domingo, 30 de diciembre de 2018

Mis favoritas del 2018

Dos apuntes antes de ir con la lista. Respecto al cine nacional, cuatro estrenos en la cartelera merecen mención: Django sangre de mi sangre (Aldo Salvini, 2018), Wiñaypacha (Óscar Catacora, 2017), Rosa Mística (Augusto Tamayo, 2018) y Vientos del Sur (Franco García, 2018). Caso Rosa Mística, la única película que no he comentado en el blog, valoro el retrato ambiguo que define a la figura de la beata. Si fue consciente o no, la protagonista escapa del estereotipo no solo fílmico sino dentro de su coyuntura ficcional. Se puede sugerir una lectura vanidosa y transgresora, o hasta feminista, cuestiones que desencajan con la representación conservadora que se le asocia a todo lo que venga de la ideología católica, y qué decir en tiempos del Virreinato. No deja de atraerme además el versus que se gesta entre la hija y la madre. Es como una simulación de costumbrismo versus modernidad. Las escenas de confrontación sacan también lo mejor de los roles actorales. Fiorella Pennano y Sofía Rocha están un paso adelante del resto del elenco. En su trabajo técnico, la iluminación es el punto fuerte del filme, define y hasta remarca el dramatismo. Es un filme sobre una santa con dudas y epifanías, siendo la luz un traductor de su ánimo.

Respecto a los estrenos no comerciales, de los que pude ver, menciono: Lima grita (Dana Bonilla y Ximena Valdivia, 2018), Mataindios (Óscar Sánchez y Robert Julca, 2018) y Casos complejos (Omar Forero, 2018). Se comentó en el blog el documental de Lima grita. Caso Mataindios, retrata el itinerario de una fiesta patronal mediante un registro peculiar y sugerente que hace se contenga la dirección de su historia. En Casos complejos, somos testigos de la rutina del sicariato y la de un juez intentando cazarlos. El humor y hasta la fantasía crea un contraste inquietante frente al panorama social. Ambas películas aguardan estreno para el 2019, así que en su momento se ampliará los comentarios a estas. Ahora, si englobamos las películas mencionadas, tanto las de cartelera como fuera de esta, se puede apreciar cómo este año el cine peruano ha podido ampliar sus propuestas. Se ha visto en cartelera un cine que convoca masas, pero que no deja de definir una personalidad propia, un estreno en aymara, una película cusqueña, un drama de época. En el circuito de festivales se vio un documental experimental dirigido por mujeres, un cine de autor fuera de la capital y una comedia que escapa de las convenciones de ese género.

Mi segundo apunto tiene que ver con una elección a mi lista. Tengo mis dudas respecto a la inclusión de Roma. Sucede que su historia me es indiferente, sin embargo, y más aún luego de leer los comentarios de Ricardo Bedoya y Emilio Bustamante, la formalidad con que se funde la película de Alfonso Cuarón me es estimulante. Me reafirmo en decir que la dramática que emplea Cuarón llega a ser excesiva y hasta calculadora. Misma pretensión se manifiesta en Hijos del hombre (2006), en la escena del “Tomorrow” salvando a refugiados, en Gravedad (2013), en el (re)nacimiento de Sandra Bullock llena de placenta y aprendiendo nuevamente a caminar, mientras que en Roma, en la escena en donde Cleo hace su purga emocional. Los protagonistas de Cuaron siempre terminan frente al mar. ¿Qué más simbolismo dramático que ese? ¿Para qué nombrar así al barco, convertir a Bullock en una neonata u obligar a confesar a la criada?

Frente a esto, se encuentra el valor del montaje perceptible en sus planos secuencias. Cuarón “cancela” la acción –en su deseo de graficar la rutina individual y social– mediante la representación del espacio. No se trata de un tiempo muerto, sino la contención del drama. Eso nos remonta a las bases del neorrealismo. Por ejemplo, en varias secuencias de El ladrón de bicicletas (1948), De Sica registra la larga caminata de un hombre que busca a un ladrón. Una edición no solo condensaría el tiempo, sino también la acción invisible, en este caso, la del hombre conservando o perdiendo las esperanzas. Es la acción emocional expresa de una manera no clásica. Caso en Roma, el espacio, incluso con la cámara estática, siempre está en movimiento/acción –detalle que, según Bustamante, la coloca a otro nivel del neorrealismo–. A esto se suma chispazos dramáticos que contrastan con lo rutinario. Un auto frena en seco, niños perdidos o la escena en la salida de un cine. Es el tránsito de lo cotidiano a lo revelador. Ahora, está también el debate externo que provoca la película. Roma difundida como un homenaje que rebela un inconsciente –la escena final – que traiciona al mismo tributo. Esas reflexiones me obligan a darle el beneficio de la duda a Roma.

Sin más, estas son las películas que más me estimularon este año.

Cartelera
The Florida Project (Sean Baker, 2017)
Phantom Thread (Paul Thomas Anderson, 2017)
Hereditary (Ari Aster, 2018)
Lean on Pete (Andrew Haigh, 2017)
Roma (Alfonso Cuarón, 2018)
(*) No incluyo Zama o Wiñaypacha, películas mencionadas en mi lista del 2017.

