Un gesto mágico y misericordioso es adaptar una inocente fantasía. La sociedad entre los directores Lorenzo Ferro y Lucas Vignale se orienta a la tradición de una generación infantil tomando las riendas de la ficción/realidad. Ahí están varios clásicos franceses como Cero en conducta (Jean Vigo, 1933), La guerra de los botones (Yves Robert, 1962) o L'Argent de poche (Francois Truffaut, 1976). Pero si vamos al terreno argentino, ahí está la reciente filmografía de Iván Fund. Películas como Vendrán lluvias suaves (2018), Piedra noche (2021) y El mensaje (2025) obligan al espectador adulto a mirar, empatizar e imaginar como a un niño. Y también está Crónica de un niño solo (1965), el clásico argentino realizado por Leonardo Favio, de quién podemos ver un fragmento de su Soñar, soñar (1976) que funcionaría como una suerte de trampolín para el personaje de El tren fluvial (2026). Esta historia inicia con la manifestación de una rutina disciplinada. Milo (Milo Barría), un niño, es entrenado por su padre para ser un bailarín de malambo. Es casi un ejercicio militar el que recae sobre su corta edad. Es por eso no lo culpamos cuando emprende su sueño y travesura de escaparse de su localidad rumbo a Buenos Aires. Capaz no es tanto su hartazgo sobre la vida que le tocó, sino el deseo de alcanzar esa vida que no le tocó, idea que le sembró, por ejemplo, el cine, a través de la travesía del protagonista de Soñar, soñar, de Favio.
martes, 17 de febrero de 2026
76 Berlinale: El tren fluvial (Perspectives)
Ferro
y Vignale entonces inician la deriva infantil con una fuga maravillosa. Ahí
está a lo que me refería más arriba. Esta es una película en donde el pequeño
protagonista tiene la licencia de hacer las cosas a su manera y no habrá
realidad o fiscalización que lo detenga. De pronto, se difumina cualquier
factor moral o razonamiento adulto y solo queremos que el muchacho vaya a buen puerto.
Creo que con esa escapada inusual queda claro que Milo posee cierta inmunidad a
donde vaya. Más allá de ser un giro dramático, es más bien el punto de arranque
que avisa nos preparemos para lo inesperado. Reconozco El tren fluvial como
un cuento infantil. Aquí encontrarás otros personajes, unos variopintos,
exóticos, los que refuerzan el deseo del descubrir esa Buenos Aires idealizada,
curiosa, igual de improvisada como los pasos del protagonista. Claro, no dejan
de sonar las alarmas de peligro a cada que Milo podría enfrentarse a un
problema; sin embargo, no nos olvidemos que los autores de esta fantasía están
de lado de su personaje. Es la dulce complicidad del dejarlo ser, dejarlo
conocer eso que es imposible desde sus circunstancias. Ahora, eso no significa
que se dará carta blanca a sus aspiraciones. Ya lo dije, veo esta película como
un cuento infantil, y, por tanto, debe de haber retos, complicaciones,
aprendizaje y una moraleja. Incluso al momento de darle una dosis de realidad, Lorenzo
Ferro y Lucas Vignale son compasivos frente a su pequeño héroe.
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