miércoles, 18 de octubre de 2017

Netflix: Los Meyerowitz y Nosotros en la noche

Noah Baumbach retorna a la movida artística de New York, circuito perfilado a lo histriónico y fanfarrón en Mientras seamos jóvenes (2014), pero que en su nueva película funciona más bien como atajo para comprender los traumas/estigmas de una familia/industria contemporánea. Los Meyerowitz: la familia no se elige (2017) retrata a una prole encurtida en ese ambiente. Logros de su patriarca y las aspiraciones de una nieta dan impresión de un linaje que ha gozado de triunfos y contempla prosperidad dentro de la rama, sin embargo, eso es solo la primera impresión. La naturaleza escindida y frustrada de este círculo está subrayada producto de la petulancia de un padre ensimismado en sus exigencias. Consecuencia de ello contemplamos a una descendencia resentida y mostrando indicios de prolongar dicha tradición.
Similar a otras películas de Baumbach, Los Meyerowitz es una comedia agria en donde el drama merodea. Existen cuotas de personalidades excéntricas, además de situaciones incómodas provocadas por sus miembros, en especial los hijos varones, quienes no tienen intención de reprimir sus quejas que los regresa a la infancia al punto de manotazos y les reaviva dolencias físicas, como el renqueo de un pie. Lo cierto es que por muy disfuncional que resulte la convivencia existen los instantes de consenso. Fruto de eso se dará pie a la madurez personal; otra constante de la fílmica de Noah Baumbach. Por muy golpeados por las circunstancias, sus personajes están destinados a sanar.  Adam Sandler es lo mejor de la película, por su actuación y de hecho también porque el actor trae consigo un derrotero de protagonistas pertenecientes a una generación atrofiada.

En Nosotros en la noche (2017), Ritesh Batra nos regresa a la premisa de su ópera prima The lunchbox (2013). Su trama nos refiere también a personas solitarias renovando y llenando su rutina a partir de un deseo romántico que se desempeña de manera idílica. Existe además esa particularidad encantadora con la que se emprende esta sociedad. Dos ancianos enviudados pactan dormir juntos a medida de aliviar sus noches en vela. Es la búsqueda del deseo recíproco –que nada tiene que ver con el placer–, aun así no haya sido uno el de la iniciativa. Louis (Robert Redford) ha sido por años vecino de Addie (Jane Fonda), y aunque no hayan desarrollado una relación cercana durante todo ese transcurso, cada uno ha sido testigo de la vida del otro, en calidad de espectadores a distancia y lo que el límite de la información pública y los chismes se los hayan permitido. Entonces conversan “por primera vez”, y todo empieza.
Además de ser un apacible romance, Nosotros en la noche es un filme sobre dramas y culpas personales propio de una vida extensa. Es ese discurso el achaque del filme, que además de denotar tópicos habituales propios de esa generación (divorcio, luto) no dejan de ser progresivos. Lo cierto también es que ninguno de estos traumas se explaya, salvo por uno, que pasada la mitad de la película se adhiere a la historia. A pesar de eso, el filme de Ritesh Batra no evoca a la crisis. Habrá un desfiladero de hechos que los ancianos rememoren, pero la relación entre sus protagonistas no deja de ser el centro. Al igual que en The lunchbox, Nosotros en la noche encalla en lo platónico, ese punto medio entre el happy ending y la inevitable separación. Un final digno para una historia de amor que, además de su interpretación, brilla por evadir las metódicas efectistas para forjar un romance.  Nosotros en la noche no son palabras bonitas o acciones melosas, sino pura naturalidad.

