domingo, 20 de enero de 2019

Glass

“Tú me complementas”; le dice el Joker a Batman en resumidas palabras en The Dark Knight (2008). Sucede que dentro de sus roles de sujetos sobrehumanos –dueños de alguna habilidad que los postra por encima del humano promedio–, solo uno de ellos ha sido capaz de concientizar el sentido de esta “sociedad”. Y ese es que: de ausentarse uno, el otro, los actos de este, y por tanto sus destrezas, perderían sentido. No hay villano sin héroe, y viceversa. Inspirado en la tragedia griega, eso es ley en el mundo del cómic; y el Joker lo sabe. Mientras él y Batman existan, el caos tendrá un equilibrio. Este caos, básicamente, es la batalla constante entre las fuerzas extraordinarias, siendo testigos y víctimas el sujeto promedio. Cual dioses, los sobrehumanos pondrán a prueba sus dotes y echarán a suerte el destino del individuo común; el gran perdedor. El caos será la pugna de sus ideologías –el bien o el mal– y sus egos –quién es el más fuerte–, o al menos así lo es desde la perspectiva del Joker y Elijah (Samuel L. Jackson).
A diferencia de otras trilogías sobre héroes y villanos, M. Night Shyamalan ha estructurado de tal forma el argumento total de su universo a manera que las precuelas reservan un conflicto que se verá ampliado en la última película: la obra maestra del villano. Glass (2018) es la extensión del plan maligno de Elijah en El protegido (2000). Esta última película además compromete lo acontecido en Fragmentado (2016). Por otro lado, El protegido no tiene final abierto. La historia parece haberse cerrado. Sin embargo, el final de Fragmentado revela un vínculo con El protegido. Luego de actuar como una historia independiente a todo lo que haya realizado Shyamalan, Fragmentado deja en evidencia que la historia de El protegido siempre estuvo suspendida. Glass complementa su significado en base a sus dos anteriores. Es preciso ver esas para entender el conflicto o la motivación de Elijah, el gran protagonista de esta tercera parte, el dios que movió los hilos y solo tuvo que esperar cerca de dos décadas para revelar su verdadero plan.
Esto no sucede con otras trilogías como las de Spiderman (Sam Raimi), los X-Men (Brian Singer y Brett Ratner) y  Batman (Christopher Nolan). La trilogía de Shyamalan, a diferencia de las mencionadas, piensa según la naturaleza del cómic, sus arquetipos y modos de conflicto. Claro que esta misma propuesta se puede percibir en la sola The Dark Knight, razón por la que la convierte en una de las películas de superhéroes mejor logradas en el cine. Lo cierto es que Nolan no provoca una dialéctica entre sus películas que componen su trilogía. Shyamalan en cambio crea una dependencia entre sus tres filmes –sin dejar de ser las dos primeras partes filmes que pueden verse independientemente–, y esa misma dependencia o dialéctica es la que genera un nuevo sentido que se expresa a totalidad en Glass. Elijah, un lector obsesionado con los cómics, convertido en uno de los villanos de sus lecturas, ha fabricado su tesis, la que no solo funciona como el manifiesto que le dará la razón públicamente, sino que además lo pone como un villano memorable, el único personaje de la historia que está seguro de su condición y de su teoría. Glass es la justificación del ego de este sobrehumano.

