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martes, 19 de abril de 2022

The Northman

Tras su tercer largometraje, Robert Eggers confirma su fascinación por relatos que combinan lo legendario con lo mítico. Tanto La bruja (2015) como El faro (2019), son historias que hacen bosquejo a un contexto histórico, pero que no dejan de asistir a simbolismos sobrenaturales a fin de aleccionar a sus personajes sobre las leyes de la naturaleza y la humanidad misma. El bien, el mal, la envidia y la locura son algunos de los tópicos que gravitan entorno a sus protagonistas, ignorantes de esos conceptos. El conflicto será fruto de la reacción sumisa u obstinada de estos héroes destinados a doblegarse ante esos fenómenos desconocidos y superiores a la condición humana. Al igual que en las tragedias griegas, vemos a los personajes de Eggers sucumbiendo ante la poca comprensión de su entorno. El hombre del norte (2022) está a esa misma línea, solo que esta vez el director decide dejar de lado el género de terror y orientarse por lo épico. El tránsito de Amleth (Alexander Skarsgard) es el seguimiento de una ruta de aprendizaje o la búsqueda del sentido del yo; según lo definiría Carl Jung. Ese es el destino de todo héroe. Salir de su estado de confort y descender a los infiernos para ilustrarse ante la vida.


No es gratuito que la historia inicia con un reino celebrando una nueva conquista. Seguido veremos a un rey reconociendo la inexperiencia de su joven príncipe. Ese es el detonante del advenimiento de una línea de aprendizaje o tragedia heroica, y no el magnicidio que ocurrirá posteriormente. Eggers hace una versión libre de Hamlet, o el heredero al trono nórdico que jura venganza ante su tío traidor. Ahora, si bien El hombre del norte se aparta de los monólogos, el director no deja de asistir a las fuentes míticas para ayudar a su protagonista a reflexionar sobre su destino, cuestionar su yo (el “ser o no ser”) y así poder dirigir sus decisiones y advertir los peligros que el escenario cobija. Ahí está esa lección, me parece la última, que le hereda el rey a su hijo, sobre la naturaleza de la mujer: representación del amor o del caos. He ahí una deriva mítica que evoca a los estereotipos de la cristiandad. La mujer aquí es abnegada o es egoísta, hace de guía o pervierte, es virginal o la serpiente misma. No hay mucha novedad en la tercera película de Robert Eggers, algo que no nos hayan enseñado antes los cantares griegos o la literatura de William Shakespeare, además de las tantas versiones correspondientes. Visualmente, es también su película menos lograda. Ciertos trucos de La bruja se repiten, sin contar que estos tenían más sentido bajo una sensibilidad del terror.

viernes, 5 de agosto de 2016

20 Festival de Lima: Epitafio (Competencia Ficción)

Notable la mexicana Epitafio (2015), filme histórico que recrea una de las tantas expediciones ordenadas por Hernán Cortez antes de enrumbarse junto a sus tropas a la inminente conquista del territorio azteca. El lugar de excursión será la cima de un activo volcán. Los asignados son tres españoles que apenas han recibido las pautas del camino que ni si quiera los mismos nativos de los alrededores se han atrevido a cruzar. “Allá encontrarán la muerte”; afirma un presunto líder de los aborígenes. La película del director Rubén Imaz y Yulene Olaizola emprende su historia con una advertencia. A pesar de esto, los viajeros de tierra ajena se internarán a la naturaleza desconocida y hostil que incluso desde el principio de su trayecto les da la bienvenida haciendo estremecer la tierra y la serenidad de al menos uno de sus miembros, detalle que, por el contrario, no provoca mella en el jefe de la expedición.
Epitafio apunta a un relato de epopeya. Aquí la hazaña y la sobrevivencia es ante a un agente sigiloso e intangible. Es el inclemente clima hibernal que calcina los músculos, el sonido impetuoso de las entrañas volcánicas que hace flaquear los nervios, la neblina que distorsiona la vista hasta el punto de trepar y confundir a la mente. Es interesante cómo este trío de aventureros van cediendo por escalas. El trayecto rumbo a su destino es como si tuviera una serie de niveles y retos que serán trazados por la misma resistencia o aguante de los protagonistas. Sin embargo, el vaticinio del anciano a inicio de la andanza no es del todo factible de no ser por la presencia de Diego de Ordaz (Xabier Coronado). Inevitable no emparentar al Aguirre de Werner Herzog con el líder de esta excursión. Sus compañeros ya han percibido la obsesión del cabeza de viaje. Es decir, pase lo que pase, para de Ordaz no habrá vuelta atrás. La ambición de este, sin embargo, no es a nombre personal.

