lunes, 7 de abril de 2014

Noé

Tal vez lo mejor de Noé (2014) es cuando la locura se confunde con la lealtad mesiánica. Noé (Russell Crowe), luego de experimentar con una serie de sueños o epifanías que son el recado del próximo juicio de la humanidad en manos del “Creador” (Importante: hay mucho cuidado al momento de citar a este ser supremo que fácilmente puede ser ajeno a la creencia cristiana), va siendo víctima de la responsabilidad que se le ha asignado. Noé se interpretaría como una especie de superhéroe postmoderno, uno que no solo tiene que enfrentarse al mal, sino también a los suyos y a sí mismo. Hay una batalla interna incesante y esta llega a su punto álgido con el anuncio de un “milagro”, o tal vez “negligencia” a manos del egoísmo humano que va en contra del mandamiento divino. El nacimiento de una nueva prole implicaría la frustración de los planes de Noé, que son los planes del Creador. Las cosas no han marchado cómo debían, entonces ¿cuál es el nuevo plan? ¿Qué hacer? ¿Cómo proceder incluso cuando el mismo Creador ni si quiera se pronuncia? Noé toma en principio una decisión, aquella que lo coloca en la penumbra de la locura.
Darren Aronofsky está a lejos de lo que hizo en sus anteriores trabajos. Historias que en cierta forma también derivaban al conflicto psicológico, protagonistas que de pronto adquirían una personalidad dual, luego quebrándose, colapsando, siendo víctimas de sus propias obsesiones, por ejemplo, el descubrimiento de una fórmula universal (Pi, 1998), las drogas (Réquiem por un sueño, 2000), la perfección (El cisnenegro, 2010) o, como pasa en su último filme, el deseo de concretar un mensaje divino, aunque contemplado con un peso más liviano. Hay una especie de condescendencia con este personaje del que no se examina un padecimiento gradualmente crítico, a pesar que está bajo el orden de normas que son supremas y, por lo tanto, con efectos que deberían tener consecuencias o pesares más lapidarios. Noé transita además por una serie de premisas convencionales que provoca sea subestimada desde un principio. Recién a la llegada de un conflicto moral/espiritual, la película toma interés. El personaje de Noé pasa de ser la esperanza de vida a ser un mensajero de la muerte. Lastimosamente, esto se resuelve nuevamente con fórmulas conocidas. El final, sin embargo, deja una pequeña semilla. El orden de las cosas está en que siempre habrá equilibrio. Tanto el bien y el mal coexistirán. Queda entonces preguntarse, ¿fue culpa del hombre o es acaso otra prueba del Creador?

miércoles, 26 de marzo de 2014

III FIACID: El crítico (Competencia Internacional)

Víctor Téllez (Rafael Spregelburd) poco a poco parece convertirse en uno de los personajes que tanto odia ver en las películas que mira a diario. Hasta antes, la vida de este crítico de cine estaba acondicionada a gozar su oficio durante y fuera de la matiné. Tanto lo ficticio como lo real, estaban condenados a la agudeza crítica de este “detector de clichés andantes”. Téllez nunca abandona la butaca; no hasta que se le presentó el “reto”, el “amor” y el “antagonista”; es decir, las cláusulas que generan conflictos y, en ocasiones, también clichés. El crítico (2013), de Hernán Guerschuny, es una película que juega mucho a la ironía. El manejo de la comedia sarcástica se amolda al carácter de su personaje principal, uno que se resiste a formar parte de ese lado superfluo y banal. Muy a pesar, ese otro extremo se le insinúa, lo seduce, lo persigue, hasta el punto de hacerlo ceder. Téllez finalmente se ha dejado arrastrar por dichas fantasías, sin embargo, no ha extraviado del todo sus principios, ya que el mismo cierre del filme sugiere adaptar ambos discursos. Tal vez El crítico conscientemente haya decidido sabotearse a sí mismo (un citado descomunal de los cuestionados clichés) como mecánica de la misma ironía que trabaja, el hecho es que hasta cierto punto lo “impredecible” se ha volcado también a lo predecible. Es más, Téllez en principio es un cliché.

domingo, 23 de marzo de 2014

II FIACID: Ilusión (Competencia Internacional)

