lunes, 3 de junio de 2019

X Festival Al Este de Lima: Un elefante sentado quieto

No es azar que la ópera prima de Hu Bo haya llamado la atención y estimulado el aprecio de un director como Gus Van Sant. La historia de Un elefante sentado quieto (2018) reúne a una serie de personajes sometidos por un ánimo depresivo. Estos pertenecen a diferentes generaciones, lidian con distintas situaciones; sin embargo, no dejan de coincidir en que están inmersos en un futuro en descenso y hasta insustancial para ellos. La condición humana de estos personajes responde a una vida plagada de desalientos. Adicionalmente, sus reacciones hacen una remembranza a la insensibilidad de los detectives decadentes del neo noir. Sin motivaciones en la vida, encaran al peligro sin miedo a las represalias. Literalmente, no tienen nada que perder. Es decir, son aspirantes al suicidio, no creyentes de la vida o la realidad que los rodea, han perdido la fe en lo racional. Es por esa misma razón que de pronto los protagonistas de este filme chino se han visto atraídos hacia algo absurdo: un elefante estático que permanece sentado.
¿Estamos tratando entonces con individuos que después de todo han reconocido una motivación en sus vidas? Desde una perspectiva pueda que la naturaleza de estos personajes se contradiga a partir de su obsesión con un hecho excéntrico, aunque lo cierto es que razonan su existencia desde un concepto irracional e incluso mítico, cancelándose de esta manera el valor motivacional. Estamos tratando con un grupo que ha apostado su vida a algo incomprensible y hasta inexistente; que es lo mismo decir, hacia algo que los representa. Los personajes de Un elefante sentado quieto no buscan una esperanza de vida, y si en algún momento se esfuerzan por reconocer algún tipo de salvación o misericordia, solo confirman su decepción ante la vida. Estos están confinados a la agonía. En una escena, un personaje se refiere a esta como estigma humano. Las épocas, las circunstancias o las mismas personas serán otras, pero la agonía siempre será permanente.
A la agonía, está también el padecimiento. El filme reza que parte de la existencia consiste en sufrir un calvario, el exponerse a un largo trayecto de pericias. De ahí por qué Hu Bo los pone a caminar a sus protagonistas, les traza rutas de a pie que parecen interminables. Sucede con los personajes de Gus Van Sant o el protagonista de El fuego fatuo (1963), de Louis Malle. Todos marchan hacia un destino trágico. La diferencia que los distancia es que los personajes de Un elefante sentado quieto han asimilado su realidad trágica sin recurrir a un suicidio físico. El suicidio al que se inclinan estos es simbólico, un viaje o escape hacia una ciudad que los llevará en donde está sentado y quieto el elefante que es presentado como la atracción principal de una feria. No es gratuito que al final, en un acto de celebración y siguiendo la lógica simbólica, los viajeros, a puertas de su meta, jueguen entre la penumbra.

domingo, 2 de junio de 2019

X Festival Al Este de Lima: En mi habitación

Atractivo filme el de Ulrich Kohler. Su protagonista es un hombre que tal vez ni llega a los cuarenta, sin embargo, algo en su actitud y postura encorvada lo denotan como alguien avejentado e infeliz. Armin (Hans Low) parece arrastrar algo de fracaso y frustración en su rutina. A este cuadro se suma una desdicha a puertas: su abuela agoniza. Vamos conociendo un poco más sobre su intimidad. Desintereses y resentimientos familiares expresan más razones para entender que hay mucho de desaliento en la vida de Armin. Sin ser literal, Kohler crea como una frontera entre el hombre y los suyos. Hay algo de solitario en él, que lo obliga a mantenerse al margen, que lo hace sentir un extraño dentro del territorio paternal o maternal. No se siente a gusto en un lugar o en otro. Entonces sucede algo. Justo cuando el drama va tomando forma, un inesperado giro acontece, y la película parte nuevamente de cero.
Después de “eso”, En mi habitación (2018) sigue siendo un drama, aunque ahora bajo un tópico diferente. Armin “despierta” en una nueva realidad que pondrá a prueba sus facultades y caracteres. El protagonista emprende una odisea en solitario, un momento a solas que podría ser el inicio de una tragedia, a propósito de los (pre)conceptos que tenemos de él. Lo cierto es que sucede todo lo contrario. De pronto lo que lucía defectuoso en un momento, en el nuevo presente, bajo las circunstancias cambiadas en que se encuentra Armin, es fructífero. En mi habitación es una película que reflexiona sobre el hombre y su entorno, las motivaciones humanas en relación a lo que le rodea. Lo que resulta ser una pesadilla para unos, para otros es un sueño hecho realidad, y a Armin se la ha cumplido algo que posiblemente deseaba en silencio.

