domingo, 29 de abril de 2012

Terrence Malick Gourmet (1 parte)

A propósito del último filme de Terrence Malick, El árbol de la vida, actualmente en cartelera, una crítica de sus cuatro películas que forma parte de su filmografía.

De todo hay en la viña del Señor
Arthur Penn en Bonnie & Clyde (1967) extendió una pistola a dos sujetos “sin nada que perder” y creó un clásico en el cine del género criminal. Una película que en breves momentos describe la mediocridad biográfica de una pareja dispuesta a correr el riesgo con la intención de cambiar su historia, digna de ser impresa, fotografiada, novelada. Una historia atractiva que dentro de todo no prevalece en su trama. El clásico filme de Penn se manifiesta inicialmente con el boceto de un robo. El ingreso a un banco de dos personajes jugando a ser los bandidos del pueblo. Bonnie y Clyde, la pareja de armas tomar. Un dúo simplemente simpático que casi roza con lo ridículo, fruto de su improvisación. Lo cierto también es que Bonnie & Clyde es una película violenta, que a medida se extiende la captura de esta dupla, las víctimas van acumulando; y lo que aún es más sorpresivo, es que existe una necesidad por graficar los enfrentamientos violentos de una manera cruda y realista. Arthur Penn contrasta dichos estados de ánimo, trepando de la comedia a la tragedia, de las bromas a los pistoletazos a quemarropa.

Badlands (1973), opera prima de Terrence Malick, fue una película que causó tardíamente una mayor curiosidad a pesar de ser bien acogida por la crítica en el New York Film Festival de ese mismo año. De su director poco se sabe, y lo que se sabe es que no desea que sepan mucho de él. Lo cierto es que su primera película hace una remembranza al filme de Arthur Penn, y no necesariamente porque ambos comparten el retrato de una pareja de fugitivos que tiene problemas con la ley. Malick, de igual forma, revela un filme que guarda las apariencias genéricas al situar película como un melodrama más, pero que poco a poco va emergiendo un lado oscuro e inquietante. Si bien Arthur Penn provoca al enfrentar la simpatía de sus personajes con la recreación de imágenes violentas; en Badlands, que ciertamente no es una película que cristaliza la violencia al mismo grado de Bonnie & Clyde, obtiene el mismo crédito a partir de los perfiles psicológicos en sus protagonistas. Kit (Martin Sheen) y Holly (Sissy Spacek), a diferencia de Bonnie y Clyde, son de sesgo apagado, menos carismáticos, más sentimentales y de un espíritu extraño. Una versión introvertida de la pareja fugitiva de Penn.

Kit, luego de asesinar al padre de Holly, ha decidido escapar del pueblo junto con la joven. Lo que a inicios se aproximaba a una historia de amor irrumpida por el prejuicio social de un patriarca, se torna como la huída de una pareja –asesino y cómplice –que no posee algún rastro de culpabilidad frente a una serie de aniquilaciones que irán perpetrando a mitad del camino. Tanto Kit como Holly son dos seres atrapados en su propio mundo y no teniendo ambos algún interés por cambiar eso. Kit posee un repelente de tragedias, uno que lo libera de grandes preocupaciones como perder un puesto de trabajo, asesinar a alguien en el camino o asumir una pena letal por esto mismo. Kit apenas deja escapar una sacudida de brazos cada vez que la situación se agrava, una situación que se acerca más a una mera rabieta en lugar de una crisis emocional. Holly, a pesar de tener solo quince años –diez menor que Kit –, posee una candidez y una sumisión irregular, una que le impide diferenciar entre la vida y la muerte. Luego que Kit asesinara a su padre, la joven abofeteará a su amante para que seguido de eso retome el mismo estado de sometimiento e indiferencia.

Más que en la crudeza de sus imágenes, Badlands es violenta a partir de cómo sus protagonistas conciben la realidad trágica en sus vidas. Kit y Holly se perfilan como dos asesinos que no tienen carga de culpa, algo que incluso los aparta de ser cínicos o psicópatas, ya que no justifican sus acciones ni disfrutan de ellas. Malick crea a dos personas libres de agresividad u odio al prójimo. No existe una evidencia clara de asegurar si son seres insensibles frente a los males ajenos, como ocurre en la escena en que Kit dispara a un amigo suyo y envía a Holly para que le haga compañía. Existe lo que es una conciencia de los hechos, sin embargo no existe una respuesta “natural” frente a estos mismos, lo que enfatiza más a declararlos como seres incomunicados, no correspondientes a lo socialmente racional. La fuga hacia un lugar sin rumbo, el internamiento a la naturaleza salvaje, la construcción de un hogar en medio de los árboles, la fabricación de un idioma de sonidos solamente entendido por ellos, es nada más que el divorcio a la rutina, a la naturaleza civilizada, una que no se aleja de la violencia que ambos jóvenes van desatando en los bosques o campos. Badlands ironiza al crear una persecución a manos de un grupo que en la vida cotidiana convive diariamente con la muerte.

