miércoles, 18 de septiembre de 2019

Gracias a Dios

En la nueva película de François Ozon, lo prescrito es equivalente a lo impune. La denuncia de un padre de familia hacia un sacerdote de la Iglesia Católica no estimula la consternación de la Diócesis en cuestión ni genera la enmienda del acusado. Se despliega un panorama sobre la perversión encubierta o hasta consentida, en referencia a un cura con credenciales pederastas, aunque activo en su labor sacerdotal, y una institución que decidió no erradicarlo. La defensa califica al caso de Alexandre (Melvil Poupaud) como prescrito al ser un hecho “postergado” y no atendido a su momento, en tanto, improcedente; y lo cierto es que las leyes de la justicia pública respaldan dicha sentencia. No será sino hasta que el eco de la denuncia llegue a otros más para que se ponga en marcha toda una coalición dispuesta a querellar contra el mismo cura y los superiores cómplices del acusado.
Gracias a Dios (2018) aborda lo que otras películas ya han relatado, sean las argucias o métodos del pederasta expresadas, por ejemplo, en El bosque de Karadima (2015) como el disimulo de las altas autoridades de la Iglesia que figura en Spotlight (2015). Lo cierto es que Ozon se detiene a contemplar una serie de implicancias que sugiere el tópico. Observa –y de paso cuestiona– la ruta “legal” dentro del terreno de la institución católica así como las preliminares judiciales, se introduce al ámbito doméstico –el de las víctimas– para contemplar los modos y niveles de reacción, además de definir un abanico de perfiles de víctimas por violencia sexual. En consecuencia a la red de afectados que fueron agredidos por un mismo sacerdote, es que se propone lo más estimulante de la trama: no es un solo protagonista el que responde a la dramática.
Gracias a Dios se interpreta como una historia de terror con muchos finales, efectos, secuelas, que por cierto no recaen únicamente en las víctimas, sino también en los familiares o parejas de estos. Tal vez no es tan descabellado esa comparación espontánea entre esta serie de casos frente al Holocausto. En sendos, los traumas no prescriben, y cualquier indemnización no garantiza la reparación de la persona. Se coincide además una pugna entre el individuo y un poder, en donde el primero ha sido sometido y hasta postrado a una condición de dominado o sumiso. A propósito, François Ozon va arrinconando su trama, específicamente a uno de sus protagonistas, al conflicto de fe. ¿Puede existir fe después de eso? Una escena gesta, a medias, el debate. La película cierra con un colofón anecdótico aunque natural. La coincidencia de casos entre las víctimas no tiene por qué certificar un consenso de posturas o creencias. Bajo dicho incidente, el filme se inclina a la negación de la monopolización de dogmas.

sábado, 24 de agosto de 2019

Macabro XVIII: The Head Hunter

Dos son los incentivos que mantienen a la película de Jordan Downey en expectativa. El primero tiene que ver con la venganza. Este es el motor del conflicto. Un guerrero, que alude a alguna horda nórdica del medievo, ha jurado ante la tumba de su hija dar caza a su asesino. Más allá de cumplir con un rol de “guardián del sitio”, está su empeño de buscar una revancha. The Head Hunter (2018) parece aludir al género western, en referencia a una disputa de honor dentro de un espacio hostil a manos de un protagonista hosco y obstinado dispuesto a la confrontación. Al personaje de Downey le llega una suerte de mandados que simula a los afiches pegados en las entradas de los bares u oficina de algún sheriff. Lo cierto es que aquí no se trata de un intercambio de intereses. Lo de este vikingo es personal.
Ahora, a la línea de los indios apaches, enemigos por excelencia de los cowboys, el enemigo en The Head Hunter es también un ser salvaje engendrado por el contexto. Downey hace rivalizar a dos especies que comparten una naturaleza que los llevará a un enfrentamiento sanguinario, el mismo que es desigual por el gran número de enemigos que, curiosamente, no atacan en horda. ¿Qué obliga al director a no exponer a su guerrero a una emboscada? Es a propósito de esto que se sostiene el segundo incentivo de la película. The Head Hunter se esfuerza por no exhibir a sus monstruos. Promover un ataque en jauría, simplemente frustraría la pretensión del filme. El hecho que se esconda la identidad de estos y, por lo tanto, los momentos de enfrentamiento, estimula a que se preserve el suspenso, el morbo ante una posible manifestación horrorosa, mismo mecanismo usado en Tiburón (1975) o Alien (1979).

Macabro XVIII: Alex Winter

Una temporada en México. Aprovecho a comentar lo que alcance a ver en el festival de cine de terror Macabro que inició el 21 de agosto y finaliza el 1 de setiembre.

