viernes, 10 de agosto de 2018

71 Locarno: Fausto

El joven Fausto, hombre de ciencia, un día descubrirá la magia negra, y con ello conocerá al Diablo, personaje universal y mítico. Un pacto con este, lo llevará a una serie de viajes al tiempo, la inmersión a momentos del pasado, unos reales, otros no tanto así. Es a partir de este argumento que podría asumirse con una mayor claridad la propuesta de Andrea Bussman. Fausto (2018) hace una referencia a la tragedia escrita por Goethe, filme que congrega una serie de testimonios residentes de Oaxaca, narraciones de gérmenes reales, pero traducidos a un idioma mágico, fantástico. No nos referimos a un realismo mágico, en donde evidencias imaginarias se personifican y conviven con lo real, sino más bien a una exigencia de los pertenecientes a esta comunidad por fabricar el discurso imaginario a partir de lo empírico. Tal vez es un síntoma genético, una preservación de la herencia de culturas incipientes, siempre explicando el principio de la realidad a partir de lo representado.
Es así como vemos a la razón y lo mítico dialogando, sea asentándose en el pasado o en el presente. Es prácticamente un resumen del Fausto; el coloquio entre el médico y Belcebú, además de la odisea de estos dos a distintos periodos. No es gratuito también que Bussman otorgue a su filme una mirada documental, a pesar de ser una ficción. Hay un deseo por crear una convivencia de razonamientos sin que ninguno repela al otro. En adición, su Fausto se inclina a lo experimental, a partir del formato de película y los rasgos alucinatorios, que dan como producto un filme irreal y atemporal. La película de Andrea Bussman cierra con un alegato de pretensiones cosmogónicas, lo que nos retrae al origen de las cosas. Los astros, esas apariencias surreales, como estímulo de nuestros antepasados para responder todo lo que le rodeaba. Nuevamente, Goethe. Su Fausto está lejos de ser una obra romántica de un hombre buscando el amor ideal. Es más bien una búsqueda de la naturaleza de lo primigenio; por ejemplo, la relación entre el bien y el mal.

Mira gratis (tickets limitados) Fausto, de Andrea Bussman, por Festival Scope, previa suscripción gratuita: http://bit.ly/2vCowhc

71 Locarno: Ceux qui travaillent (Those Who Work)

A principio de esta película, en una muestra de aleccionamiento a su hijo, Frank (Olivier Gourmet) deja en claro lo crucial que es para su vida formar parte de una rutina laboral. En sus cincuenta años, este padre de una familia de seis miembros es el ejemplo de cómo formarse desde cero en un oficio, amasar sus logros no habiendo incluso terminado la secundaria, todo adquirido en base a su esfuerzo, dedicación y compromiso. Estas aptitudes se notan en su cotidiano, siempre llegando a la oficina antes que los demás o nunca apagando el celular; es decir, siempre llevando su trabajo a casa, cada que sea necesario. Ceux qui travaillent (2018) narra la historia de este personaje a punto de perder aquello que formó y dio sentido a su vida, que permitió florezca su familia, que consiga una lujosa casa, una comodidad asegurada para los suyos. Pronto Frank pasará a ese lado que advirtió a su hijo nunca debería estar. El director Antoine Russbach nos relata una historia que tiene una premisa familiar que, sin embargo, no deja de tener un valor para la coyuntura.
En Ceux qui travaillent un hombre pierde su empleo. Gran parte de la película se dedica a observar a este protagonista asimilando esa nueva vida, la que dejó de ser opción desde que abandonó sus orígenes rurales. Vemos a Frank desorientado, dando señas de su derrumbe. Pero lo sustancial no es esto, sino la raíz que provocó este cambio. Russbach alude a un comportamiento ético dentro del ámbito laboral que parece ser un síntoma social. Existe una crisis de humanidad, sentirse ajeno frente a los desprotegidos (por qué no decir; los refugiados) y la suerte que pudieran correr estos. De pronto, más importante que la vida ajena, es más trascendente se cumpla el negocio a la hora pautada. Es consecuente que la labor de Frank sea el de gestor portuario. El trasladar una carga, el significado de su trabajo, le ha proveído, pero también le arrebató algo que le es imperceptible, y a la larga le generó un peso, una “carga”. Ceux qui travaillent concentra a personajes inconscientes a lo ajeno, apegados lo material. No solo es el hombre que se equivocó, es una industria hipócrita, una familia infértil, y una generación inocente que observa, y posiblemente aprenda aquello de los grandes.

