lunes, 23 de abril de 2018

Entrevista: Óscar Catacora

No se pierdan Wiñaypacha, de Óscar Catacora, película que se estrenó el jueves 19 pasado y no dejamos de recomendar. A propósito de esto, le realicé una entrevista al director. Pueden encontrarla en nuestro canal de YouTube, y también pueden leer en el blog la crítica que le realicé durante su pase en el Festival de Lima.


miércoles, 4 de abril de 2018

Cinéma du réel: National Narrative

Un documental en principio apoderado por la trivialidad propia de la naturaleza de cualquier aplicativo digital dirigido al entretenimiento. El director Grégoire Beil nos introduce al mundo del Periscope, espacio que alberga a una comunidad juvenil francesa insípida, sin nada trascendental qué decir o mostrar, alentados a incorporarse a esta rutina por el simple deseo de ser portada o espectador de la transmisión de videos en directo. Es la plataforma que hace panorama a una nueva configuración del narcisismo o que dispone un vouyerismo dentro de la legalidad. A esto se suman los demonios sociales. El racismo, la xenofobia y demás prejuicios que pululan en un territorio multicultural como la Francia actual se manifiestan a través de los mensajes de un odio infundado, casi un comportamiento espontáneo, cotidiano. Lo cierto es que esto es solo el principio de un experimento muy interesante.
National Narrative (2018) asume un significado distinto a propósito de un rumor que ha comenzado a circular en la red social en cuestión. De pronto las imágenes de los cuerpos y rostros compartiendo sus rutinas inapetentes, además de los mensajes injuriosos, van perdiendo su sentido protagónico tras la difusión de un evento trágico que acontece a vísperas de celebrarse el Año Nuevo en Francia. Beil recopila los videos previos a una tragedia nacional a fin de, posiblemente, comprobar la efectividad de las nuevas tecnologías como medio de información. A medida que el tiempo pasa y la noticia se va corroborando, entonces surgen esas transmisiones que activan ese lado comprometido, una inclinación fraterna que –como los insultos hacía horas –aflora de manera espontánea.
Es a consecuencia de un desastre que el Periscope pierde su naturaleza de ocio y asume un significado entre periodístico y alentador por propia acción de sus usuarios. Las diferencias y falsas tensiones se han diluido y son reemplazadas por discursos y mensajes de angustia y solidaridad. La misma comunidad que lucía infértil comienza a dar señas de que lo que se ha visto a través de la pantalla solo fue una apariencia o solo un perfil. Las redes sociales son fábrica de prejuicios generacionales. Lo curioso es que pasada la tormenta, la “normalidad” llega. Pequeñas incidencias estimulan a algunos usuarios a nuevamente simular lo que aconteció una víspera de Año Nuevo, aunque sin la misma vitalidad. National Narrative también da prueba que las redes sociales son universos que hacen ventana al rastro ambiguo que reserva toda sociedad.

Mira gratis National Narrative en este link previa suscripción gratuita (solo subtítulos en inglés disponibles): http://bit.ly/2q8CsMr

martes, 3 de abril de 2018

Cinéma du réel: The Waldheim Waltz

Hasta el 15 de abril la plataforma de Festival Scope presenta de forma gratuita una selección de documentales presentados en el festival de Cinéma du réel. No se lo pierdan que hay una interesante selección. Aquí una crítica a una que no deben dejar pasar.

¿Por qué rememorar un acontecimiento “saldado” que ocurrió tres décadas atrás? Al margen de los compromisos coyunturales específicos que desee ligar la directora con este documental, existe una razón universal que no precisa de excusas para volver a desenterrar una vieja vergüenza. Waldheims Walzer (2018) clama por un llamado urgente a la memoria. La regresión a una temporada infame de la política austriaca, más allá de repasar un evento puntual, es ejemplo del porqué la Historia y la humanidad deben de tener un vínculo eterno bajo una dialéctica constante. La memoria no reconoce eventos saldados. La historia no deja por concluido ningún hecho. Kurt Waldheim, ex Secretario General de la ONU durante la década del 70 y además ex oficial vinculado con el nazismo que tuvo protagonismo en la deportación de tantas vidas humanas que fueron a parar a los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial, si bien ya no forma parte de un presente, su trayecto político no ha dejado de ser tema pendiente.
Ruth Beckermann, a través de este documental construido íntegramente por material de la época que nos asienta a las fechas previas al dictamen final de las elecciones presidenciales de 1986 en Austria, narra los instantes de la campaña de Waldheim, entonces candidato al cargo presidencial, y la campaña en su contra que se originó a raíz de la revelación pública de su pasado. El fin de la Segunda Guerra hacía poco había conmemorado su 40 aniversario, sin embargo, un personaje con credenciales nazis estaba a un paso de gobernar uno de los países más golpeados por el exterminio sometido por el Nacional Socialismo Alemán. Waldheims Walzer hace una identificación de juicios viles y negligentes. En principio, el mismo Waldheim, negando sin rubor un pasado terrible, ciñéndose a su rol de candidato de derecha popular, conservador, padre de familia, cristiano y amante de los caballos. Es un cinismo a alta escala a vista del mundo espectador, el cual, en continuación, revela una negligencia compartida por dos sectores: la constitucional y la pública.
Es acertado cómo este documental congrega las voces y perfiles que componen toda marcha electoral: los medios de comunicación, la pronunciación internacional, tanto la oficial como de opinión especializada, compuesta en gran parte por la comunidad agraviada, y además la polarización del público electoral, el que a fin de cuentas será el que otorgue el fallo final. Lo cierto es que la negligencia se manifiesta en dos sectores. Lo constitucional que hizo caso omiso a las credenciales de un villano que increíblemente fue delegado de la ONU; lo público o el electorado que manifiesta una proporción que ha heredado el antisemitismo. Waldheims Walzer reconstruye una temporada de una manera que luce contemporáneo o, por lo menos, un pasado no muy lejano. Ruth Beckermann subraya esa carencia, el de una memoria fresca representada por una colectividad superior que sepa actuar con coherencia en los instantes en que se pisotea la dignidad humana, imponiendo respeto por lo que es irreparable y no tendría que repetirse. La idea de hacer regresión a ese período es el de anticipar a una catástrofe moral similar que nunca reconoció las disculpas o castigó a sus actores.

Mira gratis The Waldheim Waltz en este link previa suscripción (solo subtítulos en inglés disponibles): http://bit.ly/2Ira67T

viernes, 30 de marzo de 2018

Video Ensayo: Una lectura a La masacre en Texas

Los invito a ver este video ensayo que de seguro será el primero de muchos. No tendrán la frecuencia de las críticas, pero igual espero darle la mayor fluidez. La idea de este primero es que además sea una antesala a la próxima difusión de cursos online que ya se estará anunciando. Suscríbanse al canal por YouTube y en Vimeo, en donde también postearé lo que se vaya realizando. La presentación de este primer video ensayo es la siguiente:

Una lectura a La masacre en Texas (1974), de Tobe Hooper, desde la perspectiva de los villanos.