Hilarantes son algunos momentos en que Daniel Castro (protagonizado por Daniel Castro) impone su discurso y optimismo casi a un nivel enfermizo. Su alma de guionista de musicales apasionado lo obliga a ser una especie de Quijote en cruzada a convertir a una sociedad golpeada por la crisis en una más “culta”, esta entendida desde sus propios conceptos. Lo cierto es que en su viaje no hay Sanchos ni Dulcineas, más si hay abandonos o negativas de personas a la frecuencia de un orden lejano a esa utopía. Ilusión (2013) hace remembranza a ese mismo sueño que no está lejos del mito que construyó Shirley Temple, sobre lo que significó su imagen para el crack del 29 en EEUU. De pronto la fantasía del musical fue una especie de aliciente para recuperar a toda una nación de la catástrofe. Claro está, Castro no es Temple, ni la España actual no es el EEUU de entonces (país que estaba a puertas de convertirse en la Gran Potencia gracias a la II Guerra Mundial, no a los musicales). Así como el Caballero de la Mancha, Castro no tendrá esperanzas, salvo de otros orates que lo alimenten con sus propias fantasías. Está en su destino el fracaso. Ilusión es entretenida, no más. Si bien la comicidad tiene sus buenos momentos, es esta misma la que hasta cierto punto hostiga y ridiculiza demás.

viernes, 21 de marzo de 2014

III FIACID: Ver y escuchar (Panorama Iberoamericano)

Desde ayer se dio inicio la tercera edición del Festival Iberoamericano de Cine Digital, en esta ocasión también con sede en Arequipa. Va del 20 al 30 de marzo. En el transcurso iremos posteando algunas críticas.

Interesante es el discurso al que se ciñe el chileno José Luis Torres Leiva. Sus filmes son de apariencia nula, plagado de tiempos muertos, la mudanza frecuente de sus encuadres, casi siempre generales o en primeros planos. Hay una necesidad por atrapar el ambiente tanto físico (de la naturaleza o la rutina) como el espiritual. Es un cine contemplado desde los sentidos. En este no hay historia, o a lo menos se evita construirla. La necesidad del director es la de construir un cine con percepción, trabajar entre la imagen y el espectador una dialéctica. Mientras que se refracta una serie de fragmentos sonoros y visuales, el receptor se encarga de otorgarle un sentido. Entonces lo que de pronto no parecía tener historia se vuelca a una interpretación infinita. En un corto como El mal (2004) o en el largometraje Verano (2011) se aprecia en extenso el mutismo de los personajes aunque acompañados de un contexto auditivo y visual. Se alude un estado de ánimo, más se invita a asumir los sucesos. En paralelo está el patetismo, los rostros que grafican nuevas alusiones. Una fotografía que aparece repentinamente en el final del corto Obreras saliendo de la fábrica (2005), provoca un giro emocional en la mirada perdida de una mujer. Es tarea del espectador darle el sentido.
Ver y escuchar (2013) se podría decir que es la teoría de José Luis Torres Leiva puesta en testimonios colectivos. Su cine se sedimenta en base a cómo una película adquiere significado a través de la mirada y el oído. No es preciso un diálogo o una historia premeditada para gestar esta misma. Todo se desarrolla de forma cognitiva. Este documental así se inclina a tomar la palabra de personajes con deficiencia de visión, audio y voz; todo aquello que JLTL ya venía anulando en sus anteriores filmes. Si antes el director empujaba al espectador a concebir o entender un cine carente de ciertos recursos sensoriales elementales, ahora expone cómo esto forma parte de la rutina en un grupo real. Ver y escuchar más que un filme sobre la fortaleza humana, es un filme sobre el ejercicio sensitivo. Más que una reflexión espiritual es una reflexión sensorial. El director deja a un costado los planos a la naturaleza o el alrededor para reemplazarlo por un encuadre simple. A diferencia de sus otros filmes, este no tiene la necesidad de crear la imagen o incluso el sonido. Son los testimonios los que la describirán. Su ambiente colorido es reemplazado por los colores grises. Existe esa necesidad de que el espectador se focalice en sus narradores. Ellos construirán los sentidos por nosotros.

lunes, 17 de marzo de 2014

Balada de un hombre común (o Inside Llewyn Davis)