X Festival Al Este de Lima: La carga

El protagonista conduce un camión de carga de Kosovo a Belgrado, y a pesar que casi toda la película transcurre en la carretera, no estamos tratando con una road movie. La carga (2018) relata la historia de Vlada (Leon Lucev), un conductor que labora para la OTAN a finales de los noventa, momentos en que la guerra en los Balcanes se concentraba en la ciudad de Kosovo. Es a propósito de esa coyuntura que el director Ognjen Glavonic no pretende convertir al camionero en único centro de atención. En su lugar, este personaje parecer ser un excursionista más en una nación disuelta, lugar plagado de personas en tránsito. La ruta de camino despliega un panorama de la migración forzada. Eso responde a la atmósfera desoladora e inhóspita, espacios vacíos y una continua fiscalización. Es una película que retrata un drama amplio, a pesar que existe instantes de dramas personales, que no son más que prolongaciones de la crisis nacional.
Vlada parte de Kosovo con una interrogante y, tal vez, un presentimiento. ¿Qué está transportando? ¿Qué es ese cargamento que se le ha prohibido ver? Es posible que siempre lo supo; sin embargo, cumple con la orden ante la necesidad. A raíz de esto es que la película en un principio se pueda interpretar como un thriller. Lo cierto es que la intención del director serbio es más simple. La sola premisa de La carga se convierte en una metáfora sobre los ciudadanos que han optado por quedarse. El estancamiento y resignación de quedarse implica un peso doloroso. Claro que eso no garantiza que los que se marchan tengan un aura optimista. Un optimismo falso, sí. El conflicto no solo ha generado pérdidas físicas y materiales, sino que también ha aniquilado los ánimos, especialmente, en las generaciones adultas. Es una comunidad sobreviviente, aunque marchita, posiblemente –en base al cierre de la historia–, en espera que los jóvenes renueven los ánimos.

jueves, 30 de mayo de 2019

X Festival Al Este de Lima: Leto

Si bien su interés primario es recrear un retrato generacional musical y contestatario, la nueva película de Kirill Serebrennikov parece inclinarse más en evaluar el menage a trois que resulta entre los protagonistas de la historia. Leto (2018) es un biopic sobre el encuentro entre los cantautores soviéticos Viktor Tsoi (Teo Yoo) y Mike Naumenko (Roman Bilyk), sus estilos que se complementan, pero que no dejan de ser incompatibles. Existe una admiración mutua, aunque también una suerte de rivalidad silenciosa, que no necesariamente está asociada o se gesta ante la presencia de Natasha (Irina Starshenbaum), la esposa de Mike. La escena de una entrevista y una pregunta sobre “el concierto ideal” para los músicos pone en evidencia que ambos personajes apuntan a una misma dirección, solo que asumiendo rutas distintas y distantes. Y es obvio que este pensamiento musical también se reflejará en el plano sentimental, siendo uno más romántico, mientras que el otro es emocionalmente sobrio.
Leto tiene de melodrama y musical, todo sujeto desde una puesta en escena que alude a una generación que, a pesar de la época controladora, vive con optimismo al saber encontrar sus canales de evacuación mediante conciertos y grabaciones, desde donde se difunden canciones ambiguas (esquivando la censura estatal), o por medio de sus fantasías compartidas, estas concretadas mediante escenas cantadas que son registradas en planos secuencias. Es el lado encantado y pretencioso del filme que se esfuerza por ajustar su historia a canciones de Iggy Pop o Lou Reed. Es el tributo a lo occidental, algo que se manifiesta también en el triángulo amoroso que alude a la retórica de las corrientes del cine francés. Kirill Serebrennikov quiere hacer las de Philippe Garrel, pero su filme tiene mucho de romanticismo de exportación. No hay un discurso del amor, o si lo hay es ínfimo o infantil.