viernes, 6 de octubre de 2017

Blade Runner 2049

Dejemos a un costado el factor nostálgico. En una vista amplia, Blade runner 2049 (2017) no decepciona. El trabajo de Roger Deakins, un habitual de los hermanos Coen, es impecable. El armado del contexto ficcional es tan ruidoso y a la vez baldío; denota apogeo, pero también decadencia. Es decir, entabla apropiadamente con los rasgos de una ambientación cyberpunk. Argumentalmente es estimulante, a pesar de ciertos trazos predecibles, a propósito de los tópicos a establecerse –en el transcurso no dejé de pensar en la reciente Star Wars–; sin embargo, no paso por alto varios instantes de tedio, algunos muy extendidos. Por un lado contemplo alargamientos innecesarios, mientras que en otro extremo está esa necesidad por implantar un estado. Denis Villeneuve comete el error de querer darle la mayor carga posible de aura reflexiva a su película, tal vez pensando en la original Blade runner (1982), el corte definitivo de Ridley Scott, recién revelado por la década del 2000.
Blade runner 2049 también rehúye del género de acción y migra al cine negro. El replicante Ryan Gosling pasa de cazador a detective ante el hallazgo de una reliquia, la que revela un hecho que ha atraído a enemigos y de paso ha desestabilizado el orden existencial del protagonista. Es a partir de esta fractura que desfilan los gestos. Las conductas y pensamientos de los personajes asumen primer plano, y el argumento espera a su turno. Villeneuve asocia la construcción de los personajes con esa necesidad imperiosa de ponerlos a hablar de tal forma que pareciese que es el subconsciente quien tomara la palabra. No existe duda que el momento más incómodo es la primera aparición de Wallace (Jared Leto). Además de ser trillado, desde su posición clasista hasta su estado físico, la verborrea y el extravagante acto de omnipotencia del magnate lo convierten en un personaje desafortunado. Wallace es incluso un mero gestor de impulso para la trama, resultando menos protagónico que su secuaz, quien más bien parece llenar el perfil de villano. Lástima que ese otro personaje tenga un propósito difuso, consecuencia de sus últimos diálogos.
El contexto de Blade runner 2049 resulta ser mejor villano que los propios villanos. Denis Villeneuve inserta la cuota coyuntural haciendo de los replicantes los parias sociales: los skinners. Adiciona además un nuevo ingrediente que motiva el lado humano de la inteligencia artificial, mediante el personaje de la compañera de Gosling. Existe un intento por generar un lado melodramático, pero termina por prosperar más el carácter reflexivo. Lo mejor del filme es la resolución de la historia. Después de todo, tanta redundancia de la personalidad del protagonista, que transitó del descubrimiento al encuentro de una motivación personal, provoca un sentido adicional respecto a su última acción. Incluso esa proeza termina siendo más emotiva que el mismo reencuentro con lo nostálgico.

jueves, 5 de octubre de 2017

Curso Pesadillas, Máscaras, Motosierras, Zombies. 4 maestros del cine de terror

Están invitados a un nuevo curso organizado junto a la Escuela de Posgrado de la Universidad Cayetano Heredia. PESADILLAS, MÁSCARAS, MOTORISERRAS, ZOMBIES. 4 maestros del cine de terror es un curso pensado para los amantes del cine de terror, en torno a cuatro directores: Wes Craven, Tobe Hooper, John Carpenter y George A. Romero. El curso consiste en una evaluación condensada de la filmografía íntegra de estos cuatros autores de culto, desde sus primeros trabajos hasta los realizados para la televisión, recurriendo a distintas herramientas y enfoques, tales como el feminismo, los estudios culturales, el psicoanálisis, entre otras lecturas.

Programa del curso: http://bit.ly/2xHzDXN



lunes, 25 de septiembre de 2017

¡madre!

La nueva puesta de Darren Aronofsky se comprende mediante términos alegóricos. Si bien los primeros instantes del filme sugieren un retrato de terror psicológico, consecuencia del fantasma El cisne negro (2010), esto se diluye para cuando la irracionalidad y el caos toman absoluto control. ¡madre! (2017) nos integra a la historia de una pareja asistiendo al retiro. Un poeta (Javier Bardem) busca la inspiración que pondría fin a un estancamiento en su producción literaria. Mientras tanto, su pareja (Jennifer Lawrence) dedica su tiempo a las tareas domésticas y a la reconstrucción de la amplia morada, recinto que, se cuenta, además de haber sido propiedad de la familia del escritor, tiempo atrás resistió a un voraz incendio. En paralelo, se percibe un estado de desasosiego en el ambiente. Es como si la convivencia, que en teoría debiera evocar la apacibilidad propia del apartamiento, diera pauta de una ansiedad, la que se hará evidente a la llegada de una inesperada visita.

¡madre! pasa de la premisa inicial de El resplandor (1980) a la temática fetichista del Roman Polanski de El cuchillo en el agua (1962), Cul-de-sac (1966) y otras de sus películas que relatan tramas sobre intrusos que llegan sin previo aviso a un lugar, provocando tensiones y conflictos en escalas de una histeria contagiosa. En el tránsito, el absurdo, la violencia y otras perversiones se convierten en ingredientes fundamentales para frustrar la paz y cundir el pánico. Para Polanski esto es una alegoría de la humanidad manifestando su lado hostil y demencial. Caso distinto, la intención de Aronofsky es más bien atender a una naturaleza distanciada de lo universal o colectivo. En principio, haciéndonos creer que el foco de esta alegoría tiene que ver con la pareja y sus comportamientos desarticulados. Vemos así al personaje de Bardem tomando atribuciones sin consultar a su pareja, mientras que el personaje de Lawrence recriminando dichas decisiones, a la vez que lidia con la impertinencia de los invasores.
Ante la falta de consenso, la mujer se convierte en paredón de humillación, pero también en fetiche de la cámara que la encuadra y la sigue de cerca. El personaje de Lawrence se denota como la protagonista principal de esta historia, siendo el eje del conflicto su fastidio, su agotamiento o cualquier prueba que evidencia su minusvalía o esterilidad respecto a las reglas que se establecen bajo el techo del hogar. Tanto su pareja como los intrusos pasarán sobre la autoridad de la mujer. Lawrence es la anfitriona no reconocida, un personaje secundario para el resto del elenco, que prefiere estimularse mutuamente en orden de sus roles: el personaje de Bardem como poeta best seller y los visitantes como lectores de dicha producción. Es el autor y los fanáticos reunidos, en tanto, la mujer sobrando dentro del entorno. La que a vista es protagonista principal y ama de casa, irónicamente, se convierte en la intrusa en su propio hogar, en donde, en una segunda parte de la historia, se sumarán nuevos visitantes o fanáticos, quienes lamerán la vanidad del poeta y agravarán la impotencia de la mujer. O sea, lo mismo que el primer fragmento, solo que en grandes proporciones.