Durante la estadía en el pueblo, Kit encuentra a un perro muerto entre los basureros, Holly abandona a su pez enfermo en medio del gras, el padre de Holly escarmienta a su hija matando a su mascota, el mismo Kit trabaja en un matadero. La muerte rodea la realidad civilizada, la misma que ha engendrado a Kit y Holly, dos prófugos que escapan de sus iguales, aquellos que penalizan la violencia con violencia. Si algo se va concibiendo en este primer filme de Terrence Malick, es que ciertamente existe un razonamiento por el cual tanto el hombre como la naturaleza se combinan hasta el punto de ser parte de un todo. No existe humanidad sin la naturaleza, una que el hombre ha convertido en civilización, pero que a principios era salvaje.

Apocalipsis 8:7
Uno de los detalles que llama la atención en Badlands (1973) es el valor extradiegético que se emplea, este sostenido por la voz en off de Holly, la joven sumisa y despreocupada, quien a medida que la película va sucediendo –casi enteramente de forma lineal –, sus palabras son oídas ocasionalmente, mas siempre desligadas con lo que está ocurriendo. Es decir, Holly está en su cama junto a su perro, pero internamente va contando sobre cómo la muerte de su madre provocó que su padre decidiera tomar un nuevo rumbo junto a su hija. Este narrador, poco o nada, hace referencia a su contexto. Un narrador que más que “narrar” funciona como la entrada –una especie de libro abierto –que descubre a este enmudecido personaje. Holly, si bien posee una postura subyugada a la presencia de Kit, su amante, esta deja manifestar su modo de ser a través de sus monólogos interiores, discursos que divagan y que terminan por modelar el perfil de una mujer que en la realidad es hermética. Días de cielo (1978), de la misma manera que en Badlands, su historia tiene como acompañamiento la voz en off de un personaje, que si bien no posee ese enmudecimiento de Holly, este no cuenta con mucha presencia dentro de la trama.

Linda (Linda Manz) es una niña que en el transcurso de la película su voz es escuchada a la vez que la observamos junto con su hermano Bill (Richard Gere) y Abby (Brooke Adams), la novia de este, pasando sus días como jornaleros en una granja de trigo. Terrence Malick principalmente sostiene su historia a partir de un triángulo amoroso. Bill junto a sus acompañantes, son un grupo de errantes que han decidido abandonar Chicago en busca de un nuevo cambio en sus vidas. La llegada a un latifundio tejano será el encuentro con un granjero rico y solitario (Sam Shepard), quien se enamorará de Abby e ignorará la verdadera identidad de Bill, quien se ha presentado como “hermano” de la joven. Es así como Linda dentro del relato funciona como un personaje secundario, uno que se asoma por instantes y nos despista del enfrentamiento entre dos hombres amando a una misma mujer. Sin embargo, externo al relato, Linda funciona como personaje principal, uno que, voz en off, va redundando los hechos que están sucediendo y que, además, va manifestando un lado que su personaje real no exterioriza, un perfil que de hecho es un atajo para entender el universo que Malick desea reflejar en el filme.  

Tal como sucedió en Badlands, Terrence Malick recrea una historia que le servirá como punto de partida para tocar nuevamente los mismos temas de su primera película. Días de cielo, si bien es el relato de un triángulo amoroso, este se desenvuelve en medio de un conflicto existencial que sufren tanto el habitad como sus habitantes. Al igual que Holly, Linda es la voz omnipresente que va dando marcas en la historia de que existe una realidad distinta a la que está ocurriendo en escena. Por un lado, la imagen es testigo de un melodrama que envuelve a tres amantes, mientras que por otro, Linda y su voz van revitalizando algo que posiblemente habría pasado desapercibido. La niña es emisora de un mundo presa de una dicotomía, una afrenta latente entre dos bandos opuestos. Malick hace frente a un discurso natural: el bien y el mal son complemento en todo los seres, tanto hombres o animales. La misma naturaleza está rodeada de ella, y Linda es el reflejo de este razonamiento. La mirada inocente y tierna de un infante, convertida en la voz que vaticina el infierno y la decadencia de un grupo de personas que tendrán un juicio por manos propias y que no es más que parte de la vida y su naturaleza.

