lunes, 21 de septiembre de 2026

74 San Sebastián: Will You Still Be My Friend (New Directors)

Una película sostenida por conflictos en paralelo, siendo uno efecto del otro. Will You Still Be My Friend (2026), ópera prima del taiwanés Lu Po-shun, nos retrata la frágil e intermitente relación entre dos niños afectada por los problemas de adultos. La familia de Jasper (Aloysius Looi) deja Singapur para iniciar un negocio de paneles solares en una aldea pesquera de Taiwán. Ahí conocerá a Jun (Jaden Wang), el nieto de una familia asociada a la venta de terrenos. Ambas familias iniciarán negocios mientras los niños se dedicarán a pasar el rato juntos. Aquí vale poner en contexto el impacto de la proliferación de los paneles solares en zonas de pesquería artesanal, tecnología que ha presentado beneficios como desafíos, tales como el incremento inmobiliario o la alteración ecológica afectando la presencia de ciertas especies. Dicho esto, la película observa de manera superficial ese desequilibrio, lo suficiente como para que el espectador sea consciente de que existe una disputa en pie entre los que apuestan por ese negocio y la comunidad, en su mayoría dedicados a la pesca. Ahora, ciertamente, el director omite si sea mejor o peor el que este poblado continúe su sociedad con esa nueva industria, lo cierto es que su avance no cesa, así como los daños colaterales, siendo el caso de los niños el mayor interés para su trama.

Dicho esto, la amistad entre Jasper y Jun será una suerte de medidor sobre cómo va la relación entre los paneles solares y la comunidad. En tiempos tranquilos, los menores disfrutan de su mutua compañía; en tiempos de tensión, ellos se verán forzados a tomar su distancia uno del otro. Al margen de que los grandes incentiven a los menores de forma textual el no seguir con esa amistad -al mejor estilo de “Romeo y Julieta”-, lo más dramático es que los mismos niños comienzan a tomar esa iniciativa del distanciamiento por instinto. Es como tener una alarma interna que te indica que se acabó al juego hasta nuevo aviso. En tanto, el nombre del título se convertirá en una suerte de frase leitmotiv, un recurrente que los personajes intercambian continuamente en seña de que las riñas o discusiones nacidas por esa alarma no tiene la más mínima sinceridad en comparación a los sentimientos que comparten. Will You Still Be My Friend da señas de inicio a fin de que estamos ante una unión que nunca estará en condiciones normales. Lu Po-shun es realista en cuanto a esa brecha que generan los adultos. No es suficiente el diálogo. Es como si el problema fuese de raíz y, en tanto, no hay manera de llegar a un consenso por lo pronto. Esto deja a los menores a orillas del desaliento. Estamos ante una película desoladora que, ciertamente, no hubiera sido más o menos  dolorosa si se encaminara por el melodrama o la simple amistad.

sábado, 19 de septiembre de 2026

Fantastic Fest 26: Roma elastica (Main Competition)

En Jay Kelly (2025), George Clooney encarna a un reconocido actor cayendo en una crisis existencial. No solo es su carrera, sino también su vida personal puesta en introspección. Esto lo terminará llevando a Roma, lugar en donde un festival lo condecorará por su carrera —indicio de que la misma está al borde de su fin— y que además reforzará su estado lacónico. Clooney dudará de su valor tanto paternal como para la industria. Obviamente, viniendo la idea de un director como Noah Baumbach, lo que termina por asomarse y reforzar es el cinismo natural e incorregible de un personaje que termina aplastando su conciencia a fuerza del “yo”. El autor estadounidense hace una referencia personal a 8½ (1963), de Federico Fellini, la película por excelencia que describe a un autor atravesando una crisis creativa, la que encalla a una crisis más amplia. Era algo similar a lo que había hecho Vincente Minnelli un año antes en Two Weeks in Another Town (1962), siendo el personaje de Kirk Douglas una excusa para retratar la ambigüedad de una industria que podía ser fábrica de tanto arte, pero también de tanta infamia tras las cámaras, y todo esto sucediendo en Roma. Se podría decir que Roma elástica (2026), lo nuevo de Bertrand Mandico, se suma a una lista de directores que coinciden similares premisas y escenarios.

Aquí tenemos la historia de Eddie (Marion Cotillard), una célebre actriz, una suerte de Marlene Dietrich imaginaria en una época también imaginaria. La europea que se convirtió en una estrella glamorosa en Hollywood a fuerza de sus roles como femme fatale, convirtiéndola además en símbolo de la mujer moderna. El asunto es que está muriendo, y no solo físicamente, sino también su carrera. La propuesta de ser la protagonista de una transgresora producción en la ciudad de Roma podría bien darle un giro positivo a su carrera o simplemente hundirla. Mandico define entonces su puesta menos kitsch hasta el momento. En su lugar, concentra esa extravagancia en la película en cuestión que interpretará su protagonista. En tanto, vemos a Eddie mentalmente titubeante entre cámaras y detrás de ellas. “¿A dónde he llegado?”, parece reclamarse. Esto incluso la obliga a enfrentarse a sí misma en la secuencia más memorable de Roma elástica. A diferencia de las otras referencias fílmicas, aquí el remordimiento se manifiesta, literalmente, como un grito detrás de la nuca. Esta es una película sobre una actriz cuestionándose tal vez ante desesperación por negarse a morir con dignidad. Ahora, lo interesante es que Bertrand Mandico se refiere tanto a la dignidad física como artística. Pienso entonces en Jean Luc Godard, este director que luego de tanta rebelión, sea ante la imagen y ante el cuerpo, se vio aventajado —o capaz hastiado— en un mundo en continua evolución.

Fantastic Fest 26: Princesa burro

Lúdica, excéntrica y por momentos bizarra adaptación libre al cuento “Piel de asno”, de Charles Perrault. En una comunidad antigua, un rey prohíbe el amor al denominarlo una enfermedad. Su hija, la princesa, se enamorará de un súbdito y con ello inicia un melodrama que expondrá a esta protagonista a los viajes por multiversos que combinan la realidad, la ciencia ficción y la estética acartonada del serie B. Princesa burro (2026), lo nuevo de Joaquín Cociña y Cristóbal León, reconfirma la personalidad y creatividad única de estos directores de culto. Luego de Los hiperbóreos (2024), los autores acortan ligeramente su representación como animadores para inclinarse más al montaje teatral que de paso se transmuta pasando por la puesta tradicional al uso de pantallas verdes. La princesa Diana (Antonia Giesen), gracias a una joya mágica, podrá escapar de la privación de su dictador padre, pero para ello deberá despegarse de su lugar y tiempo, lo que implica soltar sus privilegios y rutinas. Siguiendo la promesa del brazalete, quien use de esa prenda tendrá la oportunidad de amar, muy a pesar, tendrá que vivir otra vida, cambiar de piel. La pregunta es: ¿la joven podrá vivir del amor? Así como en su referente original, esta película aguarda una moraleja.

Princesa burro es una experiencia gratificante tanto visual como narrativa. Sin gestar una alegoría codificada como sí lo fue hasta cierto punto Los hiperbóreos, Cociña y León nos proponen un tour a realidades que nos serán familiares. Si en el cuento de Perrault la protagonista experimentará la pobreza, que sería la antípoda a su anterior vida como mujer rica, en este retrato fílmico veremos a la protagonista experimentado las tantas variantes de su antípoda. Diana saltará de la fantasía o eventualidad histórica a un escenario realista o presente. Varias de estas mudanzas temporales que vivirá la princesa hacen una descripción a qué poco romántico es nuestra realidad. En tanto, el vivir una historia de amor bajo esas condiciones lo hará poco atractivo. Pero hay más. Princesa burro no solo es una alegoría a un sujeto siendo persuadida a abandonar el territorio del pensamiento romántico, sino que además es una alegoría de qué tan ingenioso y tramposo es el autoritarismo. Desde cierta perspectiva, Joaquín Cociña y Cristóbal León nos cuentan la historia de una princesa que es una súbdita más de un rey egoísta. Aquí vemos a un paternalismo traicionando a los suyos a tal punto en que el destino de todos está en manos del monarca y, obviamente, su plan está acondicionado a su bienestar propio. Que no te engañe, esta película de los chilenos es tan política, terrorífica y vergonzosa como su anterior.

viernes, 18 de septiembre de 2026

Fantastic Fest 26: La muerte no tiene dueño

Un relato sobre una herencia maldita. Una mujer de origen italiano (Asia Argento) llega a Venezuela para reclamar la sucesión de una finca cafetera tras la muerte de su padre, el terrateniente del lugar. La muerte no tiene dueño (2026) nos contará sobre la pugna de derechos territoriales entre la nueva dueña y la servidumbre afincada en el lugar. El director Jorge Thielen Armand se aparta ligeramente de la cadencia de cine de autor para inclinarse más a un cine de género; sin embargo, eso no lo obliga a dejar de reincidir en su interés por retratar historias asociadas a personas siendo desterradas en su propia tierra. Así como en La soledad (2016) y La fortaleza (2020), vemos en su reciente película a personajes también expuestos al desalojo forzado. Ahora, lo cierto es que esta vez Thielen no refiere como causante de ello a la crisis política venezolana. Es más, en cierto punto del argumento, una oficial pública anuncia: “Aquí las cosas han cambiado”. Esta frase se podría prestar para más de una interpretación, incluyendo el estado actual de la nación en cuestión. Entonces, tenemos a una italiana intentando persuadir a Sonia (Dogreika Tovar), la venezolana celadora de la mansión, de retirar sus pertenencias y a los suyos a fin de poder vender la propiedad. Aquí entran en juego argumentos que llegan de ambos lados: papeles de titularidad, reclamos por irresponsabilidad, posibles vínculos familiares, beneficios de un vividor, entre otros. Muy a pesar, el asunto clave es que esta pugna radica de algo más pretérito.

