lunes, 18 de diciembre de 2017

Curso 4 Maestros del Cine de Terror

Este curso toma como premisa la revisión a la filmografía de cuatro directores influyentes dentro del género de terror: Tobe Hooper, Wes Craven, John Carpenter y George A. Romero. Se verán fragmentos de sus películas, los cuales serán analizados y vinculados a otros directores del pasado y la actualidad, además de ser expuestos a lecturas interdisciplinarias.

Fechas: sábados 6, 13, 20 y 27 de enero
Programa del curso: http://bit.ly/2BPumwu


jueves, 14 de diciembre de 2017

Star Wars: Los últimos Jedi

Fiel a la estructura argumental de la saga, la nueva Star Wars desencadena más de un conflicto narrado en paralelo. Las naves sobrevivientes de la Resistencia dependerán de Finn (John Boyega) para escapar del ataque de las fuerzas de la Primera Orden, mientras tanto, Rey (Daisy Ridley) se reúne con el último Jedi, Luke Skywalker (Mark Hamill), a fin de convencerlo salga de su refugio. Dos misiones que se distinguen según sus escenarios. Uno funcionando como panorama de la acción y lo espectacular, el otro en donde se genera el drama en un plano reflexivo y revelador. Uno falla por el rescate colectivo, el otro se proyecta a una búsqueda personal. Es esa distinción la que hace que el viaje de Rey sea más estimulante que el de Finn. Las incógnitas y descubrimientos argumentales siempre estarán por encima del viaje espacial. Por muy singulares que sean los nuevos personajes o por muy innovadora que sea la tecnología al momento del combate, siempre habrá una percepción de que se está usando una plantilla conocida.
Finn y un nuevo aliado realizarán un viaje que en cierta forma también se torna una búsqueda (o reencuentro) personal, aunque en menor grado transcendental que el otro escenario. El derrotero de Finn es el de la aventura de naves, la visita a una extravagante metrópoli, el (des)encuentro con personajes amigables y algunos felones, fugas que se desatan en persecuciones. Es la herencia western aún permanente. Por otro lado, la aventura de Rey es mental y hasta espiritual. Se entiende que su misión, más allá de un recado, es también una revelación o aclaración a esa capacidad que se apropió de ella desde el anterior capítulo. Star Wars: The last Jedi (2017) es pues un paso sustancial que define las acciones de la nueva generación galáctica. ¿Quiénes son en realidad? ¿Son traidores? ¿Falsos profetas? ¿Son enemigos sobrevalorados o subestimados? Finn, Rey y Kylo (Adam Driver) son la triada de la historia que en esta reciente entrega aclaran sus motivaciones y van dando pauta del equilibrio al que se refiere el anciano Skywalker.

“Ponerle fin a la historia”. Es una frase redundante que se aborda a propósito del destino que desata la confrontación entre la Primera Orden y la Resistencia, y el destino que quieren trazar Rey y Kylo. Lo es en el sentido de que los personajes clásicos en esta ocasión van cediendo sus lugares a los más recientes. No lo es en relación a la tradición de la saga: el universo creado por George Lucas siempre ha estado ceñido a una dinámica cíclica, por lo tanto, premonitoria. Lo que acontezca en The last Jedi parece desatar una serie de deja vu que hacen remembranza a los conflictos y destinos de anteriores episodios. Sin embargo, existe un efecto impredecible. Sucede pues que estamos tratando con personajes muy volubles, algo que en Star Wars: El despertar de la fuerza ya se había percibido. Los protagonistas principales no son dueños de un temperamento imperturbable y, al estarnos refiriendo a un universo que toma por filosofía a la “fuerza”, cualquier indicio de duda desata un conflicto interno.
En esta última etapa no hablamos de personalidades tipo Obi Wan Kenobi, sino de personalidades tipo del joven Anakin Skywalker. Rey y Kylo están en una etapa de afirmación en proceso, desarrollando además un vínculo que entorpece aún más sus perspectivas. El mismo Finn no sabe responder si va al rescate de un compañero o está desertando (otra vez). Estamos hablando de personajes apropiados por un carácter volátil o hasta ambiguo. Incluso los personajes más veteranos de pronto caen también en similar enfrentamiento, contradiciendo su propia tradición. A pesar, esto no impide que los preceptos clásicos sean desterrados. Si bien se está creando una nueva historia, esta misma deja en claro que la inmolación de cualquier fuente del pasado no implica su destrucción. Existe entonces una convivencia de generaciones. No está demás comentar que lo mismo se percibe en el estado creativo que aporta en esta ocasión el director Rian Johnson, provocando escenarios artísticos que recuerdan a su Brick (2005) o los metafóricos como La dama de Shangai (1947). Y así como hay bandera blanca a la creatividad, lo hay también a la reflexión coyuntural. Se percibe por su convocatoria más amplia a los personajes femeninos, que juegan para ambos bandos, o en su reproche a la industria armamentista. Es una Star Wars abierta a los cambios.

viernes, 8 de diciembre de 2017

5 Festival Transcinema: Zama

En el nuevo filme de Lucrecia Martel no existe el silencio. El sonido tiene presencia y función privilegiada en toda la trama. Este ofuscará. No hay intensión melódica, sino el de la pura intromisión. El golpe vidrioso y el campaneo, el crujido, el chasquido, un disparo, el azote de las ramas en las botas o en los muslos, el pregón y demás voces en diferente volumen y distancia, que contrasta al susurro (lo provocador) del grito (lo perturbador); ninguno está en compás. El sonido da pauta al desconcierto, estimulado además por su redundancia. Tan reiterativo como el esclavo trayendo recados o el gruñido de un infante emitiendo quejidos en lugar de palabras. Tan repetitivo como el “acto fallido” de personajes duplicando enunciados que dictaron hacia segundos atrás o las insistentes peticiones para su transferencia del corregidor don Diego de Zama (Daniel Giménez) al gobernador.

El sonido “barroco” es dialecto que Martel inscribe en este universo. Un eco poco transcendental, pero que, sin embargo, no deja indiferente. Y lo mismo se trasluce en las acciones de los personajes. El atractivo de la directora es consecuencia de la suma de sonidos y hechos; la composición de una creación que desorienta. Dicho esto, no es exacto decir que Zama (2017) es un punto de distinción en la filmografía de la argentina. Una película como La ciénaga (2001) se aprecia como un todo. Es la sumatoria de actos que otorgan una naturaleza ambigua a sus personajes; mientras tanto, el sonido (el de la lluvia imprevista, el chillido de los bichos en la cercanía de una ciénaga) estimulando esa turbación que agrieta un ambiente nocivo y decadente. La niña santa (2004) pueda ser interpretada como una tesis sensorial. Un instrumento “intangible” que emite una musicalidad cautivadora y enigmática sirve como metáfora de un llamado divino, el que por cierto también tiene fines perniciosos. La sola trama de La mujer sin cabeza (2008) es la de una mujer extraviada, desconcertada, padeciendo una realidad rasgada.
En la fílmica ficcional de Martel prevalece la desorientación argumental y sonora en un sentido subjetivo, hasta abstracto, y Zama no es ajena a esa naturaleza. En la historia vemos a un corregidor confinado a un cargo que lo apartó de su familia. Diego de Zama no solo es vapuleado por la ingratitud del gobernante de su localidad ante su petición de ser trasladado, sino que también es perturbado por el acecho de un bandido y agobiado por la indiferencia de una mujer que pone freno a su deseo. Zama se siente desestimado y desorientado en un lugar en el que no quiere estar, y, para colmo, están esos sonidos que lo entumecen, lo sugestiona y confunden más. Toda una serie de eventos patentes y hasta enigmáticos conspiran contra el corregidor. Y aquí otro sello de Martel. Lo enigmático como fuerza sugestiva. Las palabras de un niño recién llegado al corregidor, ¿advertencia o simple delirio por una rara enfermedad?; los criados de un albergue deteriorado, ¿apariciones o simple decorado de un mal pago al corregidor?; el evasivo Vicuña Porto (Matheus Nachtergaele), ¿mito o realidad?

