martes, 13 de agosto de 2013

17 Festival de Lima: Tesis sobre un homicidio (Sección Oficial de Ficción)

Al igual que la brasilera Tropa de Élite (2007), la argentina Sin retorno (2010) o ciertos filmes protagonizados por Ricardo Darín que estuvieron en competencia durante anteriores ediciones del Festival de Lima, Tesis sobre un homicidio (2013) se perfila a la cuota light en la selección de este año. La película dirigida por Hernán Golfrid apunta a ser un thriller sobre descubrir al asesino, lo que implica la revelación de pistas, el hurgamiento al pasado, la obsesión del acosamiento y del reto personal. 
El abogado Bermúdez (Ricardo Darín) se ha tomado a pecho el que uno de sus estudiantes comience a construir una serie de argumentos que lo encubran y a la vez lo descubran de un acto homicida. Es la fabricación de un desafío del alumno al maestro, y en medio de eso se descubren los conflictos internos de este detective “temporal”, sobre un amor frustrado, de soltería aparente y demás cargos que estructuran al estereotipo del cine negro. A Tesis sobre un homicidio le hace falta inteligencia para crear ese “monumento a la soberbia”, esa que nos recuerda al pecado capital del detective Mills en Seven (1995), de David Fincher.

lunes, 12 de agosto de 2013

17 Festival de Lima: Gloria (Sección Oficial de Ficción)

En un Chile actual, existe un lugar en la sociedad donde una generación madura se reúne a diario para darse una oportunidad. Son el grupo de divorciados en busca de un “nuevo cambio” en sus vidas, situación que los ha dejado en soledad o en medio de conflictos internos. Son los rostros envejecidos de personajes que se (re)conocen entre sí. Conversan, se ríen, beben, bailan, se hacen mutua terapia. Todos ellos, sin embargo, no son capaces de rehabilitarse de la misma forma. Gloria (2012) significa para Sebastián Lelio una renovación en su cine. La historia de una mujer divorciada al borde los sesenta años se aparta de la necesidad de desmitificar a los cánones religiosos vistos en La sagrada familia (2004) o Navidad (2009), es además ajena a la crónica trágica contemplada en El año del tigre (2011). Lelio, por el contrario, no deja de tomar a la población chilena como elemento de estudio. Su cine insiste en representar una radiografía social de su país.
Gloria, en sus inicios, parece inclinarse a las normas convencionales que podría esperarse de un filme que toma por tema central a la vejez. El personaje principal de la película, en medio del júbilo festivo de un grupo de su misma generación, parece ser víctima de la “invisibilidad”, efecto que parece pronunciarse en sus espacios íntimos, en las inmediaciones de un tenue departamento custodiado por un felino intruso o en la visita de sus seres queridos, quienes parecen no percibir o compartir de su estadía. Gloria (Paulina García) a primera vista podría ser confundida por una mujer que rehúye de su soledad trágica, sea espantando a un gato de su morada o acechando de llamadas a sus mayores hijos. Su frecuencia a espacios sociales, en busca de compañía o libando alcohol al borde del exceso, podría ser interpretado como un efecto de frustración o estrategia desespera por curar una dolencia reprimida. Lo cierto es que hay otra intencionalidad en toda esta introducción.

Gloria se distingue de otros filmes al abordar el divorcio y la vejez desde un concepto contrario, casi radical. El personaje de García no es ni frustrada ni reprimida. En medio de las danzas y los juegos de cortejo empleados por Gloria, existe en ella una naturalidad que explaya franqueza y autenticidad. Sus visitas a espacios nocturnos no son más que el allanamiento al goce de ser libre (no se confunda con libertina), la necesidad de sociabilizarse no pensando en llenar un vacío, sino apelando a las normas de la misma naturaleza humana. Es así como el espectador es testigo de cómo Gloria ríe, canta, flirtea, tiene sexo, hace yoga, va a reuniones, conoce gente e incluso en el camino tiene amantes furtivos. Su vida de casada está finiquitada y ahora, en calidad de divorciada, no se impide en compartir su vida con una nueva pareja. Entonces conoce a Rodolfo (Sergio Hernández) y ambos se enamoran. Es a partir de aquí que Lelio dispone una confrontación en la trama, una que por cierto la vuelca hacia la realidad chilena.
Gloria y Rodolfo, ambos divorciados, son polos opuestos. Los dos se conocieron en una fiesta de solteros, lugar que por cierto es anecdótico. Por un lado invitando al cambio de vida, es decir, dejar atrás esa antigua rutina de casado y darse una oportunidad, es decir, vivir el presente; mas en paralelo, el ambiente de este espacio es pasadista, lugar de memoria donde se escuchan melodías de antaño. El pasado entonces insiste en no retirarse. Hay por lo tanto dos vías de acceso dispuestas a sus invitados: la superación o el estancamiento, y Gloria y Rodolfo responden a estos, respectivamente. Se abre camino así al conflicto del filme y además al discurso relacionado a la sociedad chilena. Gloria refleja dos modos distintos de enfrentar el divorcio, uno que está dispuesto a renovarse, mientras que otro está (de)pendiente a lo que en teoría ha sido consumado. Rodolfo es temeroso a rehacer su vida, se resiste al cambio.

