lunes, 23 de enero de 2017

Snowden

Así como en Citizenfour (2014), la nueva película de Oliver Stone se clasifica como un filme de espionaje, y no por las acciones de su protagonista principal, sino por los métodos que fueron aplicados por la NSA (Agencia de Seguridad Nacional de EEUU) –el verdadero espía en la trama–, delegación alterna de la CIA y espacio en donde Edward Snowden (Joseph Gordon-Levitt) laboró hasta el 2013, tiempo en que publicaría en complicidad con un conocido medio de prensa una serie de informes denunciando un sistema de vigilancia global. Snowden (2016) se establece en un momento en que se realizaba el mencionado documental, dirigido por Laura Poitras, el cual desarrollaba el encuentro clandestino entre el ex miembro de la CIA, la directora y dos periodistas de The Guardian en un hotel en Hong Kong. Si bien Stone reproduce ciertos momentos del filme de Poitras, recrea en gran parte varios de los testimonios de Snowden, desde su alistamiento posterior al 11 de setiembre hasta el lanzamiento oficial en el diario británico.
Al igual que en otras películas del veterano director –y, por qué no decirlo, de otros correspondientes a su generación–, la trama es una excusa para exponer una conciencia moral sujeta a una estructura clásica (dividido en el principio, el develamiento de una verdad, la resolución de la conciencia moral). Snowden es el tránsito del hombre comprometido con las políticas gubernamentales de su país al sujeto desencantado con estas mismas. Basta pensar en los dos personajes realizados por Charlie Sheen en Pelotón (1986) y Wall Street (1987) para entender que el personaje protagonizado por Gordon-Levitt va por esa misma senda de aprendizaje y descubrimiento. Snowden es una suerte de fábula en donde el hombre pierde una venda que lo antepone a una realidad alarmante. En adición, está su necesidad por resarcirse ante la sociedad, no solo correspondiente a su país, sino también la de otras naciones. Es de esta forma que se reluce el tema de la redención; otra constante del director.

viernes, 20 de enero de 2017

Curso Lenguaje e Interpretación del Cine

Están invitados al curso que estará a mi cargo en el local de El Paradero Cultural, a realizarse los sábados 4, 11, 18 y 25 de febrero. Este dictado intensivo tiene como meta desarrollar cuatro objetivos: bases del lenguaje audiovisual, Historia del cine, conceptos de géneros cinematográficos, fomentar la visión y el análisis crítico. Vale también mencionar que este curso abarcará al cine en sus distintas formas, épocas, géneros e industrias. Hasta entonces.

Sinopsis y programa del curso: http://bit.ly/2jd3L3F
Evento: http://bit.ly/2jH8AFg


La la land

El género musical durante la década de los años 50 es foco en la nueva película de Damien Chazelle. La la land (2016) si bien se inspira del esquema argumental de dicha época para montar su trama, por la mitad su historia se irá distanciando de aquellos referenciales para meterse de lleno a una atmósfera nostálgica, a propósito del ensimismamiento o el fracaso de sus personajes. Esto, naturalmente, no sucedía en los musicales de los 50. Dicho género, dentro del contexto de la posguerra en EEUU, fue una suerte de taburete emocional para el individuo común que comenzaba a aspirar dentro de una nación que iba camino a la bonanza. Era parte del plan del sueño americano. Menos eran las producciones en las que Fred Astaire formaba parte de un mundo sofisticado y, en su lugar, más fueron las películas en que Gene Kelly se convertía en padrino de simples asalariados a quienes la vida empezaba a sonreírle.
En La la land, los protagonistas principales están llenos de aspiraciones. Mientras que Mia (Emma Stone) sueña con convertirse en una reconocida actriz, Sebastian (Ryan Gosling) confía en que inaugurará su propio club de jazz. La situación inicial en ambos personajes luce entre sencilla hasta precaria, sin embargo, el conocerse abrirá paso a una realidad condescendiente. Es en esta temporada en que el musical toma su mayor protagonismo. Ellos cantan y bailan “a pesar”. Es la depuración de lo emocional convertido en letra o en pasos. Concretado el romance, y la fantasía puesta de lado, las cosas toman su orden, el baile se esfuma y la película no es más un homenaje a los 50. La la land es una comedia romántica que va camino al encaramiento de lo real, que es también decir que siempre fue un drama que en su principio tuvo algo de fantasía. Hay momentos en que uno se tapa los oídos y la película tranquilamente es un cuento triste ambientado por una iluminación opaca y espacios ensombrecidos. El color azul acota a ello, siendo este un color primario en su estética.