Zama es sugerente también mediante una insinuación lasciva, sin ser un filme erótico o sexual. Esto se contempla, por ejemplo, en el juego de los susurros entre hermanas (un acto constante en la fílmica de Martel), la fiesta orgiástica detrás de una cortina o la personalidad desenfrenada de Luciana Piñares (Lola Dueñas). Lo lascivo es implícito, como los mensajes incestuosos manifiestos en La ciénaga o La mujer sin cabeza. Lo cierto es que en su último filme, Martel amplía los efectos de su discursividad sugestiva. Ya no solo provoca desasosiego o lujuria, sino también un aire existencial y hasta cómico. Nuevamente retorna a la mente la presencia tiesa del mensajero negro que se contrasta con la ausencia de pantalones, o la presencia bufonesca de una alpaca en el despacho del gobernador. Y es a propósito de estas situaciones, que no es solo el sonido, sino que además son los personajes o circunstancias los que se entrometen dentro o fuera del encuadre y frustran incluso visualmente los instantes en que Zama clama por su eterna petición.
En un sentido histórico, Zama es un testimonio desafortunado sobre el vasallo al servicio de una corona. Así como la reciente Joaquim (2017), vemos el funcionamiento de la esclavitud en rangos distintos, recayendo incluso hasta en los más allegados al reinado. Tanto Joaquim como Zama son los fieles servidores desestimados por sus superiores; uno reaccionará con desencanto y rebeldía, el otro con más sumisión y un deseo por hallar reconocimiento o reivindicación. Zama se dilata a un segundo tiempo mediante una ingeniosa elipsis que acorta ese padecimiento que era hecho evidente. Veremos pues al corregidor –y el peso del tiempo– desplegándose en territorio western, una medida desesperada por que se le atienda su demanda. Zama en sus últimos instantes se perfila como una epopeya que va cuesta abajo, del protagonista tocando fondo, acusado de traición, humillado y escindido, al punto de negar su ministerio o lo único que desde principio fue su motivación. A fin de cuentas, lo dice Vicuña, es solo un nombre. Zama se despide entre las aguas, simulándose un ritual mortuorio que no deja de ser complaciente y lírico.

5 Festival Transcinema: Baronesa

El documental de Juliana Antunes me recuerda a otro documental que opta por adentrarse a lo cotidiano íntimo para descubrir el cotidiano público –posiblemente de manera consciente–. La vida loca (2008), de Christian Poveda, indaga el mundo del pandillaje mara en El Salvador. Su visión inicia como un panorama general para después enfocarse en una familia. La rutina indesligable con el mundo de la violencia no frustra los deseos de sus miembros por un futuro optimista. Se escarba la intimidad familiar para entonces darse de cara contra la realidad. Pueda que similar consecuencia sea lo más valioso de Baronesa (2017) –cual fotógrafo, la directora registra el momento oportuno fabricándose por sí solo el clímax–, pero este filme brasileño tiene más que eso.
A diferencia del documental español, Antunes tiene esa mirada distante que, a pesar de la observación invasiva de la cámara, se percibe la atmósfera íntima. Las hermanas habitantes de una favela en Brasil pasan el rato, fabrican fantasías o deseos, educan a los pequeños, crean lazos de amistad. El estado de cordialidad es perenne. Nada perturba este cotidiano, salvo la propia realidad que las envuelve: una nueva lucha entre pandillas acontece en el alrededor. Aquí una de las perspectivas más estimulantes del filme. Antunes registra la angustia mediante esos instantes, por ejemplo, en que su protagonista principal se aísla del resto, o las voces de las mujeres se modulan en un tono extraño. Es una excitación muy opuesta a sus conversaciones subidas de tonos.
Está también el registro privilegiado de confesiones que merecen una atención social con urgencia, revelaciones que se manifiestan como algo esencial y cotidiano, y que arremetieron en el historial de las que hablan de forma prematura. Baronesa provoca un efecto que en principio es ameno y conmovedor, pero que a medida que avanza es estresante e inconcebible. De repente el luto se digiera como un cotidiano más, un mero símbolo que se cuelga (o se lleva) por un tiempo hasta que acontezca alguna otra tragedia. Por muy humanizado que sea el enfoque de este documental, se manifiesta un claro rasgo de deshumanización que se apropia de los que incluso no quieren estar ahí.

5 Festival Transcinema: Rey

Orllie-Antoine de Tonnens, ¿orate o referente emancipador? Rey (2017), de Niles Atallah, narra el juicio a De Tonnens y su posterior exilio del territorio chileno a mediados del siglo XIX. La historia de este ciudadano de origen francés, que ventiló ser descendiente de príncipes y posteriormente soñó con crear su propio reino en los territorios que un día fueron soberanía de las comunidades mapuches, inicia con él y su guía temporal testificando ante un tribunal. El extranjero es acusado de incitar a la sublevación e intentar crear un reino ficticio dentro del territorio chileno. Las declaraciones contrarias de los manifestantes recuerda a Rashomon (1950); diferente perspectiva para un mismo caso. ¿Quién dice la verdad?, es lo que menos desea responder Atallah. Sea cual sea la respuesta, la conclusión, e interés de este filme, será siempre el mismo: las comunidades mapuches viven un destierro en su propia tierra.
En pie de provocar esa transgresión histórica, Rey ejerce una transgresión visual. Apenas se revela un primer indicio de contradicción en los testimonios, el registro de la imagen comienza a sufrir cambios. Niles Atallah, así como Raya Martin lo hace en el último tramo de Independencia (2009), altera el registro visual con intención de dar marca de un acontecimiento que se ha preservado. El cine o, por ejemplo, el efecto de emulsión en un fotograma, como metáfora de una historia o evidencia vigente. A medida que el filme llega a su final, existe un recargo en ascenso de este quiebre visual. Posiblemente, un gesto por vulnerar la imagen como acto enérgico de denuncia, en contra de las decisiones políticas que arrastró a su protagonista a su propio declive e institucionalizó la relegación de toda una comunidad.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

5 Festival Transcinema: In praise of Nothing

La “Nada” sale a la vida terrenal. Los humanos se embelesan por su sabiduría expresada por una verborrea poética satírica –tal vez porque les recuerda a una versión humana erudita que resume el dominio del saber de las ciencias clásicas y el de las redes sociales–. Pronto la “Nada” se pervierte, se humaniza, a consecuencia de su condición de rock star. Pueda que por eso no es gratuito que la voz en off de ese personaje incorpóreo sea Iggy Pop. La historia de In praise of Nothing (2017) es la corta gira de la “Nada” en la vida humana contada a modo de soliloquio.
Paralelo al discurso, vemos una serie de imágenes que podría interpretarse como un respaldo de la disertación del único orador. Es a través del juego de palabras envenenado de ironía que el director Boris Mitic pone en la mira al comportamiento humano. La “Nada” –personaje por excelencia para señalar y juzgar los yerros y debilidades de lo material– será centro de atención y estimulador de las debilidades de la humanidad. In praise of Nothing es una suerte de lección que mediante el regaño disipa reflexiones existenciales, respecto a la tradición y la rutina de lo humano.

