jueves, 7 de septiembre de 2017

It

Del telefilm realizado por Tommy Lee Wallace, tengo el recuerdo de una historia que aplacaba el terror, producto de un tratamiento que infantilizaba un argumento que contenía a un icónico némesis. El personaje de Tim Curry es de lejos lo mejor de dicha creación. No tengo idea de cuál sería el concepto original de esta criatura en la novela de Stephen King, pero en este It (1990) el payaso secuestrador de niños mascaraba a un ser de naturaleza reptiliana y vampírica. Por su apariencia, tal vez algún extraterrestre varado en la Tierra que decidió darle sentido y personalidad a su vida inmersa en un lugar tan rutinario y “correcto” como cualquier pueblo suburbial de EEUU –o que al menos obedecía a la fantasía americana representada por el cine–. A este personaje, contrastaban los niños, protagonistas de esta historia, escasos de encanto. Ni tenían el baile adiposo de Chunk (Los Goonies, 1985) o el desequilibrio mental de un Teddy Duchamp (Cuenta conmigo, 1986). Ninguno fue memorable.
La nueva versión de It (2017), para bien, da equilibrio a las cosas. Pocos son los argumentos cándidos que atentan contra el ambiente malévolo de la historia. Definitivamente, esta no es una película en búsqueda de un público infantil que se identifique con los protagonistas. Al margen de la violencia o el gore que sugieren discreción, existen además discursos que imploran por una lectura no superficial. La adaptación de Andrés Muschietti construye el terreno fantástico, a medida que lo vincula con su terreno tangible. En la década de los 80, un grupo de niños es consciente de una maldición que ha azotado a su pueblo desde tiempos memorables. Todo empieza con la obsesión de uno de los miembros por encontrar a su desaparecido hermano, arrastrando al grupo hasta revelar rastros de un origen –periodo actualmente imprescindible en toda película slasher–. “Eso” retorna cada 27 años trayendo desgracias y gestando la violencia entre sus habitantes.

Actos de injuria, racismo, desacuerdos políticos; toda una serie de eventos que terminaron en lutos colectivos son consecuencia de dicha maldición y que forma parte de la fuente histórica de dicho pueblo. King crea personajes de identidades muy marcadas por su contexto, y esto se hace evidente en el filme del director argentino. La trama da pauta que los hechos infaustos son consecuencia de “Eso”, pero basta ver el entorno de cada uno de los protagonistas para percibir que no hace falta de un maligno para que la maldad cohabite y se encurta en las generaciones tempranas. It es la historia de un ser que atormenta mediante la cristalización de los miedos de sus pequeñas víctimas, y es también la historia de una Historia plagada de miedos y otros fantasmas sociales, de cómo los más chicos beben de estas tradiciones que han trascendido de generación en generación.
It es metáfora de toda una costumbre llena de violencia que germina de forma innata en cada uno de los habitantes de un circuito. Es de terror el final que le aguarda al antagónico de este filme, no por el acto, sino por su significado y lo que podría representar para los niños, aspirantes a ciudadanos comunes. No hay muchas alternativas para sus respectivos futuros. Resuena esa idea de que la maldición (o la Historia) volverá a repetirse. Lo pasado seguirá siendo vigente en el presente, y posiblemente los niños de adultos seguirán conservando mismos miedos. Se entiende entonces por qué It resulta ser más estimulante desde su lectura no fantástica. Claro que tampoco decepciona como sola película de terror. Andrés Muschietti tiene mismos artificios de su anterior Mamá (2013) –repitiendo incluso una secuencia que sucede en una biblioteca pública–, algunas fórmulas previsibles, aunque el suspenso y el terror siempre manteniéndose en hilo.

