lunes, 2 de mayo de 2016

Rastreador de estatuas

Veo tardíamente el Rastreador de estatuas que se proyectó localmente en el anterior Festival Transcinema. Aquí una crítica.

Rastreador de estatuas (2015) me recuerda a la peruana Reminiscencias (2010). Ambos son documentales funcionando a modo de un diario. Estos dialogan en base a las dinámicas de la memoria; esta última, frágil ante el paso del tiempo o a cualquier colapso propio de la naturaleza humana. En las dos películas hay un discurso de la pesquisa. Son filmes que recopilan. Los autores se convierten en coleccionistas de información, sea elemental o secundaria. Es el desvelamiento o la reconstrucción del pasado, en la cual el cine se convierte en cómplice inmediato. ¿Qué diferencia entonces a una de la otra? En el filme del peruano Juan Daniel F. Molero este compendio se circunscribe a un plano personal. Toda la indagación se halla relacionada a un círculo íntimo y familiar. Caso en el filme del chileno Jerónimo Rodríguez, hay también una motivación personal; sin embargo, este historial se va relacionando a “otros” que son aparentemente impropios.
Rastreador de estatuas se inicia a propósito de una coincidencia. La escena de una película desconocida despierta la memoria y la curiosidad de un joven director. Lo que sigue es una cadena de búsquedas y despistes, los cuales retrae a este protagonista a nuevas evocaciones. Rodríguez pone en marcha la excursión de un personaje intrigado con hallar una estatua. Su memoria no logra observar con claridad el lugar o la información que, días antes de marcharse de su natal Chile, su padre le expuso. Es mediante esa premisa personal que el protagonista va descubriendo nuevas estatuas y, detrás de estas, otras historias. Esto provoca una reacción en cadena. Como buen detective, este personaje adopta todo tipo de información que caiga sobre sus manos. Cualquier pista le es imprescindible.
Desde una visión antropológica, Rastreador de estatuas es un filme que hace un reconocimiento al valor histórico y a sus objetos de preservación, sea desde un video o un mausoleo. Hay, además, una sutil reflexión en referencia a lo arraigado. Sería erróneo subrayar el tema de la migración debido a que existe una correspondencia (y no enajenación) entre sujeto y contexto, esto a pesar de que el personaje es un forastero dentro del territorio en cuestión. Es el hombre y su naturaleza de adaptación, en este caso, apropiándose de un imaginario. Desde otra perspectiva; es también la perpetuación de la herencia, la no negación de los orígenes, sea familiares o de nación. Rastreador de estatuas no solo hace referencias a registros físicos, sino también los mentales e innatos.