Mira gratis (tickets limitados) Ceuz qui travaillent, de Antoine Russbach, por Festival Scope, previa suscripción gratuita: http://bit.ly/2AVeUmZ

jueves, 9 de agosto de 2018

71 Locarno: Trote

Un filme de una fuerza dramática interior. Xacio Baño nos adentra en la historia de una familia transitando por un luto. Un padre y sus dos hijos intentan sobrellevar sus días a su manera y por separado. Cualquier indicio de relación entre sus miembros es inviable. Ninguno manifiesta algún gesto de discernimiento o deseo cuando se trata de establecer o reformar los lazos familiares. Desde la muerte de ese miembro faltante, la desidia ha tomado por asalto este hogar que descansa en las montañas de Galicia, ¿o, tal vez, siempre fue así? Trote (2018) se desarrolla en una naturaleza que es consecuente con la personalidad de sus protagonistas. No es gratuito además que la historia inicie a vísperas de una celebración en donde hombres y corceles ponen a prueba su rudeza.
Es curioso que Carme (María Vázquez) sea el único miembro que manifiesta un daño físico. Todos los miembros anímicamente están golpeados, sin embargo, la hija/hermana es la única que se recupera en silencio de una herida que nadie atiende, salvo ella misma. Los personajes masculinos, mientras tanto, la rodean, y, sin darse cuenta, intentan “domarla”. Ella, sin desearlo, se convierte en un estímulo para que los hombres se sientan inquietos. Ante este panorama, resulta significativa la festividad de “Rapa das Bestas”. Hombres intentan maniatar la naturaleza salvaje de una especie. Es un rito del más salvaje o fuerte, un ritual de fijaciones masculinas, una prueba de virilidad. Trote vincula esta celebración con el de las relaciones familiares (y de género), ambas con un concepto alejado de lo racional, aislándose hacia lo instintivo y, de paso, lo reprimido.

Mira gratis (tickets limitados) Trote, de Xacio Baño, por Festival Scope, previa suscripción gratuita: http://bit.ly/2vTJcAP

miércoles, 8 de agosto de 2018

71 Locarno: Temporada (Long Way Home)

Resulta significativo que gran parte de esta película tenga que ver con una cotidianidad laboral. Al inicio de la historia, los colegas de Juliana (Grace Passo) le ponen al tanto a la recién llegada sobre la monotonía del trabajo como empleado de saneamiento público. La detección de escenarios con presencia de dengue no implica algún acontecimiento insólito. El que algún dueño de casa te reciba con hostilidad, es lo más enérgico que la empleada recibirá de su labor. Lo cierto es que ese sosiego también se extiende en su vida fuera del trabajo, y no por falta de motivos. Sucede pues que ante la presencia de cualquier incidencia, la historia tiende a invocar rápidamente al sosiego. Es así que la simpleza no distingue al trabajo de la rutina no laboral de la mujer. Temporada (2018) está dominada por un estado de normalidad. Esta historia en donde una mujer trabaja mientras aguarda a la llegada de su esposo está regulada por una represión de conflictos, y, curiosamente, ese es el lado atractivo de esta película.
André Novais Oliveira nos presenta a una serie de personajes dignos de gestar un quiebre en la trama. Su sola protagonista está pendiente de una ausencia que –se percibe– la llena de angustia. A la espera del marido se suma su soledad en esa nueva ciudad, además de una tragedia que cobija en secreto. Hay un presente y un antecedente que bien podrían provocar un incentivo dramático. Temporada abriga una serie de expectativas, pero todo queda ahí. El director brasileño es un fabricante de conflictos que nunca verán la luz, a propósito de que sus personajes reprimen sus incertidumbres, y si lo exteriorizan, es apenas una liberación de la palabra, un desahogo que parece estar ajeno del alivio o el consuelo. Sin embargo, la película de André Novais Oliveira no es para nada una película de un padecimiento colectivo; todo lo contrario. Por mucho que haya una contención, es un filme que deriva a la adaptación y la reparación dentro de un largo periodo, que, ciertamente, luce imperceptible. Un delicado tránsito del conflicto interno a la superación.