Festivales y muestras
Muere, monstruo, muere (Alejandro Fadel, 2018)
Un asunto de familia (Hirokazu Koreeda, 2018)
Cléo & Paul (Stéphane Demoustier, 2018)
Cold war (Pawel Pawlikowski, 2018)
The rider (Chloé Zhao, 2017): Lo que diferencia a su protagonista con los de The lusty men (Nicholas Ray, 1952) o Junior Bonner (Sam Peckinpah, 1972), también glorias del mundo del rodeo resistiéndose al retiro, es que aquí no se trata de un antihéroe, alguien que ha fabricado su propio destino o es dueño de una personalidad áspera a la línea de la fantasía cowboy. En cierta manera, Zhao observa a su protagonista como presa de una realidad social, lugar de vicios y familias disfuncionales, en donde el rodeo le fue impuesto por una herencia machista. Lo cierto es que este protagonista no reconoce al rodeo ni como oficio o insignia de su virilidad, sino como rutina de purificación y hasta de redención. The rider es la caída de un ídolo que abraza una práctica que descubre su lado auténtico, sensible y apasionado. Se percibe en las escenas de entrenamiento a los caballos. Son escenas bellísimas. El vínculo entre el hombre y el animal es emotivo y genera sosiego, y a la vez un gran contraste ante los achaques físicos y la frustración que sufre el personaje. Es también una película sobre los vínculos familiares anteponiéndose a la crisis social, algo que ya había planteado la directora en su anterior filme.
Vistas en Circuito Alternativo
Terremoto santo (Bárbara Wagner y Benjamin de Burca, 2017): Un musical de una obvia inclinación ideológica. Wagner y De Burca registran los cánticos de evangelistas brasileros compuestos por letras demandantes, premonitorias y, en cierta manera, persuasivas. Lo cierto es que mucho de esa persuasión se le debe al trabajo técnico impecable de los directores. El desplazamiento de cámara, la iluminación, la combinación de planos y angulaciones, son detalles que le otorgan dramatismo y sensibilidad hasta al discurso más conservador. Este cortometraje no tendrá el mismo nivel lírico que gesta otro documental como Olimpiada (Leni Riefenstahl, 1938), pero antoja compararla debido a cómo el cine aquí también podría funcionar como herramienta/filtro para digerir ciertas ideologías que podrían cuestionarse con mayor espontaneidad dentro de otra plataforma.
Al otro lado delviento (Orson Welles, 2018)
First reformed (Paul Schrader, 2017): Diario de un cura rural (Robert Bresson, 1951) ambientada en la sociedad estadounidense actual. Un sacerdote y un acto epistolar como medio de depuración. Su diario es su conciencia liberando ocasionalmente a lo inconsciente. Ethan Hawke interpreta a un clérigo no clásico, no solo por su personalidad ambigua, lejano a la fantasía de la consagración, víctima del alcoholismo y el resentimiento, sino también porque su mentalidad ha creado un consenso entre la palabra divina y la científica. Y es a raíz de este pensamiento que emerge o percibe los conflictos no espirituales. La insatisfacción social, un síntoma global, abre paso a la paranoia y la revolución radical. Schrader retorna a sus raíces. Así como en Blue collar (1978), esta película resulta ser una demanda a las dinámicas egoístas dentro del ámbito social y laboral que dejan estragos que son mínimos ante los ojos de sus autores, pero son desmesurados ante el juicio de las víctimas.
Keep the change (Rachel Israel, 2017): Desde Howard Hawks hasta Norah Ephron, ellos amarían esta película. Inicia con el tipo aburrido y hasta estirado, luego entra en escena la tipa vital y excéntrica. Se forma una relación extraña y hechos disparatados. ¿Amor libre o amor formal?; he ahí el dilema. Se emprende la etapa de comedia sofisticada, la mujer, cual Peter Sellers, siendo el punto de contraste ante la socialité y poniendo de cabeza la reunión. Vienen las dudas, las redenciones. Momentos dramáticos y románticos. El filme camina a la línea de una típica comedia estadounidense, lo cierto es que sus personajes no tienen de típico. Ellos son autistas. Israel desarrolla una historia llena de humor y drama que no deja de repetir “es parte de su naturaleza”. A diferencia de los tantos actores que protagonizaron alguna screwball comedy, los actores de Keep the change asumen sus comportamientos reales. Ellos no han aprendido a ser faltosos o alocados, simplemente nacieron así. Es un paso adelante respecto a la ruptura de tabúes, algo que por cierto se hace una y otra vez en esta película que tiene la irreverencia de cualquier sketch de Sacha Baron Cohen.