Sinopsis de La masacre en Texas: Un grupo de adolescentes citadinos viajan a una comunidad rural en Texas para visitar la antigua casa del abuelo de dos de sus miembros, sin saber que por la zona habita una familia de sádicos.


jueves, 29 de marzo de 2018

María Magdalena

Una versión que hace ajustes frente a la vigente, la cual asocia al personaje bíblico a los antecedentes de cortesana, redimiéndose por pecados cometidos y posteriormente pasando a ser parte del pasivo séquito de mujeres seguidoras del Mesías. María Magdalena (2018) narra días previos a la llegada de Jesús (Joaquin Phoenix) a Jerusalén yendo camino a su destino, en donde la presencia de María de Magdala (Rooney Mara), mujer repudiada por su familia y comunidad por razones distintas a la glosa “original”, no solo es protagónica sino imprescindible dentro de la historia. El director Garth Davis desarrolla una trama digna de ser vapuleada y vetada por los ortodoxos. María figura como un precedente feminista resistiéndose desde principio a lo que entonces se calificaba como parte de una tradición. Claro que queda como incógnita cuál es la naturaleza real del porqué la mujer se niega a esposarse con alguien a quien no ama. Lo que queda claro es que ese pensamiento o espiritualidad siempre estuvo presente en ella.
María Magdalena puede ser interpretada como un argumento que retrata dos modos de padecer: el primero establecido por lo divino, el segundo estimulado por lo terrenal (social). Jesús tendrá que ser recibido por una nación como el “Salvador”, luego juzgado y crucificado por la gran mayoría de estos mismos, porque es así como lo dicta Lo intangible. Mientras tanto, María tendrá que unirse a una escolta compuesta por hombres quienes la miran con poco fiar, víctima del prejuicio y el menosprecio, pero esto por propia vocación. A diferencia del hijo de Dios, la mujer de Magdala tiene la opción de demitir a esa acción, el evadir a ese castigo, mas no lo hace. No la maltratarán físicamente, pero sí anímicamente. Al igual que Jesús, ella será tenaz ante su idea, aunque se exponga a un juicio injusto. La película de Davis narra la historia de dos tipos de calvarios sometidos por dos casos de intolerancia, ambos sobrevenidos a consecuencia de la difusión de una ideología distinta que será censurada.
Lo disímil entre los protagonistas sería que a diferencia de Jesús, María es la única que manifiesta su idea: la mujer no tiene por qué ser relegada por su condición de mujer. Jesús tendrá seguidores por donde vaya, pero María solo encontrará enemigo –o hasta neutrales– en su trayecto. No hay cómplices para este personaje, pues todos están modulados bajo el pensamiento social de entonces que es contrario al de ella. El mismo círculo de los apóstoles es prueba de este razonamiento. La fe o el fanatismo en construcción es una cosa, mientras que las costumbres es tema distinto. Entre dudas, algunos de sus miembros no saben cómo fabricar una expulsión a la mujer que posee argumentos con sentido. Por muy objetivo que por instantes sea su discurso, María Magdalena no deja de ser una lectura bíblica a valorar dado que no acude a la típica espectacularidad y además porque se ajusta a una reflexión que la coyuntura reclama. Escapa también de la representación habitual. Adicionalmente a María Magdalena, Judas (Tahar Rahim) y Pedro (Chiwetel Ejiofor) son otros personajes a atender. El primero, más que traidor, es el que creyó y puso a prueba. Al segundo lo vemos más defectuoso que en otras versiones.

martes, 27 de marzo de 2018

Yo, Tonya

La historia de Tonya Harding (Margot Robbie) calza a la perfección con las crónicas endémicas de los tabloides en EEUU, a propósito de la caída de un ídolo o, como sucede en este caso, de una promesa. La patinadora que llegó a realizar dentro de una competencia la pirueta más compleja en dicho deporte, no conocerá más gloria que esa. Lo resto a narrarse en el trayecto de su biopic será pura desdicha. Yo, Tonya (2017) es una historia dramática sobre una mujer criada y asediada por lo indecente, sin embargo, el director Craig Gillespie opta por promover una comedia en tonos de sátira. El retrato que se fabrica en esta película no está concebido para redimir o liberar de culpa a los personajes envueltos en esta historia. Su intención no está lejos de los documentales de cable que abundan a granel, dirigiendo y estimulando los (pre)juicios y opacando la problemática social que acontecen en la trama, desde los modos de crianza hasta las políticas discriminadoras de las competencias en patinaje de hielo.
La película de Gillespie parece estar dirigida a la demanda voraz de un espectador a la expectativa de un protagonista defectuoso como los que se figuran en cualquier archivador escandaloso de la Discovery y demás. Sea por esa razón que Yo, Tonya se comporta como un documental en donde los personajes de un presente que hacen remembranza a su pasado dan pauta de sus imperfecciones desde el solo significado de sus vestimentas y las locaciones en las que se encuentran. A Tonya y LaVona (Allison Janney), la madre lapidaria, las conocemos en sus respectivas casas, ambas vistiendo como lo harían en su rutina: el fracaso es evidente y anticipado. Yo, Tonya es entretenida, tiene logradas actuaciones, un soundtrack de los setenta grato para cualquier melómano, pero peca de reusar ciertas usanzas que generan tonos ridículos y caricaturescos (todos tienen sus momentos, en especial el guardaespaldas) y sobretodo peca de un amarillismo rutinario.

jueves, 22 de marzo de 2018

Titanes del Pacífico: La insurrección

Hay que ser ingenuos para pensar que esta secuela tendría algún parecido con la realizada por Guillermo Del Toro. Titanes del Pacífico: La insurrección (2018) no solo ha perdido el atractivo visual de su original, sino que también se olvidó de la cuota de géneros a los que hacía referencia, desde el noir al kaiju, solo quedando el drama y la acción. Las criaturas niponas todavía estarán presentes en dicho universo, así como los robots gigantes, guardianes de un planeta en reconstrucción, más el espíritu de fascinación con que se describía tanto a los titanes buenos como malos, como si se tratasen de figuras intercambiables, se ha reducido. Como se nota la diferencia entre una película dirigida por un cinéfilo y un realizador de teleseries. A pesar de eso, el director Steven S. DeKnight hace lo posible para que la película no sea un fracaso argumental.
Lo mejor de Titanes del Pacífico: La insurrección es descubrir la manera cómo la historia hace revivir a los temibles kaijus que supuestamente habían sido erradicados de la Tierra. El chispazo que vuelve a abrir esa “caja de Pandora” tiene un origen desagradablemente atractivo. La humanidad es perversa y cuando tiene ganas de autodestruirse se la ingenia muy bien para resolver eso. La trama, que tiene como coguionista a Del Toro, también productor de esta entrega, manifiesta ese único rastro seductor. Lo resto es el reconocimiento a esa nueva generación de héroes que se encargará de subsanar la negligencia provocada por ciertos. Ya cada vez más típico de las películas comerciales en Hollywood, todas las razas son las que conforman este equipo, todos jóvenes, algunos casi en pañales. ¿Alguien acaso se ha percatado que cada vez son menos los actores mayores de 60 años?