Mira gratis (tickets limitados) Temporada, de André Novais Oliveira, por Festival Scope, previa inscripción gratuita: http://bit.ly/2nkZdf1

martes, 7 de agosto de 2018

71 Locarno: Sophia Antipolis

Del 4 al 11 de agosto, la plataforma digital Festival Scope libera de forma gratuita algunas de las películas que forman parte de la sección en compentencia Cineasti del Presente del Festival de Locarno. Vamos comentado las que iremos viendo.

En su segundo largometraje, Virgil Vernier recurre a las mismas características definidas en su ópera prima Mercuriales (2014). Una arquitectura es falsa profeta para una serie de personajes que residen en dicha inmediación. En esta ocasión, ya no se alude a una construcción de mediano perímetro, como son los edificios de “Las Mercuriales”, sino a todo un circuito urbano. En razón a esto, Sophia Antipolis (2018), al asentarse en el conocido parque tecnológico que lleva el mismo nombre del título, también convoca a más personajes. Vernier, una vez más, despliega su trama mediante un tratamiento peculiar, en donde la construcción urbana parece estar relegada –cuando en realidad es al revés–, convirtiéndose en presencia simbólica de acotación utópica. Su historia hace desfilar a una serie de personajes, falsos protagonistas, dado que luego de enterarnos de sus vidas, de acostumbrarnos a ellos, serán descartados o puestos en una lista de espera. A pesar de esa poca claridad del contenido, sobre hacia dónde va la historia, Vernier ya va dando pistas de su discurso.
Sophia Antipolis es el retrato de un entorno que no cumplió su función. La construcción de esta área, que tendría que haber sido estímulo de un desarrollo civil, fracasó en su objetivo principal. Vernier nos presenta a una serie de personajes que no están a la orden de ese crecimiento. A estos más bien los define una serie de estancos, complejos y conflictos que los elevan a la desorientación, la superficialidad, la paranoia, el caos. Los pesares de la coyuntura se hacen manifiesto. La crisis de los refugiados y el racismo incendiario son algunos de estos. No en vano, Vernier, así como lo manifiesta en Mercuriales, decide otorgar un sesgo de cotidianidad a su filme al coquetear con el registro documental, como evidenciando que no es del todo una ficción. Esto se expone también en las cortas credenciales de los personajes de paso. Ellos evocan fantasía, deseos e ilusiones, pero no dejan de ser elementos sociales, síntomas de una realidad frustrada que se siente extraña, desencantada, enajenada en “Sophia Antipolis”. Se entiende por qué no hay principales. Virgil Vernier, literalmente, posterga del entorno a estos individuos. Ni si quiera su único protagonista se salva de esto. Será recurrente, pero también es un ausente.

Todas las películas tienen tickets limitados. Puedes ver gratis Sophia Antipolis, de Virgil Vernier, ingresando a este link, previa suscripción, también gratuita: http://bit.ly/2Oj7SKt

lunes, 6 de agosto de 2018

22 Festival de Lima: En tránsito (Aclamadas 2018)

En una realidad hipotética, un narrador nos relata los azares de un hombre que escapa de una persecución masiva de extensión global. La coyuntura de los refugiados se hace evidente en este nuevo filme del alemán Christian Petzold. Nos hallamos en una Europa continuamente asediada por tropeles de guardias migratorios. Individuos de diversas nacionalidades huyen de estos; mientras tanto, los ajenos al lío son meros testigos de esta cacería. En tránsito (2018) pareciese hacer una evocación a la Europa en tiempos de la ocupación nazi, a propósito de los exilios forzados, las estadías provisorias de los fugitivos en dormitorios de paso y un enemigo de amplia visualidad que aplica un acecho continuo. La distinción es que en la realidad del filme este estado de acoso luce instaurado; es un acontecimiento tan rutinario que casi no parece alarmante.
En la historia, Georg (Franz Rogowski) escapa desde su natal Alemania. Él es uno de los tantos perseguidos. Un favor asignado lo llevará hacia Marsella, lugar en donde el protagonista inicia una búsqueda, mientras planifica un nuevo éxodo. Petzold se valdrá de los argumentos del cine negro estadounidense para desarrollar la trama. Georg, en un lugar desconocido, en donde cualquiera podría ser el enemigo, tendrá que asumir una identidad falsa para escapar. En su tránsito, una especie de femme fatale –siempre ataviada de alguna prenda de rojo carmesí– lo desviará de sus propósitos. Lo cierto es que Georg y su contexto no tienen la misma personalidad de los protagonistas inmersos en los bajos fondos estadounidenses. Esta Europa coaccionada ha acondicionado cualquier arrojo al estilo de los parias yanquis. El escapismo es la única alternativa y la afrenta es casi nula. El estado de sumisión es tan elevado como el estado de incertidumbre.