Días de cielo está construido bajo un contexto lleno de contradicciones. El amor entre Bill y Abby se asoma como verdadero e inquebrantable, sin embargo Bill consiente a su novia para que se case con el granjero convaleciente y poder obtener una ganancia a futuro. A medida que el amor del granjero hacia Abby va creciendo, también va gestando calladamente un odio hacia ella, al ir sospechando la engañosa relación que lleva con su supuesto “hermano”. La temporada de recolección en la granja, más adelante se convertirá en la perdición de esta misma tras la llegada de una plaga de langostas, la que será ultimada con la quema y pérdida total del sembrío luego de que ambos amantes se enfrentaran a muerte, los mismos que tiempo atrás jugaban a ser una sola familia. Malick tiene una necesidad por representar lo efímero, algo que viene y desaparece por obra del hombre y su naturaleza, dos imágenes que son complementarias, que se necesitan, pero que también se repelen, bien destruyéndose el uno al otro o autodestruyéndose. El desenlace de la historia no es nada más que la necesidad del director por recalcar que la existencia del hombre es una mera profecía, una realidad inevitable que alegoriza mediante continuos citados bíblicos.

A diferencia de Badlands, Días de cielo captó una mayor atención en la crítica sobre todo por su valiosa estética. Es a partir de esta película que la calidad fotográfica en la filmografía de Terrence Malick impera, sobreexponiendo el contraluz, la oscuridad iluminada y ajena de luces artificiales, los campos de trigo con un fondo vistosamente iluminado, finalidades artísticas que se sintonizan con el ambiente deprimente y nostálgico que impera en la película. El filme, por cierto, se inicia con una reproducción de fotografías, una manera de predecir un aire de melancolía y que junto con el fondo musical del “Carnaval de los animales” sitúan el comienzo de una tragedia. Por otro lado, la música de Ennio Morricone recrea una reflexión de la intención del filme, al combinarse pistas que suenan alegres y otras que son más decadentes, lo que refleja esa dicotomía a la que hace referencia la película.

martes, 24 de abril de 2012

La última pelea (o Warrior)

The figther (2010) trata el drama de dos hermanos, ambos inmersos en el mundo pugilístico y con grandes habilidades, solo que cada uno abriéndose paso por un camino distinto. Era el ángel malo y el ángel bueno, seres de la misma sangre desviándose cada uno por su lado, distanciados, enemistándose. Esa fue la dosis del porqué esta película de drama sobreexpuesta tomó vuelo. La afrenta entre dos hijos de la misma sangre es un referente clásico, uno que nos remonta a la versión bíblica de Caín y Abel, el mito griego de Etéocles y Polínices, respecto al cine, expuesto en Toro salvaje (1980), a propósito de la temática de la lucha. Warrior o La última pelea (2011) es una película efectiva al punto de promover el género de acción y drama de la mano, basándose en el citado argumento de los hermanos enfrentados, cada uno dispuestos a ganar un torneo de artes marciales mixtas, una versión de combate –no es gratuito esto –más ruda y competitiva.

El director Gavin O’Connor desarrolla un filme que, a diferencia de The figther, no se degrada por completo al lado dramático. La historia de Brendan (Joel Edgerton) y Tommy (Tom Hardy), dos hermanos que practican este deporte, además de cargar cada uno sus propios dramas –Brendan está a punto de sufrir una hipoteca, mientras que Tommy rehúye de sus malos recuerdos de guerra –comparten uno en común, el mismo que los ha lapidado por casi toda su vida. Warrior es la historia de una familia escindida, fragmentada por el alcoholismo de un padre que en la actualidad ha cambiado, pero que sus hijos se niegan a perdonar. Paddy (Nick Nolte), un padre envejecido, veterano de guerra y como entrenador en la jaula, sufre el presente por sus errores del pasado. La película desarrolla un argumento que rebosa por todos sus costados el drama, los perfiles de seres atormentados tanto con su pasado o su presente, pero que se pierde por unos instantes cuando la escena se muda al ring.