jueves, 10 de enero de 2019

La mula

El protagonista de La mula (2018) está delinquiendo, pero no deja de ser un individuo que evade la línea de la decencia. Se podría decir que Earl Stone no se encuentra en su lugar. El mundo del narcotráfico no es terreno para un octogenario que en su vida no ha faltado a una señal de luz roja, sin embargo, las circunstancias y su mismo pudor ante su fracaso personal lo han arrastrado a esa alternativa. Clint Eastwood dirige y protagoniza a un sujeto de moral ambigua, dueño de una personalidad añeja que podría ser caldo de prejuicios (tal vez un racista u homofóbico involuntario), pero que su comportamiento no abandona el perfil de un ciudadano ejemplar, hombre que proyecta valores que se anteponen a su idea y nacen de manera espontánea. Es el producto de una vida que siempre ha caminado por la vía correcta, públicamente hablando. Otra historia es su vida no pública, una opuesta y nada ejemplar, de la que se avergüenza y decide hacer una enmienda.
La mula, como casi todas las películas recientes de Eastwood, convierte a su protagonista en el centro de la historia. Son sus decisiones las que amasan el drama y el conflicto, en tanto es su personalidad la que va generando afección hacia el personaje. Más allá de su condición vulnerable, anciano y en bancarrota, la empatía llega de su carácter público, sujeto amable y de antecedentes intachables, la imagen que este personaje se creó en su deseo de ser el centro de atención. Earl es un modelo de la fantasía “americana”.  Eastwood, en tanto, decide poner al descubierto el lado íntimo de esa fantasía. Earl no ha sido el esposo y el padre modelo. Se podría decir que el sacrificio de lo íntimo en gran parte ha sido medular para su éxito público. Earl, así como la mayoría de las políticas estadounidenses, es pura portada. La diferencia es que el protagonista está dispuesto a hacer su acto de enmienda. Antes de convertirse también en un abuelo ausente, decide hacer algo al respecto. Es decir, su acto de redención, el conflicto de la trama, es también el fin de su derrotero como paradigma social.
Earl se convertirá en un enemigo público, pero lo curioso es que su imagen o fama pública, el que responde a la fantasía americana, se convierte en su escudo, una credencial que lo mantiene en resguardo. Dicho de otra manera, hay razones para no condenar a Earl. Su imagen pública no es un peligro para la sociedad, a diferencia de cualquier otro individuo que, por ejemplo, tenga rasgos latinos. La mula es una película que delata los prejuicios sociales dentro de una nación de doble moral, sospechando del otro y apostando por lo propio. Earl podrá estar haciendo un acto de resarcimiento, auxiliando a su familia o a veteranos de guerra, sin embargo, no deja de ser un narcotraficante. Claro que Eastwood no deja de acariciar el sentimentalismo como defensa que bien podría aligerar el acto delictivo. Son las escenas en que Earl no pierde la oportunidad en extender consejos que él mismo no sigue. Existe un ánimo optimista en donde el más “ilegal” podría reformarse si es guiado. La mula es lo menos trágico que ha realizado Clint Eastwood, por su misma historia (sobre un protagonista rehabilitado), su grado de humor y la ausencia de Tom Stern en la fotografía que elimina la dureza de los contrastes.

domingo, 30 de diciembre de 2018

Mis favoritas del 2018

Dos apuntes antes de ir con la lista. Respecto al cine nacional, cuatro estrenos en la cartelera merecen mención: Django sangre de mi sangre (Aldo Salvini, 2018), Wiñaypacha (Óscar Catacora, 2017), Rosa Mística (Augusto Tamayo, 2018) y Vientos del Sur (Franco García, 2018). Caso Rosa Mística, la única película que no he comentado en el blog, valoro el retrato ambiguo que define a la figura de la beata. Si fue consciente o no, la protagonista escapa del estereotipo no solo fílmico sino dentro de su coyuntura ficcional. Se puede sugerir una lectura vanidosa y transgresora, o hasta feminista, cuestiones que desencajan con la representación conservadora que se le asocia a todo lo que venga de la ideología católica, y qué decir en tiempos del Virreinato. No deja de atraerme además el versus que se gesta entre la hija y la madre. Es como una simulación de costumbrismo versus modernidad. Las escenas de confrontación sacan también lo mejor de los roles actorales. Fiorella Pennano y Sofía Rocha están un paso adelante del resto del elenco. En su trabajo técnico, la iluminación es el punto fuerte del filme, define y hasta remarca el dramatismo. Es un filme sobre una santa con dudas y epifanías, siendo la luz un traductor de su ánimo.