El conflicto en La muerte no tiene dueño deviene de una problemática poscolonial. Acá no solo se trata de una herencia terrenal, sino también de un resentimiento heredado. El personaje de Argento no solo es nueva propietaria de la finca, sino también de lo que hay dentro de ella, y esto implica a los empleados, los explotados y los tantos que perecieron en alrededor efecto de una precaria faena cafetalera. Estamos hablando de hacerse acreedora de un patrimonio que carga un presente y un pasado. He ahí el problema de la italiana, no ser consciente de ello. En tanto, es curioso cómo es que este personaje, quien en un pasado fue “rescatada” por su madre a fin de mantenerse al margen del terror laboral diario ejecutado por el patriarca, ha heredado casi por instinto el rol autoritario. De pronto, esa decadente casona ha despertado en ella eso que incluso le hacía aborrecer a su padre. Aquí no hay necesidad de hablar de posesiones; el fantasma colonialista es tan efectivo y patente en el sujeto privilegiado cada que reconoce a su otro. Jorge Thielen Armand parece imaginar que luego de los retos políticos, Venezuela ahora queda expuesta a los retos de enfrentar a una invasión. Piensa también en la violencia como acto de reacción. El saldo, obviamente, es trágico y un bucle maldito. Es un panorama pesimista el que avista. De nada vale haberse liberado de un dictador si más tarde vendrá otro intentando robar la propiedad.

Fantastic Fest 26: No Rest For The Wicked

La fe cristiana parece dar venia a una relación queer a partir de un “milagro”. No Rest for the Wicked (2026) nos cuenta la historia de amor que surge entre dos pescadores en las retiradas Islas Feroe del siglo XIX. El director Kasper Kalle adapta libremente un relato corto para retratarnos un melodrama dentro de un contexto que refiere a lo gótico. El resultado podría ser calificado como un relato folclórico. Baldur (Egor Venned), un joven pescador que nunca ha abandonado el perímetro de las islas, conoce por incidente a Helge (Pilou Asbaek), un hombre que contrario al protagonista es un aventurero empedernido. Surge un vínculo amoroso que por cosas del destino será tempranamente interrumpido por un hecho trágico. Ese será momento para dar pase a la fantasía, aunque manifiesta de manera particular. Un punto curioso de esta película danesa es que decide promover un hecho profano a partir de una motivación cristiana. A propósito, no dejo de pensar en una secuencia en que los dos hombres, antes de que expresaran su amor, encuentran miradas en una iglesia mientras una homilía habla sobre el amarse los unos a los otros. Ya más adelante, veremos a Baldur, fiel creyente, haciendo una petición, mezcla de rezo y ritual, para alargar su romance. Consecuencia de ello, acontece el milagro, aunque apoyado por las fantasías zombis y vampíricas.

Ahora, ¿por qué reconocerlo como un relato folclórico? No Rest for the Wicked si bien está centrada en la historia de Baldur y Helge, hasta cierto punto esta tragedia/milagro comenzará a proliferarse. Entonces, ya no solo hablamos de un hecho extraordinario, sino un ciclo que se repite dentro de una comunidad y, en consecuencia, transita de hecho a conocimiento o vivencia exclusiva de la zona. Ahora, esto no es suficiente para asegurar su trascendencia. Ya para cuando Baldur logre obtener esa suerte de consuelo surrealista, quedará expuesto su secreto amoroso. Kalle en su camino evita los clichés de siempre. En efecto, estamos tratando con una sociedad que tiene prejuicios hacia la homosexualidad, pero eso no lo obliga a impulsar un castigo o revuelta homofóbica. En su lugar, decide imaginarse una manera en que la comunidad pueda sacar algún tipo de reflexión de todo eso. En No Rest for the Wicked el hecho fantástico en cuestión perderá su valor terrorífico para luego reconocer en este un valor humano. Pienso en Drácula, de Bram Stoker (1992); la inmortalidad y el succionamiento de sangre como sacrificio para reencontrar a una amada perdida. Es por ese camino que va la película de Kasper Kalle. Vemos a personajes convirtiéndose en malditos en espera de lograr recuperar el amor perdido, pero de paso el reconocimiento colectivo. Por tanto, una comunidad no solo gana un nuevo relato folclórico, sino que también aprende algo nuevo, una lección de amor.

jueves, 17 de septiembre de 2026

Fantastic Fest 26: Too Many Beasts (Next Wave Competition)

Una película que arranca como un thriller que demanda razonamiento, pero que poco a poco va careciendo de cordura. La ópera prima de Sarah Arnold es una sátira extravagante a la corrupción pública como aliada de los privilegiados. L'espèce explosive (2026) nos lleva a una zona rural francesa. En ese territorio, agricultores y cazadores por puro hobbie están enfrentados. Jabalíes mantenidos por los segundos están destruyendo la producción de los primeros. En tanto, el orden público no pone orden. No será hasta un asesinato y fuga que las cosas comenzarán a tomarse un poco más “en serio”. Ahí entra al juego nuestro protagonista. Fulda (Alexis Manenti) es un despechado policía recién divorciado, agudo sabueso, aunque continuamente disociando con la realidad. El tipo ha sido sublevado de su puesto en Córcega —esto no es gratuito—. Es decir, un sujeto abandona su habitad natural localizado en una zona del Mediterráneo acondicionada a la rutina violenta de la pugna entre mafias para ingresar a una zona de campiña habituada a la desigualdad de derechos. ¿Es que no se parece esto a una premisa western? De hecho, Fulda tiene pinta y personalidad de un arisco cowboy que no gusta de las injusticias. Ahora, más allá de ser un forastero, es un sujeto raro. El hecho es que lo vemos acondicionándose rápidamente a un lugar a fin de dar con la misión encargada: buscar a un fantasma vengador.

El argumento y dinámica de Arnold parece estar en una continua deriva. Decía, su película inicia como un thriller, sin embargo, lo que aparenta un caso oscuro se comienza a perfilar como una suerte de anécdota o lapsus de un pueblo en donde no debería pasar nada grave. El que un agricultor haya asesinado de un tiro a una importante personalidad pública y luego se diera a la fuga es cosa extraordinaria. El hecho es que pasó, y ahora el prófugo es un mito, capaz ejecutor de fechorías que inquietan a los comuneros, y la tarea de Fulda es atrapar al “mito”. En paralelo, acontece una subtrama. Stéphane (Ella Rumpf), la psicóloga pública, es la encargada de vigilar a que Fulda, dado sus antecedentes, no pierda del todo la cordura. Es a raíz de esta convivencia que L'espèce explosive se perfila a una comedia de situación —efecto de los tics de Fulda— apuntando incluso a una comedia romántica en una versión muy extravagante. Y es que a medida que nuestro cowboy comienza a encontrar pistas y evidencias de la normalización de un egoísmo de clase, su condición de despechado de mujeres comenzará a sanar para cuando interactúe más con la única mujer protagonista de un territorio que la discrimina por una masculinidad preponderante también normalizada. Dicho esto, dos denuncias cruzan caminos y deciden darse esperanzas mutuamente. Por consiguiente, Sarah Arnold hace coincidir a dos personajes dispuestos a transgredir un sistema. El orate y la cuerda hasta cierto punto estarán de acuerdo con iniciar una revolución, y para cuando suceda esta los niveles de demencia serán exorbitantes y triunfales.

lunes, 14 de septiembre de 2026

TIFF 26: Soy Mario (Discovery)

Mario (Oustin León) es un taxista transexual en espera de realizar su cirugía de afirmación de género. El problema es que luego de un encuentro furtivo él quedará embarazado. Soy Mario (2026) relata una historia sobre una identidad todavía en proceso de formación, pero lo curioso es que esto no deviene tanto de un proceso físico o biológico a medio camino, sino del estancamiento mental del protagonista. La ópera prima de Sharon Kleinberg, aparentemente, nos presenta a una persona decidida a cumplir su deseo de transición, sin embargo, incluso antes de que tuviese ese “incidente”, Mario manifestaba ciertos complejos o miedos hacia su identidad en proceso. Su círculo de amistad, definitivamente, no ayuda. Al protagonista lo conocemos interactuando en una comunidad en donde el machismo y la homofobia son normalizados o motivo de bromas. Dicho esto, la idea de la película no será responsabilizar del todo al protagonista en cuanto a las razones de sus prejuicios hacia su cuerpo e identidad, sino inspeccionar cuáles son esos motivos que empujan al personaje de Mario a accionar de esa manera. Y aquí no solo hablamos de los círculos públicos, sino también los íntimos.