martes, 20 de marzo de 2018

Netflix: Annihilation

A diferencia de las películas de acción en donde los egos de hombres rudos se ponen a prueba al embarcarse a misiones peligrosas, en Aniquilación (2017) vemos a voluntarias que en el fondo son conscientes que formarán parte de un viaje sin retorno. Las protagonistas de la segunda película de Alex Garland no son personas en un declive físico anticipando el fin de sus historias. Ninguna de ellas es una militar cumpliendo una misión suicida de la que no tienen más opción que acatar. La razón de dicha acción es a propósito de una cuesta anímica. Cada una ha reconocido una justificación que las impulsa a atravesar ese velo extraño, excusa que nada tiene que ver con descifrar la naturaleza de esa incoherencia física, posiblemente, una emisión extraterrestre, sino que responde a una incapacidad por continuar una vida doliente.
Aniquilación narra la historia de Lena (Natalie Portman). Lo primero que se sabe de esta maestra en Biología es que, a pesar del tiempo, ella no ha sido capaz de sobrellevar la ausencia de su marido. Garland toma como premisa a una mujer anímicamente atrofiada. Sucesos que acontecen le hará conocer a otras mujeres también víctimas de sus propias inapetencias. Un asunto interesante es que el desconsuelo en las protagonistas es imperceptible. El tema del luto que resguardan estas mujeres se maneja en un plano reservado. Es el caso de Lena, manteniendo en secreto su motivación, mientras nos enteramos por medio de flashbacks su motivación exacta. De igual manera, a las otras las vemos fingiendo un estado de ánimo incongruente a sus penas. La sola misión resulta para la mayoría un artificio, un medio para acallar el desasosiego.
La historia sobre el internamiento a un espacio en donde los especímenes terrestres se unifican resulta ser un interés por excavar la naturaleza autodestructiva de la humanidad. De pronto los extraterrestres son una especie de macguffin que no dejan de empujar a los verdaderos protagonistas a esa autodestrucción. No suficiente con alistarse a dicha expedición de riesgo categórico, en un punto de la trama habrá un indicio de mutuo exterminio. En un momento crucial, para cuando Lena se encara a esa “manifestación” que en teoría es la razón de la misión, solo observa una representación suya asumiendo esa naturaleza exterminadora; la única respuesta de ese viaje alegórico. Aniquilación afirma el talento de Alex Garland dentro del género sci-fi ya expuesto en Ex Machina (2015). Su filme además es prueba que una película no necesariamente tiene que ser una comedia para asentar al género femenino como protagónico. Obviamente, esto no garantiza que haya un síntoma feminista en la trama (lo masculino es el centro de una de las protagonistas), aunque sí avala por una equidad protagónica.

miércoles, 14 de marzo de 2018

El sacrificio del ciervo sagrado

El cine de Yorgos Lanthimos desplaza sus tramas mediante un tono de extrañeza. Muchas cosas que suceden en un principio son ininteligibles. Existe además una sobriedad en la atmósfera que deviene de la parsimonia de sus personajes. Tonos claros asaltan sus locaciones que por cierto revitalizan el estado enfermizo y agonizante de los que integran la historia. El sacrificio del ciervo sagrado (2017), su última película, tiene como protagonista a Steven (Colin Farrell), un médico y padre de familia, quien sobrelleva una tercera rutina al lado de Martin (Barry Keoghan), un adolescente con quien pasa ciertas tardes junto. Ya para cuando la frecuencia y el consentimiento se lleven a cabo, el joven rebelará a su acompañante sus verdaderas intenciones. Es a partir de aquí que se devela el tópico de la insanidad mental, constante temático en la fílmica del griego.
El conflicto principal –o las reglas de juego– en El sacrificio del ciervo sagrado es claro, lo que es difuso son los mecanismos “sobrenaturales” que se establecen. Obviamente, esto no es esencial. Es en efecto un rasgo atractivo de la trama y a la vez huella del director quien siempre escatima argumentos. Por mucho que se aclaren los roles de los personajes se mantiene firme un perfil extravagante y enigmático. A esto se suman actos irracionales que se suministra a todos los personajes desproporcionalmente. Lo de la insanidad mental siempre tiende a recaer más en una figura. Caso en esta trama, Martin es ese personaje. Su presencia va generando un efecto de ambigüedad que encandila a algunos y perturba a otros. Es como una bomba de tiempo que en cualquier momento está a punto de estallar desatando una reacción visceral.
Así como otros filmes de Lanthimos, uno de los personajes es el huésped de un conflicto mental que de pronto comienza a expandirse en el resto. Todos, en cierta forma, son vulnerables a la locura. Ello, así como el sexo, son gestos o comportamientos naturales en las películas de este director. El sacrificio del ciervo sagrado tiene además otro común con otros de sus filmes: la solidez del símbolo patriarcal. Así como en esta historia, en Canino (2009) y Alpes (2011) vemos también a hijos rindiéndole tributo de alguna forma a sus padres, lo que a su vez les ocasiona un desorden en sus vidas. En el reciente filme de Yorgos Lanthimos vemos ese efecto en partida doble: un perturbado hijo reivindicando a su padre, mientras otros menguando por culpa del suyo.

lunes, 12 de marzo de 2018

La rueda de la maravilla

La tragedia oculta bajo la comedia. Esto también sucedía claramente en Blue Jasmine (2013). Era un filme sobre la decadencia económica y moral, encallando a un trastorno mental. Fatal el cierre que le aguardaba a la historia de la protagonista que en principio descubría un tramo optimista en donde la misma se esfuerza por hallar su redención. Woody Allen está seguro que algunas personas nacen con el estigma. La rueda de la maravilla (2017) tendrá todo un maquillaje de encanto empezando por su panorama central, Coney Island, cuna del concepto de la feria recreacional, además de los recónditos jardines chinos que reserva la zona sur de New York, la música entusiasta de los 50 y los atardeceres provocados por la deslumbrante –aunque por momentos surreal– fotografía del gran Vittorio Storaro, pero todo esto es ilusión dentro del terreno del infortunio.
Ginny (Kate Winslet), camarera y ex actriz –oficio fetiche que da indicio al fatalismo en el universo de Allen –, es una esposa y madre desdichada. Tanto su marido como su menor y pirómano hijo generan razones independientes para que la mujer viva con desencanto su día a día. Sin embargo, una segunda vida, el “salvavidas” o comodín, le dará el alivio, la oportunidad de ser feliz, de fantasear en medio del parque de ilusiones en donde ella labora. Claro que, como toda ilusión, esa realidad será efímera. Así como en Blue Jasmine, en La rueda de la maravilla vemos cómo la vida le sonríe –por segunda vez– a la protagonista en un tiempo limitado. Si bien la mujer ya habrá tenido un fracaso anterior, aún no ha tocado fondo. Está en el trabajo de la historia recrear una ruina, a partir de la integración de una hija pródiga, y darle un desenlace digno de la degradación personal del protagonista en cuestión.
Importante notar el asunto de la ruina “recreándose”. Tanto a Jasmine como a Ginny, Allen les asocia un pasado. Es a propósito de alguna remembranza que se gesta en la historia que nos damos cuenta cómo las protagonistas reinciden a sus delitos. Son las destinadas a tropezar con la misma piedra, culpa posiblemente de sus progenitores, quienes, cual tragedia griega, les han heredaron una maldición que trasciende y se agrava. La rueda de la maravilla es una tragicomedia que tiene toda la esencia del cine de Woody Allen, no dejando de ser atractiva y hasta por momentos auténtica. Sus historias que han caminado por esa línea argumental siempre han tenido una apariencia incierta, pero lo cierto es que todo tiene un destino prescrito dentro de sus ficciones. Lo que si no está claro es lo que le depara en adelante a las producciones del neoyorquino, pero eso ya no es terreno de la ficción.

miércoles, 7 de marzo de 2018

FICUNAM: David, el regreso a la tierra y Esta película la hice pensando en ti

Hasta el 25 de marzo, el Festival Internacional de Cine UNAM (FICUNAM) y la plataforma de Festival Scope presentan de forma gratuita una selección de películas programadas en la presente edición del evento mexicano. Comentamos algunos de los filmes que están disponibles.