Warrior es una película que alegoriza el juego de titanes, la lucha de testosterona entre un grupo de hombres que crean sus imágenes mediáticas a propósito de un torneo de artes marciales, la misma que se corona como el “encuentro madre” de todos estos combates. A diferencia de la saga de Rocky, donde había un solo enemigo por secuela, la película de O’Connor dispone más de uno. Por delante está el inevitable encuentro entre los dos hermanos, sin embargo a estos le siguen la figura de un ruso como el más aguerrido del torneo, la perfil de un luchador que desea revancha, y la aparición de otros anónimos que la misma situación en uno de los hermanos provoca preguntarnos: “¿y quién será el próximo contrincante?”. Si bien la película está estructurada bajo un drama potente como se perfilaba la misma película de The figther, en esta ocasión hay una necesidad por despertar el lado aguerrido de la película, el choque de cuerpos por un grupo de personas que rivalizan por propósitos deportivos o personales, y son estos últimos los que despiertan y alteran el drama. Tanto el drama como la acción dependen de cada uno, revitalizándose entre sí.

El mayor atractivo de la película es rescatar el tema del amor y la redención en medio de un juego de violencia. Tanto el padre como los hijos, si bien son seres que aplican a las leyes de la fuerza –como la newtoniana, explicada a principios de la película –, esto no evita que estos mismos se cobijen en medio de sentimentalismos. Hasta la misma fuerza, siendo una manifestación agresiva, está sostenida por una ley y, por lo tanto, depende también de otros elementos. Es así como Warrior se descubre, una película donde vemos íntegramente el razonamiento de personajes orgullosos, testarudos, resentidos, pero que en ciertos momentos, reducen su rango de pelea. El bajar la guardia cuando se trata de pelear con un ser querido. El combate entre dos hermanos –donde ninguno es el malo –y la fuerza, solo dependerá del rango de odio o de amor que se tienen entre sí, dos situaciones que en la naturaleza humana no están lejos el uno del otro.

jueves, 19 de abril de 2012

Titanic: (sobre)valores de un filme para el consumo masivo

Artículo publicado por Cinespacio

Pero vayamos de frente al grano. Titanic (1997), en su versión 3D, a inicios, se expresa como una nueva experiencia, esto producto de una expectativa que viene desde Avatar (2009), película también dirigida por James Cameron, y que junto con Hugo (2011), de Martin Scorsese, serían las dos únicas películas que hasta la actualidad han sabido explotar este tipo de tecnología. Ahora, lo real es que apenas emprende la historia de Jack y Rose, ya nos hemos olvidado de las imágenes sobreexpuestas o partículas que parecen salir de la pantalla. El reestreno de Titanic se disfruta –al menos en este país –, no por el 3D, sino por sus impresionantes efectos, un sonido revitalizado, las tonalidades de sus gráficos digitales o no, bondades que poco o nada se pudieron percibir para el tiempo en que esta película sobrevalorada fue estrenada en el Perú, tiempo en que las grandes cadenas de cine recién se inauguraban e iban trayendo poco a poco la “nueva” tecnología.

No se hablé más sobre este punto. Titanic es en cierto modo una película que ha sabido trascender más como un producto de mercado o ganancia, que como un producto artístico. Frente a esto, toda película está destinada a ser un producto de consumo, sin embargo, la aceptación del público no se confunda con el valor fílmico. Cada uno es diferente del otro. Tanto La lista de Schindler (1993) como Jurassic Park (1993), ambos filmes de Steven Spielberg, tuvieron buena acogida, pero frente a esta situación son los dinosaurios los que están destinados a extinguirse. Titanic se ajusta a un idioma sobre lo que gusta (o gustaba) al público. Una historia de amor concebida en un tiempo record, frustrada además por una de las tragedias más grandes de la historia –porque así lo pinto Cameron en su filme –, el hundimiento de un majestuoso barco. ¿Qué implica eso? Efectos especiales, sonidos que retumban, vestidos de antaño, y lo que es mejor, el amor platónico de una anciana que ha guardado el recuerdo fotográfico por 84 años. Memoria más que envidiable.