¡madre! tropieza a consecuencia de su alegoría literal, desde las estocadas estomacales que sufre el personaje de Lawrence, producto de una maternidad atrofiada que más adelante dará signos de fertilidad al volver a ser única “protagonista” para el escritor, hasta la representación de la casa viva y latente, símbolo del universo literario que es testigo del proceso creativo de un escritor que expira mediocridad, siempre reconstruyendo su poética bajo una misma plantilla o arquitectura, condenada a lo cíclico, a la escasez de originalidad. La extravagancia del filme es también un factor que fracasa, desviándose del virtuosismo y alineándose al facilismo, por mucho que quiera hacer una metáfora del consumismo literario y lo que implique dicha industria. No necesariamente observada desde una lectura conservadora, ¡madre! hace una crítica a la morbosidad literaria –o quién sabe que en su desvío se refiera a la producción artística en general–, sin embargo, en su tránsito la convierte en su fetiche.
El último filme de Aronofsky tiene mucho en común con Birdman (2014). Ambas películas tienen como protagonista a creadores montando sus “obras maestras”, personajes buscando llamar la atención de un público, lo que los convierte en ególatras empedernidos. El personaje de Bardem, a fin de cuentas, resulta ser además el centro del universo, siendo director, orquestador, dios de todo lo acontecido. En el filme de Alejandro González Iñárritu rige también el relato estrambótico, un espectáculo con fuegos artificiales a inicio, intermedio y salida, representación que se establece en la segunda parte de ¡madre! mediante la anarquía argumental. Es el Irrumpiendo la fiesta (1957) de Polanski con extensiones que nos remonta a las secuencias de turbación en Los hijos del hombre (2006) –resultando más brutal que un bélico como Dunkirk (2017)– y los singulares rituales de Alejandro Jodorowsky. ¡madre! para Darren Aronofsky, es lo que Birdman significó para González Iñárritu; el retorno triunfal después de proyectos fracasados, y hasta tal vez dosis para el ego artístico.

jueves, 7 de septiembre de 2017

It

Del telefilm realizado por Tommy Lee Wallace, tengo el recuerdo de una historia que aplacaba el terror, producto de un tratamiento que infantilizaba un argumento que contenía a un icónico némesis. El personaje de Tim Curry es de lejos lo mejor de dicha creación. No tengo idea de cuál sería el concepto original de esta criatura en la novela de Stephen King, pero en este It (1990) el payaso secuestrador de niños mascaraba a un ser de naturaleza reptiliana y vampírica. Por su apariencia, tal vez algún extraterrestre varado en la Tierra que decidió darle sentido y personalidad a su vida inmersa en un lugar tan rutinario y “correcto” como cualquier pueblo suburbial de EEUU –o que al menos obedecía a la fantasía americana representada por el cine–. A este personaje, contrastaban los niños, protagonistas de esta historia, escasos de encanto. Ni tenían el baile adiposo de Chunk (Los Goonies, 1985) o el desequilibrio mental de un Teddy Duchamp (Cuenta conmigo, 1986). Ninguno fue memorable.
La nueva versión de It (2017), para bien, da equilibrio a las cosas. Pocos son los argumentos cándidos que atentan contra el ambiente malévolo de la historia. Definitivamente, esta no es una película en búsqueda de un público infantil que se identifique con los protagonistas. Al margen de la violencia o el gore que sugieren discreción, existen además discursos que imploran por una lectura no superficial. La adaptación de Andrés Muschietti construye el terreno fantástico, a medida que lo vincula con su terreno tangible. En la década de los 80, un grupo de niños es consciente de una maldición que ha azotado a su pueblo desde tiempos memorables. Todo empieza con la obsesión de uno de los miembros por encontrar a su desaparecido hermano, arrastrando al grupo hasta revelar rastros de un origen –periodo actualmente imprescindible en toda película slasher–. “Eso” retorna cada 27 años trayendo desgracias y gestando la violencia entre sus habitantes.