lunes, 25 de abril de 2016

18 BAFICI: Les demons / Primero enero / Un dia perfecte per volar

3 crónicas sobre la infancia.
En Les demons (2015), en un sector de Montreal, el mundo de los adultos está contaminado por una serie de acciones o leyendas asociadas con la violencia y la sexualidad. Peleas maritales, rumores sobre la hostilidad de los redneck, exhibicionismo, enfermedades sexuales. Se sabe además que un secuestrador sexual anda suelto por la ciudad. Mientras tanto, un niño, no mayor de diez años, observa con atención todo lo que sucede a su alrededor. En consecuencia, su personalidad se debate entre la sumisión y la perversión. El filme del canadiense Phillipe Lesage integra al sujeto que se figura inocente a un contexto nocivo. La educación adulta lo confunde para cuando percibe que esa crueldad o “anormalidad” adoptada y expuesta a diario en su cotidiano era malsana. Lo mejor de la película es eso mismo, el niño siendo un visor que pone al descubierto la contradicción e hipocresía de una sociedad. Lástima que más allá de la mitad del filme, el director decida compartir su historia con otro personaje. La película entonces se degrada a lo morboso e innecesario.
Primero enero (2016) narra la historia de un viaje y la despedida de “algo”. Un padre y su menor hijo conviven por un corto fin de semana en una casa ubicada en el terruño paterno, lugar que no hace mucho fue el hogar de esa familia en la que la madre es figura ausente. El tema del divorcio es medular en este relato; sin embargo, el director Darío Mascambroni toma como protagonista a un personaje no adulto, un pequeño que parece no comentar mucho al respecto, pero su comportamiento lo delata. Durante la estadía, este se aburre, se frustra, se cohíbe, no se siente en su lugar. Por momentos la convivencia entre padre y el hijo es complicada; por otras es cordial. La película a pesar de ser un drama, reprime sus penas. Hay un rastro de resignación de parte de sus únicos personajes. Primero enero me recuerda a la chilena De jueves a domingo (2012). Es la infancia en medio de un conflicto que les es nuevo, a propósito de un retiro, que se convierte también en despedida. La diferencia es que en el filme argentino existe una evidencia de madurez (precoz; tal vez) en ese personaje infantil. Sus primeros pasos acercándose a una niña dan seña de ello.
En la española Un dia perfecte per volar (2015), un niño juega con su cometa amarilla en medio de un campo abierto. Ahí se encuentra con un adulto quien le cuenta historias sobre un gigante hambriento. Ambos serán poseídos por su imaginación, en donde una serie de personajes toman forma en la mente producto de la creatividad y la improvisación. El detalle aquí no es el valor de lo inventado, sino el de la sensibilidad que se va tejiendo entre estos dos personajes aventurándose en ese contexto de western. El director Marc Recha emprende una especie de buddy film, en donde estos dos personajes sostienen su sociedad en base a la inocencia, una que viene del niño y que el adulto llena mediante cuentos o lógicas desordenadas. Un dia perfecte per volar, sin embargo, tiene una historia tras de sí. La dosis de inocencia actuaba además como dosis de ignorancia. Una historia de melancolía se traía en manos; tal vez producto de alguna pérdida o es que la imaginación del niño desde antes no tiene barreras. Para ambos casos, este corto filme deja un sabor a una soledad tierna.

viernes, 22 de abril de 2016

18 BAFICI: La noche

Por muy ficción que sea, el cine sirve como ventana para una realidad. En tanto, para el espectador, mejor si esa ventana le es extraña o ajena. En la tarea del cine estaría entonces ir en búsqueda o recorrer ese terreno todavía no explorado, sea apelando al registro objetivo o personalizado. Es en vía a esta búsqueda que muchos directores se han atrevido a indagar el espacio “no público”, convirtiendo sus películas en testigos oculares privilegiados de un universo que incluso transgrede a cualquier imaginario cotidiano. En una película argentina como Mauro (2014), el director Hernán Rosselli, por medio de su relato, interna al espectador a un entorno de los falsificadores de billetes. El viaje, a pesar de su naturaleza ilícita, es limpio a consecuencia de la ausencia dictaminadora, la cual bien podría estar dominada por una postura antagónica. Similar tratamiento se percibe en La noche (2016), película que aborda un cotidiano extremo sin mesura.
En la ópera prima de Edgardo Castro, el mismo director protagoniza a un hombre maduro envuelto por una rutina que se ciñe al consumo de sexo y drogas, inmerso en círculos en donde la homosexualidad impera. La noche es la suma de encuentros efímeros dentro de alcobas, bares o baños, ejerciéndose felaciones al paso, tríos sexuales o esnifando. Dichos hábitos se registran sin tapujos. La cámara asume un comportamiento frontal sin darse aires artísticos, aunque tampoco vulgares. Castro documenta, genera crónica y, en paralelo, restringe trasfondos o motivaciones que puedan dar pista a lo que está fuera de foco. Es por ello que de su protagonista se pueda especular muchas cosas. Una gran interrogante que me genera La noche me viene a propósito del inicio de la película. Vemos a un solitario hombre acomodándose para enfrentar, tal vez, una aburrida noche. De pronto cambia de opinión y decide salir en busca de compañía. ¿Es acaso este el principio de una gira llena de excesos o es que siempre fue así? Si contemplamos a distancia, se podría decir que esta película es la historia de un hombre que un día probó por curiosidad y dicho “elixir” terminó por tragarlo hasta al fondo.
Por otro lado, el mismo título del filme invita a que la historia pueda ser interpretada como un síntoma del derrotismo. Si bien muchos de estos itinerarios se desarrollan bajo la vela de la nocturnidad, dicho horario no es exclusividad. En ese sentido, “la noche” pueda ser entendida como una acotación que apela al sentimiento de crisis o descenso moral de su protagonista. A esta sospecha se suma el final de la película. Un cierre que de lejos está desproporcionado a lo que hasta ese momento se había visto a lo largo. El alcohol (esa droga que entumece los miedos o agrieta las derrotas) hasta entonces no había sido utensilio primario para su protagonista. Hay un poderoso sentimiento de negación de parte del personaje. Acontecido esto, se podría decir que el final aflora lo mejor de La noche. En definitiva, el carácter transgresor nunca deja de ser provocador; sin embargo, la dependencia a este genera alargamiento y hasta redundancia. Volviendo a Mauro, lo que hace sea una película lograda no es propiamente su ámbito oculto, sino lo que “además” desarrolla en torno a este. En coincidencia, tanto Hernán Rosselli como Edgardo Castro, terminan por humanizar a su protagonista inmerso en ese espacio que aparenta deshumanización; y de no ser por ese carácter, La noche no tendría más motivación que la de hurgar en las entrañas de un bajo fondo.

