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martes, 28 de enero de 2020

Mujercitas

Es a propósito de un debate (interior) de Jo (Saoirse Ronan) que se descubre el rasgo más interesante de la última película de Greta Gerwig. Mujercitas (2019) hace balance entre la comedia y el drama. Es la mirada entre el pasado y el presente, el soñar y la resignación, la ingenuidad y la madurez. La historia no narra el proceso de aprendizaje de un grupo de niñas, sino hace comparación entre las temporalidades, presta atención a los cambios y la resistencia de sus personajes a preservar ciertos encantos que resulta difícil sobrellevar en una vida adulta. En un presente, las mujeres siguen teniendo los mismos conceptos, incluyendo las fantasías, que tenían de niñas; sin embargo, la realidad se las pone complicada. La Guerra Civil ha terminado, y con ello la etapa romántica ha cumplido su tiempo de vida. ¿O no?
En esa escena crucial, que además sirve para desarrollar la personalidad de Jo, se pone en manifiesto dicha incógnita: ¿ceder al compromiso o insistir al deseo de independencia? Es decir, ¿ceder al romanticismo o un nuevo cambio? Jo afirma su postura, pero no deja de poner en evidencia eso que le está embargando. ¿Es que acaso ha traicionado su propia naturaleza? ¿Jo, al igual que todas sus hermanas, ha decidido a resignarse? Ahora, ¿es que es resignación o simple consenso? Escenas más adelante, Jo negocia su novela. Nuevamente, el mismo debate se germina. Finalmente, vemos a la escritora llegando a un acuerdo. No es un gesto de resignación, es un indicio de afincar una idea –la de Jo– en medio de un imaginario contrario. Mujercitas es romántica de inicio a fin, pero dentro de ese universo ficcional, un cambio se avecina.

lunes, 27 de enero de 2020

1917

La nueva película de Sam Mendes tiene momentos imponentes. Son las escenas en que la acción y el drama se combinan, instantes en que la cámara se obliga a correr estrepitosamente sin perder completamente la estabilidad, al menos lo necesario como para descubrir la coherencia que surge entre el ritmo cardíaco de los personajes y el panorama caótico del campo de batalla. Son en esos instantes en que el plano secuencia encuentra el mejor sentido de su naturaleza: combinar la fuerza dramática con la habilidad de un montajista. Es un modo de registro complejo que implica un alto riesgo. Son muchos elementos y pautas, y todos deben de cumplir una misma sincronía. Es un baile en el que cualquier paso en falso desmoronaría la iniciativa. Técnicamente, 1917 (2019) es un logrado desfile de planos secuencias que aparentan ser una única toma.
Argumentalmente, la última película de Mendes se queda corta. La historia se alinea al tópico de “rescate” en terreno bélico. Los dramas o motivaciones de los protagonistas no son ajenos a lo que el género ya antes ha manifestado: cumplir con una misión, disuadirse por lo personal o el simple deseo de no morir. La película no posee muchas opciones para estimular las expectativas argumentales, e incluso parece escatimar el desarrollo de eventualidades o intromisión de otros personajes. 1917 es un filme de sobrevivencia. Es decir, son los protagonistas resistiendo, siempre en movimiento y hacia una misma dirección. Lo único que cambia son los terrenos y extras que no tienen más meta que el de hacer pausa o ser puntos de tránsito o descanso. Sam Mendes no se empeña en desarrollar más personajes o dramas complementarios. Todo se concentra en las pruebas de riesgo que les espera a los protagonistas, que no es más que la definición de la espectacularidad de su montaje. A eso se reduce su filme.

martes, 21 de enero de 2020

Jojo Rabbit

Al igual que en What We Do in the Shadows (2014), la última película de Taika Waititi abraza la parodia siendo este su atractivo más inmediato. Lo cierto es que de ello no depende el éxito de la película. Respecto al primer filme mencionado, Taika Waititi se diferenciaba, por ejemplo, de otras comedias vampíricas como El baile de los vampiros (1967) o Dracula: Dead and Loving It (1995), a propósito de su premisa argumental: una introducción a la rutina macabra de un grupo de vampiros en clave de falso documental. Caso Jojo Rabbit (2019) no hace más que congregar premisas ya conocidas. De pronto, hubiera sido más atractivo que se concentrase en su versión nazi de El invisible Harvey (1950), siendo un compañero imaginario una proyección del imaginario ideológico, un análisis más profundo que la sátira que, en este caso, no hace más que poner en ridículo los argumentos ideológicos. Además, qué es más aleccionador y reflexivo que el solo ver a un infante expuesto y obedeciendo a una idea insidiosa. En su lugar, es el repetido truco moral y dramático de personajes redimiéndose en un terreno en decadencia. Eso hace de Jojo Rabbit predecible.