El cine en sí es una paradoja. Por ejemplo, si ves una película de la década del 40, este es un registro de personas vivas hoy muertas. Es además la proyección de algo del pasado que se convierte en el presente del espectador, dado que este lo hace propiedad suya producto del efecto de la verosimilitud o el sentirse comprometido a los sentimientos y acciones de los personajes, y porque algo de esa realidad enmarcada le recuerda a la suya por muy ficticia o fantástica que sea. De ahí por qué “las historias de ficción son los mejores documentales”, una frase que se escucha entre uno de los metrajes encontrados de Kleber Mendonça Filho. El cine es mentira, sin embargo, contiene mucho de verdad al ser un producto inspirado de la realidad. Retratos fantasmas (2023) es un documental que reflexiona en torno a esa idea. La filmografía del director brasileño siempre se ha remitido a la memoria y cómo el cine y otros soportes, desde los fotográficos hasta los arquitectónicos, son fuente de ese saber. En tanto, su mirada de cineasta se convierte en una mirada arqueológica, el reconocimiento de cimientos que preservan al pasado. Es por eso que al hablar o recordar las antiguas salas de cine en Recife, Mendonça apenas recurre al sitio físicamente y en su mayoría asiste a los registros filmográficos personales que hizo o hicieron otros. La historia descansa o se documenta en el cine, incluyendo en el cine de ficción.
lunes, 14 de agosto de 2023
27 Festival de Lima: Retratos fantasmas (Competencia Documental)
jueves, 10 de agosto de 2023
27 Festival de Lima: Yana-Wara (Competencia Ficción)
Un anciano está a punto de enfrentar a un juicio público. Él ha matado a su nieta. Es así como inicia Yana-Wara (2023), un relato que en gran parte es fruto de una reminiscencia, los recuerdos o descargos de un hombre caído en desgracia que narrará la historia de las desdichas que recayeron en su difunta nieta. He ahí una tragedia griega. Está la estructura; una historia que inicia con el final, solo que en lugar de un coro vaticinador es la voz del propio desgraciado quien hará remembranza de manera cronológica de una línea de infortunios. Están las convenciones argumentales; a propósito de una relación filial en donde las desgracias son heredadas, en tanto, el sobreviviente se convierte en un alma en pena, confinado por su propio linaje y destinado a cargar una memoria pesarosa hasta que una muerte natural lo alcance. La tragedia de Edipo no está lejos a la tragedia que está viviendo don Evaristo (Cecilio Quispe), un habitante de las alturas de los Andes peruanos, quien asesinó a alguien de su propia sangre no antes de que la víctima sufriera un calvario fruto del destino. Yana-Wara es prueba de que las culturas, por muy diversas o extrañas que sean entre sí, expresan una universalidad, un punto de encuentro que las vincula y las pone a dialogar entre sí. Y es que resulta muy estimulante cómo es que una película que descubre mucho del imaginario andino tenga una coherencia similar a los relatos primigenios de la cultura occidental.
En extensión, a este punto, podríamos insinuar que Yana-Wara es una película que se inspira en las desventajas de ser mujer en este tipo de comunidades cerradas y que orientan sus leyes en base a sus pensamientos. Por el lado de la violencia sexual está claro. Caso ese otro flagelo que castiga a Yana-Wara y tiene que ver con el acecho de un espíritu maligno; muchas tragedias griegas cuentan sobre dioses transfigurándose en animales con el fin de poseer a las mujeres vírgenes, algo que también se emula en este ente aimara que se apodera de la protagonista, situación que evoca la oralidad andina, donde se cuentan historias de mujeres poseídas y no tanto de hombres. Asimismo, desde una vista general, esta lectura de la violencia de género alcanza la coyuntura nacional peruana y de otros tantos países. Eso es lo que no deja de cautivarme de la producción de los Catacora: cómo es que su película adaptada a un escenario tan cerrado deja en evidencia que puede adaptarse a otras comunidades que, en teoría, presumen ser más civilizadas. Caso Lima, no se precisa de entidades multiformes para hallar la multitud de casos similares al de Yana-Wara. Esta película tiene mucho de su propiedad, pero no deja de referir al exterior. A propósito de la propiedad, pienso en ese demonio de los Andes emitiendo el barrullo de todo un bestiario, tal y cual lo describen los mitos y leyendas andinas, aunque, ya lo había mencionado, nos recuerda también a Zeus convirtiéndose en cisne o en un hermoso becerro. Pero no solo hay referencias mitológicas en esta película.