Socialmente, la película da señas de la realidad chilena, una sociedad que está en pleno cambio. La jovialidad (no física, sino anímica) como estrategia para dicha renovación. En Gloria no solo los personajes, sino todo Chile está en un tránsito de cambios. Son los últimos rezagos de la Dictadura, es la expurgación de los tormentos o del pasado, aquello que no se abandona de un día a otro, es por eso que de vez en cuando los fantasmas reaparecen en forma de sueños o alucinaciones (muy acertada la escena donde Gloria hace memoria de los tiempos de “cacerolazos”). Rodolfo y Gloria son los rostros opuestos de una sociedad chilena, una compuesta y otra retraída, sometida aún al gobierno matrimonial ya extinto, pero que parece estar fresco en la mente de algunos. Inmersa a esta realidad, y volviendo a su introducción, Lelio parece brindar un reconocimiento a los personajes olvidados por la sociedad actual, los que vivieron de cerca esa etapa oscura de su Historia y que además tienen mucho por demostrar en aspecto de valores.
Respecto a esto último, Gloria simula representar a un ícono no solamente femenino, sino social. El personaje principal del filme, en medio de su drama íntimo, mantiene una lucidez y un optimismo arraigado. El amor no parece sonreírle a esta mujer, muy a pesar nunca somos testigos del desvanecimiento de este personaje. Parece existir un código de honor o tal vez simple dignidad en Gloria al prohibirse sufrir, salvo en sus momentos maternales donde no se reprime.  Paulina García es punto fuerte en el filme. La actriz es domadora de un poder de seducción que desata sensualidad y mucho encanto (hay un aire a Diane Keaton en la interpretación de la actriz chilena). Muy aparte de su construcción anímica, Gloria se establece en base a las miradas y gestos que lanza a diestra y siniestra, enamorando con sutileza efectiva. Está también un lado impulsivo, de mucho arranque y carácter, como la otra Gloria de John Cassavetes (1980), una que también aprendió a empuñar el arma.

17 Festival de Lima: Día de pesca (Sección Paralela Gala)

Tal como se infiere en uno de sus títulos más celebrados, Historias mínimas (2002), el cine de Carlos Sorín está dispuesto de relatos que dentro de su sencillez y su mesura dramática aspiran a convertirse en crónicas artesanales, eventos que no pecan de pretensión sino de sensibilidad y una belleza natural. El cineasta argentino es promotor de un estilo de carácter bucólico. Sus locaciones plagadas de minimalismo y paisajes rurales, despliegan melancolía y la traducen en su versión más optimista. Al igual que Bombón, el perro (2004) o La ventana (2008), el último filme de este director es una invitación a la esperanza y a la reflexión.
En Día de pesca (2012), Sorín retorna a su espacio fetiche, la Patagonia, geografía que servirá de lugar de reposo para Marco Tucci (Alejandro Awada), un ex alcohólico recién rehabilitado que llega desde Buenos Aires en busca de un hobby y de una hija que no ve desde hace años. Similar a la mayoría de sus filmes, el director crea de un drama una fábula con aire de comedia. Es una ruta en vías al aprendizaje, aquello que en su tránsito será testigo de esas “historias mínimas”, el encuentro con pequeños personajes que van despertando afección y naturaleza humana. Tucci si bien es extranjero en estas tierras desconocidas, en su camino irá hallando algunas amistades furtivas, señas y ánimos que le darán cobijo y terapia a una alma arrepentida.
La redención es tema central en esta película. El protagonista principal, recuperado de su adicción irá en busca de aquello que un día fue extraviado. Por encima de seguir las pautas médicas, Tucci hace caso sobre todo a sus pautas espirituales. Renovar su vida implica hacer las paces con su hija a la que un día abandonó por culpa de su vicio. No cumplir dicha meta, implicaría el desgano o la pereza de seguir en pie con sus planes de pesca, aquello que ha decidido tomar como hobby como parte de su tratamiento. No pescar significaría el fracaso. El resentimiento y el perdón serán nudo dramático en el filme. Así como en Día de pesca, los personajes de Carlos Sorín son viajeros, personas errantes en busca de afecto; una road movie terapéutica.