Un carácter difuso toma las riendas de la trama en la ópera prima de Cesar Demian. La rutina de Alex (Sebastián Aguirre) está sometida por un estado de frustración que lo atormenta. Esto no solo es motivado por sus frecuentes pesadillas, en donde se convierte en víctima de algún espectro –digna cristalización de los miedos–, sino también ante la fragilidad de su entorno íntimo. La ausencia de un padre y la insensibilidad de una madre son los aditivos que aderezan su estado taciturno, el cual ha comenzado a atenuar su cordura y, en consecuencia, la percepción de su realidad.
De ahí ese panorama turbio que lo rodea, estimulado por la tenuidad de la iluminación o los entornos vaporosos a los que asiste. Es como si de pronto las pesadillas que padece Alexis estuviesen también vigentes en su realidad. Lo cierto es que lo difuso además se extiende al plano argumental: un oficio dudoso, los antecedentes de un padre que se marchó o la identidad pública de su madre. Alex Winter (2019) aglutina conflictos que quedan a medio camino, algunos que incluso irrumpen de manera infundada, y que obligan a mirarlo más con intuición que con interpretación.

lunes, 19 de agosto de 2019

Había una vez... en Hollywood

El cine de Quentin Tarantino es un cine de fetiches, y es por encima de toda esa lista, conformada por primeros planos a pies bien arqueados, la atractiva trivialidad de sus diálogos extendidos e incluso la misma violencia, que su obsesión por hacer una remembranza a una época se estima como su mayor valor, y no solo atendiendo a un apunte cinéfilo, sino cultural. Es mediante la voluptuosidad de su utilería de antaño, pasando por su conglomerado de jergas, hasta su coctel de clásicos y pequeñas piezas de culto musical, que el director ha provocado una conformidad unánime entre sus seguidores y detractores. No hay forma de eludir y devaluar esa gran bondad presente en su filmografía. Había una vez… en Hollywood (2019), posiblemente, sea su mejor puesta en escena, artísticamente hablando. La reconstrucción de los alrededores de la Meca del Cine de finales de los 60 es exigente hasta en el detalle de una caja de fósforos.
En esta nueva historia, Tarantino rescata del olvido a esos elementos específicos que en un momento fueron componentes de una fantasía. Que no se confunda su labor de reconstruir un periodo con la de un compromiso histórico. Si existe un compromiso en el cine de Tarantino, es siempre con la ficción, nunca con la pauta realista. El abordar a una serie de guiños, artefactos, imágenes y sonidos es en pie a retraernos a una fantasía que dentro de su historia nunca se difumina. En su cine no habrá giros realistas. La acción y sus personajes siempre abrazarán lo que apunta la norma de la fantasía fílmica o cultural. Basta atender la motivación de sus protagonistas –y el trayecto de sus acciones– de su más reciente película para comprender esta idea. Rick Dalton (Leonardo DiCaprio) y Cliff Booth (Brad Pitt) son un dúo que ha dependido de la gloria del cine. El éxito de estos, tanto del actor como de su doble de acción, es gracias a Hollywood. Ahora, lo cierto es que la dependencia es recíproca.

De no ser por los roles de Rick y Cliff, y sus tantos similares, Hollywood no sería Hollywood. Ellos son parte del show y la fantasía. Y aquí se asoma una idea importante de la película. Mientras Hollywood no se desplome –algo imposible para la ficción–, estos actores, estas fantasías, se mantienen vigentes. Existe de antemano una “negación histórica” en Había una vez… en Hollywood. Nos asentamos en una época menguante para las industrias de cine, sin embargo, el panorama de esta no deja de ser apoteósica y titánica desde la mirada que se crea con el recurrente uso de los planos con grúas. Por un lado, Tarantino teje la historia de la agonía de una generación de actores en decadencia –es la factura que le llega a las industrias fílmicas de Los Ángeles encabezada por la nueva relación entre el espectador y la televisión–, y por otro, no deja de reanimarlos o revalorarlos. El director no asume la crisis del cine pos Época de Oro como una derrota, sino más bien como un punto de suspensión o hasta en reforma.

