viernes, 3 de febrero de 2017

IFFR 2017: Kékszakállú

Algo me dice que lo valioso en el primer filme de ficción de Gastón Solnicki no radica en su influencia o inspiración (o cómo quiera llamarse) a cierta ópera de origen húngaro. Lo que a continuación se mencione en esta crítica es fruto de una interpretación que rehúye de esa relación o relectura que quiera manifestarse en Kékszakállú (2016) respecto a cierta obra musical. El director argentino Solnicki, a grandes rasgos, manifiesta una película que podría ameritar una segunda mirada, a consecuencia de una irregularidad argumental. Se podría decir que recién más allá de la mitad del filme se descubre una historia. Lo resto no es más que eventos de apariencia incidental, meros accesorios que nos distraen; ya bien sea hasta que suceda esa historia o haciendo posta a esta misma. Lo cierto es que fuera de lo argumental, algo que comienza a madurar con premura apenas inicia la película. Estamos en lo que parece una zona de balneario vacacional. Los niños son sus protagonistas, pero algo no funciona, y esto tiene mucho que ver con el espacio.
Estos primeros personajes de Kékszakállú se postran por delante de paredes o superficies lozanas. Los colores pálidos reinan, especialmente el blanco. En tanto, se forja una punción visual que pone al sujeto en relación con su espacio. Es partir de ese rasgo que de pronto esa decoloración comienza a tener sentido o correspondencia respecto a ese aturdimiento comunitario de muchachos –claramente, correspondientes a una clase alta– que no disfrutan el momento, a pesar de encontrarse en un espacio recreativo. Me viene a la mente un director como Michelangelo Antonioni, quien sí parece una influencia inmediata para Solnicki. En este filme argentino la arquitectura es protagonista, la cual sugiere un patetismo que parece afectar o relacionarse a ese personaje colectivo. Estos lucen extraviados. No hay evidencia de un goce. Y esto sucede a profundidad con ese personaje que promoverá la única historia dentro de este largo.
El personaje interpretado por Laila Maltz es la síntesis de ese colectivo que ha ido desfilando desde el inicio de la película, y al igual que ese resto, parece no encontrar su lugar o un sentido satisfactorio de las cosas. La vemos entonces ir de un lado a otro, siempre desencajando, siempre con ese rostro interrogante, siempre frenando ante lo que luce como un reto. Kékszakállú es como un manifiesto sobre una comunidad que tiene un conflicto con la madurez o la adultez. El personaje de Maltz es como esa niña de principio de la película que duda en echarse a la piscina. Gastón Solnicki crea una película atractiva debido a esas incógnitas que nos contagian sus encuadres y pláticas en su mayoría planos. Formula diálogos intrascendentes que a fin de cuenta parecen complementar esa idea de que la película, en efecto, retrata a personajes inconclusos. Kékszakállú es difuso como esa escena fantasmal de un puerto flotante, en donde su personaje emerge de entre la penumbra. Tal vez esa era la idea a que quería llegar su director: el tránsito de la claridad a lo incierto.


Kékszakállú podrá ser vista hasta el 20 de febrero en la plataforma de Festival Scope: http://bit.ly/2jL8ucm

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