jueves, 21 de febrero de 2013

Artículo publicado originalmente en Cinespacio.

Me tomo la licencia de re-ordenar la trilogía sobre la Dictadura Chilena que Pablo Larraín ha ido dedicando, no por el mero hecho de dejarme guiar por su orden cronológico, sino más bien por el proceso sobre cómo la sociedad chilena –según la mirada del mismo director– ha ido asimilando esa dura etapa ocurrida en su historia nacional. En Post mortem (2010) vemos al personaje interpretado por Alfredo Castro convertido en un empleado de la morgue días previos al golpe de estado a Salvador Allende. Es pues la historia sobre cómo este hombre “sumiso” se confunde en medio de la ruma de cadáveres, siendo él un “muerto en vida más”. El final de esta película es clave. Castro, luego de una actitud parsimoniosa, casi zombie, ultima a una amante suya. Parece haber sido contagiado por ese ambiente maligno. En Tony Manero (2008) ahora Alfredo Castro protagoniza a un hombre que vive en su fantasía, ser el bailarín de Fiebre de sábado por la noche. En paralelo, es un ladrón, un asesino, un ser perverso. En ese entonces, la Dictadura Chilena se encuentra en una de sus peores crisis.

No (2012) es completamente distinta a sus predecesoras. En efecto, el último filme de Pablo Larraín cumple con los rasgos necesarios para candidatear a los Premios Oscar como Mejor Película Extranjera. Es un filme basado en hechos reales, de corte político, un caso delicado para una nación. Posee una trama dinámica, diálogos inspirados a un cine de género como el thriller. Hay momentos de tensión, elementos cómicos que los neutralizan, está el drama familiar. Se sostiene de fuentes reales, spots publicitarios que existieron. Pero de hecho lo que le otorga más peso comercial es la presencia de Gael García Bernal, actor mexicano recorrido y reconocido por la Gran Industria. Son elementos suficientes que la nivelan junto a un ritmo de cine menos hermético, al que por el contrario sí corresponden Tony Manero o Post mortem, filmes plagados de mutismos, situaciones con una carga metafórica. Sus mismas ambientaciones son más extrañas, minimalistas aunque muy significativas. Lo cierto es que fuera de una estrategia comercial o de llegar a otro tipo de público, Pablo Larraín, en correspondencia al tratamiento que ha ido otorgando a la Dictadura Chilena en sus filmes, justifica su inclinación a este nuevo lenguaje, más abierto y sin mayores estribos.

Es 1988 y el gobierno chileno ha convocado a un Plebiscito. El pueblo está libre de elegir si desea o no que continúe Augusto Pinochet en el poder. René Saavedra (Gael García Bernal) se convertirá en el publicista responsable en darle imagen a la votación por el “No”, aquella que es financiada por un gran número de partidos, cada uno con una postura política distinta del otro, pero coincidiendo que el gobierno de Pinochet tiene que ser derrocado. En No hay más personajes que en los anteriores filmes de Larraín que hablan sobre la Dictadura. El director continúa además con una estética de ambiente retro, en esta ocasión, más maltratada y satinada por colores fieles a una grabación casera o de Super 8. Al igual que en Tony Manero, Larraín cita distintas fuentes musicales, recursos de la cultura de entonces, elementos puramente nostálgicos. Una ambientación que sin duda colabora con ese lado sórdido y demacrado, pero no en el sentido de Post mortem, donde su fotografía era pálida y tenue, sino con una variedad de colores desteñidos. El ambiente de No tiene la necesidad de manifestar un aire optimista en medio de un pesimismo que parece estar arraigado. Es pues una especie de diseño estético que está en confrontación, en pleno debate. Se acerca el cambio.

Post mortem, Tony Manero y No pudo haber sido el orden. El primero parte con el luto y la ignorancia de algo que es muy trágico, pero que sin embargo para los ojos del personaje de Alfredo Castro, actor fetiche de Larraín, parece cosa temporal. Ya en Tony Manero el nuevo personaje de Alfredo Castro ha sido presa del contexto. Él es parte de la tragedia, es el chileno que destruye al chileno con un sentido ilógico. Castro aquí goza de su fantasía, de la muerte del otro, del libertinaje, del costeo. Alfredo Castro en No tiene nuevamente su propio personaje. Es el publicista del otro bando, el enemigo, el “Sí”. Castro aquí ya no es ni el sumiso ni la paria social. Es el colaborador del Gobierno, pero uno más por costumbre y no por vocación, y esto se comprueba al final del filme. No merece tener un idioma que pueda ser codificado en su totalidad, con menos patetismo y más realismo. Es un tiempo en que la población ya no se calla y el mutismo ha sido traído abajo. Es el llamado a la libertad, el usar la alegría como estrategia de imagen, citar a las telenovelas superficiales, es el derecho a “soñar”, ampliar horizontes, respirar nuevos aires, vivir sin miedo.

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