Respecto a los estrenos no comerciales, de los que pude ver, menciono: Lima grita (Dana Bonilla y Ximena Valdivia, 2018), Mataindios (Óscar Sánchez y Robert Julca, 2018) y Casos complejos (Omar Forero, 2018). Se comentó en el blog el documental de Lima grita. Caso Mataindios, retrata el itinerario de una fiesta patronal mediante un registro peculiar y sugerente que hace se contenga la dirección de su historia. En Casos complejos, somos testigos de la rutina del sicariato y la de un juez intentando cazarlos. El humor y hasta la fantasía crea un contraste inquietante frente al panorama social. Ambas películas aguardan estreno para el 2019, así que en su momento se ampliará los comentarios a estas. Ahora, si englobamos las películas mencionadas, tanto las de cartelera como fuera de esta, se puede apreciar cómo este año el cine peruano ha podido ampliar sus propuestas. Se ha visto en cartelera un cine que convoca masas, pero que no deja de definir una personalidad propia, un estreno en aymara, una película cusqueña, un drama de época. En el circuito de festivales se vio un documental experimental dirigido por mujeres, un cine de autor fuera de la capital y una comedia que escapa de las convenciones de ese género.

Mi segundo apunto tiene que ver con una elección a mi lista. Tengo mis dudas respecto a la inclusión de Roma. Sucede que su historia me es indiferente, sin embargo, y más aún luego de leer los comentarios de Ricardo Bedoya y Emilio Bustamante, la formalidad con que se funde la película de Alfonso Cuarón me es estimulante. Me reafirmo en decir que la dramática que emplea Cuarón llega a ser excesiva y hasta calculadora. Misma pretensión se manifiesta en Hijos del hombre (2006), en la escena del “Tomorrow” salvando a refugiados, en Gravedad (2013), en el (re)nacimiento de Sandra Bullock llena de placenta y aprendiendo nuevamente a caminar, mientras que en Roma, en la escena en donde Cleo hace su purga emocional. Los protagonistas de Cuaron siempre terminan frente al mar. ¿Qué más simbolismo dramático que ese? ¿Para qué nombrar así al barco, convertir a Bullock en una neonata u obligar a confesar a la criada?

Frente a esto, se encuentra el valor del montaje perceptible en sus planos secuencias. Cuarón “cancela” la acción –en su deseo de graficar la rutina individual y social– mediante la representación del espacio. No se trata de un tiempo muerto, sino la contención del drama. Eso nos remonta a las bases del neorrealismo. Por ejemplo, en varias secuencias de El ladrón de bicicletas (1948), De Sica registra la larga caminata de un hombre que busca a un ladrón. Una edición no solo condensaría el tiempo, sino también la acción invisible, en este caso, la del hombre conservando o perdiendo las esperanzas. Es la acción emocional expresa de una manera no clásica. Caso en Roma, el espacio, incluso con la cámara estática, siempre está en movimiento/acción –detalle que, según Bustamante, la coloca a otro nivel del neorrealismo–. A esto se suma chispazos dramáticos que contrastan con lo rutinario. Un auto frena en seco, niños perdidos o la escena en la salida de un cine. Es el tránsito de lo cotidiano a lo revelador. Ahora, está también el debate externo que provoca la película. Roma difundida como un homenaje que rebela un inconsciente –la escena final – que traiciona al mismo tributo. Esas reflexiones me obligan a darle el beneficio de la duda a Roma.

Sin más, estas son las películas que más me estimularon este año.

Cartelera
The Florida Project (Sean Baker, 2017)
Phantom Thread (Paul Thomas Anderson, 2017)
Hereditary (Ari Aster, 2018)
Lean on Pete (Andrew Haigh, 2017)
Roma (Alfonso Cuarón, 2018)
(*) No incluyo Zama o Wiñaypacha, películas mencionadas en mi lista del 2017.