Un detalle interesante en Epitafio es el retrato de un colonizador cordial, por ejemplo, respecto a su sociabilidad para con los nativos recién subordinados o cuando las peroratas de estos en cuanto a los propósitos de la conquista no contienen mensajes de codicia. De Ordaz y compañía están en sintonía a las fantasías de los antiguos exploradores europeos del Globo. Ellos son los honrados al ser enviados a aventurarse a lugares remotos, rindiéndole pleitesía a la Corona y a las órdenes que devengan de cualquier asignado por los Reyes. Es mediante esta concepción que se agudiza el dramatismo de esta travesía; la obediencia extrema de Ordaz. Su “locura” es el de la sumisión extrema. Aquella que, por ejemplo, se expone en una gran secuencia (como esbozando a Aguirre) mediante una disertación pomposa, rindiéndole culto a una herencia que de la cual sus acompañantes ya de seguro pusieron en duda; no por demencia supersticiosa –como demanda el mismo de Ordaz–, sino por cordura consecuente.
Rubén Imaz y Yulene Olaizola realizan un filme que tiene razonamiento para componer y agrietar la adversidad natural en la que están inmersos sus personajes. La recurrencia de planos inclinados simulando una fluctuación terrenal, la quietud y la soledad de la superficie baldía que amplía lo desconocido, la mudez, el sonido del viento y la banda sonora estruendosa que avasalla los sentidos. La misma sobriedad de su fotografía alude a lo mortuorio, aunque también entona la apariencia épica. Epitafio es apasionante por su sello que se ciñe a las pautas históricas. Es también un montaje sesudo. Su sola filmación para ser digna de una crónica.

jueves, 21 de marzo de 2013

Cloud Atlas

Una gran regla de todo guión es que la historia sea capaz de llamar la atención del espectador, por lo menos, dentro de sus primeros quince minutos de desarrollo. Pasar este límite sin que el auditorio entienda o, por lo menos, se haga la idea de a dónde se dirige el relato, implicaría el fracaso de la película. En efecto, existen los recursos inesperados, los giros dramáticos, pero ya para entonces una ración del filme habrá sido apatía para el público o simple reciclaje para su memoria. El gran riesgo que presenta Cloud Atlas (2012) es la de componer e introducirnos a sus seis historias antes que el mismo espectador se percate que el tiempo ha corrido en vano. El reto de la sociedad de los Hermanos Wachowski y la de Tom Tykwer es entonces la de ganarle al reloj, provocar el interés, no de una, sino de seis historias, antes que la manija marque los quince minutos.

Cloud Atlas tarda en promover la atención al no hallar con ingenio la manera de ajustar sus secuencias que van narrando parcialmente cada historia. Es también la poca prontitud con que se suelta el detonante en cada una de ellas. El principio de Cloud Atlas de lejos se confundiría con una versión extendida del filme, no por el hecho de exponer detalles que no son prescindibles o puntuales para el filme, sino porque el guión se toma la licencia de dilatar la acción en cada relato, algo que podría pasar desapercibido en la narración de una sola historia. Es recién en la cuarta parte de la película que todos los relatos toman un interés, uno que en cierta manera tiene mucho que ver con la premisa principal que irrumpe en escena, la misma que ya antes había sido citada en películas como Matrix (1999) y V de venganza (2006). Los Hermanos Wachowski nuevamente retornan al relato sobre la transgresión al orden social, la no obediencia a los cánones manipuladores que van desde los padres de familia a los padres gubernamentales. Cloud Atlas, al igual que los filmes mencionados, es una especie de panfleto político y humanista.