Los hermanos Coen son referentes del cine actual. Son uno de los pocos directores que desde su ópera prima han mantenido un estilo fílmico firme, como por ejemplo lo ha venido construyendo Wes Anderson, solo que a diferencia de este último el dúo ha mudado sus referenciales a distintos géneros. En su cine no existen redundancias, sino constantes. Citados específicos que se filtran en situaciones que fingen ser ajenas e independientes al resto de su filmografía. Los Coen desde Sangre fácil (1984) habrán madurado pero no han derivado su línea idiomática. Como sucede en el cine de Michael Haneke o David Cronenberg, las filias de estos directores son omnipresentes e incurables. En una película realista como Fargo (1996) su argumento no se libra de eventos absurdos; los hay también surrealistas. En sus filmes siempre estará el guardián “mudo”, extraño y de figura intimidante; personajes que aparecen y desaparecen de la nada; pistas o marcas que juegan a ser una especie de epifanías; un humor sarcástico y a veces excéntrico. Hay un universo inconfundible y muy notorio en los Coen.
Inside Llewyn Davis (2013) tiene de esto, además de un pesado ambiente lleno de melancolía, algo que los directores ya habían provocado en pequeñas dosis en los cierres de Sin lugar para los débiles (2007) y Temple de acero (2010). Son los años 60. Llewyn (Oscar Isaac), un cantante de música folk, intenta abrirse paso como solista en un negocio musical que, dentro de su género, acoge exclusivamente a duetos y tríos. Los Coen replantean un conflicto ya difundido en su filmografía en base a personajes que persiguen algo, y cómo esto los conduce a la vía del éxito o el fracaso. Sea en el rapto a un bebé (Raising Arizona, 1987), la búsqueda del sueño americano (The Hudsucker Proxy, 1994), el chantaje (El hombre que nunca estuvo allí, 2001) o el atraco perfecto (El quinteto de la muerte, 2004), los directores brindan a sus personajes una meta específica. Es el caso de Llewyn el ser reconocido como solista de música folk, algo que desde un principio se contempla con desesperanza. Si bien Llewyn posee el talento como músico, es también dueño de un karma que atrae la negatividad.

Desde un gato extraviado hasta un estilo de vida errante, su tensa relación con su hermana y una amante furtiva, son una serie de pistas que Llewyn va dejando y lo destinan a una imagen en ruina. Las canciones que él mismo interpreta son un himno al pesimismo: personas que no pueden volar, marineros mercantes jubilados, diarios de suicidas. Por donde vaya o camine, Llewyn será el protagonista de sus propias historias musicales. Son parte de su pasado, su presente o lo que tal vez le espere en un futuro. Son además una mirada a sus deseos o fantasías frustradas. Inside Llewyn Davis juega a comportarse como una road movie. Llewyn es un viajero que va de sofá en sofá o de auto en auto, y que a cada paso se (des)encuentra con un conocido o desconocido que se hace cargo de estrujarle sus defectos o las dificultades que le impedirán lograr su éxito como solista. Lo que bien podría ser contemplado como un drama o una aventura en pie a alcanzar un sueño, los Coen se deciden por convertirla en una ironía. La burla y la paradoja se filtran de forma sutil en esta trama que tiene además un referente cercano a una de sus anteriores películas.
La historia de Llewyn tiene mucho del personaje de Barton Fink. Ambos artistas con talento pero que dado el contexto, la temporalidad o las circunstancias, son empujados a la decepción. Los Coen si bien provocan una alegoría al fracaso, hacen también una especie de homenaje a los no reconocidos. Se me viene a la mente el documental Buscando a Sugarman (2012). Tanto Rodríguez como Llewyn, dos artistas no descubiertos por un ámbito que todavía no estaba preparado para el “síndrome de Bob Dylan”. Barton Fink (1991) es una alegoría al guionista frustrado también por las mecánicas del negocio. La diferencia es que Barton está destinado a la mediocridad, muy a pesar, dentro de su pesimismo arraigado, parece asomarse en el destino de Llewyn una especie de estímulo, aquello que lo invita a la no rendición, esto a pesar que las cosas no parecen haberle sonreído ni tampoco complicado desde el principio de su historia. Dicho esto, cabe la posibilidad que el inicio de Inside Llewyn Davis no necesariamente tenga que ser digerido como un flashback, sino también como el punto de partida de una fábula cíclica. Llewyn tal vez esté destinado a asumir sus metas como simples fantasías lejanas, como las carreras espaciales o qué país es la potencia mundial, además de otros inventos de EEUU que, por cierto, se exponen en la canción “Please, Mr. Kennedy”. Me parece es la primera vez que los Coen hacen una alusión política sobre su país en referencia a sus mecánicas del fracaso.

jueves, 13 de marzo de 2014

Una segunda oportunidad (o Enough said)

