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domingo, 28 de noviembre de 2021

36 Mar del Plata: Nuestros días más felices (Selección Oficial Fuera de Competencia)

Luego de Mamá, mamá, mamá (2020) y su tierno cuento que hace un panorama de la solidaridad femenina, lo nuevo de Sol Berruezo se embarca nuevamente a una historia dispuesta a consolar los conflictos internos de sus protagonistas. A propósito de ese compromiso de la directora hacia la tranquilidad de sus personajes, no puedo dejar de vincular a Nuestros días más felices (2021) con la también reciente Petite maman (2021). Curiosamente, aquí también la infancia es un rol mediador ante los pesares provocados por una tensa relación entre una madre y sus hijos, ello consecuencia de antecedentes que de igual manera no se detallan. Tanto Berruezo como Céline Sciamma tienen un profundo respeto hacia la intimidad de sus respectivas familias. Sus conflictos tienen un límite de lo privado, y el desnudarlos por completo definitivamente podría degradar el valor benevolente de sus relatos enrumbándolos hacia lo dramático. Claro, son películas asentadas en el terreno del drama, aunque no es uno que embarga o complica las posibilidades de una reparación en la relación de sus miembros, sino es un drama orientado por un conflicto que nos da señas de que está aconteciendo el principio de una restauración.

Un día después de recibir una mala noticia sobre su estado de salud, Agatha (Lide Uranga) despierta “recuperada”. ¿Ayuda divina o la prueba de que las lecciones de autoayuda funcionan? Sea lo que sea, el nuevo estado de la mujer de setenta años figura como un fenómeno oportuno. Berruezo, así como en su anterior película, nos presenta a una madre reuniéndose con sus niños y nos hará testigos de ese milagro de la reparación, pero no una física, sino una interna. Esta es la historia de personas que no lograron hallar el consenso en una rutina habitual y que ahora tendrán la oportunidad de solucionar ese conflicto emocional en el terreno de lo fantástico. Nuevamente, Petite maman. Estamos aquí también ante una circunstancia que se aventaja frente a lo real. No hay manera de que los adultos puedan lidiar con sus problemas filiales. Dicho esto, la posibilidad de que los mayores funcionen como niños, se convertirá en ese método para poder (re)orientar las perspectivas. En la película de Sciamma, una niña se encuentra con la proyección infantil de su madre a fin de comprender la raíz de las perturbaciones de esta última. De alguna forma, esto también acontece en el filme de Berruezo.
El encuentro entre la nueva Agatha y sus hijos es equivalente al encuentro entre niños. Estamos pues ante el caso de unos hijos adultos-niños presas de un complejo de castración. La personalidad avasalladora de la matriarca ha anulado o restringido hasta cierto punto sus expectativas o fantasías personales. Bien su hija habrá logrado independizarse, pero solo físicamente. El resentimiento es de hecho un vínculo que ha gestado en la mujer cierto estancamiento. Y qué decir del hijo, quien cumple el papel de un fiel y abnegado servil. Pero es en razón a la reciente apariencia de Agatha que los miembros ahora se contemplan a un mismo nivel. Obviamente, Agatha sigue siendo ella misma, sin embargo, sus facciones, esa identidad y ánimo que irradia dulzura, y que de paso ha logrado limar esa angustia de la madre, cumplen una función persuasiva. Entonces los niños adultos se sentirán más a gusto con una versión también frágil y que precisa al igual que ellos de protección. Nuestros días más felices es una historia sobre una familia de a tres sanando y sacando ventaja al tiempo que no deja de ser progresivo. Este es un punto de distinción frente a la película de Céline Sciamma. Sol Berruezo cita al tiempo con el fin de pensar sobre las implicancias, a veces restrictivas, de la maternidad, la fugacidad de la vida, el vínculo con el pasado que retumba en el presente.

jueves, 25 de noviembre de 2021

36 Mar del Plata: Piedra noche (Competencia Latinoamericana)

En su nueva película, Iván Fund se asocia nuevamente a un recurso fantástico como contrapunto para provocar una dramática que despliega mucha compasión humana. Mientras que en su película Vendrán las lluvias suaves (2018) los adultos desaparecían del escenario y los niños tenían que asumir el control de la situación, en Piedra noche (2021) acontece todo lo contrario. Un día el hijo de una pareja de esposos desaparece. Lo que parece apuntar a ser el retrato de un drama familiar termina más bien inclinándose hacia a un relato enigmático, pero no en un sentido de sembrar intriga, sino con un ánimo de menguar el desconsuelo de los mayores. Fund crea un vínculo entre lo imaginado y lo esperanzador a fin de generar una reparación emocional.