Los Wachowski y Tykwer construyen de tal manera el orden narrativo de su filme con la intención de otorgarle un sentido lógico correspondiente a dicha premisa central. El orden cronológico que sigue Cloud Atlas es el acercamiento al proceso involutivo y cíclico al que podría encaminarse la existencia. La primera historia de la película se asienta en un contexto esclavista, mientras que la última historia es la de un mundo donde luego de la decadencia de la tecnología, la humanidad se ha reducido a un puñado de habitantes divididos en tribus. Es entonces el retorno al estilo de vida del “buen salvaje”, la prueba infalible de que el hombre en algún punto de su historia ha fracasado. Obviamente, referente a dicho momento, los directores nos dan señas cuándo y de qué forma sucedió. Lo cierto también es que en medio del desorden o el caos, siempre existirá una brecha esperanzadora. Los últimos habitantes, nuevamente, han creado sus propias y nuevas deidades, es decir, nuevas razones para dar fe a algo, que son indicios de sobrevivencia. Pero, ¿sobrevivir a qué? Al control, a la manipulación, esa voz que murmura al oído y que incluso actúa como una especie de subconsciente subordinado. Esto, en la última historia, se representa como un dios malvado, mientras que en las otras dicho “agente” controlador tiene distintos rostros y oficios.

Hugo Weaving es nuevamente el agente Smith. Ese infiltrado de la “matrix” que cambia de apariencia y rostros, toma formas, asalta cuerpos, invade la integridad física y mental. Cloud Atlas tiene como protagonistas repetitivos a Tom Hanks, Halle Berry, Jim Broadbent y otros más, quienes van asumiendo personajes y personalidades que se contrastan en cada una de las historias donde aparecen, haciéndolas en ocasiones de buenos o haciéndolas de malos, a veces protagonistas principales, en otras simples secundarios. Caso contrario, los personajes de Weaving siempre están alineados a una misma naturaleza: son los sedientos de poder. Siguiendo la cronología; en la historia de un viajero en altamar, Weaving interpreta a un padre autoritario; en la historia de un compositor, encarna a un miembro de la Alemania Nazi; en el relato de una periodista, el ex agente es ahora un socio de una corporación nuclear; en las cuitas de un publicista editorial, es la viva imagen de la enfermera de Alguien voló sobre el nido del cuco (1975); en el mundo futurista de una empleada de comida rápida, es el verdugo de los miembros insurrectos; y, por último, en la última historia sobre el mundo en escombros, es el dios malvado, el instigador del autoritarismo, el agente del mal.

Cloud Atlas trata entonces sobre cómo los protagonistas de cada historia de pronto se ven envueltos por una serie de sucesos trágicos provocados desde lo lejos por los rostros de Weaving, que no son más que la mera representación del orden impuesto que reclama y exige obediencia y que representa incluso al poder en sus distintas escalas. Ver los oficios de Weaving es observar como esa fuerza manipuladora ha escalado del círculo familiar al círculo omnipotente e intangible. Es el miedo e inclinación al jefe en su mínima expresión como en su máxima. Cloud Atlas razona sobre la ilación entre el pasado, el presente y el futuro, tres momentos que no tienen principio ni caducidad exacta. Lo que se hizo en el pasado, sigue trascendiendo en el futuro. Esto se manifiesta, por ejemplo, como cuando el compositor de los años 30 tiene póstumo reconocimiento durante los años 70. Las seis historias tienen en cierta forma una misma intencionalidad, solo que bajo un estilo o relato distinto, sea adaptando un melodrama entre un compositor y su amante, la comedia de un anciano encerrado en un asilo o el género sci-fi y futurista de un empleado revelándose ante un Imperio. 

Si bien los Wachowski y Tykwer logran solventar el eje central del filme mirando a sus historias como un todo, cada una de estas al verse independientemente no poseen el atractivo suficiente para sobrevivir por sí solas. Esto sin duda es el gran punto débil de Cloud Atlas. Exponer una serie de relatos que son perezosos y predecibles en solitario, aquello que de hecho complicaría la asimilación de la meta en esencia, que es la de exponer con lógica una serie de secuencias en clave Matrix u otros filmes sobre el individuo, en esta ocasión, común, revelándose ante un gran Padre, en casos, inútilmente, pero al menos creando un hito o dejando un aliento para el próximo revolucionario.

