Justo para cuando la atmósfera de este documental comienza a expresar un carácter banal, es que acontece un punto de inflexión en esta historia como acto de rescate a su heroína. The Hummingbird Paints Fragrant Songs (2026), dirigido por los directores Èlia Gasull Balada y Matteo Norzi, nos descubre el arte de Sara Flores, una miembro de la comunidad shipibo conibo originaria de la Amazonía peruana. La historia inicia con esta mujer siendo el centro de atención en escenarios glamorosos. Su producción de diseños kené sobre telares son celebrados por la comunidad europea, tanto en esferas del arte como de la moda. Flores es presentada como una rock star. Ahora, la introducción de este documental no apunta al biopic y apenas toca el concepto de reseña a un arte tradicional, el mismo que demanda toda una inmersión a un imaginario que la perspectiva occidental denominaría discurso mágico religioso. Flores se convierte en una presencia reconocida como una orfebre de dibujos que nacen de visiones que solo ella y algunas otras “elegidas” pueden experimentar. ¿Cómo reducir ese basto conocimiento a una persona que termina varada en una exposición? En medio de tanta algarabía, el documental registra que la autora se verá reducida a quedarse en un banco mientras la fiesta, su fiesta, termina. Ya después la veremos enfermando y con ello inicia el discurso que la película reservaba.
sábado, 7 de noviembre de 2026
DOC NYC 26: The Hummingbird Paints Fragrant Songs (Opening Night)
A propósito
de una ligera dolencia corporal de Flores, The Hummingbird Paints Fragrant
Songs nos profundiza sobre el kené y cómo es que esa creación es
indesligable a lo territorial convirtiendo a su artista no solo en una mera
traductora, sino también en parte de una red. Aunque haya sonado muy ficticio, el
modo en que se representaba el universo de los aborígenes en Avatar, de James
Cameron, no está muy lejos al entendimiento de la cosmogonía de los shipibos y
tantos otros clanes de la selva amazónica. El vínculo entre sujeto y naturaleza
no es ferreo porque sí, sino porque toda su filosofía, ciencia y rutina implica
una continua interacción con la naturaleza misma. Es por eso se entiende que
Flores comienza a enfermar para cuando no solo se desconecta largas temporadas
con su terruño, sino también porque su cuerpo ha llegado ha adolecer de eso que
adolece su selva. De una manera sutil, Balada y Norzi se convierten en
mediadores de una demanda ecológica. La selva peruana —y alrededores— está
siendo depredada y el Estado ha firmado y explotado ese sufrimiento para fines
de un enriquecimiento que está siendo distribuido entre las élites. Si los
árboles son talados, la mensajera se siente talada. Es como el vínculo entre el
niño y el personaje de E.T. (1982), de Steven Spielberg. Nuevamente, esa
posibilidad suena ficticio para muchos, pero ello es fruto de una resistencia
cultural.
El
documental El canto de las mariposas (2020), de Nuria Frigola, sigue al
artista Rember Yahuarcani, un miembro de la comunidad uitoto, también
originaria de la Amazonía peruana. En una parte de la película, él cuenta que sus
creaciones son fruto de un diálogo espiritual con su fallecida abuela. “Ella me
habla y yo pinto”; afirma. Es como si en un plano no terrenal la mujer se
hubiese convertido en una guía artística y Yahuarcani en alguien que concreta ese
comunicado en el plano terrenal. Documentales como el de Frigola, Èlia Gasull
Balada y Matteo Norzi nos enseñan que existe un arte que tiene un trasfondo más
complejo de lo que imaginamos. Aquí las musas no existen, sino los mentores anímicos,
los que de paso transmiten prioridades y no modas banales. Algunas obras de Yahuarcani
se remontan a una memoria histórica dolorosa, a las víctimas del genocidio por
la explotación del caucho allá a principios del siglo XX. ¿Por qué hacer este
tipo de arte? ¿Por qué revivir el dolor cuando se puede solo crear la belleza? No
olvidemos que estamos hablando de un arte efecto de una interacción anímica. Si
algo está enfermo o no curado en el ala espiritual o mentora, es normal que el
arte o, caso el de Flores, el artista será víctima de ese dolor. El compromiso
a componer ese malestar es una cláusula irrevocable para esta clase de artistas.
The Hummingbird Paints Fragrant Songs transita de lo superficial a lo
espiritual. Lo que aparentaba ser un recorrido instagrameable se eleva al reconocimiento
de una crisis cultural a partir de una fractura corporal, ese llamado de la
naturaleza en donde esta sufre a manos de los que ignoran de que no solo se
trata de madera, sino de la depredación de todo un imaginario milenario.
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