Fuera de la situación cómica ya ocasionalmente citada sobre un protagonista enredándose en amores con la persona equivocada, Una segunda oportunidad (2013) posee dos sutiles atractivos que podrían pasarse por alto. El primero y el más notorio es la ironía que se maneja como base de la historia y de los mismos parlamentos de sus protagonistas, especialmente el que proviene de Eva (Julia Louis-Dreyfus), una masajista divorciada acondicionándose a la soledad, una que llegará con la próxima partida de su adolescente hija. Eva así recrea una especie de autodefensa, un humor sarcástico que si no deja víctimas bien puede crear apatías o asperezas. Tanto su intimidad como su misma rutina han provocado en ella sea un repelente humano, con pocos amigos y pocos ánimos de fraternizar. Muy a pesar, dentro de esos comentarios mordaces y fuera línea, se percibe un hilo de fragilidad o desesperación. A cada dardo lanzado por Eva existe un remordimiento, una perturbación que deja un sabor a humanidad y encanta.
A esto se suma la personalidad de Albert (James Gandolfini), quien también pasa por la misma situación que Eva, aunque reaccionando de una manera distinta. El personaje de Gandolfini si bien posee un humor igual de irónico y espontaneo, este no peca del excentricismo de Eva. Se da entonces la complementariedad. Mientras Eva va a la defensiva, Albert es de un aire más apacible. La química entre ambos es genial antes y después de que la trama genere el conflicto. Nicole Holofcener dirige y escribe una película que sabe además convocar una serie de situaciones complementarias que vuelcan a lo que sería esa segunda virtud del filme. Una segunda oportunidad no es una comedia jocosa, no posee puntos álgidos en los momentos de drama ni tampoco genera reflexiones morales o lecciones de vida. Todo efecto emocional aquí es plano. Temas como la nostalgia, la crisis matrimonial, el divorcio, la madurez que llega intempestiva, el miedo a los grandes cambios,  la orfandad, incluso el conflicto entre un patrón y su ama de llaves, son una serie de recursos que motivan a la contemplación y se terminan resolviendo con sutileza, sin complejidades o giros bruscos. La película es honesta.

sábado, 1 de marzo de 2014

Her

I’m here (2010) es un cortometraje que valía la pena tener una versión extendida. Había una gran historia detrás de esta fábula corta que visionaba un mundo donde las máquinas aprendían a amar, mientras que los humanos eran casi ausentes en su propio mundo. La mirada melancólica de una historia de amor concebida de una forma especial, rara, casi excéntrica, no dejaba de emerger ciertos brotes de ternura infantil. Había mucha inocencia en esta trama corta, como también había mucho dolor y padecimiento. Spike Jonze es un director seducido por la bipolaridad. Sus filmes han venido describiendo a personajes fragmentados que hayan sus otros “yo” en lugares absurdos (Being John Malkovich, 1998), espacios de ficción (Adaptation, 2002) o en su misma imaginación (Donde viven los monstruos, 2010). Son sus mismos contextos los que se fundan en espacios reales, pero que no dejan de revelar elementos fantásticos e irracionales. Existe, sin embargo, algo más que se ha venido institucionalizando en el imaginario de este director.
Her (2013) es esa versión ampliada de I’m here, y es además el filme que sitúa a Spike Jonze como un director sensible y emocional, algo que vino cargando desde su película Donde viven los monstruos y que más adelante fue proyectando a través de sus posteriores cortos y mediometrajes. La línea de su cine ha seguido desde entonces un ambiente lleno de nostalgia, casi rozando a lo depresivo si no fuera por la ternura de sus personajes, individuos (reales o fantásticos) simpáticos, lúdicos, llenos de calidez, siempre proyectando un aura optimista. Las situaciones por la que están envueltos pueden ser deprimentes, pero siempre existe –o se fabrica– una motivación, un móvil que los distrae de lo dañino. Theo (Joaquin Phoenix) es uno de esos personajes. A primera vista, un amante de lo que hace y a lo que se dedica. En lo oculto, un hombre solitario y convaleciendo por dentro. Para muchos Theo es inspiración, él sin embargo es víctima del auto reproche. Víctima de su memoria y la lluvia de buenos recuerdos, hoy frustrados por antiguos errores que abrieron paso a una forzosa separación.