domingo, 11 de agosto de 2013

17 Festival de Lima: Nebraska (un comentario)

Libre de spoilers.

Solo un breve comentario a Nebraska, último filme de Alexander Payne. Ya para su estreno comercial me decidiré a hacerle un artículo más amplio (estoy seguro que llegará más adelante por aquí).  Viendo las imágenes de esta película, hay una escena que me hizo notar cierto detalle, uno que se repite en Up in the air (2009), de Jason Reitman. Es casi un deja vu. Esto me hizo reflexionar la cercanía que existe entre ambos directores, no por el hecho de ser generacionalmente correspondientes, sino porque ambos comparten similares manías. Tanto Payne como Reitman, y por qué no decirlo, Carlos Sorín y Pablo Stoll en Latinoamérica, son directores que realizan dramas apañados por la comedia, la ironía, la parodia o lo satírico. Desde temas como el divorcio (Sideways en Payne y 3 en Stoll), el conflicto emocional (Los descendientes en Payne y Young adult en Jason Reitman) y la vejez (Nebraska en Payne y La ventana en Sorín), el humor, en cualquiera de sus versiones mencionadas, cumple una labor de neutralizador dramático.
Es también un cine reflexivo. Los protagonistas de Payne, como del resto de mencionados, son personajes que se sienten frustrados, decaídos, hay un desgano en sus corazones y en contra respuesta, estos están decididos a encaminarse por las vías de la rehabilitación, sea mental, sentimental e incluso hasta ideológica (Citizen Ruth, 1996). Es este tránsito el despertar del lado más humano en Payne, sobre cómo esta terapia o cambio de aires es una especie de negación al estancamiento para beneficio personal o para el mismo círculo íntimo de dichos personajes que están en sus idas y venidas. El road movie es símbolo de renovación, es la negación a la rutina que se divorcia de lo venéreo, de lo deprimente o que simplemente va en busca (o por pura suerte) de un pasado necesario. Reencontrarse con esta etapa es encarar viejos rencores o sensaciones reprimidas, y esto es lo que percibo en Nebraska (2013). La historia, no de uno, sino de dos individuos que viajan en vía a la rehabilitación.

17 Festival de Lima: César debe morir (Sección La Vuelta Al Mundo en 8 Días)

El día de ayer colaboramos con una reseña de la película italiana César debe morir en "Vértigo", suplemento encargado de cubrir el Festival de Lima. Esta es una versión ampliada de la publicada.

En la cárcel romana de Rebibbia, el director teatral Fabio Cavalli ha venido impulsando desde hace algunos años una serie de puestas en escenas a los interiores de esta prisión como parte de un programa de talleres dispuestos a los reos que cumplen sentencias que van desde penas cortas hasta cadenas perpetuas. César debe morir (2012), de los italianos Paolo y Vittorio Taviani, es una película ficticia basada en esta premisa real. Los directores de las laureadas Padre padrone (1977) y La noche de San Lorenzo (1982) realizan un filme que se asienta en una especie limbo narrativo. Protagonizada por actores profesionales, ex convictos y presos actualmente cumpliendo condena, los veteranos directores promueven una nueva lectura al “Julio César” de William Shakespeare, una que aspira a ser ficción y documental a la vez.
A grandes rasgos, César debe morir contempla los ensayos y el proceso de aprendizaje de los reos que juegan a ser emperadores, sucesores de un Imperio o cónsules asesinos, es decir, se dramatiza los previos al estreno teatral a celebrarse en el auditorio de la penitenciaría. Es a partir de lo indicado que se cumple un plano ficticio. En paralelo, los Taviani van apuntando a un lado más específico, es la mirada que congrega los testimonios de un grupo de personajes que van asimilando un texto a medida que reflexionan, que son presas del recuerdo o el rencor hacia sus compañeros o hacia ellos mismos. La obra de Shakespeare, a medida que se repasa en voz alta, va calando las mentes de estos condenados por asesinato, tráfico de drogas, crimen organizado y demás delitos que sin querer parecen refractarse en esta obra teatral canónica. Es entonces cuando el plano real se delata en el filme.