Así como la leyenda de un monstruo que habitaba en el Lago Ness —la que se hace referencia en la película— sirvió como método para salvar a toda una comunidad de la crisis, el subconsciente de los padres parece asumir esa lógica como terapia ante la pérdida de su pequeño niño. Piedra noche crea la historia de personas asistiendo al terreno de la fantasía como salvamento ante la depresión. Es a propósito que se entiende también la presencia de una empleada de la ciudad. En esta bahía, escenario en donde se desarrolla la trama, el “atestiguamiento” de un monstruo es la única estrategia desesperada para salvar a los habitantes y visitantes de la crisis económica argentina.

miércoles, 24 de noviembre de 2021

36 Mar del Plata: Espíritu sagrado (Competencia Internacional)

Una historia “cotidiana” narrada tras un filtro que lo eleva a lo místico y le hace tocar las puertas de la ciencia ficción. Para cuando fallece el líder de una convención de ufólogos aficionados, las cosas comienzan a ponerse un tanto extrañas. Espíritu sagrado (2021) cuenta la historia desde la perspectiva de José Manuel (Nacho Fernández), uno de los seguidores de una secta que combina los conceptos y creencias hacia la egiptología, la reencarnación y los OVNIS. Algo de esas descabelladas teorías de muertos que retornan o abducidos —que son otro tipo de legión de iluminados— comienzan a vibrar en la realidad y siembran la atención hasta del más escéptico. Infantes que desaparecen, extraños conociendo lo que no deberían, evidencias que hacen vacilar al buen discernimiento. De pronto, las figuras o señales, que empodera la ideología de los oradores de este círculo, están invadiendo la ciudad por donde circunda José Manuel. El cotidiano entonces deja de ser lo habitual para convertirse en escenario de lo que posiblemente pueda ser zona seleccionada para experimentar una promesa divina. Obvio, todo es extraño desde la mirada del espectador, pero un clímax para su protagonista.

Espíritu sagrado, en razón a dicha extrañeza, se va percibiendo como un thriller. Las evidencias vacilan esa resistencia por aceptar la línea racional que sigue el círculo de José Manuel, y en respuesta comenzamos a hacer una inspección de esas coincidencias que son incoherencias si se le mira desde un punto de vista ajeno al de un ufólogo. Es la pesquisa a la razón o lógica, a propósito de una ilación de casualidades que ciertamente resultan extravagantes. Algo de su mise en scene me recuerda al excentricismo artístico del Pedro Almodóvar de principio de su filmografía. El diseño de arte entonces alimentaba la personalidad maniática de sus personajes y el mismo contexto que irradiaba libre albedrío. Espíritu sagrado es más bien un ambiente en donde la ciudad está siendo apoderada por un velo de lo ridículo. Es como afirmar que un cerdo no vuela y de repente vez una silueta de un porcino elevándose por los aires. Aquí la razón se pone a prueba. El director Chema García parece divertirse con darle coherencia a las teorías más absurdas dentro de una realidad villana. Su película entonces evocará a una broma negrísima, de esas que duran pocos segundos, para luego incitar a una retroalimentación que debería de gestionar una reflexión y alarma social.