Pero existe también otro foco de interés, uno que también estuvo asociado a Whiplash (2014). El jazz es sin duda la firma personal de Chazelle, un melómano de dicho género, tanto en su anterior película como en La la land. Es a propósito de ello que se gesta esa confrontación entre lo clásico y lo renovado en su nuevo filme. Como en la trama de Cantando bajo la lluvia (1952), Sebastian reconocerá ciertos problemas para adaptarse a los cambios que ponen en riesgo su tan ceñido gusto por el jazz en su versión clásica. En paralelo, dicho género musical hace su propio concierto pregonándose un homenaje aparte. La la land tiene todas las oportunidades para llevarse todos los Oscar que quiera. Además de poseer los recursos, tiene un director y actores que forman parte de nuevas generaciones, las cuales están siendo más reconocida por los miembros votantes, siendo su mayoría los pertenecientes a la Academia. No hay duda que Damien Chazelle con Whiplash se convirtió en promesa. Lo cierto también es que La la land luce como un producto “por encargo” que pudiese poner en riesgo su originalidad, culpa de un reconocimiento prematuro.

miércoles, 18 de enero de 2017

Un monstruo viene a verme

Sombría, aunque emotiva, es la historia que cobija el nuevo filme de Juan Antonio Bayona. El español con Un monstruo viene a verme (2016) recrea nuevamente un mundo de pesadilla en donde un menor está expuesto a eventos trágicos. Con doce años de edad, Conor O’Malley –estupendamente interpretado por Lewis MacDougall– cuida de su madre quien lucha con una enfermedad que luce incurable. Aún no acostumbrado a la separación de sus padres, Conor lidia también con el abuso de unos compañeros de colegio y el posible hecho de irse a vivir junto a su estricta abuela, con quien lleva una hostil relación. Víctima de un insomnio producto de una pesadilla recurrente, un día un monstruo visita a Conor en sus sueños, y con ello inicia su travesía rumbo al encaramiento de su principal miedo.
Así como en Before I wake (2016), en Un monstruo viene a verme los sueños o pesadillas resultan ser herramientas de depuración para niños que intentan codificar sus dramas. En ambas historias, los protagonistas enfrentan (o han enfrentado) a realidades maduras y no correspondientes a sus edades. Caso en la película de Mike Flanagan, este ejercicio es plenamente inconsciente. Caso distinto, en el filme de Bayona es el mismo personaje quien motiva esta práctica, lo que devela un hilo de consciencia, a pesar de que estamos tratando con un estado de inconsciencia, como es el sueño. Conor invoca a un personaje irreal, y dentro de esa fantasía, en donde este monstruo le narra tres cuentos, existe una cordura de su parte al no dejar de relacionar su caso con las historias de su visitante. Es decir, es como si el propio niño a diario aguardara soñar con su pesadilla para ponerse a conversar con su inconsciente.
Lo atractivo de Un monstruo viene a verme está en relación a esa visión del infante dentro de una realidad agresiva que asume de forma prematura. Así como en El orfanato (2007) o Lo imposible (2012), los pequeños protagonistas están inmersos a eventos fatídicos que los obliga a entender y madurar con precocidad, tornándose endeble los límites de su edad. Así como indica la introducción que nos hace el monstruo al principio de la película, la historia inicia con un muchacho demasiado grande para ser un niño y demasiado joven para ser un adulto. Ya sean víctimas de una enfermedad, una catástrofe natural o una tragedia familiar, los niños de Juan Antonio Bayona reaccionan mediante acciones contaminadas de miedo o de mucho valor. Existe un aprendizaje doloroso y conmovedor, sin dejar atrás por completo su inocencia y fragilidad. Una pena esta película haya sido ninguneada por la temporada de premios en EEUU.

