Los tópicos adoptados por la ópera prima de Juan Sebastián Torales me recuerdan a otra ópera prima argentina. En Matar a la bestia (2021), de Agustina San Martín, tenemos a una comunidad de desterrados, espacio en donde una bestia ha comenzado a exterminar a sus mujeres, criatura que según se cuenta en algún momento fue otro humano víctima de la deportación a causa de las faltas cometidas en el espacio público. Almamula (2023) tiene mismas características, aunque su realidad es distinta. En su historia, Nino (Nicolás Díaz) y su familia se verán obligados a migrar al campo luego de que el adolescente fuera condenado por su vecindario. Ya en el nuevo refugio, la familia se enterará de la reciente desaparición de un niño. Dicen algunos que ello fue obra de la “Almamula”, un ser que castiga a aquellos que se atrevieron a cometer actos sexuales impuros. Si en la película de San Martín los condenados tienen antecedentes de distintas clases, en la de Torales son los actos o impulsos puramente sexuales la razón de una reprobación social acondicionada por los valores cristianos. Esta es una película que se inspira de un ser ficticio cuya invención posee un trasfondo moral creado por un pensamiento cristiano que condena el incesto, además de otras perversiones. Lo cierto es que, en lugar de ser intimidado por dicha leyenda, el joven protagonista se sentirá atraído por ella.
miércoles, 22 de febrero de 2023
73 Berlinale: Almamula (Generation 14plus)
lunes, 13 de septiembre de 2021
TIFF 21: Matar a la bestia (Discovery)
En una zona de la frontera argentina, una bestia ha comenzado a asustar a las mujeres. Es consecuencia de dicha premisa que se me viene a la mente Muere, monstruo, muere (2018), película que también descubre a una comunidad de perfil excéntrico, lo que no hace más que alentar el aire de misterio que envuelve al escenario. Muy a pesar de esas coincidencias, estos filmes argentinos optan por asumir una ruta distinta del otro. Mientras que la película de Alejandro Fadel se concentra estrictamente en alegorizar un terreno en donde la ejecución o complicidad de actos feminicidas parecen congénitos al género masculino, la ópera prima de Agustina San Martín se orienta a fabricar una alegoría de un exilio forzado. Matar a la bestia (2021) relata la historia de Emilia (Tamara Rocca), una adolescente que migra a un poblado ubicado entre la frontera de Argentina y Brasil en busca de su hermano. Así como en las western, la llegada de la forastera es el reconocimiento de un terreno inhóspito. Si bien no son desiertos los que rodean el área, es la frondosa selva la que limita y escatima a este pueblo de conexiones con el exterior. Es decir; estamos tratando con una zona fronteriza que, literalmente, está cercada y da avisos de ser una zona restringida.
Me pongo a pensar ahora en una película como Los silencios (2018), de Beatriz Seigner, en donde tenemos también el caso de una comunidad que es síntoma de la migración forzada, culpa de la violencia que padecen sociedades nativas obligadas a abandonar sus terrenos. La frontera, tanto en esa película como en la de San Martín, se traduce como un no lugar, una población que no existe en los mapas o en algún escrito oficial, una zona en donde los fantasmas han ido a parar. Sendos filmes comparten además ese gesto de personas recuperando el vínculo familiar o la memoria. La migración de Emilia no es tanto por un acto de exilio, sino un compromiso por retomar el contacto con su hermano que lleva tiempo en el “pueblo fantasma”. La película inicia con Emilia recordando un canto que su hermano dedicaba a ella y su hermana; lo que sigue es Emilia llegando al pueblo. Es la memoria la que nos mueve, nos saca de nuestro lugar natural a fin de curar el pasado o asistir a nuestros muertos. Es también un tránsito que implica cambios que podrían ser incómodos o pesarosos. Matar a la bestia se inicia con una narrativa convencional, pero es cuando Emilia reconoce la realidad de esta realidad ajena que esa narrativa se fractura, se torna densa, hay algunos flashbacks y una multitud de situaciones que lucen intrascendentes, pero que van dando forma a esa naturaleza que está al margen de lo normal.