De pronto, Mario se percibe como un problema familiar. Estamos hablando de una persona que se nota reconoce a la familia como parte importante de su vida. Es por ello se toma muy a pecho lo que cada miembro piensa de él. En tanto, similar, aunque en menos grado, pasa cuando se relaciona con el resto de las personas. Soy Mario es una película que toma por escusa un embarazo para mostrarnos qué tanto una persona convive con lo que el resto piensa de uno. Ahora, obviamente, Kleinberg lo que menos quiere es que su protagonista aprenda a desaprender esa forma de ser. La idea es más bien encontrar aceptación y buena convivencia, y esta no se alcanzará si antes no existe una visibilización. Mario andará por distintos territorios, el laboral, la asistencia de salud, el romántico y el familiar, y, en efecto, varios de estos expresan asperezas o trabas hacia su identidad; muy a pesar, ninguno resulta lo suficientemente obstructivo como para orientarlo al exilio. En cierta perspectiva, el panorama que nos dispone Sharon Kleinberg es optimista. No todo puede terminar de manera ideal en la vida de Mario, pero es innegable de que en su trayecto ha reconocido la comprensión y la aceptación. Dicho esto, socialmente, estamos ante un escenario público también en transición.

sábado, 12 de septiembre de 2026

TIFF 26: Nosotros (Discovery)

Una breve fábula sobre los rituales, complejos y grietas sociales inseminados en un escenario guatemalteco. Nosotros (2026) nos relata la historia de un hombre de provincia que decide ir a la ciudad para poder sustentar a su familia. Romero (Jozef Coxaj) comenzará a trabajar de vigilante, mientras tanto, se sentirá embelesado por Nubia (Lola Vásquez), una transexual que labora en su negocio propio. A simple vista, es una premisa muy simple la del director Joaquín Ruano, sin embargo, de una manera casi desapercibida congrega toda una fauna de problemáticas que resuenan en el territorio latinoamericano. Entonces vemos cómo a raíz de un trabajo que no es suficiente para mantener a los suyos, un hombre se verá expuesto a una serie de dinámicas y acciones que tantas películas han tratado de forma independiente: la migración, la irresponsabilidad afectiva, la homofobia, la impunidad en distintos niveles y escenarios, etc. Son solo algunos temas que la película refiere, más no se detiene a profundizarlos. Pueda que a simple vista pensemos que estamos ante un discurso irreflexivo. De hecho, este es un relato que a propósito de la no reflexión evidencia su carácter de urgencia, y ello a partir de problemas que son normalizados y no cuestionados.

Un caso, por ejemplo, es la definición del comportamiento o la moral de Romero. Lo conocemos siendo padre y esposo que se marcha para darle un mejor futuro a su hijo y esposa. No pasa mucho para cuando en otra ciudad se olvide de esta promesa. El asunto es que el argumento tampoco se toma mucho el trabajo para pintarnos la personalidad de su protagonista. Decir entonces que “cambió” no sería exacto. ¿Será que siempre fue así?; quepa la duda. Es normal que tomemos al protagonista como un héroe y no como un antihéroe cada que inicia una película. El asunto es que Ruano decide no definir ese detalle en expreso. Los propios actos de su protagonista definirán su naturaleza, o, para ser más exactos, el espectador, mediante su juicio, lo definirá como héroe o antihéroe. Por otro lado, tenemos al personaje de Nubia. Alguien de quien más bien sí sabemos más a propósito de su búsqueda de un amor sincero. Muy a pesar, su encuentro con Romero delata algo que ella misma anticipa. Nosotros describe un escenario sin romanticismo y casi orientado al pesimismo. Aquí las cosas suceden y queda aceptarlas como vengan. Nubia tiene un buen presentimiento hacia Romero. Al rato, ella parece darse cuenta de que es uno más y pues queda vivir la situación o, por qué no, aguardar con esperanza. El asunto es que le espera una desilusión aún peor.
Lo mejor de la película es el dinamismo con que fluyen las cosas. Detenerse ante cada drama o alerta sería reincidir en algo ciertamente evidente. Pero está también el efecto del trayecto o viaje que no deja de incomodar. Pienso en películas que se toman más tiempo para hacer una radiografía a los cotidianos nocivos en Latinoamérica. Ahí están películas como Y tu mamá también (2001), Relatos salvajes (2014) o la más reciente Un poeta (2025). Estas son historias que se las ingenian para no solo tratar un drama, sino que toman por excusa un drama central para hacer referencia a tantos otros, sea en un viaje de carretera, mediante episodios o por pura mezcla de situaciones. Esto último también pasa en la primera película de Joaquín Ruano, solo que más conciso. En menos de ochenta minutos hay una escalada que inicia desde lo cotidiano pasa por lo dramático vira a lo trágico y termina en lo anecdótico. A propósito, el solo cierre de la película es todo un momento alimentado de una cruel ironía. Es la última estocada que experimentará el personaje más decente de toda la película. Es como si los buenos fuesen los destinados a ser los eternos perdedores en este territorio lleno de tanto egoísmo. Y lo peor es que, insisto, ya lo había anunciado de su propia boca. La eterna resignación o puro conformismo.

viernes, 11 de septiembre de 2026

TIFF 26: Ah Girl (Centrepiece)

El retrato de una mirada infantil desencantándose de un modelo adulto ha sido retratado en el cine tantas veces. Películas como Los 400 golpes (Francois Truffaut, 1959) o Nadie sabe (Hirokazu Kore-eda, 2004) nos han mostrado en distintos niveles lo cotidiano o extraordinariamente nocivo que pueden ser los efectos de una paternidad/maternidad negligente o hasta tóxica. Siguiendo esos casos, vemos a niños normalizando el mal ejemplo como los que son conscientes de una irresponsabilidad a la que reaccionan con despecho como demostrando que no quieren seguir ese camino. Dicho esto, Ah Girl (2026) parece ser un argumento en donde reconocemos a una menor balanceándose en ambos extremos. Ah Girl (Ong Xuan Jing) convive con el egoísmo de los mayores quienes “dicen” cuidarla. La pequeña en un momento disfruta de su infancia, pero en otros momentos explota mediante una impostación dramática alarmantemente precoz cada que las actitudes de cualquiera de los adultos con los que convive logran herir a ella o a su hermana más pequeña. Definitivamente, uno de los fuertes de la ópera prima de Ang Geck Geck Priscilla es el vigor con que interpreta su rol la pequeña actriz. Cada que la niña es presa de la impotencia efecto de la provocación adulta, su infancia se va corriendo para ser poseída por una impostación adulta, aunque coherente, en contraste con los adultos reales.

Sin embargo, Ah Girl tal vez tenga los argumentos, pero no tiene la personalidad o sensibilidad para decir que este es netamente un triste drama o una tragedia. Me resulta muy curioso cómo es que la película teje las situaciones de manera que dejemos pasar por alto o hasta digerir situaciones terribles. En un momento, la pequeña protagonista puede llorar a mares ante tremenda carga de frustración, mas en la siguiente secuencia la vemos jugando de manera que nos hace pensar que su inocencia parece intacta. Ang construye su historia de forma que percibimos la disfuncionalidad representada como una cotidianidad casi cómica o extravagante. Y, claro, no niego que me es doloroso si me quedo meditando respecto a ciertas situaciones de manera independiente. Pero siendo parte de un todo, duele menos. Entender el circuito dramático de esta película es como experimentar una montaña rusa que tiene sus subidas y bajadas, unas muy terribles. Y así siento que lo asimila también la pequeña protagonista. Tiene la edad mínima para detectar y concientizar los problemas, aunque no es lo suficientemente madura para resolverlos. Eso no la libra de que haga lo suyo: poner en su lugar a los grandes. Ah Girl frecuentemente encara a los adultos con una seguridad que hace retroceder hasta al más cara dura. Por tanto, diría que Ang Geck Geck Priscilla realiza una película ausente de una asistencia infantil responsable; sin embargo, se imagina a un personaje que ha aprendido, a fuerza de instinto tal vez, a fabricar su propia defensa. La historia de una niña que solo espera ganar los últimos puntos de madurez para darle la espalda a esa vida que tanto la maltrata.

jueves, 10 de septiembre de 2026

TIFF 26: Lo demás es ruido (Wavelengths)

Se me viene a la mente Ruido (2022), de Natalia Beristain, otra película mexicana. Esta se inspirada en una de las tantas historias de madres buscando justicia ante la desaparición de una hija capaz víctima del feminicidio. En su derrotero, la protagonista reconoce el silencio de la burocracia y, en contraste, la solidaridad de otras mujeres que también claman justicia. Es decir, ellas responden al silencio con ruido: la acción, la protesta, la transgresión. Caso en Lo demás es ruido (2026), el “ruido” es un efecto contrario a la denuncia. Es más bien un indicio que evidencia o recuerda la injusta brecha de género. Aquí tenemos la historia de un trío de mujeres evocadas al arte del cello siendo entrevistadas bajo el régimen del ruido. Por un lado, el encuentro será interrumpido una y otra vez por el sonido extradiegético. Ladridos de perros, motores y cláxones, así como el “ruido” de la intempestiva ausencia de electricidad. Por otro lado, el diálogo, en principio, centrado a solo una de ellas, se convertirá en una entrevista colectiva efecto de la mención de un ausente: un hombre. Pasa que las tres están de alguna forma relacionadas a un emblemático compositor, lo que incentiva al entrevistador a reorientar el sentido de la reunión. Entonces ya no será una entrevista sobre las mujeres, sino a las mujeres del hombre en cuestión, y de paso ausente. Y es así como se va orquestando una sesión en donde las mujeres terminan relegadas por una masculinidad al son del ruido.