Festivales y muestras
Muere, monstruo, muere (Alejandro Fadel, 2018)
Un asunto de familia (Hirokazu Koreeda, 2018)
Cléo & Paul (Stéphane Demoustier, 2018)
Cold war (Pawel Pawlikowski, 2018)
The rider (Chloé Zhao, 2017): Lo que diferencia a su protagonista con los de The lusty men (Nicholas Ray, 1952) o Junior Bonner (Sam Peckinpah, 1972), también glorias del mundo del rodeo resistiéndose al retiro, es que aquí no se trata de un antihéroe, alguien que ha fabricado su propio destino o es dueño de una personalidad áspera a la línea de la fantasía cowboy. En cierta manera, Zhao observa a su protagonista como presa de una realidad social, lugar de vicios y familias disfuncionales, en donde el rodeo le fue impuesto por una herencia machista. Lo cierto es que este protagonista no reconoce al rodeo ni como oficio o insignia de su virilidad, sino como rutina de purificación y hasta de redención. The rider es la caída de un ídolo que abraza una práctica que descubre su lado auténtico, sensible y apasionado. Se percibe en las escenas de entrenamiento a los caballos. Son escenas bellísimas. El vínculo entre el hombre y el animal es emotivo y genera sosiego, y a la vez un gran contraste ante los achaques físicos y la frustración que sufre el personaje. Es también una película sobre los vínculos familiares anteponiéndose a la crisis social, algo que ya había planteado la directora en su anterior filme.
Vistas en Circuito Alternativo
Terremoto santo (Bárbara Wagner y Benjamin de Burca, 2017): Un musical de una obvia inclinación ideológica. Wagner y De Burca registran los cánticos de evangelistas brasileros compuestos por letras demandantes, premonitorias y, en cierta manera, persuasivas. Lo cierto es que mucho de esa persuasión se le debe al trabajo técnico impecable de los directores. El desplazamiento de cámara, la iluminación, la combinación de planos y angulaciones, son detalles que le otorgan dramatismo y sensibilidad hasta al discurso más conservador. Este cortometraje no tendrá el mismo nivel lírico que gesta otro documental como Olimpiada (Leni Riefenstahl, 1938), pero antoja compararla debido a cómo el cine aquí también podría funcionar como herramienta/filtro para digerir ciertas ideologías que podrían cuestionarse con mayor espontaneidad dentro de otra plataforma.
Al otro lado delviento (Orson Welles, 2018)
First reformed (Paul Schrader, 2017): Diario de un cura rural (Robert Bresson, 1951) ambientada en la sociedad estadounidense actual. Un sacerdote y un acto epistolar como medio de depuración. Su diario es su conciencia liberando ocasionalmente a lo inconsciente. Ethan Hawke interpreta a un clérigo no clásico, no solo por su personalidad ambigua, lejano a la fantasía de la consagración, víctima del alcoholismo y el resentimiento, sino también porque su mentalidad ha creado un consenso entre la palabra divina y la científica. Y es a raíz de este pensamiento que emerge o percibe los conflictos no espirituales. La insatisfacción social, un síntoma global, abre paso a la paranoia y la revolución radical. Schrader retorna a sus raíces. Así como en Blue collar (1978), esta película resulta ser una demanda a las dinámicas egoístas dentro del ámbito social y laboral que dejan estragos que son mínimos ante los ojos de sus autores, pero son desmesurados ante el juicio de las víctimas.
Keep the change (Rachel Israel, 2017): Desde Howard Hawks hasta Norah Ephron, ellos amarían esta película. Inicia con el tipo aburrido y hasta estirado, luego entra en escena la tipa vital y excéntrica. Se forma una relación extraña y hechos disparatados. ¿Amor libre o amor formal?; he ahí el dilema. Se emprende la etapa de comedia sofisticada, la mujer, cual Peter Sellers, siendo el punto de contraste ante la socialité y poniendo de cabeza la reunión. Vienen las dudas, las redenciones. Momentos dramáticos y románticos. El filme camina a la línea de una típica comedia estadounidense, lo cierto es que sus personajes no tienen de típico. Ellos son autistas. Israel desarrolla una historia llena de humor y drama que no deja de repetir “es parte de su naturaleza”. A diferencia de los tantos actores que protagonizaron alguna screwball comedy, los actores de Keep the change asumen sus comportamientos reales. Ellos no han aprendido a ser faltosos o alocados, simplemente nacieron así. Es un paso adelante respecto a la ruptura de tabúes, algo que por cierto se hace una y otra vez en esta película que tiene la irreverencia de cualquier sketch de Sacha Baron Cohen.