domingo, 26 de mayo de 2019

Quién crees que soy

¿Qué vínculo tiene Facebook y una terapia psicológica? Quién crees que soy (2019) responde a esa pregunta mediante la historia de Claire (Juliette Binoche), una madre divorciada que pasa los cincuenta años, quien comparte y rememora a su psicóloga su acercamiento a la red social, sobre cómo se forjó una “relación”, y desató un dilema y luego un conflicto emocional. El director Safy Nebbou no descubre el fuego. Su película nos orienta a conceptos que son familiares en referencia a Facebook asimilado como un espacio asentado en el limbo, entre la frontera real y la ilusoria, capaz de revaluar y modelar las identidades al punto de difuminar sus orígenes. La red social reconocida también como un espacio de depuración; y es ese su vínculo con las sesiones psicológicas. Esta plataforma virtual, dentro del argumento, actuando como diván para una mujer aburrida, contenida, fragmentada. Ambos espacios, el real y el virtual, serán medio de desfogue, y de paso lugar en donde pueda recomponer su identidad o dignidad.
Quién crees que soy transita por el drama personal para después abrirse al melodrama o, para ser más preciso, al romance que se inventaron/imaginaron dos personas. Chris (François Civil) y Clara se han enamorado desde el universo cibernético. Pero Clara no existe, y en su lugar está Claire jalando los hilos desde el perfil falso que ella creó asumiendo el rol de una joven de 24 años que ha logrado seducir al hombre de más de treinta años. En razón a lo predecible que resulte este embrollo, Safy Nebbou responde con un par de giros dramáticos, uno más pintoresco que el otro. La telenovela trágica –disfrazada de prosa terapéutica– parece ser inspiración en la trama a partir de una primera revelación. Es un esfuerzo por sorprender, quebrar tal vez las pocas alternativas a las que podría encallar la historia de la protagonista. En vía de comprender ese medidor dramático, el personaje de la psicóloga parece encarnar la reacción del espectador, en principio, asumiendo este caso clínico con seriedad y postura, pero luego con curiosidad y morbo, y al final con confusión o hasta decepción.

sábado, 18 de mayo de 2019

Retablo

La ópera prima de Álvaro Delgado Aparicio se apodera de un conflicto conocido. Los prejuicios de un entorno conservador reaccionarán ante un acto calificado como impropio, el cual se ejercerá desde un plano íntimo y otro público. Retablo (2017) se asienta en una comunidad rural de Ayacucho, espacio en donde el hijo de un artista de retablos será testigo del declive de su familia, a propósito de una revelación. Así como sucedía en Contracorriente (2009), es el propio entorno, sus costumbres y rituales, los que difuminan ese conflicto ya recurrente. Sabemos que el drama o incluso la tragedia golpearán el cotidiano de los protagonistas en algún momento, sin embargo, la novedad o la expectativa está en las reacciones o los modos en cómo estos se manifestarán. Existe pues una distinción distante entre las sociedades en cuestión, las que si bien coinciden en rechazar mismos comportamientos que van en contra de sus preceptos, unos podrían ser más reaccionarios que los otros.
El otro rastro de expectativa tiene que ver con el tratamiento dramático que el director aporta a su argumento. Retablo es una película intimista. La historia, el mismo conflicto, transcurre desde la mirada de Segundo (Junior Bejar Roca). O sea, el espectador asimila los acontecimientos desde la timidez o inexperiencia del adolescente. El filme asume por eso mismo un carácter contemplativo, observador. De ahí por qué la película siempre denota un aliento pasivo, incluso a pesar de la crisis. Luego de la revelación, Segundo pasa de la serenidad a la confusión, pero eso no lo desviará de su actitud de reserva. Retablo opta por el drama contenido. Puede ser una historia que se incline al morbo gráfico, sin embargo, opta más bien por el rito de lo reprimido. Es el otro lado o reacción de una postura conservadora. Segundo no está asociado a una naturaleza ofensiva. Al igual que su padre, mira con sobresalto el ajusticiamiento público –esa otra reacción–. Se podría decir que Segundo es la versión benigna de su comunidad, lo cierto es que no se está seguro si es porque esa es su naturaleza o fruto de su mocedad.
Retablo es lograda gracias a ese modo de entablar con la dramática. Álvaro Delgado Aparicio va creando sutilmente fases, momentos por los que transcurre el conflicto y cambios de perspectiva por los que pasa su protagonista, en cómo este asimila esa realidad, que en cierto punto es incomprensible, luego es un problema, y, finalmente, deja de serlo para convertirse en una consecuencia a la que debe asumir responsabilidad y abnegación. Segundo madura en obra y (tal vez) en pensamiento, algo que posiblemente no lo hubiese digerido si es que ese acontecimiento hubiera recaído en un vecino. Retablo es la historia de un aprendiz no solo en el arte de los retablos, sino también en la vida misma. La película inicia con el padre tapándole los ojos, haciéndole repasar esa mirada “memorizada” de lo que es una familia tradicional, aquello que se repite una y otra vez en los retablos, que son reflejo de la fantasía social de las tradiciones correspondientes. Esa escena es casi una metáfora a lo que más adelante pasará: el conservadurismo enceguece.