A propósito de esto, es que se asoma una escena formidable y esperanzadora para su protagonista. Rick, luego de un conflicto estimulado por su miedo ante la realidad –ese dejar de vivir la fantasía– que vive, encuentra un momento de inspiración actoral en donde, literalmente, una nueva generación se inclina ante él. En efecto, esa secuencia no provocará un punto de inflexión ante la situación irreversible en la que se encuentra el cine –por ejemplo, el de un género “muerto”–, sin embargo, pone por hecho la vigencia tanto del actor como de la Industria, además de desmitificarse la idea del actor ceñido al cliché. Ahora, no deja de ser significativo que esta secuencia se desarrolle en el escenario del otro bando, el de la industria emergente. Si bien este no es el terreno de Rick, deja registro que Hollywood de alguna manera adiestra y provee a esos otros ámbitos, por ejemplo, y curiosamente, mediante la improvisación, mecanismo habitual en los primeros momentos de la televisión.
Adicionalmente, Tarantino no deja pasar la oportunidad de poner en evidencia que Hollywood rompió fronteras incluso en su momento más letárgico, esto en relación a la invocación del spaghetti western y el éxodo de actores de Hollywood a Italia. Nuevamente, no es una decadencia, es solo una temporada de cambios al que muchos actores se vieron obligados a experimentar por el solo deseo de continuar viviendo su fantasía. Definitivamente, es una mirada romántica la que propone el director. El epílogo de su historia en cierta manera delata una complacencia hacia sus protagonistas, y no solo por el hecho de convertirlos en héroes, sino que también se hacen merecedores de una venia que llega de los actores que por ese momento son la tendencia en Hollywood; eso y además de una serie de halagos de boca de nostálgicos como Tarantino, los cuales se venían manifestando en el transcurso de la película. La afición conduce a la valoración. Ahora, no todo es afición en esta película. Al margen de esta historia, una infame también se reconstruye.

Había una vez… en Hollywood alude a La Familia, el grupo de jóvenes hippies reclutados por Charles Manson en un rancho ubicado en Hollywood, y, por obvias razones, es esa misma alusión la que nos hace una regresión a la masacre que marcó un hito y cierre de la década de los 60. No solo es la presencia del personaje de Sharon Tate (Margot Robbie) la que tienta a una mirada al hecho histórico, sino que también la introducción del ritual de un narrador ocasional que hace lectura a una suerte de inventario policial sustentado por fechas y horas. Tarantino juega a ser un corresponsal objetivo del caso La Familia y Tate. Rick y Cliff son los protagonistas, sin embargo, Tate y Roman Polanski (Rafal Zawierucha) no dejan de interferir en la acción. Muy a pesar, siempre están en un segundo plano, a veces asumiendo un protagonismo fugaz o tomando cierta distancia ante la cámara. Esos dos personajes y compañía son tratados como puntos de observación. Tarantino, al igual que cualquier documental criminal de la televisión por cable, estimula el acto de la expectativa y su referencia a una cercana fatalidad al tratar a los mencionados como sujetos con los que no hay que empatizar a fin de crear imparcialidad ante la proximidad de una desgracia.
El hecho es que Tarantino no es ni historiador ni documentalista imparcial. El director, una vez más, se compromete con la ficción, en honor a los Rick y Cliff que desfilaron en la pantalla grande. Había una vez… en Hollywood tendrá ese perfil fiel de los hechos, aunque su única finalidad es el de someter más adelante a este gesto a la ficción. Es decir, la película no hace más que seguir ciertos antecedentes verídicos con intención de fabricar su propio festín de sangre. Todo queda a merced de la ficción. Esa es la propuesta de Tarantino, el sacarle la vuelta a lo real. En un momento del filme, un personaje dice: “Vamos a hacer lo que Hollywood nos ha enseñado”, y eso es lo que hace, acto que resulta ser un giro en su historia, pero que tampoco deja de ser un truco que el mago ya hizo en una ocasión. La novena película de Quentin Tarantino no debería concentrarse en debates en base a lecturas feministas –es como hacer un debate sobre el sentido de su violencia–. El único debate que se avista es que su cine se va haciendo cada vez más evidente a causa de que el autor reconoce al cine como herramienta de reacción ante un acto indemne que solo el terreno de la ficción es capaz de abatir.