jueves, 5 de enero de 2017

Vacío/a

Los jueves 12, 19 y 26 de enero se proyectarán algunos filmes peruanos programados en la reciente edición del Festival Transcinema en el centro cultural El Paradero. No se pierdan el cortometraje Vacío/a, de Carmen Rojas. Aquí una crítica a la película.

La película de Carmen Rojas me hace recordar a otro corto nacional reciente. En Mecanismo velador (2014), Diego Vizcarra también la hace de reciclador. Su filme, además, es de igual forma producto de una deconstrucción que otorga nuevo lenguaje y sentido a su material primario, los cuales son tráiler de películas. En Vacío/a (2016), Rojas hace lo suyo con gráficos de revistas que ofertan productos y servicios. ¿Qué distingue a uno del otro? Vizcarra opta por un discurso subjetivo. Existe un contenido pragmático en su mecanismo de secuencias difusas y de impresión reiterativa. Rojas, sin embargo, emprende un mensaje espontáneo. Su trama dramática está en sincronía y correspondencia con su “recolección” visual, aunque son sus propios mecanismos y herramientas las que la convierten en un producto complejo.

Vacío/a estaría encajado al concepto de “foto novela”, término con el que se autodefinía una película como La jetée (1962). Lo cierto también es que lo de Rojas no es una reproducción fotográfica, algo que adapta Chris Marker en su clásico filme, sino más bien una hilera de imágenes ajena a las fuentes cinematográficas convencionales, posteriormente estructuradas a manera de recrear una historia premeditada. En consecuencia, hay un claro valor creativo en este corto al tomar como instrumento el material desechado. Es el registro no filmográfico como componente esencial para un producto que no deja de ser una película, pues ha pasado por un filtro de edición o montaje. Aparte de esto, cabe también reflexionar en base al sentido de lo representado. Rojas no se preocupa en ocultar las cuotas publicitarias o los precios de los elementos ofertados en sus imágenes seleccionadas. Hay una conciencia de cómo el propio montaje (por no decir el propio imaginario del espectador) terminará por difuminar esas interferencias de su trama.
Pero no es en su registro visual en dónde radica lo mejor de Vacío/a. El cortometraje de Rojas está alternado por una voz en off simulada por un sintetizador de voz. Qué hace sino el sintetizador de voz que juntar las palabras y reproducirlas tal cual. Es decir, se genera una reproducción sin gracia o armonía que “imita”, en este caso, la voz de una mujer. En Vacío/a todo –registro oral y visual– parece ser un producto reciclado al contener un vacío emocional. La directora se esfuerza por asistir a estas herramientas artificiales que en principio parecen bloquear su mensaje esencial: una mujer enfrenta una ruptura amorosa, y con ello un vacío sentimental y material. Pero como lo señalado en el párrafo anterior, a su paso lo artificial se diluye.

De pronto los precios de los productos domésticos ya no importan, incluso la fría y descompasada voz robótica de repente parece asumir cierto tono de congoja. Es el montaje que comienza a causar efecto en el espectador. Es lo sintético asumiendo una forma o ilusión palpable; es la distancia entre lo falso y lo ficticio; un truco de mago. En cinco minutos de lo que dura Vacío/a, Carmen Rojas genera emoción a partir de artefactos fílmicamente estériles y que comienzan a emular una historia dramática. No hay duda que es una de las mejores películas peruanas realizadas en los últimos años.