Actos de injuria, racismo, desacuerdos políticos; toda una serie de eventos que terminaron en lutos colectivos son consecuencia de dicha maldición y que forma parte de la fuente histórica de dicho pueblo. King crea personajes de identidades muy marcadas por su contexto, y esto se hace evidente en el filme del director argentino. La trama da pauta que los hechos infaustos son consecuencia de “Eso”, pero basta ver el entorno de cada uno de los protagonistas para percibir que no hace falta de un maligno para que la maldad cohabite y se encurta en las generaciones tempranas. It es la historia de un ser que atormenta mediante la cristalización de los miedos de sus pequeñas víctimas, y es también la historia de una Historia plagada de miedos y otros fantasmas sociales, de cómo los más chicos beben de estas tradiciones que han trascendido de generación en generación.
It es metáfora de toda una costumbre llena de violencia que germina de forma innata en cada uno de los habitantes de un circuito. Es de terror el final que le aguarda al antagónico de este filme, no por el acto, sino por su significado y lo que podría representar para los niños, aspirantes a ciudadanos comunes. No hay muchas alternativas para sus respectivos futuros. Resuena esa idea de que la maldición (o la Historia) volverá a repetirse. Lo pasado seguirá siendo vigente en el presente, y posiblemente los niños de adultos seguirán conservando mismos miedos. Se entiende entonces por qué It resulta ser más estimulante desde su lectura no fantástica. Claro que tampoco decepciona como sola película de terror. Andrés Muschietti tiene mismos artificios de su anterior Mamá (2013) –repitiendo incluso una secuencia que sucede en una biblioteca pública–, algunas fórmulas previsibles, aunque el suspenso y el terror siempre manteniéndose en hilo.

sábado, 12 de agosto de 2017

Locarno 2017: Severina y Those who are fine

Hasta el 20 de agosto, se podrán ver de forma gratuita por Festival Scope algunas de las películas que formaron parte de la reciente edición del Festival de Locarno. Comento brevemente dos que ya pude ver.
En Severina (2017) priman tópicos y estereotipos de la novela negra. El director brasileño Felipe Hirsch desarrolla la historia de un librero y aspirante a escritor, carente de inspiración, o de motivación. Esta llegará mediante la presencia de una mujer misteriosa; la musa. Una ladrona de libros, pero también irruptora de vidas. Su personalidad y propósito son ambiguos. Esto da pie a la obsesión del solitario, en consecuencia del descubrimiento de las credenciales difusas de la mujer, quien lleva no doble vida, sino varias. Severina genera un melodrama (¿un triángulo amoroso?) y luego el thriller. Por último, la estructura argumental y el carácter evocativo que otorga una voz en off, además de una serie de síntomas irreales que manifiesta su protagonista principal, dan pie a interpretar que todo lo visto es producto es la versión ficticia de un evento que aconteció.
La suiza Those who are fine (2017) inicia con una referencia a Nueve reinas (2000). El director Cyril Schaublin nos introduce al filme mediante la anécdota de una estafa. Lo que veremos será la expansión de esta anécdota en otros afectados, conoceremos a su autor y seguido la cacería a este. Todo, sin embargo, es excusa para descubrir lo que parece preocuparle o causarle gracia al director. El protocolo humano, desde el ciudadano promedio hasta uno tan normativo como el agente policial, está sometido por códigos. Lo digital predomina en el escenario, y con ello son único tema de conversación las bandas anchas, las tarifas de Internet, además de los seguros de vida. Curioso cómo una misma corporación vende ambos servicios. Es como si la existencia se redujera a la buena señal digital y la angustia por la muerte, aunque el dispositivo digital resultando como buen catalizador de este último. No deja de ser interesante el modo de registro, distanciado de los protagonistas. No es un filme que entabla con las emociones, muy propio de la era digital. 

jueves, 10 de agosto de 2017

Curso La Marca del Celuloide. Mutaciones e influencia en el Cine Contemporáneo

Están invitados a este curso y debate que estaré dirigiendo los días sábados 19 y 26 de agosto. Será una introducción al cine contemporáneo partiendo desde dos películas: Holy motors, de Leos Carax, y Under the skin de Jonathan Glazer. A partir de la interpretación de estos dos filmes, se irán sumando otras películas que se relacionan y nos remontan a esas mutaciones e influencias. Es decir; se hará un profundo análisis comparativo, saltando tiempos y géneros.

Días: Sábados 19 y 26 de agosto
Hora: 9am - 1pm

Costo: S/50
Inscripción: Depósito a Cuenta Corriente en Soles BCP 193-2582-9401-002 o CCI 00219312582940100213 Carlos Esquives. Enviar al correo esquivescarlos@gmail.com copia de voucher, nombre y apellidos, número de contacto.

Evento: http://bit.ly/2u2zN6W
Programa del curso: 
http://bit.ly/2v9TtdY