lunes, 11 de junio de 2012

Blanca Nieves y el Cazador


Artículo publicado originalmente en Cinespacio

Se ha lanzado la amenaza que Blanca Nieves y el cazador (2012) posiblemente tendría dos siguientes partes. Cierto o falso, no es de extrañarse ver cómo germina una nueva trilogía por estos días, aunque en este caso no deja de ser preocupante. La ópera prima de Rupert Sanders está sostenida de una trama irregular, trivializada por la movida teen, proveniente de la historia novelada o del mismo cine, representaciones que actualmente actúan bajo una misma dinámica, siendo una origen del otro. El caso de esta película, fue primero el guión y luego el relato. No hace mucho se vio Espejito, espejito (2012), un filme que de igual forma transgrede la historia original de los Hermanos Grimm al crear una versión paródica, tal como representa el mundo del ogro Shrek a los cuentos de hada, solo que aburrido, teatral y sin gracia; más que cómico, bufonesco. La película, sinceramente, no es buena. Por su lado, la versión de Sanders, bajo un género distinto a la anterior Blanca Nieves, es de igual forma un filme exasperante.

Blanca Nieves y el cazador echa de lado las clásicas vestiduras de la doncella adoptada por unos siete enanos y que aguarda a que un príncipe azul venga a despertarla del sueño infinito.  En lugar de eso, vemos a una joven haciéndolas de heroína, una que si bien no posee esa actitud mesiánica de Juana de Arco, son el resto de los personajes quienes observan en ella el correspondiente a lo que sería Neo en Matrix (1999): “She’s the chosen one”. Blanca Nieves es la elegida, aquella quien podría derrocar a la reina malvada, y que luego de un discurso labrado en la escuela de William Wallace, promoverá su batalla junto a un grupo de guerreros, un viudo borracho y un puñado de enanos (¿son 8, 7 ó 6? En serio, nunca me quedó claro eso). Blanca Nieves y el cazador sigue la dinámica de un cine épico ambientado en un mundo decadente, gótico, que también tiene su lado mágico y animado; simulaciones que ya han sido repetidas una y otra vez de manera cansina, y que solo un experto como Tim Burton podría replantearla cuantiosas veces efectivamente.

La película de Rupert Sanders posee un guión flojo, una trama gratuita y poco imaginativa – además de tener un record de hechos absurdos – que se sostiene de la usurpación de otros filmes o historias que van desde Crepúsculo a una interpretación “draculiana” a manos de Charlize Theron. El personaje de Kristen Stewart hace mismos gestos que realiza en la saga vampírica cada vez que el ebrio (Jacob) y el arquero (Edward) insinúan sus afectos. Blanca Nieves y el cazador juega a ese discurso que la crítica estadounidense ha nombrado como “la nueva  heroína”; una teoría que de hecho es producto del aburrimiento, pero que igual serviría para una análisis sobre cuál es el rol del adolescente femenino en el cine actual. Fuera de esto, no existe algún otro motivo para hablar más de este filme.  