martes, 3 de enero de 2017

Gilda, no me arrepiento de este amor

Al ver la película de Lorena Muñoz, es inevitable no dejar de pensar en Selena (1997), de Gregory Nava. Ambos filmes coinciden en argumentos biográficos y se sienten motivados en tratar mismos temas específicos, tal como los lazos familiares o al erigir cuotas melodramáticas. Sus modos de tratamiento, sin embargo, son totalmente distintos. Mientras que la película de la cantante tejana contempla un panorama épico y cronológico, desde los primeros pasos hasta el desenlace de una carrera en cumbre, en Gilda (2016) pesa el drama doliente sostenido por tiempos alternados. El pasado y el presente cohabitan en Myriam (Natalia Oreiro). Omnipresente es el recuerdo de su padre, pieza fundamental en su vida y que sembró su pasión por la música, la cual fue reprimida luego de la muerte de este y, posteriormente, aislada a causa de un conformismo que de pronto comenzará a agobiarla dentro de su rutina como profesora de menores o como madre de familia.
Todo este drama se verá respaldado mediante una atmósfera melancólica, producto de un lenguaje visual expuesto por filtros opacos, profundidad de campo (que delinea el rostro dramático), la iluminación tenue, además de un insistente uso del contraluz, el cual describe un doble rostro de la mujer: uno glorioso y otro ensombrecido. A propósito de esto, la frontera entre la historia íntima y la pública de Myriam está claramente definida. Incluso para cuando la cantante por fin comienza a encontrarse con el éxito, la historia de superación no deja de mantenerse en un segundo plano. Se filtra además un lado oscuro de la difusión musical, en referencia a ese mecenas o padrino que comenzará a jugar sucio. Otra razón más para observar el futuro con incertidumbre. Muy a pesar, y aunque luzca atractivo ese rostro violento y ponzoñoso, Muñoz procura no ceder a ese tópico sórdido que en su lugar se manifiesta como una traba a superar.
Llegada a la cúspide de la fama, la historia de Gilda decrece levemente. Se podría decir que es el momento menos auténtico de la trama. La música y el encuentro del ídolo con su público acallan los miedos internos de Myriam. Este es el momento en que más se emparenta con Selena. De igual manera a la película de Gregory Nava, este filme argentino descubre el lado hagiográfico de una personalidad, en intención de ceder la palabra al fanatismo y hacer homenaje a un representante de un género musical aspirante a convertirse en pieza de culto de una sociedad.

jueves, 29 de diciembre de 2016

Mis Favoritas del 2016

Mi lista de las mejores películas que vi en este año, originalmente publicadas en Páginas del diario de Satán. Agrego breves reseñas o notas a las películas que no fueron comentadas en el blog. Son tres listas según la plataforma o modalidad en que fueron vistas, y una cuarta que pertenecen a películas de años pasados (fue de lejos la lista más complicada para armar). ¿Por qué sumar una lista de películas antiguas? Por revalorarlas, por (re)descubrir, por provocar pasión, y porque ahí se revelan en gran proporción las mejores películas que vi en este año. Cada una fue ordenada según las fui viendo.

Estrenos comerciales
El hijo de Saúl (László Nemes, 2015)

La bruja (Robert Eggers, 2015)

El conjuro 2 (James Wan, 2016)

El engaño del siglo o The program (Stephen Frears, 2015).- biopic que no cae ante la tentación de lo argumentativo. Frears rehúye, por ejemplo, a la extensión dramática o para cuando “debería” alzar un show amarillista, y en su lugar se enfoca ante lo medular, inclinado al semblante épico que se remonta al esquema de tragedia clásica, a propósito del ascenso y descenso de Lance Amstrong, ciclista que pasó de ser gurú de autoayuda a un fraude. Es además una impecable interpretación de Ben Foster, un negado de los premios para ese año.

Sully (Clint Eastwood, 2016)

Elle (Paul Verhoeven, 2016)

*Solos (Joanna Lombardi, 2015) y Videofilia (Juan Daniel F. Molero, 2015) estuvieron elegidas en mi lista del año pasado.