36 Mar del Plata: Camila saldrá esta noche (Competencia Latinoamericana)

Una película pensada para hacer apunte de ciertas ideas progresistas que giran en torno a un feminismo que ha ido ampliando su difusión en el escenario argentino desde el remonte del #NiUnaMenos. Camila saldrá esta noche (2021) inicia con unos adolescentes escuchando una lección histórica que hace un ejemplo de la colonización sobre el cuerpo y la sexualidad de una mujer indígena. La directora Inés María Barrionuevo expone esta premisa a fin de dar marco a la ideología y militancia que ejerce su protagonista. Camila (Nina Dziembrowski) es una adolescente movida por la ola de pañuelos verdes, comunidad pro liberación de la mente y el cuerpo frente a las represiones patriarcales orientadas por el conservadurismo social o el mismo Estado. A pesar de que ella todavía es una menor, somos testigos de una joven que ha concientizado ese pensamiento y sus derivas, y no duda en expresarlos cada que lo amerite. Esta es una película que no necesariamente presenta un gran conflicto, sino manifiesta algunos sobresaltos en su trama a consecuencia de la actitud comprometida e impetuosa de la adolescente que reacciona frente a los prejuicios o normativas que la califican como “rebelde” dentro del local educativo tradicional al que tendrá que formar parte a causa de un drama familiar.

A propósito, Camila saldrá esta noche, si bien revela un drama, el de la abuela en agonía, este es apenas una excusa para fortalecer el convenio que existe entre Camila y su causa, así como un deseo por subrayar los valores que se han adherido a su rutina. Esta no es la historia de una adolescente conmoviéndose por los últimos días de la mujer que simboliza a ese enemigo conservador y represor de la identidad femenina. Tampoco es el gesto de compasión de una hija hacia una madre dominada por un pensamiento neutral. La película de Barrionuevo hace representación de una militancia férrea al poner la causa sobre los sentimientos. Y así son varias las situaciones o leves conflictos que se asoman en esta historia en donde Camila no prioriza el carácter emocional, y más bien está continuamente persuadiendo o confrontando a su alrededor con sus ideas progresistas. Camila saldrá esta noche es un filme que está dispuesto a enaltecer la figura de su protagonista, siendo ella ejemplo de liderazgo o centro en donde otros simpatizantes gravitan. Ahora, tal vez sea eso un traspié ante la causa. Vemos a Camila reformando al resto, y ninguna o ninguno más a ese mismo nivel de compromiso o acción, lo que concreta una historia más sobre un personaje que sobre un colectivo. Por último, es también un argumento dominado por los convencionalismos de trama y estereotipos.

lunes, 22 de noviembre de 2021

36 Mar del Plata: Aurora (Competencia Latinoamericana)

Un retrato sobre la maternidad desenvolviéndose en situaciones intrincadas. La historia de la directora Paz Fábrega está conducida por un trío de mujeres. Esto no necesariamente convierte a su película en la representación de un universo femenino, sino en la observación de un rol que será ejercido únicamente por mujeres, en este caso, asumiendo el cuidado hacia la vida de un menor. Aurora (2021) empieza con Yuliana (Raquel Villalobos), una adolescente, descubriendo que está encinta, y es a propósito de esa revelación que recibirá la asistencia desinteresada de Luisa (Rebeca Woodbridge), una mujer a quien conoce de una escuela en donde ambas hacen caridad dictando cursos complementarios a niños. A primera mirada, podría decirse que este filme se reduce al panorama de personajes ejerciendo una actitud generosa innata, ya sea por conexión hacia su mismo género o hacia la sociedad en sí. El hecho es que hay una motivación tras esos actos de asistencia, y es eso mismo lo que anula ese valor de compromiso hacia lo social, el cual será reemplazado por un compromiso personal. No es un tema de valores, es un tema de establecer un vínculo hacia alguien que se convierte en una motivación íntima.