Dos películas sobre personajes “retornando”.

La mexicana Anais Huerta en su documental David, el regreso a la tierra (2017) nos descubre la vida de un francés de orígenes haitianos consultando sobre su origen. Una partida de nacimiento no habida parece ser la excusa de una exploración personal, una consulta a lo innato o revelación de lo propio. David es hijo de franceses por adopción. Es además hermano de otros también adoptados, y salvo por uno de ellos que también nació en su país de origen, el protagonista no tiene más vínculo con su nación oriunda. Un detalle curioso que nos revela este filme es que este hermano haitiano vive refugiado en una casa de reposo, asediado por males físicos y mentales. Él nunca aparece más que en fotos. Es con este precedente que vamos definiendo a David como un sujeto aislado de su esencia.
David, el regreso a la tierra, por mucho que simule ser el seguimiento a un hombre poniendo en regla sus expedientes, es un documental sobre el desarraigo. David y una sobrina suya conversan sobre su distinción racial. Tanto el hombre como la niña caucásica están de acuerdo que sus colores de piel son muy distintos. Es algo que, desde la perspectiva de David, un adulto o su familia no perciben. Es interesante cómo los cuerpos definen su identidad dentro de los espacios. David en Francia es un francés como muchos. David en Haití es un haitiano. La mistura racial que goza el país europeo pasa por alto la esencia cultural; esa es la queja del protagonista. Más que una búsqueda de respuestas David, el regreso a la tierra es un juicio ante la identidad que le corresponde.

En Esta película la hice pensando en ti (2018) el director Pepe Gutiérrez también nos presenta a una mujer retornando a su pueblo luego de muchos años. Carmen busca a su padre. La historia es difusa. No sabemos con exactitud los precedentes respecto al vínculo entre el padre y su hija, qué fue lo que los separó y si tuvieron algún contacto desde esa separación. Mucho menos es clara la resolución de esta búsqueda. Sucede que el mexicano nos introduce a un lenguaje que experimenta con la ficción no dejando de comportarse como un filme documental a fin de abrirse a lo hipotético, aludiéndose a un parlamento impostado dentro del peregrinaje de la mujer a ciertas casas, en algunos siendo reconocida, en otras siendo atendida con la espontaneidad de cualquier desconocido.
Esta película la hice pensando en ti es un filme que engancha la búsqueda física con la ilusión de un encuentro. Tal vez parte del recorrido de Carmen sea de un registro “real”, tal vez todo sea parte de un ensayo registrado por la cámara. La razón de la ficción insertada en este documental se debe al fracaso de encontrar al padre que ya no está más. Pepe Gutiérrez, o la hija huérfana, comienzan a plantearse supuestas conjeturas, inventa entrevistas, formas de llenar ese vacío que los pobladores o declaraciones reales no pudieron proveer. Luego de no hallar las respuestas que buscaba, la mujer parece imaginar versiones que se elevan incluso a lo absurdo. Es la resistencia a dejar vacante esa falta o extravío dentro de un espacio que fue su terruño, pero que no logra reconocer y no ve más que distorsión.

Aquí el enlace para poder ver David, el regreso a la tierra (http://bit.ly/2IaRyJE) y Esta película la hice pensando en ti (http://bit.ly/2todFsy).

domingo, 4 de marzo de 2018

El hilo fantasma

En Vértigo (1958), de Alfred Hitchcock, el protagonista ha conocido a una mujer con quien se obsesiona, no por lo que es, sino por lo que representa. Ella le recuerda a su amante muerta. Lo siguiente será la historia de ese hombre moldeando a la mujer a su antojo, y ella cediendo a ese retorcido capricho por amor. En El hilo fantasma (2018) vemos también a un hombre moldeando a una mujer y, al igual, ella consintiendo a esa transformación. El diseñador de moda Reynolds Woodcock (Daniel Day-Lewis) es Scottie, el protagonista de Vértigo. Él comenzó a alterar la imagen de Alma (Vicky Krieps), a quien la hace mudar de vestidos una y otra vez como si se tratase de un maniquí. Tanto Reynolds como Scottie cosifican a la mujer para (re)crear sus propias fantasías. La ilusión de Scottie no deja de ser una representación carnal, la de Reynolds es una satisfacción vinculado a su oficio, pero también es una ofrenda a otra muerta: su madre. Paul Thomas Anderson alude a dos tópicos cruciales del cine de Hitchcock. Reynolds es un obsesivo crónico y además un castrado.
Es obsesivo por la rigurosidad con que fabrica sus vestidos y al momento de seleccionar los cuerpos que lo usarán. Observador agudo de itinerario exigente, de un gusto gastronómico que no debe ser violado, obstinado por naturaleza, dócil ante cualquier provocación o agresión que vaya en contra de su ritual ceremonioso. Es castrado porque la figura de la madre ausente está omnipresente, desde el tributo que descansa en la solapa del diseñador hasta la presencia de Cyril (Lesley Manville), hermana, socia y centinela de Reynolds, esa protagonista que inaugura el conflicto. Para cuando sucede el primer encuentro íntimo entre Reynolds y Alma, esa práctica solemne y casi sexual del tomar medidas en donde el hombre toma la iniciativa y la mujer es pasiva –confundida aunque cautivada–, la hermana repentinamente se entromete como espectador a mitad del acto de dominancia sobre el cuerpo de la muchacha recién llegada. Cual madre, Cyril da el visto bueno; reconoce y asiente los gustos del hermano/hijo en la joven, y a partir de entonces su presencia será equivalente a la intromisión.