domingo, 20 de noviembre de 2011

Reshinn, sangre de anaconda


Al año son dos las películas nacionales de corte épico estrenadas en la cartelera limeña: El último guerrero chanka y Reshinn, sangre de anaconda; ambos filmes regionales ajustados a un público de consumo masivo pero que sin embargo no han alcanzado la atención necesaria esto a pesar que cada uno trajera sus propias expectativas, una más mediática que la otra. Una posible respuesta sobre este distanciamiento que el espectador limeño mantiene es ante la obstinada idea de tomar prestadas aptitudes que este cine pretende adoptar pero que más bien son las que desajustan, degradan e incluso desvirtúan el sentido de la película, situación que lleva a que un público como el de la capital no le tome interés o hasta seriedad, caso ocurrido con El último guerrero chanka que al ser presentada como una película de artes marciales es en la opinión del público donde prevaleció más lo tergiversado antes que lo inusual o novedoso para el cine regional-nacional.
Reshinn, sangre de anaconda, a comparación de la película de Víctor Zabaria, no es tan desvergonzada al momento de emparentarse con el cine extranjero, muy a pesar el director Rogger Asto – según declaraciones en conferencia de prensa –presenta su película como el punto inicial de una trilogía que nos muestra el rostro de la primera heroína dentro del cine peruano, es decir, Reshinn… está destinada a modularse dentro de los parámetros del cine global esto a pesar de la oralidad que se transmite mediante la lengua asháninka o frente a las costumbres e inclusión de algunos habitantes naturales de dicha etnia. La historia de Asto está guiada además bajo los arquetipos míticos como el héroe, el líder malvado, el brujo, los monstruos de barro, temas como la evolución-madurez del héroe y su venganza promovida por una antigua dolencia. Reshinn… dentro de todo se desenvuelve en medio de un argumento interesante, una tragedia iniciada con la muerte de un individuo que más adelante provocará el enfrentamiento entre dos clanes, es el reemplazo de una vida por el sacrificio de varias almas. El hecho es que este no es el tema central de la película.
Es en el tratamiento del filme donde Asto encuentra dificultades. Reshinn… tiene el defecto de sobre acumular las acciones. Los primeros diez minutos son de confusión al manifestarse una serie de personajes, cada uno experimentando su propia situación, sucesos innecesarios que poco nos describen a los personajes que perdurarán en gran parte de la película y más bien nos despistan de la verdadera trama. Asto se desmide al momento de narrar su historia, ampliando los sucesos o etapas del filme. Reshinn… está dividida en tres partes: el escape de Rasha, la infancia de Reshinn y la venganza de Reshinn, yéndose la mitad de la película tan solo en la primera parte, luego de esto aparecerá por primera vez el personaje principal cuando era niña. Reshinn (Mayela Lloclla), la heroína, recién se manifiesta a veinticinco minutos de terminar la película, ya sedienta de venganza, salvaje y decidida a acabar con sus enemigos junto a su anaconda que, no se aclara cómo, es codiciada y temida por sus antagónicos. Asto exterioriza mucho a sus personajes, muy poco sabemos de estos, gran parte de su comportamiento es recreado por el mismo espectador, como el caso de la obstinada hija de un implacable curaca o la valentía de un hombre sin patria.
Reshinn… encuentra sus mayores dificultades en el lado técnico como es el audio. Asto ajusta continuamente a sus personajes, los encuadres son cerrados no tomando provecho correspondiente al naturalismo de los paisajes amazónicos, algo que sí se aprecia por ejemplo en la tomas de la cascada donde se mezcla la selva y la corporalidad salvaje de la protagonista, haciéndose tomas bajo el agua o junto a la presencia del majestuoso reptil. Un lado positivo es su musicalidad, otra evidencia más que promueve el divorcio hacia lo regional, una tonada sinfónicamente activa que a pesar de ser redundante es la que colabora en recrear el ambiente épico. La película de Rogger Asto tan solo aporta al cine nacional como el primer ejemplar íntegramente hablado en idioma asháninka, por otro lado Reshinn… tropieza frente a ambages narrativos y debilidades técnicas, cuestiones que de hecho pueden mejorarse en sus próximas secuelas.