Won’t you be my neighbor? (Morgan Neville, 2018): Un documental que todo padre de familia o educador debería de darse la oportunidad de ver. Morgan Neville desarrolla un filme que, a pesar de ser un homenaje y panorama al legado de Fred Rogers, no encubre cualquier cuestionamiento que pudiese inferir con la ideología de este presentador de televisión. Tal vez haya sido formador de una generación egocentrista y hasta conformista, sin embargo, el descargo del gestor se pronuncia. Rogers es un personaje complejo, como la misma naturaleza humana, la que incluye a la misma infancia. De pronto el documental, a propósito de marionetas y alter egos, descubre una lectura de la represión, ésta liberada a manera de resarcimiento social. Se define a Rogers como un comprometido social, pionero del uso de la televisión como medio educativo antes que utensilio de entretenimiento, transgresor de los tabúes sociales que inútilmente se le oculta a los niños, un moralista abierto a los pensamientos que no atentan contra el respeto a la identidad personal. Es además Rogers y el paso del tiempo, la trascendencia y mirada de incertidumbre ante la actualidad o el futuro de un EEUU moralmente decadente.
Minding the Gap (Bing Liu, 2018): Un documental que funciona como terapia emocional tanto para su autor como para los otros dos personajes en los que se centra. Minding the Gap es un filme sobre la paternidad disfuncional, aquella que ha fracturado las personalidades de los hijos que han vivido dentro de un entorno en donde la violencia había sido normalizada. El skateboarding es solo el impulso, el punto de reunión, la excusa para coincidir a estos amigos que encontraron en este deporte su medio de escape o liberación frente a una realidad social que está trascendiendo en la familia estadounidense promedio. Liu compara su testimonio con el de sus compañeros y en medio de las coincidencias biográficas curiosamente no hace esfuerzo por lapidar al culpable, más sí genera conciencia de las acciones. Las causas de la violencia doméstica figuran como síntomas que en algún punto se han regulado y consentido. Clave es la historia de uno de los personajes. Mientras que se define el pasado de los otros, el presente del tercero da pauta de dicha realidad vigente.
Under the Silver Lake (David Robert Mitchell, 2018): A la línea de su It follows (2014), Robert Mitchell fabrica un filme en esta ocasión con más referencias, y no solo desde una visión filmográfica, sino cultural. Todo inicia con una extraña desaparición, el protagonista hitcockiano, común y voyerista, obsesionado con un personaje y una serie de símbolos y pistas que lo van llevando a algún lugar que no logra entender. Under the Silver Lake es un neo noir ambientando en una coyuntura actual pero que posee una personalidad anticuada, desde su banda sonora hasta la fascinación y paranoia por los temas sobre conspiraciones, típico de los 50. Es también una ruta hacia lo excéntrico, aquello que deviene del protagonista, movido por una motivación absurda y encaprichada, así como del propio entorno, plagado de recovecos y contraseñas que intentan definir el lado oscuro y desconocido del imaginario estadounidense, consomé de fantasías inventadas por los patrones de la nación con intención de orientar al común. En efecto, así como lo ha realizado varias veces el cine David Lynch, Robert Mitchell hace su propia lectura posmoderna de lo clásico.
Vistos por primera vez
I bambini ci guardano (Vittorio De Sica, 1944): La inocencia infantil expuesta a la hipocresía de la sociedad fascista.
Pitfall (André De Toth, 1948): Un sujeto con remordimiento de conciencia y un intimidante Raymond Burr.
Stars in my Crown (Jacques Tourneur, 1950): La fe, la ciencia y la idea de nación de EEUU vista desde un pequeño pueblo.
Skaterdater (Noel Black, 1966): Cowboys sobre patinetas y la educación sentimental.
The wild angels (Roger Corman, 1966): Peter Fonda y la (des)dicha de nacer como motonero.
Lo strano vizio della Signora Wardh (Sergio Martino, 1971): No recuerdo una giallo con tantos giros en su trama.
Jungle fever (Spike Lee, 1991): La hipocresía interracial en las comunidades que conforman una misma ciudad.
Caramel (Nadine Labaki, 2007): El cotidiano en un microcosmos femenino. Memorable escena de un erotismo sugerente.
Samson & Delilah (Warwick Thornton, 2009): Amores excéntricos y sinceros en medio de una miseria optimista.
Más allá de las montañas (Jia Zhang Ke, 2015): Una época de cambios que define desarrollos (económicos), pero también estancos (emocionales).
Apunte fílmico
La creación de la plataforma online del director Nicolas Winding Refn es una iniciativa que merece encontrar sus similares. En bynwr.com puedes acceder de manera gratuita a un breve catálogo de filmes estadounidenses poco difundidos de carácter de culto, la mayoría de explotación. Ahí están  Shanty tramp (José Pietro, 1967), una viñeta de una comunidad sureña de los sesenta, o If footmen tire you what will horses? (Ron Ormond, 1971), una extravagante propaganda anticomunista cristiana con situaciones gore. El catálogo se divide por capítulos (va en su tercero), cada uno abordando un tema conformado por tres películas y sus respectivos ensayos. Solo el primer capítulo tiene subtítulos disponibles en distintos idiomas. Para trascendencia de la web en países de lenguas no inglesas, es necesario se habiliten subtítulos para el resto de capítulos.