jueves, 21 de abril de 2016

18 BAFICI: MATURITÀ

Gozar de una conciencia política es signo de madurez, o al menos eso lo que se interpreta en Maturità (2016), lo nuevo del argentino Rosendo Ruiz. Su película, sin embargo, no se ve en la necesidad de ajustarse a un filme de corte político. La política aquí sirve más bien como plano de fondo a una historia que invita al espectador pueda relacionar el comportamiento de su protagonista principal en base al debate coyuntural que se está generando por aquel entonces. Por algo la película inicia con la frase y pregunta: “¿Qué es el peronismo?”. Esta no se responde, pero se entiende que lo que venga en adelante de alguna forma asistirá a esta consulta. Lo curioso llega a la continuación del relato, y es que dicha tarea parece ser asignada a una adolescente envuelta en un cliché “muy colegial”; tal vez la menos indicada para desarrollar esa seria interrogante.
Maturità, de forma ingeniosa, va desmitificando prejuicios o desarmando sus propios conflictos. Esto está en relación a los repentinos cambios de comportamiento de su protagonista principal, quien por cierto no permite se arme un alboroto en torno a lo que ella está viviendo. Sus acciones o berrinches aparentan impulsividad juvenil o hasta rebeldía; sin embargo, los resultados o consecuencias obtenidas se asientan a la línea del juicio. Por otro lado, el conflicto de la película es cambiante. La relación a escondidas entre una alumna y su profesor nos hace soltarnos bruscamente de esa idea de que la historia se postraría a una temática política, luego de ver el rostro de Mauricio Macri en una reunión de políticas juveniles. Más adelante el romance sale de escena, y entonces la historia trata sobre una búsqueda; o es que siempre fue así.
Maturità es una película sobre el tránsito a la adultez. Una adolescente, a puertas de cumplir los dieciocho años, internamente debate sobre su coyuntura; la personal y la social. Sus sentimientos, su moralidad, su elección y el destino de vidas ajenas, están en juego. De pronto, su relación amorosa no está lejos de lo que pueda provocar su fallo electoral. Ambos la implican a ella, al igual que a un resto de personas. Ante la falta de una clara respuesta, tal vez sea eso lo que obliga a este personaje a huir. Esto último no como un acto de cobardía, sino como acto de confusión o búsqueda. Entonces, se va formando la conciencia y, en paralelo, el compromiso. Rosendo Ruiz para ello amplía el “patio” de este personaje. Es la forma más apropiada para que su protagonista halle esa respuesta, en base al reconocimiento frontal (dejando de lado su distancia amateur), a fin de alcanzar esa horizontalidad política que mencionaba. Para cuando la estudiante experimente sus vivencias oníricas, cruzando pasajes inundados por llamaradas, entonces se da pie al retorno y la madurez queda implícita.

