lima Independiente: El futuro perfecto

Reposteo este artículo publicado durante su pase en el Festival de Locarno con leves modificaciones.

Una joven comienza a adaptarse a un mundo distinto al de su natal China. Xiabon (Xiaobin Zhang) narra la que fue su atropellada llegada a Argentina, país del que no conocía nada, ni el idioma ni tan siquiera a sus padres o el resto de su familia, a quienes veía por primera vez. El futuro perfecto (2016) inicia como un documental que registra un testimonio sobre la migración, aunque con un gesto particular. A medida que la protagonista cuenta su historia mediante su imperfecto español, vemos secuencias en donde ella misma remeda su propio historial. Desde el principio de su película, la directora Nele Wohlatz quiebra las fronteras de la ficción. Pero hay más. Es en ese tránsito transficcional que nos enteramos que Xiabon en realidad forma parte de un curso de español, siendo ese testimonio inicial parte de una tarea evaluativa. Es de esa forma en que lo narrado en clase se mece entre una naturaleza de lo real y la inventada.
Así como los personajes de Matías Piñeiro que van remedando por instinto lo que dictan sus libros de historia o de teatro, en El futuro perfecto la protagonista va performatizando de manera consciente un libreto hecho por ella misma y que en su momento interpretó. Xiabon es actriz – como los personajes de Viola (2012) o La princesa de Francia (2014) – de una “lectura” que expone para los de su clase. Muy a pesar, está la incógnita de los verdaderos precedentes de esta adolescente. El filme de Wohlatz deja a la especulación si lo representado es parte de una memoria o un mero ejemplo para un curso. Como para estimular más esa cuestión, la directora va disponiéndonos de otras situaciones que evalúan los límites de lo real y la ficción. Esto ocurre, por ejemplo, a la llegada de un actor profesional asesorando a los alumnos que asumen el oficio de actores no profesionales. Surge entonces la pregunta, ¿es acaso todo esto (incluyendo las clases de español) parte de un taller actoral? Qué es sino la actuación un oficio que nos hace creer lo que en realidad es falso.
Un detalle que no deja de ser interesante es la correspondencia que existe entre ese concepto de lo hipotético y la migración. No es gratuito que la “ficción” se geste dentro de un ámbito conformado por inmigrantes. Entender la migración como el tránsito rumbo a un futuro incierto o hipotético (inventado, como los mismos ejemplos en clase), a propósito de una inmersión a un espacio desconocido e incomprendido, ya sea por la distinción cultural y su mismo lenguaje. Siguiendo ese aspecto, la película de Nele Wohlatz apela también a lo quimérico. De ahí esa alusión a la inexactitud de los pronósticos de tiempo. El futuro perfecto es de esas películas que merecen una segunda vista.

viernes, 30 de junio de 2017

7 Lima Independiente: Ejercicios de memoria

El edificio de los chilenos (2010) reúne una serie de testimonios en primera persona, a los que se incluye el de Macarena Aguiló, una de las codirectoras de este documental. Las testificaciones narran los recuerdos de niños, ahora adultos, que vivieron por años alejados de sus padres, miembros del MIR, exiliados a fuerza durante el Chile de los 70. Más allá de hacerse remembranza sobre una conciencia política, este filme revela un retorno a recuerdos dolorosos, a propósito de una orfandad justificada por los ideales de una sociedad, orientándose a la aprobación o al resentimiento de sus receptores. Ejercicios de memoria (2016) toma similar premisa. Aquí también los niños ahora son adultos y sus testimonios componen un documental que hace retrato de otra dictadura. El hecho es que estos niños, en lugar de “esperar”, acompañan a su padre a la clandestinidad, convirtiendo sus memorias en tiempos de incertidumbre.
La directora Paz Encina convoca a los hijos de Agustín Goiburú –un influyente opositor político durante la dictadura de Alfredo Stroessner– para capturar sus recuerdos de infancia, tiempos que coincidieron con la dura persecución de la que fue presa su padre. En distinción a El edificio de los chilenos, la directora paraguaya no apela a una entrevista frontal, sino opta por un discurso evocativo. En el filme se oyen las voces en off de los hijos de Goiburú, mientras una serie de imágenes nos fotografía el contexto de dicha clandestinidad, postrándonos por momentos a un plano bucólico. Ejercicios de memoria emula un dictado melancólico y detallado sobre una infancia que se sorteaba entre el juego de niños y la inquietud de estos ante la posible desaparición del patriarca, sumándose además algunos relatos de los fracasos ejecutados por la oposición dentro de una dictadura que todavía tenía para su alargue.