27 Festival de Lima: La barbarie (Competencia Ficción)
La dicotomía de civilización versus barbarie se me viene a la mente. La hostilidad que va percibiendo el joven protagonista dentro de un rancho argentino a causa de su condición de citadino y forastero me hace pensar que su presencia genera una reacción sociocultural. Lo cierto es que La barbarie (2023) termina desmitificando esa dicotomía que floreció en la literatura latinoamericana del decimonónico, a propósito de que muchos intelectuales concientizaron la existencia de una brecha social y política que partió a muchas naciones en dos luego de alcanzar la independencia. Era un efecto del intervencionismo extranjero, el no planeamiento de una identidad propia por parte de los gobernantes a cargo y la todavía vigente desigualdad de derechos entre ricos y pobres. Se podría decir que eran dos sociedades distintas y distantes incapaces de dialogar entre sí, situación que parece emularse cada que Nacho (Ignacio Quesada), hijo del dueño de la estancia ganadera, intenta hablar o hasta conciliar con uno de los muchachos que es empleado de su padre. Son momentos tensos consecuencia de la reacción hosca y a veces violenta del joven criado entre reses y la fuerza bruta, actitud que define un antagonismo o discordia, a pesar de que del otro lado solo se percibe un intento de socializar o consenso.
miércoles, 9 de agosto de 2023
27 Festival de Lima: Los delincuentes (Competencia Ficción)
La última película de Rodrigo Moreno me hace pensar en el cine de Mariano Llinás. A pesar de que se trata de una única historia, la estructura narrativa de Los delincuentes (2023) se inclina por una definición episódica y además no tiene problema en desviarse de su gran conflicto: un robo. Claro que Moreno no se dispone en crear un relato intrincado, plagado de no resoluciones e interrogantes que sacan a flote el lado detectivesco de sus personajes. De ahí por qué su película solo me hace pensar en Llinás y no como referente o influencia directa, sino porque es un director con quien Moreno comparte ciertos detalles desde su modesta historia de personas jugándose un hoy por un futuro apacible. A propósito, podría decirse también que no son por esas coincidencias que resulta atractiva dicha película, sino por la misma modestia y apacibilidad que suscita el relato. Los delincuentes apoya la motivación de sus protagonistas en su fe por abrazar en una proximidad esas palabras claves que en algún momento se percibirán en el escenario antípoda al que luego huirán. Y es que la vida como empleados de un banco o como ciudadanos comunes de la capital resulta agotante, al menos a boca de Morán (Daniel Elías), el artífice de un robo que no es para nada perfecto. De hecho, su defecto será clave para que pueda montarse la trampa y de paso el espectador pueda tener una aproximación de qué tan urgente es escapar de esa cárcel laboral o ciudadana.
27 Festival de Lima: Crowra (Competencia Ficción)
Luego de su Chuva é Cantoriana Aldeia dos Mortos (2018), los directores Joao Salaviza y Renée Nader Messora retornan a la comunidad indígena de los kraho. Crowra a.k.a. A Flor do Buriti (2023) podría asumirse como una secuela de su anterior película, a propósito de que parece ampliarse unos conflictos, y además de repasarse otros, ya expresados en la primera historia en donde un joven miembro de la comunidad comienza a debatirse entre optar por una vida asumiendo las costumbres de la ciudad u obedecer a las costumbres propias de su comunidad. Crowra de alguna forma pone en evidencia algo que bien podría haberse predicho en Chuva é Cantoria: los rituales de la ciudad son muy persuasivos y, por tanto, complicado no acogerlos. La película inicia con una sociedad kraho que ha adoptado mucho de la ciudad, y no solo se trata de la vestimenta, sino también del idioma, artículos, gustos e incluso los problemas. Las dificultades de los kraho están alineados a los avatares del capitalismo. Ahora, lo cierto también es que eso no ha postergado la identidad cultural de la población indígena en cuestión. Si se crea una dialéctica frente a Chuva é Cantoria, se podría decir que en Crowra ya no existe esa incertidumbre ante una alienación o resistencia respecto a las costumbres del mundo de la ciudad. Podríamos decir que se expone una adopción cultural medianamente voluntaria. La sobrevivencia de esta comunidad, consecuencia de la limitación de recursos, precisa de la ciudad. En tanto, asimilar las costumbres ajenas es inevitable.
miércoles, 19 de julio de 2023
Oppenheimer
Luego de Batman Begins (2005), Christopher Nolan realiza The Prestige (2006), una película erróneamente calificada como menor, tomando en cuenta que es esencial para poder enriquecer los patrones argumentales de muchas de sus películas de partir en adelante. Nolan, hasta antes de su primera parte del personaje del cómic, había realizado películas que ya ponían en evidencia su otra obsesión: la narración de estructura no convencional. A esto se sumaba una gran habilidad por apropiarse del género del thriller que invocaba además al cine negro, a propósito de su introducción a perfiles engañosos, estafadores o artificiosos. Entonces aparece su primer Batman y surgió el cuestionamiento: ¿Por qué a Nolan le interesaría el personaje de un cómic? En esa versión, el británico revisa los antecedentes del héroe a fin de justificar el nacimiento del mito gótico, no sin antes enfrentarlo a sus miedos. Es una buena película, pero formidablemente compleja si es que lo analizamos desde un criterio de los arquetipos de la psicología analítica, lectura que resultará aún más estimulante en su siguiente parte, The Dark Knight (2008), en donde se concientiza y personifica el reto del héroe y, por lo tanto, su razón de ser: el villano o el reverso de su “yo”. Los arquetipos universales estudiados por Carl Jung son la guía académica para la trilogía de Batman, pero también Inception (2010), Interstellar (2014), Tenet (2020) y sobre todo Oppenheimer (2023).