5 Festival Transcinema: Mariana

En algún punto de la frontera entre Colombia y Venezuela, personajes merodean entre el paraje desolador, en donde realizan su rutina de contrabandistas, y de paso se mimetizan con el espacio de aire apátrida. Mariana (2017) se localiza entre el documental y una ficción plagada de tiempos muertos. El director Chris Gude desarrolla un concepto que me recuerda al de Sharunas Bartas; personajes desterrados asociados a un oficio ilegítimo, una especie de zombies tal vez fantaseando con hallar su lugar utópico, como la Gran Colombia, pero solo encontrándose con ruinas que gestan una metáfora de lo infecundo o no terrenal. Actualmente existe toda una producción sobre la enajenación territorial bajo similar modo de expresión espectral; desde Pedro Costa al cine de Lisandro Alonso, llegando a la reciente All cities of the north (2016), de Dane Komljen.

martes, 5 de diciembre de 2017

5 Festival Transcinema: Purge this land

Así como Did you wonder who fired the gun? (2017), el filme de Lee Anne Schmitt parece estar impulsado por una exigencia personal, a propósito que los suyos están (o estuvieron) implicados en un conflicto coyuntural e histórico. En el filme de Travis Wilkerson un familiar fue agresor, en el filme de Schmitt está el temor de que familiares sean posibles agredidos. En ambos casos, los directores deciden consultarle a la Historia, y es en su repaso al pasado que la nación o contexto del presente en el que se mueven rebela signos de que el racismo en EEUU es vigente, aunque expresos bajo mecanismos cautelosos. Purge this land (2017), al igual que Did you wonder..., es un documental que sigue un itinerario de ruta y –en menor proporción– de pesquisa; una visita a localidades en donde reinó el racismo. Se ejerce además una evocación oral de parte del director, la diferencia es que Schmitt alude a un pasado más lejano; tiempos en que la esclavitud fue un derecho del blanco, lo que gestó las insurrecciones más agresivas en la historia del país.
Es en su derrotero que Schmitt se va centrando en la historia de John Brown, un hombre blanco que antes de suceder la Guerra Civil había conducido a una serie de regimientos violentistas en pos de la abolición de la esclavitud. Una nueva similitud emparenta a Purge this land con el filme de Wilkerson. Los eventos históricos antirracistas, y todo lo que les concierne, son desmentidos o desestimados por la preservación histórica y las políticas del presente. Las inmediaciones en donde surgió la lucha por los derechos de igualdad racial acreditan vestigios carcomidos y desigualdad social. Lee Anne Schmitt mira con incertidumbre el panorama de su nación. De ahí por qué comparte su sueño en donde ve a su hijo ahogándose en su propia habitación. Durante su revisión histórica la directora cohabita con el desasosiego. Purge this land pueda ser visto como un gesto solidario, como el de Travis Wilkerson por acogerse a la moral antes que afilarse a la fantasía racial, como también pueda ser visto como un llamado radical, a propósito de John Brown, otro personaje solidario, aunque violentista.

5 Transcinema: António e Catarina

Existe algo interesante en el filme de Cristina Hanes, más allá de la puntualidad del diálogo entre sus dos únicos personajes. António e Catarina (2017) consta del registro de tres encuentros acontecidos en un espacio de tres años. Catarina visita a António. Una mujer en sus veinte se relaciona con un hombre a puerta de los setenta años. ¿Cuál es la relación entre estos dos personajes? ¿Es un lazo filial, amical o incluso amoroso el que los reúne? Y como para incrementar la duda de esa vinculación, el tiempo y la edad juegan su rol de alterar el carácter de las personas, especialmente el de António.
Es mediante esto que el António del primer año parece una contraposición del tercero. La elipsis del tiempo ha generado un cambio invisible, aunque severo, que afecta a las dos partes. Lo que en principio simulaba una reunión amorosa, para el tercer acto sabe más a una reunión filial. António e Catarina no tendrá diálogos transcendentales, pero sabe subrayar sus premisas: la vejez, las relaciones humanas, la soledad. A propósito de este último, es interesante cómo a medida que pasa el tiempo, António mira de distinta forma su entorno. De pronto lo que sucede al otro lado de la ventana, ya no estimula al hombre. 

5 Festival Transcinema: Dum spiro spero

Ameno y, en cierto punto, emotivo autorretrato de un hombre y su proximidad a la muerte. Pero Kvesic es director, guía y protagonista de su rutina como escritor, coleccionista de libros, fumador empedernido, dueño de un perro, esposo desterrado del lecho marital por culpa de sus ronquidos, cuñado de una mujer a la que comprende a un más que su propia esposa. Dum spiro spero (2016), en alusión a la frase de Cicerón (Mientras respiro, espero), en efecto, es un documental sobre un hombre que no deja de emprender su rutina, mas no deja de preguntarse en cuanto a su realidad y posterior ausencia. Sin embargo, este es un cuestionamiento optimista. El fatalismo es ajeno a este filme en donde un hombre ha aceptado a la muerte como secuela y efecto natural. Su “víspera” a la consumación es ajena a la agonía anímica o cualquier síntoma de pánico.
Este filme croata me recuerda en parte a Michael Keaton grabándose así mismo en My life (1993), a fuerza de dejar “algo” a ese hijo que no conocerá. Dum spiro spero es un como un paseo a una tienda de artículos, todos aludiendo a la vida de Kvesic, desde sus libros hasta sus chucherías. En adición, el autor es consciente del peso emocional de cada objeto, pero también de la futilidad de ciertos. Al igual que Keaton, Pero Kvesic, más que asistir al cine, parece asistir al registro casero, etiqueta que, además de preservación, exige observación, en este caso, al de un hombre sociabilizando con la muerte y educando a porqué no hay que temerla.

domingo, 3 de diciembre de 2017

5 Festival Transcinema: Craigslist allstars

Un documental visto como una experiencia colectiva, pero también personal. En un periodo de años, la directora Samira Elagoz se cita con personajes particulares, cada uno poseído por una fascinación que provoca el lado voyerista del espectador. Sabemos de las rutinas de estos, y en ciertos casos sus preceptos. Pero está también la autora de la idea integrándose a estas rutinas. Es el tránsito de la curiosidad al deseo de formar parte de (o es que siempre esa fue la idea de Elagoz). Craigslist allstars (2015) consigue la estructura de historias en episodios, en donde ninguno será motivo de retorno. Todo queda como una suma de registros del orden digital en la actualidad; grabaciones cortas, autor(es) mostrando o limitando lo que quiere exponer. Es un filme síntoma del YouTube y los celulares.