Ya para cuando vayamos conociendo la rutina de vida y antecedentes de cada una de las mencionadas, se irá comprendiendo esa resistencia o estímulo en cuanto al cumplir el rol de madre. Yuliana no se convence ante una vida que ella ha percibido como extenuante y hasta resignada. En tanto, Luisa reconoce en Yuliana la oportunidad de acoger un rol que le ha sido esquivo por razones no muy claras. Vemos de esa manera a dos “madres” dentro de circunstancias que son complicadas. Pero hay otra madre más, la de Yuliana, esa mujer a quien vemos ocasionalmente debido a la exigencia laboral, de la que, obviamente, depende para mantener a su familia en donde el padre es figura ausente. Aurora de esa manera congrega a mujeres desempeñando ese rol maternal según sus posibilidades. Esto es clave. En el trecho percibiremos una serie de actos de estas mujeres que a simple vista son cuestionables o hasta alarmantes, caso niños privados de la vigilancia paternal o una paternidad cedida a un adolescente que posiblemente ni sea el padre. Pero ante eso, Paz Fábrega se niega a cuestionarlos. La directora tiene en claro que sus personajes responden según sus perspectivas, condiciones o maneras de conducir su vida y no por simple deseo. En tanto, su película resulta ser también un reflejo social.

36 Mar del Plata: Quién lo impide (Competencia Internacional)

“Yo todavía me siento un adolescente”; dice en un momento Jonás Trueba. Ese comentario me retrae a Los exiliados románticos (2015), esa historia de tres amigos que deciden darse una escapada de la ciudad como prueba de que se aferran a ponerle fin a una etapa impetuosa y que está dominada por un tránsito continuo. Esos son los protagonistas en la fílmica del director español; ellos son los que no dejan moverse, siempre expuestos a nuevas experiencias y dudas, dispuestos a mudar sus sentimientos, emociones o sus mismas ideologías. Así como deja en claro la protagonista de La virgen de agosto (2019), ellos se detienen a reformularse, evalúan su existencia con intención de frenar la rutina y confirmar sus deseos por preservar ese ánimo de exploración personal. Ese es el trayecto que asume el elenco de Quién lo impide (2021), un proyecto a largo plazo que Trueba inició junto a sus socios cinco años atrás, adolescentes que se comprometieron a dramatizar sus rituales, fantasías, incertidumbres o conflictos. Este es un retrato y homenaje a la adolescencia observada desde distintas perspectivas, escenarios e instantes, algo que definitivamente la revela como una fase compleja, digna de valorar y, por qué no, aprender de esta por ajena que sea.

Ahora, a propósito de esa necesidad de Trueba de desarrollar su película en un tiempo extendido, no se confunda con relacionarlo, por ejemplo, a las motivaciones de Richard Linklater, director que, en su lugar, planifica una producción que se prolonga por años con intención de contemplar el efecto del tiempo sobre un individuo, como pasa en Boyhood (2014), o sobre en una relación de pareja, caso inició con Antes del amanecer (1995). Trueba se alía con el tiempo con el único fin de ir captando más testimonios. La adolescencia se reconoce como una temporada que inaugura los pensamientos individuales. Es en esa etapa en que acontece “la primera vez” de muchas cosas. A diferencia de Linklater, al español no le apetece atender el cambio físico o la redundancia de comportamientos que es entendida como la definición de una personalidad o clichés personales que se arrastran a lo largo de los años. Quien lo impide es el registro de aprendizajes, reconocimientos, las primeras definiciones de eso que los no hace mucho niños que van en tránsito a la adultez nunca habían prestado atención por sí mismos o vivido con esa curiosidad insaciable. Aquí el transito del tiempo es casi imperceptible al ser opacado por personajes en un (auto)descubrimiento continuo.

Otro detalle que también parece imperceptible, aunque en una vista general, es la distinción entre uno y otro de los protagonistas. Quien lo impide está interpretado por un colectivo, en tanto, el individualismo se anula y eso hace que muchas de las experiencias o testimonios que uno interpreta o dicta luzca correspondiente al resto. Es acertada la estrategia ocasional del director de asignar a un adolescente a que cuente un testimonio que le es ajeno al orador, pero el hecho de narrarlo ya lo hace de su propiedad o parte de su memoria. Esta es una absorción válida y consecuente debido al vínculo generacional que comparten. Se pueden contar historias de amor, pensamientos sobre el bullying o la soledad, cada una con distintas particularidades, pero a fin de cuentas al exponerse suenan familiares dentro de un círculo en donde todos sus miembros están recién explorando esas situaciones o definiendo sus primeros conceptos de tal o cual cosa. Trueba nos acerca a un escenario comunitario. Esto significa que, si bien podría estar estructurado por pequeños grupos o islas humanas alejadas de la mayoría, sus habitantes comparten muchas cosas e ideas, lo que a su vez se extiende a compartir motivaciones o posibilidades.