Titanic se amolda a una variedad de factores que apuntan a lo seguro. Es una doble invasión, tanto por la vista, la calidad de gráficos y efectos presuntuosos en el filme, como a lo sentimental. Una película que juega al sentimiento al plantear una historia desgastada entre un chico pobre y una chica de la alta sociedad. Ambos rebeldes, transgresores, románticos, pasionales, novelescos, amorosos, ridículos, porque en eso consiste el amor. En aceptar el lado inverosímil de la situación, un amor imposible que se convierte en posibilidad, es entonces la película romántica, la comedia de la vida, la película de aventura, pero a esto se le enfrenta una situación dramática, entonces deja de ser comedia para convertirse en una tragedia, un melodrama, una película de muerte y espanto. Esto, más los inversionistas y la gran habilidad de su director James Cameron, figurado en Hollywood como uno de los más grandes productores de cine, fueron los que en gran parte lograron heredar a Titanic los laureles, y, obviamente, gracias al público.

Entonces, surge la pregunta: ¿Titanic es solo una historia repetida? ¿La película de James Cameron ha visto su gloria solo en el juego del negocio filmográfico? ¿Vale la pena ver o volver a ver Titanic, es decir, merece ser recordada? En cierto modo la mayoría de películas son producto de calcos, unos más descarados que otros, y la diferencia se promueven en el modo de narración, en su estética, en el cuidado o curación que se le aplica al filme. La película de James Cameron, a pesar de su larga duración, nunca logra aburrir. Titanic se sostiene de un buen guión, una historia que si bien se recarga en retratar la polaridad entre el mundo de primera y tercera clase, no se entretiene en crear personajes. En lugar de inventar nuevos nombres o perfiles, el filme prefiere dibujar a dos sociedades, y es a propósito de esto que se retrata a un pequeño grupo de la alta sociedad y a Jack. El Titanic es en definitiva otro personaje más, uno al que se manifiesta exclusivamente para explotar la amplia tecnología de entonces. Nos guste o no, James Cameron es hasta la actualidad uno de los grandes gestores en revolucionar la tecnología del cine.

Titanic sorprende en los momentos de la destrucción del barco. El hundimiento del transbordador es expuesto con una crudeza vil y veraz. Una cercanía de lo que muchos esperan verlo o enterarse tan solo viendo un documental y no una película. Cameron provoca lógica en el modo del desplome. El barco viéndose partir en dos, la desaparición parcial y luego total de la nave, divisar en modo perpendicular la última zona del barco a punto de hundirse. El mundo a oscuras, el griterío a mitad de las aguas congelantes, el fin del naufragio, el rescate a los cuerpos petrificados. Es la muerte graficada, una escena que sensibiliza, pero que no deja de ser artística, como la agonía que Sergei Eisenstein captura en las escalinatas de Odessa o el rostro pétreo de Juan de Arco siendo torturada en la versión de Carl Theodor Dreyer. Si escogiera un solo motivo para ver Titanic, una sola escena que marca la diferencia en toda la película, es cuando Rose busca ayuda para liberar a Jack, quien se encuentra aprisionado en un piso más abajo. El agua inundando la acera, los correderos vacíos, la luz en un ir y venir. La oscuridad. Es el pánico, la impotencia de una mujer que busca desesperadamente ayuda para su ser amado y no la encuentra. Es la esperanza que en un momento parece extinguirse, pegada en la pared, inútil, presa del miedo. El correteo sin ruta de un lado a otro. Eso, hasta que encuentra un hacha.

viernes, 13 de abril de 2012

Medianeras

IberFilmAmerica - Festival Iberoamericano Online

El argentino Gustavo Taretto dirige Medianeras (2011), una película que posee un tónico alineado a un estilo de comedias románticas juveniles en habla inglesa, tales como Juno (2007) o (500) Días con Summer (2009), películas que seducen a partir de su modo narrativo que va de la mano con un relato o diálogos ingeniosos, propio de personajes de comportamiento “raro” o excéntrico, que no es nada más que el mismo lenguaje de todo el mundo, solo que manifestado en un idioma distinto y sobreexpuesto. Medianeras narra de manera independiente la historia de dos personas que coinciden en gustos, manías y situaciones, pero que no se conocen el uno al otro. Mariana y Martín, cada uno habitando en su propio edificio, van sobreviviendo el día a día en busca de su complemento.