sábado, 29 de diciembre de 2018

Cada día o La cenicienta digital

“Lo que parece ser el comienzo de una comedia romántica adolescente situada en el contexto de una escuela secundaria de pronto se convierte en una enigmática y quizás involuntaria introducción al platonismo en el siglo XXI”; dice el crítico Roger Koza sobre esta película. En efecto, su historia emprende el “despertar” de una adolescente que en orden de su generación se encuentra asociada –o resignada– a una rutina de lo apático, el desapego humano, la ausencia de momentos Kodak, al no ser experiencias de plenitud o goce físico o emocional, sino plenamente digital, los cuales banalmente se archivan en los celulares no teniendo más significado que el del propio registro.
La película no deja de interesar además por su premisa, un ente que posee cuerpos por espacio de 24 horas, cambia de rostros, personalidad y sexo, siempre preservando una memoria y personalidad propia. ¿Qué significado tiene la relación de la protagonista con este ente o catálogo generacional mutable? No solo resulta ser el testimonio de un “despertar”, sino también es el panorama a las demandas y exigencias del sujeto millenial. Es la historia de una adolescente que tiene la opción de tener como amante a alguien que se nivela a sus líneas de búsqueda, su perfil de gustos, desde lo musical hasta el tipo de físico. La relación o match de hecho se establece bajo la fantasía que permiten redes sociales como Tinder o Facebook. Es por eso que para cuando la situación se va tornando seria, la protagonista optará por definir el set up de su amante ideal: “Este es el rostro”.
No deja de ser también, en cierta manera, provocador y hasta transgresor la idea de cómo una adolescente no tiene complejos en relacionarse íntimamente con un cuerpo un día y al día siguiente con otro distinto. Resulta entonces la pregunta, si posee la misma personalidad, ¿acaso no sigue siendo la misma persona? Pueda que sí, pero incluso si trasladamos este cuestionamiento a una plataforma digital, un grupo de personas comparten mismos gustos o hasta personalidad, sin embargo, no son la misma persona o tienen el mismo nickname. Cada día (2018), de Michael Sucsy, da pautas sobre las dinámicas racionales de la generación millenial, una sociedad dependiente de la imagen, ególatras –lo que resulta siendo el verdadero conflicto del filme–, siempre alineados a categorías que definen sus personalidades, pero también abiertos a la diversidad –basta ver el desfile de rostros que asume el ente–, siempre y cuando compartan por lo menos alguna categoría.

sábado, 15 de diciembre de 2018

Curso Lenguaje e Interpretación del Cine


Presentación
Más allá de la apreciación, la interpretación es un medio para agudizar los sentidos. Más que una contemplación, el interpretar es un acceso al análisis, el reconocimiento de los elementos y componentes, y la posterior reflexión para hallar un sentido lógico entre estos mismos. Examinado el objeto o creación, recién se podría hablar de una apreciación. Es mediante lo expreso que el curso LENGUAJE E INTERPRETACIÓN DEL CINE está dedicado “al observar”, antes que “el ver”.

Materias de Estudio
· Lenguaje Cinematográfico
· Historia del Cine
· Géneros Cinematográficos
· Análisis de fotogramas y fragmentos de películas

Lugar
Escuela de Actuación Ensamble – La Histriónica: Av. Francisco Bolognesi 397, Barranco

Fecha y horario
Sábados 12, 19, 26 de enero y 2 de febrero
10:30am – 1pm

Duración
4 Sesiones (2.5 horas c/u) – 10 horas total

Costo
S/80
*Los depósitos que se realicen por ventanilla deberán añadir el pago por costo de servicios bancarios (S/9).

Inscripción
Depósito a Cuenta Corriente Soles BCP 193 2582 9401 002 o CCI 00219312582940100213 – Carlos Esquives. Enviar voucher y datos personales al correo esquivescarlos@gmail.com, en espera de confirmación de recepción.

Video Spot: http://bit.ly/2EoIEJ9

viernes, 14 de diciembre de 2018

Roma

Se estrena de forma limitada en pantalla grande Roma, de Alfonso Cuarón. Pueden verla en el Centro Cultural de la PUCP, o también en Netflix. Su visión en sala de cine es recomendada.

Y tu mamá también (2001) no solo era el retrato de una amistad, es también un retrato social. Alfonso Cuarón es un director que no se conforma con el desarrollo de un “primer plano”. Su película es además un panorama a la realidad social del México de entonces, un trasfondo cotidiano que sus protagonistas ven, más no le prestan interés. Importante que la historia se construya a partir de la road movie. Los desplazamientos que exige este tópico obliga a los personajes a un turismo de ruta, permitiendo así un registro del aquí y del allá. México no solo es la capital, sino también sus alrededores, espacios en donde los conflictos son distintos y tal vez más alarmantes. En efecto, pueda que Y tu mamá también sea un filme de logros eróticos, pero no se niega que la educación sexual de estos adolescentes sea también un reflejo de su educación sentimental, y a su vez de su educación social. Cuarón relata la historia de los futuros adultos mexicanos, y, por muy erótico, su visión no es del todo romántica. Mucho de esto se refleja en Roma (2018).
Ciudad de México, 1970. La historia se fija en Cleo (Yalitza Aparicio), una joven sirvienta, y la familia de clase media a quien atiende. Es ante todo el retrato íntimo de estos personajes. Sus rutinas se mezclan con acontecimientos cruciales en la vida de estos. Es una historia amor, de desamor, conflictos domésticos, temporadas de frustración, de abandono, pero también de recuperación. Es el “primer plano”, la imagen romántica, la realidad personal o burbuja social, que no deja de ser cautivadora por sus gestos de humanidad, muchos manifiestos con sobriedad, lo que le otorga un perfil sincero, lleno de franqueza y sin adornos. Cuarón tiene sensibilidad para provocar emociones sin caer en lo aparatoso. A partir de un inocente juego, por ejemplo, puede definir el lazo emocional que existe entre Cleo y el más pequeño de los niños. No está demás subrayar que el director mexicano no deja de mantener en equilibrio las emociones dentro de esta pequeña sociedad. Así como hay momentos de júbilo, el drama toca a la familia. Hasta el entorno más romántico tiene sus instantes reales.