Esta animosidad pasiva es la que define a Georg. Sumado está su docilidad, la cual es descubierta por el ritmo evocativo de la voz narradora. Un tono literario se apodera de la historia que además descubre a una serie de personajes de aires fatalistas. La tragedia y el pesimismo definen a esta realidad. Contrario a ese ánimo, es curioso qué tan significativo surge el trabajo de la fotografía. Petzold se empeña por descartar las escenas en penumbra. En su lugar, la luz del día y los colores cálidos, típicos de la ciudad portuaria, se distinguen. Esa no congruencia entre el estado de la coyuntura y la fotografía parecen dar pauta de un ambiente de normalidad, a pesar de lo caótico que resulte. Podría también responder a la naturaleza de su protagonista. Georg luce como el único optimista dentro de ese entorno. Se permite fantasear con una familia, se da licencia para enamorarse.
La personalidad de Georg se conduce a la de un sujeto que parece no haber percibido del todo la realidad que lo envuelve. Posiblemente, sea el último romántico de Europa, empeñado en pensar que su eterno tránsito terminará por afincarlo a un lugar de descanso. Obviamente, un deseo ingenuo y utópico el del protagonista. Es de esperar que sus planes sufran contratiempos, consecuencia de sus inclinaciones emocionales que no están al orden de su coyuntura. En tránsito descubre a un personaje que ampara al resto, que no duda en ceder el paso. Nada que ver con los protagonistas del cine negro, que si bien tienen algún momento de debilidad por su prójimo, no dejan de ser ambiguos y oportunistas. Lo único que sí le espera a Georg, como tantos Robert Mitchum o Humphrey Bogart, es un cierre trágico, un estanco, un hito más de fatalidad y nostalgia en tierra de desterrados.

22 Festival de Lima: El silencio del viento (Competencia Ficción)

La difícil y ocasionalmente trágica rutina de un hombre dedicado al negocio de indocumentados se representa como un diario laboral. El director Álvaro Aponte nos asienta en una coyuntura en donde oleadas migratorias desembarcan en la nación de Puerto Rico. Dentro de esa situación, Rafito (Israel Lugo) gesta su profesión en la que lidiará con una serie de imprevistos que surgen de manera súbita, aunque no dejan de tener una sensación de cotidianeidad para su protagonista. En El silencio del viento (2017) se perciben breves aprietos, unos más serios que otros; sin embargo, ninguno de estos parece frenar el emprendimiento de Rafito, quien no deja de seguir con lo suyo. Se comprende por qué Aponte opta como primer conflicto lo que podría ser un golpe fatal para su personaje. La película tiene la idea clara de subrayar que el referido es un oficio lleno de percances, y definitivamente los personajes implicados al negocio son conscientes de esas contras.
En el transcurso, el filme ejerce una mirada realista y crítica respecto a un acto de negligencia continuo. El tour de Rafito está plagado de trances sociales en un estado de urgencia, pero que de pronto la sobriedad que caracteriza a su protagonista al momento de manejar o reprimir las incidencias contagia esa apariencia de normalidad. Lo trágico luce como algo pasajero. En adición, el estado alarmante decrece mediante una serie de sucesos que retribuyen el sacrificio. Una fiesta o un regalo. Son gestos que calman, reconfortan y disipan la angustia. Lo cierto es que también se filtran momentos neutros. Son los instantes en que la soledad rodea a Rafito, secuencias en donde el entorno crea un vínculo con el trabajador imparable. El silencio y el ocaso hablan por él. Sin darnos cuenta, El silencio del viento va sumando estima de una manera discreta, y eso recién se percibe en su vigorosa secuencia final; lo mejor del filme. Es un instante en que podría prescribir la suerte del hombre que creyó ser héroe en una tragedia.