La desigualdad de género como ruido que resuena por todo un edificio y a su vez por toda una ciudad. Es una incomodidad que no cesa y que, irónicamente, los hombres son los únicos que hacen queja de esa intromisión sonora. En tanto, las mujeres parecen estar acostumbradas o, mejor aún, lidian con ese ruido con resiliencia. Y aquí viene una de las estrategias divertidas de la película. Lo demás es ruido bien podría pintar como un drama, pero es más bien una comedia. Aquí vemos a mujeres que se hacen cómplices. No solo se ayudan, sino que además se ríen del egocentrismo masculino como si fuese eso parte de una rutina. En efecto, la película podría interpretarse como la dejadez o reacción pasiva de un grupo de mujeres ante cualquier acto machista; no reclaman, solo se ríen. El asunto es que aquí no se debería de confundir el consentimiento con el acto de interpretar el machismo como un ruido más. Es parte de “lo demás”. Es un cotidiano del que mujeres deciden minimizarlo, cancelarlo o simplemente burlarse. Es su método para confrontar ese ciclo nocivo y escandaloso. Nicolás Pereda, nuevamente, se imagina una situación cotidiana para poder crear con ocurrencia una sátira costumbrista, la que de paso le da licencia para reírse un poco de la vanidad y artificiosidad vacía del mundo del arte y poner al descubierto como siempre la frágil frontera entre la ficción y la realidad.

Venezia 83: Un peu avant minuit (Official Competition)

En plena revolución, un hombre hace una parada a la siempre efervescente Paris, la ciudad que tiempo atrás la sintió suya, pero ya no más, e inconscientemente comenzará a hacer una incómoda introspección de su vida a medida que se cruza con personajes de su pasado. Esa es más o menos la premisa de Un peu avant minuit (2026), premisa que tranquilamente podría referir a tantas épocas por la que transitó la “Ciudad de la Luz”. El director Nicolas Pariser realiza una película en donde la ciudad, la historia y la conciencia política asumen roles importantes para empujar un movimiento colectivo que está en contra de un bloque de poder. Pasó en la Revolución francesa, en la cruzada del #MeToo y pasará en las siguientes revoluciones. De la misma forma, cada una ha albergado a activistas, antagónicos y los infaltables espectadores. Dicho esto, Un peu avant minuit se asienta en un presente. Esta es la historia de Léo (Melvil Poupaud), un espectador. Acaba de morir un padre a quien nunca conoció, lo que lo obliga a abandonar por unos días la provincia francesa en donde vive para viajar a Italia y recibir una posible herencia. Antes, hace un alto en París, la ciudad que dejó muchos años atrás. Los tiempos han cambiado. ¿Él ha cambiado? O, sería mejor preguntar: ¿este personaje es consciente de lo que hizo, fue o representó en su pasado?

Pienso ahora en películas como 8 ½ (Federico Fellini, 1963), La strategia del ragno (Bernardo Bertolucci, 1970), Caro diario (Nanni Moretti, 1993) o La grande belleza (Paolo Sorrentino, 2013). Toda una tradición de películas italianas en donde protagonistas hacen retrospectiva de sus vidas. Es una reflexión efecto de la vejez, la inminente decadencia de una escena “gloriosa” o el rechazo hacia una época que por mucho que no se desee forma parte de uno. A partir de este marco es que puede esclarecerse aún más la búsqueda de Pariser. Léo, allá por la década del 70, fue parte de una revista de intelectuales. Uno por instinto histórico se imagina a la generación del 68, jóvenes que lucharon bajo la consigna: prohibido prohibir. El asunto es que, en el presente, la generación del #MeToo los recuerda más bien como una legión de misóginos, personas que aprovecharon su seudointelectualidad para acostarse con chicas, normalizar el acoso, la violación, la no responsabilidad afectiva, así como la negligencia paternal. Se podría decir que Léo es un vestigio de ello, y no necesariamente en un sentido de que siga arrastrando añejas mañas, sino porque fue parte de ello. Entonces tenemos a este personaje que hace una parada a Paris para visitar a los amigos y su paseo, en lugar de ser ocasión para “recordar viejos tiempos”, románticamente hablando, se convertirá en una suerte de juicio itinerante.

Lo que más me suscita curiosidad de esta película es la personalidad de Léo. Sucede que aquí vemos a un hombre que, a medida que transita o se encuentra con alguien, distintas generaciones parecen recordarle los errores del pasado. Ojo, y no hablamos exclusivamente de “sus” errores, sino los de su generación. Ahora, en parte, es un desquite hacia su persona, pero es sobre todo una retroalimentación hacia toda esa tradición de comportamientos patriarcales que reconocieron un freno tras la ola de denuncias a tanto sexismo en su versión más pueril. Léo, en tanto, parece pasivo ante esos descargos. Es más, luego de la primera manifestación, es como si se sintiera en la necesidad de buscar o experimentar más de eso. ¿Tratamos con una real conciencia autocrítica o pura vanidad por querer buscar el perdón o la redención? Uno de los mejores mensajes de esta película es para cuando el protagonista consulta a una de sus antiguas amantes si la hizo sentir mal en algún momento. Esta parece responder: “Lo mío es lo mío, lo tuyo es lo tuyo”. Es decir, cuando pensábamos que estábamos ante un hombre que dentro de lo contado parecía lo más decente de su generación, lo ponen al descubierto como alguien que todavía cree ser el centro de todo. Es el ego de una vieja intelectualidad masculina francesa que todavía se remueve en su conciencia o sus entrañas. Y así se la pasa Léo, siendo juzgado por distintas mujeres, hombres e incluso ficciones —a propósito del rodaje a una secuencia que se inspira en él— y él escuchando con poca queja.

Nicolas Pariser nos plantea a un personaje que parece tener más deseo de aceptar que de contradecir. Y esto deviene a cierto ánimo de conformismo, derrotismo y hasta cansancio, más allá del querer recomponerse moralmente hablando. No olvidemos que estamos tratando con un sujeto que está de salida. El típico burgués que solo espera a desaparecer, consciente de que su época no solo ya no existe, sino que además no caminó de manera correcta. Es como el aristócrata durante la Revolución francesa que le tocó agachar la cabeza cada que veía cómo la de sus compañeros rodaban en la plaza pública. Me gusta que Un peu avant minuit no sea la típica historia de un hombre que se convierte en aliado de una revolución. Decide atender a un sujeto real o cotidiano. A propósito, aquí la revolución del #MeToo parece haber cumplido su temporada y ahora se acerca una nueva revolución. La película se pasará hablando de una purga machista, sin embargo, el trasfondo nos describe a una Paris alerta al ascenso de la ultraderecha. La represión pisa los talones de jóvenes activistas, pero estos no se amilanan y atacan por distintos flancos. Esta es una película que también hace relato sobre una revolución en tránsito, defensores de la igualdad siguen ahí, solo que esta vez la causa se orienta a un nuevo terror que invade Paris, Europa, el resto del mundo. Mientras tanto, los que deciden no cambiar o tomar acción, serán los eternos espectadores, al menos hasta lo duren.

martes, 8 de septiembre de 2026

Venezia 83: Salón de belleza (Giornate Degli Autori)

Una adaptación que hubiese dialogado a la perfección durante la temporada pospandémica. La actriz mexicana Nathalia Acevedo realiza una ópera prima inspirada en la novela más celebrada del escritor de culto Mario Bellatin. Salón de belleza (2026) es un relato en primera persona de un maduro homosexual a cargo de un espacio improvisado que acoge a una serie de personas infectadas con un fatal virus. Esta es una película que retrata un escenario realista, sucio y decadente, aunque contemplado desde un punto de vista onírico, melancólico y que nos refiere a una alegoría exótica. Capaz eso último sea lo más curioso y ambiguo de la película. Aquí vemos cómo el protagonista intercala la vigilancia de enfermos con su afición por la crianza de peces. Ahora, si bien reconocemos al personaje principal como el único cuidador de una comunidad de enfermos desterrados por la sociedad, esto no necesariamente pinta al celador como el último vestigio de decencia y amor en ese perímetro de tierra. De hecho, en todo el transcurso de la película no dejamos de preguntarnos por la verdadera naturaleza moral de este hombre. ¿Es acaso héroe o solo reciclador? De pronto, el experimentar con la recolección de peces que se reproducen y luego mueren dentro de su pecera de la forma más extraña y visceral no dista de su experiencia como observador de los últimos días de un grupo de condenados.