5 Festival Transcinema: Ouroboros

Mediante una argumentación cifrada, la ópera prima de Basma Alsharif recorre ciudades en donde se manifiestan contextos inconexos y personajes sin definirse. La directora de origen palestino no desarrolla historia, sino secuencias que expresan temporadas, mientras lo acontecido está sujeto a un constante efecto en retroceso. A primera vista, existe un contraste de realidades entre los espacios: la Franja de la Gaza y, por ejemplo, lo que parece un suburbio estadounidense. El salto de la calamidad a la apacibilidad. El paseo de alusión turística que difiere a las ruinas de una ciudad en Palestina con los paisajes floridos de algún otro lugar; un hogar de aire vacante que cobija (o cobijó) una vasta línea generacional frente a otro hogar en donde se reúne una generación reciente que alude multiculturalidad y ampliación limítrofe. Ouroboros (2017) retrata una visión o testimonio personal de la directora, su procedencia palestina y éxodo a otros espacios, encuentros con los estragos y con otros mundos que sugieren diversidad, su intención por establecer una metáfora de viaje e historia cíclica, a partir del símbolo del “uróboro”, pero no deja de ser película que exige tanto de un manual de apoyo que solo su directora conoce.

sábado, 2 de diciembre de 2017

5 Festival Transcinema: Did you wonder who fired the gun?

Del 1 al 9 de diciembre se desarrollará una nueva edición del Festival Transcinema. Iremos comentando lo que se vaya viendo.

Travis Wilkerson emprende un viaje personal con una sola motivación: averiguar los hechos que sucedieron aquel día en que su bisabuelo se vio envuelto en la muerte de un hombre. Sin embargo; lo que inicia como un cuestionamiento a su antepasado, se va abriendo al cuestionamiento histórico de su nación. Y es que para hablar de los antepasados, es preciso hablar de la historia de estos. Alabama, 1946. Tiempo y lugar de un racismo institucionalizado. El bisabuelo de Wilkerson había asesinado a un hombre negro, y nunca recibió pena por eso. La pesquisa a un hecho impune y soterrado, es solo un caso más dentro de la historia. Es natural pues que la ruta de Did you wonder who fired the gun? (2017) vaya revelando otros crímenes, casos comunes y también escindidos. Lo cierto es que por muy difuso que sea alguno, la fechoría es evidente.
Así como en Matar a un ruiseñor (1962), película a la que Wilkerson hace alusión, se aborda una injusticia colectiva indiscutible. No se precisan de pruebas cruciales para saber que el culpable siempre fue inocente. La diferencia es que en la realidad no existe ni si quiera juicio para la comunidad negra; mientras tanto, los blancos se salían con la suya. En el filme de Robert Mulligan vemos además a un padre amoldando la ética de sus descendientes; Wilkerson reprocha la ética de su antecesor. El director estadounidense juega el rol de detective, pero también el de abogado; uno objetivo. De pronto la palabra bisabuelo se deja de pronunciarse para solo convertirse en un nombre propio: el acusado que mancilló el honor de otros y el de su familia. Aquí no existe el tributo a los lazos de sangre, sino el tributo a las víctimas.
Did you wonder who fired the gun? escapa del uso de la fuente puntual y los comentarios academicistas propio de recientes películas que de igual forma abordan el tema del racismo. Este documental se desarrolla mediante una pauta difusa conformada por vestigios abandonados y parientes sin registro. El discurso al que se asocia es maleable. El director se inclina a su eventual estilo de expresión –y de registro–, combinando géneros y modos de enunciación. De pronto su dialéctica evocativa, propia de un diario personal, se irrumpe por un lenguaje escabroso, propio del cine de la conspiración. De repente Travis Wilkerson parece ser transportado a una atmósfera del cine negro, solo que a colores y a plena luz del día. La sola evidencia de que existe una secta maligna dentro del territorio, estimula el suspenso, asfixia al forastero, quien se siente extranjero en su propio terruño. Aprende de primera mano lo que es ser un excluido de un territorio que no ha asimilado los Derechos Civiles.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Jim y Andy

Disponible en Netflix.

Un documental que si bien encaja como material extra de Man on the moon (1999), este reserva su propia lectura. Jim y Andy (2017) se digiere como un apasionado tributo de un cómico a otro cómico, el de Jim Carrey a Andy Kaufman, pero es por encima el testimonio de un proceso actoral que se extiende al retrato emocional y artístico del tributario. El filme de Chris Smith emprende una regresión a la película dirigida por Milos Forman, siendo el foco de atención el actor Jim Carrey, poseído –incluso fuera del plató– por la personificación a Andy Kaufman y Tony Clifton, el “ello” de Kaufman. En paralelo, se teje una biopic por partida doble. Lo anecdótico surge en el transcurso. De pronto ambas semblanzas tienen en común, lo que responde o justifica de cómo es que un día la ficción se “apoderó” de Carrey y este no se quejó, tal vez porque siempre fue aquel personaje.
Pueda que sea enriquecedor ver previamente Man on the moon –o la historia de un hombre que decidió convertir lo bizarro en espectáculo–, a fin de hacer un balance ante el documental. Kaufman, en la película de Forman, es visto como un personaje muy peculiar, excéntrico y autoritario frente a sus principios de interpretación, despojándose, de ser necesario, de la ética para crear una catarsis que ocasionalmente solo él y su cómplice esporádico gozaban, en tanto el espectador preguntándose si lo presenciado fue parte del show o falta de cordura. Man on the moon es un filme sobre un artista ocultando adrede las fronteras del acto y lo verdadero; para Kaufman, concepto básico para huir de los roles convencionales de la comedia. “Es gracioso si no saben que es un montaje”; diría. Cuál Quijote, junto a su Sancho, intenta vender un material que muy pocos comprenden, una ficción no caduca, sino muy adelantada.

Volviendo a Jim y Andy, nos remontamos a esos instantes creativos en que Carrey interpretó a Kaufman y se metió en su pellejo –o viceversa–. Se verá en gran parte los detrás de cámara en que Carrey hacía caso omiso al aviso de corte y seguía siendo Kaufman. No había diferencia entre el plató y la rutina del actor fuera de escena. Kaufman y el esperpéntico Clifton habían entrado en la vida de todos para quedarse hasta que todo terminara. No más Carrey hasta que Kaufman se marchara. El actor protagónico había permitido que la ficción cruce la frontera de la realidad. Entonces somos testigos de una metaficción más palpante.  El (anti)héroe había vuelto a la vida encarnado en Carrey, reinterpretó sus actos e incluso se dio el lujo de curar sus heridas, detalle apasionante. El rodaje terminó. Lo real volvió a la normalidad. El tributo había terminado, y Carrey nunca más quiso ser Kaufman. Pero, ¿todavía hay algo de Kaufman en el Carrey de hoy?
Jim y Andy tiene esa otra lectura en que una revisión a Man on the moon no es prioritaria. El filme de Chris Smith es una puntualidad y aproximación a la biografía de Carrey. Puntualidad porque hay material que se remonta hasta la infancia del actor. Aproximación porque la biografía de Kaufman no deja de estar presente y hacer eco a la biografía de Carrey. Las semejanzas son inevitables. Pero está además el contenido revelador que descubre la filmografía del actor de origen canadiense. De repente gran parte de las producciones en las que se ha visto envuelto Carrey han sido facetas o reflejo de una temporada anímica. Películas como La máscara (1994), El show de Truman (1998) o Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (2004) adoptan un agregado significativo. Entendemos entonces que la carrera del actor siempre tuvo un rasgo metaficcional. Los personajes que encarnó, las tramas y contextos en las que estuvo inmerso, fueron proyección de su entonces presente. Así como Andy Kaufman, Jim Carrey fue un hombre deshaciéndose de una máscara, se sintió prisionero en el domo del espectáculo y lidió con recuerdos que quiso olvidar. Ambos fueron/son hombres en la Luna.

martes, 21 de noviembre de 2017

Quién es JonBenet

Disponible en Netflix.