Won’t you be my neighbor? (Morgan Neville, 2018): Un documental que todo padre de familia o educador debería de darse la oportunidad de ver. Morgan Neville desarrolla un filme que, a pesar de ser un homenaje y panorama al legado de Fred Rogers, no encubre cualquier cuestionamiento que pudiese inferir con la ideología de este presentador de televisión. Tal vez haya sido formador de una generación egocentrista y hasta conformista, sin embargo, el descargo del gestor se pronuncia. Rogers es un personaje complejo, como la misma naturaleza humana, la que incluye a la misma infancia. De pronto el documental, a propósito de marionetas y alter egos, descubre una lectura de la represión, ésta liberada a manera de resarcimiento social. Se define a Rogers como un comprometido social, pionero del uso de la televisión como medio educativo antes que utensilio de entretenimiento, transgresor de los tabúes sociales que inútilmente se le oculta a los niños, un moralista abierto a los pensamientos que no atentan contra el respeto a la identidad personal. Es además Rogers y el paso del tiempo, la trascendencia y mirada de incertidumbre ante la actualidad o el futuro de un EEUU moralmente decadente.
Minding the Gap (Bing Liu, 2018): Un documental que funciona como terapia emocional tanto para su autor como para los otros dos personajes en los que se centra. Minding the Gap es un filme sobre la paternidad disfuncional, aquella que ha fracturado las personalidades de los hijos que han vivido dentro de un entorno en donde la violencia había sido normalizada. El skateboarding es solo el impulso, el punto de reunión, la excusa para coincidir a estos amigos que encontraron en este deporte su medio de escape o liberación frente a una realidad social que está trascendiendo en la familia estadounidense promedio. Liu compara su testimonio con el de sus compañeros y en medio de las coincidencias biográficas curiosamente no hace esfuerzo por lapidar al culpable, más sí genera conciencia de las acciones. Las causas de la violencia doméstica figuran como síntomas que en algún punto se han regulado y consentido. Clave es la historia de uno de los personajes. Mientras que se define el pasado de los otros, el presente del tercero da pauta de dicha realidad vigente.
Under the Silver Lake (David Robert Mitchell, 2018): A la línea de su It follows (2014), Robert Mitchell fabrica un filme en esta ocasión con más referencias, y no solo desde una visión filmográfica, sino cultural. Todo inicia con una extraña desaparición, el protagonista hitcockiano, común y voyerista, obsesionado con un personaje y una serie de símbolos y pistas que lo van llevando a algún lugar que no logra entender. Under the Silver Lake es un neo noir ambientando en una coyuntura actual pero que posee una personalidad anticuada, desde su banda sonora hasta la fascinación y paranoia por los temas sobre conspiraciones, típico de los 50. Es también una ruta hacia lo excéntrico, aquello que deviene del protagonista, movido por una motivación absurda y encaprichada, así como del propio entorno, plagado de recovecos y contraseñas que intentan definir el lado oscuro y desconocido del imaginario estadounidense, consomé de fantasías inventadas por los patrones de la nación con intención de orientar al común. En efecto, así como lo ha realizado varias veces el cine David Lynch, Robert Mitchell hace su propia lectura posmoderna de lo clásico.
Vistos por primera vez
I bambini ci guardano (Vittorio De Sica, 1944): La inocencia infantil expuesta a la hipocresía de la sociedad fascista.
Pitfall (André De Toth, 1948): Un sujeto con remordimiento de conciencia y un intimidante Raymond Burr.
Stars in my Crown (Jacques Tourneur, 1950): La fe, la ciencia y la idea de nación de EEUU vista desde un pequeño pueblo.
Skaterdater (Noel Black, 1966): Cowboys sobre patinetas y la educación sentimental.
The wild angels (Roger Corman, 1966): Peter Fonda y la (des)dicha de nacer como motonero.
Lo strano vizio della Signora Wardh (Sergio Martino, 1971): No recuerdo una giallo con tantos giros en su trama.
Jungle fever (Spike Lee, 1991): La hipocresía interracial en las comunidades que conforman una misma ciudad.
Caramel (Nadine Labaki, 2007): El cotidiano en un microcosmos femenino. Memorable escena de un erotismo sugerente.
Samson & Delilah (Warwick Thornton, 2009): Amores excéntricos y sinceros en medio de una miseria optimista.
Más allá de las montañas (Jia Zhang Ke, 2015): Una época de cambios que define desarrollos (económicos), pero también estancos (emocionales).
Apunte fílmico
La creación de la plataforma online del director Nicolas Winding Refn es una iniciativa que merece encontrar sus similares. En bynwr.com puedes acceder de manera gratuita a un breve catálogo de filmes estadounidenses poco difundidos de carácter de culto, la mayoría de explotación. Ahí están  Shanty tramp (José Pietro, 1967), una viñeta de una comunidad sureña de los sesenta, o If footmen tire you what will horses? (Ron Ormond, 1971), una extravagante propaganda anticomunista cristiana con situaciones gore. El catálogo se divide por capítulos (va en su tercero), cada uno abordando un tema conformado por tres películas y sus respectivos ensayos. Solo el primer capítulo tiene subtítulos disponibles en distintos idiomas. Para trascendencia de la web en países de lenguas no inglesas, es necesario se habiliten subtítulos para el resto de capítulos.