Pero lo mejor de Roma no es su primer plano o retrato íntimo, sino lo que está “atrás”. Así como en Y tu mamá también, los protagonistas se desplazan por delante de un nutrido trasfondo que parece ser una realidad alterna. Cuarón, así como en su historia sobre adolescentes en plena ebullición sexual, retrata a personajes que son indicadores de una sociedad que luce desprendida de su realidad social. Tal vez por las circunstancias o por la misma escala social a la que pertenecen, los protagonistas de su última película parecen no tener conciencia de los acontecimientos de la coyuntura nacional. Desde la tragedia del “Halconazo” hasta la gran brecha social que divide a México –algo que por momentos es imperceptible en el círculo familiar protagónico–, no se cuestionan dentro de lo íntimo, y si se comenta algo es a modo de cotilleo. Lo que sucede fuera de la casa no alcanza o perjudica a los miembros de esta familia, y eso incluye a Cleo, quien, por ejemplo, no se inmuta para cuando tiene noticias de su familia biológica. La sirvienta posee su propio lugar dentro de ese círculo social, por tanto, forma parte de este y en cierta medida ha roto vínculos con su origen.
Es de estimar además el deseo de Cuarón por querer englobar diversos rasgos, incidencias, actores –generacionales– y comportamientos que manifestaba por entonces México. Todo eso hoy contemplado como un síntoma. Y es que lo que sucedió en los 70 es lo que sucede en la actualidad, solo que en un mayor rango. En Roma vemos a un niño contando en la hora del almuerzo la muerte de un policía a pleno día, marchas estudiantiles reprimidas por mercenarios, la expropiación de tierras, el uso de armas asimilado como un juego, el machismo, la relación de amor y odio hacia EEUU, la divergencia entre la capital y los otros espacios de la nación, que a veces se repelen y otras veces se atraen. A propósito de esto, una escena de la película coincide con otra de Tarde para morir joven (2018), de Dominga Sotomayor. De pronto eventos naturales que, aunque de manera provisional, generan hermandad. Vale de paso mencionar que la película chilena también construye el retrato social de una época a partir de un círculo íntimo. Alfonso Cuarón, sin embargo, reconstruye la época con ambición, asistiendo, por ejemplo, a matinés o espacios públicos. Sutil el contraste de niños jugando a caminar en la Luna, uno en un caserío, otro en el campo. Roma además posee una estética lograda. Lástima que el director tenga como talón de Aquiles los remates. Sucede también en Hijos del hombre (2006) y en Gravedad (2013). Muy literal, uno de los pocos instantes en que peca de dramatismo.

lunes, 10 de diciembre de 2018

Netflix: Lazzaro feliz

Además de sobrecoger, un gesto de ternura provoca la rutina opresora que recae en Lazzaro (Adriano Tardiolo), el joven que trabaja más y sin cuestionar en una cosecha tabacalera. Pueda que no sea del todo impreciso vincular esta historia con el cine de Ermanno Olmi, en donde también vemos a personajes sumidos en una rutina laboral. Lo cierto es que lo planteado por Alice Rohrwacher no se queda en el contemplar desde los ojos del obrero cándido, la mirada “feliz” de Lazzaro, sino también contemplar una problemática, la cual deviene del accionar del resto de personajes. Lazzaro es como una pequeña carpa viviendo en una sociedad de tiburones, un pequeño universo compuesto por personajes indiferentes, desde los siervos hasta una marquesa. Es esa misma desventaja y la reacción complaciente como única defensa de Lazzaro la que provoca una mezcla de drama y comedia, de rechazo y compasión.
Si se ha visto antes Le meraviglie (2014) pueda que se perciba con prontitud el deseo de Rohrwacher en fabricar nuevamente una historia en donde la modernidad arrolla a una comunidad tradicional. En su anterior película, la directora italiana expone a unos granjeros a las fantasías de la urbanidad. En consecuencia, las tradiciones se verán vulneradas. Es la segunda parte de Lazzaro feliz (2018) la que aclara misma pretensión. Luego de un giro insólito, primera huella fantástica y enigmática del relato, los personajes ingresan a una modernidad que prometió liberarlos, pero que no hizo más que ahondarlos a una nueva miseria. Es el mismo cuadro que directores de la Italia de la posguerra quisieron definir. Desde Los desconocidos de siempre (1958) hasta Los monstruos (1963), vemos a parias sobreviviendo a la adversidad de la única forma en que ellos creen poder –y es que hay evidencia de una infertilidad consciente–, mientras que desdeñan la poca oportunidad que lo público les dispone.
Por un lado, Rohrwacher funde una sátira. “¡Ustedes son un parodia!”; grita una víctima como aludiendo que los personajes de esta historia imitan a los de Mario Monicelli o Dino Risi. Es pues el retrato pillo, mísero y urbano de la Europa en crisis. Pero no deja de estar la presencia de Lazzaro; él también es imitación pero otra generación. La presencia del joven evoca al neorrealismo. Su perfil de mártir nos retrae a los filmes de Vittorio De Sica y Roberto Rossellini. De este último, tanto de su época de la Italia en guerra como el del director de biografías cristianas. Lazzaro no está lejos de ser un Francisco de Asís o una Juana de Arco. Su derrotero es de puro padecimiento y mucho aguante. A medida que avanza la película, ya es imperceptible el lado glorioso, porque ya muchos desencantos han abordado a Lazzaro, quien representa el último escalón social en cualquier tiempo en que lo postren. Su presencia siempre será paredón del desquite.