jueves, 29 de junio de 2017

7 Lima Independiente: París es una fiesta

Interesante cómo Sylvain George le da un sentido discursivo a este documental político, a través de un agregado visual. A diferencia de lo que es la mirada distante y objetiva del Maidan (2014) de Serguei Loznitsa, la cámara de George en su nuevo filme se apega a sus protagonistas, mientras fabrica y rebusca una contemplación especulativa. Paris es una fiesta (2017) registra a una ciudad convulsionada por las normativas migratorias, la pugna por avalar los derechos de los desprotegidos, la caminata errante de algunos indocumentados, además de toda una serie de evidencias infames, pero que muchas de estas, curiosamente, despliegan una belleza provocada por el encuadre, el modo de angulación, la textura de la imagen y los modos ilusorios propios de la luz y el brillo. Es decir, no solo el título del filme, sino que además la propia exploración de este documental se inclinan a una paradoja.
En el filme no hay fiesta, hay crisis y conflictos entre el Estado y la sociedad, sin embargo, la democracia se pronuncia y parece dar signos de una eventualidad celebratoria. George retrata este tiempo de protestas en un blanco y negro, como emulando al Mayo del 68, época de discursos en la plaza, banderas, pancartas, bombardas y choques con la policía. Paris es una fiesta es también una mirada a un imaginario político desmitificado a través del panorama social y su propio contexto. De repente las estatuas, o cualquier otro símbolo de la gobernabilidad, así como los espacios que surcan la ciudad, en donde la pobreza y la necesidad se abrigan, expresan un desbalance e insatisfacción que convierte a la “Libertad, igualdad y fraternidad” es una falacia.

miércoles, 28 de junio de 2017

7 Lima Independiente: La muerte de Luis XIV

Los largos de Albert Serra han hecho expedición a épocas y personajes que remiten a un imaginario universal. El director español manifiesta una atracción por la propiedad histórica, aludiendo, por ejemplo, a la vieja Europa y lo que esta representa. Hay un sentimiento por el arraigo, cuestión que podría adicionar también a su ópera prima Crespia (2003), asumida como una alegoría pastoril “moderna” de una comunidad de jóvenes en un ámbito catalán –lugar de origen del director– al desarticular un contexto tradicionalista, aún latente, mediante las vagancias y conciertos musicales de los protagonistas. Y, a propósito de ello, la afición de Serra por ese arraigo no le impide explorar una imagen distinta de lo que representa. Caso en Honor de caballería (2006), vemos a un Quijote abstemio de aventuras, en donde se incluye una secuencia de un Sancho rebelándose, mientras el caballero andante responde con una condescendencia casi paternal; en tanto, en Historia de mi muerte (2013), desde el título Serra adultera la biografía de Casanova, a quien pondrá como vecino al mismísimo conde Drácula.
La muerte de Luis XIV (2016) alude también a esa dinámica por desmitificar el pensamiento inmediato. Aquí vemos al monarca, gran ídolo del absolutismo, consumiéndose producto de una herida en la pierna. Todavía falta mucho para la Revolución Francesa, pero la agonía del rey parece un preámbulo de la decadencia del reinado. Así como lo hizo con el Quijote, Serra convierte a este monarca en una presencia lejana a las glorias que dictan los libros de historia. Lo único que nos hace recordar de sus logros son sus súbditos, quienes atienden con fidelidad a su benefactor a punto de morir. Un detalle interesante en la fílmica de Serra es el concepto de lo servicial que parece explayarse en los contextos históricos a los que ha hecho alusión. Es Sancho al Quijote, los reyes magos rindiendo tributo al niño Jesús (El canto de los pájaros, 2008), el criado de Casanova y luego Drácula mordiendo y sumando sirvientes. Hay una serie de hombres al servicio de otros, aquellos que son símbolo de una riqueza cultural tradicional.
A pesar, en La muerte de Luis XIV, al igual que en los filmes mencionados, la servidumbre no deja de reservarse en un segundo plano. Aquí lo que prima es el letargo del enfermo, los tiempos muertos y el silencio que estimulan la espera que parece extensa, rota ocasionalmente por una medicina ridiculizándose y el cuchicheo de los criados prediciendo lo que luce evidente. En ese aspecto, el nuevo filme de Serra se acerca a Honor de caballería; es el cumplimiento de una trama avanzando a pasos cortos. Por otro lado, la película encumbra un logro estético. La muerte de Luis XIV trasluce un acabado pictórico producto del diseño de arte y el de la luz, con una intencionalidad similar a la que el director había compuesto en Historia de mi muerte, en donde también vemos el ocaso de una época, marcada por las sombras y el oscurantismo, anunciando el declive de Casanova e inaugurando el dominio de Drácula. Albert Serra provoca la melancolía, a partir de la opacidad, las lumbres que anuncian lo mortuorio, el fin de un período, un universo monárquico tan opuesto a lo que representa Sofía Coppola en Maria Antonieta (2006), filme con el que valdría la pena hacer un comparativo.