sábado, 29 de diciembre de 2018

Cada día o La cenicienta digital

“Lo que parece ser el comienzo de una comedia romántica adolescente situada en el contexto de una escuela secundaria de pronto se convierte en una enigmática y quizás involuntaria introducción al platonismo en el siglo XXI”; dice el crítico Roger Koza sobre esta película. En efecto, su historia emprende el “despertar” de una adolescente que en orden de su generación se encuentra asociada –o resignada– a una rutina de lo apático, el desapego humano, la ausencia de momentos Kodak, al no ser experiencias de plenitud o goce físico o emocional, sino plenamente digital, los cuales banalmente se archivan en los celulares no teniendo más significado que el del propio registro.
La película no deja de interesar además por su premisa, un ente que posee cuerpos por espacio de 24 horas, cambia de rostros, personalidad y sexo, siempre preservando una memoria y personalidad propia. ¿Qué significado tiene la relación de la protagonista con este ente o catálogo generacional mutable? No solo resulta ser el testimonio de un “despertar”, sino también es el panorama a las demandas y exigencias del sujeto millenial. Es la historia de una adolescente que tiene la opción de tener como amante a alguien que se nivela a sus líneas de búsqueda, su perfil de gustos, desde lo musical hasta el tipo de físico. La relación o match de hecho se establece bajo la fantasía que permiten redes sociales como Tinder o Facebook. Es por eso que para cuando la situación se va tornando seria, la protagonista optará por definir el set up de su amante ideal: “Este es el rostro”.
No deja de ser también, en cierta manera, provocador y hasta transgresor la idea de cómo una adolescente no tiene complejos en relacionarse íntimamente con un cuerpo un día y al día siguiente con otro distinto. Resulta entonces la pregunta, si posee la misma personalidad, ¿acaso no sigue siendo la misma persona? Pueda que sí, pero incluso si trasladamos este cuestionamiento a una plataforma digital, un grupo de personas comparten mismos gustos o hasta personalidad, sin embargo, no son la misma persona o tienen el mismo nickname. Cada día (2018), de Michael Sucsy, da pautas sobre las dinámicas racionales de la generación millenial, una sociedad dependiente de la imagen, ególatras –lo que resulta siendo el verdadero conflicto del filme–, siempre alineados a categorías que definen sus personalidades, pero también abiertos a la diversidad –basta ver el desfile de rostros que asume el ente–, siempre y cuando compartan por lo menos alguna categoría.

sábado, 15 de diciembre de 2018

Curso Lenguaje e Interpretación del Cine


Presentación
Más allá de la apreciación, la interpretación es un medio para agudizar los sentidos. Más que una contemplación, el interpretar es un acceso al análisis, el reconocimiento de los elementos y componentes, y la posterior reflexión para hallar un sentido lógico entre estos mismos. Examinado el objeto o creación, recién se podría hablar de una apreciación. Es mediante lo expreso que el curso LENGUAJE E INTERPRETACIÓN DEL CINE está dedicado “al observar”, antes que “el ver”.

Materias de Estudio
· Lenguaje Cinematográfico
· Historia del Cine
· Géneros Cinematográficos
· Análisis de fotogramas y fragmentos de películas

Lugar
Escuela de Actuación Ensamble – La Histriónica: Av. Francisco Bolognesi 397, Barranco

Fecha y horario
Sábados 12, 19, 26 de enero y 2 de febrero
10:30am – 1pm

Duración
4 Sesiones (2.5 horas c/u) – 10 horas total

Costo
S/80
*Los depósitos que se realicen por ventanilla deberán añadir el pago por costo de servicios bancarios (S/9).