domingo, 9 de diciembre de 2018

Vientos del sur

Vientos del sur (2018) tiene un atractivo tanto en su trama como en su cinematografía. La historia inicia con un retorno. Nina (Carolina Niño de Guzmán) vuelve a la hacienda cuzqueña de su abuelo en donde nació y se crio. El lugar es distinto al que su recuerdo ha cobijado. Las deudas, producto de la negligencia administrativa del dueño, han carcomido la finca y de paso la salud del anciano. El hecho es que a la recién llegada poco le preocupa la urgencia de la situación, pues su visita no fue del todo voluntaria. El director Franco García nos interna a un relato en donde la naturaleza rural, la herencia y las creencias son estímulos clave para su protagonista, en principio indiferente. Nina, la forastera, es un sujeto que no encaja dentro del lugar. La postura de la nieta va más allá al de una visitante temporal. Hay un gesto invasivo y evasivo en su actitud.
Nina no solo merodea por la hacienda de su abuelo, a medida que tasa y va negociando la suerte del territorio, sino que también su mirada pasa por encima de las solicitudes de los habitantes de la hacienda, aquellos que corren el riesgo de quedar a la deriva. Lo cierto es que el “turismo” de la joven va despertando algo en ella. Espacios o artefactos que ya no existen, y que conscientemente no desea reconocer, van removiendo su memoria. Es el vínculo que se reactiva cada que, por ejemplo, habla con el abuelo o se aventura entre la ruralidad. Curiosas son estas escenas. Algunas resultan ser casi un impulso que la joven experimenta en soledad, como buscando algo, tal vez internamente, tal vez en su alrededor. Son en esas situaciones en que García aprovecha en explotar los paisajes. Planos generales despliegan la inmensidad y el misticismo de esta zona andina, la cual imanta, hipnotiza y retiene al sujeto.

Existe una dialéctica subjetiva entre el individuo y la naturaleza en Vientos del Sur. Como en las western, estos dos elementos tienen una correspondencia, en este caso, a propósito de lo agónico y, por qué no, de lo demencial –pensando en un perfil alternativo del final de la historia–. El hecho que esta película se refiera además a un protagonista restaurando su vínculo familiar y territorial, y la preservación de un legado o patrimonio, parece alinearla aún más a ciertas premisas del western. El mismo carácter de la protagonista es otro aliciente a este género. Interesante ese contraste que la presencia de esta protagonista genera. Ella de traje citadino y baja estatura, rasgos significativos y contrarios a su carácter fuerte que va en ascenso. García modela la personalidad de la nieta pensando tal vez en protagonistas como Scarlett O’Hara o la Jennifer Lawrence de Winter’s bone (2010).
Así como los personajes mencionados, Nina, aunque sin darse cuenta, comienza a tomar las riendas de una reconstructora. De pronto se siente en la necesidad de tomar voz, de enfrentar contra los que representan un peligro para la hacienda, un impulso por acicalar una habitación abandonada, o de reparar lo que luce irreparable. En tanto, sus paseos en busca de “algo” no cesan. Sucede también que a medida que pasa el tiempo de estadía, pareciese que Nina poco a poco comenzase a recordar –como el preparar un arma–. “Hay cosas que no se olvidan”; dice el abuelo. Ella ha comenzado a aceptar su verdadero lugar o identidad. Ya para el punto de culminación de Vientos del sur, Nina parece haber recordado todo lo aprendido, e incluso asimilado hasta lo más utópico.