Qué es sino la actuación como una de las fantasías del llamado “sueño americano”. A la lista puede sumarse también los certámenes de belleza. Ambos oficios –desenvueltos desde una palestra montada– convierten a sus representantes en foco de fascinación, exponiéndolos a plataformas que han venido alimentando el ego estadounidense por generaciones. El documental Casting JonBenet (2017), si bien gira en torno a un crimen mediático irresuelto, su intención parece enfocarse más al panorama de ese sueño decadente, en donde aspirantes a actores pugnan por alcanzar un rol en una ficción que aparentemente nunca será concretada –queda esa evidencia de lo inalcanzable–, y, en lugar de eso, depuran sus casos personales, propias tragedias, vergüenzas, angustias, filias y represiones.
La directora Kitty Green selecciona a un grupo de aficionados para reseñar e interpretar el crimen contra la pequeña aspirante a reina de belleza JonBenet, pero sutilmente observa y analiza un ámbito más amplio: el EEUU en donde la violencia, el morbo y lo truculento conviven en un plano anónimo. Acertado el proceso creativo de este filme: la cámara que absorbe confidencias de los actores cual diván, convirtiendo (y exponiendo) la intimidad en modo documental, y asistiendo a la ficción a modo de retroalimentación. De ahí el final de Casting JonBenet, todos los actores y suposiciones intercalándose en una misma secuencia/espacio. Cualquiera puede ser cierta. Tantas historias y versiones para un mismo caso, o contexto, interpretados por gente cualquiera (¿perversos en potencia?).

viernes, 10 de noviembre de 2017

3 Semana del Cine de ULima: Apuntes sobre la muestra nacional

Nada queda sino nuestra ternura (2017) es un registro conmovedor a algunos deudos del conflicto armado desatado en la década de los 80 en el Perú. Sébastien Jallade no se apropia del acopio público, el análisis especializado o cualquier asunto que convierta a su documental en una pesquisa o tesis de investigación. Su filme selecciona al azar breves testimonios de personas que se vieron envueltas en una problemática que, en ciertos casos, las obligó a apartarse de sus terruños. Las marcas de la impunidad y la melancolía siguen presentes en la memoria de estos, así como en sus canciones, un eje esencial del documental. Nada queda sino nuestra ternura de alguna forma vincula el rito de la música como medio de depuración, como siguiendo las tradiciones de los antepasados que encontraban en esa oralidad un pronunciamiento que congrega el dolor, pero también la ternura.
Danzay Yakunaq (2015), de Joseph Neyra y Marco Gonzáles, Río verde (2016), de Álvaro y Diego Sarmiento, y El operador (2017), de Diana Tupiño, son documentales que descubren rutinas. El primero explora el itinerario tradicional de la Fiesta del Agua en Ayacucho y el importante rol del danzante de tijera para preservar lo tradicional, performance además que se extiende a una exhibición bizarra. Los otros dos documentales exploran lo cotidiano. Caso el filme de los hermanos Sarmiento vemos a personajes desplazándose en la selva amazónica, mientras que en el de Tupiño a un hombre limitado en la cabina de una grúa de maquinaria pesada. Uno se gesta por su tránsito del terreno de caza a lo doméstico, el otro a partir de lo inamovible. Uno se identifica desde la correspondencia de sujeto y espacio, el otro filme desde su limitación espacial convirtiendo al sujeto en parte o herramienta del espacio.
De entre la selección de cortometrajes que pude ver, Pareciera que amanece (2017) es sobresaliente. La rutina de un adolescente que parecía procurar un argumento insidioso termina desvinculándose a totalidad con esa fantasía. El director Mateo Krystek envuelve entre lumbre y nocturnidad la atmósfera y difumina la profundidad de campo como avistando un terror o tragedia premonitoria. Pronto su protagonista se ve encasillado a lo apático. Una inesperada visita y posteriormente un encuentro darán vuelco a ese concepto. Pareciera que amanece desarrolla el tránsito de la rutina intrascendente a la rutina expresiva, una renovación de las relaciones humanas del personaje, cancelando lo mortuorio o lo abstemio de propósitos. Mateo Krystek sacrifica las expectativas de una trama en favor a su personaje, quien por fin vive su propia trama.

3 Semana del Cine de ULima: Felices juntos y Sin vagina, me marginan

Dos películas que se estiman a partir de sus imperfecciones de producción. En Felices juntos (2017), una mujer será extorsionada. La película de Carlos Fernando Merino combina el melodrama, el suspenso y encalla en un drama retorcido. A pesar de lo angustiante del asunto, los desniveles actorales convierten a este drama en una simulación de tonos hilarantes. Es a propósito de esa frecuencia que el filme se asume como una escalada hacia la farsa, en donde lo teatral, en términos de comedia, antecede a cualquier efecto dramático. La película se valora en consecuencia de esos defectos. Se aprecia también el itinerario de su argumento. Por menesterosa que pueda resultar, argumentalmente, el filme de Carlos Fernando Merino está un paso adelante de otras producciones que sí disfrutan del profesionalismo técnico y actoral.
Sin vagina, me marginan (2017) pueda ser estimada si es vista bajo los conceptos del circuito al que se quiere ver vinculada. El filme de Wesley Verástegui en un mercado estadounidense sería acuñado al cine de serie B. Solo se aproxima al cine trash dado que tampoco genera una violencia gráfica, aunque eso se compensa mediante su coloquio de humor negro, bromas en alto tono que no se lo permitirían ni si quiera al mismo comediante Melcochita en una palestra de estreno comercial. Pero en medio de la irreverencia y la creativa mordacidad de su juego de palabras se cobija una demanda. Sin vagina, me marginan tiene un lado pesaroso. Los protagonistas del filme están en un continuo enfrentamiento. Sus acciones desaforadas no son producto de su condición, sino fruto de un acondicionamiento ante las desventajas y el desprecio social que se fabrica desde el círculo familiar hasta lo público.