sábado, 12 de agosto de 2017

Locarno 2017: Severina y Those who are fine

Hasta el 20 de agosto, se podrán ver de forma gratuita por Festival Scope algunas de las películas que formaron parte de la reciente edición del Festival de Locarno. Comento brevemente dos que ya pude ver.
En Severina (2017) priman tópicos y estereotipos de la novela negra. El director brasileño Felipe Hirsch desarrolla la historia de un librero y aspirante a escritor, carente de inspiración, o de motivación. Esta llegará mediante la presencia de una mujer misteriosa; la musa. Una ladrona de libros, pero también irruptora de vidas. Su personalidad y propósito son ambiguos. Esto da pie a la obsesión del solitario, en consecuencia del descubrimiento de las credenciales difusas de la mujer, quien lleva no doble vida, sino varias. Severina genera un melodrama (¿un triángulo amoroso?) y luego el thriller. Por último, la estructura argumental y el carácter evocativo que otorga una voz en off, además de una serie de síntomas irreales que manifiesta su protagonista principal, dan pie a interpretar que todo lo visto es producto es la versión ficticia de un evento que aconteció.
La suiza Those who are fine (2017) inicia con una referencia a Nueve reinas (2000). El director Cyril Schaublin nos introduce al filme mediante la anécdota de una estafa. Lo que veremos será la expansión de esta anécdota en otros afectados, conoceremos a su autor y seguido la cacería a este. Todo, sin embargo, es excusa para descubrir lo que parece preocuparle o causarle gracia al director. El protocolo humano, desde el ciudadano promedio hasta uno tan normativo como el agente policial, está sometido por códigos. Lo digital predomina en el escenario, y con ello son único tema de conversación las bandas anchas, las tarifas de Internet, además de los seguros de vida. Curioso cómo una misma corporación vende ambos servicios. Es como si la existencia se redujera a la buena señal digital y la angustia por la muerte, aunque el dispositivo digital resultando como buen catalizador de este último. No deja de ser interesante el modo de registro, distanciado de los protagonistas. No es un filme que entabla con las emociones, muy propio de la era digital. 

jueves, 10 de agosto de 2017

Curso La Marca del Celuloide. Mutaciones e influencia en el Cine Contemporáneo

Están invitados a este curso y debate que estaré dirigiendo los días sábados 19 y 26 de agosto. Será una introducción al cine contemporáneo partiendo desde dos películas: Holy motors, de Leos Carax, y Under the skin de Jonathan Glazer. A partir de la interpretación de estos dos filmes, se irán sumando otras películas que se relacionan y nos remontan a esas mutaciones e influencias. Es decir; se hará un profundo análisis comparativo, saltando tiempos y géneros.

Días: Sábados 19 y 26 de agosto
Hora: 9am - 1pm

Costo: S/50
Inscripción: Depósito a Cuenta Corriente en Soles BCP 193-2582-9401-002 o CCI 00219312582940100213 Carlos Esquives. Enviar al correo esquivescarlos@gmail.com copia de voucher, nombre y apellidos, número de contacto.

Evento: http://bit.ly/2u2zN6W
Programa del curso: 
http://bit.ly/2v9TtdY



miércoles, 9 de agosto de 2017

No más críticas al Festival de Lima (al menos lo que queda de esta edición)

Una desagradable tarde en Cineplanet Alcázar me hace tomar esta decisión, y no por obra del personal del cine, sino por los mismos organizadores del Festival de Cine de Lima asignados a dicho local. Nuevamente un trato para con la prensa que enfatiza y enciende un malestar recíproco. Se entiende que el personal de turno siga órdenes, sin embargo, resulta descabellado aplazar la entrada a la prensa para cuando la sala en cuestión de 150 butacas tiene no más de 20 tickets comprados en un horario de 3:30 de la tarde. Que el personal haya tomado dicha radicalidad (así lo describió y reafirmó uno de los encargados, a pesar de que le aconsejé usara otro término menos intimidante), a propósito de un incidente acontecido con un miembro de la prensa el martes pasado (es lo que contó otro de sus miembros), no se cuestiona, pero de ahí a “afirmar” que se vendieron gran parte de las entradas para las siguientes funciones (eran 7 de la noche) en todas las salas con el fin de evacuar a la prensa, es motivo de contrariedad. Lástima que la web de Cineplanet se cayó a esa hora. No había forma de desenmascarar ese invento, así que fue más práctico retirarme a casa.

No pienso hacer uso de la credencial de aquí a los siguientes días. Para mí el Festival de Lima ha terminado. Ya mucho estrés y malestar me ha generado este asunto. El riesgo de que se repita esto en lo que queda del evento, me provocaría una embolia. Sería masoquista de mi parte volver. Aunque tal vez regrese por La marquesa de O, obviamente previa compra de mi entrada. Todo sea por Rohmer. El cine, al menos para mí, cura cualquier resentimiento. Es cierto; “el cine nos une”. Claro que también están los principios de cada uno. Ahora entiendo por qué algunos que tienen la opción de ingresar a las funciones con credencial optan por comprar sus propias entradas. Tuvo que pasar esto para que pueda entenderlo. No espero solidaridad de los colegas (no hay gesto más vil que privar a alguien de una película), solo espero que para la próxima edición el Festival pueda adquirir a un personal menos "radical" y normas más consecuentes. Que el hecho que la prensa no pague su entrada, no significa tengamos un trato menor al del espectador general, y si las reglas de juego serán así, entonces mejor supriman las credenciales.