miércoles, 20 de abril de 2016

18 BAFICI: La larga noche de Francisco Sanctis

En La sombra de la duda (1943), una encantadora sobrina, interpretada por Teresa Wright, adora pasar momentos con su tío, el gran Joseph Cotten, quien ha venido de visita desde muy lejos. Las cosas, sin embargo, cambian para cuando ella comienza a sospechar de este; un posible asesino de viudas. Entonces, la tranquilidad de la muchacha se quiebra. Esta comienza a evitar a su tío, y si se lo encuentra, huye de inmediato. Sus sentimientos hacia él han pasado del orgullo al miedo. Se nota para cuando sale a la calle en busca de pistas; siempre mirando por encima de su hombro. La larga noche de Francisco Sanctis (2016), en cierta perspectiva, tiene de Hitchcock. Es una película en donde la atmósfera alimenta el suspense. A propósito de La sombra de la duda, el personaje de Francisco (Diego Velázquez) también sospecha. Algo le ronda. ¿O son acaso ideas suyas? Todo sucedió para cuando una antigua amiga le compartió una información. Una información equivalente a la pastilla roja que Morpheo le ofreció a Neo.
La ópera prima realizada por los directores Andrea Testa y Francisco Martínez se contextualiza durante la Dictadura Militar en Argentina de los 70; tiempo de miedo y desaparecidos. Era una época en donde el ciudadano promedio se convertía en un testigo discreto o una víctima más de la represión. Era una coyuntura conocida por todos; y si la “ignorabas”, era a consciencia, sea por temor a que los tuyos o uno mismo sea el próximo en desaparecer. La larga noche de Francisco Sanctis es el testimonio sobre uno de estos ciudadanos que huye del paredón. Francisco es un oficinista público, padre de familia, se toma unas cervezas y juega al billar cada noche. Nada desenfrenado. Se podría decir que lo poco que sabemos de su vida, es eso y nada más. Es un tipo sin exigencias o urgidas necesidades. Su misma personalidad siempre se mantiene a la línea de la mesura. Como cuando comparte con su esposa las tareas del hogar o solicita a su jefe su tan esperado ascenso. En ninguno de los casos el buen Francisco discute. Siempre está cediendo ante la situación.
Todo cambia para cuando llega ese recado. Aquel que lo invita a mirar la “realidad” de manera frontal. Entonces se le viene esa larga noche a Francisco. Esa noche sería como cualquier otra, de no ser porque lleva el peso de la conciencia y el miedo hacia lo que pueda sucederle. Algo malo está por acontecer y él es el único que podrá frustrarlo. De atreverse a hacerlo, toda su vida estaría en juego. La discreción (esa misma que le sirvió para “no ver” eso que ha sucedido incluso en su propio entorno) podría servirle, pero, hasta qué punto. El enemigo tiene mil ojos. Francisco, como la sobrina Wright, no deja de mirar por encima de su hombro. Todo luciría como de costumbre, de no ser porque ahora la situación es otra. ¿Son solo muchachos pasando el rato o panfleteros contra la Dictadura los que ve en la calle? ¿Son mujeres intentando ligar o sabuesos del Estado las que están en el bar? Cómo saberlo. Está la sombra de la duda, o del miedo. Pase lo que pase, Francisco ya no verá con los mismos ojos esa ciudad en donde todo parecía seguir su curso.

martes, 19 de abril de 2016

18 BAFICI: Wik

Por estos días iremos posteando algunas críticas a las películas que se están programando en la actual edición del BAFICI. Aquí la primera, originalmente publicada en Cinencuentro.