jueves, 9 de noviembre de 2017

3 Semana del Cine de ULima: Porto

Existe una gran diferencia entre un romance y la ilusión de un romance. Porto (2017) desarrolla lo segundo. Lo que aparentaba para los personajes –o tal vez solo para uno de ellos– ser un encuentro que se prolongaría, fue más bien un evento fugaz.  El hecho es que eso no necesariamente es signo o razón de que no sea perdurable en la posteridad de la vida de unos amantes furtivos. Jake (Anton Yelchin) y Mati (Lucie Lucas) son extranjeros en un lugar en donde se conocen por casualidad. Casualidad, a propósito de tres coincidencias. Con esto se asoman pautas de un amor de esos. El director Gabe Klinger, entusiasta del cine de Richard Linklater, establece el ambiente solitario y romántico de las calles de Oporto para dar señas de un amor especial. Las consecuencias, sin embargo, no tardan en contradecir esos anticipos. A diferencia de Linklater, Klinger no espera al “paso del tiempo” para revelar que el destino de su pareja no es el happy ending.
Porto se divide en cuatro momentos, incluyéndose una introducción. En el transcurso emprende saltos temporales que no solo rebelan el fracaso sentimental, sino también el personal. Klinger realiza un melodrama triste, a partir de dos personajes asediados por sus personalidades dóciles y trastocadas. Jake da indicios que es un obsesivo compulsivo, Mati pone en evidencia que tiene antecedentes de trastornos mentales. Ni la noche más romántica es capaz de subsanar o pasar por alto toda esa clara evidencia. Hay un pasado de por medio que los personajes no terminan de compartir, a esto se suma la supresión de un cortejo, el momento más cautivador de cualquier relación amorosa. Es decir, los protagonistas se saltan información e instantes cruciales para concretar ese romance que queda varado en el plano de la fantasía o la ilusión. Porto es como un buen sueño de una sola noche, un romance con promesas que no se cumplirán.

3 Semana del Cine de ULima: Golden exits

Un nuevo drama sobre las relaciones nocivas. Al igual que en su anterior película, Queen of earth (2015), Alex Ross Perry recrea la crisis a propósito de la convivencia, solo que en esta ocasión las víctimas resultan ser parientes. Golden exits (2017) narra la desalentadora historia de dos parejas de hermanas sometidas a una rutina dialéctica que en lugar de sanar alimenta sus pesares y frustraciones. Además de la acotación de los planos y la gran dirección de actores, es importante notar que Queen of earth y Golden exists comparten esa idea de retrato acuñado por el masoquismo emocional. La ruta de tránsito en vía a la crisis, además de otros trazos argumentales, es lo que las distancia, y de paso las remite a referentes fílmicos distintos. El retiro, el encierro, visitantes inesperados y la insanidad mental a niveles del delirio como consecuencia convierten a Queen of earth en un homenaje a Roman Polanski. Golden exits, por su lado, es un tributo al cine de Ingmar Bergman.
En el último filme de Ross Perry la relación entre hermanas es dependiente de sus dramas íntimos. En sendas parejas filiales vemos una crisis conyugal y una crisis personal. Observamos además a la hermana hiriente y la hermana que reprime. Una purga y la otra es escudo que resiste su propio drama y el de su pariente. Así como en El silencio (1963), Golden exits rebela a hermanas deseando el éxito que la otra hermana abrazó, en este caso el asentamiento a una vida conyugal que es signo de estabilidad. Sin embargo, no deja de aflorar el reproche. Lo conyugal es también rutina de predestinación; más lamentable aún en una circunstancia en que el matrimonio gesta signos de inseguridad. Existe pues un orgullo, pero que se vuelca a lo desgarrador. Luce por momentos una envidia disfrazada de admiración.
Se suma además el resentimiento que deviene del pasado. Los personajes de Bergman penden de lo pretérito. Su presente angustioso y que los ha convertido en presencias famélicas son síntomas de sus represiones o memorias no curadas. El personaje de Chloe Sevigny es la que mejor grafica a la mujer bergmaniana, una psicóloga asistiendo a su hermana para su dosis de flagelación, mientras que su salud mental parece estar al ras de la cordura. En complementación, están los personajes masculinos –desde el padre extinto hasta los esposos–, para Bergman, débiles por naturaleza y, en cierto modo, castrados, que son en gran proporción la razón del sufrimiento de las mujeres. Golden exits genera además un punto medio o catalizador de estos dramas. El personaje de la australiana convirtiéndose en objeto de deseo y odio. Al final dando indicio de que en una posteridad sería alcanzada por ese sentimiento de frustración encarnado por esas relaciones familiares de la que fue testigo.

3 Semana del Cine de ULima: Gen Hi8

Una película nacional sobresaliente en la sección de Concurso Nacional de Largometrajes.

En la ópera prima de Miguel Ángel Miyahira una collera de adolescentes vive a sus anchas las vacaciones de verano (y algo más). Lo que hace interesante a esta película es que el director rompe con las convenciones que podrían sugerirse de esta premisa al ajustarla a parámetros contextuales y temporales que ejercen un discurso que incluso se sustenta desde su expresión audiovisual. Desde el principio Gen Hi8 (2017) modula la recepción del espectador sugiriendo que es testigo de una fuente auténtica, priorizando al dispositivo VHS su condición de registro histórico. El hecho que nos postre frente a un televisor que emite imágenes que, por cierto, aluden a una impresión casera, siembra la idea que lo representado es producto de un registro del pasado. El director parece seguir el concepto original del Youtube: ver una pantalla dentro de otra pantalla. Dicha simulación sería una suerte de filtro que legitima los hechos representados. Entonces, ¿qué vemos dentro de esa segunda pantalla?

La historia de unos amigos podría identificarse como los anales anecdóticos de adolescentes cruzando el umbral de la inocencia, visto desde la perspectiva de Diego (Andrés Mesía), el chico nuevo del barrio miraflorino; sin embargo, el argumento trasciende en razón a su coyuntura. Es 1992; el terrorismo y el autogolpe ejercido por el gobierno de turno generan un ambiente de angustia e inestabilidad general, acontecimientos que son acuñados mediante la intromisión de un found footage editado de forma sucia e invasiva, simulando un fallo de origen en la señal del televisor o impresión del VHS que lacera la irrealidad vivida por los muchachos. Dichos eventos perturban de alguna forma a toda la nación, menos a ese grupo de personajes. Ahora, es importante notar que esto no se debe a que algunos –todavía– no hayan sido tocados por esa realidad, lo que los imposibilita a reflexionar sobre lo que acontece en el país.

La familia de Diego vive a primera mano los efectos del declive económico. Más adelante la llegada de un familiar lejano será la misiva atroz de lo que sucede al interior del país. Muy a pesar, dichas circunstancias no persuaden a Diego de seguir fantaseando con una clase social a la que ya no pertenece, así como de continuar con el “juego” de la humillación social y racial. Gen Hi8 es la retrospectiva de una generación en declive. El hecho que el director opte por un argumento basado en experiencias de verano, insertando cuotas de jolgorio o de romance, no lo obliga a transitar por una ruta complaciente. Miguel Ángel Miyahira transgrede el concepto romántico y muestra en su lugar una serie de gestos infames convirtiendo su película en una historia de terror, en donde niños salen a jugar en tiempos en que la violencia merodea mientras los padres se encuentran ausentes. Gen Hi8 es la proyección de un VSH que mira al pasado, pero sin nostalgia. Más que un recuerdo familiar o de amistad, es una fuente histórica para reproche y reflexión.