viernes, 26 de agosto de 2011

El último guerrero chanka


El estrenar un filme regional en el escenario comercial limeño es de por sí una proeza, realidad a la que muy pocos directores han logrado alcanzar, tal es el caso de Flaviano Quispe con su película El huerfanito (2004), estrenada luego que esta tuviera una exitosa acogida en provincia. Naturalmente la temporada de estas películas en Lima son cortas, con apenas una a dos semanas, no más, situación que de paso ocurre en línea general con el cine nacional, salvo el caso de algunas películas que se acercan con grandes –no hablamos de ciertas –expectativas sea porque han sido consagradas en el extranjero con algún mérito, caso más cercano y conocido es el de La teta asustada (2009). Entonces, está demás comentar que cómo es posible que una película como El último guerrero chanka (2011) haya durado apenas una semana en la cartelera limeña.
Está claro que el problema aquí no se trata que si existe o no discriminación de parte de las salas comerciales que a la primera semana ya están quitando de escena los filmes regionales; eso sería un juicio cínico. Tanto el cine regional como el cine limeño tienen actualmente el mismo estigma, de tener los días contados en la cartelera comercial, y esto sucede, aunque suene a deja vu, por dos razones cruciales: el enmudecimiento mediático y la escasez del público. Si la gente no va a ver una película, entonces es más que obvio que será retirada esta a los siguientes días. Y aunque suene lerdo, si la gente no está enterada de cierta película, entonces es natural nadie recurrirá a las salas de cine a verla. El último guerrero chanka, así como la mayoría de películas nacionales, ha sufrido de estas dos deficiencias.
A esto muchos dirán, “y qué ocurre con las cuantiosas notas previas a su estreno”, televisión, radio, prensa escrita, web, todos los medios de comunicación confabulados, cubriendo lo que sería uno de los eventos cinematográficos con mayor expectativa dentro el cine peruano. De pronto el filme del director andahuaylino Víctor Zarabia estuvo “en boca de todos”, es decir, qué película peruana tiene un espacio en la portada principal de uno de los periódicos más leídos en el país y todavía antes de su estreno, ninguna, ni la película de Claudia Llosa. El problema con El último guerrero chanka fue ese mismo, comentar enfáticamente una película que aún no existía, y esto mismo lo comenta Ricardo Bedoya en la reseña de la película en cuestión. El filme de Zarabia había sido asimilado por el público desde hace tiempo, verlo en las salas de cine quedaba en calidad de “refrito”, de repetir un plato ya digerido. La actividad mediática sin querer había ocasionado una “especie” de lo que psicoanalíticamente se conoce como goce, es decir, había provocado un placer falaz y perverso; falaz porque fue temporal extinguiéndose de la misma forma que vino, y perverso porque trajo la prematura mortandad de un filme que posiblemente pudo haber sido la oportunidad de admirar más, o de una vez por todas, al cine regional.
En análisis, El último guerrero chanka (2011) es fallido por distintos aspectos, los más notorios son respecto a su historia que se aplaza, que se da el lujo por aglomerar diálogos innecesarios. Lo que se podría manifestar en dos minutos, Zaravia lo realiza en cinco o hasta en diez. Lo segundo es el nivel performativo, uno irreal y enfático, saturado o sobreactuado. La película apuesta por actores profesionales o aficionados que tranquilamente pudieron ser bien ejercidos –al menos los personajes secundarios –por neófitos en la materia. Esto, sin embargo nos nuestra el lado positivo de la película. Víctor Zarabia, quien hace mucho por su filme, provoca un compromiso por romper las normas habituales de lo que podría ser el cine regional e incluso el cine nacional –La gran sangre (2007) es otro posible ejemplo –. El cromatismo, los efectos visuales, las escenas de lucha, las modulaciones de voz –aunque suenen de pronto ridículas –son diversos agentes que se toman por prestado y que Zarabia adopta y trata de emplearlos, algunos mal usados, pero que abren el trecho a otros directores para que más adelante surjan nuevos proyectos, posiblemente contagiados por una pasión símil aunque esta vez precavidos de ciertos deslices fílmicos.