viernes, 16 de agosto de 2019

23 Festival de Lima: Mapacho (Hecho en Perú)

Más allá del triángulo amoroso que se extiende en gran parte de la película, la ópera prima de Carlos Marín se compromete a asumir un carácter testimonial sobre la transexualidad dentro de una comunidad amazónica. Mapacho (2019) se vale de una historia típica de amor con aires de comedia exótica para después poco a poco ir abriendo un panorama dramático expresado desde las testificaciones de un trío de transexuales que por momentos elevan la ficción a un relato oral. Entre bromas y rutinas, Marín nos va descubriendo el lado pesaroso que recae en sus personajes, aunque siempre sin un ánimo de convertirlo en el centro de la trama. Tal vez la intención del director por reservar el tema de la homofobia a un segundo plano tenga alguna relación con el comportamiento de Mapacho (Fernando Cobeñas), un joven mototaxista que comparte su intimidad sexual con un transexual, pero también con una mujer.
El personaje de Mapacho no es nada menos que una proyección del comportamiento de una sociedad hipócrita. La relación de este joven con Marcia (Valeria Ochoa), una peluquera transexual, tiene un límite de exposición pública. Hay un momento de aprobación y muchos otros de negación. En consecuencia, el filme hace un retrato de la moral alterable y conveniente. De ahí por qué el director opta por mantener la homofobia en segundo plano. Tratamos con una sociedad que oculta o niega un prejuicio innegable. Y no solo es Mapacho, sino también otros personajes quienes restringen los límites de lo público a esta identidad sexual. Mapacho se presenta como una película convencional, pero lo cierto es que desde el principio ha ido narrando una realidad trágica. Ya para cuando la historia central –el melodrama–  asuma su cierre, Carlos Marín pondrá en evidencia su último y más dramático testimonio. El triunfo de unos, es una fatalidad para otros.

23 Festival de Lima: La cantera (Hecho en Perú)

En su última película, Miguel Barreda crea una dialéctica entre un drama familiar y un drama social. La cantera (2019) cuenta la historia de un adolescente enfrentando la trágica y misteriosa muerte de su padre, uno de los trabajadores más influyentes en las canteras de sillar de Arequipa. ¿Accidente o asesinato? Todo lleva a sospechar que el responsable podría ser alguien de su propio entorno familiar. De esta manera, la película hace una lectura al Hamlet de Shakespeare. Un hijo cede a la demencia, una esposa carga un luto sin congoja, un tío saca ventaja de la situación. La traición y la venganza se denotan como tópicos centrales en el filme. Lo cierto es que esto no es más que una proyección al verdadero estímulo de la película. Sucede que mientras los protagonistas principales van haciendo caso a sus rencores y pasiones, el trasfondo no deja de asomar su propia historia, que de paso no es ajena al de la familia.
La cantera es un filme sobre la impunidad a vista de todos. No solo se trata de la muerte no aclarada de un hombre, sino también el de los abusos que recaen sobre los canteros de sillar. La sociedad forzada, las tarifas injustas o el pago de cupos, son una serie de hechos que se desarrollan a la luz del día y que desfavorecen a los que laboran en dicho entorno, quienes por generaciones han sobrevivido a un oficio que de por sí asoma sus propios riesgos. Miguel Barreda hace un panorama a este drama social desde un plano familiar/personal. El protagonista adolescente es un síntoma más de la desesperación social, un estado de inconformidad que se agrava, y trae un alargue que no reconoce auxilio o solución. Este joven Hamlet, así como la realidad en los canteros de sillar, están al borde del colapso.

23 Festival de Lima: Vendrán lluvias suaves (Búsquedas)

La nueva película de Iván Fund está a la línea de una tradición fílmica que despierta una sensibilidad provocada por la inocencia infantil. Desde el clásico francés El globo rojo (1956) hasta la reciente Allons enfants (2018), retratan historias en donde los adultos están ausentes o se encuentran en un segundo plano, mientras que los niños toman las riendas de la acción, la cual se caracteriza por un minimalismo y ritmo pausado que exige al espectador a percibir y revalorar los códigos que estimulan a los menores. Es decir, son películas que en cierta forma rompen con la línea dramática convencional dado que el conflicto es sustituido por una serie de actos pasivos e improvisados. El mundo podría quemarse a su alrededor, pero eso a los niños no les importa. Vendrán lluvias suaves (2018), en efecto, sigue ese trayecto: un grupo de infantes no son vigilados y tienen el patio de juego libre para ellos.
En consecuencia, Fund toma apunte de sus comportamientos inofensivos. Somos testigos de una rutina lúdica que por momentos se inclina a un cine de aventuras. La recurrencia a dicho género es en razón a la premisa de la historia. En Vendrán lluvias suaves los grandes han sido presa de un sueño profundo. Ninguno se levanta de su letargo. Esto preocupa a los niños; sin embargo, ello no frustra la conducta del divertimento. Por muy dramático y misterioso que transcienda este relato narrado en un idioma fabulado, los niños no dejarán de ser niños. Aquí también el conflicto queda relegado y, de pronto, lo trágico o escalofriante es asimilado sin cuestionamiento por sus protagonistas. En la película de Iván Fund, lo fantástico, desde los ojos de los infantes, de alguna manera pierde su esencia de lo absurdo.