Si bien el idioma de Medianeras es su principal atractivo, es este mismo el que termina por hostigar. La trama de Taretto se dirige más a los pensamientos y razonamientos de sus personajes, sobre cómo estos asumen sus realidades solitarias y rutinarias. El filme de por sí es deficiente de una historia compleja. No existe en realidad terceros personajes, e incluso son pocas las acciones de la pareja en cuestión. Todo esto, así como los mismos diálogos, son reemplazados por una continua recurrencia de voz en off. Medianeras se alberga más a lo que piensan sus personajes, que a lo que ocurre. Es así como la película a veces se retrata mediante una filosofía urbana e improvisada, una que no escapa de la crítica social, tema comprometido y que de hecho desencaja en una película ligera de lecciones coyunturales.

miércoles, 11 de abril de 2012

Transeúnte

IberFilmAmerica - Festival Iberoamericano Online

La aglomeración urbana y el matizado propio de Río de Janeiro, se dejan de lado en Transeúnte (2010), una película donde el mutismo y el color en blanco y negro imperan. Lo que podría ser un conjunto de historias sobre algunos habitantes dentro de la ciudad brasileña, es en su lugar la única historia de un sujeto más: Expedito (Fernando Bezerra), uno de los tantos transeúntes que habitan en este inmenso contexto. El director Eryk Rocha realiza un filme contemplativo y rutinario, divorciado de acciones o un argumento estructurado que está sujeto a una temática sugerente. En efecto, Transeúnte relata con un aire nostálgico y solitario la vida de un hombre de aire cansado y meditabundo, sin embargo, es este mismo personaje quien a veces sonríe, quien camina y disfruta de sus pasos, canta, silba, grita, vive. Rocha más que encarnar a “alguien”, encarna al común. Un sujeto o un manojo de estados de ánimos del cual nadie podría estar libre.

Transeúnte emplea una buena dirección de fotografía, una bien apropiada para la finalidad artística del filme en referencia a sus encuadres ajustados, los rostros y las edificaciones urbanas enmarcadas a manera de retratos, el vacío gráfico que siempre acompaña a Expedito, sea por una calle o dentro de su misma casa. Eryk Rocha fotografía escenarios, aprovecha el contraluz y el juego de sombras que se desenvuelven en el día o en la noche. Transeúnte atrae por la mirada, por el juicio artístico que se expone en el filme. Por otro lado, lo posiblemente tedioso en la película es la amplitud de esta misma, una que parece alargarse a pesar de no remedar situaciones. Ya luego cerca al final este ánimo cambia y esto debido a que es el mismo ánimo del personaje principal que parece cambiar. A la última parte de la película es que se aglomera un perfil distinto al enmudecido Expedito. Un tipo andante, bohemio, nostálgico, enamorándose (o imaginándose enamorar) de aquella se le cruza por su camino. Todo un seductor anónimo.

lunes, 9 de abril de 2012

Pescador

A propósito de IberFilmAmerica -Festival Iberoamericano online -iremos comentando sobre aquellas películas que están dentro de la competencia.

Crónicas (2004), de Sebastián Cordero, es, a mi parecer, una de las mejores películas realizadas en Latinoamérica. Un guión simple, pero de un tema sugerente, global y actual, retratado de un modo que parcializa la historia, lo que agrega un plus a un argumento de naturaleza engañosa, agresivo y perturbador. Crónicas se codea entre notables títulos sobre películas que hablan en referencia al discurso periodístico, la ética y la moral. La interpretación de Damián Alcázar es un motivo más para ver esta película. Pescador (2011), al igual que el filme citado, se acerca al lado testimonial, sobre un sujeto desafortunado que un día observará la “fortuna” de poder sobrevivir de su estancado mundo. Basado en una crónica ecuatoriana, el director se ajusta al modo de narrar los sucesos, de manera lineal y contemplativa. Lo cierto es que no existe buen argumento para esta película.

Sebastián Cordero gusta de las historias de boletín. Aquellas que hablan de robos (Ratas ratones rateros, 1999), de asesinos en serie (Crónicas) u otros crímenes (Rabia, 2009), historias que poseen un marco contextual, que fijan la realidad, casi siempre caótica, sea dentro de Ecuador o en calidad de migrantes. El director ecuatoriano se ajusta a un idioma informativo para hablar a propósito de una situación que sus personajes lamentan. Es el encuentro con la posibilidad de superarse. Pescador es lo equivalente al “sueño americano”, solo que en una versión del subdesarrollo, con un humor agrio y pesimista que el personaje de Blanquito parece llevar siempre por encima de sus hombros. Ciertamente, un perfil que poco a poco se está extinguiendo dentro del cine latinoamericano, y que, por lo tanto, ha dejado de ser un atractivo; al menos en la versión que aplica Cordero.