martes, 7 de noviembre de 2017

3 Semana del Cine de ULima: The day after

A estas alturas se sabe que Hong Sang-soo reformula sus mismos argumentos, genera encuentros distintos entre sus personajes, protagonizados por una masculinidad frágil e inestable envuelta en un dilema pasional, siendo infieles natos, de paso contrastando con sus antecedentes y logros artísticos –cineastas, en su gran mayoría–. El director los hace comer y beber, y posteriormente confesar sus emociones y frustraciones, a medida que innova y evalúa el orden narrativo y la línea temporal de sus relatos, a fin de rematar la naturaleza de sus protagonistas. The day after (2017) se podría decir que es su película en la que su protagonista es más cínico que de costumbre. Basta centrarnos en una secuencia en donde su antihéroe, un crítico y editor literario de renombre, es tildado de cobarde. Los acontecimientos lo delatan, sin embargo, el director nunca antes había arrinconado de esa forma a su agobiado protagonista.
The day after humilla al hombre como castigándolo a nombre de los que injurió en su momento. Incrementa además su humor satírico mediante una serie de gags que no hace más que generar más burla contra el responsable. La historia va creando formas que lo exponen a situaciones incómodas. Estando sobrio, el crítico tendrá que confesar y dar crítica a su estilo de vida, corregir, por ejemplo, la imagen que se llevó de él una practicante fortuita. Y aquí otra marca que Hong Sang-soo también renueva: la autoreferencia. El director surcoreano retorna a los eventos pasados de sus protagonistas y, en casos como su última película, los obliga a volver a representar similares situaciones con intención de comparar sendos momentos, sea dando evidencia de un retorno cíclico o de un aprendizaje. The day after, así como otras películas de Hong Sang-soo, fantasea con lo metaficcional, a propósito de los protagonistas viviendo vidas falsas o actuadas.

3 Semana del Cine de ULima: O ornitólogo

A pesar de que la fílmica de Joao Pedro Rodrigues siempre ha manifestado cuotas que nos transporta a realidades extrañas, su último filme luce más insólito que lo anterior. O ornitólogo (2016) narra la historia de Fernando (Paul Hamy) un investigador de aves haciendo su oficio en un bosque ubicado entre la frontera de Portugal y España. Un accidente y su encuentro fortuito con unas turistas extraviadas será el quiebre de la coherencia argumental y material de la película. Profecías demenciales aludiendo al imaginario cristiano y un muestrario de cuotas carnavalescas y legendarias se alían para recrear un fragmento en la vida San Antonio de Padua. Es decir, un extracto de la cristiandad se verá desenvuelta en terreno pagano y bajo una lógica surreal.
O ornitólogo puede ser interpretado como un relato del protagonista siendo absorbido por una realidad ajena. Así como el apareamiento canino en O fantasma (2000) o la visión fantasmagórica en Odete (2005), vemos también a un protagonista siendo persuadido a ingresar a un terreno excéntrico o fantástico que resulta un medio de escape de su vacía existencia. El personaje de Fernando, a partir de sus acciones frente a un teléfono al que prefiere no asistir, da pautas de contener también un aire solitario, llenando su rutina entre aves y lo que no tenga que ver con la naturaleza humana. Ni si quiera un auxilio a su persona induce al hombre a ser sociable frente a sus rescatistas. Entonces, a partir de ese encuentro, se gesta la oportunidad para separarse de su realidad o soledad, reencarnando en lo mítico, dejándose seducir por la carnalidad sin necesidad de asistir a lo tangible.

lunes, 6 de noviembre de 2017

3 Semana del Cine de ULima: Dawson City Frozen Time

No solo es la proyección de los metrajes encontrados lo que genera el efecto nostálgico en las películas de Bill Morrison, es además la composición que el director le otorga a su collage, dispuesto de un orden narrativo y un fondo musical onírico. Al igual que los directores Yervant Gianikian y Angela Ricci, otros peritos del found footage, Morrison reevalúa un nuevo significado al producto hallado. Dawson City: Frozen Time (2016) inicia con el anuncio de un rescate de una variedad de películas localizadas en una ciudad de Dawson, Canadá. Un ciudadano común ha exhumado rollos de películas en un terreno impropicio. ¿Cómo llegó a parar todo ese cargamento de celuloide a esa ciudad geográficamente aislada? Esto da pie a preguntarse sobre el origen de la misma. El estadounidense hará una regresión al pasado en complicidad con los vestigios descubiertos. Fotogramas estropeados por el tiempo reconstruirán y dramatizarán la historia de la ciudad que los cobijó por décadas.
Lo cierto es que para hablar sobre la historia de la ciudad de Dawson es preciso remontarse a una historia infame que por su lado siguió misma trascendencia. A vísperas de inaugurarse el siglo XX, el cine había llegado al continente americano y, mientras tanto, la Fiebre del Oro se extendía hasta el territorio del Yukón. Lo que hasta entonces había sido hábitat de tribus aborígenes a los meses se convirtió en lugar de recreación y perdición para los mineros. Dawson City: Frozen Time narra el recorrido de una sociedad que se fundó desde los despojos de la codicia minera. Retiradas las colonias mineras, la ciudad se fundó y fue tomando forma, no dejando de recibir noticias y recados de sus anteriores inquilinos. Sucede pues que el filme de Morrison también convierte en protagonista a los colonos estadounidenses, aquellos que siguieron gestando más infamia, mientras que una pequeña ciudad, a pesar de sus limitaciones, daba signos de progreso.
De pronto la preservación del material fílmico se convierte en metáfora o signo de lo civilizado. Mientras que EEUU gestaba fraudes deportivos y usaba como drenaje de celuloides a Dawson, esta misma impulsaba el deporte del curling a sus menos de mil habitantes y usaba sus últimas habitaciones públicas para conversar las películas que llegaban del sur. Morrison, mediante un arduo trabajo por hacer coincidir los registros ficticios encontrados con los hechos reales, va reconociendo otros modos de preservación gestados en Dawson. Edificios que perdieron a sus dueños originales siendo rescatados, algunos reconstruidos después de voraces incendios. Eran tiempos en que todo se quemaba, desde el nitrato hasta los inmuebles. Literalmente, la historia se chamuscaba y la ciudad de Dawson la recuperaba o usaba como cimiento para el beneficio de su población. Dawson City: Frozen Time es la sobrevivencia a partir de la custodia histórica.

