Planetes (2025) es un reciente filme de animación que narra las aventuras por las que pasa un grupo de dientes de león. De producción francesa, aunque realizada por la japonesa Momoko Seto, esta película sin diálogos que aparentaba ser una historia que se agotaría anticipadamente, es un encantador viaje visual que por momentos parece comportarse como un documental de cadencia contemplativa. En este nos divertimos con los acontecimientos de los filamentos, pero más aún nos admiramos con la realidad o comportamiento de la diversidad micro orgánica. Es una película sobre la botánica, la biología, la existencia. Dentro de un ciclo de cine animado, Papaya (2026) quedaría estupendo junto a su compañera francesa. Esta ópera prima realizada por la brasileña Priscilla Kellen es otra expresión similar sobre cómo una premisa entre simple y ocurrente podría convertirse en el trayecto de una realidad que definitivamente nos hace concientizar sobre ese fragmento de realidad que si bien forma parte de la nuestra no es normalmente perceptible ante nuestros intereses comunes.
domingo, 15 de febrero de 2026
76 Berlinale: Papaya (Generation)
Entonces,
tenemos la historia de una semilla de papaya. Fascinante. A quién se le ocurriría.
Aunque, de igual forma, no deja de acecharme el prejuicio: ¿se desgastará la
idea antes de que termine la película? No. Acá hay una buena escala de guion.
Podríamos partir la historia en dos partes y a su vez cada una está dividida en
dos momentos fraccionado por un conflicto. Así que sucede que una semilla de
papaya despierta y con ello su deseo por volar. Esta semilla quiere ser un ave.
¿Podrá lograrlo o no? ¿Será esta una historia de superación o de
fortalecimiento de una naturaleza propia? Creo hay de ambos. A diferencia de Planetes,
que asiste a la contemplación para concientizar el valor de la micro vida,
Kellen asiste a un mensaje objetivo. De manera frontal, en cierto punto de la
búsqueda personal del protagonista y su deseo de volar, se reconoce un
escenario que nos hace distinguir la crianza natural y la crianza industrial de
un árbol de papaya, así como de otras tantas plantaciones del escenario en
Brasil. A propósito, no dejo de pensar también en la estética y la dinámica de Planetes
y Papaya. El primero luce entre solemne y majestuoso, el segundo entre versátil
y trepidante. La película de Priscilla Kellen tiene una personalidad muy de su
país natal; desde sus colores, su banda sonora y sus trayectos.
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