Salón de belleza describe a un personaje que, si bien reconoce la belleza de las especies, reacciona con frialdad al destino de estas, sean peces o personas. Y la muerte no es tanto lo que inquieta, sino el trayecto con que viene esta. Acevedo describe un entorno de pesadilla. La “pecera” terrenal a la que llegan los desahuciados equivale a un hospital en las peores condiciones. Ahí no existe tratamiento, solo esperar a que la inmunidad deje de hacer su trabajo, lo que no es repentino, sino progresivo. Lo mismo pasa con los peces. ¿Por qué se devoran entre sí? ¿Es que la especie humana también no hace lo mismo para sobrevivir? Entonces el encanto de los seres acuáticos se desvanece y se alinean a ser una comunidad cruel más. Por eso al vigía no le perturba ver cómo traen a los contagiados como si estos se tratasen de un desmonte. Sabe que son un deshecho social, y él también. Salón de belleza tiene una conciencia pesimista digerida. Es algo así como desactivar tu alarma moral a fin de mantenerte cuerdo. Es una medida desesperada, aunque negligente, en tiempos trágicos como la Pandemia del COVID-19 o la ola del SIDA allá por los 80. A propósito, esta es una película atemporal. No existe una clara idea de dónde o en qué tiempo estamos. La locación de esta historia podría acontecer en cualquier parte o momento del mundo en que la pobreza, el abandono y otros gestos deshumanos imperaron.

lunes, 7 de septiembre de 2026

Venezia 83: I figli della scimmia (Orizzonti)

Una ópera prima que devela con honestidad una intimidad. Desde su primer plano, el director Tommaso Landucci delata el drama silencioso de un padre. Dario (Riccardo Scamarcio) es descrito en varios instantes como una presencia entre ausente y dolida. Su postura y gestualidad perpleja y contrita se repetirá una y otra vez en el transcurso de la historia de este hombre que se autopercibe como un condenado a vivir una paternidad escindida. Tras ese plano introducción, I figli della scimmia (2026) parece nos descubrirá el estado crítico que podría provocar la crianza a un hijo dependiente efecto de su discapacidad. Pero no es así. Aquí vemos a una pareja actuando con disciplina. Papá y mamá son como una máquina funcionando a la perfección, siempre atentos y empáticos a las complicaciones o imprevistos que podría demandar el menor. Estamos hablando también de una familia que cuenta con una estabilidad financiera más que segura. Y es que la disciplina también parece extenderse en plano laboral. Dario forma parte de la empresa familiar a cargo de inspecciones que acondicionan un ámbito de trabajo seguro. El negocio es muy fructífero. Es un panorama en equilibrio. El asunto es que todo ello se irá desnivelando para cuando el protagonista comience a abrazar la ilusión de obtener “eso” que le falta para completar su fantasía paternal, el de la interacción que su hijo inválido no puede darle.

La película entonces descubre la historia del tío Dario, quien comienza a cruzar sigilosamente una frontera que capaz no sería discutible si tan solo no hubiésemos sido conscientes de esa insatisfacción que grita para sus adentros. Pasa que el adulto empieza a relacionarse más con su sobrino adolescente. Es normal y hasta ejemplar; sin embargo, su antecedente predice una intención alarmante. Es por ello no nos sorprende verlo luego más satisfecho y comprometido con el hijo ajeno que con su propio niño, con quien no puede hablar de motos o chicas. Dario encuentra en el hijo de su hermano mayor ese complemento que no reconoce en su primogénito. Es mediante esta carencia personal y, en cierta perspectiva, aspiración egoísta que se desata el drama, pero que además descubre otras negligencias que estaban pasando desapercibidas. I figli della scimmia si bien inicia concentrándose en el conflicto de un padre, para la mitad de su historia veremos cómo esa misma problemática se extiende a otros padres al punto de que se hablará después del legado de una paternidad a medias. Ya no solo hablamos de Dario y su relación con su hijo discapacitado, sino del hermano de Darío con su propio hijo, o la relación que tuvieron los dos hermanos respecto a su padre. Esta película, sin necesidad de apelar por el drama gratuito o sensiblero, se las ingenia para que sus promotores encaren esa constante en vía de crear un cambio. Tommaso Landucci realiza una historia familiar aparentemente perfecta y próspera, pero que como muchas ha sido incapaz de atender a lo esencial. En cierta forma, es una reflexión en donde gente debe de frenar sus fantasías sociales, sea laborales o paternales, para encontrar el real equilibrio.

viernes, 4 de septiembre de 2026

Venezia 83: House of the Wind (Orizzonti)

Pienso en el cine de Hirokazu Koreeda, específicamente, en Still Walking (2008) y After the Storm (2016), películas en donde se avistan comunidades habitadas únicamente por ancianos. Espacios no necesariamente retirados, pero sí baldíos de juventud. No falta el plano a un ámbito recreativo algún día visitado por niños, en el presente cubierto de tierra. Koreeda es un director muy sensible a los detalles que dan seña del desamparo hacia los más frágiles de la sociedad. Si no se preocupa por la infancia, el japonés se pregunta por la vejez. En tanto, qué hace el adulto promedio para asistirlos. House of the Wind (2026), ópera prima del camerunés Auguste Bernard Kouemo Yanghu, simula misma interrogante desde Yaundé, capital del país africano en cuestión. Aquí vemos la historia de una madre que vive sola. Mientras inspecciona la construcción de un nuevo hogar financiado por uno de sus hijos, la mujer espera con ansias el día en que el nuevo domicilio esté finalizado para que así todos sus hijos puedan retornar del extranjero. Sabemos que no será así, y de hecho la historia no convierte esa espera en el único conflicto, sino que introduce a una extraña para alimentar el vacío maternal de la protagonista. House of the Wind es un relato, por un lado, compasivo y, por otro, sensato. Asiste a una solitaria madre, pero también le arrebata.

Kouemo Yanghu pueda que tenga todas las intenciones de querer sembrar la esperanza del retorno o encoger la brecha de distanciamiento mediante la asistencia a las herramientas de comunicación digital, sin embargo, su punto de vista, aferrado a un carácter realista, lo obliga a ser nihilista o hasta fatalista. La película inicia con un debate universal: las redes sociales, ¿es realidad o pura simulación? Más adelante, mientras la madre corre para cancelar un último pago a los albañiles de su nueva casa familiar, se anuncia la muerte de un anciano del barrio. “Vivía solo en esa tremenda casa”; dice alguien. ¿Es acaso un vaticinio? Algo similar también sucede en After the Storm; nadie se había percatado del deceso de una anciana hasta que comenzó a invadir un oler feo a la casa vecina. Sea Japón o Camerún, es cotidiana la realidad de ancianos varados en comunidades en donde los más jóvenes han huido, sea a las grandes ciudades o a otros continentes. El drama familiar de alguna manera se asocia a un drama social. Caso en un país africano, el acto de partir o migrar se convierte a veces en una necesidad de sobrevivencia, lo que hace aún más complejo definir una negligencia. House of the Wind describe a una generación joven que está generando desde el extranjero, pero también a una generación anciana afectada, conformada con los videollamadas o el levantamiento de casas que más pertenecen al viento que a sus dueños.

lunes, 10 de agosto de 2026

30 Festival de Lima: Aquella sombra desvanecía (Competencia Peruana)

La zona árida de la ciudad Piura es marco simbólico del estado anímico de los protagonistas de la ópera prima de Samuel Urbina. Madre e hijo se preparan para una despedida. El más joven migrará a Lima finalizada la universidad, y es esa decisión próxima para cumplirse la que alimenta el clima de incertidumbre y congoja entre los personajes. Si bien Aquella sombra desvanecía (2025) invoca un drama familiar estimulado por el tema de la migración, la dirección no opta por una argumentación que apela al drama gratuito o el debate efecto del desplazamiento. En su lugar, Urbina se apoya de la cotidianidad para crear emociones y reflexiones entorno a lo señalado. Estamos ante una película que se alimenta de las referencias que nacen de las circunstancias o del mismo escenario a fin de bosquejar el drama. De pronto, la declamación de un poema o un circo itinerante ausente en un desierto tienen más valor que el sufrimiento verbalizado de sus protagonistas, el mismo que, ciertamente, está contenido. Estamos tratando pues con dos personas que toman como acto de protección emocional el escatimar sus sentimientos respecto a lo que está pasando o está por suceder.

Aprovechando el tema de la migración en Aquella sombra desvanecía, pienso en Wiñaypacha (2017) o Samichay (2020). Estas películas también describen historias de padres sufriendo por los hijos ante el acto de abandonar el terruño. Adicionalmente, en sendas, se expresa un dolor asociado a la decadencia de las tradiciones, la crisis de la tierra y sus recursos. Esa última demanda pierde sentido en una escena como la piurana. Desde su punto de vista, la película de Urbina describe un lugar en donde el migrar únicamente responde a las limitaciones de la propiedad que generaciones concientizan en contraste al fulgor fantasioso que emite una idealizada Lima. El joven protagonista de la historia no deja de abrazar el mito de la capital; en tanto, la madre como el mismo aspecto de la ciudad no tienen argumentos suficientes para reducir los ánimos de migración. A propósito de eso, Samuel Urbina no solo toma sus referencias subjetivas para evacuar el dolor de los personajes, sino que también acude a esas para traer una suerte de consuelo. El mismo análisis semántico del título de la película expuesto a lo largo del relato manifiesta el partir como acto natural y no como hecho que, por ejemplo, atenta contra las tradiciones. Aquella sombra desvanecía es una historia que acepta o digiere el acto migratorio desde la premisa de que la humanidad es espacialmente inconstante. Su consciente es más universal.