De ahí por qué Quien lo impide asume los principios de Los ilusos (2013), película que contaba la historia de un joven director buscando inspiración a partir de sus vivencias o de quienes que le rodeaban, exploración que lo llevaba a representarlas, ficcionalizarlas. Claro que adicional a la motivación de hacer cine, había también una motivación personal. O sea, crear una película sobre una escena de amor que de paso servía como una cura o depuración emocional para el autor. Caso los adolescentes de la última película del director español, ellos tienen bandera blanca para inventar y representar las historias que veremos. Eso no solo conlleva a compartir ideas inspiradas en sí mismos o en su alrededor, sino a que también estarán expuestos a un instante para reflexionar entorno a estas, esa pausa propia de la juventud abierta a explotar o reformular su presente a fin de proyectarse a futuro. Quien lo impide está plagado de secuencias de “mediación”. Podrá ser muy ficción o posibilidad lo visto, pero la misma invención no deja de repercutir en la realidad de los actores. Jonás Trueba una vez más expone los límites entre la realidad y la ficción, y va demostrándonos cómo esta frontera se va diluyendo ante nuestros ojos poco a poco.

viernes, 19 de noviembre de 2021

36 Mar del Plata: The Taking (Autoras y autores)

En una entrevista que le realicé hace casi dos años atrás a Alexandre O. Philippe, el director adelantaba su ánimo por realizar un western. Ese sería su primer largo de ficción, el cual ya tenía una idea desarrollada. Pero previo a esa primicia, confirmaba su obsesión por realizar documentales sobre sus cinefilias. Era entonces de esperar que, como antesala a esa aventura ficcional, Philippe se vería tentado a retratar su obsesión hacia el género en cuestión mediante otro documental. The Taking (2021) no está lejos a los ejercicios emprendidos por el director. Hablar de los zombis en su Doc of the Dead (2014) o de la famosa escena de la ducha de Psicosis (1960) en 78/52 (2017) fueron también disecciones a ciertas películas con el fin de adentrarse a universos y a propósito comprender cómo la ficción generaba un impacto en la realidad. En The People vs. George Lucas (2010) se observa el fanatismo de toda una generación extasiada con la primera trilogía de Star Wars, y además la rebelión de muchos de ellos contra una “traición” hacia sus preceptos originales tras el estreno de la segunda trilogía. Vemos de esa manera cómo la ficción invade la realidad y provoca reacción, uno que es fruto del apasionamiento, y que es consecuencia de toda una argumentación o sustento ficcional que logró persuadir a poblaciones.

The Taking, a primera vista, podría confundirse como el documental más serio o académico de Philippe, junto a Memory: The Origings of Alien (2019). Lo son, sin embargo, esto no quita de que sendos sean también un registro a una comunidad de frikis. Si bien no vemos a los entrevistados vestidos de vaqueros, caminando como John Wayne o tomándose fotos frente al Valle de los Monumentos, no los salva de que estos mismos son el resultado de una masa de espectadores aficionados hacia el género, la cual se crio con sus patrones y estereotipos fílmicos que, definitivamente, amoldaron sus conceptos sobre el cine y la historia de las civilizaciones en el norte de América. Ahora, el hecho de que varias de sus disertaciones desenmascaren o hasta cuestionen el discurso adverso que envolvía el cine western en Estados Unidos, no significa que hayan creado un distanciamiento o aversión hacia los mismos. La afición es una relación de amor y odio, es extraña, trasciende, no caduca, parece renovarse una y otra vez. Muchas de estas películas se repiten, son casi clichés, pero, a ojos de estos y tantos espectadores fascinados por el cine western, cada película o secuencia es distinta y su visión sabe distinta a la primera o segunda visión. Es un acto de fe el que aquí se suscita, una epifanía ante la imagen y lo que sugiere esta.