Y eso es solo el principio en The Prestige, pues su argumento es también una guía sobre los arquetipos. Dos magos, interpretados por Christian Bale y Hugh Jackman, compiten entre sí. Los dos quieren ser el mejor, pero también quieren descubrir el secreto del otro. Se boicotean, están dispuestos a ser perversos con el fin de coronarse como el mejor mago. Es decir; son antagónicos. Desde una lectura de los arquetipos, son dos personas enfrentadas. Aquí no hay héroes porque ninguno obra por el bien, sino por el interés personal. Esto no solo descubre la fascinación de Nolan hacia los personajes tipo que en esencia han trascendido de las mitologías más antiguas —el germen de los arquetipos—, sino que además complementa sus ideas sobre la naturaleza y motivación del director de cine. Nolan es un obsesionado por mejorar su acto. Es también un buscador de secretos y receloso en no poner al descubierto sus trucos o actos. ¿Recuerdan el final de Inception? ¿El personaje de Leonardo Di Caprio seguía en el profundo sueño? ¿Cómo asegurarlo? No se puede. Nolan es hábil cuando se trata de atrapar al espectador en su truco final. Es la escuela de Stanley Kubrick, quien nos dejó decenas de interrogantes en el hotel Overlook. Ley del mago: nunca reveles tu truco. Ley del director de cine: nunca debes de contarlo todo. Es lo que sucede en The Prestige. Por tanto, resulta inspirador ver de ahí en adelante sus películas guiadas por los patrones de los arquetipos.
Entonces tenemos a un hombre que tiene como superpoder el conocimiento de la física en tiempos de guerra, o sea, en tiempos de desconfianza. La paranoia ante los infiltrados o felones que entregaban información a los nazis o los soviéticos. Y es que era así. Estados Unidos no estaba en guerra solamente con los alemanes, sino también con los rusos. Habrán estado en el mismo bando, pero si alguien tenía que ganar la guerra, ese era Estados Unidos. Por tanto, cualquiera que cedería información ultrasecreta —que se supone serviría para que Estados Unidos gane la guerra—, por ejemplo, a los comunistas, era considerado un traidor a la patria y debería pasar por un juicio o martirio público. Robert, luego de la exitosa prueba Trinity, o simulacro de la bomba nuclear, será culpado de haber filtrado pruebas de los ensayos preliminares a los soviéticos. Desde una lectura de la mitología o los arquetipos, se representa la caída del héroe. El titán que alcanzó el Olimpo, quien un día fue amigo de los dioses, después de haberle entregado el conocimiento a los humanos, será castigado públicamente. Ya para el último bloque de Oppenheimer, la palabra “mártir” será frecuentemente pronunciada. Es lo que simboliza Robert, o al menos esa es la impresión. A propósito, no olvidemos que Nolan es un director no solo fascinado con la naturaleza de los arquetipos, sino también con la magia, los trucos y los personajes engañosos, lo que conecta con su inclinación por el cine negro. Oppenheimer tiene de drama judicial, drama histórico, thriller y cine negro. Y es que, hasta cierto punto de la trama, algunos personajes van descubriendo su verdadera personalidad.
miércoles, 12 de julio de 2023
Tom Cruise en Misión: Imposible: Sentencia Mortal – Parte uno
Ethan está de regreso y no decepcionará al público. ¿O tal vez quiera decir Tom Cruise? Porque a diferencia de los protagonistas de otras franquicias, el público de Misión: Imposible quiere ver al actor y no al personaje. Sí quieren ver a Obi-Wan, a la máscara de Scream aka Ghostface, a Indiana Jones por muy envejecido que esté. No quieren ver a sus actores, quieren ver a las leyendas de ficción. ¿En serio existe alguien que quiera ver las nuevas y locas aventuras de Ethan? No, muéstrenme a Tom Cruise, uno de los pocos actores que hace de su propio doble de acrobacia, una prueba de que la fantasía que Hollywood construyó en base a su personalidad y físico todavía está vigente. Y claro que lo está, no solo cuando se lanza desde un edificio y recién a la mitad de su trayecto activa el paracaídas, sino también cuando está “fuera de la ficción” promocionando su próxima película. No es presumir sobre sí mismo, es ofrecer entretenimiento, eso que hizo que el cine se reconozca como industria. El tipo sonríe y promociona la película, y no a él, sino a sí como parte de un producto fílmico que solo puede funcionar junto a todo un equipo, los escenarios, la producción, etc. Nunca habla de Ethan hará esto o Maverick —su personaje de Top Gun— hará lo otro. Él te vende emociones. El tipo es un gurú del marketing y no una mera creación del star-system o personalidad que se conforma con pararse en donde le digan que se pare.