martes, 14 de mayo de 2019

La flor

Gracias al Festival Transcinema y a la sala de Ventana Indiscreta de la Universidad de Lima se pudo ver (por fin) en tres partes La flor, de Mariano Llinás, película argentina que tiene una duración de 14 horas.

El serie B y las actrices del colectivo “Piel de Lava” son dos atributos omnipresentes, que de alguna manera funcionan como premisas de inspiración, en el nuevo filme de Mariano Llinás. Son además rasgos novedosos respecto a lo que ya ha realizado el director argentino. La flor (2016-2018) es un largometraje de 14 horas de duración que está compuesta por seis historias. Así como en Balnearios (2002) o Historias extraordinarias (2008), Llinás opta por la estructura de historias cortas, el desfile de personajes que, por muy curiosos o apasionantes que sean, “están de paso”. Adicionalmente, estos mismos relatos cortos gestan sus propios relatos. Historia(s) dentro de la historia. Esa suerte de caja china es fruto de un efecto evocativo provocado por el recuerdo de los protagonistas o la voz narradora que asalta al pasado de esos sujetos. Existe una obsesión del director por la memoria retratada, tendencia que define su estilo y se vincula al concepto de su fílmica. El cine de Llinás dialoga y piensa en base a lo efímero.
¿Qué trata el cine de Llinás? En primera instancia, son las breves vidas de personajes. En un segundo bloque, son los recuerdos de estos. Es decir; vemos vidas que entran y salen, recuerdos que vienen y se van. Lo efímero está intacto en las películas del argentino, y este rasgo es más vital y transgresor en La flor, a propósito de las cuatro primeras historias incompletas. Es el acto “terrorista” del director obligando al espectador a concebir su idea de lo efímero, lo imperdurable o lo que caduca e incluso con anticipo. Nunca sabremos a ciencia cierta qué pasó con la historia de amor de un dúo musical o cómo aconteció el trágico desenlace de unas asesinas contratadas; y antes de preguntarnos o cuestionárselo al autor, Llinás ya nos está presentando una nueva (y frustrada) historia. Es como quitarle en pleno clímax el juguete a un bebe y darle otro antes que llore. Lo pasajero, entonces, como una pauta de las tramas o conflictos. Y esto nos lleva a los personajes, los “efímeros”. Muchos de ellos son o pasan como extranjeros. En otras palabras, son individuos en tránsito (efímeros). Pero no solamente en términos de lugar o territorio, sino también porque se convierten en “extranjeros” de vidas ajenas.