Pero ese el segundo plano del documental, el cual que no se debate e incluso hasta se intenta esconder. The Taking es un estudio a los mitos que surgen dentro de las ficciones o representaciones western. Es todo un conocimiento adherido a la imagen el cual ha trascendido producto de la repetición y, obviamente, del filtro sublime y hasta inefable que directores como John Ford han proyectado entorno a lo que hoy se conoce como el Viejo oeste. Este es un escenario con buenos y malos mezclados en un espacio abierto, desértico y pedregoso, lugar de exploración, zona de enfrentamientos violentos, ello en valor de la ocupación de nuevas tierras, así como la expansión o preservación de la civilización. Claro que esta es una teoría del cine, y no una lección de historia, y es que, salvo casos específicos, una película nunca te contará lo que en realidad significaba el enfrentamiento entre una diligencia y los indios. Entonces, Philippe convoca a eruditos del tema para reflexionar sobre el western y sus montajes, esas máscaras que ocultaban la realidad en favor de crear un nuevo mito, el que, según los propios historiadores, fue una base esencial para el nacionalismo estadounidense, pero que a su vez oficializaba el destierro de los verdaderos aborígenes.

Se va entendiendo entonces el sentido del título. El western entendido como un ejercicio de la apropiación desde distintos flancos. Es la apropiación histórica, la negación o silenciamiento, por ejemplo, de la expropiación de las tierras de la comunidad navajo. Es una apropiación física, al dejar de ser lugar de comunidades aborígenes para ser un espacio para la ficción. Es una apropiación ideológica, dado que el escenario del Valle de los Monumentos no tendrá nada que ver con el sentido primitivo que le otorgaron sus primeros habitantes y en su lugar no deja de traducirse como el recinto simbólico de una nación que logró dominar hasta el espacio más infértil del vasto territorio que hoy dominan. Por tanto, lo que un día haya significado ese lugar árido de Estados Unidos, ya no existe más. En su lugar, solo hay ficciones o abstracciones que el espectador o el turista común y silvestre creer ver en el paisaje. A consecuencia de los mitos del western, la naturaleza ha perdido su esencia y se ha convertido en un plató. The Taking podría ser una gran introducción para entender el poder del cine cuando se trata de promover una propaganda. Alexandre O. Philippe realiza un documental muy nutrido en base a imágenes que sustentan las teorías engañosas y persuasivas del cine. Claro que eso de paso genera una paradoja. Pueda que suscite un acto de cuestionamiento, pero sus imágenes, esas bellas secuencias fílmicas, no hacen más que fortalecer el fanatismo hacia western.

36 Mar del Plata: Atlas (Competencia Argentina)

Hay algo de extravagante en el modo cómo es que se resuelve este documental. Esa alarma se enciende a raíz de esa entrevista, por momentos incómoda, a la nieta de un neurólogo, la inspección a oscuras a un almacén clínico plagado de cráneos encurtidos en frascos, el relato de un hombre que se bebía el contenido de esos recipientes, un cóndor que gravitaba en un hospital a modo de protesta, además de otras indagaciones o cuentos entre surreales y fantasmagóricos. Atlas (2021) es un documental que hace memoria a la figura de Christofredo Jakob, un investigador alemán que migró a Argentina apenas iniciaba el siglo XX, y que comienza a emprender una serie de estudios al cerebro de animales y algunos humanos, ello en favor de entender la naturaleza de ciertos casos mentales reconocidos en el hospital de salud mental para el cual laboraba. Es, de hecho, una presencia que genera una paradoja. Por un lado, es motivo de celebración debido a un ejercicio que ha dado como resultado todo un atlas de la medicina; por otro, es una práctica que ciertamente deriva a actos escatológicos. Es esa combinación de apreciaciones la que los directores Guadalupe Gaona e Ignacio Masllorens suscitan, tal vez a conciencia.