30 Festival de Lima: El coloquio de los pájaros (Latinoamericana Documental)

La directora Sofía Velázquez realiza una búsqueda y en el camino va haciendo referencia a “El coloquio de los pájaros”. Este clásico poema espiritual escrito por Farid al-Din Attar narra la historia de un grupo de pájaros que decide ir al encuentro de su gran líder ante la vista de un mundo en caos. Hallar a su Rey implica una serie de sacrificios, desde exiliarse del terreno mundano hasta hacer una purga de los pensamientos que refieren a ese mismo escenario. Es un viaje externo que se convierte en un viaje interior. “El coloquio de los pájaros” es la alegoría por excelencia del sufísmo o la filosofía de la búsqueda de la máxima sabiduría para el islamismo, una historia que indica que no todos logramos alcanzar ese estado de iluminación o el divorciarse con el “yo” y lo mundano. Es mediante este antecedente literario que el documental El coloquio de los pájaros (2026) encuentra inspiración en su viaje. Velázquez intenta seguir las huellas de un desarticulado grupo de anarcos peruanos actualmente en estado clandestino. Para ello, describe un derrotero que se eleva a lo místico, a lo incierto, una suerte de tanteo a una agrupación que capaz sea imposible dar con su paradero, pero que la directora ejecuta por efecto de un compromiso personal.

Velázquez emula una similar cruzada que realizaron los pájaros protagonistas del célebre poema persa. ¿Es que su búsqueda también se tornará una exploración interna? Es así. La directora representa un desplazamiento por caminos, pueblos, tierras alejadas de la civilización; mientras tanto, recuerda al grupo político, sus credenciales, sus reuniones, la camaradería, su militancia, pero también la vez en que la bandada tuvo que separarse ante el peligro de las represalias. Entonces los pájaros reconocieron un mundo en crisis. Era momento de partir a encontrar la “iluminación”, la real independencia frente a las normativas estatales que su filosofía cuestionó. El coloquio de los pájaros no es un documental sobre la búsqueda de un encuentro físico, sino la reflexión de los antecedentes, la memoria, la esencia desapegada a la imposición pública para encontrar el sentido de una política. Esta es una película que, a la línea de su guía espiritual, se motiva por el reconocimiento de una filosofía de vida que es reaccionaria o revolucionaria a una realidad que contempla como caótica. Sofía Velázquez hace un tributo a los personajes que, hasta cierto punto de su experiencia, para cuando todo parecía perdido, decidieron aspirar al reto de buscar a su Rey y terminaron reconociéndose a sí mismos; alcanzaron independizarse del yo y el ego.

30 Festival de Lima: Donde duermen los sueños (Competencia Peruana)

En la ópera prima de Daniel Riglós, la realidad y la ficción se confunden ante la negación de un estado real. Donde duermen los sueños (2026) está entre la orilla del melodrama y el drama de superación, y representado además de una forma no tradicional. Una pareja sufre un accidente automovilístico. Lo siguiente que veremos son las secuelas del trauma físico y emocional, pero sobre todo la lucha entre el permanecer en el antes o dar paso a un brutal cambio. Es un trayecto que mantiene a sus protagonistas en un limbo, una deriva en gran medida representada en un terreno onírico. Incluso lo que capaz aparenta ser palpable, se delata como engañoso. Aquí vemos a personajes que a cada aproximación de lo que ellos reconocen como lo normal, este se desvanece. Riglós condena a sus personajes a un confinamiento. En cierta perspectiva, ellos experimentarán una suerte de sufrimiento constante fruto de sus propios recuerdos; en tanto, está en manos de esta pareja lograr escapar de esa condena. A propósito de ello y la confusión temporal que es característica, la película por momentos me recuerda a los relatos sobre bucles temporales. De igual manera, los personajes de Donde duermen los sueños tienen que repetir traumas, sesiones, diálogos, diversas memorias a fin de hacer “eso” que se resisten a no cambiar, y lo que de paso los liberará de su condición de cautivos. Muy a pesar, lograr ello si bien implica una recompensa que les traerá devuelva a su capacidad de ser, Daniel Riglós no pasa por alto una conclusión indesligable. Hablando en términos de los arquetipos literarios: el viaje de todo héroe siempre implica experimentar y, por lo tanto, cohabitar con un dolor y pérdida a fin de alcanzar su crecimiento personal.


jueves, 6 de agosto de 2026

30 Festival de Lima: Donde nacen las sombras (Competencia Peruana)

Un documental sostenido por la búsqueda permanente. Aquí vemos a una directora y protagonista hurgando sentimientos respecto a la maternidad a partir de referentes específicos. Violeta Rodríguez Ríos inicia su película evocando la ambivalencia afectiva que reconoce de su relación con su madre. Si bien Donde nacen las sombras (2026) tiene como motivación el descubrir su frustrante experiencia de la maternidad, a propósito de un parto traumático y su sentir como madre soltera, la directora toma como punto de partida un vínculo familiar capaz con intención de anticipar la raíz del problema. ¿Es acaso la áspera relación entre madre e hija el efecto de lo que Violeta vive como madre o es que solo la hija heredó una frustración maternal percibido en la madre? Estas posibilidades comenzarán a reorientarse para cuando la protagonista se refiera al tiempo durante su proceso de dar a luz. ¿Es que la herencia de una maternidad frustrada es provocada por el maltrato clínico? ¿Todas las madres con condiciones precarias han pasado por eso? En tanto, ¿todas ellas son maternidades frustradas? Es a partir de la experiencia, tanto privada como pública, que Rodríguez Ríos va ampliando y complejizando la naturaleza de la frustración maternal, pero que se conecta específicamente al círculo que pertenece.

La escultora María será ese otro referente para la directora a fin de encontrar respuestas desde las coincidencias. Entonces, por un lado, tenemos a la madre que conoció toda la vida y, por otro, a la amiga que conoció a partir de un colectivo de madres solteras. Es a partir de estos dos modelos que Rodríguez Ríos no solo encontrará un entendimiento a su experiencia maternal, sino que también definirá su modelo de maternidad a seguir. Donde nacen las sombras es el reconocimiento a una maternidad desmotivadora y otra inspiracional. Vemos así a Violeta no queriendo ser como la madre y, en su lugar, encontrando inspiración en la maternidad que vive María. Esto podría entenderse desde el acercamiento variante de la directora/entrevistadora. Ante la madre, Violeta parece exigir, arrancarle las respuestas o emociones; ante María, Violeta se convierte en escuchante, se exige más a la contemplación. En una invade la frontera del sujeto de estudio, en la otra se pone límites. Ahora, no se tome ello como un desacierto de ejecución, sino como el descubrimiento honesto de una protagonista desorientada, demandando recomponerse ante su frustración en pleno desarrollo de su maternidad. Hay una consciencia del orientarse siendo madre, pero también artista. Y eso es importante subrayar: Violeta Rodríguez Ríos no pretende generalizar la experiencia maternal, sino que atiende a una maternidad personal y específica que coincide en algunas otras.

martes, 4 de agosto de 2026

30 Festival de Lima: La noche está marchándose ya (Latinoamericana Ficción)

Divertida agonía es la ópera prima de Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini. Aquí tenemos un retrato cálido y humano a propósito de una temporada crítica e insensible que responde a la coyuntura argentina. Se dice que en tiempos ásperos hasta el gesto de amor más humilde soslaya. Esto pasa en esta película sobre desempleados y otros resistiendo a no perder un trabajo dentro de un estado de inseguridad laboral. Pelu (Octavio Bertone) pierde su puesto como proyeccionista en el cineclub municipal, así que acepta el nuevo puesto como vigilante nocturno del lugar a fin de tener algo de dinero para pagar un piso compartido. La noche está marchándose ya (2025) pone a interactuar una arquitectura decadente con un protagonista también en situación decadente. Sucede que se escuchan rumores de un cierre “temporal” del lugar como medida de un recorte presupuestal. Es decir, se acercan los últimos días de proyecciones de películas antiguas que pocos ven, así como los últimos días de Pelu teniendo una paga. Espacio y sujeto no solo se ven afectados por la crisis económica generalizada, sino que además se los reconoce como esa primera línea de sacrificio público. El asunto es que Salinas y Sonzini deciden poner en segundo plano ese vaticinio intimidatorio y ponen en primero una rutina que mezcla el consumo del cine y el desapego a la realidad. En otras palabras, su protagonista, así como algunos otros personajes, optarán por entregarse a sus fantasías al margen de la crisis.