En Historias extraordinarias, un trabajador de oficina viaja a hacer oficio en un lugar apartado. En medio de la rutina y el aburrimiento, descubre la enigmática y fascinante historia del anterior que ocupaba su puesto. Este citadino, extranjero territorial, es también extranjero en la vida de un desconocido o historia que no le pertenece y no deja de indagar. Llinás, básicamente, emula el rol de un espectador. Un extranjero husmeando una historia efímera. Lo cierto es que sería más preciso señalarlo como lector y no como espectador. Ese mismo personaje de Historias extraordinarias ingresa a la historia ajena en cuestión a través de la lectura, las hojas sueltas o la documentación. Se vuelve detective de a medio tiempo de fuentes orales. Caso en La flor, vemos a un científico husmeando el diario de un director de cine. Él lee la memoria de un personaje que, a pesar de los anales, no tiene idea quién es o qué hace –la memoria siempre es difusa–. Llinás, sin duda, se ve representado. El fisgoneo de sus personajes es una recreación a su labor, indagando sobre mundos que podrían inspirarlo. Llinás y sus protagonistas son sabuesos de historias extranjeras, extrañas, exóticas.
El exotismo en Balnearios o Historias extraordinarias es la carnada o motor de la curiosidad de sus personajes. Lo cierto también es que en La flor el exotismo se ve intensificado. Los relatos cortos de Llinás viajan a Budapest, París, Moscú y demás ciudades. Sus personajes hablan francés, alemán, ruso, lenguas aborígenes. Es el quiebre brutal entre lo normal y lo extravagante. No es gratuito que muchas de las historias de Llinás inicien en los espacios periféricos de Argentina, lugares que expiran una lenta y limitada rutina. El mismo prólogo de La flor es el director desde una locación que es familiar en sus películas: una autopista que hace metáfora de su cine sobre personajes que “están de paso”. De un momento estás ahí, luego en un edificio público de la Unión Soviética. A este punto, se hace evidente otra característica del cine de Llinás. Sus películas pueden resumirse además como historias de personajes comunes haciendo conexión con individuos o situaciones extraordinarias. Alfred Hitchcock.

Las películas del británico retrataban a personas aburridas, agotadas con su rutina, estando al borde de la jubilación o al límite del conformismo cotidiano, que luego se ven vinculadas con rutinas de espías, asesinos contratados, muertas que no estaban muertas. En La flor vemos a muchos de esos personajes hitchcockianos, aunque solo comprometiéndose con esas historias desde un plano observador. Claro que el hecho de ser únicamente testigos o leer la vida de espías, guerrilleros, amantes o brujas, ya los integra espiritualmente a esas historias. En consecuencia, vemos a los personajes obsesionados con las historias o los roles que interpretan esos extraños; tal vez una proyección de sus deseos. Es como la obsesión de Llinás por el serie B y sus cuatro actrices, rasgos que curiosamente también están asociados a las credenciales de Hitch, autor que se inspiró en libros de serie B para hacer sus películas y se inquietó además con ciertas de sus actrices al punto de afectarse argumentos de su trama. Salvo por el Episodio 5, en donde no participan las actrices, ambas características se repiten en el transcurso de La flor.
Aunque no sea la historia más atractiva, es el Episodio 4 el que mejor representa el espíritu del serie B y retrata la obsesión hacia las cuatro actrices. Es en este relato más largo que Llinás se la ingenia para dar rienda suelta a su fantasía serie B, no solo asistiendo al argumento de derrotero sinuoso y embustero, sino también fabricando con ingenio los “defectos” técnicos, que dentro de este universo se convierten en virtudes. Un mal movimiento de cámara, el sonido de un claquetazo no registrado, el efecto visual de un vuelo con escoba, el doblaje de voces, la actuación impostada. Todos son argumentos intencionales. Y luego está el cierre del episodio, el tributo a las musas. El director muestra su ojo obsesivo, el del autor que indica que la escena o la historia no están completas sin la presencia de alguna de estas, quienes no tienen nombre y son unidad, son rostros, son seducción, son corporalidad, son deseo. La flor es atractiva por su estructura y contenido consciente. El logro de Mariano Llinás no es la experiencia fílmica de 14 horas, es más bien el reto de saber integrar una serie de personajes y argumentos en una sola pieza.