martes, 13 de junio de 2017

VIII Al Este de Lima: No es el momento de mi vida

Película en un solo escenario y un constante diálogo, sobre familiares en un estado de conflicto, pero que no dejan de abrazar la concordia. A diferencia de un filme como Celebración (1998), de Thomas Vinterberg, en esta película húngara las ofensas y resentimientos entre parientes son reparables, a consecuencia de una docilidad innata de cada uno de los presentes. No es el momento de mi vida (2016) luce como una reunión de infantes, peleando y luego olvidando las duras palabras que pronunciaron o les lanzaron, para después volver a la carga. Desde la llegada inesperada de la hermana mayor, el director Szabolcs Hajdu parece apuntar a lo impredecible.
No habrá, por lo tanto, un punto cumbre o marca que sea quiebre emocional en la historia o en sus personajes. Ni si quiera sucederá la aparición de un personaje medular, que se avistaba como la llegada de ese que desataría el gran clímax. Hajdu no solo frustra las expectativas, sino que desconcierta. De pronto el drama parecía no ser tan severo, o es que los personajes son muy exagerados al manifestar sus sentimientos o muy complacientes al dejar pasar ciertos comportamientos. No es el momento de mi vida no deja de provocar también mirada de una adultez inconsecuente, mientras tanto, generaciones tempranas lucen más agudas, concientizan, son precoces.  

lunes, 12 de junio de 2017

VIII Al Este de Lima: Zoológico

Natasha (Masha Tokareva) es una mujer ya madura, solitaria, viviendo con su madre y sufriendo las bromas que le hacen sus compañeras en el área administrativa del zoológico en donde trabaja. Las cosas cambiarán a raíz de un hecho absurdo y grotesco –aunque plausible en el universo de David Cronenberg–, lo cual antepondrá a su protagonista a una renovada vida, pero también hacia dos realidades a las que hasta ese momento, como ciudadana promedio, no había experimentado, o hecho caso. Zoológico (2016) no parecería una película rusa, de no ser por su crítica objetiva hacia la normativa social. Ivan Tverdovsky nos enreda en una comedia provocativa y risueña, y un romance simpático y espontáneo, que no deja de ser fastidiado por el protocolo médico y el imaginario del cristianismo ortodoxo, de unas pautas folclóricas al nivel de un paganismo arcaico.
La nueva vida de Natasha parece ser una balanza emocional. Su “mal” le ha alimentado de un prejuicio y obligado a lidiar contra una ridícula burocracia, pero, por otro lado, le ha abierto al amor y a la liberación de ciertas pautas inconcebibles en su etapa estancada a una realidad sin motivación. Zoológico da panorama de una fantasía jubilosa, pero siempre la realidad, una agria, lo hecha a perder. Aquí lo cotidiano perturba más que lo irregular, frustrando el clímax y los momentos gloriosos que la protagonista nunca antes había experimentado. Ivan Tverdovsky emula un “cuento de hadas” en un tiempo en donde los príncipes visten de bata blanca y la princesas rompen con los cánones de belleza, y, obviamente, todos dependen de la opinión final de un médico o un sacerdote.

VIII Al Este de Lima: Los ermitaños

La película de Ronny Trocker inicia con un prodigioso plano general. Desde lo lejos, vemos a una marcha fúnebre surcando por las faldas de los Alpes, para luego ascender a las alturas de estos y descubrir una granja habitada por una anciana y su rebaño. El nivel de preciosismo que expresa la fotografía, denotando un espacio bucólico y entrañable, no volverán a repetirse en lo que va de ahí en adelante. Sin embargo, ese salto terrenal entre la superficie plana y el de las montañas europeas será una constante, a propósito de un hombre impedido de desasociarse de su terruño. Los ermitaños (2016) hace referencia a la frontera entre la vida en la urbanidad y la que, por ejemplo, llevan dos ancianos en las lomas de los altos europeos, y, como punto medio, el hijo de estos, asentado como trabajador en una cantera en la ciudad, pero que siempre retorna.
Trocker reflexiona sobre un habitat en decadencia, sensible a un tiempo muy extraño, en donde la urbanidad se rige mediante normas absurdas y se ha acostumbrado a la hostilidad. Los momentos en tierra firme son de confrontación y un sentimentalismo desabrido. Tal vez sea por eso que Albert (Andres Lust) convirtió el “retiro” en una rutina. A pesar de eso, la realidad en las montañas está a contrarreloj y el entorno y la situación ha comenzado a repeler al último de la generación. Los ermitaños tiene la propuesta clara, pero carece de un conflicto insuficiente para llegar al estado emocional de su protagonista principal. Pueda que el quiebre de la trama se haya antecedido demasiado, y es por eso que lo resto se hace largo al tenerse una noción de hacia dónde irá a derivar la historia.