sábado, 8 de diciembre de 2018

VI Transcinema: Nuestro tiempo

El director parece reencarnar en su nueva película al personaje de su PostTenebras Lux (2012), un padre de familia que pasa su tiempo junto a su familia en un rancho, lugar que se supone es de descanso, pero en donde reconoce también un conflicto interno que comienza a mellar la tranquilidad aparente que reina en su alrededor. Con Nuestro tiempo (2018) el cine de Carlos Reygadas parece dar pauta de un ejercicio de confesión, o es lo que invita a suponer al no solo ver al director siendo protagonista, sino también a su familia y el propio entorno que le apasiona, lo que incluye sus filias, desde la música instrumental hasta la sexualidad, esta como experiencia y conducto con un concepto existencial. Juan, un prolífico y reconocido poeta, pasa enteramente su vida en un rancho, espacio que su esposa ha comenzado a rechazar a consecuencia de un affaire.
La naturaleza rural y el sexo en el cine del mexicano siempre han tenido una semejanza. Estos dos tópicos revelan un comportamiento ambiguo en sus personajes. Ellos aman y gozan a través de este, pero en algún momento de la trama se despierta la duda y la confusión. Nuestro tiempo abre como Post Tenebras Lux. Planos generales dan pauta de una correspondencia entre el humano y la naturaleza. La inmensidad y la belleza del contexto alimentan la fantasía del lugar apacible. El júbilo de la infancia se interpreta como la humanidad estando a buen refugio dentro de este universo. Lo cierto es que esta estética natural no es perfecta. La presencia del barro germina lo defectuoso. En Post Tenebras Lux esto se evidencia a los minutos con una tormenta, en Nuestro tiempo se manifiesta con menos antelación mediante una manada de toros bravos. A metros en donde están los niños, las bestias tienen su propio espacio. Lo curioso es que ambos grupos no solo comparten el mismo terreno, sino también mismas pulsiones. Tanto los niños como el ganado pugnan de manera instintiva respeto por el territorio sexual. Los niños juegan contra las niñas y los toros luchan por las hembras. Esa será la pauta de la trama. La sexualidad como motor de conflicto y pugna.
Vemos a Juan y su esposa Esther pasando por una crisis matrimonial luego de una confesión sexual. El sexo, que es expresión de deseo y amor, rompe con el orden y la tranquilidad de las cosas. Pero está también el sexo como medio de experiencia. Es Juan hallando en el voyerismo la única forma en que puede conseguir el placer sexual (que también es amor) para con su mujer, quien ha comenzado a negarle su físico. Por muy perverso que pueda ser dicha actitud, el deseo de Juan no es más que pura abnegación. Nuestro tiempo es básicamente similares posturas que Carlos Reygadas promovió en sus anteriores películas, solo que en un situación distinta. Aquí vemos a un protagonista contenido, abrazando a la reconciliación. Lástima que para el final se torne trivialmente melodramática, pero no deja de ser interesante lo resto, que incluye la formalidad con que narra mediante planos aparentemente inconexos, además de una novedosa inserción de fabulación tragicómica.

VI Transcinema: Relaxer

El cine de Joel Potrykus es cómicamente irreverente, y en gran parte gracias a la construcción de sus personajes. En sus películas vemos a individuos que son parias sociales. Estos anidan en las periferias de pequeñas localidades urbanas. Sus figuras recuerdan a los slackers de Richard Linklater, solo que en una versión grosera, muy desaliñada. Su cháchara además consiste en diálogos burlescos. Son retratos de la desidia social, infértiles por naturaleza. Muchos de estos son desempleados, y si trabajan lo hacen a regañadientes (Buzzard, 2014). Son también ermitaños, y esto mismo los ha convertido en personajes extravagantes (The alchemist book, 2016). Todas estas características definen al protagonista de Relaxer (2018). Al mismo le acompañan otros que están de paso. Todos forman un elenco caricaturesco. Mientras que el cine de Linklater gesta atractivo a partir del diálogo humanista, Potrykus gesta el atractivo a partir del diálogo absurdo.
Pero Potrykus no se conforma con la excentricidad de sus personajes. Este director va caldeando un recurso que encausará en el clímax del filme, ese punto alto de lo irracional. Es el disparate final de su película. En parte luce ser un quiebre de su ficción, pero, por otro lado, dicha extensión parece también un complemento de la personalidad a la que nos estuvimos habituando. Ya a estas alturas de su fílmica, se puede predecir que algo muy raro nos aguarda al cierre de las películas de Potrykus. La pregunta es cuál será ese. Sus películas funcionan como un acto de magia. Se conoce al mago y sus trucos, pero siempre está el “as bajo la manga”, el truco final que no te deja indiferente, al menos no después de haberte acostumbrado a sus personajes. En su nueva película, Joel Potrykus se asume también el reto de reducir su locación. Si Tape (2001), nuevamente Linklater, sucede en una habitación, Relaxer sucede en un sofá.

VI Transcinema: Algo quema

El director Mauricio Ovando mediante su documental sigue la tradición de sucesores afrontando las culpas ejecutadas por sus predecesores. Él es el nieto del general Alfredo Ovando Candia, militar y político boliviano que estuvo al frente de la ejecución del Che Guevara, acusado de numerosos actos de represión durante cuatro gobiernos al que se incluye un acto de magnicidio. Mediante la recopilación de filmes caseros, el menor Ovando (re)construye el perfil del personaje amado por una familia, el patriarca amoroso y compasivo que ponía a su familia sobretodo. Asentada la imagen, la historia toma acción. Son los noticieros, diarios y grabaciones públicas las que comienzan a contradecir esa definición.
Algo quema (2018) obviamente no desea hacer un retrato biográfico asumiendo las dos posturas hacia el abuelo del director. El documental de Mauricio Ovando se resuelve en respuesta a un conflicto y trauma familiar/personal. Algunos de los familiares se disponen a hablar del militar en tono de mea culpa. Es un modo de descargo público frente a un pasado que fue difuso para los hijos y nietos no enterados al historial del político dentro de la convivencia. El final del filme es prueba de eso: puro dolor y vergüenza ajena ante lo que es irreparable.