Fascinante y sutil es la secuencia en que Reynolds y Alma van a cenar juntos. Simula ser un encuentro de pareja, pero lo cierto es que el encuadre nos limita el panorama. La mesa de a dos repentinamente se convierte en mesa de a tres. El ruido brusco –atención a la discursividad sonora a lo largo del filme– que ejerce un mozo al juntar una mesa en donde se sentará la hermana intrusa es lo que representa la presencia de Cyril, una aparición fastidiosa y agresiva que Reynolds acepta pero que a Alma le perturba. Vemos a una madre siendo asistente y espectadora de las citas de su hijo, quien deja en claro no es capaz de mantener una relación, culpa de su hábito, de su oficio, profesión que fue inspirada por la madre muerta. Obviamente, esa ubicuidad constante de lo maternal ha provocado también a un adulto dependiente del cuidado de una mujer. Ya expreso el rol de Cyril, El hilo fantasma pasa a concentrarse en el segundo protagónico de la historia. Vemos a partir de entonces a Reynolds en acción dentro de la casa de modas que él dirige, la corrección que comparten sus zurcidoras –curiosa la escena en que se preocupan más por el vestido que por el estado de su jefe al hacer una rápida “autopsia” a la prenda luego de un incidente– y cómo no solo es Alma, sino varias quienes están bajo el ojo del maniaco.
A lo largo de toda la historia, Paul Thomas Anderson no pretende crear un filme sobre la moda. Pocos son los instantes en que los vestidos desfilan o posan. Su película es más bien sobre el ojo del modista. Cuando Reynolds va cotejando las piezas de un vestido, la cámara no cambia de plano para contemplar a la prenda evolucionando y de paso observar la habilidad del autor. El plano sigue fijo a la mirada del hombre ejecutando su función de mirón. En una secuencia las maniquíes hacen marchar a los vestidos frente a la socialite inglesa, pero la dirección prefiere ver cómo el modista emula a Norman Bates desde la mirilla de una puerta. Y, a propósito de Norman, es posterior a esta referencia que Reynolds manifiesta un lado frágil que continúa siendo un rumor al protagonista de Psicosis (1960). Un desacierto en el desfile es una agonía anímica para el diseñador perfeccionista. Su condición dominante es sustituida por un comportamiento abatido y doliente. Reynolds asume su papel de hijo en busca del consuelo maternal.

Paul Thomas Anderson tiene una predilección por los personajes ambiguos. Como los protagonistas de Petróleo sangriento (2007) y The master (2012), los personajes principales de El hilo fantasma tienen sus momentos contrarios y abruptos. Esto se manifiesta en la personalidad de Reynolds, más adelante en Cyril, por momentos dando la impresión que ha cambiado al bando contrario. Alma, ese tercer personaje que será la generadora de un nuevo conflicto luego que se percató de la fragilidad de su amado, tampoco es ajena a dicha ambigüedad. El cambio de carácter de esta mujer es el más radical del trío dado sus antecedentes de persona asociada a la sencillez, propia de las comunidades no urbanas, quien curiosamente va ajustándose sin mínima resistencia al mundo artificioso de la moda. Más que gesto de amor, Alma rebela un gesto de admiración, tal como se maquilla en la secuencia en que se deshonra a un vestido hecho por la mano de Reynolds. Vemos a una mujer enérgica sin rastro pasivo. Una especie de preámbulo al comportamiento de Cyril, esa rival que Alma tiene en mente destronar.
El protagonismo de Alma se incrementa para cuando Reynolds ha dejado expuesta su debilidad, esa demanda que lo somete y lo amansa. El hilo fantasma se perfila a la historia de la amante intentando suplantar a la sombra de la madre, es la única solución para llegar a su amado, tal como sucede en una película como Los pájaros (1963). Hitchcock siempre ha gustado desarrollar personajes femeninos sacrificados, malcriando a los hombres aferrados a lo materno. Lo de Alma, sin embargo, es una argucia, un acto perverso que además de extender sus credenciales ambiguas gesta el último acto en donde ella reemplaza a la fantasma y la vida de pareja se vuelve protagonista. Desde ese momento la historia me recuerda a ¿Quién teme a Virginia Woolf? (1966), de Mike Nichols, en donde la vida amorosa se preserva mediante un castigo recíproco y cómplice. Paul Thomas Anderson por su lado no apela al dramatismo áspero, sino a una excentricidad cómica. Esa es una de las razones del porqué El hilo fantasma argumentalmente se siente ligero a comparación de otras películas del director, sin embargo, es la complejidad de sus personajes la que compensa la densidad de este filme.

viernes, 2 de marzo de 2018

Llámame por tu nombre

Es significativo que James Ivory realice el guion de esta película basada en una novela. El guionista y director estadounidense a lo largo de su carrera ha tenido un vínculo férreo con los dramas de época. En ellos encontramos a personajes contradiciendo las normativas tradicionales de su tiempo y contexto. Los reconocemos en películas como Maurice (1987) y Regreso a Howards End (1992); protagonistas que o bien esconden sus “comportamientos” fuera de la vista de la sociedad o se manifiestan sin pudor y con aires de emancipación ganándose de paso el rechazo. Llámame por tu nombre (2017) tranquilamente pudiera funcionar en un ambiente de inicios del siglo XIX a los que usualmente hace referencia el cine de Ivory. Una familia pasando el verano en su lugar campestre provisional de la Italia de los años 80. La llegada de un invitado será de gran motivación para la rutinaria vida del hijo único de la familia.
El filme de Luca Guadagnino tiene la composición argumental de la literatura de época. Antes que suceda el romance, hay una gran antesala. Es la larga etapa de la resistencia y la timidez de los protagonistas, incitado además por las dudas sociales en respeto a las tradiciones. Ambos son de descendencia judía. Aunque no siempre evidentes, se entiende que los prejuicios son una camisa de fuerza, especialmente para Oliver (Armie Hammer), el convidado estadounidense, personaje de un encanto especial que la familia y amigos de estos perciben, incluyendo Elio (Timothée Chalamet), aunque no lo acepte en un principio. Muy típico en los melodramas de época, un amante se niega a caer en el embrujo que ha expandido a la sociedad el recién llegado. Elio es áspero y a veces hiriente con Oliver. Elio es el mal anfitrión. Los celos y el amor trabajan de manera misteriosa.
A esta primera etapa, le deviene el del reconocimiento de los sentimientos y finalmente el del desenlace indiscutible. Lo estimulante de Llámame por tu nombre es que la educación sentimental no deja de efectuarse. Todo el trecho, por muy escurridizos que hayan sido en inicio sus sentimientos, los protagonistas de esta historia aprenden y reconocen el amor, sentimiento que, diría Heráclito y señala el sentido discurso del padre de Elio, llega en un momento preciso, y ya después es otra cosa menos amor. Serán los mismos ríos o los mismos personajes, pero tal vez ya no esté la misma agua o los sentimientos. Amar el instante. Hasta la última imagen de la película, Elio no deja de aprender, y posiblemente también Oliver. Llámame por tu nombre retrata un amor de verano en una historia que sucede en un instante en que se respira el beatus ille. Ya después es invierno, todo es melancolía.