viernes, 21 de mayo de 2010

Robin Hood


*Alerta de spoilers a partir del segundo párrafo

Citar el nombre de Robin Hood es hacer mención al tan acertado epíteto que Kevin Reynolds le habría otorgado en su película – que ha quedado en el recuerdo más por la canción de Bryan Adams –a la leyenda del bosque de Sherkwood: “el príncipe de los ladrones”. Y es que siempre fue ese el atractivo de este superhéroe medieval, aquel que robaba a los ricos para dárselo a los pobres. El que se escabullía entre los árboles y daba certeros golpes a las diligencias del rey de Inglaterra, y este renegaba, y el otro se reía. Siempre ha habido un tónico cómico cada vez que se menciona a Robin Hood, debe ser por eso que a la Dreamworks no le fue muy difícil adaptar a este pillo ladrón en Shrek. Y es que la esencia de todo héroe que ha sido mitificado – al menos por Hollywood –siempre está perenne dentro del imaginario social que se ha comido décadas el mismo discurso que Robin Hood era un ladrón que se burlaba de las guardias del rey queriendo quebrantar la ley pública, la misma que oprimía a toda una población con un jugoso diezmo, un robo hecho ley, eso lo convertía al hombre vestido de verde en justiciero, o sea un hombre justo. Esto último, y para mal, Ridley Scott se lo ha tomado a pecho.
Robin Hood – a secas –es la mirada personal que Scott ha querido otorgar al ladrón de los pobres, ladrón que no es ladrón en esta película sino un arquero del ejército inglés comandado por su rey, Ricardo Corazón de León, en tiempo de Cruzadas. Russell Crowe, interpretando a Hood, es un soldado a servicio de su alteza, más este no comparte la mismas ideas que su rey, es por eso que lo mandan a cortar la cabeza, pero para suerte de Hood el rey morirá en batalla y así el rehén junto con un grupo de amigos, incluido el tan famoso pequeño Juan, escapan del campo de batalla sin tener idea que a mitad del bosque harán presencia de un acto de traición a manos Godfrey, un inglés que está pactando a espaldas de su rey con Francia. Godfrey y unos soldados franceses logran emboscar a la comisión encargada para llevar la corona del rey caído a Inglaterra. La comisión es ultimada por los franceses y luego los franceses a manos de Hood y sus amigos, mientras que Godfrey logra escapar más con un pequeño recuerdo sellado en el rostro; Hood ha lanzado una flecha que ha dejado una profunda herida a Godfrey. Hood sin querer se ha ganado un enemigo y Scott va tejiendo su película comercial. Sí, pues como toda cinta que desea buena taquilla siempre debe tener su enemigo y ese es Godfrey; el traidor de la cicatriz en el rostro. Por supuesto que también debe de haber una amada y ahí está Marion Loxley interpretada por Cate Blanchett, los personajes cómicos que son los amigos de Hood encabezados por un cura borrachín y finalmente un rey colérico, el rey Juan, el que toma la corona tras la muerte del rey Ricardo. La obra teatral tiene entonces a sus personajes seleccionados.
La trama, como habíamos mencionado, es sobre el origen de Hood, origen que de por cierto no tiene casi ninguna relación con “la leyenda” pues este Hood es un sujeto que más que ladrón tiene una conciencia social y moral que no enfrenta con rebeldía sino con un liderazgo al estilo de William Wallace en Corazón Valiente, Aragorn en El señor de los anillos: el retorno del Rey o Wolverine en X-MEN: la batalla final. Estamos hablando de una franquicia que se está volviendo aburrida: el sujeto extraño o anónimo que de pronto se vuelve un representante de masas. Robin Hood nos ofrece lo mismo que se asoma anualmente en el cine, un personaje que es el héroe o el elegido –citando a Neo –de todo un pueblo, sociedad o raza de oprimidos. La película así se torna aburrida por dejar a segundo plano los momentos de acción, o por último cómicos, mostrándonos cuestiones más ajenas a lo que se espera ver de Hood. Muy a pesar hay algo por debajo de todo este recetario tradicional, y es por esto que me he tomado la delicadeza de hacerle una crítica a esta película. El discurso frente a todo un pueblo que manifiesta Hood bien podría pasarse por una pronunciación anti-monárquica, se convierte así en un ideólogo populista. Robin Hood es además la historia de cómo un “arquero” pasó a poseer kilómetros de parcelas de tierra y se dio cuenta que el reino vivía del pueblo, de sus tierras. La intención de Scott da mucho que pensar. Vemos alianzas entre los pueblos ingleses que se levantarán contra el rey, vemos a un simple soldado que es capaz de pronunciar sus apatías frente a su monarca, vemos también a un cocinero que mata a un rey, un cocinero que prácticamente tomo un arco y una flecha en su free time y cambió el rumbo de la historia. Hay una silenciosa presencia de un sheriff o autoridad pública que se muda de patria como quien se cambia uno de zapatos. No hay presencia de la iglesia, una figura elemental en la época medieval. Apenas hay un nombramiento de Dios a boca del monarca Juan cuando este dice que al ser elegido por Dios su palabra es palabra del mismo divino – no será que se está citando las palabras de un líder que creyó ser “el divino” –. Ridley Scott posiblemente trata de comunicar algo más por debajo de un ídolo popular. Una observación suspicaz que solo deseaba comunicar. Salvo de este comentario, Robin Hood no pasa ni pena ni gloria.