En el elenco de Fabio Cavalli existe más de un Bruto o un Casio. Reos que en un tiempo fallido fueron traidores, homicidas de compañeros de crimen, personajes reales que en el presente se retuercen por un acto perpetrado e irreversible, responsables de un episodio que hoy cumple castigo y que en un futuro será lección para la sociedad. César debe morir se confunde entre lo que dicta el guión teatral y lo que expone un parlamento original. Es así como ciertas líneas expresadas por los reos parecen funcionar en sus propios dramas sin faltar a las normas expresadas en la obra de Shakespeare. En más de una ocasión el espectador es testigo de cómo los actores en medio de la catarsis modifican su parlamento, uno que no ha sido efecto del olvido, sino una especie de terapia que expurga los demonios y manifiesta con propias palabras un sentimiento compartido.
No se sabe si por obra del propio Cavalli o los Taviani, dentro del argumento los presos siguen como indicación que sus líneas deberán ser pronunciadas mediante su propio dialecto (lombardo, toscano, napolitano). En otros términos, hay una motivación o una necesidad que lo expresado por estos reos sea de carácter auténtico, lo más veraz posible, aquello que no los desligue de sus propias tradiciones o procedimientos. Es por esto mismo que “el Marco Antonio de Rebibbia”, un condenado por crimen organizado, al momento de hacer discurso a los pobladores romanos sobre la traición contra el César, parece más bien evocar el código de honor sujeto en la mafia italiana. César debe morir es ante todo un drama carcelario en gran parte compuesto en escala de grises, momento en que lo irreal cobra significado en la vida de un grupo de condenados, pero para cuando todo toma color, la normalidad nuevamente los apresa.

17 Festival de Lima: La paz (Sección Oficial de Ficción)

El desgano y el agotamiento son el diario de Liso (Lisandro Rodríguez), así como la dificultad misma de replantearse una nueva vida luego de su encierro en un sanatorio por un largo tiempo. En medio de su juventud y las comodidades de una crianza a manos de una familia de clase acomodada, Liso no haya remedio o respuesta para solucionar un desequilibrio mental que está a punto de ceder. La paz (2013), de Santiago Loza, es un drama que descubre a un personaje plagado de mutismos, uno que aísla sus conflictos y apenas los descubre en las mordeduras de uñas o miradas al vacío.
Nada se sabe de lo que fue o lo que hizo Liso tiempo atrás, lo que sí se descubre es su fragilidad, la actitud dócil de un infante que corre al regazo femenino en busca de la comprensión maternal, que lo cumplen la misma madre, la abuela, la sirvienta e incluso una amante furtiva, es por eso que la crisis llega cuando algunas de estas se van retirando de su vida. Santiago Loza realiza un filme que no encuentra novedades, componiéndose además de una estructura que no que claro o que simplemente cumple su rol de estructurar.

sábado, 10 de agosto de 2013

17 Festival de Lima: La jaula de oro (Sección Oficial de Ficción)

Tres adolescentes guatemaltecos irán en busca de suerte a EEUU. Durante su recorrido coincidirán con un indígena de su misma edad, además de un centenar de personajes naturales de países vecinos, al igual que ellos, en busca de una mejor calidad de vida. La jaula de oro (2013), ópera prima de Diego Quemada-Diez, en inicio da la impresión de descubrir un viaje de aventura adolescente, mas es en lugar de eso un viaje al terreno del desencanto, algo que se pronuncia desde la mirada de este grupo aún inocente e ignorante de una realidad crítica, desde su normativa social hasta la insurgente. 
En el camino serán presas de la injusticia y el abuso, mas en paralelo, serán cobijados y alimentados por una población que se mantiene unida y pendiente a la caridad de la gran comunidad. La jaula de oro es de un espíritu realista, construido bajo las temáticas de la amistad, el reconocimiento al “otro”, la inmigración y la crisis social. Salvo la mirada de un grupo de menores, el filme contempla lo que ya se ha visto anteriormente en Norteado (2009) o Sin nombre (2009), películas pertenecientes también al cine mexicano. Es además la frecuente sucesión de eventos desafortunados la que la vuelve redundante, incluso repitiendo similares situaciones.