La labor de Pelu podría describirse como el sueño de un cinéfilo o incluso la utopía realizada de una generación perezosa o hasta oportunista. El tipo en sus horas de trabajo se la pasa de lo lindo. Pero lo curioso de todo es que el protagonista parece no ser consciente de eso que el espectador sí: una paga menesterosa, el riesgo de que pueda perder el empleo por su negligencia en horas laborales como por decreto municipal —que bien advertido lo tenía—. A Pelu le dicen “podés terminar en la calle”, sin embargo, eso no le quita el sueño o lo reprime a tomarse una birra de a gratis. Ahora, hay algo significativo que, podríamos decir, hace contrapeso a su condición de gandul. El tipo comienza a tener solidaridad para con otros, sea los que la están pasando peor que él o incluso mejor. Dicho esto, vemos a Pelu compartiendo sus “beneficios” provisionales y autoasignados. Ahora, no es que decide arriesgar lo que tiene por otros, ya que el tipo es un total inconsciente. Es el acto de consumir o distribuir lo que él reconoce como algo que es de todos porque es público —y, en teoría, lo es—. La noche está marchándose ya pueda interpretarse como la historia de un sujeto que parece tomar por sí mismo una retribución o deuda que el Estado le debe. Pelu, hasta cierto punto, no se comporta más como un empleado, sino como un inquilino al que le asignaron habitar en un patrimonio que está a punto de desaparecer o clausurarse. No es falta o crimen si lo tomas como una compensación. Digo, estamos en un escenario donde el cinismo es necesario para subsistir.

A propósito de gestos de humanidad y cinismo en tiempos de crisis generalizada, se me viene a la mente el neorrealismo italiano. Salinas y Sonzini parecen emular ese contraste provocado por los actos de sobrevivencia en tiempos de la posguerra. Pelu y el resto sobreviven como pueden, y si hay que ser “hábil” o poco recatados para ello, pues adelante. Todo vale mientras tengas qué comer y dónde dormir. Y, ciertamente, en ese camino pueda que se fabrique un rastro de romantización hacia la escasez y la pobreza, pero no olvidemos que eso son solo fantasías o mecanismos de defensa definidos por los personajes ante los tiempos en donde nada es seguro y las cosas se pueden poner peor. En extensión, ahora recuerdo los musicales y las comedias sofisticadas en tiempos de la crisis económica en EE. UU. El cine siempre al rescate de una sociedad desmoralizada, presto a repartir esperanzas y mensajes de aliento desde la ficción. He ahí el argumento más estimulante que también explota esta película argentina, porque la significancia de un cineclub tradicional, así como las películas que Pelu y sus amigos van viendo, son una suerte de terapia ante la precariedad de su situación. En efecto, la ficción repele o contiene a la realidad, muy a pesar, no deja de ser escuela para saber confrontar a la realidad misma desde la historia de héroes ficticios. Los personajes de La noche está marchándose ya asisten a las películas o la ficción para olvidar sus problemas, para ponerse a salvo; en tanto, ellos mismos, mediante sus actos despreocupados, se convierten en ficción, fantasía, falsedad o contradicción dentro de su propia realidad en crisis.

Tiene más sentido aún este argumento si prestamos atención a las acciones que se descubren en la sala de cine. Pelu y sus amigos, en una de sus tantas proyecciones privadas, comienzan a remedar una acción que ven en la pantalla. Ellos deciden replicar la ficción desde su representación. Se convierten en cine. Luego, la amiga de Pelu solicita la luz de una proyección para crear una luz extra para cuando vaya a hacer su contenido en vivo. Acto seguido, vemos a una joven representando un rol con ayuda del escenario y el clima del cine. En tanto, la mirada voyerista de Pelu desde la ventanilla de proyección no hace más que reforzar de que la chica es ficción y que Pelu es su espectador. Está también el nuevo “piso” de Pelu ubicado detrás del ecrán. Podríamos decir que su realidad se enmarca en la pantalla, literalmente. Por último, en el escenario donde está el ecrán, un conducto secreto —oscuro como una sala en penumbra iluminada por un halo de luz— nos conduce a la ciudad o la realidad. Glorioso será el instante cuando emerja del conducto secreto —que es el escenario con un ecrán invisible— una legión de personas que llegan de la calle o la realidad. Es el realismo social ingresando o asaltando por una puerta falsa ese espacio público o ficticio que creen les pertenece o han comenzado a representar a fuerza de la necesidad. La noche está marchándose ya es una película muy dramática y deprimente, sin embargo, a causa del filtro ficticio que siempre el arte del entretenimiento ha refractado incluso en los momentos más difíciles, es que se digiere como una comedia, una farsa optimista como la que gobiernos representan ante una sociedad a partir de sus discursos y planes embusteros.

lunes, 3 de agosto de 2026

30 Festival de Lima: Hiedra (Latinoamericana Ficción)

Una película que sabe retener la expectativa, incluso para cuando libera un dato que revoluciona el sentido de una acción o comportamiento. En la nueva película de la ecuatoriana Ana Cristina Barragán, vemos a una mujer ataviada de misterio y capaz de una actitud sospechosa. Azucena (Simone Bucio) es una joven que lleva una vida sin mucho estímulo o pretensiones, pero, adicionalmente, se desplaza por un lugar que no es su lugar. Ella comenzará a inquietarnos ante su deseo por observar y luego querer filtrarse a un grupo de amigos adolescentes provenientes de un orfanato. Al igual que sus anteriores películas, Hiedra (2025) está maquillada por un ambiente lacónico y de aire enfermizo, y que no es más que la mascarada de una agonía silente y muy reservada. La nueva protagonista de Barragán es una mujer que, dentro de su territorio, todo lo que venga de ella pasaría desapercibido, sin embargo, ciertas hipótesis comienzan a elevarse cuando comienza a entrar en la vida de unos huérfanos. Hay un sentimiento de intromisión y hasta invasión que, obviamente, los jóvenes no son capaces de concientizar. Ese es el primer enganche con la trama. ¿Por qué hace eso Azucena? ¿Qué quiere? Si se es muy atento a los detalles de su intimidad, podría anticiparse parte de la razón; muy a pesar, no deja de identificarse como un giro de trama lo que se prepara para casi la mitad del relato.


Hiedra entonces transita de la mala espina a lo dramático. No es de extrañarse viniendo de Barragán, una directora inclinada a retratar a personajes fracturados con una sensibilidad especial para depurar eso que las mantiene inquietas, tristes. En tanto, aquí también hay mucho de autorepresión y no por un efecto argumental, sino de personalidad. Azucena, luego de una revelación, no abandona del todo ese hermetismo que, ciertamente, parece haber contagiado al otro personaje importante para el drama. Ocurrido eso, para cuando las perspectivas y motivaciones se aclaren, Hiedra tomará un nuevo rumbo. Se convertirá así en una historia que busca la recuperación, la sanación. Ana Cristina Barragán, muy a pesar, no deja de reservar algo para sus personajes. En medio de un escenario simbólico, la directora no solo representará la volatilidad de un vínculo en proceso de construcción mediante una naturaleza en abullición, sino también a partir de la interacción entre los dos personajes que confunden el juego con la recriminación o el sentimiento de culpa, según sea correspondiente. La película podrá ser muy complaciente con esta reunión, pero no por eso quiere dejar en claro que un estallido emocional se acerca en la historia de estas dos personas. Por muy idílico que parezca el final de este caótico reencuentro, pueda que lo peor esté por venir.

30 Festival de Lima: Hangar rojo (Latinoamericana Ficción)

Un sórdido trayecto deberá experimentar el capitán Jorge Silva (Nicolás Zárate) para cuando su misión esté orientada por una orden que atenta plenamente a su moral. Hangar rojo (2026) está inspirada en la historia real del mencionado elemento de la Fuerza Aérea chilena, personaje que observó en primer plano la intempestiva y brutal ejecución inicial del golpe de Augusto Pinochet al gobierno de Salvador Allende. La ópera prima de Juan Pablo Sallato inicia horas previas al estallido; y, apenas se asome la primera sospecha del atentado, la película no dejará de minar la tensión y la angustia. Todo inicia con la instalación de Silva en su nuevo puesto como inspector de un cuartel de cadetes. Lo cierto es que él no se imagina que solo faltan horas para que ese mismo recinto a su cuidado se convierta en un paradero de torturas, en consecuencia, su tarea se verá modificada por efecto de obedecer a sus nuevos superiores. Esta es una película que describe lo siguiente: ¿qué pasa cuando a un hombre decente y fiel al órgano que representa se le pide que sea parte de algo indecente? Ahora, el relato no precisa de muchos argumentos para señalarnos que Silva cuenta con ambos valores —tomando en cuenta que estamos hablando de un órgano que está al servicio de la protección nacional y, por tanto, de los ciudadanos—, en tanto, solo cuenta con un antecedente, una acción pasada que lo pinta como hombre de confianza, pública como orgánicamente. Lo curioso es que ese mismo precedente lo convertirá en un posible enemigo para el régimen recién establecido.