Un verano en Lima para un trío de personajes luce invernal. Su contexto, en lugar de evocar un espíritu vacacional y desenfrenado, es motivo de encierro y austeridad. Wik (2016), de Rodrigo Moreno, sería un terreno adecuado para una historia en donde la crisis, la angustia y la depresión priman. Pueda que la película tenga de esto; sin embargo, sus protagonistas no están hechos para el drama. Por otro lado, tampoco vemos a un grupo poniéndole buena cara a la situación, reaccionando con humor o ironía, a fin de hacerle frente a sus desventuras. En lugar de esto, el comportamiento de los personajes se despliega con sobriedad natural. Estamos hablando aquí de una generación que ha asimilado lo trágico y ha aprendido a convivir con la necesidad, pero, sobre todo, con su rutina.
Esta ópera prima peruana abarca un “week” en la rutina de tres personas, la cual se verá interpuesta por un asunto que podría ayudarlos a sacarle ventaja a su ritmo de vida. En medio de un circuito de charlas, mezclas de tragos y videograbaciones amateur, un individuo de negocios dudosos le ha ofrecido a dos de los personajes un trabajo eventual. Brilla a lo lejos la oportunidad de conseguir un dinero extra y tomarse un “merecido” paseo por la playa, tal como les exige cualquier época de verano. A pesar de este suceso, Moreno no tiene planes de otorgarle un giro hitchcockiano a su historia (personajes comunes envueltos en su rutina, arrastrados a un conflicto a gran escala). Se podría decir incluso que la fractura de su trama apenas logra perturbar a sus personajes. Por momentos, estos parecen padecer de algún síndrome de ataraxia; pues, a pesar de sumarse los infortunios, la abulia siempre termina por tomar las riendas en el asunto.
Así como dicha fractura, durante el transcurso de la historia, Wik ha venido esparciendo una serie de circunstancias que bien podrían trepar a una serie de conflictos, desde internos hasta banales; muy a pesar, todo se mantiene a línea del ánimo de sus protagonistas. Sus secuencias lucen como tiempos muertos, mas no lo son, pues las acciones y dificultades no dejan de manifestarse una tras otra. El relato tiene a un personaje desencantado con el mundo artístico, una joven con problemas familiares, hay además una historia de amor. Especialmente en este último caso, es curioso cómo el tratamiento no desea complicar o dramatizar la situación en cuestión. Rodrigo Moreno no se siente en la necesidad de alimentar fantasías; amantes reconciliándose con un beso apasionado, sus protagonistas montando una venganza maestra contra una pequeña mafia o rompiendo radicalmente sus lazos con su rutina. Es un filme constantemente dominado por las bajas pretensiones. Como lo dice uno de sus personajes: “todos los días parece domingo”. Un día tedioso, sin mucho qué hacer; pero algo siempre tiene que suceder.

miércoles, 30 de marzo de 2016

¡Salve, César!

Existe un grupo de directores consagrados en Hollywood. Directores que han alcanzado el talento necesario como para no verse comprometidos (tanto ante público como ante la Industria) en lanzar películas aspirantes a premios o desarrollando algún filme que ponga a prueba sus dotes creativos. Considérese a los hermanos Coen en esta lista. ¡Salve, César! (2016) tal vez no sea un filme exponencial o sobresaliente en la filmografía de estos directores, sin embargo, tampoco es evidencia de fatiga o nimiedad. Tanto su historia, el desarrollo, como el montaje del mismo, poseen la vitalidad de autores enérgicos que no dejan nada a medio camino. Ambos directores, por otro lado, ven la oportunidad de manifestar en esta película lo que parece ser una fascinación personal, que de paso se convierte en tributo. Un tributo que por cierto se define bajo el idioma del dúo.
¡Salve, César! no es una historia a propósito de un secuestro, sino son varios acontecimientos a propósito de una época y un personaje que hace méritos dentro de esta. El relato aparenta ser un día más en la rutina de Eddie Mannix (Josh Brolin), un productor de uno de los más importantes estudios de cine en el país. Su labor será entonces el de ser responsable de que todos hagan su trabajo y mientras tanto todos queden contentos. Para ello, se convertirá en mediador, curador, creativo, niñera, negociador, apaciguador, además de otros roles impredecibles, fruto propio de estar lidiando con actores, directores, guionistas, amarillistas y hasta comunistas. ¡Salve, César! será una cadena de sucesos que hacen una burlona evocación a lo que “aparentemente” sucedía fuera como dentro del plató.
Los Coen para esto convocan a una serie de actores que hacen memoria a una pasada generación de actores. Dicho, en teoría, resulta un tributo, siendo estas mismas figuras, en parte, responsables del éxito de una época, convirtiéndose además en símbolos de perfección. Curiosamente, luego que estos salen del encuadre, se ven poseídos por una serie de defectos “tan poco” ficcionales, que cualquiera diría que más bien resulta una degradación. Para nada lo es; simplemente es el idioma Coen. Aquí hay un exquisito contraste sobre cómo avanzaba la gloriosa carroza de una gran industria, de una apariencia tan perfecta y bien coreografiada externamente; pero que internamente incluso hasta incubaba a los mismos enemigos del Estado (lo que por cierto libera ese buen gusto de los Coen por el cine de intriga). El resultado es una sátira sobre la Edad de Oro en Hollywood, desde una mirada muy apasionada, aunque también muy extravagante.