lunes, 26 de febrero de 2018

La forma del agua

Drácula y la Momia de los Universal Studios fueron románticos tanto por sentido artístico como sentimental. Sus historias afloran en entornos fantásticos de aires exóticos, uno en la gótica Cárpatos, el otro en la vistosa área colonizada de El Cairo. Ambos protagonistas son “zombis” condenados a no ser correspondidos por sus amadas. El conde y el sacerdote del Antiguo Egipto se enamoraron de la persona equivocada, sin embargo, ninguno desistió a sus sentimientos. El amor es la motivación de estos monstruos ficticios, satanizados por ser de naturalezas extrañas. Ellos son los rechazados por ser diferentes del resto. Es mediante esta idea que Guillermo del Toro fabrica su premisa para La forma del agua (2017), película que deja en claro que el mexicano es un apasionado por el cine. Es su filme más referencial y apasionado.
Transcurridos unos minutos de la película se me viene a la mente Hugo (2011), de Martin Scorsese, otra película que también expira nostalgia por el cine. Scorsese y Del Toro hacen respectivos homenajes a sus experiencias como cinéfilos, uno señalando una temporada puntual, el otro una más amplia. Muy a pesar, dicha ofrenda no los obliga a ser ceremoniosos. Estarán muy sintonizadas con lo clásico pero como buenos directores contemporáneos sus películas amalgaman expresiones y géneros. Scorsese rinde culto al cine de George Melies, aunque no deja de reflexionar ante las nuevas formas de ver el cine. Por su lado, Del Toro piensa en los espantos del terror clásico, obvia referencia a La criatura de la Laguna Negra (1954), mas integra el musical, el romance e incluso sugiere una afición por la antigua publicidad gráfica. El diseño artístico de los dos filmes tiene además cierta afinidad, así como sus paletas de colores y banda sonora. Por último, La forma del agua retrata también a personajes huérfanos, marginales.

Elisa (Sally Hawkins)  y Giles (Richard Jenkins) son dos vecinos y amigos. La mudez y el vicio, respectivamente, los ha convertido en personas solitarias. Ese sesgo de desamparo, sin embargo, no los ha retraído. Parece más bien que el mundo se retrae de estos personajes, en cierta manera estigmatizados. Sus vidas estarán a la línea de una rigurosa rutina hasta la aparición de la Criatura (Doug Jones) – encarnado por el actor fetiche del director–. La forma del agua nos introduce a una trama compuesta por personajes incomunicados hallando a sus iguales, a la que se suma una solitaria esposa. Se germina una historia de amistad que se abre a una historia de amor. Del Toro es un cineasta que no reprime deseos. Dentro de su universo existe la posibilidad de unir a dos especies “distintas”. A propósito, lo grotesco en el director mexicano es una constante en su filmografía y ello se manifiesta no solamente a partir del gore. Sus películas tienen un gesto extravagante ante lo tabú. En Cronos (1993), por ejemplo, un artefacto provoca placer casi sexual al personaje interpretado por Federico Luppi. Ante eso, por qué no la protagonista pueda crear su ritual en la bañera.
En tiempos antes de los 70, o sea, antes que la desinhibición sexual sea pública, Del Toro decide husmear en el baño o la alcoba de sus personajes. La forma del agua es una película no habitual para el aún conservador Hollywood, como también lo son algunas películas de Paul Thomas Anderson, caso Vicio propio (2014). Esto, junto con la honra ante una tradición cultural –ya  no hablamos de solo fílmica–, es lo más estimulante del último filme de Guillermo del Toro. Sucede pues que la fábula de los dos amantes en medio de un mundo lleno de prejuicios no es novedoso. La comedia ligera y el atractivo lascivo son las ruedas de esta trama que a fuerzas avanza hasta llegar a un final que parece emular a El laberinto del fauno (2006).

domingo, 25 de febrero de 2018

El proyecto Florida

Una historia simple y efectiva sin caer en las pretensiones. El proyecto Florida (2017) me recuerda a Starlet (2012), filme también realizado por el director Sean Baker. La amistad entre una joven y una anciana es igual de sencilla y encantadora que las aventuras de unos niños en su última película. En ambos filmes el estadounidense establece las relaciones humanas con simpleza y gracia no dejando de atender al trasfondo social en el que están insertados sus personajes. Baker es un director atraído por los espacios urbanos con una alta concentración de individuos menesterosos, muchos de ellos negligentes con sus propias vidas. En definitiva, están prescritos prejuicios inmediatos que emergerán de estos personajes, pero que la trama a emprenderse se encargará de disiparlos.
El proyecto Florida, al igual que los anteriores filmes del director, tienen esa proyección de documentar el escenario. Sus protagonistas son una suerte de modelos y también guías turísticos de sus respectivas inmediaciones. Los pequeños personajes de esta historia en una secuencia relatan con inocencia a la amiguita recién llegada los antecedentes de cada uno de sus vecinos, excursión que nos remonta a la de los dos transexuales en Tangerine (2015) quienes nos “presentan” a toda una serie de personajes asociados a actos clandestinos mientras buscan al novio de una de ellas. Por mucho que se describa, Baker muestra pero no cuestiona. Lo que en principio podrían ser actos socialmente censurables los que promueven sus personajes, pronto los asumiremos como simples gestos de picardía. Es difícil no crear una simpatía con los personajes del director, quien nos reserva una prueba de ello al final de los periplos. Al igual que en Starlet, El proyecto Florida descubre un conflicto no tan lejos del cierre. A fin de cuentas, la historia no siempre iba a ser color de rosa.
Moonee (Brooklynn Prince), una de las protagonistas principales, mientras jugaba por las cercanías de un motel ubicado al margen de Disney World, no se percataba del estado crítico por el que pasan los adultos, incluyendo su madre. Sabe que los adultos lloran, aunque no sabe por qué. Por muy insolentes que sean estos pequeños protagonistas, su candidez está vigente, y eso conmueve al celador de la hostería, Bobby (Willem Dafoe), el héroe social de esta historia que lastimosamente no puede corregir lo que es jurisdicción de los padres biológicos, asignados o estatales. A propósito de la colorida arquitectura en días de verano, El proyecto Florida me recuerda también a la película Haz lo que debas (1989), clásico de Spike Lee, en donde también somos testigos de una cotidianidad de aparente apacibilidad que está a punto de explotar una realidad inherente.