Dicho esto, Hangar rojo extiende el estado de tensión a partir de la objetividad de los hechos y además efecto del antecedente de su protagonista. Por un lado, por el horror que desata el estado golpista militar en cuestión; por otro lado, porque Silva está en la mira de sus nuevos superiores. Ellos saben que el capitán es “contrario”. En razón a esto, tenemos la impresión de que a cada paso que da el protagonista, una pistola en la nuca lo persigue. Argumentalmente, Sallato fabrica una marcha pesada, la del hombre que capaz, consciente de su moral y su realidad nada favorable, está seguro de que tiene las horas contadas. Podríamos interpretar entonces sus acciones como un alargue a una tragedia inevitable que podría finalizar con su desaparición física a manos de sus nuevos jefes o enemigos. Pero, no suficiente con ello, la dirección adiciona el nerviosismo mediante un aporte ambiental. Más allá del blanco y negro, están las situaciones de silencio. Gran antesala al terror es una inspección a las inmediaciones baldías del cuartel a horas previas de la catástrofe. Importante es además el uso de un lente de distancia focal larga, así como el optar por un uso de la cámara en mano y el movimiento casi incesante de la misma. Pienso en una película como El hijo de Saúl (László Nemes, 2015), ambas películas pensadas para que sean contempladas desde el punto de vista de un protagonista que es testigo y partícipe a fuerza de las circunstancias de una matanza. Es como estar dentro de una pesadilla llena de verdugos y víctimas. 

jueves, 4 de junio de 2026

Tribeca 2026: Chicas tristes (International Narrative Competition)

A primera vista, esta es una película que puede ser subestimada. Si bien la ópera prima de la directora Fernanda Tovar aborda un tema ya revisado en distintos escenarios y expuesto a variados efectos y sensibilidades, su historia asume una serie de argumentos que la convierten en un caso atípico o simplemente poco concientizado a través del cine. Chicas tristes (2026) nos cuenta la historia de dos mejores amigas y talentosas nadadoras que dividen su rutina entre prepararse para un importante torneo y vivir su adolescencia a plenitud. Esto cambiará una noche de celebración de Año nuevo: una se convertirá en víctima de un abuso sexual y la otra confidente de ese terrible hecho. En primer aspecto, la representación fuera de campo de la perpetración del delito será elemental para el principio de este drama. Es muy curioso cómo la reacción de la víctima va evolucionando. Acá no vemos un colapso anímico inmediato. Capaz estemos tratando con un efecto retardado, una respuesta ligada a la personalidad de la agredida o la simple ignorancia de lo que pasó. Sospecho que es lo último, sin embargo, no deja de ser diversa su interpretación y, por lo tanto, es evidente su complejidad. Chicas tristes desde un principio nos recuerda que no existe una reacción definitiva o universal cuando se trata de una violencia que atenta lo físico y anímico.

Y la complejidad no termina ahí. Tovar se imagina también la posibilidad de lo siguiente: ¿y qué pasa si el agresor tampoco es consciente de su condición de agresor? Existe la posibilidad de que alguien haya cometido algo terrible y simplemente ignora que haya hecho algo mal. No se confunda esto con el cinismo. Veo Chicas tristes y pienso ahora en una generación que parcialmente no ha sido instruida ante ese tipo de actos. Es diferente que te hayan hablado al respecto y decides ignorarlo. Creo que esto no pasa aquí, al menos si pienso en la víctima y el victimario. Resultado de ello, Tovar crea un clima de desconcierto. El “qué pasó” queda chico. Hay un estado de turbación, confusión, una tentativa de ambigüedad que bien podría hacernos pensar que no ha habido delito. Todo eso se refuerza con el silencio que es primordial para enraizar el conflicto emocional. Pienso en Julie Keeps Quiet (2024), la historia de una tenista adolescente que no hace más mantenerse en silencio cuando una lluvia de acusaciones recae en un conocido suyo. ¿Ella es cómplice o víctima, o todo se trata de una falsa acusación? Cómo saberlo si el silencio frena el juicio anticipado. Claro que en Chicas tristes es distinto. La etapa silenciosa deviene de la digestión tardía de un hecho violento que se presentó a principio como decepción, luego malestar y así hasta evolucionar a su verdadero impacto. A pesar, ahí no termina la etapa del silencio.
Chicas tristes, curiosamente, no consta de un primer plano a la víctima y sus secuelas, sino que hace foco al punto de observación de la mejor amiga de la violentada. Es a propósito de este personaje de que tenemos una perspectiva distinta de esa misma generación. A diferencia de los implicados, estamos ante el retrato de una adolescente que sí es consciente de los límites entre una relación sexual consensuada y la que no lo es. En consecuencia, vemos un conflicto aparte del de la víctima. ¿Cómo ayudar a alguien que se halla en un estado de profunda vergüenza? ¿Cómo instruir a alguien que está en su derecho de denunciar? Es un derrotero frustrante el que va reconociendo la confidente, pues no solo se trata de lo difícil que es persuadir a su amiga, sino de la imposibilidad de encontrar soporte que la aconseje con empatía o incluso generar remordimiento en un agresor que no tiene absoluta sospecha de su condición como tal. En cierta perspectiva, hay un aliento de pesimismo en el final de Chicas tristes. Fernanda Tovar plantea una realidad en donde las cosas simplemente tienen que sobrellevarse. Es un cierre impotente, pero, a fin de cuentas, es lo que es cuando el mundo adulto e instructor permanezca entre ausente y negligente.

miércoles, 20 de mayo de 2026

Cannes 2026: 9 Temples to Heaven (Quinzaine des cinéastes)

No es una influencia generalizada al cine de Apichatpong Weerasethakul, sino el mismo imaginario de Tailandia el que estimula a la nueva generación de cineastas de esa nación a dialogar en torno a tópicos específicos y constantes. 9 Temples to Heaven (2026), ópera prima de ficción de Sompot Chidgasornpongse, nos cuenta la historia de un hombre orientado por la premonición de su jefe a llevar a su enferma madre a un tradicional recorrido de 9 templos budistas en un solo día a fin de invocar el buen karma. Son varios los contextos a puntualizar en esta sola premisa. Lo más resaltante es el encuentro entre la fe hacia lo místico —el de los sueños y las profecías— y al ritual budista o religioso. Tailandia es una de esas sociedades en donde se preserva un equilibrio de rutinas de pensamientos. Es decir, es muy normal que varios de sus ciudadanos se inclinen a creencias que bien pudiera contradecir su fe hacia una u otra. Ahora, en cierta perspectiva, esto podría definir al tailandés promedio como una persona mentalmente abierta, en tanto, expuesta a una sabiduría más amplia fruto de un pensamiento espiritual progresista al no marginar, discriminar o cuestionar alguna, y sacar lo mejor de cada una. El asunto es que Chidgasornpongse, a propósito de un viaje familiar/espiritual, es que no deja de obligarnos a atender ciertos actos fallidos que bien debilitan el principio de toda familia/fe.

Entonces, esta es la historia de una familia que decide hacer un largo trayecto con varias paradas con el fin de que la matriarca mejore. 9 Temples to Heaven es una road movie a la línea de películas como Little Miss Sunshine (2006) o la reciente On ira (2025). En todos los casos, familias se desplazan y (a fuerza) rescatan un contacto, reestablecen el vínculo e intercambian recuerdos familiares y detalles personales. Caso con On ira, la película de Chidgasornpongse reconoce el común adicional de la matriarca enferma. En cierta forma, ese viaje, capaz sea el último para ella y estando todos juntos. Por consiguiente, para algunos de los personajes, ese recorrido es digerido como una comparsa lúgubre o una introducción a esta. Los momentos familiares durante la ruta asumen un peso melancólico. Chidgasornpongse decide subrayar esos instantes a partir de la caída de la noche, los silencios y momentos de meditación que nacen de manera sorpresiva e involuntaria. Son las secuencias que más nos recuerdan al cine de Weerasethakul, situaciones casi existenciales solo que sin la presencia de ánimas o momentos fantasmagóricos. ¿Pero qué hay con el resto de los instantes? Y ahí viene el carácter ambiguo que carga esta familia. 9 Temples to Heaven es también el retrato de una familia que decide seguir este ritual que sabe a una práctica exenta de fe o seriedad. Atención a los momentos de rezos en los templos, en donde los personajes lucen entre distraídos o descolocados. Unos olvidándose de las prácticas budistas o simplemente confiesan se han jubilado de esas creencias desde hace mucho. El asunto es que lo retoman para que la mamá/abuela sane.
Chidgasornpongse mira un escenario en donde el budismo, el recorrido de los 9 templos, así como las reuniones familiares parecen ya no ser las mismas de antes. Existe pues una crisis de fe como de las relaciones familiares. Muy a pesar, esto no significa que habrá una pugna o cuestionamiento al respecto, algo que sí se define en Little Miss Sunshine sobre padres obligando a sus hijos seguir ciertas pautas y en respuesta los hijos cuestionando el proceder —también ambiguo o hasta hipócrita— de los mayores. En 9 Temples to Heaven, vemos a padres molestos con los pensamientos o procederes de los hijos, sin embargo, esto no se eleva a un serio conflicto. Es como si la brecha familiar estuviera normalizada. Eso mismo pasa con la brecha de la fe o creencias. Chidgasornpongse observa cómo se ha perdido algo y al parecer no hay una conciencia o estímulo por recobrarlo. Es significativo por eso el desanimo de la más anciana de la familia. La abuela, siendo su condición un motivo para la reunión familiar o el rescate de la fe, es la que menos tiene deseos de viajar. Es como si los que inculcaron esas tradiciones o costumbres ya se encuentran agotados y solo aguardan a la consumación. 9 Temples to Heaven es una película muy interesante si nos ponemos a pensar brevemente en la diferencia entre las intenciones y los hechos de cada personaje o generación. Sompot Chidgasornpongse realiza un drama que sutilmente extraña eso que en un tiempo se hacía no por necesidad sino por deseo o fe.