Si pudiera resumirse el modo cómo es que se estructura este documental, basta tomar como ejemplo la entrevista a la nieta y bisnieta de Jakob. Este momento está compuesto por testimonios dictados de una manera un tanto accidentada. Las mujeres llegan al punto, pero sus datos a veces resultan imprecisos o confusos. No dejo de cuestionarme también que mi atención por momentos se despista de la oralidad para atender más bien a la figura o comportamiento de estas señoras. De pronto, una idea malévola me surge. Es como si sus presencias fueran parte del universo al que aluden y gestionasen misma contradicción, al manifestar un factor a veces valioso, producto de la memoria que están dispuestas a compartir, a veces perturbador, dado el comportamiento extraño de sus expresiones que por momentos parecen graficarnos a ese escenario de individuos perturbados por los que estaba rodeado Jakob. Repito: es una mirada maliciosa la mía. Volviendo, Atlas no deja de combinar elementos que robustecen la paradoja de educativo, pero escabroso. Ahí está el paseo de unos niños en el zoológico y un guía que cuenta historias de apariciones; la exposición de los conceptos clínicos de Jakob comentados por sus hoy discípulos, combinados por fotografías que retratan la locura; el hospital aún en función, aunque con otro nombre, que convoca a nuevos estudiantes, pero que no deja de rebelar escombros, vestigios del abandono.

36 Mar del Plata: El perro que no calla (Competencia Latinoamericana)

Inició la 36 edición del Festival de Mar del Plata que va hasta el 28 de noviembre en modalidad presencial.

Un modesto y cálido retrato de la vida durante los treinta años. Ana Katz nos presenta la historia de un joven que parece no irradiar por sí mismo algún detalle especial. Se podría decir que este hombre, socialmente, está dentro del promedio, a propósito de su rutina y ambiciones un tanto limitadas. Se diría que es una película que va a la deriva de lo insustancial o poco trascendente. Lo cierto es que la directora se las ingenia para reunir, a manera de fragmentos o retazos de vida, eso que convierte a su personaje en alguien especial y quien, definitivamente, reflejará “eso” que se convierte en una esencia o frecuencia generacional. El perro que no calla (2021) sigue a Sebastián (Daniel Katz), un diseñador gráfico que trabaja desde una oficina y a quien le aguarda una serie de desvíos. Basta percibir la condición laboral y el profundo amor que siente este protagonista hacia su mascota para entender que estamos ante un embajador de un perfil familiar dentro de la sociedad. Katz parece hacer un tributo a una generación asociada a ciertas políticas e idilios que la distingue del resto. Ahora, no es de estos tributos que enaltece, o que mucho menos gesta alguna reflexión autocrítica, sino uno que simplemente contempla, describe aptitudes y reacciones, y provoca empatía por muy insulsa que sean las circunstancias descritas.

El perro que no calla se compone en secuencias temporales, etapas por las que transita Sebastián, siendo las elipsis o uniones una frontera que bien podría distinguir un antes y un después, pero que, a pesar, no dejan de tener una familiaridad o constante, ello consecuencia de esa personalidad dominante en este personaje. Sebastián es tímido, escatima palabras e incluso emociones. Esto, sin embargo, lo descubre como alguien emocional, sensible hacia su entorno y hacia con quienes crea un vínculo afectivo. Esa es la pauta de toda la película. A lo largo de esta trascendencia, el gesto humano es reinante, lo que provoca en cierta manera una recepción reconfortante, entrañable y que no percibe conflictos que generan algún desasosiego. Hay dos puntos dramáticos en todo el tránsito, muy a pesar, estos se digieren rápidamente, se difuminan en el tiempo, se extravían en el presente que no deja de avanzar. El impulso de Ana Katz por provocar estos saltos de tiempo frecuentes nos da esquema de un protagonista que logra superar y asimilar esas etapas críticas. Es a propósito que Sebastián, hasta cierto punto, se convierte en un individuo universal. Esa referencia a un escenario pandémico —o como padre de familia— es una seña inmediata. Es entonces que este hombre deja de ser promedio y pasa a ser un héroe de su propio entorno, digno de trascendencia.