21 Festival de Lima: La familia (Competencia Ficción)

Una historia sobre lazos familiares enmendándose. Un padre y un hijo parecen perfectos desconocidos. Un trágico acontecimiento los obligará a escapar de los bloques suburbiales en donde cada uno vivía por su lado; Andrés (Giovanni García) laborando de lugar en lugar, Pedro (Reggie Reyes) jugando con los otros niños del barrio. La familia (2017) desde un principio deja en claro que el móvil dramático de la historia es consecuencia del desamparo, el cual bien pudo haber germinado de cualquiera de los menores que cohabita en medio de la violencia. El director Gustavo Rondón Córdova revela un panorama degradado de la Caracas huérfana, la cual comparte mismo perímetro con una sociedad a la que el infortunio no ha tocado.
En La familia vemos una variedad de “dobles rostros”: el padre y el hijo, la violencia y la inocencia, la pobreza y la riqueza. Cada par se repele. En relación a los otros pares, no necesariamente se corresponden entre sí, aunque sí coexisten. La historia además va minando una serie de acciones y comportamientos que nos obliga a reflexionar sobre una problemática coyuntural. La disgregación, el autodestierro, la incertidumbre ante la persecución. El filme se mueve en base al pánico social y la restauración fraternal. Es la tensa doble huida del padre e hijo – logradas secuencias que por momentos recuerda a una escena de la argentina Refugiado (2014) – y el intento de estos mismos por relacionarse.

21 Festival de Lima: Medea (Competencia Ficción)

¿María José (Liliana Biamonte) en verdad se esfuerza por guardar su secreto por debajo de sus habituales ropas anchas? Existe más de una evidencia en que esta joven, que lleva una rutina acostumbrada para una persona de su edad, no parece ser presa del disimulo en su entorno familiar, universitario o sentimental. María José está definida por una actitud flemática en su entorno, mientras tanto, solo son en los instantes de soledad en que es presa de la incomodidad, que no necesariamente tiene que ver con el remordimiento. Medea (2016), de Alexandra Latishev, es la historia de una muchacha aguardando hasta que “suceda algo”, y por cierto sucede de todo.
Cuál ritual de tragedia griega, la heroína sufre un hilo de castigos, consecuencia de sus acciones y, tal parece, también de las acciones de sus predecesores –la maldición que recae en la heredera–. Interesante una secuencia en que se establece el orden social dentro de su círculo familiar. A propósito de los rasgos humildes del nuevo novio de la primogénita, María José avala al caldo de prejuicios sociales de su familia mediante la risa. Claro que lo más interesante de Medea es respecto al cuerpo y sus síntomas. Es la vigorosidad de la joven atleta, jugadora de rugby, mellando contra la naturaleza. En código de tragedia griega, es el descenso del héroe, quien al final, consumado su hado, no le queda más que un autodestierro simbólico.

21 Festival de Lima: La libertad del diablo (Competencia Documental)

Fuerte declaración que hace panorama a la ola de violencia en Ciudad Juárez, México. En La libertad del diablo (2017) escuchamos los testimonios de gente enmascarada, personas de distintas edades que mantienen el anonimato por miedo o por vergüenza. Todas han sido tocados o ejercieron violencia en el terreno en donde el civil tiene las de perder. El documental de Everardo González junta a víctimas y verdugos, familiares de desaparecidos y agentes del orden o del narcotráfico que tuvieron como misión desaparecer personas. Dichos hechos son fruto de la codicia y la evidente contaminación del elemento institucional.
El documental es confesionario de la tragedia y el desencanto. Por un lado, el de civiles llenándose de coraje y obstinación de búsqueda ante la ausencia de los suyos; por otro, el de los militares y sicarios víctimas del remordimiento, unos forzados a acatar el reglamento, los otros reclutados y domesticados desde temprana edad. La libertad del diablo es un colectivo de voces sobre los infames eventos en México en donde compatriotas se ofenden. De pronto la máscara que visten todos los convocados es recurso simbólico a una misma identidad inexpresiva, pero que no deja de bañar con lágrimas sus rostros.