domingo, 5 de noviembre de 2017

3 Semana del Cine de ULima: Cocote

Expuesto los discursos ideológicos y rituales religiosos más influyentes de la actual República Dominica en Cocote (2017), me es inevitable no hacer remembranza a Yo anduve con un zombie (1943). En el clásico de Jacques Tourneur, también asentado dentro de un contexto de las Antillas, la ciencia y el vudú se reconocen mutuamente. Lo empírico y lo inexplicable se convergen, aunque se respeten. E incluso vemos a adeptos de un bando asistiendo a los rituales del otro. Como en las películas de Apichatpong Weerasethakul, no hay necesidad de exterminar las creencias de su “otro”. Es una realidad que saca provecho del conocimiento ajeno. En la película de Nelson Carlo de los Santos Arias, sin embargo, vemos a las creencias repeliéndose. Alberto (Vicente Santos), un evangelista, tiene debates de fe con su familia, quienes siempre han abrazado una religión de rezagos vudú. En paralelo, la tensión se alimenta a razón de una muerte en común que aguarda resarcimiento.
A Alberto, quien viene viviendo por años una vida retirada del mundo rural, escapando además de las creencias familiares, se le impostará una misión que lo pone en afrenta con sus preceptos de fe. Siendo él el único hermano varón, sus familiares le exigen tome venganza a nombre de un padre ultimado por un conflicto absurdo. Gran parte de Cocote consta pues en el debate moral –imperceptible– del evangelista. Vamos reconociendo así el choque de mundos diferentes, a pesar de que se han desplazado en un mismo contexto desde tiempos de la colonización. Ninguno de los fieles aquí desea ser colonizado, sin embargo, como en Yo anduve con un zombie, hay evidencias de convivencia. Miembros presentes en rituales ajenos, aunque no tomando parte. En consecuencia, un gesto de ambigüedad se posee en el protagonista, prueba de que también exista un consenso después de todo, o tal vez solo sea un efecto/trampa que ponga en evidencia al protagonista.
A propósito de una serie de eventos hilarantes y mediatizados –una cabra muerta o un gallo que canta– Cocote pareciese desestimar con los rituales arcaicos del ámbito al que hace referencia. Lo cierto también es que lo evangélico no está muy lejos de los afectos de desdeño y mirada satírica. Después de todo, los rituales de origen cristiano que proliferan en las iglesias a las que asiste Alberto no están lejos de los actos de delirio de los fieles contrarios. Este mismo representante termina aislando inclusive a su creencia a un comportamiento embustero, producto de la mojigatería. Cocote además extiende su crítica de lo místico a lo social. Planos generales y elipsis de una piscina, símbolo que representa a la clase alta, parecen dar pauta que el problema esencial no radica en la ciudad o en esa sociedad en particular, en donde no sucede nada transcendental, sino en el interior del país, en lo institucional. Ahí suceden cosas, lugar al que regresa Alberto y al adentrarse la realidad comienza a alterarse en acentos de un cine experimental.

3 Semana del Cine de ULima: Custody

El día de ayer se inauguró la 3ra Semana del Cine ULima. Sus funciones y actividades van hasta el 11 de noviembre, todas de forma gratuita. Hay un programa muy estimulante. Iniciamos con su cobertura.

Antes de su primer largo, Xavier Legrand había dirigido Antes que perderlo todo (2013). En este cortometraje la empleada de un supermercado, en pleno horario de trabajo, intenta zafarse a toda costa del acecho de su marido. Como si se tratase de una slasher a plena luz del día (y a vista de lo público), veremos a la posible víctima arrastrando a sus dos hijos mientras prueba escapar por cualquiera de los posibles accesos de la tienda. Argumentalmente, este filme funcionaría como una precuela de Custody (2017), la historia de una familia huyendo del acoso de un padre, quien se ve forzada de cambiar de domicilio una y otra vez a fin de ser ilocalizable para el hombre de temperamento volátil.
Dos momentos valiosos de la película. El inicio o instante en que se debate la custodia de los padres frente a un jurado, lugar en que se pone en tela de juicio los testimonios y exigencias de las dos partes. No hay forma de anteceder las naturalezas tanto del padre como de la madre, a propósito de una carta que subraya defectos mutuos. Está también su resolución o última secuencia. Puertas que (des)cubren la violencia públicamente, lo que genera una asistencia humanitaria. Custody (2017) cuenta una desdicha que pudo haberse evitado si el gesto final hubiese surgido con antelación. Existe también una responsabilidad de los testigos, lo que también no deja de cuestionar la reacción de los afectados inmediatos.
Al margen de lo importante que pueda resultar este tema, lo que desvalora a la película de Legrand es su inclinación a mecanismos habituales. La historia de la hija adolescente no solo no logra encajar dentro del conflicto central, sino que además estorba, obliga a perder el hilo dramático insertando lo melodramático y un dilema aparte, que de paso se extravía en el transcurso. Custody no alcanza además los valores de tensión que sí sobresalen en Antes que perderlo todo. Xavier Legrand en su largo exhibe al verdugo, dependiendo, por ejemplo, de su fisionomía para generar la presión. En su corto, sin embargo, lo mantiene al margen. Está y no está. Es como una presencia, como un tiburón del que solo te imaginas una música. Eso te angustia. Tensa sin ejercer la violencia.

lunes, 30 de octubre de 2017

29 Festival de Cine Europeo: Tarde para la ira

Cuando parecía la historia de un hombre generándose un lío producto de un affair, la trama nos vuelca a un thriller en donde ese mismo hombre pasa de ser agredido a agresor. Tarde para la ira (2016), de Raúl Arévalo, tiene como atractivo a un vengador de apariencia apacible, aunque implacable. Es el individuo cotidiano que se convirtió en una presencia angustiante producto de una tragedia. “No tengo nada que perder”, se describe así mismo José (Antonio de la Torre). Ya para cuando sepamos las intenciones de este, no volverá a ser intimidante el personaje del Curro (Luis Callejo), un ex presidiario que será pieza fundamental para que José pueda perpetrar su venganza.
Lo más logrado de este filme español es un enfrentamiento en terreno western. Es un momento del clímax y además de gran conflicto moral que pone en tensión la motivación del vengador y el efecto de redención que ha comenzado a nacer de su “cautivo”. Son atractivos también los trazos con que Raúl Arévalo define la violencia. Una venganza no tiene que ser gráfica o tener una resolución épica. De todas formas, no deja de haber un aire a los personajes de Sam Peckinpah o los que encarnó Charles Bronson, flemáticos y en parte perdedores.

sábado, 28 de octubre de 2017

29 Festival de Cine Europeo: María (y los demás)

Ninguno de la familia se ha tomado tan personal el compromiso del padre como María (Bárbara Lennie), una mujer treintañera que luego del precipitado anuncio se ha percatado que lo que había asumido como único propósito de vida ya no requiere de sus servicios. En María (y los demás) (2016) la protagonista principal representa a una generación que no ha cercenado el lazo con lo paternal. A diferencia de los protagonistas castrados de Alfred Hitchcock, la ópera prima de Nely Reguera alude más bien a una generación adulta que ha optado por propia convicción a esa reclusión social que se extiende a un complejo de castidad. María ha hecho de su rutina y objetivo personal el cuidar a su enviudado padre que hasta no hacía mucho se encontraba a un pie de la extinción. La sanación y posterior compromiso marital del hombre volcarán a la mujer a una crisis personal y emocional.
Lo más atractivo de María (y los demás) es la actriz Bárbara Lennie, encarnando a un personaje en estado de fragilidad, recelosa por los planes de “los demás”, mientras se hace idea de su nuevo plan de vida, apurando los compromisos que no supo emprender a su tiempo. En lo que transcurre de la película, María comienza a ser presa de la ansiedad y la frustración, a medida que se ve envuelta (tardíamente) por sus propias ficciones. María sueña despierta frente al espejo vistiendo de novia o frente a la computadora en donde se reserva una novela que aplazó desde su adolescencia, historia que es su historia, la que literalmente no tiene un final escrito ni un claro propósito. María (y los demás) observa con ternura y compasión el atasco de una persona adulta despertando en su propia novela, tal como se define en una divertida secuencia de la escritora frente a un público inventado.