Inscripción
Depósito a Cuenta Corriente Soles BCP 193 2582 9401 002 o CCI 00219312582940100213 – Carlos Esquives. Enviar voucher y datos personales al correo esquivescarlos@gmail.com, en espera de confirmación de recepción.

Video Spot: http://bit.ly/2EoIEJ9

viernes, 14 de diciembre de 2018

Roma

Se estrena de forma limitada en pantalla grande Roma, de Alfonso Cuarón. Pueden verla en el Centro Cultural de la PUCP, o también en Netflix. Su visión en sala de cine es recomendada.

Y tu mamá también (2001) no solo era el retrato de una amistad, es también un retrato social. Alfonso Cuarón es un director que no se conforma con el desarrollo de un “primer plano”. Su película es además un panorama a la realidad social del México de entonces, un trasfondo cotidiano que sus protagonistas ven, más no le prestan interés. Importante que la historia se construya a partir de la road movie. Los desplazamientos que exige este tópico obliga a los personajes a un turismo de ruta, permitiendo así un registro del aquí y del allá. México no solo es la capital, sino también sus alrededores, espacios en donde los conflictos son distintos y tal vez más alarmantes. En efecto, pueda que Y tu mamá también sea un filme de logros eróticos, pero no se niega que la educación sexual de estos adolescentes sea también un reflejo de su educación sentimental, y a su vez de su educación social. Cuarón relata la historia de los futuros adultos mexicanos, y, por muy erótico, su visión no es del todo romántica. Mucho de esto se refleja en Roma (2018).
Ciudad de México, 1970. La historia se fija en Cleo (Yalitza Aparicio), una joven sirvienta, y la familia de clase media a quien atiende. Es ante todo el retrato íntimo de estos personajes. Sus rutinas se mezclan con acontecimientos cruciales en la vida de estos. Es una historia amor, de desamor, conflictos domésticos, temporadas de frustración, de abandono, pero también de recuperación. Es el “primer plano”, la imagen romántica, la realidad personal o burbuja social, que no deja de ser cautivadora por sus gestos de humanidad, muchos manifiestos con sobriedad, lo que le otorga un perfil sincero, lleno de franqueza y sin adornos. Cuarón tiene sensibilidad para provocar emociones sin caer en lo aparatoso. A partir de un inocente juego, por ejemplo, puede definir el lazo emocional que existe entre Cleo y el más pequeño de los niños. No está demás subrayar que el director mexicano no deja de mantener en equilibrio las emociones dentro de esta pequeña sociedad. Así como hay momentos de júbilo, el drama toca a la familia. Hasta el entorno más romántico tiene sus instantes reales.

Pero lo mejor de Roma no es su primer plano o retrato íntimo, sino lo que está “atrás”. Así como en Y tu mamá también, los protagonistas se desplazan por delante de un nutrido trasfondo que parece ser una realidad alterna. Cuarón, así como en su historia sobre adolescentes en plena ebullición sexual, retrata a personajes que son indicadores de una sociedad que luce desprendida de su realidad social. Tal vez por las circunstancias o por la misma escala social a la que pertenecen, los protagonistas de su última película parecen no tener conciencia de los acontecimientos de la coyuntura nacional. Desde la tragedia del “Halconazo” hasta la gran brecha social que divide a México –algo que por momentos es imperceptible en el círculo familiar protagónico–, no se cuestionan dentro de lo íntimo, y si se comenta algo es a modo de cotilleo. Lo que sucede fuera de la casa no alcanza o perjudica a los miembros de esta familia, y eso incluye a Cleo, quien, por ejemplo, no se inmuta para cuando tiene noticias de su familia biológica. La sirvienta posee su propio lugar dentro de ese círculo social, por tanto, forma parte de este y en cierta medida ha roto vínculos con su origen.
Es de estimar además el deseo de Cuarón por querer englobar diversos rasgos, incidencias, actores –generacionales– y comportamientos que manifestaba por entonces México. Todo eso hoy contemplado como un síntoma. Y es que lo que sucedió en los 70 es lo que sucede en la actualidad, solo que en un mayor rango. En Roma vemos a un niño contando en la hora del almuerzo la muerte de un policía a pleno día, marchas estudiantiles reprimidas por mercenarios, la expropiación de tierras, el uso de armas asimilado como un juego, el machismo, la relación de amor y odio hacia EEUU, la divergencia entre la capital y los otros espacios de la nación, que a veces se repelen y otras veces se atraen. A propósito de esto, una escena de la película coincide con otra de Tarde para morir joven (2018), de Dominga Sotomayor. De pronto eventos naturales que, aunque de manera provisional, generan hermandad. Vale de paso mencionar que la película chilena también construye el retrato social de una época a partir de un círculo íntimo. Alfonso Cuarón, sin embargo, reconstruye la época con ambición, asistiendo, por ejemplo, a matinés o espacios públicos. Sutil el contraste de niños jugando a caminar en la Luna, uno en un caserío, otro en el campo. Roma además posee una estética lograda. Lástima que el director tenga como talón de Aquiles los remates. Sucede también en Hijos del hombre (2006) y en Gravedad (2013). Muy literal, uno de los pocos instantes en que peca de dramatismo.