jueves, 22 de febrero de 2018

The Square: La farsa del Arte

Lo de Ruben Ostlund es un cine de pulsaciones. Sus personajes son sujetos ordinarios estableciendo rutinas habituales, aunque reconociendo en su tránsito sucesos inquietantes que van descendiendo a un nivel infame. Es el paso del equilibrio a la inseguridad, de la tranquilidad a la paranoia, en muchos casos abriéndose paso a una histeria colectiva. Las historias del director sueco exponen las relaciones humanas en un estado de crisis. The Square (2017) no es ajeno a esta realidad. Christian (Claes Bang), curador principal de un museo contemporáneo, verá cómo su diario se va desajustando luego de un inusual robo. Como respuesta, este protagonista tomará parte de una represalia la cual detonará un conflicto que pondrá en duda su decencia. Es mediante estos antecedentes que Ostlund emprende su perseverante percepción sobre la negligencia moral en la actualidad.
Las negligencias de Christian, hombre reputado, se verán expuestas en la trama. Lo cierto es que no se está retratando el desenmascaramiento de un personaje que se esfuerza por mantener una postura moral. El comportamiento “sincero” de Christian es tan cotidiano como la existencia de la pobreza o la respuesta postergada que recibe esta realidad de parte de las sociedades pudientes. Es decir, el curador, así como cualquier ciudadano promedio de esta urbanidad, cohabita con la indecencia y la asume con normalidad. Es lo que es. Lo que diferencia a Christian de los otros es que toda una avalancha de acontecimientos le está haciendo considerar que su rutina que cree correcta posee un rasgo indecente implantado. De esta forma es que los filmes de Ostlund siempre terminan descubriendo un lado decente o reflexivo ante tanta desvergüenza. Si bien en The Square el quiebre de los límites entre el cinismo y la perversión se manifiestan como actos cotidianos, siempre habrá lugar para la redención.
Al igual que en Involuntario (2008) o en Incidente by a Bank (2009), en la trama de The Square se revelan reacciones que van en contra de lo indecoroso, sin embargo, no deja de haber una marea de pensamientos que por momentos intimida a los más dignos. Respecto a esa idea, a Ostlund le interesa esa mirada y reacción colectiva. Así como el cine de su compatriota Roy Andersson, existe una necesidad por dejar en claro que sus historias no tratan sobre experiencias individuales, sino sobre costumbres o trascendencias sociales que incluso tienen un alcance universal. De ahí por qué las películas de Ostlund tienen ese rasgo de historias articuladas uniendo varios testimonios. Claro que The Square es también una sátira al arte contemporáneo. Son tiempos en que existe una inspiración que es puro formulismo y estrategia para llamar la atención. Irónicamente, Ruben Ostlund parece alinearse a esta cola. Así como sucede en algunas de sus películas, el director tropieza con su propio discurso.

domingo, 18 de febrero de 2018

Lady Bird

La representación del estereotipo femenino adolescente en una versión rebelde e independiente ya no es novedad. La autodenominada “Lady Bird” (Saoirse Ronan) engloba varias de las categorías asociadas a una personificación que es herencia de la creatividad del cine independiente estadounidense del 2000 en adelante: carácter voluble que pone en duda su prosperidad personal, su presencia es estímulo para la disfuncionalidad familiar, poseedora de una actitud transgresora frente a los comportamientos conservadores, expositora de su intimidad sexual sin tapujos (sea en su etapa de descubrimiento o activismo) y fascinada por la cultura snob. La directora Greta Gerwig parece inspirarse de los antecedentes fílmicos a los que estuvo implicada en su rol de actriz, incluyéndose su etapa mumblecore. Lady Bird (2017), sin embargo, no deja de ser una propuesta distinta. Por muy familiar que resulte la conducta de su protagonista, su trama genera sus rasgos singulares.
La historia de una adolescente y sus días dentro de una comunidad en la que se siente desencajada evoca una serie de tópicos que muy poco se han empadronado a los filmes de inclinación cómica que están al margen de la industria de Hollywood. La ópera prima de Gerwig se presenta con un humor e ironía muy consecuente a solicitud de su protagonista, pero en su transcurso una serie de indicios que, curiosamente, no se profundizan –tal vez por la mirada irreflexiva propio de la edad de la protagonista–, nos dan por enterado que estamos inmersos en un ambiente en donde el abatimiento emocional es imperante. Lady Bird es una película sobre la depresión. Personajes que rodean a “Lady Bird”, quien recién está viviendo sus primeras experiencias románticas y sociales, se encuentran sometidos a un estado de postración. Las razones son distintas: crisis económica, el luto que estaría próximo o que aún no ha encontrado su reparación. Lo cierto también es que solo son los adultos los convulsionados por esa realidad.
En una escena culminante para sus vidas, las dos amigas de esta historia lloran juntas. Ambas están a un paso de abrirse al mundo de la adultez y ya sienten esa tentación del fracaso; las cosas no han salido como ellas esperaban. En Lady Bird la madurez involuntariamente invoca un estado depresivo: la juventud está destinada a no vivir a plenitud sus vidas por mucho que finjan. A puertas de terminar la escuela, “Lady Bird” se ha enterado que la apariencia es una fantasía a corto plazo. A pesar, esto no garantiza que haya aprendido la lección. Existe la gran posibilidad que no. Basta tomar como ejemplo a los adultos que la rodean, aparentando vivir con tranquilidad sus rutinas en donde adoptan un momento para visitar al psicólogo o tomar una dosis de antidepresivos. ¿Esto es mumblecore? Para nada. Lady Bird funciona como comedia no dejando de trabajar un drama de ampliación humana. Es una historia que ve más allá de lo cotidiano.

jueves, 15 de febrero de 2018

15:17 Tren a París

En razón al adelanto del próximo proyecto de Clint Eastwood, podemos decir que con 15:17 Tren a París (2018) el director estadounidense cierra una trilogía simbólica sobre los héroes ordinarios, ciudadanos comunes que a propósito de sus gestos humanitarios realizan proezas que afloran de forma espontánea a pesar del riesgo o el debate moral. Para responder a esa naturaleza, Eastwood hace retrato biográfico de estos sus últimos héroes. Es decir, más allá de preferir enfocarse en rememorar el incidente, prefiere dar razón a la reacción. Así como sucede en Francotirador (2014) o en Sully (2016), hay una revisión a los antecedentes de los protagonistas. Quiénes son estos individuos, cómo vivían antes de convertirse en héroes nacionales (y de paso foco de controversia, caso el piloto Chesley Sullenberger). Es mediante la asistencia a dichas interrogantes que su filme no se interesa en dilatar la acción.
15:17 Tren a París no es una película que aspira a convertirse, por ejemplo, en un filme tipo Vuelo 93 (2006) en donde la tensión es sofocante. La historia de unos jóvenes que lograron frustrar un ataque suicida en un tren es la excusa para evaluar el cotidiano de sujetos comunes, la vida de un grupo de amigos que estuvieron caminando a la línea de la fraternidad, el gesto solidario estimulado por una educación cívica que se establece mediante una lección en clase o la aparición de un soldado sirviendo a su país. Así como en Francotirador, Eastwood razona que los ideales de nación magnifican al individuo. No hay más gratificación que el servir al resto, así se exponga la integridad de uno. Es mediante esto que gran parte de 15:17 Tren a París consta en los tres amigos, durante la niñez o la pubertad, pasando el rato y formando sus valores civiles. Son los individuos habituales, pero que serán capaces de realizar un acto extraordinario en consecuencia de ese adiestramiento.
A partir de esto es significativo que los autores reales de este hecho sean los mismos que protagonicen la película. 15:17 Tren a París da valor a que cualquier persona está al alcance de un protagonismo heroico. Pueda que el director piense también en ese aditivo de modestia y humildad. Los protagonistas deben de expresar la mayor sobriedad posible, algo que no podría conseguirse con algún actor conocido que trae consigo una fama. Estamos hablando pues de un empleado y dos soldados voluntarios como pueden ser muchos. La cotidianidad y la simpleza son la fortaleza de la película. Claro que no por eso Clint Eastwood no deja de estimular la expectativa. De cuando en cuando la trama se remonta al instante en que sucede el hecho al que hace alusión el título, y cuando acontece este es breve y con la tensión precisa que no adultera al testimonio real. Como sucede en la escena de Sully cuando el avión desciende en el río Hudson. Es una escena en trance, pero sin el maquillaje espectacular.