Todo cambia a la llegada de Samantha (Scarlett Johansson). Jonze en medio de un contexto tecnológicamente desarrollado, se abre paso a la posibilidad de una comunidad socializando con la inteligencia artificial. El director nuevamente hace germinar del ámbito real lo fantástico. El argumento de I’m here está latente. La relación entre Theo y Samantha se convierte en un amor extrañamente inaceptable pero que no deja de invitar a la posibilidad. La estructura de la trama en Her es la ruta por la que transitaría cualquier pareja normal. Todo se inicia como un juego. La buena química y el radical cambio rutinario de la pareja los conduce a una etapa de ilusión. Es la antesala al enamoramiento, algo que llega de forma inevitable. Es el momento en que los primeros miedos nacen. El cuestionamiento como resistencia o negación al amor, un estado que puede traer consecuencias dañinas. A esto se suma un antiguo querer. El persona que desea zanjar el pasado y sembrar un futuro. Nuevos miedos, nuevas dudas. Es el preludio a la toma de una decisión importante. Luego de superar todo esto, solo entonces, la relación habrá pasado a un nivel estable. Obviamente, una que siempre estará expuesta a la volubilidad de los sentimientos.
Es a partir de las “emociones” compartidas entre un sistema informático y una persona común, que Jonze cava esa posibilidad. El hallazgo de una aptitud puramente humana localizada en un agente inerte, que en teoría es no sensible, libre de dolor u odio. Her hace de lo absurdo verosímil. La paradoja es una palabra clave en el cine de este director. Esa necesidad de convivir polos totalmente opuestos, como la relación fraternal entre los dos Nicolas Cage en Adaptation. Jonze emplea mecánicas sensibles efectivas en el personaje de Samantha, esa voz que invoca y provoca muchas sensaciones, muy a pesar de que no existe físicamente. Se me viene a la memoria Black sun (2005), un documental que relata el testimonio de un pintor que perdió la vista, y como su recuperación lo motivó a pensar que la visión no era más que creación. Una idea que te aparta de lo visualmente palpable y te acerca al sentido. Formidable es la escena en Her cuando los dos amantes imaginan un encuentro erótico y de pronto la pantalla se funde en negro. Es como si germinara de la nada (de lo visualmente no palpable) un clímax.

Tal parece que Her supera a Donde viven los monstruos, hasta antes la mejor película de Jonze, y también la más emotiva. Theo, en efecto, revela en su personalidad un lado masculino como femenino. El amante que desea ser un dinosaurio pero de hecho es como un oso de peluche. Dócil, frágil, asustadizo, un huérfano extraviado en un mundo desconocido y peligroso. Desde Los amantes (2008), es la segunda vez que Joaquin Phoenix interpreta a un personaje tan escindido. Theo, sin embargo, es también de una personalidad encantadora, algo novedoso en la personalidad del actor. La imagen de Amy Adams me recuerda mucho a la apariencia descuidada de Cameron Díaz en Being John Malkovich. Es como si el atractivo de la bella actriz fuera desalojada adrede con un propósito en específico. Tal vez esa necesidad de descomponer ciertos detalles de la realidad. Una especie de afrenta a cómo la ficción cala con efectividad el ámbito de lo real. Scarlett Johansson es una de las jóvenes actrices menos valoradas actualmente. Existe demasiada volubilidad en su voz (la única que actúa), la que domina bien en los momentos cómicos, dramáticos y amorosos. Johansson tiene la capacidad de malear de manera súbita sus modalidades de voz. Puede sonar tan dulce como tan violenta, tan cálida como tan fría.
Como punto aparte, el solo personaje de Samantha parece remembrar los retratos de las amantes muertas. Los fueron las protagonistas de Laura (1944) o Vértigo (1958), aquellas que ya no están pero que siguen presentes a través de recuerdos, voces, fotografías o pinturas, tatuadas en la mente de los hombres obsesionados que parecen escuchar a la mujer “no presente” murmurando detrás de su oído. Theo es el hombre que ha aprendido a convivir con Samantha o la voz, que es “ella”, es decir, que gracias a la obsesión de Theo es que ella existe. Este es uno de los misterios de Her, una película que parece acercarse a la teoría de que el amor proviene de la sensiblidad de uno mismo, y no necesariamente del roce de cuerpos o demás afectos físicos. No hay necesidad de filosofar para comprender o asumir el amor de esa forma. Dicho esto, existe una cierta incongruencia en la trama de este filme, momento en que el amor se analiza desde una perspectiva científica, casi existencial, quiebre que violenta contra la reflexión puramente sensible, la que por ejemplo Theo mantiene hasta el final. Muy a pesar, asumiendo la película como tal, la Samantha en su etapa más filosófica es como una prueba de qué tan complejo sería el amor si la humanidad estuviera en la capacidad de estar al alcance del resto. Tal vez, y en ese caso, sí habría posibilidad de amar a más de uno. Algo tan inaceptable aunque factible, como el mismo Big Bang.