domingo, 1 de abril de 2012

Los juegos del hambre

En un tiempo en que el mundo parece estar al borde de un colapso, una nación se ha visto en la necesidad de comenzar a enderezar dicha situación, la misma que ha ido afectando a las generaciones más prematuras, niños y adolescentes, aquellos que ahora reaccionan mediantes gestas incontrolables de violencia y rebeldía. La solución: anualmente se hará un sorteo al azar de un salón de clase de cualquier colegio, los mismos que serán abandonados a su suerte en medio de una isla baldía y serán parte de una aniquilación mutua en la que solo uno podrá sobrevivir. Los juegos del hambre (2012) es una versión occidentalizada de esta historia de terror lapidaria, en tonos de parodia y escenas de abundante gore. Batalla real (2000), película japonesa dirigida por Kinji Fukasaku, fue antes –incluso  –que  el libro de Suzanne Collins, aquel que describe un mundo apocalíptico donde los menores heredan las culpas de los mayores.

En efecto, nunca Estados Unidos estrenará una película de gran amplitud comercial que trate sobre un grupo de niños que disfrutan de la masacre de otros de su misma generación. Es por esto mismo que Los juegos del hambre se desvía más a la mirada compasiva de un grupo de mozuelos que dudan ante una situación que le son ajena, víctimas de la mala cábala y, obviamente, de sus antepasados que les han heredado una “solución” a tanta guerra y matanza provocada por la continua enemistad que existía entre los 12 Distritos décadas atrás. “Los juegos del hambre” es el combate a muerte entre 28 “tributos”, dos individuos –un hombre y una mujer de entre 12 a 18 años –seleccionados al azar –o de manera voluntaria –por cada distrito. Es el dictamen o juramento del adulto que desea evitar mayores catástrofes a futuro. Razonamiento que sigue de igual forma la película de origen asiático, solo que en su batalla hay niños que han invadido la frontera de la perversión. Son sangrientos e implacables. Es la imagen de la violencia desenfrenada, vista en los noticieros o documentales, aunque con un verdugo distinto y prematuro.

Batalla real no es una gran película, sin embargo desarrolla de forma efectiva una temática central. Lo que es una invocación a la violencia, es más bien una crítica severa hacia esta misma, visto desde una manera absurda, a veces cómica y sarcástica, como por ejemplo lo ha hecho por años el director japonés Takeshi Kitano –quien por cierto es protagonista de este mismo filme –en varias de sus películas. Los juegos del hambre trata sobre este mismo tema y más. La película dirigida por Gary Ross es también una crítica al consumismo mediático, es la simulación de un territorio fragmentado por los prejuicios sociales y económicos, el mundo de la moda ridícula y estrafalaria propio de la vida engañosa y sofisticada, y muchos temas más. Se manifiestan así citados fílmicos como El quinto elemento (1997), El show de Truman (1998) o la clásica novela de ficción 1984, de George Orwell. Existe una gran cantidad de alegorías que saturan a la película de forma que el ambiente deja de ser crítico para ser simplemente desatinado. De pronto la mujer de cara pintada pasa de “bruja mala” a una amiga, el ebrio antipático a lúcido consejero, los mismos personajes principales vuelcan su turbia realidad a una versión de “Romeo y Julieta” cediendo incluso a la popularidad de pantalla.

El problema en Los juegos del hambre no es si posee falta de originalidad o hay una deficiente crudeza del tema. El problema con esta película es el mismo que sucede con casi todas las películas destinadas a liderar el box office. Lo que a inicios parecía ser una película que criticaba los rasgos sociales o morales de un mundo apocalíptico, fue centrándose exclusivamente al género épico y de aventura, sobre una pareja de jóvenes interpretando una historia de amor que tranquilamente pudo haber sido incluida en la saga del mago o de los vampiros adolescentes. Los juegos del hambre posee una trama perturbadora y escalofriante de por sí. Muy a pesar, la dinámica de la película cede por la ruta fácil. Su drama es el cuerpo inerte de un infante y su suspenso es la caída de un nido de insectos. Luego de eso, el personaje de Jennifer Lawrence se la pasa durmiendo en las copas de los árboles. Lo que era un combate agresivo de cuerpo a cuerpo, se convierte en una situación que simula al juego de “tú me simpatizas, tú no”. Los juegos del hambre es deficiente de impotencia o algún sentimiento que provoque ver una segunda parte. Un programa que no valdría la pena verlo en una “segunda temporada” de ser un reality de tv.