domingo, 11 de febrero de 2018

Tres anuncios por un crimen

Mediante su corta filmografía, Martin McDonagh ha dejado en evidencia su encanto por el humor negro y la ironía. Especialmente en esta película se le ha emparentado con los hermanos Coen, pero lo suyo es más bien una comedia de situaciones en donde todo es voluntario. La novedad que otorga Tres anuncios por un crimen (2017) es su cuota social. Hasta antes de esta, el director había desarrollado largometrajes vinculados al mundo de la mafia, sobre sus asesinos y sus excentricidades y muertes inevitables. En su última película su historia se aleja de la urbanidad y se inserta en una comunidad sureña en donde somos testigos de un crimen ya perpetrado: han pasado meses desde que la hija de Mildred Haynes (Frances McDormand) fue ultrajada y calcinada mientras que la policía ha paralizado el caso. Tres anuncios en una carretera poco transitada será la demanda pública que tensará la relación entre la policía y la madre.
La violencia sexual es la vergüenza social central en la trama mas no es la única. McDonagh identifica como antagónico la labor policial. La falta de compromiso y en casos la incapacidad de la policía ha estimulado el desencanto para los ofendidos y una complacencia para los ajenos a la ofensa. La acción de Mildred frente a la conducta negligente de la policía le ha generado anticuerpos en la comunidad. De ahí la complacencia o resignación que algunos vecinos de Mildred consienten, a pesar de estar convencidos de la atroz experiencia por la que está pasando la madre. El antiquísimo fantasma del conflicto racial en el ámbito sureño es también otro tema que se rebela en Tres anuncios por un crimen, además de una brevísima acusación a los actos de lesa humanidad acontecidos fuera del territorio nacional aparentemente encubiertos por el Estado. Hay evidencias de que ciertos crímenes están institucionalizados.
Además de su denuncia ante lo cotidiano, la última película de Martin McDonagh se estima por su dosis de ironía. Un gesto fundamental que se puede inferir desde su cortometraje Six shooter (2004) es el cinismo ante lo trágico. En Tres anuncios por un crimen la colocación de una banda sonora melancólica resulta paradójica en medio de la comicidad. La muerte se maneja con la dolencia respectiva, aunque no escatimando el lado ridículo e inescrupuloso que varios de los personajes del director de herencia irlandesa desarrolla. Varios de estos son momentos logrados pero también los hay forzados, caso el comportamiento de adolescentes haciéndolas de tontas o el personaje de Dixon (Sam Rockwell) antes de su vuelco, convirtiéndose a fin de cuentas en el personaje más anecdótico. El humor a veces está fuera de control. No porque transgrede, sino porque hostiga.

miércoles, 7 de febrero de 2018

Las horas más oscuras

Locaciones oscuras son atravesadas por halos de luz en Las horas más oscuras (2017). Joe Wright es literal en cuanto a la puesta en escena que representa el crucial protagonismo de un hombre en tiempos de oscuridad. Como era de esperarse, la presencia de Winston Churchill (Gary Oldman) es el núcleo en la historia, personaje al que involuntariamente queremos que se asome apenas inicie la película. Para cuando aparece, pocos serán los instantes en que su ausencia acontezca. Lo curioso es que cuando pasa de pronto el gesto es incómodo. La intromisión de una secretaria parece ser un sobrante que se esfuerza por otorgarle a la trama un protagonismo respetable a lo femenino dentro de un universo masculino.
Lo que atrae de Las horas más oscuras es la pugna política, el gesto obstinado por no verse doblegado ante un despreciable dictador. Luchas de egos o de poder; como quiera interpretarse. Es Churchill versus Hitler. Cuál es el Imperio más fuerte en Europa. Para el Primer Ministro ceder a un tratado de paz es pisotear toda una tradición histórica. Así como deja en claro el Dunkirk (2017) de Chirstopher Nolan, el filme de Joe Wright también se inclina a retratar un espíritu nacionalista. En Las horas más oscuras Churchill se tendrá que enfrentar además al pesimismo, el lánguido nacionalismo representado por sus contrarios políticos. Los momentos de duda son el clímax en una historia llena de adornos y gestos que humanizan al protagonista principal.

lunes, 5 de febrero de 2018

The Post: Los oscuros secretos del Pentágono

Gran parte del drama está sobre los hombros de Katharine Graham (Meryl Streep), la dueña y sucesora del The Washington Post. Tal como lo afirmaría en algún momento su editor Ben Bradlee (Tom Hanks), ella tiene mucho que perder. The Post (2017) retrata las previas al destape de uno de los más grandes escándalos en la política estadounidense. Antes del Watergate, el gobierno de Richard Nixon sería cuestionado ante la revelación de unos documentos secretos del Pentágono. En medio de un falso optimismo bélico, el Gobierno desde hace años había predicho y callado el inminente fracaso de EEUU en la entonces vigente Guerra de Vietnam. A eso se sumaban gobiernos anteriores que ocultaron su interferencia en conflictos ajenos, los que trajeron pérdidas materiales y de vida.
Steven Spielberg relata la antesala al caos desde la perspectiva del Post. Veremos el rol crucial que el diario asumió en compromiso con la nación y su derecho por la libertad de prensa, adicionándose además un dilema personal impuesto en Graham, a quien la conoceremos cobijada en su círculo de la socialité y titubeando cada que el Post se expone a una difícil decisión. Más que una labor periodística, Graham apuesta por lo protocolar, el eterno consenso, la continua asistencia a sus asesores, típico del dirigente asignado de manera imprevista que tiene como único impulso la preservación del buen nombre que sus antecesores le otorgaron al diario. La presencia de Bradlee será medular para orientar a la dueña abstemia de liderazgo y pendiente de los compromisos particulares. The Post narra la historia de un empleado acosando a su jefa, irrumpiendo su privacidad, haciéndola “trabajar” y actuar a presión, en tanto, Graham delatando típicos tics de principiante, tropezando con sillas, estrujándose los dedos frente a su editor quien lo asaltó en pijamas o a mitad de una reunión. Hacía tiempo que Streep no tenía una gran interpretación sin necesidad de asistir a las prótesis.
Los mejores momentos en The Post acontecen en las reuniones a puertas cerradas, las de dos personas o en grupo, instantes en que se toman decisiones trascendentales que ponen en riesgo la vigencia del periódico. El hecho que se trate de ese oficio le adiciona además una premura. La idea de emprender una primicia apremia a que los protagonistas estén a contrarreloj. Una reunión de cinco minutos podría traer abajo toda una tradición y el empleo de tantos que conforman el Post. El debate se alimenta de los muros personales que Graham tendrá que tumbar, vínculos entre la mujer y elementos del Gobierno. Los dilemas morales y personales desequilibrarán la cotidianidad de esta protagonista. The Post aparenta ser algo distinto en la filmografía de Steven Spielberg. Si bien no estamos dentro de un contexto suburbial o burgués, el filme hace retrato de un protagonista que experimenta un quiebre en su rutina. Si en otras historias vemos a un tiburón, un extraterrestre o un gigante trayendo un poco de acción al aburrido calendario de ciertos personajes, aquí un presidente incentiva el pánico e intranquilidad a toda una nación y a una mujer que luego de ese encuentro no volverá a ser la misma.