jueves, 6 de diciembre de 2018

VI Transcinema: Lembro mais dos corvos y Ainhoa: yo no soy esa

Dos documentales en donde directores descubren la intimidad de sus protagonistas impulsados tal vez por una fascinación personal. Sucede que en ambos retratos dictados en “primera persona” los personajes dan muestra que reservaron una serie de confidencias incubadas por largo tiempo, una identidad secreta que de paso los vincula a fantasías. No solo es el goce por la confesión, sino también por el encantamiento hacia lo que estos testimonios representan. En Lembro mais dos corvos (2018), el director Gustavo Vinagre aprovecha una noche de insomnio de su personaje para reunirse con ella. Julia Katharine, actriz transexual brasileña, comienza a hablar de todo un poco: su infancia, su descubrimiento sexual, su crucial afecto con un familiar, su exótico viaje a un país asiático, su cinefilia, su pasión por la actuación, sus achaques emocionales. Lo curioso es el modo en que se aborda esta entrevista. Vinagre cambia de roles, a veces haciendo de amigo, de espectador, otras de director. En respuesta, Julia amoldándose a esta posturas, ya sea siendo ella misma, inventando supuestos o performatizando para su único espectador.
En Ainhoa: yo no soy esa (2018) la directora Carolina Astudillo se remonta a una antigua conocida. El descubrimiento de unos diarios de esta la inspiran a desarrollar un documental que enfrenta la ficción con la realidad. Sucede que la “vida” de Ainhoa Mata no halla común con lo que ella escribía o sentía en secreto. El júbilo de las fotografías o las grabaciones caseras de la familia no revelan huella alguna de la Ainhoa de ánimos abúlicos, frustrada emocionalmente, víctima de una postura trágica. Pero a Astudillo no le llama la atención el sesgo de desdicha de esta personaje, sino la cordura que ha sembrado en sus escritos, el dominio secreto de la palabra y el diario convertido como medio de depuración o liberación de una identidad a contracorriente con su época. Esto le recuerda a personalidades femeninas, especialmente las eruditas latinoamericanas, las criadas también en un seno dictatorial, como la última etapa franquista en la que nació Ainhoa, y encontraron en la literatura el medio real para definir su verdadera personalidad.

VI Transcinema: Abismos y sonrisas

El pesimismo y la degradación son los estímulos en su historia. Un personaje en pleno divorcio con su rol social nos da señas de su estado agotado y suicida. A su andar le acompañan fondos musicales, en su mayoría descompasados al estado dramático del ebrio, quien solo parece percibir en su cabeza que la música ha terminado. Carlos Córdova nos enreda en una trama que no tendrá claridad si no hasta que el discurso tome la palabra. Entonces el borrachín da su aporte de “cordura” al público. Es su contrataque a las oratorias optimistas o motivacionales, fundidores de fantasías emocionales, las cuales no han resultado en el protagonista en cuestión, quien con despecho se deshace de su vestimenta social y se entrega a la ruina, tal vez en su deseo obstinado por inmolarse y servir de ejemplo del fracaso de los profetas progresistas. Abismos y sonrisas (2018) es un ejercicio de depuración en cierta manera moralista al exigir la corrección y subrayar lo dañino, por ejemplo, exponiendo a su antagónico al terreno ridículo. Es una cuota de autoayuda a la inversa. Es también un proyecto de apropiación de registros de un lado y de otro que al ser integrados ponen en duda el concepto de su composición.

lunes, 3 de diciembre de 2018

VI Transcinema: El anti-faz

Enrique Mendez reutiliza el conflicto de Algo se debe de romper (2015) para aclarar las pretensiones del mismo. En su ópera prima el tema del bullying resalta y estimula el clímax, lo que bien podría dejar en un segundo plano su mirada crítica hacia lo digital, este contemplado como utensilio multifuncional, en este caso, empleado de manera perniciosa, usado como arma de boicot masivo y que además ha pervertido la moral y a allanado la cotidianidad. Mismos indicios se ven representados en El anti-faz (2018). Esta historia e incluso el trayecto narrativo y dramático parecen remedar al anterior filme de Mendez. Nuevamente la tecnología digital tiene un protagonismo clave. Su dinamismo genera un claro contraste respecto a la parquedad de sus usuarios. Somos testigos de una generación inclinada ante la tecnología digital. Estos no solamente la han reconocido como su canal de interacción, sino también la usan como canal emocional.
De pronto una salida de amigos no es tan estimulante o celebratoria como el muro de una red social. Los personajes funcionan mejor dentro de lo virtual que dentro de lo real. Estos, en algún momento, han olvidado los protocolos de la interacción humana. Sus debates emocionales reemplazaron el diálogo por el estado de reacción. Expuesta esa crisis de la rutina digital, Mendez pone contra el paredón a un protagonista, la carnada, aquel que será la esponja de los defectos sociales que la tecnología ha incitado. Lo cierto es que, y a diferencia de Algo se debe de romper, este nuevo protagonista responde de otra manera. En efecto, este también tiene “algo que romper”, sin embargo, a su reacción se adjunta un efecto de revelación. Si nos trasladamos a una realidad de Matrix (1999), el protagonista de El anti-faz escogió la pastilla roja, ha despertado y percibido cómo la no realidad ha borrado/pixeleado la identidad del resto y de sí mismo.