lunes, 10 de diciembre de 2018

Netflix: Lazzaro feliz

Además de sobrecoger, un gesto de ternura provoca la rutina opresora que recae en Lazzaro (Adriano Tardiolo), el joven que trabaja más y sin cuestionar en una cosecha tabacalera. Pueda que no sea del todo impreciso vincular esta historia con el cine de Ermanno Olmi, en donde también vemos a personajes sumidos en una rutina laboral. Lo cierto es que lo planteado por Alice Rohrwacher no se queda en el contemplar desde los ojos del obrero cándido, la mirada “feliz” de Lazzaro, sino también contemplar una problemática, la cual deviene del accionar del resto de personajes. Lazzaro es como una pequeña carpa viviendo en una sociedad de tiburones, un pequeño universo compuesto por personajes indiferentes, desde los siervos hasta una marquesa. Es esa misma desventaja y la reacción complaciente como única defensa de Lazzaro la que provoca una mezcla de drama y comedia, de rechazo y compasión.
Si se ha visto antes Le meraviglie (2014) pueda que se perciba con prontitud el deseo de Rohrwacher en fabricar nuevamente una historia en donde la modernidad arrolla a una comunidad tradicional. En su anterior película, la directora italiana expone a unos granjeros a las fantasías de la urbanidad. En consecuencia, las tradiciones se verán vulneradas. Es la segunda parte de Lazzaro feliz (2018) la que aclara misma pretensión. Luego de un giro insólito, primera huella fantástica y enigmática del relato, los personajes ingresan a una modernidad que prometió liberarlos, pero que no hizo más que ahondarlos a una nueva miseria. Es el mismo cuadro que directores de la Italia de la posguerra quisieron definir. Desde Los desconocidos de siempre (1958) hasta Los monstruos (1963), vemos a parias sobreviviendo a la adversidad de la única forma en que ellos creen poder –y es que hay evidencia de una infertilidad consciente–, mientras que desdeñan la poca oportunidad que lo público les dispone.
Por un lado, Rohrwacher funde una sátira. “¡Ustedes son un parodia!”; grita una víctima como aludiendo que los personajes de esta historia imitan a los de Mario Monicelli o Dino Risi. Es pues el retrato pillo, mísero y urbano de la Europa en crisis. Pero no deja de estar la presencia de Lazzaro; él también es imitación pero otra generación. La presencia del joven evoca al neorrealismo. Su perfil de mártir nos retrae a los filmes de Vittorio De Sica y Roberto Rossellini. De este último, tanto de su época de la Italia en guerra como el del director de biografías cristianas. Lazzaro no está lejos de ser un Francisco de Asís o una Juana de Arco. Su derrotero es de puro padecimiento y mucho aguante. A medida que avanza la película, ya es imperceptible el lado glorioso, porque ya muchos desencantos han abordado a Lazzaro, quien representa el último escalón social en cualquier tiempo en que lo postren. Su presencia siempre será paredón del desquite.