Festivales y muestras locales
No es mi tipo o Pas son genre (Lucas Belvaux, 2014)

Cemetery of splendour (Apichatpong Weerasethakul, 2015)

Aquí no ha pasado nada (Alejandro Fernández Almendras, 2016)

Little men (Ira Sachs, 2016)

Neruda (Pablo Larraín, 2016)


Circuito alternativo
45 years (Andrew Haigh, 2015).- apasionante melodrama sobre una larga relación de esposos en pie a una fractura sentimental. En su historia un hombre recuerda y, en tanto, una mujer se ve reemplazada por esa misma ausencia. Ambos reprimen, fuerzan sus rutinas y están prontos a explotar. Haigh tiene delicadeza para interiorizar a sus personajes al representar un drama de expresiones, miradas que disimulan y comentarios intrascendentes que encubren el dolor y el despecho. Dos personajes y un fantasma montan un emotivo triángulo amoroso.

El futuro perfecto (Nele Wohlatz, 2016)

The greasy strangler (Jim Hosking, 2016).- como las películas realizadas por Frank Henenlotter o las producidas por Troma Films, esta se disfruta en base a su lógica burda alineada a una conducta extravagante propia del explotation. Hosking nos introduce a un mundo de personajes entre patéticos (que recuerdan a los inicios de Jared Hess) y grotescos, acciones que cruzan el límite de lo absurdo y, en ocasiones, parecen fruto de una catarsis improvisada, una banda sonora maniática y un monstruo sacado de alguna fantasía suburbial perversa.

Green room (Jeremy Saulnier, 2015).- nuevamente Saulnier emprende una película dotada de un ambiente asfixiante, colores sórdidos y conflictos enérgicos. Como en las películas de terror, un grupo de jóvenes serán hostigados por un colectivo sádico, a consecuencia de un lío ajeno. Aquí el encierro es curioso; amplía sus límites para luego tomar su forma inicial. Hay una dinámica de la agitación y el agrietamiento de la esperanza a sobrevivir. Es un correrío en continuo clímax que abre a su paso violencia y ninguna lección.

Sunset song (Terence Davies, 2015).- Davies es fiel a sus constantes estéticas y argumentales. Un drama de época dividido en tres partes. La primera es la áspera y estricta educación paternal que inculca a los hijos resentimiento y precocidad ante la vida. La segunda es una etapa tan ilusoria como efímera, momento en que los recuerdos del ayer dormitan. La tercera es el despertar de los miedos, el padre (representado por la monarquía) que nuevamente ordena y convierte en desdicha todo lo que toca. Crítica al patriarcado histórico; es lo novedoso del director.


10 películas no recientes vistas por primera vez
Dodsworth (William Wyler, 1936).- la historia de un hombre que amaba demasiado.

Black and tan (Dudley Murphy, 1929).- jazz y una secuencia de sombras y entonaciones fúnebres.

The clock (Vincente Minneli, 1945).- el Before sunrise (1995) en tiempos del capitalismo en ascenso.

El hijo único (Yasujiro Ozu, 1936).- la abnegación, la gratitud y más gestos humanitarios. Todo parece perfecto, pero no lo es.

Satán triunfante (Yakov Protazanov, 1917).- Satán visita y siembra la demencia. Así incompleta, fascinante.

Ghostwatch (Lesley Manning, 1992).- una cita en vivo con un poltergeist. La semilla de El conjuro 2.

La residencia (Narciso Ibáñez Serrador, 1969).- lolitas, una madre y un Peeping Tom. Muerte y represión sexual en un internado.

Arroz amargo (Giuseppe De Santis, 1949).- una rivalidad, una escena enlodada de fantasía sexual, las piernas y el baile de Silvana Mangano.

La golondrina cautiva (Douglas Sirk, 1937).- además de un melodrama, un película sobre la honorabilidad.

Blue collar (Paul Schrader, 1978).- fábula sindical moderna y un estupendo Richard Pryor.